¿Dónde estás, corazón?

Una esperanza para algunos, una dirigente jubilada por Massa en la opinión de otros. Cristina Fernández volvió a mostrarse en público con el pretexto de “presentar” un libro publicado hace 20 años y dio la mejor de todas sus conferencias desde que dejó de ser presidente de la Nación, dejando definiciones muy precisas y un diagnóstico impecable del verdadero problema argentino. Y aunque con ello volvió a ilusionar a sus seguidores con un futuro retorno al centro de la política nacional, lo más probable es que dicho retorno jamás se produzca al haber expirado las ideas que la propia CFK optó por defender como banderas y a modo de doctrina para formar a su tropa. El problema de un reciclaje imposible.
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Después de otro largo periodo de inactividad y silencio, apareció Cristina Fernández una tarde de sábado en los últimos días de septiembre, en un evento controlado que contó con una nutrida asistencia de convencidos. Y luego de una charla formal para dirigentes y militantes encumbrados que duró una hora y media, CFK se dirigió a sus seguidores de a pie que por razones de aforo no habían podido ingresar al auditorio de la Universidad Metropolitana para la Educación y el Trabajo (UMET), establecimiento educativo de propiedad de Nicolás Trotta, en esta ocasión emulando quizá los mejores días de los míticos “patios militantes” que durante su gobierno sucedieron todas y cada una de las cadenas nacionales de radio y televisión. “De castas, herencias, derrumbes y futuro” fue el título de la charla, cuyo pretexto fue el de comentar el contenido de un libro publicado hace ya dos décadas y fue más bien un comentario de la coyuntura actual.

La obra literaria fue eso mismo, un pretexto para que CFK pudiera hacer otra vez una suerte de balance con gusto a catarsis frente a los que no pierden la fe en verla otra vez conduciendo los destinos del país. Sin cuidado de si eso es o no posible, es probable que CFK haya dado en la UMET la mejor y la más sustancial de sus conferencias posteriores a su paso por la Casa Rosada en términos de contenido político de alto nivel. Evitando en lo posible caer en lugares comunes y haciendo cierta economía de las ocurrencias —las que utiliza para provocar el aplauso de una audiencia embelesada y por eso poco interesada en el contenido del discurso en sí—, CFK dio finalmente con el núcleo del problema que aqueja a los argentinos desde hace ya bastante tiempo al desmitificar la cuestión del equilibrio fiscal como supuesto origen de todos los males. Y ahí residió el primero de sus varios aciertos durante la charla de una hora y media.

Con datos duros de la realidad que no admiten opinión, puesto que surgen de la precisión estadística, CFK demostró que el problema central de países como la Argentina o básicamente de cualquier país no es el déficit fiscal que está en boca de casi toda la dirigencia política en la actualidad, sino más bien la restricción externa ocasionada por el desequilibrio entre exportar productos primarios con poco valor agregado e importar manufacturas que son cada vez más caras y cuya demanda siempre es creciente. Esa es la tesis del deterioro de los términos de intercambio desarrollada por Raúl Prébisch y luego perfeccionada discursivamente por dirigentes como Fidel Castro para explicar la dependencia de nuestros países semicoloniales. CFK dio entonces en el clavo al demostrar eso, que el gasto social del Estado es una nimiedad en comparación, por ejemplo, a lo que el propio Estado paga en concepto de intereses de la deuda externa.

Haciéndose entrevistar por un Pedro Rosenblat que últimamente ha querido alejarse de la progresía y ya no por el agente verbitskista Marcelo Figueras, CFK envía otro mensaje a la tropa: va a intentar rodearse de otra gente a ver si logra la redención. Es difícil a esta altura del partido, pero no cuesta intentarlo y la intención es loable. Desparasitar siempre es un hábito sano.

El haber puesto el dedo en esa llaga fue uno de los logros de CFK por los que “De castas, herencias, derrumbes y futuro” puede haber sido su conferencia más lucida y, sobre todo, más política y socialmente útil hasta el momento. La ubicación del problema en el deterioro de los términos de intercambio para demostrar que el “plan motosierra” de Javier Milei es más fantasioso que peligroso, es más humo que bomba, además de la ubicación temporal de la debacle argentina en el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 fueron esos logros rutilantes de la exposición de CFK. Con los números en mano y con el uso de la lógica y de la historia, la expresidente llegó a la comprensión final de la problemática y también a la capacidad de sintetizar discursivamente dicha cuestión de modo que quepa incluso en el más modesto presupuesto intelectual.

