Con un puñal bajo el poncho

Con la militancia y simpatizantes del kirchnerismo narcotizados por el estupefaciente de la “unidad hasta que duela”, el Frente Renovador va llevando a cabo su plan de destrucción sin ninguna oposición. Alberto Fernández se refugia en la ideología sanitaria, en la ideología de género y en la entelequia del “acuerdo” con el Fondo Monetario Internacional para no gobernar y así se va armando una bola de nieve que en algún momento deberá hacer crisis. Cuando eso pase, ahí estará Sergio Massa con la panacea universal para la salvar la patria.
Punal poncho

El lector que siga con atención las últimas publicaciones de esta Revista Hegemonía y haya podido acceder al detallado informe central de la 36ª. edición, en el que se hizo la narrativa del pacto hegemónico, sabe que en la Argentina del presente la aplicación total de un proyecto político es una imposibilidad práctica. Por razones que se explican en aquel informe, ninguna de las dos fuerzas actualmente en pugna ha sido capaz desde el año 2011 a esta parte de gobernar el país con el nivel suficiente de consenso para esa aplicación, para imponer la totalidad de su programa político-económico.

Lo que hay en rigor es lo que Juan Carlos Portantiero habría calificado como un empate hegemónico, una situación de tablas en la que ambas fuerzas políticas con proyectos antagónicos se reconocen incapaces de neutralizar al enemigo y de llevar así a cabo su propio programa sin el escollo de una oposición que traba e impide sistemáticamente.

He ahí en una síntesis muy apretada la situación política de la Argentina en la famosa grieta. Desde que en las elecciones del 2011 el kirchnerismo se consolidara como una superpotencia electoral con los suficientes votos propios para declararse independiente de las operaciones destituyentes de los poderes fácticos, quedaron bien definidos los dos polos opuestos y ya ninguno de ellos fue capaz de imponerse sobre el otro más que en los muy relativos, efímeros triunfos electorales.

En ese empate hegemónico se ha paralizado todo un país, no se ha podido implementar ningún proyecto político sin la constante amenaza del quiebre y la realidad del impedimento. Había que saldar el empate en favor de una de las dos parcialidades radicalizadas, aunque socias en la hegemonía. Y la solución al problema fue el pacto.

La última edición de esta revista hizo tanto ruido por eso, por expresar la hipótesis de dicho pacto, el que fundado en una extorsión judicial alteró el resultado de las elecciones en su origen —es decir, ya desde la composición de las listas de candidatos— con la finalidad de empezar a construir la síntesis que se quiere superadora para que al fin en la Argentina pueda aplicarse un proyecto político en su totalidad. La hipótesis es integral en sí misma, aunque hasta aquí no había contemplado la síntesis.

Portada de la edición de febrero de esta Revista Hegemonía, en la que está la descripción del pacto hegemónico cuya síntesis pretendida es la conducción de Sergio Massa para el cierre artificial de la grieta y la imposición de un proyecto político en su totalidad. La lectura de ese artículo anteriormente publicado es esencial para la comprensión de por qué Massa viene con el puñal bajo el poncho.

La narrativa del pacto hegemónico que se había expuesto en nuestra anterior edición no incluyó en su hora la descripción de lo que debería resultar del pacto en cuestión para lograr el fin deseado. Neutralizada la dueña de los votos por una parte mediante la persecución judicial y derrotado por otra en las urnas su antagonista de la grieta que se quiere cerrar en nombre de una gobernabilidad total, la pelota debería caer inmediatamente en otro lugar, en el encargado de asumir la tarea futura de aplicar plenamente un programa político-económico determinado. Eso es precisamente lo que está pasando hoy fuera de la vista de la opinión pública, en los entretelones de política argentina.

Al suscribirse el pacto hegemónico de nuestros días, probablemente en algún momento entre las elecciones de medio término de 2017 y los primeros meses de 2019, debió establecerse allí mismo la forma de instrumentación de lo que podría llamarse vulgarmente el cierre de la grieta por arriba, es decir, es poco probable que no haya quedado establecida una hoja de ruta precisa para el despliegue de una maniobra tan sofisticada como la de dejar sin representación política real a dos tercios del electorado. Ya al momento de suscribir el pacto de la nueva gobernabilidad debió designarse el conductor futuro o la cara visible de esa gobernabilidad sin escollos.

