No es infrecuente en los círculos de la intriga política la expresión de que el kirchnerismo empezó a perderse y a dejar de tener un proyecto político definido cuando eligió escindirse del peronismo. Esa escisión tuvo lugar, al parecer, en algún momento entre el 2011 y el 2013, pudiendo ser que haya empezado en aquel año y culminado en este. Sea como fuere, al menos entre los militantes del peronismo entendidos estos como quienes orientan su praxis política en la observación de la doctrina del movimiento nacional justicialista de siempre, existe una percepción de que luego de una década ganada el kirchnerismo optó por tomar un rumbo distinto, se extravió durante una década perdida y el resultado de esa confusión se materializa en la catástrofe actual. Según esa percepción el ciclo kirchnerista tendría dos etapas muy marcadas: la primera, muy exitosa con el peronismo desde el 2003 hasta el 2013 y la segunda, la del fracaso socialdemócrata o progresista desde el 2013 hasta el presente.
Entonces al cumplirse la década ganada el kirchnerismo resolvió separarse del peronismo. ¿Pero qué significa concretamente para un ismo subsidiario y coyuntural el escindirse o separarse de su ismo madre y permanente, que en este caso es el peronismo? ¿Dónde se verifica objetivamente esa escisión? Muchos han tratado de definir esa separación por sus síntomas, sin llegar obviamente a ninguna parte con la conclusión. El abandono intermitente de la retórica peronista —que fue intermitente porque cada vez que se vio en dificultades el kirchnerismo volvió a apelar al discurso peronista para salir del brete—, la adopción de una agenda progresista que nada tiene que ver y además es directamente contradictoria respecto a la doctrina de Perón, el encumbramiento de dirigentes no peronistas y hasta antiperonistas. Todos esos y algunos otros fueron síntomas de la escisión del kirchnerismo respecto al peronismo, pero ninguno de ellos sirve por sí solo para explicar la escisión en sí misma.
En realidad, desde el punto de vista objetivo del kirchnerismo emanciparse del peronismo fue desconocer los fundamentos de la doctrina de Perón, fundamentalmente aquellos prescritos en ese famoso y breve decálogo que son las 20 verdades. Ese desconocimiento empieza ya y puede decirse que se resume cabalmente en la primera de esas verdades, según la que “la verdadera democracia es aquella donde el gobierno hace lo que el pueblo quiere y defiende un solo interés: el del pueblo”. En algún momento de su desarrollo como movimiento político el kirchnerismo quedó enceguecido por la ideología que lo fascinó desde siempre —la del socialismo del siglo XXI, una ideología que degeneró rápidamente hasta terminar siendo un vulgar progresismo urbano, pequeñoburgués, de panza llena y buenos modales— y dejó así de hacer lo que el pueblo quería para hacer lo que esa ideología exigía.

Eso es objetivo y puntual en tanto y en cuanto se trata de un cambio radical de praxis, un giro brusco en la forma de hacer política. No es lo mismo ser pragmático frente a la demanda social, que es dinámica y suele variar entre generaciones, que tener la rigidez dogmática de una idea fija que no se lleva muy bien con la herejía. Del pragmatismo peronista en el que los dirigentes se ajustan a la voluntad de sus representados al dogmatismo socialista, una praxis totalmente distinta en la que los dirigentes asumen la condición de “pedagogos” del pueblo, esto es, ya no hacen lo que el pueblo quiere, sino que le enseñan a partir de una ideología lo que es absolutamente bueno, bello y verdadero. Ese fue el tránsito concreto del kirchnerismo al emanciparse del peronismo, al declararse como superación y no como continuidad de este. Lo que el kirchnerismo hizo, por lo tanto, fue dejar de ser peronista al dejar de orientarse por los preceptos de la doctrina del peronismo.
En el momento de esa escisión el kirchnerismo dejó de ser peronista y pasó a ser una suerte de socialdemocracia que, en un revoltijo, mezcló en adelante ideas de izquierda con algo de filoperonismo en ciertas formas, sobre todo en el discurso para los tiempos de crisis. Y si bien la observación de que el kirchnerismo dejó de ser peronista nunca cae bien entre los kirchneristas y hasta se toma como una agresión, lo cierto es que esa separación es objetiva porque ninguna pertenencia política lo es por declamación, sino por praxis. Cuando en la forma de hacer política todos los días un dirigente, militante, partido o movimiento deja de orientarse por las generales de una doctrina o ideología, pues en ese momento se separa de esa pertenencia aunque siga usando y declamando su identidad. Un peronista no es quien se hace llamar como tal, es quien en su praxis aplica concretamente lo prescrito en la doctrina del peronismo.

