Con las ya remanidas referencias a bebés decapitados, torturados, mutilados y quemados vivos, sin ahorrar en mística religiosa y tampoco en esas arengas vengativas que son tan típicas de los líderes que viven y existen para hacer la guerra, el primer ministro Benjamín Netanyahu se dirigió con un breve discurso a los israelíes en el marco de las conmemoraciones por el primer aniversario de los hechos del 7 de octubre de 2023, en los que un numeroso contingente de militantes de Hamás aparentemente burló los sofisticados sistemas de vigilancia que hasta allí habían sido promocionados por Tel Aviv como invulnerables y asestó a Israel un golpe decisivo. Con una alocución digna de un bárbaro, Netanyahu habló de “monstruos”, de “terroristas” y, por supuesto, de “enemigos” para instar a los israelíes a seguir apoyando sin reservas la campaña genocida que ahora, además de la Franja de Gaza y de Cisjordania, avanza también sobre el territorio del Líbano. Y pretende seguir expandiéndose a medida que el mesianismo de Netanyahu alcanza niveles de locura, tendiendo cada vez más a inclinarse por una “solución final” para la cuestión en Medio Oriente.
Fue el 7 de octubre de 2023 el disparador de esa locura genocida por parte de los sionistas israelíes. Tal vez heridos en su orgullo por la invasión de los militantes de Hamás a lo que consideran su territorio —o tal vez utilizando esa invasión como un pretexto para hacer lo que ya tenían planificado, precipitando los tiempos—, los israelíes se embarcaron en la aventura militar que ya dura un año y que según datos oficiales victimó a 40.000 civiles palestinos en ese cortísimo plazo. Las cifras son muy conservadoras. Existe un consenso entre los testigos internacionales presentes en el territorio de que el número de víctimas de los bombardeos israelíes en Gaza puede ascender a los cientos de miles si se incluye en el censo a los desaparecidos y a los que quedaron enterrados bajo los escombros de la devastación, que fue total. Sea como fuere, está claro que casi la mitad de los palestinos asesinados por las bombas y después por la hambruna y las enfermedades impuestas por Israel son niños. El infanticidio se suma al genocidio en la lista de crímenes de lesa humanidad cometidos por los israelíes en el último año bajo la conducción de Netanyahu.

El empleo del genocidio, del infanticidio, del apartheid y la hambruna como armas de guerra total contra la población civil son algunos de los crímenes de lesa humanidad que Israel viene cometiendo desde el 7 de octubre de 2023 ante la mirada más bien pasiva de la comunidad internacional. Y la definición de crimen de lesa humanidad no surge de la opinión subjetiva ni es una valoración hecha por los palestinos, sino que está prevista en el Estatuto de Roma de 1998, el documento aprobado por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en pleno, esto es, en una conferencia realizada junto a los representantes de todos sus miembros ese año en Italia. El documento instituye y habilita a la Corte Penal Internacional (CPI) a perseguir y a juzgar a los acusados de la comisión de dichos crímenes. La CPI ya dio su parecer considerando que Israel es culpable de crímenes de lesa humanidad y determinó la detención de Benjamín Netanyahu y su principal cómplice, el ministro de Defensa de Israel Joav Galant. Todo es objetivo, como se ve, no hay en ello subjetividad alguna en las definiciones. Y aun así el régimen sionista sigue avanzando a toda velocidad contra los palestinos y también contra los libaneses.
La pregunta en este punto es por qué, o más bien cómo puede ser que un pequeño país con menos de 10 millones de habitantes y una superficie del tamaño de la provincia argentina de Tucumán pueda salirse con la suya y continuar incurriendo en los crímenes por los que ya fue condenado sin que nadie en el mundo haga nada para frenar la locura. Al parecer, se trata de un sinsentido cuya explicación no puede estar en las dimensiones geográficas y demográficas de Israel, que son insignificantes, sino en la dimensión nacional de lo que Israel representa en la geopolítica desde que fue creado por orden de los Estados Unidos y de Gran Bretaña en 1948 al finalizar la II Guerra Mundial. La primera conclusión es superficial e indica que Israel puede hacer impunemente todo lo que hace por lo que representa políticamente para los intereses de las potencias occidentales que ganaron la guerra en 1945 y, al haberla ganado, determinaron el sistema-mundo en beneficio propio. Estadounidenses y británicos diseñaron el ordenamiento internacional y en dicha arquitectura Israel tendría inmunidad legal en la práctica.

