¿Buscando un símbolo de paz?

En medio a una persecución judicial cuyo fin parecería evitar su ascenso, Donald Trump dijo presente en el Gran Premio de Miami de Fórmula 1 en los primeros días de mayo y mostró una enorme vigencia de cara a las elecciones del próximo 5 de noviembre. Un mundo que está al borde una guerra abierta —de la que nadie puede predecir las consecuencias— apuesta al triunfo electoral de Trump para que los Estados Unidos tomen el camino de la paz con Rusia, terminen con la pantomima de Ucrania y, de paso, entierren de una vez a la OTAN. Trump puede ser el hombre de la paz si cumple con todo lo que ha expresado hasta aquí respecto a la política internacional que los Estados Unidos deben tener en esta nueva etapa de la historia. ¿Superará Trump el trance judicial al que lo someten quienes quieren la guerra a cualquier costo con el solo fin de hacer negocios?
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Indiferente a la persecución judicial emprendida en su contra y más bien “haciéndose el loco” como si nada de eso importara, que es una forma de minimizar el hecho, Donald Trump dijo presente el pasado 5 de mayo en el Gran Premio de Miami de Fórmula 1. Con el ya acostumbrado perfil alto, altísimo, Trump circuló libremente por el paddock mezclándose con los innumerables personajes de la farándula mundial que suelen frecuentar eventos de la máxima categoría del automovilismo. Desde que sus derechos y su gestión fueron adquiridos por la corporación estadounidense Liberty Media en 2017, la Fórmula 1 dejó de ser un mero evento deportivo y pasó a ser un lugar de sobrexposición en el que ricos y famosos simulan su afición al deporte motor para permanecer vigentes ante la opinión pública. Trump, en consecuencia y en plena campaña electoral de cara a los comicios del próximo 5 de noviembre, no habría de dejar pasar la oportunidad dorada de mostrarse en esa instancia.

La instancia es el “circo” de la Fórmula 1 que llegó a los Estados Unidos y más precisamente a la Florida, al patio trasero de Trump. Aunque es neoyorkino, el referente del populismo yanqui está radicado hace muchos años en Palm Beach, un concurrido balneario ubicado unos pocos kilómetros al norte de Miami. Y allí apareció el candidato a un segundo mandato no consecutivo de presidente cuyo mayor problema en la actualidad son las causas judiciales que debe afrontar. Como dato de color o quizá no tanto —no faltaron quienes le atribuyeron esa propiedad tan deseada que es la de traer suerte—, Trump tuvo acceso al autódromo internacional de Miami en calidad de invitado al paddock del equipo McLaren por el director ejecutivo de dicha escudería, el también estadounidense Zak Brown. El caso es que McLaren no ganaba una carrera de Fórmula 1 desde mediados de 2021 y ese domingo 5 de mayo, con Trump en su paddock, volvió a ganar después de casi tres años de sequía con el notable triunfo del joven piloto inglés Lando Norris. Fue lo suficiente para los supersticiosos le atribuyeran a Trump la cualidad de ser un amuleto.

Más allá del resultado deportivo que fue rutilante y sigue dando qué hablar en el mundillo de los coches de carrera, lo cierto es que Trump supo aprovechar muy bien la invitación de McLaren para demostrar una vez más que causa furor por donde pasa. Trump es hoy una especie de celebridad que trasciende la política, es un personaje de enorme carisma admirado y seguido por millones en los Estados Unidos y en todo el mundo que está a punto de afrontar en los próximos seis meses el desafío de una campaña electoral maratónica. Todo eso, véase bien, a sus 77 años. Trump deberá recorrer en 180 días el territorio del quinto país más extenso del mundo, tendrá que hablar en público prácticamente todos los días y casi siempre más de una vez al día, levantarse muy temprano, viajar, atender a sus electores y correligionarios, comer cuando dé e irse a dormir muy tarde, tan solo para reiniciar el ciclo nuevamente al día siguiente.

Donald Trump, como Pedro por su casa en el ‘paddock’ de McLaren, aquí junto al presidente de Federación Internacional de Automovilismo (FIA) Mohammed ben Sulayem y el ganador de la carrera Lando Norris. Con su infaltable gorrita de “MAGA”, Trump trajo suerte a McLaren y se movió como un pez en el agua entre las celebridades que suelen concurrir a este tipo de eventos. Y se dice que no faltaron las “mojadas de oreja” al piloto mexicano de Red Bull Sergio Pérez, quien lo había criticado a Trump en el pasado desde una postura dicha “progresista”.