Y es con un poco de lógica deductiva como el atento lector podrá desentrañar eso que parecería ser un misterio, pero que está a la vista de todos en sus múltiples expresiones. En una palabra, es posible saber hoy y sin más información que lo públicamente visible adónde pretende llegar la dirigencia política con el hundimiento controlado y disimulado tanto del kirchnerismo como del macrismo y también puede deducirse con precisión la identidad del tapado al que se ha encargado la misión.

Las cosas no siempre son lo que parecer ser y normalmente nunca lo son en la política. Un ejemplo de ello es el objeto de este artículo, una de las imágenes más icónicas de nuestra historia reciente: la del entonces candidato Alberto Fernández en un denodado esfuerzo por persuadir, café de por medio, a un Sergio Massa aparentemente indeciso a subirse al tren del recién nacido Frente de Todos. La difusión de esa imagen fue fundamental para terminar de instalar la idea de la “jugada magistral” de Cristina Fernández, base simbólica de la alianza electoral que pocas semanas más tarde ganaría cómodamente las elecciones de 2019.

Existía en la época como un dogma la certeza de que sin Massa sería imposible obtener el 45% mínimo necesario de los votos para triunfar en primera vuelta y evitar un ballotage que se anticipaba como muy peligroso. En otras palabras, se creía entonces que si Massa se presentaba como candidato por su parte con el Frente Renovador, le restaría con su lista al Frente de Todos los votos que necesitaba para derrotar a un Mauricio Macri aupado al oficialismo y empoderado en el aparato estatal.

Sergio Massa y el Frente Renovador, su creación política con la finalidad de enterrar al kirchnerismo y hacer la “renovación”. Suele perderse de vista la realidad de que el Frente de Todos no es sino una alianza entre el Frente Renovador de Massa y lo que había quedado del Frente para la Victoria luego del descalabro con Unidad Ciudadana en el año 2017, una alianza fundada sobre una extorsión judicial. El Frente Renovador tiene hoy la palanca y el propio Alberto Fernández es uno de sus cuadros, algo que también suele olvidarse en el debate cotidiano. Pero el objetivo es claro, ha sido declarado a viva voz por Massa: frenar a Cristina Fernández a como dé lugar.

Ahí está la descripción de una parte de la “jugada magistral” de la dueña de los votos: el haber “fichado” a Alberto Fernández para que luego este, haciendo uso de sus habilidades como operador, hiciera entrar a Sergio Massa, reuniendo el caudal electoral suficiente para el triunfo del Frente de Todos en octubre, sin la necesidad de peligrosos ballotages. Una narrativa brillante y, hasta cierto punto, épica. Y así quedó finalmente instalado en la conciencia colectiva, como una jugada de ajedrez que posibilitó la victoria, la que puso punto final a una pesadilla de cuatro años de saqueo y masacre macristas. Alberto Fernández sería el presidente y Sergio Massa tendría el control del poder legislativo en la presidencia de Diputados, pero el gobierno lo tendría efectivamente Cristina Fernández por haber aportado el 90% de los votos.

Todo el que tenga fresca la memoria de esos días tan intensos que precedieron las primarias del mes de agosto de 2019 recordará que ese era el plan y que por ese plan la enorme mayoría aceptó tragarse el sapo de Sergio Massa como candidato a primer diputado y el sapo del propio Alberto Fernández en un lugar que de ninguna manera le correspondía ocupar, amén de muchos otros sapos. Había que ganarle a Macri.

De acuerdo con el relato dominante de la época, Sergio Massa fue el gran elector en aquel decisivo 2019. Massa tenía la llave y si presentaba su propia lista “por fuera” del armado del Frente de Todos, el resultado previsto sería un empate técnico entre el kirchnerismo y el macrismo, con la decisión postergada a una segunda vuelta en la que un alineamiento de las fuerzas de la reacción blanca podría darle el triunfo a Macri.

