No pueden equivocarse esta vez

Con la llegada del mes de marzo empieza fácticamente un año decisivo para el pueblo argentino, un verdadero punto de inflexión de cara al futuro. En las elecciones de este 2023 se juegan las características del modelo de país a implementarse después del 10 de diciembre, la política económica real y concreta mucho más que los nombres y apellidos que van a asignarse cada cargo en el poder ejecutivo y cada banca en el Congreso. El peronismo debe encarar este proceso electoral con mucha seriedad, lo que implica presentar un proyecto verdaderamente peronista que le devuelva la paz, la prosperidad y la estabilidad al pueblo argentino.
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Este 2023 es un año electoral en el que se juegan mucho más que la administración de la cosa pública en los distintos niveles de gobierno y las bancas en el Congreso de la Nación. A nuestro entender, la política tiene dos instancias: la primera es la discusión de los cargos y la segunda es el debate sobre cuál será el rumbo a tomar. Por la primera, ya estamos acostumbrados a vivir la política de esta manera, con elecciones cada dos años, desde la recuperación de la democracia. Y en la segunda lo que se discute son las características del modelo de país.

Este año tendrá que ponerse el eje en la segunda instancia indicada, es decir, en el debate sobre el modelo. Lamentablemente esto no ha ocurrido en mandatos anteriores y los costos están a la vista. El gobierno de Fernando de la Rúa, que siguió al de Carlos Menem, continuó con el mismo esquema económico de su antecesor que fue el plan de convertibilidad, el que no se puso en cuestión. Lo mismo sucedió a partir de la devaluación llevada a cabo por Axel Kicillof en 2014: hubo cambio de presidentes, pero no de proyectos. Pasó Mauricio Macri, llegó Alberto Fernández y no encontraremos mayores diferencias entre la gestión de Hernán Lacunza y de Martín Guzmán. Solo fueron agudizándose las deficiencias del modelo especulativo-rentístico que se impuso y los emergentes sociales que generó. Esto muestra que en muchas ocasiones a lo largo de nuestra historia el ciclo económico se mantuvo más allá de los cambios que se produjeron en el ciclo político.

Por otro lado, cabe considerar aquí que en distintos tiempos y contextos ha habido organizaciones políticas y movimientos artísticos, por citar algunos, que generaron tanto un pensamiento como acciones de vanguardia. Desde el punto de vista político, cuando el pensamiento de vanguardia se plasma en la práctica y se hace carne en el pueblo la transformación está en marcha. Cuando esto no ocurre, queda circunscripto al rincón de los iluminados que se alejan cada vez más del sentir popular. El pueblo deja de ser el sujeto que construye la historia y la construye la élite girando sobre su propio eje.

Martín Guzmán y Hernán Lacunza conversando amistosamente en el Ministerio de Economía durante la gestión del primero. Y no podía ser de otra manera: pese a que se presentan en el discurso como opuestos irreconciliables, existe en realidad mucha más continuidad que ruptura entre Lacunza y Guzmán. En el fondo, el ciclo económico es el mismo: el del modelo especulativo-rentístico.

La decisión que tomara en soledad Cristina Fernández en 2019 de que el candidato fuera Alberto Fernández conllevaba una concepción errada que apuntaba centralmente a sacar a la “derecha macrista” del gobierno: “primero ganemos y después vemos”. Así se garantizó la continuidad del ciclo económico porque no hubo debate acerca del país que se quería, máxime teniendo en cuenta el Nuevo Orden Internacional que va dejando atrás la globalización para asentarse sobre los vectores nacionales de la economía. Confundieron el fin con el medio allí donde el triunfo electoral constituye el medio para gobernar teniendo como norte un proyecto que garantice la felicidad del pueblo y la grandeza de la patria.

Hoy el olfato político nos indica que quienes sostuvieron esa concepción desde una mirada vanguardista estarían volviendo a equivocarse al considerar que, dada la debacle en la cual se encuentran la economía y la política, la elección de 2023 está perdida. Por lo tanto, se disponen a no hacer olas y a esperar a que la alianza triunfante —que no sería el Frente de Todos, ni el peronismo— se haga cargo del próximo gobierno de transición que inevitablemente naufragará generando las condiciones para volver a retomar los destinos de la nación. Ya ocurrió algo similar en las elecciones de 2015 cuando Scioli, a quien le quitaron el apoyo (hecho reconocido públicamente por el entonces viceministro de Economía), perdió las elecciones por alrededor de 2 puntos porcentuales. Esas elecciones tendrían que haberse ganado, porque cada uno de los nuestros es infinitamente superior a cualquiera de ellos.

El esquema de juntar en una misma bolsa a gatos de pelajes muy distintos para “ganar y después vemos” ha demostrado ser un fracaso. No es posible gobernar en una coalición en la que los intereses de los socios mayoritarios son contradictorios entre sí, puesto que dichos socios van a bloquearse mutuamente tan solo para que nada pueda concretarse. El Frente de Todos es el ejemplo vivo de esa indefinición política, que siempre termina siendo fatal para el pueblo.

Por eso esta elección no es una más, como no lo fueron la de 2015 y la de 2019. Es el pueblo el que viene sufriendo las consecuencias de los desaciertos políticos y de la continuidad del ciclo económico, no hay margen para volver a realizar una lectura equivocada en 2023. Tenemos por delante una tercera oportunidad que el peronismo no puede desperdiciar. El próximo gobierno no será de transición, lo es el actual gobierno que se encargará finalmente de allanar lo máximo posible esta debacle para que el próximo asuma con las condiciones dadas para empezar de vuelta, por ejemplo, con un solo tipo de cambio en vez de diez distintos. Lo que sucedió cuando Raúl Alfonsín dejó el gobierno y asumió Carlos Menem o cuando Eduardo Duhalde le entregara la banda presidencial a Néstor Kirchner constituyen claros ejemplos de lo que queremos expresar.

La oportunidad de llevar a cabo un gobierno de transición ocurrió en 2018, cuando la “supercrisis” de la administración de Macri comenzó a expresarse y el desorden era de una envergadura tal que resultaba necesario contar con un gobierno de transición que ordenara la situación para el próximo gobierno, en tal caso el definitivo. El 8 de diciembre de 2017, el día de la Virgen, escribimos un artículo en el Diario Infobae junto al licenciado Pablo Challú y otros compatriotas planteando la necesidad de llevarlo a cabo. Y dijeron que no: Emmanuel Álvarez Agis salió de manera pública y contundente a respaldar al gobierno Macri.

Y si vuelven a equivocarse el próximo gobierno podrá durar 4 u 8 años y constituirá un serio problema que no es el de la posibilidad —por mucho que lo hayan intentado— de acabar con el peronismo, sino de que el pueblo continúe sufriendo.

Al recibir la banda presidencial de Eduardo Duhalde, Néstor Kirchner se encontró con el camino allanado para empezar de vuelta: las condiciones las había generado su antecesor en un gobierno de transición. La Argentina necesita que esa transición pueda realizarse exitosamente otra vez para ordenar el caos actualmente existente, cosa que debió ocurrir en 2018. Si eso no ocurre y pierde el peronismo, será el próximo gobierno el encargado de hacer la transición.

Durante todo este tiempo hemos mantenido encendida la llama del piloto para que el peronismo no se apague. Para la próxima elección vamos a impulsar fuertemente la presentación de un candidato peronista y, si hay más de uno, nos pondremos de acuerdo. Una vez más estaremos presentes para decir que la causa peronista es la verdadera. Hemos elaborado una propuesta económica, un proyecto colectivo que ponemos a disposición del debate y de la reflexión en la línea de lo que venimos planteando.


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