Doctrina Monroe

Tras poco más de 60 días de gobierno el nuevo presidente de Brasil Luiz Inácio “Lula” da Silva ha dejado ya bien en claro cuál será la orientación diplomática del país bajo su dirección. Contrario a lo que podría indicar la observación de la política por la ideología —que normalmente es errónea—, el gobierno de “Lula” da Silva está perfectamente alineado con los intereses de Washington en el mundo y tiende a funcionar con la precisión de una pieza de relojería en la estrategia geopolítica de Occidente en su guerra mundial contra las potencias emergentes del Este, Rusia y China. El triunfo del candidato del Partido de los Trabajadores puso al BRICS en una situación precaria de contradicción insalvable entre sus socios y las consecuencias de ese hecho empiezan a verse. La Doctrina Monroe se impone con toda su fuerza en Brasil y, por lo tanto, en toda la región del subcontinente cuyos países tienden a seguir la huella del gigante lusoamericano.
2303 6

Un hecho que entonces se leyó como una anomalía tuvo lugar durante la campaña para las elecciones de octubre del año pasado en Brasil, en las que se definía la continuidad del presidente Jair Bolsonaro o el regreso triunfal de Luiz Inácio “Lula” da Silva luego de dos mandatos presidenciales, un tiempo en la cárcel y otro legalmente proscripto. En un artículo publicado el 20 de septiembre de 2022, a pocos días de la primera vuelta electoral, la CNN Brasil anunciaba una extraña reunión entre el candidato del Partido de los Trabajadores y representantes del Departamento de Estado de Washington en la sede del Instituto Lula en São Paulo. Siempre de acuerdo con la CNN, el encuentro había sido acordado entre el candidato y el gobierno de los Estados Unidos para “asegurar el resultado electoral y adelantar posibles temas de una agenda bilateral como la democracia y el medio ambiente”, centrales en la agenda del presidente Joe Biden. Como se ve, o por lo menos de acuerdo con la narrativa del canal televisivo estadounidense a través de su filial en Brasil, Washington ya daba por cierta la victoria electoral de “Lula” da Silva y consideraba en esos días importante asegurar el resultado de las urnas, sea lo que fuere lo que eso significa.

El primer reflejo de quien observa la política como una continuidad de las tradiciones en las que se inscriben los dirigentes, los partidos políticos y los movimientos fue el de dudar de la información atribuyendo la noticia a una vulgar operación mediática cuyo objetivo solo podía ser la difamación del candidato del Partido de los Trabajadores. Luego de una larga trayectoria antiimperialista con su discurso orientado a la crítica a la hegemonía de los Estados Unidos, un “Lula” da Silva ubicado —a pocos días de las elecciones— en un contubernio junto al enemigo declarado de la soberanía nacional-popular en nuestra región tenía todo el aspecto de la información falsa para generar discordia en el campo del enemigo. Por su parte, al pertenecer a una tradición política en la que los Estados Unidos se identifican con el mal absoluto, la militancia lulista tendía claramente a recibir la noticia como una bomba y una ducha de agua fría en pleno calor de la batalla electoral. Entonces el titular de la CNN tenía que ser falso, tenía que ser una operación para favorecer a Jair Bolsonaro en víspera de una elección.

Cosas extrañas veremos. Después de una trayectoria de más de cuarenta años con la denuncia al imperialismo estadounidense, “Lula” da Silva se acercó sorpresivamente a Washington e incluso fue portada de la revista ‘Time’, un medio dependiente del poder fáctico occidental. En esa edición se anuncia el “segundo acto” de un “Lula” sereno y austero, pero a la vez heroico, presentando al brasileño como el “líder más popular de Brasil” que buscaba volver a la presidencia. La revista ‘Time’ está entre los muchos medios de propaganda de la hegemonía estadounidense que hace tan solo unos pocos meses presentaban a “Lula” da Silva como un corrupto y un peligroso agente del populismo. ¿Qué motivó ese giro de 180 grados en la línea editorial? La Doctrina Monroe no tiene ideología ni memoria: juega como tiene que jugar en cada momento.