Encandilado por el socialismo del siglo XXI, el kirchnerismo se volvió cada vez más socialista o más bien socialdemócrata, como veíamos, puesto que el socialismo como tal ya había caducado al caer el Muro de Berlín en 1989 y al disolverse el campo socialista en el Este en 1991. Pero aun siendo realmente socialdemócrata en la práctica, el socialismo del siglo XXI arrastra ciertos vicios ideológicos del socialismo de los siglos XIX y XX. Uno de esos vicios es la vocación profundamente autoritaria que deriva de la idea jacobina de una vanguardia iluminada. Dicha vanguardia, a su vez y precisamente por serlo, sabe lo que el pueblo necesita y lo sabe mucho mejor que el propio pueblo. Tanto el socialismo como su hermano gemelo, el liberalismo, son hijos de la revolución burguesa de Francia y llevan inscrita en su ADN esa característica vanguardista y autoritaria. Solo saben hacer política imponiendo y legan esta característica a sus hijos putativos, que son el socialismo del siglo XXI y el neoliberalismo, respectivamente.
Una ensalada realmente, el kirchnerismo pasó a ser una ensalada en la que se mezclaron fragmentos de la ideología jacobina burguesa de 1789 con sus derivados posmodernos, transformándose en un híbrido difícil de definir por ser discursivamente progresista y económicamente neoliberal a la vez. Eso es lo que en categorías del peronismo se suele llamar socialdemocracia, un progresismo en las cuestiones simbólicas mezclado con neoliberalismo a ultranza para los asuntos de economía. He ahí la sencilla explicación de la paradoja aparente, observada en los últimos diez años, de unos dirigentes que en el discurso hablan de “ampliación de derechos” mientras imponen ajuste, devaluación y destrucción de las condiciones objetivas de existencia de las mayorías populares trabajadoras y medias. Pero lo realmente esencial es que, al dejar de ser peronista, el kirchnerismo lo que hizo fue perder esa flexibilidad que caracteriza al peronismo frente a las demandas de los de abajo. Dejó de fijarse en lo que el pueblo pedía y pasó a hacer lo que la ideología mandaba.

Durante la década ganada entre el 2003 y quizá hasta el 2013 el kirchnerismo fue una continuación histórica del peronismo muy bien expresada en aquella célebre definición de Néstor Kirchner: “Somos peronistas, nos dicen kirchneristas para bajarnos el precio”. ¿Qué significó eso entonces? Pues que el gobierno kirchnerista iba a tener una conducción peronista, funcionarios peronistas para ejecutar las políticas de Estado de acuerdo a la doctrina y, fundamentalmente, una orientación doctrinaria basada en la premisa de que el gobierno no manda, sino que es esclavo de un pueblo libre y hace lo que ese pueblo quiere. Esa es la flexibilidad o el pragmatismo, es la lectura de la realidad de un momento y el rápido ajuste a las condiciones externas por parte de quienes dirigen.
De la década ganada a la década perdida
De acuerdo con el arquitecto Julio de Vido, que acompañó a Néstor Kirchner durante toda su trayectoria incluso antes de que este llegara a ser intendente de Río Gallegos, en el año 2012 se produce concretamente el quiebre entre el kirchnerismo y el peronismo en términos económicos, es decir, políticos en un sentido estricto. De Vido es el más longevo de los funcionarios del kirchnerismo, habiendo sido director de Obras Públicas, Desarrollo Urbano y Vivienda de la Municipalidad de Río Gallegos, administrador de Vialidad, ministro de Economía y Obras Públicas y ministro de Gobierno de la provincia de Santa Cruz y finalmente ministro de Planificación de la Nación desde el primero hasta el último día de los mandatos presidenciales tanto de Néstor Kirchner como de Cristina Fernández, entre el 2003 y el 2015. Son tres décadas de servicio en la función pública municipal, provincial y nacional, siempre bajo la conducción del matrimonio Kirchner.
