Una fiera sin domadores

A punto de llegar a los tres meses desde su asunción como presidente, Milei está hoy en la inmejorable situación del que gobierna sin opositores reales y puede, en consecuencia, hacer a sus anchas. Sin nadie que lo frene, el mal llamado “libertario” impone una masacre contra todo el pueblo trabajador y en particular contra los sectores medios, a los que desposee de sus ahorros en moneda extranjera a una velocidad inusitada. Y el buen observador que sabe no ideologizarse a la hora de interpretar la realidad se percata de inmediato, a simple vista, de la corroboración de la hipótesis de que Milei es un chivo expiatorio con el mandato de hacer lo que el establishment político cree que es necesario, pero no se anima a hacerlo en primera persona por el altísimo costo político implicado. Milei es un criminal con licencia para matar, no tiene quien lo frene y el pueblo no tiene quien lo defienda.
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Pasaron con mucha pena y sin gloria alguna el mes de enero y buena parte del mes de febrero de un verano en el que los trabajadores en los sectores populares y medios vieron derrumbarse drásticamente el poder adquisitivo de sus ingresos en pesos. Lo que ya venía mal en diciembre se puso, como de la noche a la mañana, dramático: de hacer malabares para llegar comiendo a fin de mes la generalidad de la enorme mayoría que vive de su trabajo pasó a meter mano en sus ahorros para hacer frente a gastos corrientes o, en el caso de quienes ya ni siquiera tenían dinero ahorrado, que son naturalmente los más numerosos, a recortar directamente la adquisición de productos y servicios a los que ya se habían acostumbrado a consumir y a considerar como esenciales aún en los peores momentos de la economía nacional.

No será la primera y probablemente tampoco la última vez que el argentino deba ajustarse para sobrevivir a una coyuntura, aunque desde luego se da hoy una situación inusitada. La liberación y posterior disparada de los precios sumadas a un achatamiento de las jubilaciones y los salarios de un modo general —cosa que en la práctica funciona como un congelamiento de los ingresos— obligó a los sectores populares a prescindir de ítems de consumo básico en productos de higiene y limpieza, cuidado personal e incluso en alimentos mientras la mal llamada “clase media” iba quemando sus ahorros en dólares para sostener esos consumos y los gastos con las cuotas de salud prepaga, de educación privada para sus hijos, de mantenimiento del automóvil y otros por los que esos trabajadores privilegiados se definen como “clase media” y se diferencian, precisamente, de los demás.

El siguiente paso ya está siendo dado entre estos por algunas familias que ya empiezan a abandonar el consumo de lo que tradicionalmente simbolizó su estatus social diferenciado de “clase media”. En estos primeros días del año nuevo muchos individuos de “clase media” ya aceptaron que es inviable, aun disponiendo de cierto resto en materia de ahorros, sostener sus símbolos de clase social. Alquiler y expensas del inmueble, seguro, patentes, combustible y mantenimiento del automotor, salud y educación privadas, los “gustitos” típicos del fin de semana o de las vacaciones (y las propias vacaciones en sí) y mucho más, gastos entre los que la “clase media” ahora opta suprimiendo a unos y resistiendo con otros. De mantenerse la situación actual, es esperable que esa resistencia vaya siendo vencida con el correr de los próximos meses.

Éramos pocos y parió la abuela. La masacre contra la clase media es tan brutal que lo inesperado ocurrió: Elisa Carrió salió a denunciar públicamente el plan económico de Javier Milei calificándolo como un “pymecidio” (neologismo que quiere significar la destrucción de las pymes del país) y una “destrucción de la clase media por el tarifazo y consecuente indexación mensual”. Es evidente que la cosa debe ser muy seria como para que Carrió ponga el grito en el cielo, aunque ese grito sea una campana de palo.

He ahí el ajuste real, el que se hace mediante la disminución brusca del valor de la moneda nacional respecto no a la moneda extranjera que en las últimas muchas décadas ha sido el dólar estadounidense, sino al precio de los ítems de consumo cotidianos y servicios. Más allá de que en los medios los “periodistas” ponen la lupa sobre la suba de tarifas de servicios públicos y del transporte, el verdadero problema de las clases trabajadoras populares y medias en estos primeros días del nuevo régimen mileísta es el desplome del poder adquisitivo en el consumo, importa mucho más el precio relativo de la nafta y el diésel que del boleto de tren, subte o colectivo; es más fuerte el impacto en el bolsillo del aumento en la canasta de alimentos que en la factura de electricidad o gas natural. Y así sucesivamente.

Entonces en su naturaleza el actual ajuste difiere de los anteriores porque no se da mediante la devaluación del tipo de cambio —la que también tuvo lugar en diciembre, pero no a niveles correspondientes con la suba de precios en el mercado interno, como veremos— o el aumento de los precios regulados por el Estado, que son los de las tarifas de los servicios públicos y del transporte, sino por una liberación indiscriminada de los precios al consumidor en los ítems de consumo. El ajuste verdadero se da mediante la prohibición del consumo de todo aquello que antes del advenimiento de Javier Milei se consideraba esencial en los distintos sectores de la sociedad, de lo que nadie esperaba tener que prescindir para llegar a fin de mes. Y aquí, en la naturaleza del presente ajuste, está la clave para empezar a comprender adónde va o adónde quiere llegar el gobierno de Javier Milei en su plan económico.

Quizá sin tener plena conciencia del golpe perpetrado en su contra, buena parte de la llamada “clase media” optó por veranear igualmente en las playas de Pinamar, Villa Gesell y Mar del Plata, como de costumbre. El costo de esas vacaciones resultará siendo brutal para quienes pensaban seguir la vida con normalidad. Al regresar del ocio, las familias se encuentran con un país patas arriba y un horizonte muy oscuro para lo que queda del año.