Pero no era falso ni se trataba de ninguna operación. Ni lerdo ni perezoso, el periodista de CNN Caio Junqueira informaba en el propio artículo que la reunión había sido confirmada oficialmente por la embajada de los Estados Unidos en Brasilia y luego por dos altas fuentes en el comando de la campaña de “Lula” da Silva. Y además que dicho encuentro estaba originalmente programado para ocurrir entre la primera vuelta y el ballotage de aquellas elecciones, pero que en un acuerdo entre las partes se adelantó previendo la posibilidad del triunfo del candidato del Partido de los Trabajadores sin la necesidad de una segunda vuelta, lo que finalmente no ocurrió. El caso es que la reunión efectivamente tuvo lugar y según el portal La Política Online, único medio argentino al que le interesó reproducir la noticia, en ella “Lula” da Silva fue informado de que Joe Biden estaba muy interesado en “frenar a Bolsonaro”. En una palabra, los Estados Unidos intervinieron en el proceso electoral de Brasil y lo hicieron para favorecer al candidato menos pensado para el sentido común de la política leída como una coherente continuidad ideológica.

Seis meses y una elección presidencial han pasado desde aquella extraña reunión, pero hasta el día de hoy muchos militantes y simpatizantes del Partido de los Trabajadores y de “Lula” da Silva, tanto en Brasil como acá, se niegan a creer que el encuentro haya ocurrido. Es que se trata, sin lugar a duda, de una contradicción ideológica muy difícil de digerir, o lo que se suele llamar un sapo intragable: el representante de la voluntad soberana del pueblo-nación brasileño aceptando la bendición del enemigo número uno de dicha voluntad es el hecho que no puede ser, es lo absurdo. ¿Cómo va a reunirse “Lula” da Silva con quienes llevaron a cabo el golpe de Estado institucional que en el año 2016 derrocó a Dilma Rousseff y destruyó al gobierno del Partido de los Trabajadores? ¿Qué asuntos tenía que tratar con esos golpistas, a los que combatió, al menos simbólica y discursivamente, durante una larga trayectoria de más de cuatro décadas denunciando los efectos deletéreos del imperialismo estadounidense en nuestra América? La reunión ocurrió, pero fueron pocos los dispuestos a aceptarlo. Los más optaron por refugiarse en la comodidad de la negación.

Más cambios bruscos en la línea editorial. Durante años la cadena de televisión Globo —líder en Brasil— dedicó la mayor parte de su programación a instalar la idea de la corrupción generalizada en el Partido de los Trabajadores, acusando específicamente a “Lula” da Silva y luego a Dilma Rousseff. Al acaecer el golpe contra esta, la militancia denunció un golpe televisivo con el logotipo de Globo, pues la denuncia se hacía específicamente contra ese medio. Un buen día, no obstante, los operadores de la cadena Globo se olvidaron de todo eso, pasaron a la narrativa de desgaste contra Jair Bolsonaro y a ponderar a “Lula” da Silva como un dirigente serio que venía a “poner orden en la casa”. Las corporaciones son el poder fáctico del globalismo occidental y no tienen más ideología que la de sus propios intereses.

La reunión entre “Lula” da Silva y ese auténtico “ministerio de las colonias” que es el Departamento de Estado de Washington ocurrió, pero eso no es todo. Al no salir la embajada de los Estados Unidos ni el comando de la campaña del Partido de los Trabajadores a desmentir una noticia publicada en un medio dependiente de la Casa Blanca, la única conclusión posible es que, lejos de intentar mantener el encuentro en secreto, como suele darse con las conspiraciones, ambas partes eligieron difundirlo. No hay ninguna conspiración, todo se hizo a la luz del día quizá para comunicarles a los de enfrente que los Estados Unidos acordaban con “Lula” da Silva. La noticia fue difundida adrede tanto por yanquis como por brasileros con el objetivo de arrojar una bomba en el cuartel de Jair Bolsonaro, quien había ganado las elecciones cuatro años antes en sintonía con Washington. De hecho, la guerra judicial que destituyó a Dilma Rousseff en 2016 y encarceló a “Lula” da Silva para proscribirlo en 2018 es la obra registrada y sellada de los Estados Unidos en su eterna injerencia golpista en el “patio trasero” de América del Sur y Central. Bolsonaro ganó las elecciones de 2018 y llegó a ser presidente básicamente porque Washington así lo quiso. Aunque ahora, como se ve, al parecer el Tío Sam anunciaba que iba a querer otra cosa.