Es muchísimo para un anciano casi octogenario que, además, en paralelo, lucha en tribunales desde el lugar del banquillo de los acusados en una variedad de causas. Y si se observa el deterioro de un Joe Biden que parece caerse literalmente a pedazos a sus 81 años, tan solo cuatro más que Trump, se anuncia una campaña en la que ambos candidatos deberían manejar estratégicamente sus tiempos para llegar vivos, en un sentido literal, a las urnas. Biden es el actual presidente y podrá aducir compromisos propios de la gestión para moverse y exponerse un poco menos, pretexto que desde luego Trump no podrá esgrimir. El candidato del Partido Republicano tendrá que recorrer decenas de miles de kilómetros en seis meses, hablar en todos los actos y en todos aparecer lleno de energía, más joven de lo que realmente es y pleno de salud para gobernar hasta el 2028.

De hecho, uno de los argumentos centrales en la campaña de Trump es el de que Joe Biden no está en condiciones físicas de seguir siendo presidente. La simple observación indica que eso es cierto: prácticamente desde que le ganó las controvertidas elecciones de 2020 al mismísimo Trump, la figura de Biden oscila entre la de un anciano demente y la de un fantasma, sin que falten las hipótesis de que se hace representar por un doble en ciertas ocasiones y hasta de que ya no vive, de que ya murió y el doble lo representa más bien en todas las ocasiones. Casi todo eso pertenece al plano de la “conspiranoia”, pero es un indicativo de que la opinión pública estadounidense considera que Biden ya está demasiado anciano y no solo no debería postularse a una reelección, sino que además ya ni siquiera tendría que estar en la presidencia. Incluso las encuestas más favorables al Partido Demócrata indican que hay una desconfianza generalizada sobre si Biden está en plenas condiciones de gobernar.

El inglés Lando Norris festeja alocadamente junto al personal de servicio del equipo McLaren el triunfo inesperado en el Gran Premio de Miami de Fórmula 1. No solo McLaren no ganaba una carrera desde el año 2021, sino que además el favoritismo de Red Bull con el holandés Max Verstappen —quien únicamente no gana cuando tiene algún percance— parecía una fija. Verstappen no tuvo esta vez ningún percance y Norris le ganó en pista, milagro deportivo que muchos no dudaron en atribuirle a la presencia de Donald Trump en el ‘paddock’ de McLaren. Pero que las hay, las hay…

Claro, esa sería una gran contradicción en vista de que el candidato de la oposición tampoco es ningún jovencito. Trump también es un anciano tan solo cuatro años más joven que Biden, como veíamos, aunque no presenta los signos de envejecimiento que caracterizan a su rival. Por el contrario, es la imagen de la energía y la vitalidad a sus 77 años y parecería ser poseedor de una salud envidiable que bloquea todos los cuestionamientos. Lo cierto es que los estadounidenses están llamados a elegir en las urnas entre dos candidatos que están alrededor de los 80 años y esa dicotomía ya en sí misma habla de un modo elocuente acerca de la decadencia de la política en los Estados Unidos. La gerontocracia cuando se instala puede ser un signo distintivo del pésimo estado de salud del sistema como un todo porque las sociedades enfermas suelen tener mucha dificultad en renovar sus clases dirigentes.

Trump mostró mucho de esa energía y vitalidad en la previa del Gran Premio de Miami y, por cierto, con su sola presencia en el paddock de McLaren sirvió como símbolo de un giro ideológico en la propia Fórmula 1. Allí donde los pilotos solían, hace tan solo cuatro años, arrodillarse patéticamente en adhesión a la causa racista conocida como “Black Lives Matter” y luego lucían en sus coches los colores del arcoíris propios de la causa LGBT, entre otras manifestaciones que en las categorías de la política yanqui califican como woke, un Trump que es el símbolo por antonomasia de lo opuesto a toda esa pantomima dicha “progresista” pasea ahora con total naturalidad. Es probable que los halcones de Liberty Media hayan hecho la lectura coyuntural hasta concluir que los tiempos han cambiado, que lo woke ya no conviene comercialmente y, en consecuencia, ostentan a Trump para simbolizar el giro.

A sus 81 años Joe Biden, aquí otra vez en el suelo después de una de sus varias caídas, se enfrenta a las sospechas de que está demente y por lo tanto inhabilitado para ser presidente. De hecho, las sospechas han dado lugar a una infinidad de teorías dichas “conspirativas” según las que el “muñeco” que el gobierno de los Estados Unidos presenta públicamente no es Biden, sino un doble. Sea como fuere, los estadounidenses están llamados este año a elegir entre este vejestorio decadente y otro anciano de 77 años, quien no obstante parecería estar en mejor forma que su rival.

