Como un cruzado cuya convicción acerca de la noble naturaleza de la misión que se le ha asignado es absoluta y por eso hace caso omiso de los daños colaterales que eventualmente puedan ocasionarse en su cumplimiento, el presidente Javier Milei decía, en el marco del acto inaugural de un congreso sobre la inteligencia artificial a principios de este mes de diciembre, que para el 2025 seguiría con las mismas políticas monetaria y fiscal que viene imponiéndole a la sociedad desde diciembre del año pasado. Al hablar abiertamente y en público revelando sus intenciones, Milei adopta el aspecto de esos fanáticos religiosos a los que ningún argumento puede disuadir del objeto de su empecinamiento una vez que se disponen a llevar su guerra santa hasta las últimas consecuencias. Desde diciembre de 2023 y en un año, el ajuste fiscal y monetario del régimen mileísta ha obtenido logros macroeconómicos algo dudosos o quizá modestos, aunque el costo de dichos logros ha sido una recesión cuya profundidad hace que la crisis del periodo 1997/2002 se vea, en comparación, como un accidente menor en la ya de por sí accidentada historia económica del país.
Al momento de escribir estas líneas, Javier Milei estaba a punto de cumplir un año en la presidencia de la Nación. Pese a los pronósticos iniciales de personajes como Enrique “Pepe” Albistur —quien a mediados de enero, desde una reposera playera y a poco de andar el régimen mileísta anunciaba que dicho régimen no llegaba a Semana Santa— y otros individuos de alto perfil, Milei no solo llega a su primer aniversario como presidente, sino que llega anticipando que va a seguir con el plan económico recesivo contra las clases trabajadoras populares y medias y, lo que es más impactante, con el suficiente apoyo político para que su régimen siga mostrándose estable, al menos en apariencia. El atento lector que es memorioso y recuerda con qué seguridad se pronosticaba a principios de 2024 una vida corta para Javier Milei en el sillón de Rivadavia entenderá que esos pronósticos envejecieron muy, pero muy mal en tan solo diez u once meses.
El prestigio de los pronosticadores es cosa de poca monta, es una ganga que a nadie le importa sencillamente porque nadie recuerda los pronósticos. Aquí lo verdaderamente importante es el hecho de que el régimen mileísta cumple un año sin darle al pueblo-nación argentino una sola buena noticia en términos de pesos y centavos. El sentido común aplicado a esto que parecería ser un enigma indica que un gobierno puede considerarse exitoso cuando mejora las condiciones de existencia del pueblo y, por el contrario, que un gobierno es fracasado cuando no lo hace o hace lo opuesto. El argentino vive peor hoy que en diciembre de 2023. Tal vez con algo menos de esa incertidumbre que fue la principal característica de los regímenes de Mauricio Macri y Alberto Fernández, pero objetivamente peor al fin. Todos los precios de la economía son prohibitivos en relación con los ingresos de los trabajadores y estos consumen hoy menos y en menor calidad que hace un año. Eso es un fracaso de gestión para el sentido común.

Pero el sentido común no es la vara de medir en la política. El de Milei es un total fracaso en materia económica desde el punto de vista de las mayorías, lo es concretamente porque se vive peor sin cuidado de esas metáforas de túneles, brotes verdes y todo lo que sugiere la necesidad de pasarla mal hoy como condición para vivir mejor mañana. Más allá de las promesas de reactivación económica y redención al final del ajuste por parte de Milei (cosas que deberían llegar, según el propio Milei, recién al tercer de año de gestión, en 2026), lo objetivo es el fracaso presente. Y un gobierno que fracasa económicamente no solo no tendría que durar todo un año, sino que debería terminar a la primera señal de que vino a traer la malaria. De ahí esos pronósticos de los “Pepe” Albistur y demás anunciadores: a sabiendas de que los resultados de la “motosierra” mileísta iban a empezar a sentirse entre marzo y abril, los pronosticadores juzgaron que la política iba a funcionar con sentido común vomitando precozmente a Milei de su boca.
