Guillermo Moreno es un economista y veterano militante del peronismo que sirvió como secretario de Comunicaciones y luego como secretario de Comercio Interior en los diez años de las gestiones de Néstor Kirchner y de Cristina Fernández de Kirchner que quedaron conocidos como los de la década ganada. Entre el 2003 y el 2013, Moreno alcanzó un razonable nivel de exposición ante la opinión pública nacional por la decisión e incluso la fiereza con las que defendió la estabilidad de los precios de los productos de consumo popular en el mercado interno. Buena parte de la percepción de que el decenio 2003/2013 fue una década ganada se debe a esa estabilidad, la que muchos todavía recuerdan como uno de los aspectos centrales de ese periodo de prosperidad económica. Moreno se identifica íntimamente con la década ganada como uno de sus artífices en esa trinchera tan sensible que es la de la estabilidad económica expresada en los precios al consumidor.
Moreno fue entonces y durante muchos años subsiguientes una verdadera “vaca sagrada” para el kirchnerismo, un dirigente icónico adorado tanto por la militancia como por los simpatizantes. Aun habiendo sido desplazado del gobierno al cambiar la orientación de la gestión hacia los dos últimos años del segundo mandato de Cristina Fernández de Kirchner, Moreno siguió siendo toda una celebridad entre los kirchneristas que aún recordaban su actuación en la Secretaría de Comercio, sobre todo en la guerra que libró contra el Grupo Clarín desde ese lugar. Por lo menos hasta mediados del 2019, ya en el último año del régimen macrista, Moreno siguió siendo una unanimidad entre los kirchneristas militantes y “silvestres”, un símbolo vivo de la década ganada que para ese año se añoraba y se quería reeditar con la formación del llamado Frente de Todos de cara a las elecciones de octubre de 2019 que a la postre iban a reinstalar al kirchnerismo, o al menos al poskirchnerismo, en el gobierno con Alberto Fernández en la presidencia y Cristina Fernández de Kirchner en la vicepresidencia.
Hasta allí iba a durar el amor de los simpatizantes del kirchnerismo hacia Guillermo Moreno. Al presentarse la fórmula Fernández/Fernández para las elecciones de 2019, Moreno dijo inmediatamente —el mismo día de esa presentación— que Fernández de Kirchner había elegido al peor candidato posible para encabezar la fórmula presidencial. Y si bien Moreno ya venía mostrando divergencias respecto al discurso de la conductora del poskirchnerismo ahora convertido totalmente en cristinismo, en la condena a Alberto Fernández quedó patente por primera vez la ruptura entre el exsecretario de Comercio Interior y la fuerza política en la que supo servir como fiel soldado. Incluso el más despistado se dio cuenta allí de que ya no existía una perfecta unidad entre Moreno y Fernández de Kirchner. Moreno apareció por primera vez claramente como un exkirchnerista en la antesala del triunfo del Frente de Todos en 2019.

Pero el análisis más fino del discurso y de la praxis de Moreno dará como resultado el que su ruptura con el kirchnerismo se dio ya en 2013, momento en el que fue desplazado del gobierno y enviado prácticamente al exilio como agregado económico de la embajada argentina en Italia. Al triunfar relativamente Sergio Massa en las elecciones legislativas de octubre de 2013 y al agotarse el modelo de consumo que el kirchnerismo había implementado en algún momento a partir de 2003 para reactivar la economía después de la brutal caída del bienio 2001/2002, el gobierno de Fernández de Kirchner empezó a “limpiarse” de sus cuadros peronistas y a sustituirlos por funcionarios de orientación ideológica dicha “progresista”. Moreno supo allí que el gobierno había dado un giro copernicano, pasando del incentivo a la producción y al trabajo que está previsto en la doctrina peronista a un esquema rentista y financiero que es más bien propio del neoliberalismo, del poscapitalismo o de ambos.