Entonces Julio de Vido sabe de lo que habla cuando dice que al dolarizarse el precio del gas natural en boca de pozo y, en consecuencia, al perderse el control del precio del barril de petróleo el kirchnerismo inauguró una etapa de dolarización de la economía. Eso ocurrió en el año 2012, durante el segundo año del segundo mandato de Cristina Fernández o el tercero del kirchnerismo de un modo global. De Vido ubica en ese momento el origen de la catástrofe actual, pues la dolarización de la economía se debe a que se dolarizaron los precios de los alimentos por el maíz y por la soja y de los combustibles, por la razón antes expuesta. “Ahí se pierde el control”, dice Julio de Vido en una reciente entrevista con el influencer de las redes sociales Tomás Rebord. “Y cuando no se tiene el control, se pierde el poder político”, agrega. En ese preciso momento se produce la escisión entre el kirchnerismo y el peronismo, hecho que Julio de Vido ve materializado en el desembarco en el gobierno de funcionarios que no eran “del palo”.

“No digo que sean buenos ni que sean malos. Tal vez sean incluso mejores que nosotros, pero hasta ahora no lo han demostrado”, dice con fina ironía Julio de Vido sobre esos advenedizos que empezaron a copar el gobierno kirchnerista a partir del año 2012 y que finalmente fueron los encargados de la gestión socialdemócrata posterior hasta los días de hoy. Lo que describe Julio de Vido al hacer esa caracterización es el fin de la década ganada, esto es, el cambio del modelo económico que implica necesariamente el límite final de un proyecto político. Con la dolarización de la economía el gobierno de Cristina Fernández iba a pasar de un modelo económico de producción y trabajo a uno de renta y especulación, del peronismo a la socialdemocracia neoliberal. El ciclo peronista iniciado el 25 de mayo de 2003 terminaba allí.
El kirchnerismo entonces se transformó, abandonó la retórica de guerra a las corporaciones y al poder fáctico de tipo económico concentrado y empezó a pelearse con la “derecha” por la moralina. Entre el 2013 y el 2015 los últimos funcionarios peronistas fueron desterrados y la derrota frente a Sergio Massa en las elecciones de medio término del 2013 solo habría de acentuar y acelerar el proceso de metamorfosis: ya en enero de 2014 el flamante ministro de Economía Axel Kicillof introduce un ajuste y una devaluación que el pueblo argentino no había conocido en diez años. Empezaba allí un ciclo económico que habría de seguir con Mauricio Macri y luego con Alberto Fernández, un ciclo especulativo y rentístico, de crecientes dolarización y concentración de la economía, de sucesivos ajustes y devaluaciones y, en consecuencia, de constante descenso de la calidad de vida de las mayorías populares trabajadoras y medias. Empezaba la década perdida.

Es evidente que al abandonar el modelo económico de producción y trabajo y al dejar, por lo tanto, de ser peronista, el kirchnerismo ya no podía seguir interpelando al sujeto político del peronismo que es el trabajador de clase popular y media, ya no había con qué “enamorar” a ese sujeto en medio a un proyecto que favorecía al capital especulativo y castigaba al trabajo. En un primer momento se intentó simular esa interpelación apelando a los logros de la década ganada anterior para seguir a flote por mérito y ya no por la garantía de una prosperidad presente. Entre el 2013 y el 2019, pasando por el régimen macrista, el kirchnerismo subsistió con la promesa de algún día reeditar la década ganada, deterioró las condiciones objetivas de existencia de las mayorías en los dos últimos años del segundo gobierno de Cristina Fernández, pero tuvo asimismo el “colchón” tanto de la prosperidad que construyó hasta el 2013 como de la popularidad resultante de esa bonanza económica.