Liberty Media y Zak Brown son estadounidenses y la lectura coyuntural que hacen es una lectura nacional, toman la decisión de abandonar el mal llamado “progresismo” y de alinearse con el trumpismo y eso probablemente se da en la comprensión de la tendencia. Más allá de que Joe Biden sea un pésimo candidato tanto por llevar a cuestas una gestión desastrosa como por percibirse como un individuo no apto para ejercer la presidencia de la que todavía es la primera potencia global, lo que observan los yanquis que hoy tienen el control del multimillonario negocio de la Fórmula 1 es que las ideas representadas por Biden han caducado, que ha pasado el cuarto de hora del “progresismo” dicho woke y la forma que encuentran para despegarse de todo eso es hacer entrar a su “circo” a un Donald Trump para simbolizar las ideas opuestas.

La Fórmula 1 es un mundillo, es una cosa que les interesa a quienes siguen las carreras de coches únicamente, pero es a partir de la observación de cómo se mueven estratégicamente los dueños de ese negocio cómo puede lograrse una aproximación al estado de la política en un año electoral. Como esas aves que al intuir la llegada del invierno en un hemisferio migran del norte al sur y viceversa, los magnates suelen ser absolutamente pragmáticos en la política y nunca quedan pegados con esta o aquella posición ideológica. Allí donde intuyen que se avecina el invierno, pajarracos como los de Liberty Media descartan una ideología y abrazan la opuesta. En realidad, como se ve, la ideología no está en sus presupuestos. La ideología para quienes mueven miles de millones de dólares haciendo negocios con lo que fuere es una cosa que se usa y se descarta según la dirección del viento y por eso conviene observar el comportamiento de quienes tienen el poder real si lo que se quiere es entender la política real.

Hace tan solo cuatro años la Fórmula 1 hacía arrodillarse a sus pilotos para rendir pleitesía a causas progresistas como “Black Lives Matter” y letanías similares. Con el negro Lewis Hamilton a la cabeza, el “circo” del automovilismo se transformó en un púlpito de declamación ideológica ‘woke’ hasta el límite de lo ridículo. Ese tiempo pasó, Hamilton fue descartado y ahora la Fórmula 1 se pliega a la ideología diametralmente opuesta. Esta es una fuerte señal de los tiempos indicando que el péndulo ha girado.

En la política real estadounidense las acciones de esa empresa llamada Donald Trump están en alza, todos las quieren comprar. De ahí la percepción generalizada de que habrá en noviembre un triunfo más o menos holgado del Partido Republicano y de que las consecuencias de dicho triunfo serán las de un giro de 180 grados en todo lo que fue dominante en la política de ese país en los últimos cuatro años: caen en desgracia la ideología de género, el racismo negro, el fomento a la inmigración, el culto a lo que se llama indebidamente “ciencia” y es el complejo industrial-militar-farmacéutico, la militancia de la desindustrialización disimulada en la prédica apocalíptica del “cambio climático” y, en fin, toda la agenda del “progresismo” woke que ha estado vigente y ha sido dominante durante el gobierno de Biden. Y al advenir Trump es esperable que, en un movimiento pendular, se impongan las consignas absolutamente opuestas.

Esas son las consecuencias previsibles en la política nacional de los Estados Unidos, las que si bien tendrán impacto en los demás países de Occidente y aquí en las colonias —donde solemos imitar a los yanquis— son asimismo una cosa de cabotaje. Desde el punto de vista de quienes no vivimos ni votamos en los Estados Unidos es poco relevante si el vocero presidencial de la Casa Blanca va a ser un hombre blanco y heterosexual o una lesbiana negra nacida en Haití, si se los invita a los mexicanos a que ingresen por la frontera a lavar platos y limpiar inodoros por 3 dólares la hora o si ahí se construye un muro para que no lo hagan. Esas son las cuestiones nacionales que preocupan a los estadounidenses y solo de un modo marginal, quizá colateral, impactan en la vida de quienes vivimos en otras latitudes. Para el resto del mundo lo importante en las elecciones de los Estados Unidos es la orientación de la política internacional impuesta por quien triunfe en las urnas.

Con el fin de evitar las críticas y los cuestionamientos a sus políticas de Estado muy criticables y cuestionables, el gobierno de Joe Biden puso como encargada de anunciar esa política a la haitiana Karine Jean-Pierre, quien por ser mujer, negra, lesbiana e inmigrante fue casi siempre invulnerable. En las categorías de lo ‘woke’, cualquier crítica o cuestionamiento a lo que decía Jean-Pierre se ubicaba en las categorías de machismo, racismo, homofobia o xenofobia y automáticamente se descalificaba. El truco de poner como vocero a un individuo que tenía todas las condiciones del victimismo fue descubierto con el correr de los años, pero ya era tarde: Biden había logrado blindarse durante buena parte de sus cuatro años de gestión mediante el uso de Jean-Pierre como fachada. Una brillante jugada que ahora se agota. El tiempo del victimismo para tapar los baches ha terminado.