Pero esa es, como veíamos, apenas una primera conclusión superficial. La inmunidad legal ante los tribunales internacionales es una cosa precaria que dura mientras dure asimismo la coyuntura determinada sobre la que dicha inmunidad se sustenta. Al cambiar la coyuntura geopolítica con el establecimiento de un nuevo sistema-mundo, que es precisamente lo que está ocurriendo hoy con el ascenso de potencias emergentes como China y Rusia en rebeldía, por ejemplo, la imposición de un nuevo ordenamiento internacional podría dejar caduca la inmunidad que los Estados Unidos y Gran Bretaña le garantizan hoy a Israel mientras todavía tienen el poder para sostener esa garantía. En otras palabras, si Israel hiciera todo lo que hace basándose únicamente en la fe de que durará para siempre el orden mundial que le da inmunidad, entonces los israelíes estarían construyendo sobre la arena en omisión del evangelio de San Mateo, que prescribe construir siempre sobre la roca. Según Mateo, el que hace lo primero es un tonto. Y los israelíes de tontos no tienen ni un pelo.
Es evidente que los dirigentes del régimen sionista no iban a meterse en un callejón sin salida que solo puede terminar en derrota o en la “solución final” de la supresión física del enemigo apoyándose únicamente en la fe de que estadounidenses y británicos van a seguir cortando indefinidamente el jamón en ese concierto de las naciones que es la geopolítica internacionalmente ordenada, eso sería construir sobre la arena dejando el destino propio en manos de otros. Por más fuerte que sea la imagen de Israel como un portaaviones de las potencias occidentales en la región de Medio Oriente, la verdad es que esa imagen dejó de existir hace décadas. Israel es hoy una potencia en sí misma que no solo no depende de la voluntad de estadounidenses y británicos, sino que además manipula esa voluntad de un modo verdaderamente brillante en su propio favor. Y no lo hace únicamente en Washington y en Londres: si Israel ha tomado la decisión de avanzar contra todos los que considera sus enemigos hasta el punto de suprimirlos es porque tiene “seguros de vida” en todos los países de Occidente y aquí en las semicolonias.

Y probablemente también en las potencias emergentes de Oriente, que son las artífices del próximo ordenamiento geopolítico. Con el fin de garantizar la continuidad de su inmunidad más allá de la caída del orden unipolar que los Estados Unidos, en posesión del monopolio nuclear, impusieron en los cinco años inmediatamente posteriores al cierre de la II Guerra Mundial, Israel extiende ahora mismo sus tentáculos sobre Moscú y Beijing, hace como el centrodelantero oportunista que en el fútbol observa dónde va a caer la pelota. La inteligencia y la diplomacia de Israel ya saben que la hegemonía unipolar con sede en Washington está agotada hace décadas y vienen trabajando en consecuencia para extender sus redes de influencia sobre los centros de poder del futuro. El sionismo puede tener y en efecto tiene varios colores, las más variadas identidades y mucha flexibilidad para ajustarse rápidamente a las condiciones ambientales según la ocasión lo exija. Pero en todas sus versiones se caracteriza fundamentalmente por su naturaleza internacional, por su capacidad de penetración en cualquier cultura y en cualquier país.
Más que internacional, el sionismo es global en un sentido estricto o como sector fundamental de las élites globalistas, las que gobiernan de facto el mundo casi siempre por encima del poder político legalmente constituido en cada país. Desde ese lugar el sionismo pone presión sobre los Estados e infiltra a sus agentes en el establishment político de las naciones o coopta a los dirigentes ya instalados, convirtiendo a estos en agentes suyos. Las dos cosas funcionan concomitantemente: mientras va ocupando espacios en el Estado ampliado —que es la política y todas las instituciones que están a su alrededor, como los medios de comunicación— con agentes del riñón, el sionismo atrapa mediante la extorsión de sus servicios de inteligencia a otros dirigentes que a primera vista no tendrían por qué representar esos intereses. Aquí funciona el espionaje, el meterse en la intimidad de los individuos para documentar posibles actividades ilegales o consideradas inmorales realizadas por estos, armar los famosos “carpetazos” en su contra y luego exigir lealtad y representación a cambio de la no difusión de los secretos recabados por los espías.

Ahí tenemos una descripción muy sintética de cómo funcionan los servicios de inteligencia de un modo general, de la naturaleza del espionaje. Con tal de no ir a prisión o de no caer en desgracia ante la opinión pública, los dirigentes políticos suelen ceder ante los “carpetazos” y hacer lo que se les exige a cambio de la no divulgación de sus secretos oscuros. Desde un acto de corrupción más o menos bien documentado hasta una relación sexual cuya revelación podría ser inconveniente para la imagen de un dirigente político, casi todo lo que hacen las agencias de inteligencia como la CIA y el Mossad es espiar y espiar hasta encontrar ese valioso secreto. La imagen del espía vulgar que aprieta el gatillo y mata se corresponde tan solo con una minoría de los espías reales. Lo que realmente hace la enorme mayoría de los servicios de inteligencia es recabar información confidencial que pueda contener secretos de Estado o bien secretos personales de aquellos individuos a los que luego extorsiona y coopta.
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