Ya durante el exilio en Italia, donde recibió el respaldo de un referente de la cultura nacional de la talla de Diego Maradona, Moreno empezó a expresar su disconformidad con ese giro ideológico a través de sendos artículos publicados en los medios de comunicación. Pero esas expresiones pasaron por debajo del radar de una militancia no habituada a leer para informarse políticamente y nadie se enteró entonces de que Moreno ya estaba “en otra”. Claro que en realidad era el kirchnerismo el que había cambiado y Moreno se había mantenido coherente en la idea de calentar la economía mediante la producción y el consumo, pero desde el punto de vista del militante y del simpatizante cristinista ese siempre fue un hecho de imposible comprensión. Naturalmente fiel a la conducción aun en la eventualidad de su giro ideológico, la tropa tiende a ponderar mucho más la individualidad del conductor que la coherencia ideológica de este o de aquel oficial que se atreve a cuestionarlo. La propia naturaleza de la militancia orgánica así lo indica.

Moreno siempre supo que ir frontalmente contra Fernández de Kirchner en la denuncia de su giro ideológico a partir de fines de 2013 iba a resultar en una enajenación de quienes alguna vez lo idolatraron, esto es, que al optar por la acusación abierta a Fernández de Kirchner por la transformación ideológica sería inmediatamente vilipendiado por los mismos que lo habían tenido de ídolo en los años anteriores. Y por eso eligió el camino de la no confrontación directa con la conducción para no agitar a la tropa, limitó su opinión al plano de la crítica económica que la militancia no registra y, lo más importante, sin referirse directamente a Fernández de Kirchner. Esa estrategia disimulada duró hasta mediados de 2019, cuando Moreno debió salir “con los tapones de punta” a decir claramente que la conductora había elegido al peor al designar a Alberto Fernández para encabezar la lista del Frente de Todos.
A partir de allí y progresivamente la tropa kirchnerista —luego convertida en poskirchnerista y finalmente en cristinista— empezó a identificar a Moreno como un enemigo. El héroe de la década ganada pasó a ser un “viejo meado” en la opinión de los mismos que lo habían idolatrado como si no hubiera tenido ninguna trayectoria que lo respaldara. En su metamorfosis que lo transformó de peronista en “progresista”, en una especie de trotskista con conducción casi siempre ausente y un conjunto difuso de ideas globalistas, el ahora militante cristinista se recostó en la hipótesis de que Moreno estaba “gagá” con el fin de darse la explicación que necesitaba para justificar aquello que fue un pasar por la picadora de carne a una de sus glorias. El cristinista puso sin miramientos a Moreno en el grupo de los villanos de la “derecha” por haberse atrevido a cuestionar la decisión de la conductora sobre la fórmula electoral para las elecciones de 2019. Y allí habría de quedar.
El tiempo le daría la razón a Moreno al demostrarse cabalmente que Alberto Fernández era en efecto el peor candidato posible para encabezar aquella fórmula. Durante cuatro años Fernández hizo un desgobierno con el que iba a consumir lo que le quedaba de capital político a Fernández de Kirchner hasta transformar el cristinismo en una secta políticamente aislada, aunque nada de eso habría de alcanzar para que los cristinistas depongan su actitud belicosa respecto a Moreno, sino más bien todo lo opuesto: quizá por un cierto mecanismo psicológico defensivo, lejos de reconocer el error de su conductora los cristinistas redoblaron su agresividad contra el exsecretario de Comercio Interior como si este fuera parte del mismo al haber acusado tempranamente el error. La antropología y la sociología han descrito ese comportamiento irracional de la tribu y este no es el lugar para profundizar en ello. Lo cierto es que Fernández de Kirchner eligió al peor, dilapidó su capital político en esa elección y el malo de la película fue Moreno.

No obstante, aun después de esa definición y esa ruptura, Moreno nunca se atrevió a acusar a Fernández de Kirchner más que de haber cometido errores, es decir, jamás la denunció por hacer el mal adrede. En el relato de Moreno, el personaje de Fernández de Kirchner aparecía siempre como el de la conductora ideológicamente extraviada que debía ordenarse para volver a conducir tomando mejores decisiones. Esa actitud indulgente habría de encontrar su límite en los primeros días del mes de septiembre cuando en el programa de streaming del humorista Pedro Rosemblat apareció al fin aquello que venía apenas insinuándose. “Algo está pasando”, decía Moreno frente a un sorprendido Rosemblat. “Ellos dicen que el RIGI (el régimen de incentivo para grandes inversiones, política insignia de Milei) es una porquería, que la soberanía (…) Están matando a los jubilados, están destruyendo las empresas y nos están haciendo pedazos, pero dejemos que (Milei) termine su mandato”. “Ellos”, por cierto, en clara referencia a la conducción del cristinismo.