Aquí está precisamente la mayor diferencia entre Joe Biden y Donald Trump en la práctica, en aquello que le interesa al mundo. Según la definición muy vieja y difundida entre quienes observan y analizan la geopolítica no hay en rigor ninguna diferencia entre un gobierno del Partido Demócrata y uno del Partido Republicano en lo que se refiere a la orientación de la diplomacia y la política exterior de los Estados Unidos, potencia global que llegó a serlo justamente por darle a su estrategia geopolítica un carácter de política de Estado no sujeta al resultado electoral. Así, hasta la presidencia del “progresista” Barack Obama no hubo alteraciones en la orientación de la política internacional de Washington: con los republicanos siempre hubo para los demás países bombas, guerra y genocidios, mientras que con los demócratas hubo más de lo mismo, pero con discurso hipócrita “zurdo” para disimular un poco. ¿Entonces por qué habría de variar tanto la orientación de la política internacional estadounidense si Trump derrota a Biden y lo baja del sillón presidencial?

Pues básicamente porque Trump no es un republicano, sino un dirigente de tendencia nacional-populista que se sirvió de las estructuras del Partido Republicano para llegar a ser presidente. Lejos de ser un rumor o una especulación, ese uso de las estructuras partidarias es una cosa de la que hablan abiertamente tanto los dirigentes republicanos como el propio Trump por tratarse de una alianza entre un sector tradicional de la política yanqui y otro sector, este nuevo y emergente, cuya expresión populista y nacionalista no encontraba representación en los partidos del sistema. Los republicanos saben que Trump no es parte de la familia, pero comprenden que es más conveniente contenerlo que arriesgar la erosión y la evasión de su base social hacia una tercera fuerza en discordia. Trump, por su parte, entiende que es más fácil triunfar electoralmente parasitando en un partido del sistema que creando esa tercera fuerza subversiva desde la nada.

Hillary Clinton celebra en Libia el golpe de Estado y el asesinato de Muamar el Gadafi, ambos actos terroristas dirigidos por ella desde su asiento de secretaria de Estado del gobierno “progresista” de Barack Obama. Entre los gobiernos del Partido Demócrata y del Partido Republicano jamás varió la orientación de la política internacional estadounidense: identificado como de derecha o de izquierda, el inquilino de la Casa Blanca siempre defendió los intereses de las corporaciones arrojando bombas y cometiendo crímenes en todo el mundo. Hasta que llegó Trump, que no es demócrata ni es republicano.

El cálculo de Trump demostró ser correcto al resultar el neoyorkino radicado en Palm Beach ganador en las elecciones de 2016 cuando todos daban por sentado que Hillary Clinton llegaría sin despeinarse a ser la sucesora de Barack Obama. Trump derrotó a Clinton, logró su objetivo y a la vez le dio el triunfo al Partido Republicano, el que como todo partido sistémico no puede existir sin ganar elecciones periódicamente. Y no solo eso, sino que realizó ese desiderátum de los republicanos que era enterrar a los Clinton, familia odiosa y moralmente liviana si las hay. La alianza entre Trump y el Partido Republicano fue entonces beneficiosa para ambas partes con cada una de ellas obteniendo algo de lo que querían lograr, aunque allí mismo se acaba el amor y terminaban las coincidencias. En lo que realmente importa, que es la economía y la política internacional imperial, los republicanos son muy parecidos a los demócratas y Trump tenía y sigue teniendo una idea distinta.

Para empezar, desde la crisis del petróleo de 1973 y el advenimiento del neoliberalismo como ideología dominante republicanos y demócratas acordaron en la desindustrialización de los Estados Unidos. Las razones de ello son varias y algunas son estrafalarias, pero lo cierto es desde principios de los años 1970 en adelante, gobierno tras gobierno, los Estados Unidos fueron deslocalizando su pujante industria hacia China, el sudeste de Asia, México y otros destinos, reconvirtiendo la matriz industrial del país a una más bien orientada a los servicios. El resultado final de eso son unos 40 millones de estadounidenses viviendo en carpas o, en el mejor de los casos, en casas rodantes, todos ellos marginados del mercado laboral a raíz de la paulatina desindustrialización. Gobierno tras gobierno, véase bien, desde el republicano Richard Nixon hasta el demócrata Barack Obama con todo lo que hubo en el medio, la política económica de los Estados Unidos no varió en su proyecto de deslocalizar la industria.

Diagrama de la Enciclopedia Británica con la ubicación geográfica detallada del “cinturón del óxido”, el sector industrial de los Estados Unidos que quedó abandonado con el proceso de deslocalización de la industria a otros países. Aquí se concentra buena parte de la población estadounidense y este es, naturalmente, el bastión del trumpismo: con la memoria de los años dorados aún fresca, los hijos y los nietos de los obreros industriales ahora arrojados a la pobreza ven en Trump al héroe cuyo proyecto es rescatar la grandeza perdida desde la crisis del petróleo en 1973 y el advenimiento del neoliberalismo.

