Disuasión integrada, o las nuevas relaciones carnales

Atentos al avance de las potencias emergentes desde Oriente por la penetración silenciosa de China en África y también por la campaña de Rusia en Europa, los Estados Unidos vuelven a activar en toda su intensidad la Doctrina Monroe. El objetivo es garantizar la lealtad de los países de nuestra región a su plan imperial estratégico y con el concepto de “disuasión integrada” esa meta queda expuesta quizá como nunca antes. Abiertamente y sin pruritos, los estadounidenses nos dicen a los demás americanos que debemos combinar todos los recursos del continente para luchar contra el enemigo, pero no explican por qué los emergentes de Oriente habrían de ser enemigos de la Argentina.
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El pasado mes de mayo nos preguntábamos en este espacio, en una nota titulada ¿Patria o colonia?, sobre el porqué de determinados gestos por parte de los Estados Unidos hacia nuestra región, a la que los propios dirigentes de la política y de las corporaciones estadounidenses suelen considerar a partir de la Doctrina Monroe una suerte de “patio trasero” suyo, o una reserva de ingentes recursos para ser utilizados en tiempos de necesidad. Al momento de publicar esas líneas observábamos que se intensificaba la actividad diplomática de Washington en estas latitudes con la designación de Marc Stanley como embajador en Buenos Aires, designación que iba a traducirse efectivamente de allí en más en una injerencia no disimulada de Washington en los asuntos de nuestra política nacional.

Stanley es un diplomático de altísimo perfil, un tipo de embajador que no se veía en nuestro país prácticamente desde Spruille Braden. Y su llegada generó mucho entusiasmo en los medios de comunicación, lo mismo que con Laura Richardson, la nueva jefa del Comando Sur del Ejército de los Estados Unidos. Richardson es general y es la primera mujer en ocupar ese lugar de poder, aunque desde luego advertimos que la idoneidad de un jefe militar no viene determinada por su sexo, sino por sus capacidades, su entrenamiento y su experiencia. Sea como fuere, es una obviedad la de que Richardson nada tendría que hacer aquí en nuestra región: la sola existencia de un Comando Sur ya presupone una amenaza a la soberanía de nuestros países.

Eso es así y puede contrastarse con el simple ejercicio contrafáctico de imaginarse un hipotético “Comando Norte” con el que los países de nuestra América hispana operaran en territorio estadounidense. A nadie se le ocurriría jamás pensar en tal cosa y el Comando Sur con su sola existencia ya da testimonio de una cosmovisión imperialista por parte de los Estados Unidos que debería resultarnos descabellada, máxime si se tienen en consideración la independencia y la soberanía de las naciones de nuestra región. Aquí no hay, al menos en teoría, ninguna colonia.

A la propia Laura Richardson le tocó expresar en el mes de julio un gran interés estadounidense tanto por los recursos del subcontinente sudamericano como por una presunta penetración excesiva en la región por parte de los enemigos de los Estados Unidos, principalmente Rusia y China, atribuyéndose a sí misma la autoridad de declarar públicamente su opinión acerca de cuestiones relacionadas con la política soberana de naciones independientes, en este caso, acerca de las relaciones diplomáticas y/o comerciales que nuestros países han decidido entablar de manera bilateral con países que los Estados Unidos consideran sus enemigos.

Marc Stanley es un embajador con altísimo perfil que sabe utilizar sus dotes de seducción para instalar una imagen de virrey en la opinión pública y tener centralidad en nuestra política. De hecho, Stanley se ha reunido con dirigentes de todo el arco e incluso les ha exigido que se pongan de acuerdo para formar un gobierno de consenso. Es evidente que dicho consenso se asemejaría al de la Unión Democrática que otro embajador estadounidense de alto perfil público, Spruille Braden, armó en 1946 para intentar “ponerle el cascabel al gato” evitando el despegue del proyecto nacional y nacionalista propuesto entonces por el General Perón.

