Después de Milei

Mientras la opinión pública se entretiene y en algunos casos incluso se divierte con la especulación sobre cuánto va a durar el gobierno de Javier Milei el plan económico ejecutado en silencio por el ministro Luis Caputo avanza a toda marcha. Los analistas de la política se consideran a sí mismos muy duchos en la observación del juego, pero nuevamente se les escapa lo esencial que es cómo será la Argentina después de Milei. Y así la rueda sigue girando con el poder cada vez más cerca de concretar el proyecto de disolución de la construcción política de la Argentina para balcanizar el territorio, saquear libremente los recursos y empujar al pueblo-nación a un estándar de vida de subsistencia similar al que ya existe en los demás países de nuestra región.
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Desde el lugar del que se percibe como una voz autorizada en la política por sus logros, fundamentalmente por los obtenidos en el campo de batalla como funcionario y partícipe necesario de la década ganada entre el 2002 y el 2012, el economista y comerciante mayorista Guillermo Moreno rema hoy contra la corriente del sentido común al insistir en afirmar que el gobierno de Javier Milei será breve. Si bien esa apreciación fue hasta hace pocos días compartida por muchos tanto en la política como entre los civiles que opinan en las redes sociales, los eventos del 1°. de marzo que tuvieron lugar a lo largo de todo el día, antes y durante la apertura de sesiones ordinarias del Congreso, habrían de poner entre paréntesis la afirmación taxativa de la brevedad de Milei en la presidencia de la Nación.

Moreno insiste por lo tanto en la idea que hasta ese 1º. de marzo estuvo en el centro del debate y que fue expresada durante el verano “sin carpa” por el empresario Enrique “Pepe” Albistur —más conocido por ser el marido de la progresista socialdemócrata Victoria Tolosa Paz— quien dejó grabado en un video que el gobierno mileísta iba a durar más bien poco. Sentado en una reposera sobre la arena de la playa, Albistur afirmó graciosamente frente a la cámara de un teléfono celular que Milei sería como “Semana Santa”, pues no se sabía si iba a caer en marzo o en abril. El video circuló intensamente por las redes sociales y fue objeto del escándalo por parte de los operadores mediáticos que se hacen llamar “periodistas” y se rasgan las vestiduras por la “institucionalidad democrática”, siempre y cuando el gobierno de turno sea afín a los intereses de los dueños de los medios en los que esos operadores operan sus chanchullos.

Lo cierto es que antes del 1º. de marzo y a menos de 90 días de iniciarse, el gobierno de Javier Milei venía siendo objeto de fuertes especulaciones sobre su continuidad en el corto plazo. Desde el primer dirigente hasta el último civil opinólogo, todos hacían pronósticos y hasta apuestas sobre cuánto iba a durar el gobierno mileísta, dando por sentado lógicamente que no duraría los cuatro años que marca la Constitución. La premisa fundamental de esa percepción generalizada era la de que el potentísimo ajuste impuesto por Milei debía resultar naturalmente en una efervescencia social y en un estado de sublevación popular tales que Milei no iba a poder resistir en el cargo.

Contra la corriente del estado del sentido común posterior a los hechos del 1º. de marzo, con los que Javier Milei parecería haber retomado la iniciativa política, el economista, comerciante mayorista y dirigente del peronismo Guillermo Moreno sigue apostando a un gobierno mileísta más bien breve. Moreno puede estar observando la maniobra estratégica implícita en la propia existencia de un Milei presidente y puede concluir que el experimento no es de larga duración.

¿De dónde vendría entonces ese ataque fulminante que voltearía a Milei? ¿Vendría de la multitud de trabajadores golpeados por la liberación salvaje de precios? ¿Vendría de la mal llamada “clase media” al percatarse esta de que había sido despojada de sus ahorros en dólares por el plan económico del ministro Luis Caputo? ¿O vendría de ambos flancos a la vez, de piquete y cacerola unidos en una rebelión popular total de las que no se ven todos los días? En estas disquisiciones se entretenían quienes todavía creen que las manifestaciones callejeras impactan en la política y, en consecuencia, pensaban que algo de eso sería lo que finalmente iba a llevarse puesto a Milei, aunque eso siempre fue incierto porque la política la hacen los dirigentes políticos y estos parecerían estar cómodos hasta aquí con la imposición de unas políticas que ninguno de ellos se animaba a imponer.