Hasta que llegó el nacional-populista Donald Trump con la idea radicalmente opuesta que es la de relocalizar la industria repatriando capitales que habían migrado a otras latitudes. Esa es una de las razones por las que el trumpismo pisa fuerte en el llamado “rust belt” o “cinturón del óxido” del nordeste y el medio oeste alguna vez industrial. En esas regiones subsiste la memoria de los años dorados de la industrialización y allí están los hijos de los obreros de esa industria, ahora desorientados y sin saber qué trole hay que tomar para seguir, como diría Roberto Goyeneche. Esos son los trabajadores de cuello azul que quedaron desocupados o tuvieron que rebuscárselas para sobrevivir haciendo otra cosa y que ahora son el electorado más fiel de un Trump que empezó en los cuatro años de su gobierno a retirar el óxido del cinturón reviviendo la actividad industrial, sobre todo en los sectores de la siderurgia y de la metalmecánica.

Trump hizo eso mediante la simple extorsión a los capitales yanquis que se habían fugado a otros países donde la mano de obra era más barata, los impuestos eran más bajos o ambas cosas a la vez. La extorsión fue simple y consistió en poner a esos capitales en un brete: si querían beneficiarse de la mano de obra barata y los bajos impuestos de países, por ejemplo, como Vietnam, entonces correspondía que acudieran al ejército de Vietnam para la defensa de sus intereses en el mundo y no a las armas de los Estados Unidos. Una lógica indestructible y una extorsión infalible a la que muchos industriales no pudieron resistir al tener conciencia de que su posición dominante en el mercado global se basaba fundamentalmente en el origen estadounidense de sus corporaciones. Y así empezó un rápido proceso de relocalización industrial que se vio interrumpido por la derrota de Trump a manos de Biden en las elecciones de 2020, en el contexto del coronavirus y de lo que para Trump fue un fraude electoral.

La imagen del “rust belt”, con abandono y óxido por todas partes. Lo que alguna vez fue el complejo industrial más pujante del mundo terminó cayendo en desuso al migrar los capitales hacia China, el sudeste asiático y México. Como consecuencia de esto hoy unos 40 millones de estadounidenses viven en carpas y en casas rodantes y, lo que es peor, sin ningún horizonte por delante. La política de reindustrialización por medio de la extorsión a los capitalistas que Trump impuso entre 2016 y 2020 es el santo grial para quienes viven en el “cinturón del óxido” y no podía ser de otra forma.

Sea como fuere, el proceso de reindustrialización fue suspendido por Biden, quien como buen demócrata e hijo sano de la clase dirigente tradicional suscribe al pacto de deslocalización industrial suscrito por la política del país a principios de los años 1970. Los obreros industriales comprenden eso a la perfección y en consecuencia son en su mayoría trumpistas, pues ven en Trump al héroe que planta cara frente al extranjero para reconstruir un pasado glorioso del que esos obreros tienen memoria. El propio Trump usa una anécdota en la actual campaña que ilustra muy bien este proceso. En un diálogo telefónico con el francés Emmanuel Macron, Trump cuestiona la imposición por parte del Elíseo de un impuesto del 25% sobre las empresas de origen estadounidense para hacer negocios en Francia, una política clásicamente proteccionista de los franceses que perjudicaba los intereses de los Estados Unidos en Europa.

“Escúcheme bien, Macron. Aquí en los Estados Unidos a todos les encantan el vino y el champán francés. Pues bien, o Ud. deroga ese impuesto a las compañías estadounidenses que operan en Francia o a partir de esta noche voy a imponer un impuesto del 100% a cada botella de vino y de champán que Uds. nos vendan”. Todo esto según la narrativa Trump, quien agrega a la anécdota que Macron lo vuelve a llamar a los tres minutos —pese a que Trump le había dado quince de plazo para tomar una decisión— para decir que iba a derogar el impuesto a las empresas estadounidenses. Es una extorsión, como se ve, es Trump utilizando el poder económico de los Estados Unidos para defender los intereses estadounidenses en el mundo. El atento lector puede imaginarse el regocijo experimentado por un trabajador industrial de cuello azul yanqui, pero también por un burgués industrial yanqui, al escuchar estas palabras. Y ahí tendrá parte de la explicación de por qué en el “cinturón del óxido” Trump gana sin despeinarse.