Los pronosticadores, como se ve, no entienden nada de política o a lo mejor no quieren entender, es lo mismo. En la práctica lo que determina si un régimen será estable o inestable no es el sentido común. Un ejemplo de ello son los ajustes en las tarifas de los servicios públicos y del transporte que empezaron en este siglo con Macri, siguieron con Fernández y alcanzan su cénit hoy con Milei. Solía decirse como un mantra, con base otra vez en el sentido común, que ningún gobierno en Argentina iba a atreverse jamás a quitar los subsidios a esas tarifas porque los aumentos resultantes de esa quita sublevarían al pueblo y la consecuencia sería la desestabilización del gobierno en cuestión. Macri demostró que el supuesto era falso, que no hay tal cosa como una sublevación popular frente a un ajuste por más feroz que sea este. Macri hizo sucesivos ajustes de hasta el 500% en tarifas de electricidad, gas y transporte y su régimen, no obstante, jamás estuvo ni cerca de peligrar por ello.

Con la misma lógica, que es la lógica del sentido común inaplicable en la política, los pronosticadores del verano 2023/2024 proyectaban que las consecuencias de la “motosierra” de Milei iban a ser nefastas con impacto sensible en el bolsillo de la mayoría ya para marzo o abril y pusieron ahí la fecha de vencimiento del régimen mileísta. Se equivocaron al igual que los repetidores del mantra de “el boleto del colectivo y del tren no se toca porque eso genera un peligroso malhumor social”, se equivocaron al aplicar el sentido común a una actividad humana que se rige por reglas que nada tienen que ver con el sentido común. Milei ha estado sentado en el sillón durante todo un año aplicando intensamente la “motosierra” y anuncia que para el 2025 solo habrá más de lo mismo, esto es, que las mayorías van a seguir pasándola muy mal con ingresos insuficientes, prestaciones cada vez peores y más recesión. Y su régimen “libertario”, lejos de conmoverse y flaquear, se fortalece o al menos sigue firme sin dar señales de inestabilidad.
“Es la opinión pública manipulada por los medios”, concluirá ligeramente el observador educado en las categorías de Sylvain Timsit, Noam Chomsky y otros críticos de la manipulación mediática, que es real. Esa manipulación existe desde siempre y le ha servido al poder fáctico para hacer las más groseras tropelías sin pagar el costo político correspondiente, pero no sirve para tapar la realidad material —económica, la que se siente en el bolsillo, la que según Perón es la víscera más sensible del cuerpo humano— de manera indefinida. Es difícil creer que un pueblo sea capaz de soportar todo un año de masacre contra su economía cotidiana solo por lo que los operadores mediáticos repiten como loros en televisión, en la radio, en los diarios y ahora también en las redes sociales. Y más difícil aún es aceptar que solo por la manipulación mediática ese mismo pueblo acepta sin chistar el anuncio de otro año de recesión y caída brusca de los niveles de calidad de vida.

Milei ya impuso todo un año de masacre económica contra las mayorías en los sectores populares y medios y, véase bien, también ya anunció que habrá un año más de castigo. Lo hizo y sigue ahí, además haciendo cálculos electorales para octubre de 2025. ¿Cómo atribuir la totalidad del fenómeno a la manipulación mediática? Esta hipótesis es inviable por insuficiente, debe haber algo más y es, nuevamente, un falso supuesto: el de la sublevación popular espontánea como una posibilidad real. Toda la idea de que el aumento del boleto en el transporte público o la masacre económica generalizada disparan necesariamente la rebelión de los de abajo contra el régimen que hace esas maldades es falsa. En ninguna parte el pueblo se moviliza solito contra una injusticia, no existe tal cosa como la combustión espontánea en la política. Manipulación mediática mediante o no, la verdad es que un gobierno puede tomar todas las decisiones antipopulares previstas en su programa político y ninguna de ellas resultará en desestabilización para el régimen por razones de malhumor social.