La fe en esa entelequia que es la rebelión popular sin conducción política alimentó durante los meses de enero y febrero las fantasías destituyentes de quienes no quieren a Milei, hasta que un buen día todo eso se esfumó. Bien asesorado por los intelectuales orgánicos del poder que lo rodean, Milei salió del callejón sin salida en el que se había metido al descartar cualquier posibilidad de pacto con la “casta” y además lo hizo convirtiendo un giro incoherente en una épica. Después de declarar demagógicamente la guerra contra toda la dirigencia política y de ver que eso iba a tener resultados catastróficos para su régimen, Milei y sus intelectuales se inventaron el “Pacto del 25 de mayo” posibilitándole al presidente “recular en chancletas” sin que se note mucho e incluso sin que se note en absoluto.

El notorio prebendario Enrique “Pepe” Albistur, aquí junto a su mujer, la diputada albertista Victoria Tolosa Paz. Albistur encendió el escándalo de los operadores mediáticos que ven “golpismo” y “desestabilizadores” por todas partes cuando el gobierno de turno representa los intereses particulares de los propietarios de los medios donde esos operadores operan. Igualmente parecería que el pronóstico de Albistur de que el gobierno de Milei se cae en marzo o en abril va a fallar, puesto que con el “Pacto del 25 de mayo” Milei pudo haberse fabricado tres meses más de vida.

Es la maravilla de la estrategia política bien ejecutada. Con el “Pacto del 25 de mayo” Milei no solo logró cancelar la declaración de guerra a los dirigentes de la política sin mostrarlo, sin dejar en evidencia la rendición, sino que además hizo de ello una épica militante que lo ubica como presidente por lo menos hasta el 25 de mayo, esto es, logró silenciar a quienes especulaban con su caída entre marzo y abril. Aquí el atento lector tiene la demostración práctica de que virtualmente cualquier situación de adversidad puede salvarse mediante la buena ejecución de la estrategia política, realmente no existe el “de eso no se vuelve” si los asesores son inteligentes y aptos para hacer la magia del spin doctor.

Como todo representante de los intereses de los de arriba Milei tiene a su disposición a los mejores asesores, razón por la que logró inventarse el “Pacto del 25 de mayo” para convocar a la “casta” a sentarse en una mesa de negociación sin bajarle la moral a su tropa. Los militantes, los simpatizantes y los dirigentes subalternos del mileísmo no entendieron que Milei hace el “Pacto” justamente para eso, para pactar con quienes había jurado no dialogar jamás: la “casta” de gobernadores y demás políticos convocados al debate. Y no solo eso, sino que entendieron todo lo opuesto. El mileísta está convencido de que el “Pacto” es un avance y no un retroceso, cree que se trata de un logro de gestión del gobierno y no de un paso atrás.

Pero efectivamente es una capitulación. Luego de “cerrarles la canillas” a los gobernadores hasta amenazar con extinguirlos inviabilizando a casi todas las provincias del país, Milei comprobó que la “casta” había quedado obligada a conspirar unida en su contra aunque más no sea por instinto de autopreservación. El de ser objeto de una conspiración general es un lugar muy peligroso, una posición precaria en la que de pronto son demasiados los enemigos y el peligro acecha en cada curva del camino. Los dirigentes amenazados por Milei con la desfinanciación de sus esquemas pusieron a un lado sus diferencias partisanas para luchar contra el enemigo común, de estar acorralados pasaron a acorralar a Milei y Milei debió salir rápidamente de ese lugar para no incurrir en un peligro muy grande.

Además de imitar las formas yanquis tanto en el horario del evento como en la ubicación de un atril, que es desde donde habla el presidente de los Estados Unidos al presentar anualmente el estado de la Nación, bajo la mirada del vicepresidente y del titular del poder legislativo, Milei asestó un golpe de efecto brutal con la presentación del “Pacto del 25 de mayo”. El gobierno se dio a sí mismo al menos tres meses de continuidad y salió del callejón sin salida de la confrontación con los gobernadores sin que los mileístas se percataran de que eso fue una capitulación. Negocio redondo, jugada magistral.