Todos parecían saber que la única forma de terminar con la pesadilla del saqueo macrista era alcanzando en octubre el 45% de los votos, o el mínimo necesario para ganar las elecciones ya en primera vuelta. Y que para eso era fundamental la concurrencia del Frente Renovador, el acuerdo con un Sergio Massa muy poco querido por la militancia. En cualquier otra circunstancia, una alianza con Massa sería resistida y rechazada por los simpatizantes y los militantes kirchneristas. Pero Massa tenía que entrar para lograr la síntesis, como veremos más adelante, para instrumentar el pacto. Y entonces la clave tiene que estar precisamente en las circunstancias.

“Sapos” para tragar

Las cosas en la política, como se veía más arriba, normalmente no son lo que parecerían ser y estamos hoy en condiciones de saber que la ya muy ponderada “jugada magistral” fue tan solo un simulacro, una puesta en escena muy bien elaborada con la finalidad de lograr un objetivo puntual que es el de generar las circunstancias. Aquí no hay ni podría haber valoraciones de tipo moral, no se trata de buenos y malos. Se trata, como diría Maquiavelo, de los fines. Un proyecto político determinado debe aplicarse para romper el estancamiento, que ya dura una década, debe emerger una figura que sea aceptada tanto por griegos como por troyanos para encabezar ese proceso.

¿Cómo puede saber el atento lector que eso es así, que estamos ante una monumental operación de sentido para el cierre de la grieta rompiendo el empate? Pues utilizando la lógica, ordenando las premisas de acuerdo con la información pública actualmente disponible. Y allí la primera verdad insoslayable es la siguiente: si de Sergio Massa realmente hubiera dependido el resultado de las elecciones del año 2019, de ninguna manera el tigrense hubiera inclinado la balanza ni mucho menos en favor de Cristina Fernández. El que conozca la trayectoria de Massa y también sepa a qué intereses reales representa en la política, sabrá intuitivamente que el objetivo central del Frente Renovador es la destrucción total del kirchnerismo.

El propio Massa lo afirmó en varias ocasiones y hasta prometió en encendidos discursos de campañas pasadas que venía a frenar a la dueña de los votos. Después de eso, Massa colaboró con el triunfo de Mauricio Macri en las elecciones del año 2015 y fue un aliado fundamental del régimen macrista. Es lógico, por lo tanto, que si Massa hubiera sido de hecho el gran elector en 2019, si el resultado de esas elecciones hubiera dependido de su voluntad, entonces se hubiera impuesto la alianza con ese sector específico del poder que es el macrismo y Macri no hubiera tenido mayores problemas en obtener su reelección. ¿Por qué habría de cambiar de bando, si al menos teóricamente siempre estuvo del lado que mejor representa sus propios intereses?

El Frente Renovador existe y se llama así precisamente porque se ha presentado siempre como esa “renovación” pretendida que se reduce a la superación del kirchnerismo. El que Massa nunca haya podido llevar a cabo la faena deseada es una simple cuestión de impotencia electoral, esto es, Massa nunca fue capaz de derrotar al kirchnerismo en las urnas, salvo en unas elecciones de medio término en las que la decisión no estuvo, incluso porque su triunfo en esa ocasión no fue a nivel nacional.

Acompañado por Sergio Massa, Mauricio Macri viajó por el mundo tejiendo la red para el endeudamiento de la Argentina y el posterior saqueo de los empréstitos. La obviedad ululante es que el actual “compañero” Massa es más que cómplice del vaciamiento del país: es un partícipe necesario, el que dio la gran parte de la gobernabilidad que Macri necesitaba para llevar a cabo su plan infernal.

