Con serias consecuencias para el ya de por sí delicado equilibrio social, se ha instalado a lo largo de la última década larga en Occidente y luego aquí en las colonias una subcultura que premia la debilidad como un mérito y hasta la transforma en un desiderátum. Tras una larga e intensa exposición a una narrativa victimista muchos jóvenes y algunos ya más bien entrados en años, quienes parecen haber olvidado su experiencia vital o a lo mejor nunca la han tenido, tienden a buscar deliberadamente una posición de vulnerabilidad desde la que puedan jugar el rol de víctima. La parte menos comprendida de aquello que se dio en llamar lo woke es la brusca alteración generacional en el comportamiento: al que hasta no hace mucho se le enseñaba a ser fuerte, a valerse por sí mismo y a no dejarse atropellar ahora se lo adiestra para ser un pobrecito que se deja arrollar con el solo fin de ir denunciar esa burla ante la autoridad.
Todo esto es mucho más grave de lo que parece pues modifica la postura del individuo frente al grupo hasta el punto de volverla socialmente inviable. Haga el atento lector un poco de memoria y recuerde cómo se les instruía a los más chicos moralmente para reaccionar ante una agresión en los años 1980, 1990 y hasta bien entrado el presente siglo. Para empezar, sin importar la gravedad de la ofensa recibida, la primera regla moral impuesta por la comunidad fue desde siempre la de nunca, en ninguna circunstancia, ir a “botonear” al agresor ante un tercero. Esto está inscrito en toda la cultura de Occidente y de Hispanoamérica como una ley pétrea que nadie quería quebrantar para no quedar como un “cagón”. El lenguaje vulgar o soez aquí no es gratuito, sino que aparece con el fin de estimular la memoria del lector sobre las categorías esenciales del comportamiento social del hombre hasta no hace mucho.
Nadie “botoneaba” para no quedar como el “cagón” que busca refugio debajo de alguna pollera protectora. Los que hemos sido contemporáneos de la serie de televisión El Chavo del 8 —y fuimos millones, decenas de millones a lo largo de décadas desde 1973 en adelante— nos educamos con el ejemplo negativo de Quico, ese personaje interpretado por el célebre Carlos Villagrán que a sus nueve años se vestía como marinero e iba a acusarlos a todos con su mamá, la Doña Florinda, interpretada esta deliciosamente por Florinda Meza. Nadie quería ser como Quico, ese personaje existió como un reflejo de lo que ya existía en el sentido común y es lo vil de un comportamiento que no sabe lidiar con las ofensas del cotidiano sin ir a llorar al regazo de un mayor. Y existió de modo educativo, existió para educar a los más chicos en que el ser como Quico era motivo de vergüenza.

Entonces a uno, tras haber recibido socialmente una agresión, una vejación o una burla, lo último que se le ocurría era ir a hacer una denuncia. Más bien todo lo contrario. De ser incapaz de responder a la altura al atropello, uno trataba de salir lo más rápidamente de esa situación sin que nadie llegara a enterarse de lo sucedido. Era vergonzoso ser una víctima y más todavía ir a buscar a un tercero por justicia. El sapo en todo caso se tragaba en silencio y se anotaba discretamente para futuras retaliaciones, fueran estas posibles en la práctica o no. Y así iba educándose el hombre para enfrentar a lo largo de su vida el problema de la conflictividad con sus pares, iba haciéndose lo suficientemente duro al aprender que así es la vida y que no siempre allá afuera todos van a portarse bien y/o con amabilidad. Iba, en una palabra, incorporando a su conciencia el hecho naturalmente complejo de vivir cerca de otros.
Pero algo ocurrió y de un tiempo a esta parte esos códigos de convivencia social fueron perdiéndose y reemplazándose por los valores opuestos, por aquellos que en un pasado no muy remoto habían sido negativos. Lo que antes fue indeseable y motivo de vergüenza ahora es lo que se quiere y es lo que se busca, el rol de víctima se premia con visibilidad social e incluso con emotivos actos de “reparación” en los que muchos van a ir a hacerse los compungidos para no ser tildados de “insensibles” o algo todavía peor. Los valores sociales para el comportamiento frente a la conflictividad natural entre pares han evolucionado —en realidad involucionaron— de un sistema que educaba para la resiliencia frente a la adversidad a uno que valora positivamente al que se quiebra y, por lo tanto, tiende a resultar en toda una generación de débiles moralmente quebrados.