En una de sus emisiones televisivas, entre diatriba y diatriba, el polémico y a la vez valiente Santiago Cúneo dio en una exposición de unos pocos minutos con la descripción precisa de la maniobra que viene llevando a cabo el ministro de Economía Luis “Toto” Caputo para “resetear” las finanzas de la Argentina mediante la desposesión de los argentinos. En una síntesis muy apretada, Cúneo explica que al poner el precio de los ítems de consumo y de los servicios privados muy por encima del ingreso promedio de las familias lo que logra el gobierno mileísta —además de imponer una monumental transferencia de ingresos hacia los más ricos, que están encantados con el proceso porque ganan como nunca— es obligar a los ahorristas en moneda extranjera a desprenderse de esos ahorros, a entregarlos en el mercado de cambio por pesos para solventar los gastos que ahora están por encima de sus ingresos.

El mecanismo en sí es bastante sencillo y se basa en la premisa de un tipo de cambio bajo, esto es, en un dólar relativamente muy barato incluso en sus cotizaciones informales del mercado negro que se suelen llamar “blue”. Al subir descontroladamente los precios de los ítems de consumo cotidiano y de los servicios privados, la “clase media” que tiene ahorrados dólares bajo el colchón se ve súbitamente forzada a entregar esos dólares en el mercado de cambios para hacerse de los pesos que necesita tanto para hacer las compras del día a día como para afrontar el costo de aquellas cosas que la definen como “clase media”, o todo lo anteriormente enumerado. Y como el precio pagado por esos dólares en el mercado es bajo, la tendencia es que la “clase media” deba quemar todos sus ahorros si quiere sostener durante un trance que nadie sabe cuánto va a durar el estilo de vida al que está acostumbrada.

Se estima que los argentinos tienen bajo el colchón, en cajas de seguridad bancarias o escondidos fuera del país entre 250 y 350 mil millones de dólares, lo que en términos absolutos hace del nuestro el país después de los Estados Unidos donde más dólares hay en manos de privados. Y en términos relativos la cosa es aún más asombrosa: un informe de la Reserva Federal estadounidense sugiere que entre el 10% y el 15% de todos los dólares billete actualmente en circulación está en manos de argentinos y muchos de ellos, se sabe, en poder de pequeños ahorristas informales. En términos relativos existen más dólares per cápita en Argentina que en los Estados Unidos, que es el país técnicamente emisor de la moneda. La diferencia es que aquí no circulan esos dólares como moneda de curso legal, sino que están parados como reserva de valor.

Mordaz, frenético y por momentos desopilante, sin pelos en la lengua. Así es Santiago Cúneo, el dirigente y comunicador que adelantó la maniobra de Luis Caputo para “chupar” los dólares que la “clase media” tiene (o tenía, en algunos casos) bajo el colchón o en cajas de seguridad bancaria. Podría decirse, en términos típicamente mileístas, que Cúneo “la vio” antes que nadie y la totalidad de su observación terminó corroborándose. Un muy meritorio análisis económico, sin lugar a duda.

Ninguno de esos datos es moco de pavo y máxime considerando que uno de los principales problemas de la economía argentina (sino directamente el mayor problema) es la falta de dólares en las reservas del Banco Central. Una forma ocurrente de describir el problema podría ser advirtiendo que los dólares están, pero no están donde deberían estar. El dólar en billete dentro de una lata, bajo el colchón, en una caja de seguridad o depositado en algún banco de Uruguay no respalda al peso argentino y en realidad no sirve para nada más que como reserva estática de valor para el que lo tiene guardado, pues aun devaluándose como cualquier moneda sigue percibiéndose como un refugio más seguro que, por ejemplo, un plazo fijo en pesos en un país con historial de confiscación de depósitos. Dólares los hay y muchos, pero no sirven donde están y el Estado quiere sacarlos de ahí.

¿Pero cómo? ¿Cómo obligar al ahorrista que acumula y celosamente guarda en un “canuto” esos dólares en billete, para usarlos solo en una emergencia o directamente nunca, que los ponga en circulación? Quedó empíricamente demostrado a lo largo de décadas que, de no necesitarlo para una urgencia gravísima, el ahorrista informal argentino no toca el “canuto” ni aun viendo una oportunidad de negocio muy favorable pues prefiere la seguridad de saber que sus ahorros están ahí, aunque estén devaluándose un poco año tras año, fuera del alcance del Estado malo y confiscador y sobre todo fuera del radar del fisco. Es probable que aún frente a una debacle mundial de la moneda estadounidense, cosa que ya ocurre y que tiende a acelerarse, el argentino intentará preservar el “canuto”. ¿Cómo obligarlo entonces a que lo largue poniendo en circulación los dólares que tiene “encanutados”?

El ministro de Economía reciclado del macrismo Luis “Toto” Caputo, ejecutor silencioso del plan económico de desposesión fulminante de los ahorros en moneda extranjera de la llamada “clase media”. La peor de las hipótesis sugiere que Caputo no está acumulando dólares para fortalecer las reservas del Banco Central para solventar el señoreaje de una eventual dolarización, sino para “fumarse” esos dólares en una fuga una vez que los haya apilado. Eso fue lo que hizo Caputo en la opinión del mismísimo Javier Milei antes de ser presidente.