La primera premisa del razonamiento lógico en el pacto hegemónico es esa misma, es que Sergio Massa y el Frente Renovador solo existen en la política argentina porque tienen por meta la destrucción total del kirchnerismo, se los financia para eso. Por lo tanto, de haber sido el gran elector en las elecciones del año 2019, Massa habría optado por hacer perder al kirchnerismo, nunca al revés. De esta primera premisa se desprende una disyuntiva crucial, a saberla: o bien la decisión de quién ganaría las elecciones de 2019 nunca estuvo en manos de Massa, o bien el Frente de Todos nunca fue el kirchnerismo. Es un dilema lógico, una cuestión binaria que no admite grises.

Si el Frente de Todos expresa el proyecto kirchnerista, entonces Sergio Massa jamás se hubiera subido a ese tren para hacerlo ganar elecciones. Al existir en la política como representación de un proyecto que ya por definición es diametralmente opuesto al kirchnerismo entendido como lo nacional-popular, como heredero directo del peronismo clásico, el Frente Renovador y el propio Sergio Massa jamás le darían el triunfo a ninguna coalición donde hubiera un mínimo olor a kirchnerismo.

En una metáfora extrema y a la vez patética, si tuviera que elegir entre el kirchnerismo y el diablo, Massa optaría siempre por este último y no por ningún encono, no es nada personal. Es que son antikirchneristas los intereses que financian al Frente Renovador y garantizan la existencia del propio Sergio Massa en la política. Massa no podría ni tendría ninguna razón para obrar en contra de los intereses que lo nutren. En una palabra, sea cual fuere el proyecto del kirchnerismo, Massa va a estar siempre en la vereda opuesta. Para eso existe.

Quedamos entonces, el atento lector con nosotros, frente a la disyuntiva esencial de todo este intríngulis. ¿Hubiera ganado las elecciones del año 2019 el Frente de Todos sin el concurso decisivo de Sergio Massa? Es contrafáctico, por cierto, pero es lícito suponer que una lista del Frente Renovador —considerando el alcance de la estructura massista, sobre todo en la provincia de Buenos Aires— hubiera obtenido entre el 8% y el 15% de los votos, ubicándose claramente como tercera fuerza.

¿De dónde habrían venido esos votos? Ciertamente tanto del macrismo como del kirchnerismo, puesto que Massa se presenta justamente como esa “ancha avenida del medio” y naturalmente bebe en ambas fuentes. Se deduce entonces con facilidad que el 48,24% ganador de Alberto Fernández no hubiera sido, no llegaba el Frente de Todos al 45% mínimo necesario para ganar en primera vuelta sin Massa y todo se hubiera definido en un ballotage, donde todas las demás fuerzas minoritarias —incluso la de Sergio Massa— se hubieran unido a Juntos por el Cambio para ganar otra vez por un punto, como en el 2015.

Mauricio Macri y Sergio Massa, junto al entonces vicepresidente y actual presidente de los Estados Unidos, Joseph “Joe” Biden, ya en los primeros días del gobierno macrista. El objetivo de Macri fue entonces el de obtener el apoyo estadounidense a su gobierno, pero Massa tenía otras intenciones y fue a buscar la bendición del poder global para su plan futuro, el propio pacto hegemónico que no funcionaría sin el Poder Judicial y, por supuesto, el apoyo de la embajada yanqui.

La única respuesta lógicamente posible es que el Frente de Todos no es una “jugada magistral” de Cristina Fernández convocando a Alberto Fernández para que este, a su vez, hiciera entrar a Sergio Massa en la alianza, sino todo lo contrario. El Frente de Todos solo puede ser obra del propio Sergio Massa, no puede ser otra cosa que su criatura para el cierre de la grieta forzado y basado en el engaño. Con el peso de la extorsión judicial a cuestas (como explicábamos en la última edición de esta revista), a Cristina Fernández se le impone a Alberto Fernández en la cabeza de la lista y más tarde se genera entre este y Sergio Massa la puesta en escena del cafecito y la persuasión sobre el cierre de las listas.