Moreno comparaba esta situación de tolerancia respecto a Javier Milei con la que hubo entre el 2015 y el 2019 hacia Mauricio Macri, quien impuso un régimen económico de terror para las mayorías populares y, sin embargo, en momento alguno se vio amenazado por el cristinismo con la destitución mediante el mecanismo constitucional del juicio político. “El problema de Cristina es que tampoco estuvo en sacarlo a Macri y nos comimos una deuda con el Fondo Monetario, más todo lo que pasó con Macri”, decía Moreno, responsabilizando a Fernández de Kirchner por la estabilidad del régimen macrista en cuatro años. En una palabra, Moreno pasaba allí, para sorpresa de Pedro Rosemblat y seguramente de la fanaticada que consume ese tipo de contenido digital posmoderno, de acusar los errores de Fernández de Kirchner en la conducción a denunciar directamente su interés tanto en la continuidad del régimen macrista como del actual régimen mileísta. Así, sin eufemismos ni atenuantes de ninguna especie.

La observación fría de la realidad actual y de la historia reciente sugiere que Moreno puede estar otra vez en lo cierto. Al igual que durante todo el nefasto régimen de Mauricio Macri, Fernández de Kirchner se mantiene hoy en una postura de pasividad e invisibilidad que no llega a ser prescindente, o sea, no está presente para conducir y tampoco permite que nadie lo haga, guarda ahora como entonces un silencio prudencial dejando que la tropa sea precariamente arreada por pastores mediáticos como Gustavo Sylvestre, Pablo Duggan y demás mercenarios. Y solo aparece con poca frecuencia, verdaderamente muy de vez en cuando, para publicar en las redes sociales algún escrito al que sus seguidores ni se toman la molestia de leer por falta de hábito de lectura, pero también porque no les importa lo que diga quien por defecto solo dice la verdad. Esta ha sido la “conducción” de Fernández de Kirchner desde el 10 de diciembre de 2015, salvo en los meses inmediatamente anteriores a las elecciones de 2017, 2019, 2021 y 2023, por evidentes razones de campaña.
Parecería tratarse a primera vista de la típica actitud descrita por Lope de Vega en El perro del hortelano, la que en el refrán se vulgariza como “no comer ni dejar que otros lo hagan”. Entonces Fernández de Kirchner no conduce a la tropa y tampoco deja el lugar para que venga otro conductor más activo, he ahí esa postura de pasividad e invisibilidad que no llega a ser prescindente. Pero Moreno ve algo mucho más grave en ello y es una forma de impedir el desborde político y social que pudo en su momento haber llevado puesto a Mauricio Macri y podría ahora hacer lo propio con Javier Milei. En una palabra, Moreno acusa a la conductora del cristinismo de contener a la tropa para que esta mire pasivamente mientras un régimen de gobierno profundamente antipopular atropella a las mayorías trabajadoras del país empujándolas a la miseria e hipoteca el futuro de la patria primero con el endeudamiento criminal y luego imponiendo profundas reformas de larga duración en el andamiaje jurídico del país.

Obsérvese bien la gravedad de semejante acusación, cuya única conclusión posible es la de que Fernández de Kirchner primero sostuvo a Mauricio Macri para que este terminara su mandato y ahora está haciendo otra vez lo mismo con Javier Milei. Vista en estos términos la cosa no solo es de una agresividad extraordinaria, sino que además lo confunde y hace perder la fe incluso al más devoto pues afirma sin ambages que Fernández de Kirchner obra por acción u omisión (o las dos cosas a la vez) en el sostenimiento de regímenes de gobierno cuyo programa es diametralmente opuesto a lo que al menos discursivamente el cristinismo dice representar. En vez de actuar en la destrucción temprana de esos regímenes para evitar que los pueblos sufran las consecuencias deletéreas de sus políticas criminales, lo que en cambio estaría haciendo Fernández de Kirchner es sostenerlos para que esas consecuencias se sientan en su totalidad, como si su objetivo fuera el hacer sufrir al pueblo por alguna razón que nadie comprende.