Aunque sus acólitos probablemente no la hayan comprendido porque no están interesados en hacerlo, sino en adorarla acríticamente en esa especie de culto a la personalidad que tanto daño ha hecho a la política argentina en estos últimos años, CFK llegó finalmente al fondo de la cuestión central no solo para la Argentina, sino para todos los países afectados por el deterioro de los términos de intercambio. En una palabra, CFK trascendió el cabotaje de la politiquería chiquita que los dirigentes de por acá nomás hacen todos los días para el consumo de una opinión pública absolutamente idiotizada y dio definiciones que Gramsci calificaría a partir de Goethe como für ewig, tesis de gran profundidad por la naturaleza permanente de sus contenidos. Y con ello inauguró paradójicamente un problema nuevo: ¿Qué hacer ahora con la verdad expresada en sus palabras?

De una manera un poco jocosa, aunque cierta, podría decirse que CFK está comprendida en las generales de la ley por el teorema de Baglini, según el que las convicciones de un dirigente son inversamente proporcionales a su cercanía al poder político. Ya virtualmente sin chances de volver a formar un gobierno propio bajo su conducción directa, CFK estaría acercándose a la verdad que debió perder de vista al asumir la responsabilidad de dirigir efectivamente. Dicho de otra forma, ahora que tiene menos que perder al hablar, habla sin tantas vueltas y va a directo al grano de lo que realmente importa. Puede parecer contradictorio y efectivamente lo es, pero el atento lector podrá comprender fácilmente lo expuesto pensando en su propia juventud, en su tiempo vital de menor responsabilidad y percibido, por lo tanto, como un tiempo en el que todo era más sencillo y más fácil.

Habiendo participado como funcionario de la Década Infame en el Pacto Roca-Runciman y también en el gobierno golpista de la “Revolución Libertadora” a partir de 1955, el economista tucumano Raúl Prébisch fue quien curiosamente desarrolló la teoría del deterioro de los términos de intercambio que luego sería tan útil para la prédica anticolonial. Quizá la observación en primera persona de los chanchullos cipayos de los gorilas le haya servido a Prébisch para entender a la perfección cómo funciona el sistema de saqueo colonial contra las naciones subdesarrolladas.

Una vez que uno se ve obligado a administrar las contradicciones del hogar, de la familia y los problemas cotidianos y por eso tiene más responsabilidad todo se vuelve más complejo y se suelen perder de vista en el proceso esas ideas revolucionarias de la juventud, se aleja uno de esa verdad. ¿Y cuándo vuelve a acercarse el individuo a eso? Pues en su vejez, cuando ya el tiempo de la responsabilidad cotidiana ha pasado al estar uno cumplido con la vida y con los suyos, los que ya pueden valerse por sí mismos. Entonces la CFK de ahora tiende a parecerse, al menos discursivamente, a la que fue antes de llegar a ser presidente. Un adolescente puede gritar sus convicciones sin mayores consecuencias y lo mismo puede hacer un jubilado, razón por la que un individuo en los extremos de su tiempo vital tiende a parecerse a sí mismo, pero con una diferencia fundamental: un adolescente suele ser un revolucionario en potencia, mientras que un jubilado potencialmente no es cosa alguna.

Un jubilado es por definición alguien que ya nada puede hacer con lo que piensa y lo que sabe, precisamente porque se ha retirado del grupo de los que hacen y ha pasado al grupo de los que observan luego de toda una vida haciendo o intentando hacer. He ahí la ley de la vida y en estas metáforas individuales está expuesto el problema de una CFK que da en el clavo del diagnóstico de un país enfermo, pero que lo hace a sus casi 71 años y recién cuando ya no tiene el poder político para transformar la realidad. El drama de la Argentina es que empieza a transitar una etapa en que la verdad estará en boca de un exdirigente mientras sus dirigentes en actividad mienten, deliran y venden humo sin poder ni querer hacer frente a los innumerables desafíos de la política real.

El dirigente radical Raúl Baglini, creador del teorema que a partir de la ocurrencia de Horacio Verbitsky lleva su nombre. De acuerdo con Baglini, un dirigente puede expresarse con menos responsabilidad —y por lo tanto puede decir más verdades, si las tiene— mientras más lejos está del poder político en el Estado. El teorema se aplica frecuentemente a referentes marginales que no van a llegar a tener ese poder, pero bien mirada la cosa también podría aplicarse a los que ya lo tuvieron. Algo de eso demostró CFK en su última intervención pública.