Y con eso llegó a las elecciones del año 2015, las que perdió por no poder o no querer administrar las innumerables contradicciones que ya para ese momento eran bien visibles. Al perder frente a Mauricio Macri en extrañas circunstancias —claramente se le hizo el vacío a Daniel Scioli, el candidato presidencial para aquellas elecciones, como buscando una derrota—, el kirchnerismo abrió literalmente las puertas del infierno entregando las llaves de la administración de lo público a quienes venían con el solo fin de saquear y endeudar para condicionar al país de cara al futuro. Macri habría de continuar el ciclo económico especulativo y rentístico iniciado durante el segundo gobierno de Cristina Fernández, pero además habría de dejar armada la bomba del endeudamiento con el Fondo Monetario Internacional (FMI) para que, aun queriéndolo, el kirchnerismo no pudiera abandonar luego la senda de lo rentístico y la especulación financiera. Macri aprovechó sus cuatro años de gobierno para enriquecerse a sí mismo aún más y a sus amigos y para atar muy bien la vaca.

Esa vaca quedó en efecto muy bien atada y aunque el kirchnerismo logró, mediante un poco de ingeniería electoral y mucha promesa de llenar las heladeras y volver a poner el asado sobre la mesa de las familias, construir el Frente de Todos para ganar las elecciones de octubre de 2019, a partir del endeudamiento las condiciones iban a ser muy distintas a las existentes en 2015. El FMI no es cualquier acreedor, porque si bien practica tasas de interés muy inferiores a las del mercado y tiene “paciencia” para con sus deudores, también se entromete en la política económica de los países endeudados hasta dirigirla completamente. En realidad, las tasas de interés bajas y la “paciencia” con el que debe son precisamente porque el FMI no quiere cobrar ninguna deuda: quiere perpetuarla con el fin de seguir digitando la política económica del que tiene la desgracia de caer entre sus garras. El negocio del FMI es no cobrar nunca porque el dinero “prestado” no es un préstamo, sino una compra de soberanía.
En otros artículos de esta Revista Hegemonía explicamos en detalle por qué el FMI hace eso, por qué presta dinero que no pretende recuperar e intenta quedarse a cambio con el control de la política económica de los países. El problema es que aun si el kirchnerismo hubiera querido con el Frente de Todos recrear un modelo económico de producción y trabajo eso no sería posible y entonces el kirchnerismo suma una estafa electoral a su lista de debacles. Habiendo prometido llenar las heladeras de las familias, cosa que únicamente se logra con un modelo económico de producción y trabajo, lo que el kirchnerismo prometió fue reeditar la década ganada en medio a unas condiciones tales que esa promesa no iba a poder cumplirse. El Frente de Todos fue una estafa electoral pues el kirchnerismo ya sabía de antemano que su plataforma de campaña era humo y que el modelo especulativo iba a continuar. Con el socialdemócrata Alberto Fernández en la presidencia y el globalista Martín Guzmán en el Ministerio de Economía no podía haber heladeras llenas, sino todo lo contrario.

Y el kirchnerismo quedó entonces pegado con esa estafa, hecho del que hoy se arrepiente amargamente pues tiene ahora entre sus manos una catástrofe económica de la que no podrá desentenderse. Ya no sirve como argumento la pesada herencia macrista para justificar un fracaso habiendo tenido cuatro años para revertir la tendencia y al menos haber enderezado el barco. La herencia es pesada y es real, Macri dejó la vaca atada condicionando al país para lo sucesivo, pero el kirchnerismo se dispuso a ganarle en 2019 las elecciones para hacer algo distinto de eso y no lo hizo. Lo único que hizo el gobierno del Frente de Todos fue profundizar la debacle, reforzar la imagen autoritaria inherente a la socialdemocracia socialista del siglo XXI —sobre todo durante la contingencia del coronavirus, con encierros, prohibiciones y controles sobre los de a pie mientras los de arriba seguían concentrando libremente la riqueza en la timba financiera— y poner al pueblo en una situación todavía peor que la dejada por Macri al despedirse.
El error “kapital”
Si se observa el proceso en retrospectiva, no obstante, es posible entender que el kirchnerismo jamás tuvo la intención de reeditar la década ganada con un modelo de producción y trabajo simplemente porque ya ha mutado en una fuerza política socialdemócrata, progresista y, por lo tanto, antiperonista a secas. Al girar a la izquierda el kirchnerismo incurrió al fin y al cabo en el mismo error del menemismo, pero en espejo: la desviación hacia uno de los extremos ideológicos. Carlos Menem optó en su momento por desviarse a la derecha y puede argumentarse que lo hizo bajo la presión de la hegemonía unipolar estadounidense resultante de la disolución del bloque socialista en el Este y el fin del orden mundial bipolar. Era creíble en esos días la hipótesis del “fin de la historia” que presentaba un campante Francis Fukuyama y Menem se la creyó, siguió la tendencia de los gobiernos de la región y no resistió. Todo argumento es válido y aun así no dejará esa de ser una desviación hacia uno de los extremos ideológicos.