Esta es la verdad que históricamente estuvo prohibida como un tabú en el discurso de la política, la de que sin la representación de un liderazgo preferentemente carismático que lo aglutine, el pueblo no es más que una masa amorfa e inerme, absolutamente vulnerable. Se trata de una verdad que, aun estando a la vista de cualquier observador más o menos atento, los dirigentes evitan decir. Los dirigentes nunca dicen que la política es una lucha entre los representantes en la que a los representados se les permite votar (a veces) y poco más que eso, siguen aferrados al discurso de la voluntad popular y otras entelequias por el estilo. Sería sin embargo mucho más fácil decir la verdad y es que la voluntad popular únicamente se expresa cuando los dirigentes optan activamente por representarla en la política. Cuando eso no ocurre, es decir, cuando los dirigentes políticos se omiten en la representación de los intereses del pueblo, esos intereses quedan relegados y no hay nada que el pueblo pueda hacer al respecto porque está lejos de la instancia de decisión.

Lejos, muy lejos de ahí. El que trabaja todos los días no tiene tiempo para el escrutinio constante de lo que se hace con la cosa pública y aunque lo tuviera no podría acceder a ello, puesto que la llamada “democracia” es un sistema de representación en el que se requiere de un cargo público o de un escaño legislativo para opinar sobre lo que se hace. El que trabaja todos los días elige en las urnas a sus representantes y les entrega la responsabilidad de dirigir, se desentiende del asunto porque el sistema así lo impone. Según se lee en nuestra Constitución, “el pueblo no delibera ni gobierna, sino por medio de sus representantes”. Y, a continuación, se lee también lo siguiente: “Toda fuerza armada o reunión de personas que se atribuya los derechos del pueblo y peticione a nombre de éste comete delito de sedición”. Esto es de una claridad meridiana, es una fórmula legal inalterable que consagra el hecho de que la política la hacen los dirigentes y además de que será considerado un sedicioso el que intente hacer política en representación de sus propios intereses puenteando a esos dirigentes.
¿Cuál es el problema en ello? Pues desde el punto de vista de un anarquista la cosa podría calificarse como ilegítima, como una farsa. Pero el hecho empíricamente verificable de la masividad social indica que una democracia directa como la de los griegos en esta modernidad sería inviable, razón por la que el sistema de representación es, a lo sumo, un mal necesario. El asambleísmo anarquista o trotskista resulta inviable para gestionar la cosa pública en países de millones de habitantes y tampoco queda muy claro si existe una tercera opción. Por lo tanto, la fórmula de no deliberar ni gobernar sino por medio de sus representantes no es buena ni mala, es solo necesaria en esta etapa del desarrollo humano y el problema no tiene que estar en la fórmula en sí, debe estar más bien en su aplicación práctica. El sistema de representación que llamamos vulgarmente “democracia” está en crisis no por su naturaleza misma, no por ser como es. El actual sistema de representación falla porque los representantes no cumplen su parte en el contrato social, que es la de representar a quienes los eligen.

Todo esto es de fundamental importancia para comprender finalmente por qué el pueblo es una masa amorfa cuando no está debidamente representado en sus intereses y también por qué no salta violentamente en una rebelión por combustión espontánea cuando un régimen como el de Milei lo saquea a plena luz del día, a la vista de todos. La respuesta a este enigma que no es tal está a la vista, es una obviedad ululante: Milei puede imponer todo lo que impuso hasta aquí y también puede públicamente anunciar que va a hacer otro tanto en el segundo año de su gobierno porque no representa los intereses de quienes lo votaron. Milei representa los intereses de una minoría privilegiada a la que el lector puede llamar élite, poder fáctico concentrado, sinarquía o corporaciones sin alterar el sentido de lo que se quiere denominar. Lo esencial es que esa minoría no tiene votos, no es legítima en un sentido democrático real, pero impone asimismo su voluntad sobre la de las mayorías controlando a los supuestos representantes del pueblo, antes y después de electos, con métodos igualmente ilegítimos.