Ahora está de moda, véase bien, ser como Quico, llorar públicamente por la ofensa recibida y luego ir a hacer la denuncia correspondiente ante alguna pollera protectora, la que normalmente es el Estado como fuerza represiva. El victimismo se premia socialmente y por eso, luego de publicar la ofensa recibida en las redes sociales para que hipócritamente se solidaricen los compungidos con un corazoncito o un comentario lleno de superioridad moral simulada, el individuo agraviado acude a la policía, la que está obligada a tomar cartas en el asunto porque toda una legislación ha sido aprobada a tal fin. En vez de salir a buscar al agresor para ajustar cuentas y pasar a otra cosa, que es lo que funcionó en toda la existencia de la humanidad, la víctima orgullosa de serlo hace de una diatriba una causa penal. Y lo más curioso es que nada de esto les hace ruido alguno a muchos.
Es así, a prácticamente nadie parecería asombrarle ya que el Estado, con su fuerza represiva, su policía y su poder judicial, esté ocupado en resolver cuestiones de diatriba entre pares en la capilaridad social más básica. “Es lo que corresponde, el que las hace las tiene pagar”, dirá algún justiciero de esos que se hacen los compungidos en los actos de desagravio. ¿Pero qué es lo que se hizo exactamente y debe pagarse? Pues se le dijo “negro”, “puto” o “mogólico” a alguien, hubo un intercambio agresivo y vulgar entre dos o más individuos. En otro tiempo la ofensa se respondía con otra igual o superior, en casos extremos los implicados se agarraban a trompadas y la vida seguía como si nada hubiera pasado. ¿Por qué? Porque en efecto nada pasó, nada que no esté previsto en la relación de coexistencia humana desde que el mundo existe.

“¡Puto!”, gritaba un energúmeno. “Más puto será tu viejo”, le respondía la contraparte del mentecato de sucia boca. Tensión liberada de ambas partes y problema resuelto sin mayores consecuencias. Ahora no. Ahora, ante una ofensa, lo que corresponde es victimizarse y, como Quico, acusar con la policía al agresor por “homofobia”. Causa penal, abogados, acuerdo o juicio. “Ud. tiene que arrepentirse de lo que dijo”, parece aconsejar la ley como lo hizo Mauro Viale frente a Alberto Samid. Pero Viale y Samid habían sido educados en una cultura que no premiaba el victimismo y directamente prohibía “botonear” con la autoridad. ¿El resultado del incidente, el que hoy se consideraría un grave caso de antisemitismo? Viale y Samid se agarraron a trompadas y a patadas, rompieron todo un estudio de televisión y nada, rigurosamente nada pasó. Ambos siguieron cada cual con lo suyo y el episodio, por haber sido registrado por las cámaras, terminó siendo un mito urbano.
Pero solo porque había cámaras, ya que de otro modo ni eso. Claro que lo deseable sería violencia alguna, que nadie se agarrara a trompadas y a patadas con sus pares. Pero esa es una entelequia. La agresividad existe en la naturaleza del hombre y no va a dejar de existir porque se prohíba por ley. De hecho, la prohibición puede tener y seguramente tendrá en el mediano plazo efectos colaterales no previstos por las delicadas almas que tienen la brillante idea de judicializar conflictos verbales entre pares. En la mayoría de los casos, un conflicto humano se resuelve con el intercambio agresivo de palabras sin pasar jamás de eso. ¿Por qué? Porque el hombre es un animal que teme la muerte violenta e intuye preculturalmente, intuye como lo hace cualquier otro animal, que el enfrentamiento físico puede dar ese resultado indeseado. Y por lo tanto lo evita cambiándolo por una diatriba.