Ahora bien, la primera pregunta es por qué. ¿Por qué luego de construir el triunfo de un candidato y sostenerlo durante cuatro años los Estados Unidos habrían de cambiar de caballo a mitad del río descartando a Jair Bolsonaro y acordando con su rival? Como se sabe, las relaciones entre el imperialismo yanqui —o cualquier imperialismo de un modo general— y sus cipayos en un territorio nunca se asemejan a una subasta en la que el oferente busca al mejor postor, sino todo lo contrario. Al designar a su representante en la política de cabotaje de un país dependiente, los Estados Unidos le imponen de entrada a dicho personero cipayo todas las condiciones y así el apoyo a ese dirigente por parte de Washington queda condicionado, valga la redundancia, al cumplimiento integral del contrato. Por definición, un cipayo no tiene voluntad propia y hace únicamente en política la voluntad del poder fáctico foráneo que lo sostiene, por lo que es imposible que entre Jair Bolsonaro y “Lula” da Silva se haya dado una subasta a ver quién le daba más a Washington desde Brasilia, simplemente porque Bolsonaro no podría dar ni más ni menos que el todo mientras sirvió al amo estadounidense.

Jair Bolsonaro y Vladimir Putin en Moscú, al empezar la guerra de Rusia contra la OTAN en Ucrania. Allí estuvo la traición bolsonarista a los Estados Unidos y a partir de ese momento se desencadena una serie de hechos que iban a resultar en la derrota de Bolsonaro y en el triunfo de “Lula” da Silva. Joe Biden fue muy claro en las instrucciones dadas a su diplomacia: había que frenar a Bolsonaro mediante la cooptación del único rival con reales posibilidades de derrotarlo en las urnas. Así se hizo y el resto es historia viva.

No hay nada de eso, no hay subasta. En realidad, el que traiciona y rompe el contrato de cipayaje es Bolsonaro al aliarse con Vladimir Putin a partir de febrero de 2022, en un proceso relativamente sorpresivo que ha sido analizado abundantemente en las páginas de ediciones anteriores de esta Revista Hegemonía. Entre su alianza coyuntural con los Estados Unidos y un trato mucho más ventajoso con Rusia en el marco del BRICS, Bolsonaro optó por esto último y así se puso enfrente a la Casa Blanca al iniciarse la guerra entre Oriente y Occidente sobre el territorio de Ucrania. También se sabe que la alianza entre Bolsonaro y Putin se selló mediante la garantía de un suministro constante y abundante a Brasil por parte de Rusia de gasoil y fertilizantes, dos insumos que iban a escasear en el mercado internacional y que son esenciales para la actividad del agronegocio, fuente primordial de ingresos para Brasil y fiel sostén económico para el bolsonarismo. Como presidente, Bolsonaro optó por representar los intereses de los suyos y así fue cómo acordó con Putin al viajar a Moscú en febrero de 2022. La traición a los Estados Unidos quedó consumada allí.

Entonces Bolsonaro pasó de darles a los estadounidenses el todo a darles la nada y, aún peor, a brindarle su apoyo a quien lanzaba un desafío contra la hegemonía unipolar de Occidente al negarle a Ucrania la posibilidad de incorporarse a las filas de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) haciéndole la guerra a esa alianza sobre el territorio ucraniano. Pero nadie debe pensar que en ello hay un elogio al coraje de Bolsonaro ni, por el contrario, una acusación de “panqueque” por darse vuelta en el aire. Aquí conviene no olvidar que Jair Bolsonaro gana las elecciones del año 2018 en Brasil gracias a la voluntad de los Estados Unidos, es cierto, pero no de la mano de los demócratas de Joe Biden, sino del sector específico del Partido Republicano que se alinea con Donald Trump. Al ser derrotado este por Joe Biden en las elecciones de 2020, la relación de Jair Bolsonaro con la Casa Blanca bajó en intensidad y fue solo una cuestión de tiempo hasta que el brasileño cambiara de collar, aunque realmente no hubo mucho cambio: Putin y Trump son y seguirán siendo aliados en el continentalismo que los une en ideología y en la praxis, de modo que el acercamiento del brasileño al ruso probablemente haya sido a instancias del estadounidense o, lo que es más probable, directamente apadrinado por este.