Nadie va a descubrir el agua tibia concluyendo que Milei les pertenece a esas élites, que es un dirigente demagogo cuyas decisiones concretas son de propiedad exclusiva del poder fáctico. El asunto es cómo se instrumenta ese sostenimiento de Milei por parte del poder fáctico en la práctica, es saber cómo una minoría sin votos puede no solo sentar a un empleado suyo en el sillón presidencial, sino además sostenerlo ahí durante todo el tiempo que lo necesite para la realización de sus intereses sobre la cosa pública. Sería muy fácil si se tratara solo de eso, de corromper a un único individuo para que traicione a sus millones de electores representando no los intereses concretos de estos, pero los intereses de unos pocos cientos o quizá miles de privilegiados cuyo voto en la urna no sería suficiente para hacer un concejal en cualquier pueblito del interior, menos que menos para imponer y luego sostener en el cargo a un presidente hostil para los intereses de las mayorías populares, antipopular en un sentido estricto.

Es que no se trata de corromper a un solo individuo, sino a toda la estirpe de los representantes políticos. Esta es la hipótesis dicha “conspiranoica” según la que, de tiempos en tiempos, la política como corporación en sí misma o como establishment, que es una definición más inequívoca, se une en un pacto hegemónico por encima de los signos ideológicos con la finalidad de dejar sin representación a las mayorías populares. En otras palabras, a veces ocurre que sin cuidado del discurso ideológico de cada una de las fuerzas partisanas supuestamente opositoras entre sí los dirigentes cierran filas, por distintas razones, alrededor de un proyecto político determinado. Y cuando eso pasa el pueblo queda preso de una ilusión de representación en la que cada dos, cuatro, cinco o seis años vota a este o aquel partido y candidato sin comprender que, en realidad, lo hace por puro gusto estético ya que el proyecto político ya ha sido pactado entre todos los partidos y candidatos disponibles en la oferta electoral.
Esa podría ser la descripción clásica de lo que es la política en un país como Uruguay, que es reputado como “muy democrático”, “civilizado” y hasta “progresista” porque a sus dirigentes, aunque piensan distinto, nunca se los ve peleando. Es una gracia, por cierto, es una farsa de la que muchos en Uruguay están orgullosos. Cada cinco años los uruguayos van a las urnas a elegir un nuevo presidente e incluso la reelección está prohibida, que es para reforzar bien la idea de la alternancia. Pero una rápida observación de la economía uruguaya desde 1985 a la fecha da como resultado que un mismo proyecto político ha sido aplicado ininterrumpidamente en 30 años sin importar la ideología del partido y el candidato electos cada lustro. La alternancia siempre estuvo y funcionó como una pieza de relojería suiza: cada cinco años se iba un colorado reemplazado por un blanco y luego un “zurdo” del Frente Amplio. Lo que nunca varió fue el proyecto político de corte neoliberal que hizo de Uruguay un país muy conveniente para la oligarquía terrateniente y financiera, los activistas del paraíso fiscal con sus secretos bancarios y demás chanchullos, pero muy cuesta arriba para el pueblo trabajador.

Ese es un pacto hegemónico clásico que los argentinos tenemos al lado y solíamos señalar como ejemplo de hipocresía por antonomasia, pero hay otros. Los Estados Unidos, por ejemplo, donde desde el asesinato de John Kennedy en 1963 republicanos y demócratas cerraron filas alrededor de un proyecto político diseñado para transferir paulatinamente el dinero de la ciudadanía al bolsillo de los magnates globalistas del complejo industrial militar-farmacéutico. Allí lo llaman “conspiranoia” y ese es precisamente el origen de la expresión “teoría de la conspiración”, pero lo cierto es que 60 años y más de observación objetiva de la política estadounidense —sin encariñarse ni con demócratas ni con republicanos— dan como resultado que a Kennedy lo mataron las élites globalistas para disciplinar mediante la extorsión a todo el establishment, tanto a demócratas como a republicanos, obligándolos a pactar alrededor de un mismo proyecto político. El atento lector que en su momento se anotició de la inexistencia de orientación política entre un Reagan y un Clinton o entre un Bush y un Obama intuyó allí que eso es cierto.