Es un drama, sin lugar a duda, el de tener retirada del cuerpo de bomberos a la que podría apagar el incendio. Retirada y reemplazada por pirómanos, por cierto, por una generación nueva de bomberos cuyo propósito es echar más combustible al fuego con la finalidad de lograr la destrucción total para que el terreno desolado pueda venderse en un remate. El relevo generacional de CFK son los Sergio Massa y los Javier Milei que han alcanzado la edad adulta de la política, van a hacerse cargo del incendio y son bomberos pirómanos con mangueras cargadas de líquidos inflamables, lo que ya desde el prospecto no es un buen augurio. La solución al problema de la Argentina se expresa hoy en la voz de una dirigente que ya no puede representar políticamente a las mayorías y, por lo tanto, no puede modificar la realidad.

Alguien dirá que esa imposibilidad es una mera cuestión de edad biológica, que el tiempo de CFK ya pasó simplemente porque le han llegado los años suficientes para la jubilación. Pero eso no es del todo cierto. Si bien no es la misma la energía ni es igual el tesón para un individuo humano a sus 70 que a sus 50 años, CFK parecería estar todavía en muy buenas condiciones generales como para, mediando cierta moderación, por supuesto, seguir al frente conduciendo un proyecto político. Ahí están “Lula” da Silva, Vladimir Putin y Xi Jinping, todos ellos de la misma edad o incluso más ancianos, todos plenamente vigentes conduciendo la política de sus países en los más altos niveles y transformando la realidad hasta imponer un nuevo orden internacional. Incluso puede ser presidente de los Estados Unidos un Joe Biden que ya está en sus ocho décadas y se cae literalmente a pedazos tanto en lo físico como en lo mental. ¿Por qué no podría hacer lo mismo una CFK que ni siquiera aparenta tener los años que efectivamente tiene?

Ciertamente podría hacerlo si no fuera por un inconveniente mucho más serio que la simple edad biológica del cuerpo humano, una cosa relativa en la política si la lucidez de la mente está intacta. CFK está técnicamente jubilada de la política porque se agotó la narrativa que ella misma ha optado por hacer en su hora de mayor vigencia y gloria. En una palabra, aunque con su principal referente en plenas condiciones de aportar algo más al debate e incluso de cambiar totalmente el juego, el kirchnerismo se encuentra en la posición terminal de representar aquello que para la actual generación ya quedó en el pasado. No es una cuestión de falta de liderazgo o de escasez de militancia, el kirchnerismo está pleno de ambas cosas. Lo que le pasa es que se quedó sin el prestigio social necesario para luchar efectivamente por el poder en el Estado volviendo a ubicarse en la conducción del proceso.

Vladimir Putin y Xi Jinping son septuagenarios y tienen prácticamente la misma edad que CFK, con apenas algunos meses de diferencia entre los tres. Y ambos no solo están plenamente vigentes en la política de sus respectivos países, sino que además lideran el proceso de cambio de orden internacional jugando como protagonistas en la política más grande. Pero a diferencia de CFK, Putin y Xi Jinping dirigen proyectos nacionales que no están agotados y probablemente ni vayan a agotarse por basarse su discurso y su praxis en la cultura de las mayorías populares tanto en Rusia como en China. He ahí el secreto del éxito duradero: representar siempre la opinión de las mayorías, cosa que CFK optó por dejar de hacer apostando a una agenda contracultural.

Dicho de otro modo, todo el ideario inherente a la narrativa kirchnerista fue derrotado por el tiempo, quedó superado al cambiar el sentido común de las mayorías sobre lo que está bien y lo que está mal para la organización de la sociedad. Esto es como si en la Rusia de los años 1990 inmediatamente posteriores a la desintegración de la Unión Soviética el Partido Comunista tuviera al más brillante de los conductores diciendo torrentes de verdades incontrastables en cada una de sus intervenciones. Eso probablemente fue lo que sucedió allí, el Partido Comunista tenía (y sigue teniendo) dirigentes muy capaces que, además, en la década de los años 1990, denunciaron con mucha razón la masacre neoliberal que imponía ese despreciable golpista, cipayo y verdugo del pueblo-nación ruso llamado Boris Yeltsin. Pero esas protestas de los dirigentes comunistas a partir de 1991 fueron campanas de palo que ya nadie en Rusia estaba dispuesto a escuchar.

Eso es lo que expresa hoy CFK en un grito desesperado, aunque críptico a punto de no ser comprendido ni siquiera por sus propios seguidores y más cercanos colaboradores. Cuando CFK habla de “discutir todos los problemas sin enojarse” y pone como ejemplo el caso de esa verdadera vaca sagrada que es el gremio de los docentes, lo que en realidad hace es sugerirles a los suyos abandonar el dogma y reciclarse, cosa que no va a ocurrir porque el propio kirchnerismo está estructurado de modo dogmático y solo existe por estarlo. El kirchnerismo ha funcionado casi siempre exactamente como funcionó el Partido Comunista de la Unión Soviética desde Stalin en adelante: con militantes de a pie fanatizados alrededor de ciertas ideas, con una “nomenklatura” de burócratas dispuestos a hacer cualquier negocio con tal de mantenerse en sus cargos políticos y con una conductora con estatus de divinidad como objeto de un culto a la personalidad.