La noticia de la cooptación de “Lula” da Silva por los Estados Unidos no convierte, sin embargo, a Jair Bolsonaro en un patriota. En realidad, Bolsonaro se afilia al sector del Partido Republicano estadounidense que conduce Donald Trump. Al ser derrotado este por el Partido Demócrata en 2020, Bolsonaro quedó sin esa referencia y era natural que fuera a buscar un reemplazo en otra parte. Detrás de la alianza entre Bolsonaro y Putin debe estar con toda seguridad la mano de Trump.

Por eso es una hipótesis muy fuerte la de que Donald Trump haya operado para alejar a Jair Bolsonaro de Washington y para acercarlo a Moscú, no es difícil imaginarlo. Las lealtades nacionales son relativas en el contexto de la lucha entre globalistas y continentalistas, razón por la que es probable que Trump le haya enajenado a su compatriota Biden la alianza con Brasil para entregársela en una bandeja de plata a Putin y a los rusos. ¿Por qué no? Desde el punto de vista de Bolsonaro y de la diplomacia brasileña, además, el priorizar el BRICS al momento de definir las orientaciones geopolíticas siempre fue una opción. Todo cierra y cierra por todos lados, como se usa decir. Sea como fuere, lo cierto es que en febrero de 2022 Bolsonaro viajó a Moscú, se reunió con Putin y volvió a Brasil con la garantía del suministro de los insumos esenciales para la actividad agroindustrial. Y cierto también es que a partir de allí la diplomacia brasileña se negó a subirse al coro de la denuncia a Rusia por la guerra en Ucrania y el propio Bolsonaro se abstuvo de hablar de una “invasión”. Durante el primer año de la guerra Brasil no participó del boicot occidental a Rusia y ese es un hecho de la realidad que quizá tenga su explicación en la hipótesis anteriormente expuesta.

Eso es muy problemático por donde se lo mire, porque si bien Brasil tiene en el BRICS una alianza muy importante con Rusia, la India, China y Sudáfrica para la defensa de sus intereses nacionales de potencia emergente, también es cierto que ninguno de esos socios estratégicos está en su continuum territorial, son todas naciones tanto geográfica como culturalmente lejanas. Al igual que para todos los demás países de nuestra región, incluyendo por supuesto el nuestro, la alianza “natural” para Brasil es y ha sido desde fines del siglo XIX con los Estados Unidos. Con el llamado “soft power” aplicado a lo largo de varias décadas, los Estados Unidos han hecho una colonización pedagógica profunda en Brasil, instalándose en un lugar de referencia política, ideológica, moral, cultural y económica —como un verdadero desiderátum— para las mayorías de los brasileños. Ninguna de las potencias rivales tiene en Brasil una fracción del predicamento que tienen los estadounidenses y ese es un dato duro de la realidad que no suelen ignorar los estrategas de la geopolítica a la hora de orientar las relaciones diplomáticas del país. La diplomacia de Brasil sabe muy bien que tanto Rusia como China son países muy extraños para la cultura del brasileño, quien mira y admira todo lo que ocurre en los Estados Unidos y llega desde allí.

El prosaico concepto de “destino manifiesto”, aquí representado por el pintor estadounidense John Gast en la forma del “progreso americano”. En la obra se observa a Columbia —la famosa personificación de los Estados Unidos que está presente en la marca de Columbia Pictures, uno de los gigantes de la industria de la propaganda hollywoodense— guiando a los colonos estadounidenses y llevando el progreso a los “atrasados”. A estos, a propósito, se los ve en un extremo tratando de huir ante la avanzada de los “gringos”. Basados en esta idea dichos “gringos” construyeron un imperio y una hegemonía global.