Entre el 2011 y el 2013 el kirchnerismo hizo otro tanto girando a la izquierda y abandonando la tercera posición nacional justicialista que es la base del peronismo. El kirchnerismo dejó de ser pragmático en la atención de los deseos, miedos y necesidades del pueblo no ideologizado, se dogmatizó con el credo socialista del siglo XXI y así renovó totalmente sus cuadros. Los viejos peronistas de la década ganada fueron desplazados y sustituidos por toda una sarta de progresistas, socialdemócratas, comunistas arrepentidos tras la caída del Muro de Berlín y hasta radicales, todos ellos neoliberales, posmodernos y profundamente gorilas. Es por eso que, aun si quisiera volver a las bases y empezar de nuevo con la fórmula peronista del éxito, Cristina Fernández no podría jamás hacerlo puesto que está rodeada por los cuatro costados de gente que no está interesada en hacer lo que el pueblo quiere, sino en hacer lo que prescribe la ideología que los orienta, sea lo que fuere eso.

El kirchnerismo es hoy una vanguardia iluminada al estilo de los jacobinos de la revolución burguesa de Francia, sabe lo que es bueno para la gente y no tolera que los de a pie discrepen de ese diagnóstico. Los primeros signos de esa degeneración por izquierda empezaron a verse ya durante el segundo gobierno de Cristina Fernández, por supuesto, pero el cambio de narrativa iba a consolidarse en el trienio 2016/2018. Ya sin elementos de política concreta para interpelar a las mayorías trabajadoras populares y medias con progreso económico y social real, a partir del 2016 el kirchnerismo empezó con la construcción de un discurso orientado precisamente a las minorías. Aquí empieza la famosa “ampliación de derechos” simbólicos, relacionados a cuestiones de moral sexual, racial o religiosa y demás humos como forma de tapar el bache de la destrucción de los derechos sociales que solo pueden sostenerse en el marco de un proyecto de país de producción y trabajo.
Claro que esa es la fórmula que la socialdemocracia ha aplicado desde la República de Weimar en adelante, la de garantizar la libertad de hacer todo lo que al individuo le venga en gana, menos prosperar económicamente. Conviene no olvidar que en Weimar la aplicación de esa fórmula generó un problema que se saldó con el ascenso de Adolf Hitler y una posterior guerra mundial, por lo que es interesante no perder de vista la peligrosidad implícita en estos asuntos de hambrear a las mayorías mientras se hace desde el Estado un discurso progresista en cuestiones que no le dan de comer a nadie. Al escindirse del peronismo, el kirchnerismo optó por tomar esa senda socialdemócrata de “ampliación de derechos” y “visibilización” de las minorías por criterios morales y, en consecuencia lógica, la catástrofe económica actual no podría ser muy distinta a la que sufrieron los alemanes con su gobierno socialdemócrata hasta 1933.

El ascenso vertiginoso de oportunistas con discurso explosivo como Javier Milei es la prueba cabal de que la aplicación de similares métodos siempre da resultados iguales o parecidos, salvando evidentemente las distancias que puede haber entre Hitler y Milei, por supuesto. El caso es que a partir de 2016 el kirchnerismo comprende que puede suplantar la narrativa peronista de un proyecto político de producción y trabajo por otra narrativa, la de un proyecto socialdemócrata en el que el trabajo y la producción dan lugar a la especulación financiera y a la renta, pero desde el Estado eso se disimula con una “ampliación de derechos” para las minorías que no mueve la aguja en términos económicos. El rumbo queda fijo hacia el neoliberalismo y la timba financiera de los banqueros mientras el Estado “se hace el loco” por su parte con el relato progresista a todo lo que dé.