Boris Yeltsin, junto a sus acólitos y matones, subido a un tanque soviético durante la primera tentativa de golpe de Estado en agosto de 1991. Ese intento habría de fracasar, pero dejó expuesta toda la fragilidad del régimen socialista y pocos meses después, en diciembre, Yeltsin finalmente lograría su cometido y demolería en navidad la construcción política de la Unión Soviética. Al socialismo se le había terminado el tiempo probablemente desde el ascenso de Deng Xiaoping en China en 1978 y por eso los intentos de salvación por parte de Gorbachov fueron meras simulaciones o una forma de estirar la agonía.

Está claro que desde mediados de los años 1980 Gorbachov ya veía venir la noche y quizá por ello haya intentado esos verdaderos manotazos de ahogado que fueron la glasnost y la perestroika, o la negación del dogma socialista soviético materializada en políticas de Estado. Y mucho más aun seguramente después de que la catástrofe de Chernóbil y otros episodios lamentables dejaran expuesta la fragilidad de la Unión Soviética frente a la opinión pública mundial. Gorbachov ya sabía al asumir el timón en 1985 que el socialismo soviético era insostenible en sus propios términos y trató de convencer a su propia militancia y sobre todo a la nomenklatura de los burócratas de que era necesario cambiar militando otro conjunto de ideas. Como se sabe, Gorbachov fracasó miserablemente en ese intento y fue destituido, derrotado por Boris Yeltsin en el golpe de Estado que en la navidad de 1991 habría de decretar la disolución de la Unión Soviética.

Ni la militancia ni la nomenklatura entendieron lo que Gorbachov decía en ese momento, nadie cambió de idea y se fueron todos juntos al tacho, como suele decirse en una jerga muy nuestra. De hecho, después de la quiebra de la Unión Soviética el propio Gorbachov se convirtió en el líder de un nuevo partido con ideas socialdemócratas más acordes a ese tiempo, es decir, se reconvirtió él mismo individualmente para seguir gravitando en la política de alguna forma. El que había sido nada menos que el secretario general del Partido Comunista más importante del mundo no solo no siguió militando en dicho partido después de la derrota, sino que fundó una agrupación nueva con las ideas que había intentado introducir para evitar la debacle de todo el sistema. ¿Y por qué? Porque a las ideas de los comunistas les llegó la hora y contra eso no se puede.

Con ello nadie va a concluir que las ideas socialdemócratas son mejores en calidad que las ideas socialistas o viceversa, no se trata de eso. Se trata de la frase que se le atribuye al poeta y dramaturgo francés Víctor Hugo, según la que no hay nada más poderoso que una idea a la que le ha llegado su tiempo. El textual también puede interpretarse al revés, esto es, observando que en la sucesión de ideas dominantes nada es más frágil ni está más condenado a expirar que una idea a la que se le ha terminado el tiempo. Eso fue lo que le pasó al socialismo soviético y más recientemente al kirchnerismo en estas latitudes, no hay ningún misterio en ello. Es una simple cuestión de que se ha terminado el tiempo de las ideas de las que el kirchnerismo hizo bandera y que fueron dominantes mientras el propio kirchnerismo también lo fue.

Gorbachov intentó convencer a los suyos de que la perestroika y la glasnost (“reestructuración” y “transparencia”, respectivamente, en idioma ruso) eran el camino para salvar al socialismo soviético, pero ya era demasiado tarde. Los comunistas rusos no supieron reinventarse, se pusieron duros en su ortodoxia y la Unión Soviética se desintegró, dando lugar a la catástrofe humanitaria de los años 1990 con Boris Yeltsin. La derrota siempre tiene consecuencias nefastas para el que pierde y aquí perdió el pueblo-nación ruso, aunque luego habría de levantarse al advenir Putin.

¿Cuáles son esas ideas que ahora caen en desgracia mientras ascienden unas ideas opuestas o al menos distintas? Pues precisamente las de ese progresismo un poco socialdemócrata que la propia CFK introdujo desde el fallecimiento de Néstor Kirchner, paulatinamente, hasta terminar de desfigurar del todo al peronismo y enajenar a los peronistas, quedando al fin rodeada de alcahuetes, eunucos, traidores y débiles mentales. Y al ser además todas esas ideas contraculturales en un país hispano como el nuestro, un país que el propio progresismo europeizado —cuya cabecita está un poco en Francia y otro poco en los Estados Unidos, en un Occidente ajeno al modo de vida argentino— llama despectivamente “conservador”, la tendencia estuvo clara desde el vamos: eso solo podía durar un tiempo y solo a fuerza de mucha imposición desde el Estado. Y al cesar esa imposición, cesan igualmente las ideas que no están arraigadas en el pensar y el sentir de las mayorías.