Milei logró hacerlo con la convocatoria del “Pacto”, la que presentó en una mística religiosa de tradición judía: dos tablas, diez mandamientos y el anuncio de que bajará cual Moisés del Monte Sinaí a revelar la verdad. No hay nada de eso, por supuesto. Lo que en la práctica debe ocurrir por fuera de la vista de la opinión pública en las reuniones reservadas que tendrán lugar hasta el 25 de mayo y finalmente ese mismo día en Córdoba es un Milei poniendo la oreja para escuchar las exigencias de los gobernadores. Toda la opinión pública cree que Milei reúne a la “casta” en Córdoba para imponerle los diez puntos de su decálogo que se pretende sagrado, pero no hay ninguna imposición porque eso es técnicamente imposible. Ahora llega el momento en el que los gobernadores presentan sus exigencias para adherir al “Pacto” y parar la guerra.

La política es eso mismo, es negociación, pero el simpatizante mileísta es un “virgo” en la materia y cree que eso no es así, cree que un presidente tiene el poder para imponerles a todos los jefes territoriales —igualmente electos por el voto popular— el 100% de su voluntad. Claro que Milei es culpable de que los suyos sean tan ilusos e inocentes porque formó su base militante con un discurso prepotente sin arraigo en la realidad, esto es, vendió humo. Por eso el callejón sin salida de haber dicho que con la “casta” no se dialoga tan solo para comprobar que la “casta” se vuelve peligrosa si no se negocia con ella. Milei necesitaba entonces retroceder sobre sus pasos, porque la única salida del callejón es por donde uno entró en primer lugar. Y logró salir mediante el artilugio del “Pacto del 25 de mayo” sin dejar caer la ilusión de sus seguidores en el proceso.

Genial movida, por cierto, la verdadera jugada magistral fue la que hicieron Milei y sus asesores al convertir una capitulación en triunfo y por eso ahora casi todos quedaron convencidos de que antes del 25 de mayo el gobierno no cae. Milei se fabricó al menos tres meses de tiempo —véase el artículo “Los diez mandamientos en las tablas de Milei”, publicado en esta misma edición de Hegemonía, para comprender la importancia de ello— en los que podrá seguir adelante con el plan económico de reseteo que le encargaron, ahora ya sin tanta presión destituyente. Después de los eventos delirantes del 1º. de marzo se formó un consenso tácito de que Milei tiene que llegar por lo menos al 25 de mayo como presidente “a ver qué hace”.

Los gobernadores, aquí escuchando el discurso de Milei en la apertura de sesiones ordinarias del Congreso, son un poder territorial legítimo, es decir, elegidos por el voto popular. Y por serlo no deberían dejarse arrollar por el poder ejecutivo nacional, sobre todo en cuestiones que atañen a la propia viabilidad económica de sus provincias. El mileísta cree que Milei puede imponerles a los gobernadores el 100% de su voluntad, pero el tiempo habrá de enseñarles que la política no funciona así.

Lo que hará Milei el 25 de mayo en Córdoba está escrito en las estrellas. Fiel a su estilo disruptivo de conspicuo vendehumo, Milei hará del “Pacto” un circo cuya carpa ya viene siendo armada por sus operadores. El asunto es que con la puesta en escena del 1º. de marzo el gobierno recuperó la iniciativa política perdida con la masacre económica que viene llevando a cabo contra los intereses materiales de la mayoría del pueblo. Durante los meses de enero y febrero la imagen de Milei se vio muy deteriorada, más allá de lo que sugieran las encuestas, todas ellas orientadas más por el interés de los consultores que por el estudio de la realidad, quedando el gobierno “para el cachetazo” ya de entrada. Con el humo mesiánico de sus diez mandamientos liberales y el discurso en la apertura de sesiones ordinarias todo eso cambió y la lucha pasó a otra etapa.

La continuación de la guerra

Pero la lucha es por el poder en el Estado, es la continuación de la guerra por otros medios en una inversión de Carl von Clausewitz y es eso que pasa mientras en otra parte los economistas aplican sus fórmulas. Esto que parecería ser un juego de palabras o una ocurrencia es, en realidad, lo fundamental de la política en todo tiempo y lugar, algo que casi siempre se pierde de vista. Mientras la opinión pública se entretiene especulando sobre qué dirigente y qué fuerza va a gobernar en cada momento, un plan económico está ejecutándose en segundo plano y fuera de la vista de las mayorías. Y a veces ocurre —como en el presente caso— que los dirigentes en pugna están más o menos de acuerdo en dicho plan económico y “luchan” entre ellos en el campo de la intriga para no estorbar la marcha de la aplicación del proyecto político, que siempre es un proyecto económico.