Pero son humo tanto el cafecito como la persuasión, ya todo venía cocinado de antemano y Sergio Massa no necesitó otra cosa que esperar para hacerse rogar por los kirchneristas. De haber hecho al revés y de haber blanqueado la situación, no habría logrado convencer a la enorme tropa kirchnerista a aceptarlo y todo el plan haría agua. Pero la narrativa del Frente de Todos como una maniobra de Cristina Fernández cuya condición sine qua non para el éxito fue el concurso de Massa habilitó la idea del “sapo” a tragarse para ganar. En otras palabras, un Sergio Massa en el origen del proceso y como artífice del Frente de Todos sería inaceptable para la tropa, pero el mismo Sergio Massa como un “sapo” cuya ingestión aparecía como necesaria para el triunfo del armado ya no es aceptable ni inaceptable, sino directamente obligatorio.

¿Por qué funciona?

Alberto Fernández no puede persuadir a Sergio Massa de nada y mucho menos de entrar en alianzas por el simple hecho de que allí los roles están ya claramente definidos de antemano. Luego de abandonar el cavallismo y de ocupar la Jefatura de Gabinete durante el primer kirchnerismo en la calidad de garante magnettista del célebre acuerdo entre Néstor Kirchner y Héctor Magnetto, Fernández fue desde siempre un subalterno de Massa en el Frente Renovador. Sergio Massa siempre fue, todo el mundo lo sabe, el jefe en ese armado que le es propio, por lo que aquí la narrativa está patas arriba. Alberto Fernández no convence a Sergio Massa en último minuto a sumarse al Frente de Todos. Sergio Massa inventa el Frente de Todos ya con Alberto Fernández en el lugar de candidato titular a presente y luego le impone a Cristina Fernández —extorsión judicial de por medio— el esquema.

Allí tenemos una narrativa que es diametralmente opuesta a la realidad, hay un Frente de Todos que no solo no es lo que nos han dado a pensar que es, sino que además es todo lo contrario. Todo el actual gobierno de Alberto Fernández, su política económica, sus contradicciones groseras, su comportamiento errático y la guerra sorda entre un kirchnerismo extorsionado y un massismo que no puede todavía mostrar su verdadera cara de dominante son la expresión cotidiana de la naturaleza massista del Frente de Todos, su real naturaleza.

Sergio Massa es el ungido por el poder para sintetizar el kirchnerismo y el macrismo, cerrar la grieta en la Argentina y terminar con el empate hegemónico aplicando la totalidad de un proyecto político-económico luego de una década exacta de estancamiento en la grieta. La pelota va a caer donde él está.

Ahora bien, ¿cómo es posible que funcione semejante maniobra? ¿Cómo se hace para que la tropa kirchnerista no sospeche que está siendo arrastrada hacia un cierre de grieta que supondrá y ya está suponiendo el abandono de todas las convicciones que definen al kirchnerismo como fuerza política y representación?

El Famoso cafecito entre Alberto Fernández y Sergio Massa, puesta en escena genial para instalar la idea de que aquel venía a convencer a este a formar en el Frente de Todos como primer candidato a diputado nacional por la provincia de Buenos Aires. Esa es una de las más grandes patrañas de la historia política argentina. Fernández no puede persuadir a Massa de nada en absoluto, puesto que allí existe una muy bien definida relación de subordinación en la que Massa está arriba y Fernández abajo. El cafecito instaló la narrativa patas arriba, el Frente de Todos siempre fue el instrumento de Sergio Massa para hacer la demolición controlada y la transición.

Con tiempo y, fundamentalmente, con astucia. Luego de llevar a cabo la brillante maniobra de imponer una narrativa patas arriba, el propio Frente de Todos como una creación de Cristina Fernández para derrotar a Macri, llega el momento de gobernar y aquí se presenta un nuevo problema: una campaña electoral son los discursos de los candidatos, son palabras; un gobierno, no obstante, son decisiones políticas que puestas en un contexto son suficientes para determinar la real naturaleza del mismo gobierno.

Fue posible manipular a todo el kirchnerismo durante la campaña con eslóganes como “poner la Argentina de pie” y “terminar con la pesadilla macrista”. ¿Cómo lograr, sin embargo, que los manipulados no vean la hilacha a medida que el gobierno avanza con la ejecución de un programa que nada tiene que ver con las convicciones declamadas durante la campaña electoral?