Si el atento lector vuelve al ejemplo de la Unión Soviética va a encontrarse con una bibliografía abundante dando cuenta de que el socialismo también fue contracultural en Rusia y que solo pudo sostenerse mientras el Partido Comunista tuvo el poder para imponerlo desde el Estado. Lo que Putin está demostrando hace ya dos décadas es que, al no ser europeo, el pueblo-nación ruso no entiende ni acepta las ideas europeas. Y el socialismo, al igual que el liberalismo —esos dos hijos de la revolución burguesa de Francia, el uno legítimo y el otro bastardo— fueron finalmente rechazados por el ruso, siendo que el liberalismo duró menos de una década con Yeltsin. Lo que el ruso entiende es un gobierno fuerte, rozando el autoritarismo zarista, pero fuertemente vinculado con su Iglesia nacional y la tradición cultural rusa y profundamente nacionalista, uno que lleve a cabo cierta justicia social sin coartar la libertad de emprender y hacer negocios.

Muy alejado del ateísmo militante de un Partido Comunista al que perteneció en su momento, Putin se aferró al cristianismo ortodoxo que profesa la mayoría de los rusos. Lo que Putin comprendió rápidamente es que lo contracultural es nocivo para la implementación de un proyecto político puesto que no conviene predisponer mal al pueblo-nación en contra del gobierno por asuntos que no le dan de comer a nadie. CFK tardó en aprender esto, apostó a lo contracultural y se hizo gratuitamente de una enorme cantidad de enemigos que hoy podrían estar apoyando su proyecto.

Sí, claro, es la descripción clásica del peronismo, lo que ya está indicando cierta similitud entre rusos e hispanos que el filósofo ruso Aleksandr Dugin supo captar e interpretar llamando “profeta ontológico” al General Perón y reconociendo que su Cuarta Teoría Política está emparentada con la tercera posición nacional justicialista, es decir, termina siendo en la práctica un peronismo en ruso. Curiosa similitud entre culturas tan lejanas la una de la otra, aunque igualmente alejadas ambas por igual de la tradición jacobina de Europa y con sus propias formas culturales en las que el esquema dicho republicano europeo no cuaja ni va a cuajar jamás. Al igual que aquí en la Argentina, también en Rusia seguramente habrá cabecitas europeizadas y “progresistas”. La diferencia es que allí Putin no quiere hacer enojar a su pueblo-nación y por eso no les da lugar en la gestión del Estado a esas cabecitas cipayas. Putin piensa en ruso y solo en ruso.

Aquí CFK les abrió las puertas de par en par, los puso en el lugar de tomar y ejecutar decisiones y así lo hicieron con su marco teórico importado de Occidente, resultando eso en un kirchnerismo contracultural y, por lo tanto, con fecha de vencimiento. CFK optó por tomar ese camino sin retorno de empoderar a los contraculturales, hacer enojar progresivamente al pueblo-nación que no entiende ni acepta nada de eso y abrió una caja de Pandora. Ahora los mal llamados “progresistas” con cabecita europeizada, un poco socialdemócratas y otro poco pobristas a secas, se instalaron en la conducción del kirchnerismo, lo hicieron propio y no van a aceptar que los corran de ahí. Van a hundirse con la nave, pero no van a entregar nunca más el timón aunque se lo exija la propia CFK para hacer del kirchnerismo algo distinto a lo que actualmente es.

En lo económico, esas cabecitas cipayas salen de compras con el manual del almacenero, como diría Jauretche: priorizan la timba financiera, desprecian al modelo productivo criollo, juegan para el equipo de los banqueros y de la especulación y les encanta “corregir” las distorsiones de la economía con ajustes, devaluación e impuesto inflacionario, el que descargan sobre el lomo de las mayorías populares sin piedad. Y cuando empiezan a verse los resultados nefastos de sus políticas económicas fracasadas, intentan tapar el bache con asistencialismo social en la forma de los famosos “planes”, esto es, destruyen el trabajo al destruir nuestro modelo productivo autóctono y lo reemplazan con la institucionalización de la miseria. En el tiempo el pueblo va percatándose de la maniobra y defenestra a la fuerza política que la ejecutó, en este caso el kirchnerismo.

