Al conocerse en la misma noche del domingo 22 de octubre el resultado de las elecciones generales en las que al menos en teoría tres candidatos tenían la posibilidad de triunfar, Sergio Massa se habrá frotado las manos en el búnker del frentetodismo ahora llamado por el nombre de fantasía de Unión por la Patria, pero no como una expresión de alivio ni mucho menos. Massa no pudo haber estado eufórico por un resultado que era previsto y en buena medida proyectado a partir de la ingeniería electoral, que nunca falla. Massa se habrá frotado las manos con la sensación de la misión cumplida, esto es, a sabiendas de que había llegado a obtener ya la totalidad del objetivo propuesto al meterse en un ballotage junto al candidato autodenominado “libertario” Javier Milei sin que las mayorías se percaten de la maniobra a lo largo de los varios meses de campaña electoral.
El atento lector que conserva intacta su inocencia y su frescura, piensa en las elecciones como una expresión legítima de la voluntad popular y todavía cree que cualquier resultado es posible cuando el pueblo acude a las urnas dirá que eso no puede ser así, que hay por delante aún un ballotage en el que Massa entra como favorito, sin duda, aunque podría ser derrotado y que por eso la misión no está cumplida. Massa debe derrotar a Javier Milei y transitar los días febriles que habrá entre la segunda vuelta electoral y la asunción programada para el 10 de diciembre próximo, ponerse la banda y tomar el bastón presidencial. Solo entonces, dirá nuestro atento lector, la misión de Massa estaría cumplida. El partido termina cuando efectivamente termina y no conviene cantar victoria antes de tiempo.
Pero eso es del todo incorrecto desde el punto de vista del propio Massa en su estrategia a largo plazo, la que en las páginas de esta Revista Hegemonía hemos expuesto y analizado en abundancia durante los últimos tres años, por lo menos. Diseñada para resultar en una hegemonía política duradera y no para ganar simplemente unas elecciones coyunturales, la estrategia massista ha dado ya la totalidad de sus frutos porque con llegar al ballotage teniendo a Milei como rival Massa ya logró sus dos objetivos primarios: absorber a un kirchnerismo aturdido, estupefacto y obligado a plegarse por falta de opciones y destruir al cambiemismo. Al lograr estas dos metas, Massa impone el fin del ciclo iniciado entre la caída de Fernando de la Rúa a fines de 2001 y la asunción de Néstor Kirchner un año y medio más tarde.

Durante más de dos décadas la política argentina fue hegemonizada por el kirchnerismo de un modo cultural, es decir, las ideas dominantes de dicha política fueron las que primero Néstor Kirchner y luego Cristina Fernández representaron. Ese es el ciclo que hoy termina dando lugar a un tiempo de nuevas ideas y, por supuesto, de una nueva hegemonía bajo la conducción de Sergio Massa. Pero para que ese cambio fuera finalmente posible era necesario hundir a ambos campos que fueron antagónicos a lo largo del ciclo anterior: el kirchnerismo y el antikirchnerismo genéricos, las dos ideas de país alrededor de las que se debatió la política argentina en las últimas dos décadas largas. Eso fue lo que Massa logró al meterse en el ballotage junto a Javier Milei dejando fuera de la discusión a todos los demás, tanto el kirchnerismo como su par dicotómico que es el antikirchnerismo.
Por un lado, Massa hundió al kirchnerismo militante y simpatizante sin disolverlo ni dispersarlo, sino más bien absorbiéndolo. Pese a la opinión siempre equívoca de los incautos —quienes a principios de este mismo año veían imposible que los kirchneristas siquiera votaran a Massa—, Massa logró no solo hacerse acompañar electoralmente por todos los kirchneristas, sino que además logró la adhesión incondicional de esos kirchneristas a su proyecto político. Agobiado por una situación de emergencia permanente en la que siempre hubo un mal mayor enfrente, el kirchnerista fue entregándole su apoyo a Massa hasta verse totalmente absorbido por el massismo sin darse mucha cuenta de la metamorfosis a la que se lo sometía. Del “ese sapo no me voy a tragar” a un “Massa es la única opción para salvar la patria” sin escalas y en cuestión de pocos meses, he ahí el recorrido del kirchnerista en lo que va de este 2023.
Entonces Massa logró lo que en las mentes no estratégicas de los militantes de a pie, de los dirigentes subalternos y de los simpatizantes civiles parecía imposible, logró hacerse del capital político de una Cristina Fernández que fue borrándose lentamente hasta dejarle todo el camino despejado. Al no haber posibilidad de un doble comando en cualquier fuerza política, el kirchnerismo ya asumió la conducción de Massa para lo sucesivo aun soñando inocentemente con un retorno triunfal y redentor de Cristina Fernández y todavía sin declarar abiertamente su conversión al massismo. El kirchnerismo ya es massismo, ya sabe que el lugar de la conducción fue ocupado por Massa y no lo dice a viva voz tan solo por una cuestión de pudor. Pero lo sabe porque es un hecho de la realidad y de la lógica. No puede haber dos conductores en ninguna política.

Por otra parte, al relegar a Patricia Bullrich a un humillante tercer puesto en las elecciones generales, Massa logró hundir también al campo antagónico de la vieja grieta. Juntos por el Cambio ya no representa al antikirchnerismo genérico en la política argentina y podría decirse que ya no representa cosa alguna a esta altura del partido. La fuerza política que queda marginada de un ballotage no puede ser oficialismo ni oposición, solo será un rejunte de dirigentes y militantes sin más destino que la disolución y la migración individual a otros bandos, donde a esos individuos les espera naturalmente la subalternidad. Incluso los que en el viejo cambiemismo supieron sentarse en la mesa chica deberán ahora abrirse camino en construcciones donde ya hay otros jefes establecidos, deberán ir al pie y hacerse desde abajo como si no tuvieran la trayectoria que tienen.
Con un solo movimiento muy bien preparado y luego ejecutado con mucha precisión, Massa terminó con la contradicción principal de nuestra política de cabotaje que fue hasta este año kirchnerismo o antikirchnerismo, significando esas expresiones, al menos en la teoría y a grandísimos rasgos, dos proyectos de país diametralmente opuestos entre sí. Absorbiendo a uno de los campos mediante la extorsión y disolviendo al otro (para absorber después también a una parte de sus cuadros) con la introducción de un “tercero en discordia” que no lo es en realidad, Massa cerró la grieta de las últimas dos décadas para iniciar un nuevo ciclo político en la Argentina, condición ineludible para cualquier pretensión hegemónica. Solo instalando una nueva contradicción y con nuevos nombres propios Massa podrá reinar y ese mismo es el objetivo que acaba de lograr.
Eso significa que mientras la discusión siguiera siendo entre Mauricio Macri y Cristina Fernández no iba a haber espacio para Sergio Massa ni para nadie en absoluto, la política siempre es realmente una cuestión bipolar en la que uno de los polos es hegemónico dominante y el otro funciona en dicha hegemonía como la antítesis subalterna necesaria. Es la lógica dialéctica hegeliana que funcionó por ejemplo en la Guerra Fría, durante la que el liberalismo occidental fue hegemónico dominante y necesitó el antagonismo del socialismo oriental subalterno para funcionar, todo eso sin permitir jamás la emergencia de terceras posiciones disidentes. No fue sino después del hundimiento del campo socialista en el Este que empezó a debilitarse el campo liberal en el Oeste, debilitamiento cuyas consecuencias hoy, a tres décadas de la disolución de la Unión Soviética, están al fin todas a la vista.
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