Quince meses han pasado desde la asunción de Alberto Fernández en diciembre de 2019 y el gobierno del Frente de Todos no ha aplicado una sola política de Estado que materialice las convicciones expresadas en el discurso electoral, no se ve en las decisiones del presidente Fernández ni un solo vestigio de kirchnerismo, sino más bien todo lo contrario. Entre ajustes, devaluaciones a cuentagotas, agachadas, retrocesos, sumisión al Fondo Monetario Internacional y a la oligarquía saqueadora y mucha ineptitud simulada para tapar el bache, el gobierno de Alberto Fernández despliega con exuberancia la agenda del Frente Renovador, que es la agenda de Sergio Massa.

El mismísimo Massa asoma una y otra vez, asumiendo el protagonismo por momentos y hasta inaugurando obras en un rol de poder ejecutivo que teóricamente no debe jugar. Todas las evidencias indican que el Frente de Todos es el Frente Renovador, que el kirchnerismo ha sido inducido a votar y a apoyar un proyecto político que no le es propio e incluso le es contradictorio, todo está a la vista y, aun así, existe una enorme cantidad de kirchneristas que sigue apoyando al gobierno como si se tratara del primer kirchnerismo. ¿Cómo puede ser semejante disparate?

Claro que el advenimiento del coronavirus ayudó mucho para sostener la farsa. Con la llegada de la pandemia, se suspendió durante varios meses la política y el gobierno pudo además refugiarse en el lugar del gestor de la crisis, un lugar desde el que pudo no tomar decisiones de política económica o bien ocultarlas tras el discurso de la emergencia sanitaria y el de la unidad nacional con el “enemigo invisible”. En paralelo, el FMI como pretexto de una negociación interminable que nadie parecería comprender sirvió también para retardar los tiempos. Los casi 500 días de gobierno de Alberto Fernández han sido posibles sin un quiebre definitivo con el kirchnerismo traicionado en buena parte porque la política estuvo suspendida por la pandemia en más de la mitad de esos días.

El pacto hegemónico, con el Frente Renovador por una parte y el kirchnerismo por otra. Limitada por la extorsión judicial contra sí misma y contra su familia, Cristina Fernández ha debido pactar y, de no haber sorpresas en el proceso, el tercio duro del kirchnerismo tiene como destino una futura reconversión, a plegarse paulatinamente al proyecto único que resultará como síntesis del colapso de la grieta.

Si bien las señales de alarma aparecieron ya en los primeros días de gobierno, al viajar oficialmente el presidente a Israel a reunirse con Benjamín Netanyahu, las contradicciones no habrían de presentarse en todo su esplendor sino hasta mediados del 2020 con el fiasco de Vicentín. De allí en más el gobierno del Frente de Todos ha ido enajenando apoyo del kirchnerismo de forma paulatina. A cada contradicción iban apareciendo los “desilusionados”, aunque todavía son minoría. La mayoría de los adherentes de Cristina Fernández sigue apoyando al gobierno del Frente de Todos, quizá ya sin tanta pasión. Pero allí están y son la garantía de que el gobierno del Frente de Todos no vaya ni para adelante ni para atrás.

Terminado el coronavirus como pretexto para la inacción, el apoyo de los kirchneristas que aún siguen en el Frente de Todos se sostiene con recursos para los intendentes y gobernadores, cargos para los dirigentes “sin tierra” y mucha grieta para los de a pie. Hoy por hoy, más que un verdadero apoyo a Alberto Fernández lo que predomina entre la tropa es el sentimiento de deber patriótico en el sostener al actual gobierno para que no vuelva el macrismo. No hay logros de gestión para reivindicar, es cada vez más difícil defender con argumentos la posición albertista. La solución, por lo tanto, es correr el eje: con la hegemonía mediática al servicio del pacto, todos los medios asumen la agenda única de la grieta en la que jamás se pone la lupa sobre la economía.