El hombre es el único animal con la capacidad de hacerlo, dicho sea de paso, puesto que los demás animales no tienen cultura, no saben insultarse y necesariamente resuelven sus tensiones mediante el enfrentamiento físico simple y vulgar. Por lo tanto, hablando otra vez de humanos, sería prudente preguntarse a qué dimensión paralela irán a parar todas esas tensiones que antes se liberaban y se disolvían después de una diatriba, que es una buena puteada. ¿A nadie se le ocurrirá que quizá la represión de estas tensiones puede llegar a funcionar como funcionaría el intento de tapar con hormigón el cráter de un volcán? El animal que no sabe resolver sus contradicciones con palabras, como veíamos, lo hace mediante el empleo de la fuerza. ¿No será que el objetivo deseado por quienes crean estas ingenierías sociales es precisamente la animalización del hombre por la prohibición del ejercicio de su atributo humano que es el habla?
Imposible saberlo. Lo cierto es que la represión de las tensiones que antes se saldaban verbalmente solo puede resultar en que pasen a resolverse con la fuerza, ya que no van a desaparecer. Cierta sociología afirma que la violencia empieza con palabras y luego deriva a la agresión física, esto es, que escala a medida que la diatriba va subiendo de tono. Esto puede ser cierto en algunos casos, aunque no en todos ni mucho menos. En realidad, por observación simple el atento lector sabrá que la mayoría de las diatribas no pasa jamás a la violencia física, termina en la propia diatriba allí donde esta existe para evitar lo otro, precisamente. Entonces es fácil concluir que la represión del habla reprime también la tensión, la hace escalar silenciosamente y la hace explotar cuando menos se espera. Como el volcán cuyo cráter fuera tapado con hormigón a modo de prevenir erupciones.

Es por cierto algo antinatural, pero el sentido común tiende a creer que el hombre va a dejar de ser agresivo si se le prohíbe el serlo. Siglos de códigos penales nunca pudieron evitar el crimen, ningún diálogo diplomático pudo evitar una guerra cuando esta tuvo que librarse. Pero generalmente se cree que el problema barrido debajo de la alfombra deja de ser un problema, que no existe lo que no se ve. Montado sobre esta tendencia generalizada a la inocencia hay ciertamente un poder, uno que construye las narrativas para adueñarse de la realidad definiendo lo que está bien y lo que está mal para toda la colectividad. Aquí empieza la parte política de este asunto, la que va mucho más allá de la cooperación de los idiotas útiles y tiene que ver con una ingeniería social orientada a un fin determinado que es la manipulación del sentido común para la dominación.
Es importante comprender que el único escollo real que tiene el poderoso en su proyecto de dominación de las mayorías es la cohesión social de estas, es decir, los pocos no pueden dominar a los muchos si estos no están divididos y enfrentados entre sí. El poder, por lo tanto, necesita caos social constante, necesita que no exista ningún equilibrio social basado en códigos y normas de comportamiento consuetudinarias. No necesita hombres fuertes que sepan portarse en cada circunstancia y situación basados en lo que fueron aprendiendo al socializarse, sino individuos débiles que ante el menor inconveniente se pongan a llorar y acudan a la autoridad estatal exigiendo la represión para quienes debieron ser sus pares y ahora, con el mundo patas arriba, son sus enemigos. Lo que el poder necesita es una guerra de todos contra todos entre los de abajo y eso solo se logra en una sociedad repleta de débiles y cobardes.

No es difícil ver, ya que nada se hace realmente en secreto, que todas y cada una de las campañas de “concientización”, que cada curso de “capacitación” contra el racismo, el machismo, el antisemitismo y demás movidas basadas en ismos cuya premisa fundamental es el insulto verbal fueron financiadas fuertemente siempre por quienes tienen el dinero para hacerlo y fueron además difundidas hasta el cansancio por los medios de comunicación que, como se sabe, también pertenecen a esos mismos potentados. Esto suscita una interesante cuestión sobre la naturaleza de los ricos del mundo, pues si los dueños de todo financian aquellas campañas, aquellos cursillos y las demás movidas dichas “progresistas”, entonces los dueños del mundo son, en realidad, unos tipazos. Los ricos son gente que está genuinamente preocupada por si a Pedro, el verdulero, le gritan “puto” o si al hijo de Doña Rosa le dicen “mogólico” y actúan en consecuencia invirtiendo sus fortunas para que nada de eso ocurra.
Pero, claro, los Rothschild, los Soros y los Rockefeller de la vida no son buena gente ni están preocupados por lo que les pase a los de a pie, ni los registran más que como masa para esclavizar o descartar. ¿Entonces por qué financian con su bolsillo campañas para erradicar el racismo, cursos de “perspectiva de género” para terminar con el machismo y esas movidas tan empáticas que los medios masivos de difusión ponen hasta en la sopa? Porque, véase bien, lo que quieren no es erradicar nada ni terminar con nada. Lo que las élites globales quieren es potenciar todas las contradicciones que ya existen hasta transformarlas en conflictos sociales concretos. No quieren diatribas, sino violencia real y palpable. Y ya entendieron que para transformar la tensión constante en enfrentamiento lo que deben hacer es prohibir socialmente la expresión verbal de esas tensiones.