En el fondo el pacto hegemónico es una asociación ilícita con fines de robo y/o de estafa en la que un poder fáctico, ilegítimo desde el punto de vista teórico de la legalidad democrática, controla la voluntad de todos los partidos y dirigentes en la oferta electoral, de modo que las elecciones son siempre nada más que un trámite formal cuyo resultado está puesto de antemano, las gane quien las gane. Una vez en posesión de dicho control, ese poder fáctico ordena que después de contar los votos el perdedor no vuelva a molestar al ganador hasta las próximas elecciones, o que lo deje gobernar tranquilo y espere su turno en la alternancia. Al estar fijado ya el proyecto político, a las élites del poder real les interesa muy poco y nada el nombre y el apellido de quien gobierna a cada momento pues la naturaleza de las decisiones será siempre la misma. Lo que el poder fáctico realmente quiere es que el ganador de las elecciones pueda tomar dichas decisiones sin ser denunciado por sus consecuencias criminales.

Es decir, sin oposición real. Ahí está el cómo el poder fáctico sienta en la silla a un presidente y luego lo sostiene ahí por todo el tiempo que le sea útil dicha estancia. Lo hace controlando al oficialismo, claro, pero también y fundamentalmente a la oposición, la que se convierte en la clásica disidencia controlada. Mientras dure un gobierno, esa disidencia controlada puede organizar protestas, marchas, actos multitudinarios, puede lanzar hirientes ironías y provocaciones contra el gobierno en Twitter, hablar de temas puntuales de la gestión señalando las contradicciones, publicar repudios y cartas abiertas, etc. Lo que no puede hacer es denunciar la naturaleza del proyecto político, del que lógicamente es parte, ni desestabilizar al régimen y mucho menos organizar la destitución del presidente de turno sin la autorización del poder fáctico. El que está gobernando en un determinado momento únicamente puede bajarse cuando sus servicios ya no sean requeridos por el empleador. Y luego que venga la alternancia con un sucesor previamente preparado para tomar la posta.
Javier Milei hace todas las maldades que hace, promete más maldades para el futuro a corto plazo y nadie, véase bien, nadie en la oposición organiza un juicio político para abreviarle la presidencia y detener la locura. ¿Quién lo sostiene a Milei en realidad? ¿Los que dicen apoyarlo o quienes afirman ser su oposición? La locura no puede detenerse porque está prevista en el proyecto político del pacto hegemónico, Milei debe seguir con su obra de demolición hasta completarla, es decir, hasta hacer todo aquello que le fue encargado. Es necesario ajustar el andamiaje jurídico y las estructuras económicas de la Argentina al ordenamiento mundial naciente y nadie debe interrumpir a Milei mientras esté haciendo ese ajuste programático. Las veleidades de los demás dirigentes deben someterse a la voluntad del poder fáctico y la división del trabajo político debe respetarse, ya habrá tiempo para que venga otro presidente a utilizar a Milei como chivo expiatorio sin modificar en lo esencial su legado.

Un ejemplo en miniatura de cómo funciona esa alternancia con proyecto político fijo puede verse históricamente en la Ley 21.526 de entidades financieras, impuesta en 1977, en plena dictadura, por el entonces ministro de Economía José Alfredo Martínez de Hoz y vigente hasta los días de hoy. Toda la política argentina ha hecho la fila desde 1983 a esta parte para repudiar los crímenes de aquel régimen terrorista y está muy bien que así sea, pero han pasado desde entonces nueve gobiernos de los más distintos colores ideológicos y a nadie nunca se le ocurrió que una buena manera de terminar de hecho con la dictadura sería derogando la 21.526, mediante la que se instaló el neoliberalismo original trasladando el fomento de la actividad productiva a la timba financiera. La ley de entidades financieras es el neoliberalismo legalizado, es el proyecto político que queda fijo mientras ocurre la alternancia dicha “democrática” a lo largo de décadas.