Eso es el gobierno del Frente de Todos, el de un kirchnerismo que alguna vez fue peronista y luego se transformó en un aguantadero de socialdemócratas. Ya en 2016, mientras simulaba alguna oposición al gobierno de Mauricio Macri —en realidad los legisladores kirchneristas acompañaron lo sustancial de la agenda macrista en el Congreso, posibilitando el avance de esa banda delictiva— el kirchnerismo abrazó con fuerza la narrativa dicha progresista de la ideología de género, del “revisionismo” histórico que en vez de revisar y corregir la falsificación niega directamente el mito fundacional de la nación, el indigenismo financiado por las oenegés con sede en Gran Bretaña, el mal llamado “garantismo”, el pobrismo y toda suerte de patraña globalista que pudo incorporar a su discurso. He aquí lo que pasó: habiendo descartado el proyecto político de producción y trabajo y la tercera posición nacional justicialista, el kirchnerismo le robó la agenda al trotskismo antinacional y antipopular, se la apropió y pretendió con eso reconstruirse después de emanciparse del peronismo.

La mismísima Cristina Fernández mordió el anzuelo y cual Carlos Menem en su momento se creyó que el relato dominante era verdadero y, sobre todo, duradero. En un gesto de incoherencia que no la caracteriza, puesto que en la política argentina no hay ningún dirigente que se aferre como ella a sus convicciones, la entonces senadora abandonó súbitamente su cristianismo para declararse prácticamente de la noche a la mañana feminista y abortera. Justo Cristina Fernández, véase bien, quien durante sus dos mandatos de presidente se empecinó en bloquear el tratamiento legislativo para la legalización del aborto en nuestro país, ni el debate permitió mientras tuvo la banda y el bastón presidenciales entre 2007 y 2015. ¿Qué pasó ahí? ¿Qué fuerzas tan poderosas fueron las que movieron la roca de las convicciones de una dirigente a la que propios y extraños suelen caracterizar como “terca” por su proverbial resistencia a cambiar de opinión sobre lo que fuere?
Pues bien, lo que pasó ahí no fue un cambio de opinión. La necesidad tiene cara de hereje (en este caso hasta literalmente, dicho sea de paso) y en esos días el kirchnerismo necesitaba una narrativa para sobrevivir. Habiendo abandonado la narrativa nacional justicialista del peronismo, que es toda una cosmovisión, el kirchnerismo debió aferrarse al relato falsificado de la “ampliación de derechos” del progresismo para no hundirse. Ya sin nada entre manos para ofrecerles a las mayorías populares y representarlas en la política, el kirchnerismo optó por representar a las minorías ruidosas sin necesidades básicas insatisfechas. Esas minorías sobrerrepresentadas y financiadas por las oenegés de las corporaciones hicieron bien su trabajo en los medios y en las redes sociales homologando sus causas al interés general y durante un tiempo el kirchnerismo pudo seguir hablando de “lo popular” ofreciendo aborto, educación sexual, lenguaje “inclusivo” y otros trámites burocráticos de poca monta para el 0,12% de la población. Pero las mayorías populares reales pronto se percataron de que nada de eso mejoraba sus condiciones objetivas de existencia y la narrativa hizo agua.

Agua, sí, agua por todas partes. No hay virtualmente nadie hoy en la política argentina que se anime a salir a hacer campaña con las banderas y los pañuelos del progresismo, los entusiastas del lenguaje “inclusivo” volvieron milagrosamente a comunicarse en castellano común y corriente, ninguno de los que estuvieron a punto de prender fuego el país entre 2018 y 2020 por la legalización del aborto sale ahora a reivindicar su “logro”. No queda nada de nada, todo ese fuego que prometía hacer una revolución destruyendo el patriarcado y poniendo al varón heterosexual de rodillas en una posición subalterna a modo de “reparación histórica” quedó en la nada, amén de otros relatos subsidiarios del progresismo globalista como el pobrismo y el “garantismo”. Nadie se anima a agitar esas banderas, aunque el kirchnerismo otra vez quedó bien pegado con otra nave hundida al asociarse fuertemente con un discurso que en otro tiempo se asociaba exclusivamente con un trotskismo sin pueblo y sin votos. Para subsanar la carencia de narrativa el kirchnerismo no tuvo mejor idea que abrazarse a un relato que finalmente lo terminó de hundir.