Al parecer el ministro Luis Caputo dio en la tecla de la respuesta al enigma y lo hizo mediante la simple observación sociológica de la naturaleza de la “clase media”, de cómo se define a sí misma relativamente en el medio de otras clases sociales: incapaz de desprenderse de los hábitos de consumo que están en la base de su definición como tal, lo más probable es que la “clase media” no escatime un esfuerzo para sostener esos hábitos y no caer en la clase trabajadora, a la que considera “pobre”. La “clase media” sabe que es trabajadora porque vive de su trabajo, pero sabe también que es distinta porque no viaja en transporte colectivo, no utiliza la salud pública, no manda a sus hijos a las escuelas del Estado y tampoco se priva de algunos “gustitos” que percibe como exclusivos. En una palabra, la “clase media” lo es porque tiene automóvil, prepaga, escuela privada, placeres, ocio y alguna que otra cosa más.

Y lógicamente hará todo lo que esté a su alcance para no perder aquello que le da el estatus aspiracional de estar difusamente en el medio entre los pobres y los ricos, aunque eso desde luego es una entelequia pues no es por nivel de consumo cómo se determinan las clases sociales y, además, en una escala centesimal donde el más pobre está en 0 y el más rico en 100, lejos de estar en 50 la “clase media” está más bien en 3, 4 y con mucha suerte en 5, esto es, está siempre a punto de caer en la pobreza si cambia la marea de la coyuntura económica nacional, como ocurre precisamente en este tiempo. Sea como fuere, la “clase media” hará todo lo que pueda para mantener los hábitos de consumo que la definen como tal, incluso aquello que se juró a sí misma no hacer jamás: reventar el “canuto” de dólares.

Ahí está la fórmula mágica para sacar de las latas de galletitas, de debajo de los colchones y de las cajas de seguridad una buena parte de esos 250, quizá 350 mil millones de dólares que la “clase media” ahorrista y por ende evasora tiene en el “canuto”. Para pagar las expensas del departamento, el alquiler de la cochera, el seguro y las patentes del automóvil, las cuotas de la prepaga y del colegio privado al que asisten sus hijos la “clase media” está metiendo la mano en el “canuto” y está entregando sus dólares en la “cueva”. Y como el dólar vale hoy más bien poco en relación con los precios que debe afrontar la “clase media” para seguir siéndolo, lo que finalmente ocurre es que esos dólares se agotan rápido en dolorosas operaciones de cambio y van a parar finalmente en las arcas del Banco Central, que es la terminal en última instancia de las financieras de un modo general.

Detrás de la fachada formal de las casas de cambio porteñas funcionan las “cuevas”, que es donde los ahorristas van a entregar sus dólares a cambio de pesos para afrontar gastos corrientes ahora superiores a sus ingresos. En última instancia, esos dólares terminan en las arcas del Banco Central y eso indica una transferencia desde los privados hacia el Estado. Si se observa la cosa sin prejuicios, se ve inmediatamente que Milei está realizando el sueño del kirchnerismo por duplicado al desposeer a la “clase media” —que los kirchneristas consideran “desclasada”— de su “canuto” maldito y destruir su fantasía de estar por encima de los trabajadores. Algo de eso dijo Cristina Fernández recientemente por boca de su operador Roberto Navarro, sin animarse a decirlo del todo.

Cuando el atento lector escucha en la radio o en televisión que en el día de la fecha el Banco Central “compró”, digamos, 300 millones de dólares, lo que realmente está escuchando es que ese día las financieras le entregaron al Banco Central esa cantidad de dólares —que a su vez fueron entregados por la “clase media” el día anterior a los “cueveros”— y recibieron del propio Banco la cantidad correspondiente de pesos argentinos para seguir la rueda al día siguiente. Con la maniobra de liberar los precios y pisar los ingresos, el gobierno de Javier Milei puso entre la espada y la pared a la “clase media” obligándola a reventar el “canuto” verde que venía cuidando hace décadas celosamente. Y si la situación se sostiene así por algunos meses Milei habrá no solo transferido de la “clase media” al Banco Central la casi totalidad de los dólares hasta aquí “encanutados”, sino que además habrá destruido el mismísimo concepto de “clase media” en Argentina.

Es probable que al final del proceso haya una cierta recomposición salarial y los ingresos de las mayorías, ahora exiguos a punto de ser insuficientes para afrontar el costo de la vida cotidiana, pasen a alcanzar un poco más. Pero cuando eso pase también la cotización del dólar será “sincerada”, de modo tal que la “clase media” no pueda recomprarlos para volver a armar el “canuto”. El plan de Caputo es un camino de ida del que los dirigentes y los operadores mediáticos evidentemente no hablan, nadie le explica a la “clase media” que al final del túnel solo hay otro túnel. Los dólares que la “clase media” está quemando hoy en las “cuevas” para sostener a cualquier costo su estilo de vida pequeñoburgués en medio a una economía inviable no vuelven más ni aunque se produzca la llamada dolarización, pues en tal caso los dólares serían de curso legal y solo llegarían a manos de los individuos en una cantidad suficiente para que los pongan inmediatamente en circulación.

Pese a que los “verificadores independientes” de información dicen que no lo dijo, Patricia Bullrich dejó grabada en video la declaración de que el país va a salir adelante con los ahorros de los argentinos. Esa declaración es hoy, vista con el diario del lunes, la prueba cabal de que el plan de Caputo ya estaba en la conciencia de los dirigentes al menos desde el año pasado y probablemente desde mucho antes.

“Nosotros estamos convencidos”, decía Patricia Bullrich durante la campaña electoral, “de que la Argentina va a salir [de la situación en la que se encontraba entonces] con el ahorro de los argentinos”. En su momento las declaraciones de Bullrich no fueron comprendidas por nadie, aunque hoy son de una claridad meridiana. Se trataba de obligar de alguna forma a los ahorristas a poner en circulación los dólares “encanutados”, conclusión a la que se llega únicamente con el diario del lunes. En su debido contexto y a la luz de todo lo que ocurrió en los últimos dos meses es posible comprender que los dirigentes ya tenían conciencia de la inevitabilidad del Plan Caputo y habían aceptado que alguien iba a tener que implementarlo. En una palabra, la política argentina tomó en 2023 o antes la decisión de meter mano en el “canuto” de la “clase media”.