Brasil es la “B” de BRICS, pero esa alianza es en la práctica una entelequia geopolítica cuando los verdaderos intereses se ponen en juego. A la hora de la verdad, es hacia el norte y nunca al este donde miran los americanos de un modo general y los brasileños en particular, lo que se explica por toda la colonización pedagógica del “soft power” anteriormente vista. Después de los procesos de independencia política desde fines del siglo XVIII y hacia principios del siglo XIX y de un periodo de hegemonía británica en nuestra región, los Estados Unidos tomaron la posta en América para hacer de la explotación de las riquezas de todo el continente la base de lo que iba a ser tras la II Guerra Mundial su liderazgo global. Y entonces, básicamente desde el triunfo sobre España en la Guerra hispano-estadounidense o Guerra de Cuba en 1898, los Estados Unidos vienen ejerciendo una tutela en los países de América de extremo a extremo. Ese expansionismo que atravesó todo el siglo XX y llega hasta nuestros días tuvo siempre la forma de imperialismo y se basó en la Doctrina Monroe y en la mesiánica idea de un “destino manifiesto” que les sería inherente a los Estados Unidos como nación.

Esta segunda idea es muy prosaica y no difiere en absoluto de otro concepto también muy famoso, el de “pueblo elegido” que varias culturas utilizaron a lo largo de la historia de la humanidad para justificar filosóficamente sus ambiciones expansionistas sobre territorio ajeno. En realidad, la idea de un “destino manifiesto” estadounidense es la propia reedición del concepto teológico de “pueblo elegido” que suelen difundir en la actualidad y hace ya algún tiempo, por ejemplo, los judíos para justificar sus tropelías contra los palestinos en Israel o su activa injerencia en la política interna de otros países del mundo. Está claro que los protestantes puritanos deportados de Inglaterra a los Estados Unidos hacia 1600 hacen un calco de la idea del “pueblo elegido” de los judíos, la trasladan a su nuevo destino y concluyen que ese nuevo pueblo, el estadounidense, es el “pueblo elegido” por Dios para iluminar y salvar al mundo, liberar a la humanidad, etc. En el tiempo, al formarse los Estados Unidos como nación independiente sobre un territorio inmenso e inmensamente rico, eso no podía decantar en otra cosa que en la idea del “destino manifiesto” de los Estados Unidos como conclusión casi natural de que semejante gigante no tendría más finalidad sobre el mundo que dominarlo y enderezarlo.

El quinto presidente de los Estados Unidos, James Monroe, aquí de pie instruyendo geopolíticamente a su gabinete junto a un globo. A la izquierda de la imagen puede verse gesticulando a un John Quincy Adams, el autor de la doctrina que lleva el nombre de Monroe. Quincy Adams sería a la postre el sexto presidente de los Estados Unidos, en esa continuidad lógica que deben tener todos los países con pretensión de ser potencia. Los estadounidenses son liberales —y por lo tanto individualistas— para todo lo económico, pero políticamente funcionan como un colectivo en el que el grupo está siempre por encima del individuo. Y esa contradicción aparente también es una clave de su éxito histórico.

Claro que desde la llegada en 1620 del Mayflower con los primeros fanáticos puritanos a las costas de Massachusetts hasta bien entrado el siglo XIX los Estados Unidos estaban aún muy lejos de ser siquiera una potencia regional, pero la idea estaba instalada en el sentido común de la dirigencia política del país y es así cómo en 1823 John Quincy Adams sintetizó ese mesianismo en una doctrina que se basaba y a la vez se sintetizaba en la premisa de “América para los americanos” y luego se la entregó al entonces presidente James Monroe para que este la presentara. Es la Doctrina Monroe —la que por cuestiones de derecho de autor debió llamarse Doctrina Quincy Adams, como se ve—, según la que los Estados Unidos iban a considerar, a partir de allí, cualquier intervención europea en América desde el Río Bravo hasta Tierra del Fuego como un acto de agresión a sí mismos. Véase bien: aun estando muy lejos de tener el poderío militar para hacerlo en la práctica, ya antes de finalizar el primer cuarto del siglo XIX los Estados Unidos se adjudicaban simbólicamente el control sobre la totalidad del territorio del segundo continente más extenso del mundo lanzándole un desafío geopolítico a la Europa de la revolución industrial, nada menos que a las armas de Inglaterra y Francia, las más poderosas de la época. Es una cosa notable, realmente admirable.