Ud. puede no creer que esto es así, aunque para hacerlo deberá adherir a la hipótesis de que George Soros es bueno y que los dueños de los grandes medios de comunicación están verdaderamente preocupados por algo más que sus fortunas. En una palabra, Ud. tendrá que pensar que el poderoso está filantrópicamente interesado en la paz social. Pero como Ud. no es un estúpido, ciertamente sabrá que si el poder fáctico del dinero dice que algo es bueno, entonces ahí tiene que estar el mal absoluto. Si el poder real dice que está mal insultar al otro y construye el consenso necesario para que se prohíba dicho insulto, la única conclusión posible es que está buscando transformar la diatriba en algo peor. ¿Qué es peor? Pues la violencia física concreta, la que adviene cual explosión volcánica al reprimirse la expresión verbal de las tensiones sociales entre pares.
Sí, el poder real está tapando el cráter del volcán con hormigón para que no ocurran las erupciones normales, para que estas se repriman hasta que ya no puedan reprimirse y se manifiesten finalmente en la forma brutal de una explosión. Está animalizando al hombre mediante la prohibición del habla para que, al no poder hablar, termine siendo como cualquier animal salvaje. Elija Ud. la figura del lenguaje que mejor le quepa, pues el lenguaje es el atributo propio de su humanidad, pero comprenda lo siguiente: no hay un solo escenario de la realidad en el que los de arriba estén preocupados con su bienestar, el de su familia, amigos y comunidad. Para los de arriba Ud. es una cifra, Ud. no existe y además estorba porque pretende comer todos los días. Ud. es material para el descarte y cada vez que el poder venga a decirle cómo portarse, a Ud. le conviene hacer justo lo radicalmente opuesto.

Por lo tanto, si todos los canales de televisión dicen que es un delito llamar “negro” a un negro, decirle “puto” a un puto o lo que fuere, no es porque los dueños de esos medios estén preocupados por la dignidad de los negros o de los putos. Lo que ellos quieren es que Ud. no sepa expresar con un poco de civilidad aquello que piensa y siente en un determinado momento, que esa imposibilidad vaya convirtiéndose silenciosamente en un odio que Ud. antes no tenía y que, entonces sí, Ud. empiece a comportarse como esos bárbaros que en los Estados Unidos, por ejemplo, entran armados hasta los dientes a una escuela o a un cine a hacer aquello que en esas latitudes pasa, lamentablemente, con mucha frecuencia. Ellos quieren, necesitan que Ud. sea un débil viviendo entre cobardes hasta que la frustración acumulada en el tiempo se convierta en locura y en violencia.
La comunidad es un equilibrio delicado de contradicciones cotidianas entre los individuos que la componen. Esas contradicciones necesitan expresarse de alguna manera todos los días en pequeñas cuotas o se amontonan hasta transformarse en grandes problemas. El individuo que no sabe expresar sus contradicciones es débil y la suma de muchos individuos débiles resulta en una comunidad igualmente débil y, por lo tanto, en vías de disolverse. Y es la disolución social lo que el poder busca para dominar bien dividida a una masa de hombres atomizados, inermes ante la maldad de los malos que son muy poquitos. El premio social a la debilidad y al victimismo individuales solo pueden tener entonces por finalidad el debilitar y victimizar al grupo. Pero el hombre es bueno cuando resiste, no cuando se omite temeroso de que lo tilden de alguno de los calificativos que el poder crea para imponer la represión moral y prohibir el habla.
El insulto es civilización, no hay nada más civilizado que una buena puteada como forma de resolver un conflicto sin hacer como esos animales salvajes que se destrozan mutuamente por no saber decir qué sienten o piensan los unos de los otros. Alguien quiere reinar absoluto sobre el mundo y sabe que la forma de lograrlo es quitándole la humanidad y la civilización al hombre, hay que resistir cuidando el equilibrio social, evitando que la violencia escale y dejando de premiar a los débiles y a los cobardes que lucen como si de una cucarda se tratara un victimismo que no puede ser sinónimo de virtud. Al fin y al cabo, el vecindario de El Chavo del 8 funcionaba como comunidad en su caótico equilibrio porque allí había un solo Quico y nadie quería ser como él.