Extraordinario, sin lugar a duda. En la metáfora futbolera que tanto gusta entre los llamados militantes “cabeza de termo” sería como decir que la dirigencia de Boca Juniors actúa para que River Plate gane el campeonato todos los años y así imponerles a sus propios hinchas un castigo. Eso podría ser cierto en algún momento y en el hipotético caso de que los dirigentes de un club tuvieran intereses no declarados en semejante situación o una agenda oculta, cosa que se verá más adelante. Por el momento alcanza con saber que, en la opinión de Guillermo Moreno, Fernández de Kirchner actúa por acción y/u omisión para hacer algo que contradice diametralmente lo que en el discurso aparece como su orientación política. De tener la razón Moreno en algo de lo que dice, estaría configurado un monumental acto de hipocresía por parte de alguien que se ha jactado siempre de no ser hipócrita. Y eso es brutal ya desde su concepción.

No es imposible que Moreno esté en lo cierto y la simple observación del comportamiento errático de Fernández de Kirchner desde diciembre de 2015 lo demuestra. En su última “aparición” pública —que no lo fue porque se trató simplemente de otra intervención en Twitter—, Fernández de Kirchner publicó un documento como de costumbre repleto de ocurrencias típicas de su registro oral en el que hacía un “cuadro de situación” diciendo que el plan económico de Milei es “inconsistente e insostenible”, que “todo está muy mal” y que el régimen es “una verdadera tragedia social al producirse en el marco de una profunda recesión económica”. También hay algún intertexto con Bill Clinton y una cita a otro presidente estadounidense, además del inconfundible estilo de oralidad que caracteriza a Fernández de Kirchner. Lo que no aparece es la definición de la necesidad de un juicio político que termine con el régimen de Javier Milei antes de que este destruya al país.
Fernández de Kirchner termina su “cuadro de situación” con la insistencia en las categorías de Ernesto Laclau diciendo que es necesario “enderezar las experiencias y ordenar las nuevas demandas” con el fin preliminar de “formular propuesta y estrategia que permitan organizar una fuerza política que vuelva a representar mayoritariamente, para pasar de ser oposición a alternativa de gobierno”. Preliminar, sí, Fernández de Kirchner habla de una etapa incipiente de organización como quien propone prepararse para unas elecciones que van a tener lugar de aquí a más de tres años, en 2027. No se habla de detonar al gobierno de Milei ahora con un juicio político, nada de eso. Se habla de convocar a debatir para formar en el tiempo una nueva mayoría y así ganar las elecciones previstas… ¡para de aquí a tres años! El problema es que los dirigentes tienen tiempo para hacer esas construcciones en el mediano plazo, pero el pueblo tiene urgencia. En el medio del “cuadro de situación” contemplativo está el pueblo atravesando un infierno.

Es difícil imaginarse en qué condiciones llegará el pueblo argentino a 2027 en vista de todo el estrago causado por el proyecto político neocolonial del mileísmo en tan solo nueve meses. Mientras concluye en un documento para las redes sociales que “todo está muy mal”, Fernández de Kirchner opera en el reverso de la trama ordenando a sus oficiales que saboteen todo conato de juicio político contra Javier Milei, siempre de acuerdo con la crónica del periodismo y ahora también según la denuncia de Guillermo Moreno. “Algo está pasando” y es eso mismo, el cristinismo está empezando a construir de cara a las elecciones del 2027, no parece tener interés alguno en acelerar los tiempos y más bien se muestra inclinado a impedir que se aceleren. En los cuarteles de la calle Rodríguez Peña las urgencias de las mayorías son menos prioritarias que el cálculo político y la estrategia.
Ahora bien, lo que parece ser inaudito sigue, en realidad, una lógica que en el reverso de la trama se muestra absolutamente cristalina, aunque asimismo de difícil observación para el que es incapaz de despojarse de sus prejuicios ideológicos. Las premisas de que el sistema de representación es infalible y de que siempre dicen la verdad los dirigentes que discursivamente se arrogan la representación de la voluntad popular operan aquí como un impedimento a la comprensión y es necesario, por lo tanto, poner entre paréntesis por un momento esas certezas si lo que se busca es entender el mecanismo. Es preciso hacer el esfuerzo heurístico de suspender certezas que por la acción prolongada de la colonización pedagógica están muy arraigadas en la conciencia y eso, como se sabe, no es placentero y más bien duele. A nadie le hace gracia abandonar esa zona de confort que es el lugar de las certezas prestablecidas por la fe ideológica.