Es a partir de la Doctrina Monroe cuando los Estados Unidos empiezan a construir su destino de potencia regional y luego de potencia global, un destino manifiesto según su propia ideología. Los Estados Unidos fueron expulsando del continente a los españoles, a los franceses, a los holandeses y a los ingleses, las potencias rivales, hasta que América fue efectivamente para los “americanos”, entendiéndose esto como sinónimo exclusivo de “estadounidenses”. Luego vinieron las dos guerras mundiales desde principios hacia mediados del siglo XX, de las que los Estados Unidos iban a emerger como potencia global hegemónica poniendo bajo su bota a todos sus viejos rivales. Y ahí está el cómo en poco más de un siglo se concretó el proyecto implícito en la doctrina teológica del “destino manifiesto” de un pueblo estadounidense como pueblo elegido por Dios. La voluntad imperial de las clases dirigentes estadounidenses se impuso a una velocidad históricamente inusitada y un país joven que hasta 1776 había sido colonia es ahora el centro del imperio, es la Roma de la modernidad. Todo eso en una síntesis quizá demasiado apretada, aunque con la precisión suficiente para comprender las generales del proceso. Los Estados Unidos levantaron un imperio global a base de doctrina y fe en lo propio.

Espectacular representación del vigesimosexto presidente de los Estados Unidos, Theodore “Teddy” Roosevelt, aplicando ya a principios del siglo XX la Doctrina Monroe en la práctica. Aquí los Estados Unidos ya se habían elevado a la condición de potencia regional americana y estaban a punto de hacerse con la hegemonía global en las dos grandes guerras mundiales que finalizaron tan solo cuatro décadas después de Teddy Roosevelt. La segunda, curiosamente, fue ganada por otro presidente muy popular que también se llamada Roosevelt. Teddy y Franklin son en efecto parientes, pero lejanos.

Nada de eso es gratuito, no obstante, ni podría serlo porque si los Estados Unidos consolidaron después de la Guerra hispano-estadounidense de 1898 su posición de potencia regional en el contexto del orden mundial multipolar existente en ese momento, al avanzar a posteriori hacia la dominación global después de 1918 y fundamentalmente luego de 1945, que son los años de finalización de las grandes guerras mundiales, lo que los estadounidenses hicieron fue dispersar su poder. Es una clara paradoja allí donde la flota, las armas y los recursos humanos y materiales usados en la dominación de América tuvieron que repartirse por todo el mundo a partir de mediados del siglo XX. La paradoja es que abarcar más es ganar mucho más, pero también es dedicarse a administrar una cantidad mucho mayor de problemas y esa es una invitación abierta a los rivales del momento a la aventura de meterse en el “patio trasero” del que lo hace. Durante el siglo XX, por ejemplo, mientras los Estados Unidos hacían la guerra imperialista en Vietnam y en Corea, la Unión Soviética se las ingenió para meterse en Cuba y ponerse con misiles nucleares a tan solo 90 millas de las costas de la Florida. Todo eso a muy grandes rasgos, pero la idea central es clara y de sentido común: el que mucho abarca, poco aprieta.

El refranero popular suele ser infalible para analizar la realidad y lo es en estos casos, por supuesto. Después de Corea y Vietnam vinieron Afganistán, Irak, Libia y Siria, por nombrar solo algunas de las tantas guerras proxy que los estadounidenses libraron desde 1945 a la fecha con el fin de sostener su dominación global. Y como la geopolítica no se detiene y los rivales del más fuerte son subalternos, pero están siempre agazapados y atentos a toda la jugada, viene dándose a partir del ascenso de China una penetración de esta potencia emergente tanto en África como en América. Es sabido que los chinos ya desplazaron a los estadounidenses del continente africano hace por lo menos dos décadas, pero eso no es lo más grave. Lo más peligroso para el proyecto imperial de los Estados Unidos es que alguien desafía la hegemonía absoluta de los yanquis en América, el verdadero “patio trasero” desde el punto de vista de Washington. Ahora la base material de la potencia de los Estados Unidos empieza a disputarse por un emergente que además es un gigante y eso, como puede adivinar ya el atento lector, simplemente no puede ser. Si quieren seguir siendo lo que son, los Estados Unidos no pueden permitir que nadie se meta en su casa. Y su casa es América.