De acuerdo con la sentencia inmortal del francés Víctor Hugo, “no hay nada más poderoso que una idea a la que le ha llegado su tiempo”. La sentencia puede leerse lógicamente al revés para comprender que nada es más débil y está más condenado a la extinción que una idea a la que se le ha terminado el tiempo, por la simple razón de que cuando una ideología asciende lo hace siempre en detrimento de otra que fracasa y deja de ser dominante.

En lo cultural, por otra parte, imponen la totalidad de la agenda globalista de Occidente metiéndose con cuestiones raciales, sexuales, religiosas y de comportamiento que el pueblo-nación ya tenía resueltas a su manera con el siempre precario equilibrio natural de las contradicciones a lo criollo. En un país mestizo revuelven la olla de un “indigenismo” ya superado por el propio proceso de mestizaje —aquí no hay pureza racial, pero ellos la buscan o la inventan— para agitar divisiones inexistentes entre las mayorías populares. En lo religioso se dedican a atacar la fe mayoritaria, creando conflictos de una naturaleza que aquí jamás existieron. Y en lo sexual enloquecen a diario a los pacatos con aborto, con misandria y hombres vestidos de mujer gritando que son mujeres cuando nadie les preguntó ni a nadie le interesa —puesto que el hispano no es ningún puritano y en general le tiene más o menos sin cuidado la sexualidad ajena— con el solo fin de escandalizar, de provocar y generar conflicto.

Lo que el kirchnerismo hace con todo eso es meter todas y cada una de esas cuestiones en un esquema binario donde a la posición propia se le asigna un valor de verdad revelada y la posición opuesta es ubicada en el lugar del mal absoluto. Así, por ejemplo, tomado por los mal llamados “progresistas” que tienen la cabecita en Occidente y desprecian el sustrato cultural del pueblo de acá, el kirchnerismo adiestró a sus militantes para pensar que el pañuelo verde de los aborteros globalistas es el bien y todo aquel que no esté en un todo de acuerdo o que plantee críticas a la cosa está del lado del mal y debe ser escrachado por “facho”, por “macho”, etc. El kirchnerismo adiestró a sus militantes para la guerra santa, no para “discutir sin enojarse”, que es lo que CFK plantea ahora. Los adiestró para incorporar la agenda del “progresismo”, hacerla propia, tomarla a pecho y, lo más grave, ponerse en frente a todos los que no estén dispuestos a subirse a eso.

El kirchnerismo dio lugar a operadores oenegeístas de las corporaciones como Elizabeth Gómez Alcorta (al centro y en segundo plano en la imagen), los que hicieron entrar la causa de los “mapuches” al ideario de la militancia. Como los “mapuches” atentan contra la propiedad pública y privada en la Patagonia incluso con métodos terroristas —razón por la que Facundo Jones Huala (en primer plano) es un prófugo de la Justicia en Chile—, el resultado fue que el kirchnerismo se hizo cualquier cantidad de enemigos en el sur y en el oeste de nuestro país. Y así con todas las causas de ocasión que el “progresismo” instaló en el kirchnerismo con valor de verdad sagrada y que resultaron en la ruina del propio kirchnerismo.

Y son millones. Cuando una fuerza política se pone al hombro la tarea de subvertir la cultura de un pueblo, naturalmente tiende a encontrarse con la resistencia de las mayorías populares, las que por su parte van a aferrarse a lo que ya están acostumbradas incluso por una cuestión de inercia. Entonces el proyecto político en un sentido económico que esa fuerza política tenía empieza a hacerse de enemigos por cuestiones que nada tienen que ver con lo económico, empieza a hacerse de enemigos gratuitamente alrededor de cuestiones que no le dan de comer a nadie. De hecho, hay en la Argentina hoy mucha gente que podría acordar con partes del programa económico del kirchnerismo y efectivamente lo hizo durante la “década ganada” desde el 2003 hasta el 2013, gente que podría estar apoyando hoy para seguir con ese programa y que, no obstante, no puede ver un kirchnerista sin exasperarse.

Ahí está en el fondo la razón por la que CFK habla de “discutir los problemas sin enojarse”, cambió el apelativo partisano de “compañeros” por un “compatriotas” mucho más inclusivo y se presenta ahora delante de las cámaras con un enorme crucifijo colgado del cuello. Hace mucho que CFK tiene conciencia del error cometido por ella misma al darles lugar en la conducción a los mal llamados “progresistas” que dividen por cuestiones de moral sexual, racial, religiosa o cultural y enajenan las voluntades que un proyecto político necesita para subsistir en la dura lucha por el poder en el Estado. Ya en 2018 pudo haber empezado a tener conciencia de ello, cuando durante un evento realizado en ese templo de la progresía oenegeísta que es el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO) conminó a sus pañuelos verdes a terminarla con la “caza de brujas” contra quienes no estaban de acuerdo con la legalización del aborto en Argentina.