Esto último puede decirse más sencillamente. Desde febrero de 1977, que es cuando Martínez de Hoz impone la ley de entidades financieras en desmedro de la producción y en beneficio de la especulación financiera, en Argentina ha habido un proyecto político fijo: el neoliberalismo. Un poco más o un poco menos intenso a cada ciclo de gobierno, pero neoliberalismo al fin. Nadie nunca quiso, pudo o supo ofrecerle a la sociedad un proyecto político distinto al de la dictadura y ahí está el régimen neoliberal, vigente y oculto tras una máscara de alternancia “democrática” en la que el pueblo vota y elige a sus representantes, pero estos poco pueden hacer en la práctica para modificar la realidad social porque la ley no se lo permite. La razón por la que las primaveras duran poco y siempre son sucedidas por inviernos más duros a cada ciclo (como ocurre actualmente) es que la primavera no pasa de una ilusión, no puede hacer pie simplemente porque es ilegal. La ley que está vigente desde la dictadura prohíbe el fomento a la producción y al trabajo en la Argentina.

Entonces después de una debacle como la del periodo 1997/2002 viene una ilusión de primavera como la de la presidencia de Néstor Kirchner entre el 2003 y el 2007 y el primer gobierno de Cristina Fernández hasta el 2011, tal vez incluyendo los dos primeros años de su segundo mandato hasta el 2013. Lo que llamamos en las categorías propias de nuestra política la “década ganada” fue tan solo un paréntesis de alivio en el contexto de un proyecto político neoliberal que ha estado fijo en el último casi medio siglo, fueron diez años de mitigación de los efectos de una política antipopular, nociva para los intereses materiales de las mayorías, que ningún gobierno pudo terminar. La verdad es que en perspectiva histórica la dictadura de 1976 no terminó porque si bien los jerarcas militares fueron juzgados y condenados por crímenes de lesa humanidad, el crimen económico quedó impune pues está legalizado. Para la justicia la destrucción del aparato productivo no es un crimen, es un proyecto político perfectamente legal.
Y como tal no es objetivo de judicialización, lo que en sí es la maniobra de distracción: la dictadura no existió para torturar, desaparecer ni matar a nadie, todo eso fue simplemente un medio para obtener un fin, el de la imposición del neoliberalismo naciente en Argentina. En realidad, se juzgó el medio y no el fin del golpe de Estado, se castigó a los militares que les cubrieron las espaldas a sus cómplices civiles para que estos pudieran hacer la destrucción económica del pueblo y luego se permitió que dichos civiles se salgan con la suya. Es falso que se haya producido una apertura democrática en 1983 o que se haya derrotado a la dictadura, eso nunca pasó. A partir de 1983 con Raúl Alfonsín lo único que se hizo fue establecer un sistema electoral de alternancia de dirigentes sin tocar en absoluto el legado político de la dictadura. Eso es un pacto hegemónico.

Ahora bien, después de la década ganada tanto Macri como Milei son esas expresiones más puras de la política de Martínez de Hoz incluso en un nivel discursivo, esto es, son dirigentes que en la alternancia no tienen pudor en decir abiertamente que son la continuación del credo neoliberal legado por la dictadura de 1976. En la alternancia hay gobiernos que mitigan los efectos deletéreos del neoliberalismo y hay otros que los agudizan, lo que no hay en casi medio siglo desde Martínez de Hoz es una tercera opción, la de un régimen de gobierno dispuesto a enterrar esa herencia llevando a cabo la transformación del andamiaje jurídico que el pueblo-nación argentino necesita. Cuando gobiernan los Alfonsín, los Menem, los De la Rúa, los Macri y los Milei, que son los herederos puros de la dictadura, el neoliberalismo se aplica plenamente con o sin una máscara socialdemócrata. Pero cuando llega la efímera primavera, en vez de aprovechar la volteada para ponerle el cierre definitivo al ciclo perverso, lo que hacen los dirigentes políticos del otro bando es tapar los baches sin atacar la raíz del problema.