En otras palabras y de un modo más concreto, la lucha actual por el poder en el Estado entre el mileísmo y no se sabe quién más, puesto que la oposición es una cosa gelatinosa y sin conducción clara, es una forma sofisticada de “arrastrar la marca” para comprarle tiempo al operador económico. Esto es lo que pasa hoy en la Argentina aunque los entusiastas de los dirigentes que se pelean o simulan pelearse no quieran admitirlo: mientras de una parte apuestan a la destitución y de otra a la continuidad de Milei en la presidencia, en concreto lo que ocurre es que del ministro Luis Caputo (o de lo que hace el ministro Luis Caputo, para ser más precisos) nadie se ocupa. Cuando la política no es una lucha real entre distintos proyectos políticos los dirigentes del proyecto opositor se ocupan mucho de la “rosca” y nada de poner un freno a la aplicación del plan económico oficialista.

Para el militar e historiador prusiano Carl von Clausewitz la guerra es la continuación de la política por otros medios, por lo que es posible deducir que lo opuesto también es verdadero allí donde el orden de los factores no altera el producto. La política es la continuación de la guerra por medios discursivos y es también aquello que pasa mientras los ministros de Economía ejecutan planes económicos. Mientras la opinión pública se entretiene con la intriga y la rosca, Luis Caputo avanza silenciosamente con su plan de desposesión brutal de las mayorías.

Observe el atento lector que además de no tener conducción ni proyecto definidos —o tal vez precisamente por eso— la oposición hoy no se opone al plan económico que Luis Caputo ejecuta en silencio mientras Milei cuenta chistes indecentes en escuelas primarias o vende cualquier otra clase de humo para que no se hable de nada más. En este punto, a tres meses del inicio del actual gobierno, tres meses en los que la vida para el argentino se puso cuesta arriba como nunca en la historia del país, cabría preguntarse qué cosa es la oposición. ¿Es el kirchnerismo? Y si lo es, ¿quién lo conduce? Véase que la respuesta no es tan sencilla como parece, porque si la conducción está en manos de CFK la situación se encuentra en un punto muerto ya que CFK difícilmente podrá volver a ser presidente, tanto por el altísimo nivel de rechazo a su figura como por su edad avanzada.

¿Entonces quién conduce? ¿Quién es el dirigente con suficiente consenso para construir una alternativa real hoy al gobierno de Milei? Consenso y posibilidades de ganar elecciones, por supuesto, estos son los criterios excluyentes de la conducción política. Aquí empieza la danza de nombres que va de Sergio Massa a Axel Kicillof, pasando por un Guillermo Moreno que es el favorito de los peronistas doctrinarios. Y paramos de contar. Esos son los tres candidatos visibles hoy en la lucha por la conducción del espacio opositor al gobierno de Milei, llámese como se llame dicho espacio. Pero el problema persiste y es que ninguno de ellos reúne las dos condiciones mínimas para conducir. Los tres podrían ganar elecciones, pero ninguno de ellos tiene consenso porque el campo está partido en mil pedazos.

La espantosa conclusión es que Milei hoy gobierna sin oposición al igual que Néstor Kirchner en su momento. No hay en la vereda de enfrente ningún dirigente cuyo proyecto sea del agrado de la mayoría. El liberalismo de Massa les cae mal a los progresistas de Kicillof y también a los peronistas de Moreno, para quienes el progresismo del gobernador bonaerense también resulta intragable y viceversa, porque los “progres” consideran a Moreno un “facho”. He ahí la magnitud de un problema cuyo resultado es el arrollador avance del plan económico mileísta. En la observación técnica de la política eso se llama dispersión: en los tiempos de Kirchner la oposición estaba dispersa como resultado de la atomización heredada del cataclismo de 2001 y Kirchner, aprovechándose de ello, avanzó como un tren.

Si bien sonríen y se muestran amistosos para la foto, Sergio Massa y Axel Kicillof vienen luchando sin cuartel el uno contra el otro por la conducción de los despojos del kirchnerismo de cara al futuro. Y el problema de esa lucha es que probablemente no arrojará como resultado a ningún nombre de consenso. El campo está fragmentado en mil pedazos después de CFK y las tribus disimulan mal las tensiones internas existentes entre ellas.