Infográfico de Statista en el que se ve con claridad cómo cambió en tan solo 20 años el origen de las importaciones en los países de nuestra región. Para principios de este siglo China ni siquiera figuraba entre los mayores exportadores y, de hecho, no era el principal socio de ningún país americano. Hoy los chinos dominan el comercio en Brasil y en América hispana y los estadounidenses saben que ese es un avance oriental sobre su “patio trasero”.

Según datos de Statista, un confiable sitio global de estadísticas, en los casi 20 años que van del principio de este siglo XXI al año 2020 China se ha convertido en el origen de las importaciones de Brasil y casi todos los países hispanoamericanos allí donde los Estados Unidos antes reinaban soberanos como socio comercial principal y, en ciertos casos, prácticamente exclusivo. Y también ha hecho ingentes inversiones en infraestructura, además de instalar bases con presencia militar en el territorio. ¿Qué dicen estos datos en términos geopolíticos? Pues que el actual rival estadounidense por la hegemonía global está avanzando muy rápidamente —aún más que los propios estadounidenses en su momento de ascensión— sobre el territorio que para Washington, de acuerdo con la Doctrina Monroe, es el “patio trasero” o la fuente básica de recursos y poder de los Estados Unidos. Todo eso mientras Rusia avanza sobre Europa occidental con el viejo proyecto estalinista de Eurasia y los países asiáticos van rebelándose uno a uno mediante el establecimiento de alianzas regionales mutuas que tienden a reducir y hasta a suprimir la influencia yanqui en ese continente. ¿De qué hegemonía global unipolar estadounidense se habla en este contexto, a esta altura del siglo XXI y en estas circunstancias?

Parece más bien una entelequia, por cierto. Contrariamente a lo que pueda imaginarse el atento lector de estas líneas, lo expuesto hasta aquí es el propio fundamento de la vigencia de la Doctrina Monroe y no de su caducidad. Con la inteligencia de quien comprende la totalidad del juego como nadie en el mundo, dado que han impuesto las reglas con las que se juega desde 1945 en adelante, los Estados Unidos saben perfectamente que el orden mundial unipolar resultante de la disolución de la Unión Soviética y el bloque socialista en Oriente ya ha pasado al catálogo histórico, no es real en la política del presente. Washington sabe que ya no domina al mundo en soledad, sabe que la alianza atlantista —cuya expresión militar es la OTAN— no podrá sostenerse indefinidamente contra los intereses de Rusia en Europa y sabe a ciencia cierta que el orden multipolar existente antes de las dos guerras mundiales del siglo XX está restablecido, aunque ahora con otros protagonistas. ¿Qué hacer frente a esta realidad insoslayable? Pues ese es el problema, porque para los Estados Unidos la cuestión reside en aceptar la realidad bajándose de un lugar de dominación mundial a uno que había ocupado en el pasado: el de potencia regional americana en tensión permanente, pero en cierto modo equilibrada, con las potencias de otras regiones del mundo.

Una representación cartográfica bellamente ilustrada del imperio británico hacia fines del siglo XIX, esto es, ya en proceso de decadencia al haber perdido varias de sus colonias. Los británicos seguían hablando de un “imperio” que ya no existía en la práctica y nada de eso puede atribuirse a la megalomanía de los ingleses, sino a su visión estratégica: comprendiendo que el ascenso de los Estados Unidos era imparable y que su cuarto de hora histórico había pasado, Gran Bretaña fue llevando la narrativa de una grandeza en lenta descomposición para lograr como resultado final un descenso suave desde el lugar de hegemonía global al de potencia regional en Europa. Y así evitó para sí el destino de los romanos, quienes fueron invadidos y destruidos más bien bruscamente. Todos los imperios caen, el asunto es ver cómo caen.