Y así se suceden los pequeños escándalos aquí y allí, donde el macrismo actúa como guardián de la moral con la bragueta abierta y los de en frente, sin nada positivo para argumentar puesto que la gestión de gobierno sigue con el ajuste de los cuatro años anteriores, pero con mucho gradualismo, solo atinan a recordar que durante el gobierno de Macri todo estaba peor. La grieta anula a ambos bandos, los macristas sin autoridad moral para exigir nada en absoluto y los kirchneristas asumiendo la defensa de aquello que consideran ser lo menos peor en las actuales circunstancias.

El objetivo de Sergio Massa es transitar todo lo que falta hasta el 2023 de esta forma, para que Alberto Fernández asuma todo el desgaste y termine su mandato como un cadáver político, inhabilitado ni siquiera para pensar en reelecciones. En poder del aparato estatal y con la complicidad de una “oposición” que no es tal, sino un instrumento sucio de la oligarquía y del poder fáctico en general, la Argentina llegará a octubre del 2023 con un presidente en retirada, con la dueña de los votos inhabilitada por la extorsión judicial y la mesa servida para que Sergio Massa gane las elecciones sin mayores problemas. Si el plan falla y un estallido abrevia la presidencia de Fernández, el resultado es el mismo, pero con elecciones anticipadas y un Massa triunfante con el apoyo del kirchnerismo —el que no se va a mover de donde está mientras exista el macrismo en el horizonte— y el discurso de la unidad y la reconstrucción nacional.

Entre la gestión del coronavirus y el uso de la ideología de género para distraer al sector más fanatizado de la militancia, Alberto Fernández ha podido llevar a cabo quince meses de ajuste, devaluación y entrega de la soberanía nacional en las mesas de la especulación financiera sin que se diera un quiebre con el kirchnerismo. Muchos militantes ya sospechan que han sido engañados, pero mientras tenga en frente la perspectiva del retorno del macrismo van a seguir apoyando a Fernández aunque este aumente la intensidad de la implementación del proyecto cipayo.

El Frente de Todos es el plan de transición y de cierre de grieta que los poderosos del mundo han pergeñado para la Argentina. Cuando la transición concluya, ambos bandos en la grieta estarán moralmente derrotados, el macrismo por el monumental saqueo entre el 2015 y el 2019 y el kirchnerismo por haberse quedado literalmente pegado con un rotundo fracaso posterior al saqueo. La anomia predominará en la sociedad hasta los límites del “que se vayan todos”, todos los dirigentes de las etapas anteriores estarán signados por el rechazo popular y solo Sergio Massa, el oportunista que se hace visible únicamente en las buenas, como en la propuesta de la reciente actualización del impuesto a las ganancias o en las obras que se presenta a inaugurar aquí y allí, tendrá una imagen relativamente preservada para asumir la conducción de la nueva etapa.

Y entonces sí, hundidos tanto el kirchnerismo como el macrismo en la grieta colapsada, Sergio Massa llegará por aclamación a imponer un proyecto político-económico que no tendrá oposición durante los primeros años de su aplicación: el proyecto de los ricos del mundo en asociación con nuestra oligarquía cipaya en la agenda del nuevo orden mundial que el coronavirus vino a poner en marcha.

Sergio Massa es un brillante dirigente político. Es, en palabras del propio Alberto Fernández, el que más preparado está para ser presidente. Y lo será más o menos como lo fue Carlos Menem, como un adalid de la aplicación de un proyecto político diseñado por los de arriba y por los de afuera. Massa viene como Menem, con un puñal bajo el poncho y con el agregado de que no tendrá que proponer “salariazo” ni “revolución productiva”, esa estafa ya la hizo Alberto Fernández. Sergio Massa vendrá como profeta sobre tierra arrasada, probablemente proponiendo la dolarización sobre un peso argentino muerto.

Vendrá a decir solo una verdad y una mentira: hemos tocado fondo y esta es la única salida. La verdad será la obviedad ululante en un país de rodillas y la mentira será aceptada al no haber en la política ni una sola voz con capacidad para decir que hay otro camino más allá de la sumisión cipaya. Si el plan de Massa funciona, ese será el destino de la Argentina. ¿Quién podrá evitar que el plan de Massa funcione?


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