Lo mismo ocurre hoy con Milei, quien ocupa el lugar de Kirchner en eso de gobernar con el campo opuesto fragmentado o disperso. Kirchner hizo prácticamente lo que quiso en los cuatro años entre 2003 y 2007 y habría sido ciertamente reelecto “sin despeinarse” para un segundo mandato de haberlo querido. La lógica es sencilla e indica que mientras el campo de la representación de los intereses de las mayorías esté disperso el gobierno antipopular va a seguir, ya sea con Milei o cualquier otro títere a la cabeza. Los operadores de los medios “amigos”, tan vendedores de humo como lo son sus pares de los medios “enemigos”, insisten en la destitución de Milei por juicio político sin explicar qué hay después de eso. Lo que esos operadores nunca advierten es el peligro de que el juicio político a Milei llegue en efecto, sí, pero solo cuando el poder fáctico ya tenga el sustituto real al fusible del ajuste.

Eso se verá más adelante en este texto. Por el momento conviene entender que la oposición no existe en la práctica y que eso equivale a que en el fondo hay un consenso alrededor del plan económico actual. Se escuchan muchos discursos encendidos y no se ve, sin embargo, a nadie organizando una resistencia activa y concreta al plan económico de Caputo. A los militantes kirchneristas que adoran a CFK y a Kicillof, a los massistas y a los morenistas no les va a gustar mucho, pero la realidad observable por encima o más allá de sus simpatías partisanas es que ningún dirigente se ocupa de frenar el ajuste brutal del ministro de Economía que vino a resetear al país. Y así no se hace oposición.

Kicillof puede excusarse en la comprensión de que como gobernador de una provincia debe ocuparse de gobernar su distrito cuidándose de que no lo destituyan a él y Moreno, por su parte, puede aducir el pretexto válido de su marginalidad relativa, es realmente muy poco lo que puede hacer más que difundir su idea en programas de televisión. ¿Y Sergio Massa? ¿Dónde está Sergio Massa, el candidato derrotado por Milei en las elecciones del pasado noviembre? Massa está literalmente escondido, el muy oportunista, tal vez con el propósito de preservar su imagen. Además de candidato, Massa fue ministro de Economía y debió estar ahora mismo oponiéndose al rojo vivo a la masacre de Luis Caputo, pero no lo está. Massa está en silencio y es fácil concluir que suscribe a la actual política económica de ajuste y reseteo.

El golpe de la cámara de un fotógrafo contra su frente durante la ceremonia de asunción en 2003 parecía anunciar una presidencia difícil para Néstor Kirchner, aunque nada de eso se confirmó. Más allá de una enemistad manifestada en el principio por la oligarquía nucleada entonces en el diario ‘La Nación’, Kirchner apenas debió superar al duhaldismo y poco más que eso, pues la política estaba totalmente fragmentada desde el 2001 y el campo opositor no pudo organizar a tiempo una oposición real al santacruceño y este avanzó como un tren durante cuatro años. Algo similar ocurre hoy con Milei.

El caso de Massa puede ser la corroboración de la hipótesis —ya analizada en profundidad en estas páginas— de Milei como un chivo expiatorio que hace el “trabajo sucio” para que venga después el propio Massa a reinar sin la necesidad de hacer ninguna maldad adicional contra el pueblo, puesto que Milei ya las hizo todas. Ese podría ser el caso y aun así subsistiría el problema central de la inexistencia de oposición al dúo Milei/Caputo. Sea lo que fuere lo que estén tramando los dirigentes en el juego de la sucesión presidencial, la realidad concreta y observable por fuera del humo ideológico del discurso es que nadie se opone hoy a la imposición del plan económico y dicho plan avanza ferozmente sobre un pueblo huérfano de representación política. El problema, en síntesis, es que el argentino no tiene quien lo defienda ahora de la voracidad del poder fáctico.

Javier Milei no tiene oposición y avanza implacable sobre el pueblo con un plan económico de desposesión general, fabricándose tiempo para que el plan siga ejecutándose. Frente a esta triste y fáctica realidad es conveniente observar menos el show de Milei y un poco más lo que va a dejar su régimen como legado una vez que termine la función. Y no se trata de resignarse frente al mal ni mucho menos, sino de tener la templanza para comprender que en las sociedades de masas un pueblo sin representación política es una masa amorfa e impotente sobre la que pueden imponerse las más crueles maldades sin que nadie sea capaz de frenar la injusticia. Todo dentro de la más perfecta legalidad, por supuesto, ya que la legalidad es una cuestión de poder y no de justicia.