La raíz del problema es el proyecto político que está fijo y en la actualidad Javier Milei avanza con otra oleada —tal vez y muy probablemente la definitiva— de consolidación de dicho proyecto con el desmantelamiento de lo que aún queda del aparato productivo nacional y la consagración de la timba financiera y el extractivismo con fines de recolonización. La idea ya no es enajenar el patrimonio del Estado, eso ya lo hizo Menem en la década de los años 1990. Ahora se trata de reducir el Estado a su mínima expresión con el fin de facilitar la extracción de los recursos naturales del territorio por parte de la potencias y las corporaciones que están en guerra. Para lograr el objetivo es necesario que también el pueblo-nación quede reducido a una condición semicolonial, que es de subsistencia, porque así se garantiza su docilidad frente al proceso. Un pueblo que no tiene buenas condiciones objetivas de existencia está siempre muy ocupado en subsistir y por lo tanto tiende a desentenderse de la política, dejando la zona liberada para el establecimiento silencioso del coloniaje.

Después del ajuste y la recesión de Milei no viene ni podría venir un periodo de prosperidad económica para las mayorías. Lo que viene es una cierta estabilidad varios escalones por debajo de donde se solía estar antes del advenimiento del régimen mileísta. El argentino todavía no lo entiende, no le es dado entenderlo aún, pero su calidad de vida viene en descenso y es siempre inferior a cada ciclo de gobierno. Macri, Fernández y ahora Milei trabajan de manera coordinada generando tanto la caída en términos de calidad de vida de las mayorías como las condiciones para que venga un sucesor a seguir haciendo lo propio. El pacto hegemónico está en el “fracaso” (que no es tal, porque todo es programado) del gobierno de un signo ideológico con el fin de que venga un sucesor del signo ideológico opuesto a “fracasar” y a posibilitar otra vuelta del péndulo para un nuevo “fracaso”. En realidad, el plan hegemónico es un éxito rotundo porque cada uno de esos regímenes destruye un poco más al país y la alternancia sigue para que el pueblo piense que hay democracia.
Entonces la Argentina está en la etapa del péndulo con un proyecto político fijo que no puede cambiar en elecciones. Milei va a “fracasar” al igual que Macri y Fernández, quienes “fracasaron” lógicamente por aplicar un modelo económico nocivo para los intereses del electorado. Pero claro, cuando dicho “fracaso” llegue Milei ya habrá estado allí todo el tiempo suficiente para hacer su aporte a la disolución nacional. Como Macri y Fernández, se irá “derrotado” para que venga un sucesor en medio al espanto y siga con la aplicación del plan ya empezando varios escalones más abajo respecto a Milei, muchos más respecto a Fernández y muchísimos más respecto a Macri. Como se ve, no hay ningún fracaso ni derrota. Los suscriptores del pacto cumplen siempre la totalidad de lo que les es encargado y triunfan, por supuesto, porque se van en tiempo y forma, ni un minuto antes ni después de lo necesario, con la misión cumplida y muy bien remunerados por el servicio brindado al poder fáctico.

Cuando operadores mediáticos como Alejandro Bercovich en canales como C5N “descubren” el pacto entre Javier Milei y Cristina Fernández, lo que en verdad hacen es lanzar a modo de diversión un eufemismo de la realidad cuyo objetivo es alejar a las mayorías de la comprensión del hecho. No hay ningún pacto específico entre Milei y Cristina Fernández, esa es una pista falsa por parcial e inconducente. Lo que hay es un pacto hegemónico al que todos los dirigentes y partidos con posibilidad de ganar las elecciones suscriben. Bercovich y demás operadores saben que esto es así y presionan, en la medida de sus posibilidades, para que les sea permitido revelarle algo a su público. El poder entonces les da la autorización para que hablen de la cosa, pero siempre como “conspiranoia” y nunca, pero nunca llamando las cosas por su nombre. Para no revelar el pacto hegemónico, hablan hoy de pacto Milei/Fernández, mañana de la complicidad de Macri con el régimen y pasado mañana de alguna variación de la fórmula.