Todo eso conduce al otro aspecto de la cuestión de la diferencia existente entre Donald Trump y el establishment de los partidos tradicionales del que participan tanto demócratas como republicanos: el aspecto de la política internacional. Con el fin de reindustrializar el país y hacerlo grande otra vez, como reza su lema, Trump debe modificar la orientación diplomática de los Estados Unidos dejando de “enroscarse” con rivales más bien ideológicos y concentrándose, en cambio, en los enemigos comerciales. El republicano y el demócrata son hombres de la Guerra Fría y, por serlo, identifican a Rusia como continuidad de la Unión Soviética y como enemigo histórico a combatir. Trump no tiene esa tara ideológica y considera que los rusos son más bien aliados pues económicamente no son rivales (en términos de PBI, Rusia ocupa el 11º. puesto de la tabla mundial, por debajo de países como Brasil, Francia, Italia y Canadá) y poseen junto a los Estados Unidos, no obstante, más del 90% del armamento nuclear existente en el mundo. Trump sabe que el enemigo es China y ahí concentra sus esfuerzos.

La relación entre Trump y Emmanuel Macron siempre fue muy buena y hasta de amistad, según el estadounidense. Nada de eso impidió que Trump extorsionara a Macron en defensa de los intereses de los Estados Unidos. Este es el “método Trump”, es un usar la influencia yanqui para asegurar la realización de los objetivos de los yanquis. Y esa es, analizándose en frío, la expresión más pura del nacionalismo: primero los propios y después lo amigos foráneos, por más amigos que sean estos.

Esa alianza estratégica entre Washington y Moscú solo existe si en Moscú está Vladimir Putin y en Washington manda Donald Trump. Durante su propia campaña electoral, hace algunas semanas, Putin le regaló a su socio y, según dicen, amigo Trump un aliciente en la forma de mensaje inequívoco. Putin se hizo preguntar en la calle por un notero cuál sería su candidato presidencial favorito en las elecciones estadounidenses. En vista de su ya muy consabida alianza con Trump, era de esperarse que Putin no dudara en señalar a su socio como el candidato favorito, pero Putin es un genio y dijo algo mucho más sofisticado que eso. “Para los intereses de Rusia”, decía el ruso, “no quedan dudas de que el mejor candidato es Joe Biden”. Y allí no solo disimuló su alianza con Trump, echando un camión de tierra sobre las acusaciones de haber intervenido en las elecciones de 2016, sino que le comunicó al elector estadounidense que con Biden en la presidencia ganaban los rusos. Al escuchar esto, un yanqui medianamente patriota probablemente jamás vuelva a votar a los demócratas.

El caso es que más allá de la estrategia comercial de Trump en su lucha sin cuartel contra la industria de China, la alianza entre Washington y Moscú podría ser hoy el único camino para evitar la III Guerra Mundial abierta que la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) está intentando iniciar a cualquier costo. Mientras el gobierno de Biden sigue enviando miles de millones de dólares a Ucrania para que Volodímir Zelenski siga comprándole armas al complejo industrial-militar-farmacéutico y endeudando a su país hasta un punto que ya es de no retorno, Trump ya anunció que va a terminar con ese conflicto en cuestión de horas mediante el sencillo método de desfinanciar a la OTAN y pactar con los rusos. Al fin y al cabo, desde el punto de vista de Trump, el problema en Ucrania es de los rusos con los europeos —a quienes, por cierto, Trump no solo no considera protagonistas en el concierto de las naciones, sino que además los desprecia—, un problema del que los Estados Unidos deben estar al margen.

Oponiéndose a la opinión generalizada entre las clases dirigentes tradicionales de los Estados Unidos, las que quedaron atrapadas en la lógica de la Guerra Fría, Trump considera a Rusia más bien un aliado que un enemigo. Trump sabe que la nueva Unión Soviética en términos geopolíticos está en Beijing y no en Moscú y sabe además que el enfrentamiento entre potencias hoy trasciende lo militar: hay una guerra comercial en la que Rusia no participa, pues su economía es muy pequeña. La verdadera amenaza a los intereses estadounidenses viene de China y a combatir contra ese enemigo concentra Trump todos sus esfuerzos.

Trump está en ese sentido y no metafóricamente cual Franklin Roosevelt en la víspera del supuesto ataque japonés a Pearl Harbor en 1941. Roosevelt consideraba que el proyecto expansionista de Hitler era un problema de los europeos y no quería involucrar a Washington en el conflicto, nunca quiso una nueva guerra mundial y militó activamente el aislacionismo de América en el diferendo. Pero alguien, probablemente el complejo industrial-militar-farmacéutico en su codicia por vender armas, hizo Pearl Harbor con el fin de vencer la resistencia de Roosevelt y hacer de la guerra en Europa una guerra mundial implicando a los Estados Unidos en ella. Trump sabe que la OTAN está buscando un Pearl Harbor, está tratando de fabricar ese incidente que ponga al gobierno de los Estados Unidos en una posición tal que la guerra sea la única respuesta válida. Y cuenta con la templanza de Putin para evitar el acaecimiento de un episodio semejante que abra las puertas del infierno antes de las elecciones del 5 de noviembre.