Muchos de los carteles de propaganda de la candidatura de Sergio Massa siguen visibles por todo el país. El que no se deja ver por ninguna parte es el propio Massa, quien está escondido tal vez a la espera del momento de aparecer como un salvador de la patria. Menuda mezquindad, por cierto, pues como candidato derrotado en las elecciones del año pasado —y como exministro de Economía— Massa debió estar encabezando la resistencia a la aplicación del plan económico de Luis Caputo.

Tampoco es importante ya en consecuencia la duración que vaya a tener el régimen mileísta. Las especulaciones sobre cuándo cae el actual gobierno antipopular serán buenas para la anécdota, pero son absolutamente triviales pues estando de acuerdo los dirigentes políticos en la política económica la duración del gobierno será la justa y la necesaria para que se cumplan los objetivos de reseteo de una economía que ha sido dirigida hacia el abismo en los últimos diez años. Durante una década la política abusó del déficit fiscal cubriéndolo con emisión monetaria y deuda (esto último con más intensidad durante el régimen de Mauricio Macri), hasta llegar a la actual situación, que es terminal. Por eso los dirigentes contemplan pasivamente la política económica de Milei. En el fondo, Milei no hace más que resetear una década de descalabro haciendo pagar al pueblo la cuenta.

Claro que Milei va a pagar más temprano que tarde el costo político por la masacre que le impone hoy al pueblo, pero esa es precisamente la idea que subyace todo el plan. Los demás dirigentes ven a Milei como una especie de chivo expiatorio al que la opinión pública va a responsabilizar por todos los males del mundo cuando llegue la hora, absolviendo en el acto a quienes vinieron antes de Milei y desde el 2014 a esta parte rifaron el modelo de producción que había sido exitoso en la década anterior, la década ganada que va del 2002/2003 al 2013, sustituyéndolo por un modelo de especulación en el que el trabajo fue reemplazado por la timba financiera.

Escombros y cenizas

Aquí tenemos la premisa fundamental de la hipótesis del chivo expiatorio instalado adrede por la política, esto es, la de que Milei no nace de un repollo ni es ningún “outsider” que irrumpió en la lucha por el poder en el Estado desde la nada misma hasta ganar las elecciones. Como se sabe y se ha visto abundantemente en estas páginas, la política en todos los países es una suerte de corporación en la que los miembros estables les exigen pagar el “derecho de piso” durante años a los advenedizos, nadie llega a ser presidente de la Nación sin antes haber hecho la trayectoria corporativa, el camino obligado hasta la cima. Milei llegó desde la nada, pasó de ser un monotributista con cuchitril en 2016 a diputado nacional en 2021 y luego a presidente dos años más tarde.

Además de continuar e incluso de intensificar los vicios de los dos últimos años del gobierno de CFK —siguió con la emisión monetaria descontrolada y triplicó los planes sociales, por ejemplo—, Mauricio Macri trajo el mal del endeudamiento con el Fondo Monetario Internacional para acentuar la debacle de la economía nacional, la que iba a terminar de destruirse en el gobierno de Alberto Fernández. Diez años de descalabro que no podían ser ni fueron gratuitos para el país. El periodo 2014/2024 es la auténtica década perdida de la que el resultado necesario son Milei y su discurso de ajuste legitimado.

El sentido común popular de Brasil suele decir que las tortugas no trepan los árboles y que, por lo tanto, si el atento lector encuentra una tortuga subida a un árbol hace muy bien en preguntarse quién la puso allí. Milei es una tortuga arriba de un árbol, no pudo haber llegado allí sin la ayuda de quienes tienen el poder para elevar a un individuo a un lugar tan alto. Y la pregunta aquí es un para qué y no un quién, puesto que el quién se resuelve fácilmente con la aplicación del cui bono cuyo resultado será la identidad de todos los dirigentes de la política que se benefician con el advenimiento de un Milei chivo expiatorio. Milei exime a los demás dirigentes de sus responsabilidades en la catástrofe, asume para sí el costo político del reseteo y, en fin, expía los pecados de los demás.

Ahí está entonces el para qué terminando de corroborar la hipótesis de un Milei chivo expiatorio y queda además resuelta la última cuestión, la de cuánto va a durar el régimen mileísta. La respuesta es la propia obviedad ululante: si a Milei la política lo elevó ex nihilo a la presidencia para que libere de culpa y cargo a los dirigentes tradicionales en la catástrofe con un reseteo de la economía, haciendo pagar al pueblo la cuenta, entonces por lógica el gobierno de Milei no podrá durar un minuto más ni menos que lo justo y lo necesario para que dicho reseteo concluya. ¿De cuánto tiempo podría tratarse? Pues a juzgar por la velocidad inusitada con la que Caputo avanza en la ejecución del plan económico mientras Milei divierte a la opinión pública con sus “locuras” y sus “exabruptos”, el régimen mileísta no debería durar más que unos pocos meses.