Fin de ciclo
Los resultados están todos a la vista y, para colmo de males, el error capital del kirchnerismo se da en una era de sobreinformación en la que todo se ve en altísima definición y cualquier hijo de vecino tiene en las redes sociales acceso al archivo para ver una y otra vez las auténticas gansadas que los kirchneristas gritaron luego de abrazar la narrativa progresista. Y todo eso solo tiende a ir a peor, pues a medida que pase el tiempo y el sentido común vaya acomodándose después de la disrupción “woke” todo eso se verá cada vez más ridículo y absurdo, lo que ayer se quiso expresar como un grito revolucionario será mañana un meme, dará esa vergüenza ajena que los jóvenes de hoy llaman “cringe” y los dirigentes implicados con esa pantomima deberán cargar para siempre con el pasivo. El kirchnerismo creyó que la ingeniería social del globalismo, de las oenegés y del Partido Demócrata estadounidense —en el que empezó a referenciarse después de su emancipación del peronismo— iba a durar para siempre. Es el error de Menem en espejo, como se ve.
Entonces el kirchnerismo creó sobre esas bases progresistas y globalistas el Frente de Todos en 2019 para ganarle a Mauricio Macri las elecciones. Claro que debió producir un discurso cuya premisa era el rescate de la prosperidad económica de las familias, pero una vez que ganó en efecto las elecciones el Frente de Todos olvidó esa parte y se dedicó a imponer la agenda de lo que los estadounidenses llaman “woke”, o la representación de las causas simbólicas de las minorías bien alimentadas. El Frente de Todos se formó con toda una nómina de radicales, socialistas, comunistas, gorilas indefinidos y socialdemócratas, a quienes se les dio la conducción del proceso con Alberto Fernández en la presidencia. Después hacer un discurso peronista en campaña para conseguir el voto, el kirchnerismo permitió la formación de un gobierno antiperonista por izquierda, la ya mentada estafa electoral en pocas palabras.

“Les prometieron asado y heladeras llenas, pero les dieron penes de madera y hormonización para adolescentes”, ironizan frecuentemente en Twitter sin que nada de eso sea una exageración: la degeneración progresista del kirchnerismo se acentuó muy bruscamente después del triunfo del Frente de Todos en las elecciones de 2019. Como consecuencia de esa degeneración, el kirchnerismo aceptó a Nicolás Trotta como ministro de Educación, un oscuro personaje que el kirchnerista ya había expulsado de sus filas en los primeros años del siglo por tener represores de la dictadura en su familia. Trotta fue un agente declarado de la Open Society de George Soros y se le dio nada menos que el poder sobre la política educativa del país. Le dieron el control de lo que se les enseña a los niños a un empleado de Soros y al kirchnerismo todo eso le pareció bien. “Siga, siga”, decían, a la moda de un Francisco “Pancho” Lamolina.
Era falta grave con lesión a la educación de los argentinos y el kirchnerismo optó por mirar para otro lado. Y lo mismo hizo con el Ministerio de Salud, el segundo más importante después de Educación para el desarrollo social de un país, dejándolo en manos de empleados del complejo industrial-militar-farmacéutico global que aprovecharon la contingencia del coronavirus para declarar que formaban un “gobierno de científicos” al que no se le ocurrió mejor idea que a encerrar a la población durante casi un año entero, destruyendo la economía de las familias, que ya venía maltrecha después de la masacre macrista. Mientras los más ricos hacían libremente su negocio y concentraban la riqueza más que nunca, a un jornalero se le reprimía por intentar salir a trabajar para darle de comer a su familia y así se consolidó la imagen de autoritarismo jacobino del kirchnerismo en la conciencia de las mayorías.

La militancia kirchnerista por lo general no entiende ese proceso y sigue argumentando que eso se hizo para “salvar vidas”, etc., no comprende el infierno por el que debieron atravesar los varios millones de trabajadores precarizados del país. La militancia no entiende porque no dialoga con el civil no ideologizado, sino solo entre militantes en el microclima de las redes sociales, pero lo cierto es que hay en los barrios muchísima gente que no olvida lo sufrido y le atribuye ese trance al peronismo, pues así era cómo se presentaba discursivamente el gobierno en aquel momento: a cada nueva extensión de cuarentena Alberto Fernández gritaba “¡Viva Perón!” y salía a repetir el mantra de “salvar vidas”, de “el Estado te cuida” y de “la economía va a recuperarse” mientras el hambre arrasaba en los barrios. Y así fue formándose la opinión de gente que hoy dice querer votar a Javier Milei por sus consignas de “libertad” o directamente no ir a votar.