Personaje fabricado

Está bien claro hoy que los dirigentes políticos llegaron a la conclusión de que los diez años de destrucción de la economía nacional desde el advenimiento de Axel Kicillof como ministro de Economía en 2014 habían llegado a un tope, a un límite después del que sería inevitable el ajuste en el sentido más estricto de la expresión. Después de una década perdida en la que el Estado se financió con deuda y emisión monetaria por haberse dado un modelo de economía en el que la producción fue siempre más o menos inviable o por lo menos desaconsejable, había que ordenar la macroeconomía ya sea con un golpe a quienes acumularon fortunas mientras el esquema ahora agotado estuvo vigente —la oligarquía de la especulación financiera— o al pueblo. Uno de los sectores fundamentales, la minoría de arriba o la mayoría de abajo iba a tener que pagar la cuenta de la década perdida.

Y como meterse con los de arriba es algo que los dirigentes no suelen hacer, salvo rarísimas excepciones, la bomba naturalmente iba a estallar entre las mayorías populares. En una palabra, la respuesta a la pregunta sobre quién iba a pagar la cuenta del descalabro fue resuelta por los dirigentes políticos y solo quedaba de pie el problema de decidir a quién iba a tocarle la ejecución del atentado contra el pueblo. ¿A qué dirigente exponer como la cara visible de dicho atentado si todos los dirigentes saben a ciencia cierta que el costo político será impagable? ¿Cómo hace el establishment político para designar a uno de los suyos en una misión que con toda seguridad será suicida? El problema es serio, máxime considerando que nadie en sus cabales va a ofrecerse como voluntario para hacerse crucificar y salvar a sus pares.

La asunción de Axel Kicillof como ministro de Economía a fines de 2013, luego de la derrota del kirchnerismo en las elecciones de medio término a manos de Sergio Massa, marca el fin de la década ganada y el inicio de una década perdida y signada por el ajuste y la devaluación. Kicillof dio en enero de 2014 el puntapié inicial de dicho proceso, cuyo corolario se ve en los días de hoy con Javier Milei como presidente. Todo empieza con un triunfo de Massa y no existen las casualidades.

La memoria es corta y pocos lo recuerdan ya, pero en la historia argentina hay un ejemplo de ello y no tan lejano en el tiempo. Allá por el verano de 2002 Eduardo Duhalde necesitaba cortar el nudo gordiano que presentaba la convertibilidad menemista, en la que el propio Duhalde había participado como constructor en los años 1990. La convertibilidad ya estaba agotada para el 2002, se había llevado puesto a Fernando de la Rúa y venía trabando al país de un modo decisivo. Y entonces había que romperla devaluando el peso respecto al dólar estadounidense, había que terminar con el famoso “uno a uno” para liberar las fuerzas productivas y sacar al país del profundo pozo en el que estaba metido.

Pero claro, no era fácil. Era una misión suicida a todas luces. La devaluación del peso frente al dólar significaba entonces meter la mano en el bolsillo de millones de argentinos, puesto que iba a devaluar sus ahorros. Vivo como pocos, Duhalde puso en el Ministerio de Economía a Jorge Remes Lenicov con el mandato no solo de terminar con la convertibilidad, sino además de poner la cara frente a la sociedad luego de hacerlo. En efecto Remes Lenicov hizo ambas cosas y esa fue una misión suicida que puso fin a la carrera del veterano economista, quien debió “borrarse” del escenario por las próximas dos décadas. Remes Lenicov se sacrificó para salvar a sus pares, para salvar el establishment político de la época y seguramente fue bien recompensado por ello, aunque pagó con el ostracismo la valentía de ser un kamikaze. Solo en tiempos muy recientes, ya muy avanzado en edad y al final de su vida, Remes Lenicov pudo volver a mostrase públicamente, no se sabe muy bien con qué finalidad.

Y eso que Remes Lenicov debió hacer una sola cosa: poner fin a la paridad legal del peso con el dólar yanqui. Nada más que eso. ¿Cuál sería entonces el costo político de hacer el bombardeo que viene haciendo Milei en todos los flancos? No es solo una devaluación de la moneda, es la aplicación de un proyecto político que directamente va a arruinar a millones de argentinos en cuestión de semanas y meses. Es un trauma fulminante y profundo por el que Milei habrá de pagar un costo político desconocido. A diferencia de lo que ocurrió con Remes Lenicov, Caputo es un personaje discreto que hace entre bambalinas y evita la exposición para que la cara visible de toda la catástrofe sea finalmente Milei y Milei solo, la sociedad debe identificar a un solo perpetrador de la masacre y ese perpetrador será Milei.

Gracias al sacrificio personal de Jorge Remes Lenicov, Eduardo Duhalde pudo romper el nudo gordiano de la convertibilidad cargando la totalidad del costo político a su ministro. Duhalde sobrevivió así al terremoto y es probable que hubiera llegado vivo a las elecciones de 2003 de no haber tenido lugar el oscuro episodio de la masacre de Kosteki y Santillán en la estación de trenes de Avellaneda. La diferencia con el presente es que Caputo no juega como Remes Lenicov, la juega de callado y deja que Milei pague todo el costo político del ajuste brutal.