De ahí precisamente la maniobra del “Pacto del 25 de mayo”, que ahora se ve como una montaña de humo cuyo único propósito es darle a Caputo tres meses más de ejecución del plan económico sin tanto runrún destituyente. Eso es lo que puede estar observando Guillermo Moreno, el que apareció al principio de este texto, para seguir afirmando taxativamente en todos los canales de televisión y radios que Milei será breve. Moreno a lo mejor ya sabe que la inflación va a bajar de aquí hasta mayo por la brutal recesión que el Plan Caputo ocasiona y que así el gobierno llega a Córdoba para el debate del “Pacto”. ¿Pero qué pasa después? ¿Qué pasa cuando la inflación ya esté controlada y a la vez la actividad económica esté absolutamente detenida por inexistencia de consumo en un pueblo sin dinero?

Javier Milei, aquí en sus tiempos de marginal y “outsider”. El que conozca mínimamente el funcionamiento corporativista de la política (o de lo que vulgarmente se suele llamar “clase política”, aunque no es una clase) sabrá de la imposibilidad de que sujetos como Milei lleguen a la presidencia de la Nación sin tener una larga trayectoria previa en la actividad. Al igual que Alberto Fernández, quien fue designado por CFK y Sergio Massa para ejercer un poder que no le correspondía, Milei ha sido aupado por alguien a la primera magistratura y la cuestión radica en saber quién lo elevó y por qué.

Pasa que el malestar social será inmenso y no habrá más “logros de gestión” para presentar, resultando naturalmente eso en una nueva pérdida de la iniciativa política. Lo esperable es que un gobierno ideológicamente “tacaño” o bien sea obligado a contradecirse en sus principios reactivando la economía con inversión pública —lo que se llama keynesianismo y es un pecado mortal para los llamados “libertarios”, pues el Estado no debe meterse— o bien seguir con su austeridad a ultranza hasta que todo estalle. Esto último es lo que debería ocurrir de corroborarse la hipótesis del chivo expiatorio, pues con la inflación controlada, retirado de circulación el excedente de pesos que los gobiernos anteriores habían emitido sin control y despojada la “clase media” de sus ahorros en dólares (y también de los pesos, nada debe quedar) el reseteo estará realizado y será tiempo entonces de que la política “flete” a Milei descartando finalmente al chivo expiatorio por ella misma creado.

Todo esto sería bastante sencillo si el único objetivo fuera el reseteo común y silvestre, pero hay mucho más. La caída de Milei resultará igualmente en la caída en desgracia de la ideología liberal libertaria con su ortodoxia tacaña, lo que posibilitará el ascenso de un gobierno mucho más “generoso” en eso de poner todos los recursos del Estado en la calle para reactivar rápido, por lo que después del reseteo vendría una etapa más o menos sostenida de expansión, con toda la abundancia y el bienestar social que conllevan los periodos de esas características. Podría ser así si no fuera por un detalle que a todos se nos suele escapar: después de Milei la Argentina no será la misma que antes, será un país totalmente distinto y desde ahí, desde esa depresión, habrá que volver a empezar.

Muchísima más profundidad tiene el problema del régimen mileísta porque Milei no viene solo a imponer un reseteo de la economía cargando con el costo del proceso sobre la costilla del pueblo, sino que tiene por objetivo central la dramática disminución del estándar de vida del pueblo-nación tanto en sus sectores populares como en la mal llamada “clase media”. El periodo de expansión económica posterior al reseteo podrá ser más o menos largo y por cierto va a beneficiar políticamente al dirigente que lo encabece, pero no conviene perder de vista desde dónde va a arrancar ese periodo. Al igual que en el 2001, la ruptura del orden democrático para empezar otra vez con borrón y cuenta nueva encontrará al pueblo-nación en un pozo muy profundo.

En este momento y durante los dos últimos meses la mal llamada “clase media” ha estado quemando los dólares que tenía ahorrados para hacer frente a un costo de vida que se fue a las nubes. Lo esencial del Plan Caputo es el estrangulamiento de los ahorristas en moneda extranjera mediante una estampida general de los precios acompañada por un tipo de cambio muy bajo. Cuando Caputo termine su misión no habrá un solo dólar bajo el colchón y el reseteo habrá concluido.