Durante un evento en la ciudad de Miami y con un tono paternalista que no puede soslayarse, esta militar estadounidense sostuvo que América del Sur “es muy rica en recursos, es una riqueza fuera de serie. Tienen mucho de qué enorgullecerse y nuestros competidores también saben los recursos que esta región posee. El sesenta por ciento de las reservas de litio a nivel mundial se encuentra allí, existe crudo convencional y no convencional, reservas de agua dulce, elementos raros, está el Amazonas que ha sido llamado el pulmón de la Tierra, el treinta por ciento de las reservas de agua potable se encuentra allí. Y hay adversarios que se aprovechan de esta región todos los días, justo en nuestro barrio”.

Por “nuestro barrio”, claro, Richardson se refiere a nuestro continente como si efectivamente de su patio trasero se tratara. Para rematar, Richardson no se privó de decir que “todo lo que sucede en materia de seguridad en esta región impacta de manera directa en nuestra nación”, ahora sí, refiriéndose específicamente a los Estados Unidos.

Richardson también manifestó su preocupación por la influencia que los medios de comunicación de Oriente estarían ejerciendo en América del Sur. “China está jugando al ajedrez mientras que Rusia, también prevalente en la región, está jugando a las damas. Creo que están allí para socavar a Estados Unidos, están allí para socavar las democracias. Con toda la desinformación existente aún están Russia Today en español y Sputnik Mundo, con más de 30 millones de seguidores en redes sociales. Eso es muy preocupante”.

Las señales no concluyeron allí y las intenciones de Washington en el sentido de multiplicar sus iniciativas injerencistas en nuestra región recrudecieron. Aún durante el pasado mes de julio, esos intereses se pusieron de manifiesto durante la celebración en la ciudad de Brasilia de la XV Conferencia de Ministros de Defensa de las Américas, de la que participaron funcionarios de los países de todo el continente. En ese congreso los Estados Unidos operaron fuertemente con el propósito de arrastrar a la región a tomar cartas en un asunto que no solo no le atañe, sino que además podría conducir a hipótesis de conflicto innecesarias en un continente pacífico como el nuestro.

Además de un muy activo Marc Stanley como embajador, los yanquis presentaron recientemente en nuestra sociedad a la general Laura Richardson, jefa del Comando Sur estadounidense. Richardson es la primera mujer en ocupar esa posición y ha sido muy celebrada por ello, aunque finalmente esa no es la cuestión. En esencia, el asunto sería discutir la pertinencia de un Comando Sur cuya función es la defensa de los intereses estadounidenses en nuestra región con las armas en la mano. Está claro que la sola existencia del Comando Sur ya configura una política imperialista que no se corresponde con los tiempos que corren.

En la XV Conferencia de Ministros de Defensa de las Américas surgió o fue presentado el concepto de “disuasión integrada”, propuesto por el secretario de Defensa del gobierno de Joe Biden Lloyd Austin, quien acudió al cónclave con serias intenciones de imponer como temáticas del congreso las prioridades de los Estados Unidos. En su discurso, Austin defendió la presunta necesidad de frenar y revertir lo que se considera la proyección regional de “actores malignos”, remarcando en coincidencia con Laura Richardson la “paulatina y evidente influencia de China”.

En ese contexto resulta fundamental analizar en mayor profundidad la declaración final redactada durante la reunión multilateral, la que por otra parte ha sido escasamente difundida por los medios de prensa nacionales e internacionales a pesar de lo relevante de sus conclusiones. El documento introduce el concepto de “disuasión integrada”, reconociéndolo como “un marco para mantener la paz y la estabilidad en el continente”.

Como una suerte de reedición de la Doctrina Monroe de “América para los americanos”, la disuasión integrada se introdujo en la Estrategia de Defensa Nacional de los Estados Unidos para este año y constituye una noción que Washington busca consensuar y consolidar en todos los ámbitos militares colectivos (por ejemplo, la Organización del Tratado del Atlántico Norte, OTAN), regionales y bilaterales.

Según explicó Austin en Brasilia, por disuasión integrada se entiende “el empleo de una combinación adecuada de tecnología, conceptos operativos y capacidades, todo ello entretejido en una red tan creíble, flexible y formidable que hará dudar a cualquier adversario”. Es decir, la disuasión integrada consiste en la apropiación por parte de los Estados Unidos de todos los recursos disponibles en materia de Defensa y cuestiones afines en cada uno de los países que formen alianzas estratégicas con aquel país. En la práctica significa nada menos que tomar partido en una guerra que no nos compete y poner a disposición de la misma —esto es, de los Estados Unidos en su estrategia— todos nuestros recursos disponibles so pretexto de resguardar la seguridad de la región.