Entonces queda claro que el establishment político eligió a Milei para hacer la tarea que nadie se animaba a hacer, lo que es muy coherente con el escenario si se tiene en cuenta que Milei era prácticamente el único idóneo para llevar a cabo la misión: antes de ser “ungido” por la política como chivo expiatorio de diez años de fracaso económico, Milei no era más que un modesto asesor, un economista del montón sin patrimonio al que solemos definir aquí como un monotributista con cuchitril, siendo esta definición literal. Milei no tenía carrera de dirigente y tampoco ninguna perspectiva de tenerla, estaba predestinado a ser un anónimo más en las terceras o en las cuartas líneas de la política en el Estado. Al momento de ser reclutado, Milei no tenía absolutamente nada que perder y mucho, muchísimo que ganar.

Empezando por la fantástica aventura de sentarse en el sillón presidencial sin ni siquiera haberlo soñado en su vida. Milei era en 2016 —año en el que fue reclutado por los massistas Guillermo Nielsen y Alejandro Fantino en el canal de televisión de los también massistas Vila y Manzano— un perfecto civil como puede serlo cualquier trabajador o profesional del país, no iba en camino de convertirse en otra cosa y más bien eso era imposible. De no aceptar la misión que le encargaron Nielsen y Fantino, dos operadores muy eficientes del establishment, Milei iba a transitar el resto de su vida como un civil más del montón, sin patrimonio y sin probar la gloria. ¿Por qué no habría de cambiar ese destino gris por un futuro extraordinario?

Por lo demás, Javier Milei es un soltero sin hijos, un hombre sin arraigos ni ataduras sociales que le impidan el día de mañana escaparse con una valija e ir a refugiarse, por ejemplo, en Israel luego de haber dejado aquí un tendal. Todo esto es la propia obviedad ululante que los operadores mediáticos hábilmente saben ocultar o, en caso de emergencia, ubicar en la categoría de “teoría de la conspiración” para descalificar los postulados. Es la obviedad ululante que se sintetiza en la siguiente pregunta: ¿Por qué no? ¿Por qué Milei habría de recusar, sin tener nada en absoluto que perder, el convite a participar como protagonista en la historia grande del país? ¿Y si además hubiera para él al final del proceso una recompensa económica como la que hubo para Alberto Fernández? ¿Por qué no?

El monotributista con cuchitril que en 2016 fue sentado por Guillermo Nielsen y Alejandro Fantino en el panel de Animales Sueltos y de ahí saltó a una relativa fama hasta ser elevado sin muchas escalas al cargo de presidente de la Nación. Y que encima supuestamente está loco. La única forma de creer en esta versión de la narrativa es no siendo muy ducho en la observación técnica de cómo funciona la política. Milei es una tortuga arriba de un árbol y, como las tortugas no trepan árboles, conviene preguntarse quién lo puso ahí y por qué.

Desde la construcción misma del personaje de Javier Milei como un “loco” y un “outsider” opuesto frontalmente a la “casta” se ve claramente la maniobra o la estrategia. Milei es presentado como alguien que no pertenece al establishment político y, en consecuencia, su “fracaso” no solo no podrá ser adjudicado a dicho establishment, sino que además lo termina legitimando socialmente de un modo definitivo. Cuando Milei termine la demolición de la sociedad argentina hasta ponerla en sus valores por defecto, pagará solo el costo político de haberlo hecho con toda la sociedad identificándolo a él como único responsable de su desgracia y absolviendo en el acto al mismo establishment que ocasionó la catástrofe en por lo menos diez años de manejo delirante de la economía nacional. Es todo en uno, véase bien, Milei solito cumple todas funciones que la “casta” necesita para salvarse.

No son necesarios más chivos expiatorios que el “loco” o el “outsider” que advino como de la nada, ganó las elecciones en un sistema que no permite el triunfo de nadie que no pertenezca al establishment, pero permitió que Milei las gane para hacer lo que nadie en la “casta” estaba dispuesto a hacer. Bien mirada la cosa, una gran teoría de la conspiración sería precisamente pensar que eso no es así. La política no permite el advenimiento de locos ni de personajes ajenos al club, eso no ocurre en ninguna parte. Antes de ser presidente un individuo debe haber sido parte de la familia durante años y décadas hasta establecer con sus pares los lazos de lealtad necesarios para que esos pares le permitan llegar a presidir un país. ¿Por qué el establishment habría de permitir el ascenso de un Javier Milei “outsider”, ajeno y además loco y, por lo tanto, incontrolable?

El atento lector que esté mínimamente iniciado en la observación técnica de la política sabrá que eso es una imposibilidad, que el sistema no funciona así. Y que la conclusión es que Javier Milei no es ningún “outsider” y mucho menos está loco, sino que es un personaje creado por el establishment para representar dramáticamente —como un actor, que eso es— un papel determinado y con un fin igualmente determinado. El papel es el del loquito irresponsable que se la pasa boqueando en Twitter mientras el país arde y el fin es el reseteo del país para librar de culpa y cargo a quienes ocasionaron una verdadera debacle económica, de la que el país no iba a poder salir sin un reseteo brutal.

El establishment no suele dejar cabos sueltos en su relato y durante la campaña para las elecciones de 2023 le encargó al ignoto Juan Luis González la factura de un libro muy sugestivo desde el título con el que se instalara la idea de que Milei es un loco. González se paseó intensamente por todos los medios corporativos durante semanas promocionando su obra y ahí quedó, además de quedar sentado el precedente para persuadir a la opinión pública de que el elector votó a un “loquito” inimputable. El tiempo lo dirá.