La militancia no entiende, aunque realmente no es muy difícil entender esta dinámica de causa y efecto. El promedio del militante kirchnerista se niega a comprender lo exasperante que ha sido en los últimos años para el hombre de a pie sufrir las pálidas económicas —muchas de ellas autoinfligidas, como la de la cuarentena interminable— mientras se enteraba por los medios que se destinaban miles de millones de pesos mensuales a un ministerio cuya única función práctica ha sido la difusión de ideología de género o al mantenimiento de un Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo (INADI) muy veloz a la hora de censurar a los díscolos de la narrativa del progresismo globalista. Todo eso fue construyendo para el kirchnerismo una imagen de autoritarismo socialista y jacobino en todo su esplendor. ¿Cómo no va a prender en el sentido común de las mayorías, en estas circunstancias, el discurso de “libertad” de los delirantes “libertarios”?
El pueblo nunca quiso nada de eso y en cada una de esas maniobras de la ideología jacobina fueron quedando peronistas heridos por el camino hasta llegar a un punto, el actual, en el que no queda ni un solo dirigente peronista para apoyar al Frente de Todos. El gobierno se arrastra entre un marasmo económico y no cae porque la oposición respeta los términos del pacto hegemónico y lo deja estar, además porque cada día de gobierno es un día más de desgaste de la narrativa kirchnerista. Después de una década perdida en la que el kirchnerismo dejó de hacer lo que el pueblo quiere, dejó de ser peronista, se verifica el fin de un ciclo de dos décadas que en realidad son dos ciclos de diez años: el ciclo peronista que va del 2003 al 2013 y el ciclo socialdemócrata, progresista y neoliberal, entre el 2013 y el presente. Números redondos, todo claro. Claro, cristalino y sobre todo lamentable.

Cristina Fernández solía decir con muy buen criterio que “nada nace de un repollo”. Y es así. La actual debacle es resultado de una década de errores, claudicaciones y alejamiento de la doctrina peronista. El fin de ciclo del kirchnerismo no es más que el resultado de esos diez años de consumo de capital político hasta su total agotamiento, hoy el kirchnerismo no tiene un proyecto político ni tiene la credibilidad para presentar uno aunque por milagro lo obtuviera. No hay nada azaroso en la actual decadencia terminal y tampoco son accidentales los avatares propios y ajenos que se presentan hoy como “alternativas” electorales. Si bien Javier Milei, Patricia Bullrich y Horacio Rodríguez Larreta son resultado de la década perdida, también lo son un Sergio Massa y Eduardo de Pedro en representación de los intereses del Estado profundo occidental y del sionismo internacional. El hecho de que el kirchnerismo se vea hoy obligado a apoyar a esos candidatos que son agentes netos del que alguna vez —durante la década ganada— fue su enemigo es el resultado necesario de la década perdida.
El kirchnerismo probablemente siga siendo una fuerza relevante en la política argentina, quizá en la forma de minoría intensa y ruidosa. Solo el tiempo dirá si siguen subidos al barco los que hoy lo están por tener acceso a los millonarios recursos de las cajas del Estado en todos sus niveles, en el tiempo se sabrá quiénes son los leales y quiénes lo fueron mientras les convino serlo. Ya lo decía Perón, de quien nunca conviene escindirse porque tiene todas las respuestas para nuestra política criolla: “Hay dos clases de lealtades: la que nace del corazón y la de los que son leales cuando no les conviene ser desleales”. Una nueva hegemonía está a punto de empezar y el kirchnerista bien intencionado está a punto de conocer qué clase de lealtad tienen muchos de los dirigentes que propiciaron este fracaso.
Este es un contenido exclusivo para suscriptores de la Revista Hegemonía.
Para seguir leyendo, inicie sesión o
suscríbase.