Todo igual o parecido, como se ve, que en Uruguay y en los Estados Unidos, al menos hasta el advenimiento de Donald Trump con cierto contenido disruptivo. En la Argentina Milei está sostenido por el pacto hegemónico que es la obra colonizadora del poder fáctico sobre el poder político, lo que a su vez equivale a decir que lo sostienen todos los dirigentes del oficialismo, pero también los de la “oposición”. Milei como presidente es el resultado del pacto, debieron “fracasar” Macri y Fernández generando las condiciones para que al pueblo le pareciera viable poner a un payaso en la presidencia. La única conclusión posible es que, de seguir esta tendencia infernal, después del “fracaso” de Milei solo puede venir como “salvador de la patria” un bufón aún peor con más degradación de los ingresos, las prestaciones y las aspiraciones para el conjunto del pueblo argentino.

Así viene ajustándose la realidad nacional al nuevo contexto internacional en los últimos años mientras el pueblo sigue votando alternativamente al “progresismo” socialdemócrata o a la “derecha” libertaria sin comprender que, en el fondo, elige entre distintos sabores estéticos de un solo proyecto político: el neoliberalismo. Con los “progresistas”, por ejemplo, se instituyen leyes de identidad de género y con la “derecha” esas leyes quedan sin efecto, tan solo para que luego vuelvan los “progresistas” a reinstaurarlas. Y así hasta el infinito. Lo que ni los unos ni los otros se atreven a hacer es derogar la ley de entidades financieras y el resto del andamiaje jurídico neoliberal legado por la dictadura. Ese es el proyecto político fijo, el que impacta sobre la realidad social modificándola verdaderamente y con eso nadie se mete. Nadie puede “hacerse el loco” ante los intereses del poder fáctico y todos consideran que es mejor portarse bien, dejar en su lugar lo que a ese poder le interesa y hacer humo en la política con cosas que al pueblo no le dan de comer y menos que menos mejoran sus condiciones de existencia.
De no mediar una revolución nacional como la del peronismo en 1943, en el origen del Grupo de Oficiales Unidos y todo el desarrollo posterior que en las categorías de Marcelo Gullo fue una auténtica insubordinación fundante, entonces la tendencia va a confirmarse y después de Javier Milei vendrá un régimen peor que el suyo, que el de Alberto Fernández y el de Mauricio Macri. Sobre la hipótesis de que permitan a Cristina Fernández volver a la presidencia, será tan solo para que haga como “Lula” da Silva en Brasil. Cristina Fernández volvería a limpiar su nombre, a mitigar los efectos del proyecto político neoliberal con políticas sociales puntuales, alguna que otra reestatización simbólica y poco más que eso. Será sin duda algo mejor que el infierno actual y eso no es poca cosa, pero no será la revolución que el pueblo-nación argentino necesita para liberarse de una vez y para siempre del pacto hegemónico que en medio siglo después del último gobierno de Perón transformó un país independiente en una semicolonia como si el propio Perón jamás por aquí hubiera pasado.
Para lograrlo hace falta un líder carismático no comprometido con el poder fáctico, dispuesto a entregar su propia vida en el altar de la patria por la gloria del pueblo-nación, un líder carismático que organice y conduzca la revolución nacional como insubordinación fundante, como un grito rebelde contra el sistema y no como una proclama en el marco del sistema. Nada de eso es fácil de conseguir. La mala noticia es que un Juan Manuel de Rosas, un Solano López y un Juan Domingo Perón no son liderazgos que suelen darse muy frecuentemente en la historia y a veces, como en el caso de Paraguay, no vuelven a ocurrir jamás. Solo Dios conoce la fórmula para hacer un líder carismático de la talla de esos próceres y no los hace con mucha frecuencia. Al pueblo le conviene aferrarse a su fe en este momento oscuro de la historia porque la luz al final del túnel no se ve ni se intuye.
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