De hecho, en lo que se refiere al reseteo hasta aquí descripto, el proceder de Milei es una cosa tan cristalina frente a los ojos del observador que puede mirar la realidad desprovisto de las anteojeras ideológicas y partidarias que el propio Milei las expresa sin que nadie le pregunte nada. Al momento de escribir estas líneas, el presidente compartía en su Twitter un artículo del medio El Economista que ya desde el título ya era corrosivamente crítico de su gestión de la economía: “Por el apretón monetario, inflación y recesión, ahorristas venden dólares para llegar a fin de mes”. Y lejos de hacer cualquier comentario en su defensa, Milei se limitó a repetir el título del artículo en el texto adjunto a la publicación. Es decir, hace lo descrito aquí por nosotros y lo expone él mismo, directamente, sin complejos. Ese es el comportamiento de un personaje.

En la nota en cuestión puede leerse ya desde el primer párrafo que “(…) en las ‘cuevas’ explican así el fenómeno: ‘Hoy no hay compradores. Son todos vendedores. Vende la clase alta para seguir manteniendo su nivel de vida y vende la clase media para llegar a fin de mes. Se ven muchas ventas de a puchos, para pagar cosas puntuales. Pero no hay pesos y la gente desinvierte y vende lo que compró antes. Están vendiendo ahorro porque no les alcanza la plata’, retrató un cambista de mucha experiencia en la City”. Como se ve, es la síntesis de todo el mecanismo que hasta aquí viene describiéndose en nuestro texto. Eso publicó Milei en su Twitter, es la explicación sin vueltas del golpe que les está aplicando a los ahorristas para resetear las finanzas del país. Milei lo hace y lo dice. ¿Cómo se explica este nivel de impunidad, si no es con la hipótesis del chivo expiatorio?

El criminal no tiene quien lo frene

No se explica ni podrá explicarse jamás de otra forma. Javier Milei ha sido reclutado por el establishment para representar el papel de “outsider” y de “loco” con el fin de instrumentar un reseteo financiero brutal, dejar el respectivo tendal y ser exclusivamente responsabilizado por el hecho para que se salven los dirigentes de la “casta” a la que él dice combatir. De no ser así, entonces la política es un caos absoluto en el que nadie controla nada y literalmente cualquier cosa puede pasar, lo que contradice frontalmente la lógica y la observación de la historia. La única explicación que puede haber sin incurrir en supersticiones es la del chivo expiatorio convenientemente construido por el establishment para hacer lo que el establishment no quiere hacer por el costo político implicado en la obra.

A tono con la supuesta locura de su líder, los adoradores de Milei inundan las redes sociales con representaciones producidas con “inteligencia” artificial en las que el presidente aparece caracterizado siempre de modo muy desopilante. Aquí, como se ve, en la figura de un emperador, pero casi siempre rejuvenecido, musculoso y mucho más alto de lo que realmente es. El propio Milei se la pasa delirando en Twitter y no es extraño que sus militantes hagan todo el día precisamente lo mismo.

Entonces toda la dirigencia política necesita que Milei lleve a cabo su tarea y en consecuencia nadie lo va a frenar, Milei gobierna realmente sin ninguna oposición. Claro que este último hecho no puede estar a la vista, el pueblo no puede percibir que las demás fuerzas políticas no se oponen al “loco” en su demolición. Los dirigentes que fabricaron el personaje de Javier Milei en el show televisivo Animales Sueltos y luego lo fueron construyendo hasta prepararlo para hacer la tarea encomendada no pueden simplemente aparecer frente a la opinión pública como de brazos cruzados mientras su chivo expiatorio desposee a los ahorristas e impone el ajuste a sangre y fuego, necesitan simular oposición. Los dirigentes políticos que van a salir limpios e incluso reivindicados después de Milei tienen que simular ser combativos, revoltosos, pero sin estorbar la marcha del plan.

Para eso está el circo tanto en el parlamento como en los medios. La primera maniobra de simulación se dio con la llamada ley ómnibus, con la que los dirigentes pudieron no solo montar un escenario falso de ambiente de guerra civil, sino además despacharse con encendidos discursos que luego iban a multiplicarse hasta el infinito en los medios y en las redes sociales. El debate lógicamente improductivo de la ley ómnibus —semejante plexo no podía prosperar ni estuvo diseñado para hacerlo— consumió parte del mes de diciembre y todo el mes de enero, le dio a Milei unos 45 días para tocar todos los botones de la botonera por fuera de la vista de la opinión pública. Y así arrancó la implementación del plan económico infernal mientras las miradas estaban puestas en Congreso, de donde nada habría de salir.

Con tan solo rebautizar “Lali Depósito” y subir al ring a una cantante juvenil políticamente insignificante, Milei logró movilizar a toda la oposición hacia la cortina de humo y ganar otras 72 horas libres de presión para seguir avanzando con su plan económico. Y también pudo poner sobre el tapete los gastos millonarios de las provincias en el ‘cachet’ cultural, otro argumento más para apuntalar su afirmación de que es necesaria la motosierra. Una brillante movida de los asesores a varias puntas. Es probable que Mariana Espósito nunca termine de comprender cómo fue usada por la política con fines nefastos. Y que el mote de “pesetera” la acompañe por varios años.

Esa fue una operación grande y costosa, absolutamente necesaria para darle a Milei el tiempo para implementar las directivas del plan. Es evidente que una pantomima como el debate de la ley ómnibus no es una cosa que pueda hacerse todos los meses y entonces el mes de febrero llegó con un cambio muy significativo en el método de simulación. Al agotarse el debate frente a la evidencia de que nadie estaba dispuesto a aprobar el plexo monstruoso, en febrero empezaron las operaciones localizadas de sentido que consisten básicamente en pequeños factoides proyectados para durar entre 24 y 72 horas en los medios de comunicación y luego esfumarse en el aire como si nunca hubieran tenido lugar. Febrero trajo al factoide mediático como método para simular una guerra que no existe porque en lo esencial todos los “enemigos” quieren lo mismo.