De hecho, la explosión del gasoducto Nord Stream en septiembre de 2022 fue el ensayo de un Pearl Harbor que Rusia afortunadamente supo desbaratar antes de que funcionara como un argumento para empezar una guerra mundial. El peligro en los casi siete meses que faltan hasta las elecciones en los Estados Unidos es que el gobierno de Joe Biden, en un movimiento desesperado, intente precipitar los acontecimientos lanzando con la OTAN un ataque directo a Rusia de forma tal que la guerra abierta sea inevitable, cosa que además podría “empiojar” las mismísimas elecciones poniendo a los Estados Unidos en un estado bélico del que nadie puede predecir hoy cuáles serían las consecuencias. Lo cierto es que tanto los halcones del Pentágono como el complejo industrial-militar-farmacéutico del que esos halcones son empleados saben que un triunfo electoral de Trump podría arruinar los planes, esto es, podría inviabilizar una III Guerra Mundial abierta y en consecuencia todo el negocio de fabricación y venta de armamento que las corporaciones piensan hacer con ese conflicto.

El ataque a Pearl Harbor en 1941 cambió el curso de la historia al terminar con la postura aislacionista de Franklin Roosevelt respecto a la guerra en Europa. A partir de Pearl Harbor, los Estados Unidos se meten de lleno en el conflicto, transformándolo en la II Guerra Mundial propiamente dicha. El gran ganador de esa guerra fue el complejo industrial-militar-farmacéutico, pues construyó su dominación vendiéndoles armamento a los Estados en pugna. Todo eso levanta enormes sospechas de que Pearl Harbor no es obra de los japoneses, sino de los grandes magnates de la venta de armas. ¿Cuál será, de haberlo, el Pearl Harbor de nuestros días? ¿Llegará Trump a tiempo de evitarlo?

Es probable que eso sea así por varias razones, algunas de ellas enumeradas ya en este texto. La alianza con Putin, la comprensión de que la guerra no es contra Rusia en lo militar y sí contra China en lo comercial, el proyecto político de reindustrialización que es incompatible con el colapso de la economía mundial resultante de una guerra, pero también la pragmática animadversión de Trump hacia la OTAN y los europeos en general. Esa actitud quedó expresada ya en 2017, en los primeros meses del gobierno de Trump cuando este cuestionó a la OTAN señalándola como un instrumento de protección para Europa pagado por los Estados Unidos. En una palabra, lo que Trump hizo frente al secretario general de la OTAN, el noruego Jens Stoltenberg, fue desconocer el Plan Marshall observando que la Unión Soviética ya no existe y, por lo tanto, tampoco existe ninguna necesidad de fomentar el desarrollo europeo y menos que menos de financiar la defensa del Viejo Continente.

Es un planteo lógico y además productivo para la humanidad en su conjunto. La OTAN fue creada a fines de los años 1940 con el fin de frenar el avance de la Unión Soviética —del socialismo oriental— sobre los países de Europa occidental al finalizar la II Guerra Mundial. Para los Estados Unidos eso era muy importante, un fin estratégico que explica la propia Guerra Fría o el embate entre el liberalismo de Occidente y el socialismo de Oriente en el marco de un ordenamiento bipolar entre Washington y Moscú. En esos días ambos proyectos políticos tenían como objetivo declarado el hundimiento de su antagonista para mundializar su propia ideología, esto es, los liberales de Occidente querían hundir al socialismo para imponer el liberalismo en todo el mundo y los socialistas de Oriente querían lo mismo, pero al revés. Y entonces los Estados Unidos crearon la OTAN y pusieron en ella billones de dólares a lo largo de varias décadas para asegurar que los soviéticos no avanzaran sobre Europa occidental.

Con una sinceridad brutal, Trump le explica a Jens Stoltenberg que a los Estados Unidos ya no les conviene financiar a la OTAN por simple inexistencia de enemigos. En realidad, lo que Trump dice es que el Plan Marshall terminó, que Rusia no es la Unión Soviética y que, en todo caso, Moscú es un problema de Bruselas, jamás de Washington. La esperanza del mundo es que es un eventual segundo mandato de presidente Trump ordene el cierre de la OTAN —lo puede hacer quitándole el aporte económico— y decrete así la paz en el mundo.

Y lograron su cometido: los comunistas nunca pasaron de su “cortina de hierro”, allí quedaron encerrados y eventualmente su proyecto político fue derrotado al caer el Muro de Berlín en 1989 y al disolverse la propia Unión Soviética en 1991. “¡Es el fin de la historia!”, gritaban Francis Fukuyama y todos los demás intelectuales orgánicos del liberalismo occidental. Pero claro, si el fin de la historia había llegado, si ya no había ideologías ni amenazas rojas o pardas al liberalismo de Occidente, la pregunta que debieron hacerse los Estados Unidos es por qué seguir financiando la OTAN. ¿Cuál sería la finalidad de mantener activo a semejante dispositivo dicho “defensivo” si ya no había hipótesis de conflicto porque el enemigo ya estaba derrotado? ¿Quién podría atacar los intereses de los Estados Unidos en Europa? George Bush padre, Bill Clinton, George Bush hijo y Barack Obama jamás se hicieron en un cuarto de siglo esas preguntas. Las planteó Donald Trump a partir de 2017.