La vieja Doctrina Monroe, según la que “América es para los americanos” allí donde “americanos” es sinónimo exclusivo de “estadounidenses”, pero “América” es la totalidad del continente americano, desde el Estrecho de Bering hasta la Antártida. Esa es la Doctrina que de tiempos en tiempos los Estados Unidos desempolvan para reivindicar su propiedad “natural” —todo en consonancia con el “destino manifiesto”, otro concepto muy propio de su imperialismo— sobre el “patio trasero”. Todos los caminos conducen así a Roma y el resultado es siempre el mismo: en momentos de necesidad, Washington intensifica su actividad diplomática en estas latitudes para garantizar el acceso a los recursos de aquí.

Aún en palabras de Lloyd Austin, la disuasión integrada “requiere una red única de alianzas para lograr objetivos comunes entre naciones afines contra las amenazas mutuas. En ningún momento de nuestra historia colectiva este imperativo estratégico para la cooperación hemisférica ha sido más necesario que ahora. Los rivales, tanto actores estatales como grupos ilícitos, prosperan gracias a la corrupción y la erosión de las instituciones democráticas regionales. Las amenazas a nuestras instituciones y valores democráticos compartidos emanan en todas las formas y dominios: militares, económicos, informativos, ciberamenazas y otros medios. Las acciones de nuestros rivales que caen en una zona gris son proactivas, continuas y adaptables.”

El secretario de Defensa estadounidense también afirmó que “nuestros ministerios, fuerzas armadas y de seguridad deben tener la capacidad de enfrentar amenazas, en particular limitar las ventajas y ganancias estratégicas o militares de un rival. Resistir, contraatacar y recuperarse rápidamente de las perturbaciones causadas por adversarios. La disuasión integrada depende de una variedad de herramientas estatales como la diplomacia, la información y la economía”, lo que significa de hecho, como se ve, la apropiación de facto de recursos estratégicos de nuestra región a manos de los Estados Unidos bajo el argumento de una “amenaza común”.

¿Qué tipo de amenaza y hacia quiénes? Argentina y Brasil, los principales países de Sudamérica en extensión, población y desarrollo económico mantienen relaciones multilaterales pacíficas con otras economías emergentes como lo son China y Rusia. De hecho, nuestro país ha sido oficialmente incorporado al BRICS, la alianza estratégica comercial entre los países del mundo cuyas economías están a las puertas de ser consideradas como potencias regionales en un mundo multipolar.

¿Por qué nos interesaría entonces poner a disposición de los Estados Unidos nuestros recursos con el fin de abastecer a ese país en el marco de una guerra comercial con China y de un conflicto armado entre Rusia y las potencias de la OTAN? Está claro que los intereses nacionales de los Estados Unidos son contradictorios a los nuestros o, en todo caso, no son los mismos intereses.

Los líderes del BRICS, alianza estratégica entre Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica. El BRICS está en proceso de incorporar a la Argentina en su seno para fortalecer el desarrollo de las relaciones sur-sur, esto es, la cooperación entre países emergentes por fuera de la órbita de las potencias occidentales actualmente dominantes. Allí hay ya una contradicción respecto a los intereses estadounidenses en nuestro país, pues de ninguna forma podrían ser enemigas de la Argentina las naciones con las que nuestro país coopera en una relación mucho más igualitaria en todos los sentidos. La “disuasión integrada” es negocio de otros, jamás nuestro.

Y sin embargo los Estados Unidos avanzan interviniendo de la manera más directa posible en nuestra región. Un ejemplo de ello es el anuncio por parte del embajador estadounidense en Paraguay, Marc Ostfield, sobre el lanzamiento de un “plan maestro” en el tramo paraguayo de la mal llamada “Hidrovía” (la red troncal Paraná-Paraguay), con la colaboración del Cuerpo de Ingenieros del Ejército estadounidense.