Podrían enumerarse una por una las operaciones localizadas lanzadas desde los últimos días de enero al agotarse el debate de la ley ómnibus, pero es suficiente con observar las últimas aparecidas al momento de escribir estas líneas, ambas iniciadas por el propio presidente y arrojadas al tapete para que los dirigentes simulen la guerra, los operadores mediáticos tengan de qué hablar y la opinión pública se entretenga con ello mientras Luis Caputo avanza en silencio: la pelea entre Milei y una cantante juvenil identificada con el kirchnerismo y el mismo Milei sugiriéndole al gobernador de Córdoba que vaya a resolver sus problemas al psicólogo. Una rápida observación de la agenda mediática y de lo que es tendencia en las redes sociales da como resultado que con esas dos estupideces solas el gobierno ganó al menos unas 72 horas de no cuestionamiento a su obra de demolición.

Después de un comienzo algo prometedor en el que Córdoba parecía encaminarse a ser una de las provincias más privilegiadas por el régimen mileísta, el gobernador Martín Llaryora se vio embestido por el “león” en su voracidad por factoides. Milei mandó al psicólogo a Llaryora y lo usó en sus cortinas de humo, cosa que no cayó muy bien en la gobernación. Nunca está de más recordar que Milei ganó en 25 de los 26 departamentos de la provincia de Córdoba y lo votaron 3 de cada 4 cordobeses. No es negocio para Llaryora confrontar ahí.

Mariana “Lali” Espósito es una cantante con alto perfil militante feminista, “de izquierda” y “empoderada”, al parecer muy vinculada de alguna forma con el kirchnerismo. Atentos a la estrategia, los asesores que manejan a Milei apuntaron bien ahí para revolver el avispero: primero emplearon al batallón de trolls de Twitter para cuestionar los contratos de Espósito con los Estados provinciales y nacional. Según los “carpetazos” difundidos a través de esos trolls, Espósito habría cobrado millonarias sumas en dólares para presentar su show en distintas provincias del país y a partir de la exposición de esos números tan jugosos, una vez ya bien instalados estos, entró Milei en escena para llamar “Lali Depósito” a la cantante e incendiar los foros de discusión tanto en los medios como en las redes sociales.

La ocurrencia es muy bien calculada, como se ve, “Lali Depósito” es un apodo destinado a impactar como una bomba en el folklore popular y es probable que la señorita Espósito quede perseguida por el mote a largo plazo, pero el tema en sí tiene poca y ninguna importancia en comparación al drama de las familias en medio a una masacre económica. Ahí tenemos la definición del factoide, que es una cosa que se parece a un hecho sin llegar a serlo y que tiene por finalidad silenciar la discusión sobre los hechos reales. El que un presidente se haya ocupado de una vulgar cantante y le haya puesto un sobrenombre es un factoide clásico pues no es un hecho, es un dato de color que a nadie le da de comer ni resuelve ninguno de los innumerables problemas sociales existentes.

Pero el factoide es una pieza de la ingeniería social y casi siempre funciona. A partir de la embestida de Milei contra Espósito, los dirigentes pudieron permanecer en silencio y los “periodistas” pudieron comentar el hecho, en algunos casos rasgándose las vestiduras. El progresista a ultranza Fernando Borroni, por ejemplo, pudo estar al menos dos días en Radio 10 y en C5N sin ocuparse de la masacre económica en curso. Fueron 48 horas en las que Borroni pudo hablar y hablar con su voz aflautada sin meter el dedo en la llaga que sus jefes quieren ocultar. Borroni hizo en la radio y en televisión unos emocionados editoriales con altísimo contenido de feminismo, defensa poética de la “cultura” y todo lo que les gusta a los progresistas simbólicos de un modo general. Y al final logró sobrevivir otras 48 horas sin hacer lo que se espera de un comunicador, que es comunicar la realidad.

El insufrible Fernando Borroni —prácticamente un “cama adentro” del Grupo Indalo, pues está al aire prácticamente todo el día tanto en la radio como en televisión— estiró hasta no más poder el factoide de “Lali Depósito”, aprovechando para colar en la cosa todo tipo de virtue signaling progresista y feminista. Borroni aparece frente a los ojos del despistado como el comunicador que más enérgicamente se opone a Milei, pero es precisamente al revés: Borroni no deja morir el discurso que hizo ganar a Milei por contraste e impide que sus oyentes y televidentes avancen hacia una narrativa nueva, más efectiva. Al igual que todos sus colegas del Grupo Indalo, Borroni trabaja para Milei como opositor simulado.

Borroni es aquí un ejemplo más bien patético de lo que hacen, de un modo o de otro, todos los demás operadores mediáticos para sostener el equilibrio precario del golpe. Todos los días los “periodistas” tienen una “locura” o un “desatino” de Milei (nunca hay nada de eso, siempre es un factoide calculado y proyectado por los asesores de la escuela duranbarbista) para hincar los dientes y llenar horas y horas de programación radial y televisiva sin decirle al argentino de a pie que es víctima de un atentado. Cuando Milei termine de hacer el reseteo y el proceso finalice, esos mismos “periodistas” se mostrarán compungidos y desde lo alto de sus púlpitos se preguntarán cómo pudo la sociedad permitir semejante atropello contra sus intereses. Como se sabe, los “periodistas” son como los gatos que siempre caen de pie y nunca tienen responsabilidad alguna de lo que pasa.