Como un divisor de aguas el gobierno de Milei no es tan importante por lo que dura, sino más bien por lo que hace mientras existe y más aún por lo que va a dejar al retirarse. Lo importante es la diferencia entre las aguas que están antes y las que están después del divisor, nunca el divisor en sí mismo pues la existencia de este ya está determinada y no necesita mayores análisis. Es un divisor, es una pieza de ingeniería política puesta allí con una finalidad y una fecha de caducidad definida por quien lo puso en su lugar. Y eso es lo que los analistas no suelen analizar cuando observan la política, son las consecuencias de cada proceso y es lo que va sedimentando en el tiempo después que los procesos finalizan.

A tono con las exigencias de la Agenda 2030 del poder fáctico global —que promueve el “no tendrás nada y serás feliz” como meta para la humanidad para de aquí a tan solo seis años— y con las necesidades de las potencias y las corporaciones que codician los recursos del territorio y desean que el pueblo-nación esté de rodillas para mejor saquear sus riquezas y recursos naturales, el régimen de Milei se trae entre manos la destrucción de lo poco que quedaba de la década ganada. Después de Milei habrá un argentino empobrecido y deprimido, un argentino convertido en chileno o en peruano y listo para aceptar cualquier fórmula mágica para asomar un poco la cabeza fuera del pozo, incluso fórmulas que impliquen rifar los recursos del sexto territorio más rico del mundo.

El régimen “libertario” mileísta que la política le impuso al pueblo-nación en las elecciones de 2023 no es “libertario” ni tampoco liberal, sino neocolonial. Es el divisor de aguas entre un pueblo que antes estaba dispuesto a defender lo suyo y pronto no lo estará, como la teoría de la ventana de Overton. Milei logra, con la reducción del estándar de vida general, llevar la discusión a otro lugar, donde las cuestiones de interés nacional se debatirán con otras condiciones. No es lo mismo defender la patria habiendo satisfecho todas las necesidades básicas e incluso algo más que hacerlo en el contexto de mucha urgencia, teniendo que apagar incendios puertas adentro. Lo que hasta Milei resultaba inaceptable para el argentino promedio, como la entrega de la soberanía territorial, después de Milei puede no serlo en absoluto.

Los gobernadores de las seis provincias patagónicas muestran la “puntita” del plan secesionista de balcanización del territorio argentino con una presentación de estilo nacional, como si la Patagonia fuera un país. Ni el detalle simbólico se les escapó: borraron de la identidad gráfica el nombre “Argentina” y agregaron como logotipo una estrella de David estilizada. No se molestan ni en disimular ya, como se ve.

Y probablemente no lo sea, es probable que al retirarse —sea dentro de tres meses, de cuatro u ocho años, es irrelevante para el caso—, Milei deje un escenario en el que a la depresión se le sume la anomia y, en consecuencia, haya aquí un pueblo espiritualmente derrotado y desmoralizado, a punto de no importarle ya ni siquiera la balcanización del territorio y la disolución de la construcción política de lo que hoy llamamos Argentina. De hecho, en los últimos días de febrero la operación empezó a sugerir la fragmentación del territorio nacional empezando por la Patagonia, donde los gobernadores crearon un conato de institucionalidad independiente cuyo símbolo es muy parecido, sospechosamente, a la estrella de David de los sionistas.

Al final el Plan Andinia no parecería ser ninguna conspiranoia y puede estar implementándose (o acelerando su implementación debido a la urgencia existente hoy en Israel) de la mano de un presidente que por lo demás no tiene empacho en declararse abiertamente sionista. El problema del actual régimen mileísta/sionista, ahora sí, es por lo tanto lo que va a posibilitar al retirarse si el pueblo-nación argentino no despierta del sueño exigiendo la debida representación política que ponga un freno a estos siniestros planes del enemigo de la humanidad. No vaya a ser que por entretenernos peleando mutuamente en luchas ideológicas intestinas perdamos de vista lo esencial hasta que un buen día el escenario de Palestina, al que hoy por hoy vemos muy lejano, se instale en estas latitudes.

¿Tan lejos estaremos de esa usurpación violenta de la soberanía nacional estando presididos por un delincuente cuyo objetivo declarado es dejar nada más que escombros y cenizas?


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