El primer prejuicio ideológico que debería suspenderse es el que impone la infalibilidad del sistema de representación que mal llamamos, en Occidente y aquí en las semicolonias, “democracia”. De acuerdo con ese prejuicio, los representantes electos por el voto siempre representan la voluntad de la mayoría de los electores o, en todo caso, los intereses del sector de la sociedad al que dirigen su discurso. Esa es la promesa de la “democracia” o el contrato entre representantes y representados, quienes no gobiernan ni deliberan sino a través de aquellos. Todo el sistema de representación se basa en esa promesa y en dar por sentado que va a cumplirse siempre, cosa que evidentemente no ocurre: a veces los representantes no defienden los intereses de los representados, los traicionan en un sentido estricto y, por lo tanto, la idea de que es infalible el sistema de representación mal llamado “democrático” es falsa.

Dicho sistema falla cuando se produce la traición y últimamente esas fallas se reiteran con cada vez más frecuencia. Por todas partes se ve a los pueblos impotentes, entregados a los intereses de minorías poderosas que tienen el control del establishment político en distintos países y hacen valer sus intereses particulares por encima de los intereses colectivos de las mayorías populares. La gran efervescencia de nuestros días es el síntoma visible de esa traición de los representantes a los representados que constituye la ruptura del contrato al no cumplirse la promesa “democrática”. Cuando, por ejemplo, los trabajadores de chaleco amarillo incendian las calles de Francia no lo hacen con consignas anarquistas ni mucho menos, el anarquismo ya no existe. Lo hacen por no poder canalizar sus demandas a través de sus representantes políticos porque estos ya no están interesados en escuchar esas demandas y mucho menos lo están en atenderlas. Las manifestaciones inorgánicas son cada vez más frecuentes en el mundo, son el signo inequívoco de que la política no está cumpliendo su promesa de representar a los de abajo y lo que exigen es precisamente esa representación.
Entonces los dirigentes políticos pueden ser electos por el voto popular en elecciones dichas “democráticas” y pueden, con o sin cargos en el Estado, sentarse en la mesa chica del establishment político sin representar los intereses de quienes los votaron y/o los apoyan para que estén en ese lugar privilegiado. Por otra parte, es igualmente falso el preconcepto de que los dirigentes del campo popular son incapaces de actuar contra los intereses de las mayorías populares. En tiempos de relativa normalidad, esos dirigentes hacen cierto equilibrio entre cumplir el mandato que reciben de sus pueblos y las presiones que reciben del poder fáctico, hacen una cosa y también hacen la otra de un modo tal que satisfacen las demandas populares, porque ellas son muy modestas. El pueblo no pide mucho. Pero por momentos ese equilibrio se pierde, los dirigentes se sienten impunes o se ven acorralados por el poderoso y pasan directamente a hacer el mal contra los pueblos a los que discursivamente representan.

Una vez que el atento lector comprende y, sobre todo, asimila esta realidad, está preparado para entender asimismo lo que es un pacto hegemónico. Si los dirigentes pueden incumplir su promesa de representación y además pueden traicionar a sus representados defendiendo intereses particulares que son contradictorios respecto a los de las mayorías, entonces también pueden pactar con otros dirigentes que supuestamente son sus antagonistas en la lucha por el poder en el Estado. En otras palabras, cuando todos los dirigentes claudican ante el poder fáctico —algunos lo hacen de entrada y gustosamente por ser corruptos, mientras que otros inicialmente se resisten y deben ser persuadidos por otros métodos—, esos representantes están ya listos para hacer entre ellos un pacto hegemónico que es una simulación de lucha por el poder en el Estado en la que se establece una alternancia controlada de figuras y nombres propios, pero sin variaciones en el proyecto político.