Otro tanto ocurrió en paralelo con la embestida Milei contra el gobernador Martín Llaryora de Córdoba, aunque aquí fueron los dirigentes quienes tuvieron el pie para mostrarse “combativos” poniendo el grito en el cielo por la agresión de un presidente a un gobernador, la falta de respeto a las instituciones, etc. El propio Martín Llaryora capitalizó el hecho declarando que a Milei solo le faltaba “pegarle al Chapulín Colorado”, respondió a la ocurrencia con otra más ocurrente y en la discusión sobre quién tenía la razón en el ridículo y manufacturado quid pro quo se canalizaron las atenciones de quienes en este momento tendrían que estar en pie de guerra para evitar un saqueo en contra propia. Así se dispersa la atención sobre la realidad hasta que los individuos pierden de vista lo esencial, permitiendo que la marcha del golpe siga sin oposición.

La verdad es que Javier Milei no tiene oposición real, no podría tenerla ni la va a tener mientras no termine de hacer aquello que le encargaron quienes hoy simulan ser sus enemigos. Entre los militantes los más voluntaristas insisten en un juicio político, en destituir a Milei a como dé lugar para frenar el proceso sin entender que sus representantes en la política no solo no van a hacer nada de eso, sino que van a custodiar al gobierno mileísta para evitar que se caiga por cualquier otra razón. Los voluntaristas tampoco entienden que el pueblo no gobierna ni delibera sino a través de sus representantes y que, por lo tanto, nada se hace si los representantes no quieren. Van a juntar firmas, hacer mil mateadas, un millón de plenarios populares en plazas y hasta asambleas barriales a lo trotskista del 2001, todo en la incomprensión de que en manos de los dirigentes está la llave que abre todas las puertas.

Sergio Massa permanece en silencio, escondido mientras Milei impone una masacre contra el pueblo-nación. En medio a tanto factoide y humo para discutir apasionadamente todos los días nadie se acuerda de ir a exigirle al candidato “derrotado” (no hubo ninguna derrota en realidad) en el ballotage de noviembre que pare las patas. Y así Massa puede preservarse para aparecer fresco cuando llegue la hora e iniciar una nueva etapa de su plan.

El juicio político probablemente llegará en el mediano plazo, pero solo cuando el presidente Milei haya terminado de cumplir el mandato que le ha dado el establishment político. Antes de eso habrá innumerables factoides, pondrán sobre el tapete desde la intriga palaciega más ínfima hasta una revisión, mediáticamente escandalosa y polémica, de temas no relacionados con lo económico, pero sensibles para la susceptibilidad del progrerío, como el aborto, el calentamiento global u otros capítulos de la agenda globalista. Los asesores de Milei van a explotar todas las posibilidades de provocar a los militantes opositores para que salten y legitimen el que sus dirigentes estén bien cómodos discutiendo el sexo de los ángeles mientras la masacre económica sigue a toda marcha sin oposición real por parte de la política.

La masacre es la “tabula rasa” anunciada por el propio Milei sin que nadie, otra vez, haya entendido de qué se trataba en su momento. En latín una “tabula rasa” es una pizarra en blanco, es un reseteo. Es el reseteo que los dirigentes necesitan que se haga, pero ninguno está dispuesto a poner el cuerpo para lograrlo pagando el costo político correspondiente. Para eso es que inventaron el personaje dramático de Javier Milei como un “loco” y un “outsider” que, al fracasar en un sentido político por hacerse odiar por el pueblo, deslinda de cualquier responsabilidad en la catástrofe a todos los dirigentes tradicionales y además los reivindica instalando la idea de que sin la “casta” hay caos. Y finalmente proporciona el ascenso meteórico de uno de esos dirigentes tradicionales, el verdadero ungido por sus pares que llegará envuelto en el manto del salvador de la patria luego de la caída de Milei.

El modelo chileno, de macroeconomía muy ordenada y de pobreza muy cristalizada. En Chile no existe la “clase media”, la oligarquía se queda con prácticamente todo el producto nacional y el único derecho que tienen las masas de pobres es el de someterse vendiendo su fuerza de trabajo por un salario de subsistencia. Al no haber educación pública, tampoco existe la movilidad social y en Chile, finalmente, las clases son verdaderas castas tanto arriba como abajo. A un modelo similar de “desarrollo” preperonista quieren llevar a los argentinos y Milei es uno de los artífices del siniestro plan, es un león sin domador al que la política deja hacer.

Eso sí, con la “tabula rasa” ya hecha y el país listo para reordenarse de otra forma, con otras leyes y un esquema social distinto. Es posible que dicho esquema sea parecido al que actualmente rige en países vecinos al nuestro como Chile y Uruguay, países por donde no pasó el nacional justicialismo de tercera posición y el pueblo jamás gobernó. Esos son países que tienen ordenada su macroeconomía y a la vez donde la vida para los de abajo es siempre muy cuesta arriba, son países donde la oligarquía se apropia de casi toda la riqueza nacional dejándole migajas al pueblo para que sobreviva como pueda.

La Argentina a la chilena o la uruguaya, quizá incluso a la peruana y, en una palabra, una Argentina preperonista. Es el sueño húmedo de la oligarquía cipaya, el que intentó concretar con los golpes de 1955 y 1976, luego con la experiencia neoliberal del menemismo y finalmente con el descalabro de Macri, sin éxito. Y que ahora está a punto de hacerse realidad con un golpe ingenioso a los intereses colectivos del pueblo-nación: el crear un problema económico y luego plantear la “tabula rasa” como única solución. En los últimos diez años los cipayos han estado desplegando esa estrategia y ahora intentan coronarla con el broche de oro. El pueblo no gobierna ni delibera sino a través de sus representantes y cuando estos acuerdan en defender intereses ajenos a los del pueblo estos son los resultados. El preperonismo amenaza con volver en una simulación de grieta donde los “nuestros” y los “de ellos” en realidad son todos del enemigo. La actual “democracia” se ha vuelto al fin un callejón sin salida para un demos que está muy lejos del cratos.


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