Entonces por lo menos desde el 2018 CFK viene intentando rectificar el error cometido en algún punto después del 2010, pero sin éxito. CFK es hoy una especie de Gorbachov frente a una militancia y una nomenklatura que no quieren saber nada con la perestroika ni la glasnost, frente a gente que ha sido programada de una forma y que no puede ser reprogramada sin que eso signifique la disolución del propio campo. No hay ninguna posibilidad de que luego de tantos años de adiestramiento en categorías binarias con valor de bien y de mal absoluto pueda cambiarse la mentalidad del kirchnerista hasta que este sea capaz de “discutir sin enojarse” sobre los temas de lo que hasta aquí fue una guerra santa, una lucha a muerte en defensa de lo que se le presentó inicialmente como la verdad revelada. Ningún kirchnerista va a tolerar jamás la opinión disidente en los temas sagrados de la agenda de la progresía que lo ha programado, no habrá forma de “discutir sin enojarse”. Y entonces el kirchnerismo terminó.

Para el año 2018, pensando en las elecciones del año siguiente, CFK exigió que sus militantes del pañuelo verde dejaran de hostigar a sus disidentes para no piantar votos. Y si bien eso pasó porque transitoriamente se suspendió la “caza de brujas”, ya era igualmente demasiado tarde para enderezar a una militancia que se había constituido sobre la base del identitarismo. El kirchnerismo ya es irremediablemente “progresista”, socialdemócrata y un poco pobrista. Y tendrá que disolverse para constituirse de otra manera.

Terminó y está reconvirtiéndose en massismo, que es otra cosa totalmente distinta aun manteniendo ciertas formas para que en el tránsito el sujeto adiestrado no se percate de su propia metamorfosis. Sergio Massa está absorbiendo silenciosa e inteligentemente a los kirchneristas para quedarse con la mayor parte de ellos y usarlos en la implementación de un proyecto político cuyos fines son opuestos a los definidos por Néstor Kirchner como meta. En aquella metáfora socialista oriental, Kirchner es Lenin y es Stalin, es el prócer fundante; CFK es Gorbachov intentando desesperadamente rectificar el rumbo de la nave para evitar el hundimiento, ya sin posibilidad de éxito; pero Massa no es Yeltsin, es mucho más inteligente que Yeltsin. Massa es más bien un Deng Xiaoping, quien supo adelantarse al fracaso del maoísmo sin ponerse en contra de entrada a los maoístas. Massa sostiene todas las formas y los símbolos de sus comunistas chinos para que estos maoístas se plieguen sin resistencia a su construcción mientras va modificando la naturaleza del proyecto en lo que realmente importa, que es lo económico.

Eso es lo que hace Massa cuando alterna entre discursos de barricada para los convencidos del kirchnerismo y discursos de estadista hablando de “gobierno de unidad nacional”. Massa va a absorber a los kirchneristas y va a permitir que sigan haciendo culto de sus símbolos durante un tiempo, hasta va a permitir que añoren a CFK. Pero no les dará acceso a la conducción del proyecto e impedirá así que espanten a las multitudes de antikirchneristas que ya está sumando: radicales, liberales e incluso cambiemitas por el lado de su amigo Horacio Rodríguez Larreta. Por no querer la perestroika ni la glasnost, los kirchneristas van a tener liberalismo a secas y cuando lleguen finalmente a percatarse de que fueron sometidos a una metamorfosis ya será demasiado tarde para lamentarse: los melones estarán acomodados en el camión y la política seguirá su marcha más allá de la opinión de una minoría intensa de parias nostálgicos.

El chino Deng Xiaoping es la analogía histórica más adecuada para describir a Sergio Massa: Deng hizo entrismo en el maoísmo y una vez que el poder cayó en sus manos destruyó el socialismo en China, poniendo al país en el rumbo de un capitalismo de Estado para el ultraje de los comunistas ortodoxos en todo el mundo, según los que esa fue una grave herejía contra la fe ideológica. Massa hace algo parecido al meterse en el kirchnerismo con el fin de usar a sus militantes en la construcción de un proyecto opuesto al que el propio kirchnerismo intentó implementar.

