Por razones que resultan de muy difícil comprensión al no existir todavía un correlato integral de la cuestión, el poder fáctico que controla las agencias de inteligencia de Israel y de los Estados Unidos dispuso la revelación de una parte de los llamados archivos de Epstein, o de lo que probablemente constituya el cúmulo de evidencia con finalidad de extorsión política más grande jamás producido por el hombre. La publicación a fines del pasado mes de enero por parte del Departamento de Justicia de los Estados Unidos de alrededor de 3,5 millones de páginas y miles de piezas audiovisuales ocasionó un gran escándalo en la opinión pública mundial e hizo temblar incluso al mismísimo régimen trumpista, aunque los medios de difusión tradicionales intentaron minimizar, distraer e incluso ocultar el contenido macabro de los archivos revelados. La sola acción de una multitud de individuos mayormente anónimos en las redes sociales, casi siempre en Twitter, fue suficiente para generar un terremoto con lo que el establishment estadounidense quiso hacer pasar silenciosamente.
Ese establishment —dirigentes políticos, pero también empresarios, profesionales y celebridades del más diverso pelaje— está profundamente implicado en el caso Epstein al haberse dejado documentar durante años cometiendo atrocidades contra menores en una isla del Caribe. Este es el núcleo del asunto más allá de toda la distracción impuesta por los dueños de la palabra, quienes pretenden envolver en un manto de niebla una realidad que de llegar a ser enteramente comprendida por la opinión pública podría ocasionar poco menos que una revolución. El verdadero problema en la publicación de los archivos de Epstein desde el punto de vista de un sector del poder político y de los colaboracionistas del régimen es el potencial de revelar ese secreto a voces que es la naturaleza de quienes se presentan ante las mayorías populares como modelos de moralidad y son, por el contrario, individuos absolutamente degenerados. Y por lo tanto hipócritas, no aptos para dirigir políticamente y ni siquiera para sostener las posiciones sociales de privilegio que actualmente ocupan.

Entonces la revelación de los archivos de Epstein podría ser un problema para el sistema al descalificar a muchas de sus caras visibles, a los que están encargados de la ejecución del plan. Si los medios de comunicación de las corporaciones se dedicaran a explicar la situación y no a meter ruido, se caerían muchos de los que toman las decisiones en la política, de los que dirigen la economía y también de los que forman la opinión de la mayoría desde la cultura. Todo el sistema se basa en la coordinación de la voluntad de estos y especialmente en su credibilidad, en la imagen ejemplar que proyectan y que no se corresponde con la realidad. Pero el sistema tiene sus anticuerpos, los medios de difusión no hacen un correlato de lo que realmente sucedió en la isla de Epstein y, en consecuencia, a esta altura del mes de febrero, a pocos días de la publicación de los archivos por parte del Departamento de Justicia yanqui el escándalo ya no es tal y tiende a caer en el olvido como si se tratara de cualquier otra noticia.
Ahora bien, lo anteriormente descrito es la propia normalidad, lo que suele ocurrir cada vez que sale a flote la punta del iceberg. Cada vez que uno de los aspectos de la realidad se hace visible para las mayorías y amenaza con exponer la naturaleza de las clases dirigentes y del propio sistema una enorme operación de sentido tiene lugar y en cuestión de días y semanas entierra la polémica en medio al ruido de la sobreinformación que es el método de los medios concentrados en esta posmodernidad para censurar u ocultar. Se trata de un método mucho más sofisticado que el utilizado en un pasado no muy lejano: el de la censura brutal y silvestre que es la simple prohibición. Ahora nada se prohíbe y, por el contrario, de todo se habla abundantemente en televisión, en la radio y en los diarios, todo es puesto a la vista de la opinión pública con mucha intensidad. Y es precisamente esa intensidad, la de la sobreinformación, la que silencia la verdad mediante la diversión en un sentido bélico.