Es evidente que la OTAN nunca tuvo ningún carácter defensivo y que fue siempre un instrumento de imposición imperial de los Estados Unidos en el que las semicolonias estadounidenses del Plan Marshall en Europa hacían la función de cobrar una millonada y de poner el cuerpo, cosa que se vio muy claramente, por ejemplo, en el bombardeo a Libia que en el año 2011 se llevó a cabo con el fin de derrocar a Muamar el Gadafi. La OTAN siguió existiendo después de la disolución del bloque socialista de Oriente con el propósito de disciplinar a los subalternos coloniales, existió como el brazo armado del ministerio colonial. Y por eso los Estados Unidos sostuvieron, a un costo altísimo, la vigencia de la alianza guerrera que habían constituido para la Guerra Fría aun después de que esta terminara.

Sin enemigos a la vista desde la disolución de la URSS y la desintegración del campo socialista en el Este a principios de los años 1990, la OTAN ha sido un instrumento de imposición colonial de Occidente sobre el resto del mundo. Pero las potencias emergentes se han puesto de pie y ya no aceptan esa imposición, razón por la que la OTAN hoy es una amenaza grave a la paz. El sostenimiento del títere ucraniano Volodímir Zelenski es una prueba de ello y es lo que Trump no quiere. Trump tendrá la llave, pues los Estados Unidos aportan casi tres cuartos del 1,3 billones de dólares insumidos anualmente por la OTAN y al cerrar esa canilla, cierra la propia organización.

Mucha agua pasó por debajo del puente desde que la OTAN asesinó a Gadafi en un golpe de Estado en Libia. Al intentar hacer lo mismo unos meses más tarde en Siria, Occidente se encontró con la inesperada oposición de Rusia en el territorio y allí, frente a eso, los Estados Unidos debieron acreditar la existencia del otro asumiendo que el mundo había cambiado y, en el acto, desmantelando la OTAN. Pero no, eso no pasó. Lo que en efecto ocurrió fue que la clase dirigente estadounidense, aferrada a la cultura de la Guerra Fría, aceleró la expansión de la OTAN sobre los países que están o estuvieron históricamente en la órbita de Rusia. Lo hizo a modo de venganza por lo de Siria, claro que sí, lo hizo para reafirmar una hegemonía que ya para esos días estaba rota. En vez de buscar el diálogo y la paz que hipócritamente declaman en sus discursos, los dirigentes yanquis redoblaron la apuesta y el mundo que tenemos hoy es el resultado lógico de eso.

Resultado este que puede ser aún peor de estallar una III Guerra Mundial abierta en un contexto tal que el otro, los rusos, poseen aproximadamente la mitad de las armas nucleares existentes y además tienen la tecnología del misil hipersónico —que nadie más tiene— para lanzar esas armas contra el objetivo en cuestión de minutos y horas. Todo esto lo sabe Trump, sabe que la guerra mundial es inviable, que es preciso evitarla a como dé lugar y que, finalmente, eso solo se logra acreditando la existencia del otro. Los días de avasallamiento y unilateralidad han terminado y los Estados Unidos tienen frente a ello dos opciones: insistir en sostener un orden geopolítico ya superado al costo de traer al mundo el apocalipsis nuclear o, por el contrario, oficializar el nuevo ordenamiento multipolar con un nuevo pacto global a estilo de Potsdam y Yalta, pero esta vez antes y no después del descalabro.

Si el simulacro de Pearl Harbor no tiene lugar hasta el 5 de noviembre, las elecciones en los Estados Unidos se realizan y las gana Donald Trump el mundo tendrá una oportunidad de aferrarse a la segunda opción. Todo va a depender un poco de la templanza de Vladimir Putin y otro poco del Poder Judicial estadounidense, el que quiere evitar el ascenso de Trump y en ese sentido parecería estar jugando a favor de los intereses de quienes quieren la guerra. Bien mirada la cosa y analizadas las hipótesis, a todo biennacido le conviene desear y hasta prender una velita para que Trump llegue a la presidencia porque Trump puede ser el hombre de la paz. O puede no serlo, puede obrar de un modo distinto al esperado y traer él mismo el infierno, aunque en este último caso no habría ya esperanza porque en este escenario después de Trump no hay nada. Trump va a tener que pasar a la historia como el hombre de la paz o se termina la propia historia.


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