El ejemplo más clásico de un pacto hegemónico es la alternancia que existió en los Estados Unidos desde el asesinato de John Kennedy en 1963 hasta el advenimiento de Donald Trump en la segunda década de este siglo. Durante cincuenta años demócratas y republicanos se alternaron en la Casa Blanca sin que esa alternancia hiciera variar jamás el proyecto político hecho a medida de los intereses del complejo industrial militar-farmacéutico. En cinco décadas el pueblo-nación estadounidense jamás se percató del truco y votó ideológicamente a demócratas y a republicanos que en campaña se presentaban con distintos discursos, tan solo para obtener después de las elecciones siempre el mismo gobierno favorable a los intereses particulares de las corporaciones. Al llegar Trump con un “populismo” que en realidad es un intento de renovación de la promesa de representación, una parte del pueblo en los Estados Unidos vio la maniobra y empezó a comprender el pacto hegemónico, al que allí ahora llaman “Estado profundo”.

Hasta Kennedy los demócratas tenían la costumbre de aplicar las políticas previstas en el programa del Partido Demócrata y los republicanos, de igual forma, la de gobernar según lo establecido en el programa de su propio partido. El asesinato de Kennedy en 1963 fue el método alternativo que el poder fáctico utilizó para “poner en caja” a esos díscolos, para explicarles que de allí en más los intereses a ser representados en el Estado iban a ser los de las élites cuyo negocio es fabricar y vender armas y drogas para luego especular con el dinero obtenido en la timba financiera. Quedaba allanado el camino para el abandono del patrón oro, la emisión monetaria sin control del dólar y luego, finalmente, la introducción del neoliberalismo mediante la destrucción del Estado de bienestar social. Todo a pedir de boca de las corporaciones y en desmedro de las mayorías en los Estados Unidos, donde hoy unos 40 millones de ciudadanos viven en carpas o en casas rodantes.
La Argentina tuvo su primer pacto hegemónico y no después de la derrota de Juan Manuel de Rosas en Caseros, como suele suponerse, porque allí uno de los bandos fue suprimido y eso no caracteriza un pacto. Fue a partir del derrocamiento de Hipólito Yrigoyen en 1930 y la instalación de lo que luego iba a conocerse como la década infame cuando se produce el lock-out de los dirigentes políticos alrededor de un proyecto único: el del coloniaje. Durante 13 años la política dejó de representar los intereses de las mayorías populares entregándose de cuerpo y alma al juego perverso de los intereses foráneos y tuvo que venir una revolución armada, la del Grupo de Oficiales Unidos en 1943, a ponerle un freno a la infamia. La revolución de 1943 daría como síntesis al peronismo y a un largo periodo de insubordinación de los pueblos que ni la sucesión de golpes reaccionarios y gobiernos tutelados, todos ellos entreguistas, profundamente cipayos, pudo interrumpir por los siguientes ochenta años. El único pacto hegemónico posible en el periodo fue el Pacto de Olivos entre menemistas y alfonsinistas alrededor del Consenso de Washington, el segundo estatuto legal del coloniaje de nuestra historia. Fuera de esa coyuntura particular siempre hubo un sector de la política argentina inspirado en Perón y dispuesto a cuestionar los designios del poder con la rebeldía de representar al pueblo.

Ese periodo, por lo visto, está terminando. Y la evidencia de ello es que no se verifican variaciones en el proyecto político desde el advenimiento del “progresismo” neoliberal en enero de 2014. Desde ese momento hasta el día de hoy no ha variado la orientación de la política económica: sea cual fuere la identidad ideológica formal del gobierno de turno la timba financiera es prioridad sobre la producción y el trabajo, con las nefastas consecuencias para el pueblo-nación que hoy se ven. He ahí la evidencia irrefutable del pacto hegemónico al desnudo. No es ninguna conspiranoia, es la mismísima obviedad ululante que se desprende de la observación empírica de la realidad sin mediar en ella ningún sesgo ideológico ni siquiera una hipótesis previa. Con solo mirar los resultados de la política económica aplicada en los últimos diez años se llega a la conclusión necesaria de que la alternancia no implica variación política real, puesto que toda política es económica y se juzga por cómo se orienta el manejo de la economía nacional.