Este método de control de la narrativa ya ha sido muy bien explicado por una infinidad de autores dedicados al tema y se asemeja a una doctrina del shock en un sentido de saturación. Lo primero es el análisis excesivo de las cuestiones laterales de un escándalo y luego el bombardeo de información inútil lo que aleja al individuo de una verdad con la que, por alguna razón, ha llegado a tener contacto en determinado momento. En el caso de estos archivos de Epstein, por ejemplo, esto es la especulación a modo de farándula sobre el nivel de involucramiento de dirigentes políticos de muy alto perfil como Bill Clinton y Donald Trump en el chanchullo, pero sin hablar jamás del chanchullo en sí. Es decir, se invita a especular sobre si Clinton y Trump viajaron a la isla, si fueron amigos de Epstein, etc., pero no a pensar en qué hacían ellos en dicha isla. Y así, al pasar los días, la cosa va tomando un aspecto anecdótico que claramente no tiene.
Una vez llegado a ese punto, se empieza con el bombardeo de información a cuentagotas sobre cada uno de los detalles mínimos de la relación entre los personajes implicados, la isla de Epstein y el propio Epstein. El asunto se transforma en una novela interminable y naturalmente disminuye el nivel de interés del público. He ahí la saturación propiamente dicha y la razón por la que la censura directa no solo es innecesaria, sino además inconveniente: el prohibir la difusión de una información no hace más que incrementar el interés general en la materia, es la propia metáfora bíblica del fruto del árbol prohibido que Dios prohibió pues en medio a la infinidad de árboles frutales existentes en el paraíso, Adán y Eva probablemente no se habrían fijado en el fruto de ese árbol que es el del conocimiento. La censura directa hace eso, prohíbe el saber sobre un determinado asunto y por lógica logra el efecto diametralmente opuesto pues genera en los sujetos un deseo, el de saber de qué se trata, que antes no tenían.

En un principio al régimen trumpista le pareció conveniente incurrir en esto último e intentó prohibir la difusión de los archivos, lo que finalmente despertó el interés general en el contenido y obligó al Congreso a aprobar la Ley de Transparencia de los Archivos de Epstein (Epstein Files Transparency Act, en su inglés original), transformando la cuestión en un escándalo ya fuera de control. La ley fue aprobada con el voto de todos los diputados opositores y de cuatro oficialistas desgarrados, entre los que está un Thomas Massie que saltó a la fama y se posicionó como el nuevo referente moral de los republicanos gracias a la torpeza del trumpismo. Al darse cuenta de que la prohibición no iba sostenerse, los asesores de Trump activaron entonces sus sofisticados y a la vez sencillos mecanismos de diversión mediática. Esos mecanismos son sofisticados porque requieren de mucha producción de narrativa, pero son sencillos en su naturaleza porque se reducen a un poner el foco sobre los implicados en el chanchullo y no en el chanchullo en sí, en el quiénes para que nadie indague sobre el qué.
Es así como a los pocos días de la divulgación de los archivos de Epstein la opinión pública ya empieza a saturarse de la especulación sobre quiénes visitaron la isla sin haber llegado jamás —he aquí la maniobra entera al descubierto— a preguntarse qué cosas se hacían en dicha isla. El espectador promedio quedó con la idea de que allí los dirigentes políticos y los personajes farandulescos de alto perfil iban a consumir prostitución y vicio, quizá algo de pedofilia con adolescentes. Se trata ya de un recuerdo borroso de cierta ilegalidad, una noción muy alejada de las atrocidades cometidas durante años en la isla de Epstein y especialmente de la razón por la que ese lugar existió en primer lugar. El escándalo pasó y la opinión pública mundial no vio la enorme operación de espionaje con fines de extorsión ni las barbaridades que van mucho más allá de relaciones sexuales con jóvenes ligeramente por debajo de la edad legal. El ciudadano promedio nunca se enteró y probablemente nunca va a enterarse del mal en el comportamiento de sus referentes y tampoco del mal en el proceder de quienes los controlan a estos mediante la extorsión.

El escándalo se disuelve entonces en la nada y es posible que se sacrifique a algunos chivos expiatorios de poca monta para terminar de enterrar el asunto, eso es lo que suele suceder en estos casos. Pero una pregunta sigue vigente para quienes observan la cosa desde el ángulo de esa lucha por el poder que es la política: ¿Por qué el poder fáctico ha resuelto quemar los papeles del material que había recopilado para extorsionar a la política, tan solo para tener que sofocar en lo sucesivo el escándalo ocasionado? No hay aparentemente ninguna lógica en haber hecho esa inversión de tiempo y dinero en un esquema de espionaje y luego revelar gratuitamente toda la evidencia producida. No hay lógica posible, el poder que ha estado durante años recibiendo en su isla a los dirigentes para documentarlos cometiendo aberrantes delitos y crímenes con la finalidad de tener luego el control de sus voluntades jamás ordenaría revelar esos secretos y generar un escándalo para neutralizarlo a los pocos días. La isla de Epstein se construyó como una bomba atómica, no como una cortina de humo.
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