Nada de esto es, no obstante, tan dramático como parece, no es más que la propia dinámica de la política haciendo la historia. Pasó en China con la sucesión de Mao por Deng terminando con el maoísmo, pasó luego en Rusia con el golpe a Gorbachov por Yeltsin liquidando el socialismo soviético y ciertamente habrá pasado en innumerables otros lugares y momentos de la historia, cada una de esas ocasiones con sus particularidades lógicas y todas ellas con un denominador común: el cambio de época. Hoy caen en desgracia todas las ideas de las que el kirchnerismo hizo bandera, el pobrismo para el asistencialismo social, la ideología de género, el “indigenismo”, la guerra contra el catolicismo de las mayorías populares, etc., a todas esas ideas se les ha pasado el cuarto de hora y les ha llegado el tiempo a las ideas opuestas. Volverán en el futuro, por supuesto, porque en estas cuestiones de ideología existe un movimiento pendular. Pero cuando eso pase el kirchnerismo ya estará bien acomodado en el catálogo histórico.

Entonces CFK tiene toda la razón en el diagnóstico que hace del problema fundamental de la Argentina y estaría todavía en condiciones humanas de encabezar un proyecto político con el fin de resolver dicho problema, pero ha quedado enterrada bajo las banderas que eligió levantar y que ahora están caídas. Podrá reciclarse creando una fuerza nueva más adelante para hacerle oposición a Massa, eso fue precisamente lo que hizo Gorbachov después de 1991. Pero el argentino, al igual que el ruso con Gorbachov, no va a dejar de asociarla con una etapa anterior históricamente superada. Si se sacude el yugo de la extorsión judicial y vuelve a tener la libertad de hablar sin condicionamientos a punto de meterse otra vez en la lucha por el poder en el Estado que es la política real, CFK volverá como volvió Carlos Menem en 2003: con un núcleo de electores muy duro, aunque desde luego insuficiente para ganar las elecciones e incapaz de reconciliarse con aquellos a los que ofendió, sin la capacidad de construir mayorías. Y será por lo tanto una minoría intensa absolutamente testimonial.

Igualito que Gorbachov con su Unión de Socialdemócratas, por cierto.

Carlos Menem parecía vigente en 2003 al postularse por un tercer mandato presidencial, pero esa ilusión solo duró hasta verificarse que Menem tenía un núcleo muy duro de votantes insuficiente para ganar las elecciones. El menemismo ya había terminado pues les había llegado el tiempo a las ideas neoliberales que el propio Menem eligió como bandera en los años 1990. Menem pudo haber seguido pues estaba aún en buenas condiciones generales de salud (tenía 73 años, dos más que CFK en la actualidad), pero su proyecto político ya estaba derrotado y era imposible reciclar a sus dirigentes, militantes y simpatizantes con una idea nueva. Así funciona la política.

Durante su exposición en la UMET, haciendo uso de un lenguaje jocoso para suavizar lo dicho, CFK sugirió que ciertas ideas de la italiana Giorgia Meloni e incluso del “cuco” Javier Milei son buenas. Y aunque mucha gente eligió no registrar esa parte del discurso, la parte está y significa eso mismo, que en su conciencia CFK comprende la emergencia de esas ideas. También hubo elogios para el nacionalismo de los rusos, el mismo que prohíbe la actuación de las oenegés globalistas en su territorio reprimiendo cualquier conato de militancia contracultural de ideología de género o “diversidad” sexual, por ejemplo. Frente a esa progresía que la sigue aplaudiendo sin escuchar lo que dice, la conductora de la minoría intensa le dijo a dicha minoría que deje de serlo abandonando su fe ideológica superada y empezando a abrazar las ideas opuestas. Se lo dijo en la cara, literalmente, ya sin cualquier esperanza de que algo de eso vaya a pasar. Ningún militante identitario puede abrazar las ideas opuestas a las que definen su propia identidad, pues de hacerlo dejaría de ser lo que es y se disolvería como tal. Y el kirchnerismo es fundamentalmente identitario.

Y como un referente popular con poder de convocar a las mayorías a la lucha no es una cosa que ocurra todos los días, el pueblo-nación argentino empieza a transitar una etapa oscura de su historia en la que la política se hará probablemente a sus espaldas y más allá de su voluntad, los pueblos vuelven a alejarse del poder político en el Estado después de haber logrado acercarse a ese lugar con el advenimiento de Néstor Kirchner en 2003. Las posturas ideológicas de los dirigentes siempre tienen consecuencias, nada es gratis en la política. No es lo mismo rodearse de A que de B, no da lo mismo abrazar una agenda que otra agenda y lamentablemente CFK tomó siempre malas decisiones cuando debió decidir, creyó que la narrativa del progresismo contracultural podía triunfar y naturalmente fracasó. Estas son las consecuencias, ningún Milei nace de un repollo ni puede penetrar un Massa en la construcción si el artífice no permite ese entrismo deshonesto. La derrota en la política, como se sabe, siempre tiene consecuencias nefastas para el que es derrotado y aquí perdió el pueblo-nación argentino.


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