Entonces la nueva década infame ya es presente, ya dura precisamente una década y está en vías de cristalizar su proyecto. Para lograrlo lo único que necesita es aquella reforma del andamiaje jurídico del país con el fin de hacerse irreversible en el marco del propio sistema “democrático”. Al igual que la década infame original que fue de 1930 a 1943, la actual década infame tiene por objetivo legalizar el coloniaje de un modo tal que no sea posible revertirlo dentro de las reglas del sistema de representación por las propias limitaciones del mismo. Dicho de otro modo, el coloniaje del presente debe convertirse en ley para que sea finalmente irrelevante quién gana y quién pierde las elecciones, pues aunque las gane una fuerza política con voluntad reformista, ninguna reforma podrá hacer. Una vez que el esquema neocolonial sea ley, se requerirán numerosas mayorías parlamentarias para derogarse y esas mayorías, como se sabe, no se consiguen.
Eso fue precisamente lo que hizo la década infame original, dejando como única salida la del golpe revolucionario. Claro que en 1943 hubo militares nacionalistas dispuestos a emplear la fuerza para terminar con la infamia, lo que al parecer hoy no existe. Después de sucesivos golpes reaccionarios —en 1955, en 1962, en 1966 y fundamentalmente en 1976— nuestras armas fueron ideológicamente adiestradas en la ideología liberal, no hay por ninguna parte militares nacionalistas como lo fueron en su momento Rawson, Farrell, Ramírez, Perón y demás oficiales del GOU. ¿Quién haría hoy y con qué armas la revolución contra el nuevo estatuto legal del coloniaje cristalizado por esta década infame? La respuesta es tan obvia que llega a ser desoladora. Solo queda la quimera de la sublevación popular espontánea y aquí hay algo aún más difícil de conseguir que las mayorías parlamentarias suficientes para derogar leyes injustas, razón por la que es ajustado el poner en la categoría de quimera esa muy hipotética sublevación.

Es una situación típicamente de callejón sin salida en la que los dirigentes pactan alrededor de un proyecto político definido y los representados no tienen con qué romper ese pacto, no pueden contar ya con los militares y más pueden contarlos en el bando opuesto, en la defensa del statu quo. La década infame original de 1930 a 1943 pudo terminar un buen día, pero no queda claro cómo podría hacerse lo mismo con la actual década infame. El proyecto político de aquella infamia fue una exigencia del imperialismo británico y el de esta coyuntura es la condición impuesta por el globalismo, que es el imperialismo de nuestros días. Ahí hay una coincidencia porque todo régimen cipayo en una colonia o una semicolonia es una exigencia del poder foráneo, lo es en todo tiempo y lugar. Pero ahí se acaban las coincidencias. El actual pacto hegemónico y su producto necesario, el nuevo estatuto legal del coloniaje, son mucho más sofisticados que los de la infamia de 1930/1943. Hoy la salida revolucionaria de la mano de los militares no parece estar disponible.
Todo eso significa que si Guillermo Moreno está en lo cierto y Fernández de Kirchner “se acostó” ante el poder fáctico del globalismo, entonces el pueblo está en posición de jaque mate. Lo está porque no puede hacer la política directamente al no existir la acción directa en el sistema de representación. El pueblo puede organizarse socialmente, puede protestar e incluso puede romper todo en su furia, siempre y cuando esa organización popular se verifique. Pero no puede legislar ni deliberar. El pueblo depende de que lo hagan sus representantes y en el caso de que estos ya hayan tomado la decisión de representar los intereses del poder fáctico global en desmedro del mismísimo pueblo —que es lo que parecería ocurrir sistemáticamente en la última década— no hay mucho que pueda hacerse al respecto desde abajo, salvo elegir nuevos representantes e intentar controlarlos para estos no traicionen.

Pero nuestra cultura caudillista impone serias dificultades para que dicho cambio tenga lugar, nadie va a tirar simplemente por la ventana a Fernández de Kirchner y mientras esta dirigente no se retire por voluntad propia el lugar de conductor del llamado campo popular no podrá ser ocupado por nadie más. La renovación política desde abajo en nuestra cultura, como se ve, es otra quimera: los referentes de los pueblos aquí se van únicamente al morir o al abdicar, nadie los puede bajar. Y aunque sigue reclamando esa renovación desde el pie más allá de la voluntad de la cúpula, Guillermo Moreno sabe muy bien que eso no suele pasar. Fernández de Kirchner va a seguir conduciendo sin la necesidad de dar la cara porque quienes la eligieron van a seguir esperando que un buen día la dé, que active milagrosamente y aparezca cual redentora a expiar los pecados de la grey. Ningún cristinista aceptará jamás a otro conductor mientras Fernández de Kirchner viva y no diga claramente “hasta acá llegué, que otro tome la posta”.