Es el país del norte moviendo fichas en nuestra región con el propósito de asegurarse el control efectivo de recursos estratégicos como el agua potable, las vías navegables, los hidrocarburos o los minerales como el litio, fundamental este último para el desarrollo de una industria de las características de la que existe en China.

Pero eso no es todo. La relación que los diversos países sudamericanos sostienen con los Estados Unidos está horadando a su vez las relaciones bilaterales entre países vecinos atizando conflictos latentes que podrían escalar. Tal es el caso otra vez del Paraguay, cuya actitud indulgente para con los Estados Unidos motivó las protestas de los gobernadores y legisladores en el norte de nuestro país, quienes se vieron en la obligación de emitir un documento declarando abiertamente que “la presencia militar del gobierno de Estados Unidos en nuestra Hidrovía Paraná-Paraguay compromete la seguridad de los Estados ribereños y convierte a la región en escenario de conflictos ajenos”.

Ese memorando fue redactado por la Comisión de Relaciones Exteriores del Congreso de la Nación y contó con la firma de dieciocho diputados. Allí, los legisladores expresaron su “preocupación y rechazo ante la posible presencia militar de los Estados Unidos en el sector paraguayo de la Hidrovía Paraná-Paraguay, por amenazar la Seguridad Nacional y desequilibrar las relaciones de Defensa entre los países integrantes del Mercosur”.

También deben llamarnos la atención una vez más las declaraciones del ubicuo Marc Stanley durante el Consejo de las Américas, advirtiendo muy suelto de cuerpo que los Estados Unidos “quieren tener una relación con Argentina para que sea líder en América Latina. Su intención es ayudar con la infraestructura, alimentos, energía, litio. Nosotros no lo necesitamos, pero queremos ayudar al mundo y asociarnos con ustedes”.

La mal llamada “Hidrovía”, en rigor la red fluvial troncal de los ríos Paraguay y Paraná. En el marco de su avance sobre los recursos de los países de nuestra región, los Estados Unidos han puesto a trabajar en el tramo paraguayo de la red troncal a sus ingenieros militares. Es el Ejército de los Estados Unidos ejerciendo el control territorial efectivo sobre la vía navegable por la que pasa buena parte de la riqueza producida en esta región, fundamentalmente los alimentos que China necesita como una cuestión de seguridad nacional.

Es cierto, los Estados Unidos no están a la vanguardia de la producción mundial de baterías de litio, pero es conocida la necesidad de control por parte de empresas de capital norteamericano sobre ese recurso fundamental como parte de la estrategia de boicot al desarrollo industrial en China en el marco de la guerra comercial.

La disuasión integrada, entonces, no es otra cosa que un eufemismo para injerencia en el marco de un poder menguante que se repliega sobre su patio trasero, su continuum territorial natural. Perdida o a punto de perderse la hegemonía global, los Estados Unidos deben asegurarse con celeridad el control de los recursos estratégicos en todo el continente, un poco en miras de explotarlos y otro tanto con el firme objetivo de negárselos a sus enemigos orientales, enemigos estos que en muchos casos tienen excelentes relaciones diplomáticas con nuestros países americanos.

Es en ese contexto que no solo se tejen alianzas con los gobiernos nacionales en todos los países de la región, sino que los delegados de Washington abiertamente se dan el lujo de declarar a viva voz sus objetivos de dominio bajo la pátina de una “defensa común” que no existe, pues no hay amenaza alguna en esta región por parte de los enemigos de los Estados Unidos. Son estos últimos, en cambio, los que amenazan a nuestra región demandándonos lealtad y tratándonos como semicolonias.

Las “relaciones carnales” que creímos haber dejado en el pasado parecerían estar a la vuelta de la esquina mientras dejamos de lado la oportunidad histórica de posicionarnos, en este contexto de cambio de paradigma internacional, en el lugar de potencia regional que le corresponde a la Argentina tanto por extensión territorial como por capacidad productiva. Nos falta la voluntad política, el coraje y la visión estratégica para lograrlo. Y sobre todo deberíamos, como decía Arturo Jauretche, no pensar en cambiar de collar sino en dejar de ser perros.


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