Seguirá siendo así aunque la evidencia de la claudicación de la conductora se ponga de manifiesto incluso para el más ciego de los fanáticos. De haberse dado esa claudicación de Fernández de Kirchner frente al altar del poder fáctico de las corporaciones y las élites globales el cristinismo va a funcionar en la política argentina como un garante de la estabilidad de gobiernos que masacran a los pueblos y va a participar en la alternancia con gobiernos que continúen esa masacre a menor velocidad para que, en la propia alternancia del pacto hegemónico, vengan más gobiernos de los primeros. La dinámica desde el 2015 entre Macri, Fernández y Milei es la imagen concreta de ese esquema, es un régimen que masacra a las mayorías populares y es sucedido por uno de signo cristinista que hace más de lo mismo (aunque más despacio y con discurso ideológico “progresista”) con el fin de pavimentar el camino para el advenimiento de un régimen cipayo aún más brutal que el primero. Y así sucesivamente hasta que el coloniaje sea irreversible.

El atento lector que conserva la fe en los dirigentes querrá que el cronista esté equivocado. Y, a decir verdad, el cronista también quiere equivocarse porque la hipótesis del pacto hegemónico con la concurrencia de quienes deberían estar dispuestos a dar la vida para defender a los pueblos de las maldades de las élites globalistas es espeluznante. Nadie quiere pensar en ello como una cosa factible, aun a sabiendas de que la extorsión judicial es un muy efectivo método alternativo al magnicidio para persuadir a los díscolos. En los Estados Unidos asesinaron a Kennedy en plena luz del día, frente a una multitud y las cámaras de televisión, con la finalidad de disciplinar tanto a demócratas como a republicanos para que estos llegaran a un consenso alrededor de un proyecto político antipopular. Funcionó, con el vulgar magnicidio todos los demás acataron durante medio siglo. ¿Por qué aquí la extorsión judicial contra Fernández de Kirchner y su familia no podría dar resultados similares?
Al fin y al cabo la extorsión judicial es una especie de magnicidio y puede ser una amenaza aún más grave al avanzar contra las familias de los dirigentes, pues una cosa es perder la vida en la lucha por el poder en el Estado y otra muy distinta es que paguen el costo quienes nunca estuvieron implicados en esa lucha, los civiles inocentes. De existir dicha extorsión contra Fernández de Kirchner y de estar esa amenaza condicionando a la conductora para que ponga a funcionar a su tropa contra los intereses del pueblo, entonces es probable que la suya sea la mano oculta que sostiene a Milei. El pacto hegemónico puso a Milei en la presidencia presentando en elecciones a dos candidatos rivales —Sergio Massa y Patricia Bullrich— muy identificados con los descalabros anteriores de Macri y Fernández, es decir, armó la escena para que un Milei sin mochila resultara electo. Y es poco probable que lo vaya a bajar ahora que lo tiene sentado allí e imponiendo la reforma del andamiaje jurídico que el imperialismo globalista necesita para atar la vaca en esta semicolonia.
La Argentina con su posesión antártica e islas del Atlántico Sur es el séptimo territorio más extenso y probablemente esté entre los diez más ricos del mundo en términos de recursos naturales. Conviene no perder de vista estos datos objetivos de la economía a la hora de observar cómo el orden mundial cambia y los territorios en disputa se redistribuyen entre los contrincantes, es un grave error subestimar el valor de nuestro país para los dueños del mundo. Sin perder de vista esos datos y sin subestimar el valor de nuestro país es fácil comprender que nuestra política de cabotaje no es lo que vemos aquí en el puterío diario de los programas tilingos de televisión. Al igual que en todos los demás países la política de cabotaje de la Argentina es un reflejo de la geopolítica, de lo que el General Perón —no sin razón ni a modo de consigna vacía— solía definir como la verdadera política. Y ese reflejo será sobredeterminante con sus pactos hegemónicos y sus estatutos legales del coloniaje mientras los representantes del pueblo-nación estén sujetos a los designios del poder fáctico global.
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