Si se tienen en cuenta las bravuconadas actuales en Ucrania y en Taiwán, no parecería que los estadounidenses estuvieran muy dispuestos a aceptar un poder compartido con Rusia y China, pero en política conviene mucho más observar los hechos que escuchar los discursos y las bravatas de los dirigentes. Los romanos hablaban de expansión territorial en las vísperas de la caída de su imperio y los burócratas soviéticos discutían, hasta unas pocas horas antes de la disolución de su constitución política, el 25 de diciembre de 1991, la generalización universal del marxismo. Los discursos no son sinceros ni reflejan la realidad del presente en el que se pronuncian, tienen la sola finalidad de preservar al establishment cuyo poder relativo depende del sostenimiento del statu quo en cada momento. Washington les dice a los europeos, a quienes tiene de rehenes hace ya ocho décadas, que va a “frenar” a Putin en Ucrania, que de allí no pasará. Y también dice que va a “frenar” el ascenso de China empezando por Taiwán. Está todo dicho ahí con una claridad meridiana: la potencia militar y económica que antes hablaba de avanzar triunfante sobre otros con el ideario más bien hipócrita de “libertad” y “democracia” del liberalismo occidental ahora no hace otra cosa que hablar de “frenar” a los que avanzan desde Oriente con una idea distinta. Algo cambió.

Cambió el orden geopolítico y mientras gritan sus bravuconadas mediante la propaganda, los Estados Unidos van tomando las medidas necesarias para garantizarse un descenso más bien suave de vuelta al lugar de potencia regional, que es inevitable. Es el procedimiento del tero. Mientras gritan y hacen escándalos en Ucrania y en Taiwán, los estadounidenses trabajan en silencio sobre la recolonización del continente americano, es decir, cantan allá y ponen el huevo acá. El objetivo no es ni podría ser el evitar que Rusia, la mayor potencia nuclear del planeta, se quede al fin con el control de Europa occidental ni impedir que China se consolide en Asia y en África, pues eso ya ocurre. El objetivo real de los estadounidenses es expulsar de América a ambos, a Rusia y principalmente a China, cerrarles el paso a su “patio trasero” como hicieron con los ingleses, los franceses, los españoles y los holandeses a partir del lanzamiento de la Doctrina Monroe. Pero no lo pueden decir abiertamente por la sencilla razón de que admitir una derrota puntual normalmente es admitir toda la derrota: de reconocer ahora que perdieron Europa, Asia y África, lo más probable es que Washington pierda también América y termine con la bandera del enemigo flameando sobre su Capitolio.

“¡Sensacional movida de Kennedy!”, titulaba este diario estadounidense el 23 de octubre de 1962, en plena crisis de los misiles en Cuba. Lo que los medios no informaron y la opinión pública en consecuencia no pudo saber sino muchos años después es que no hubo ninguna “movida sensacional” por parte de Kennedy, pero una fría negociación en la que Nikita Jrushchov y la Unión Soviética lograron su objetivo: la retirada de los misiles nucleares estadounidenses Júpiter del territorio de Turquía. Jrushchov quedaría en la opinión del pueblo soviético como un cobarde y sería reemplazado en el cargo pocos meses después por el ucraniano estalinista Leonid Brézhnev. Pero el resultado de la crisis de los misiles de 1962 fue un claro triunfo soviético, demostrando una vez más la complejidad de las relaciones geopolíticas.

Ese sería un destino más parecido al del imperio romano que al del imperio británico, esto es, una caída más que un descenso suave. Y entonces lo que ocurre hoy en la práctica es que la diplomacia estadounidense está enteramente volcada a la construcción de la intriga y la narrativa política de la recolonización del continente americano desde el Río Bravo hasta Tierra del Fuego, las Islas del Atlántico sur y su proyección sobre la Antártida. En ese contexto es posible entender, por ejemplo, la intensa campaña que la jefa del Comando Sur Laura Richardson viene desplegando en los últimos meses por toda la región, con declaraciones cuyo tenor neocolonial no se escuchaban tan abiertamente hace mucho. Y también es posible entender el asunto central de este artículo, a saberlo, el de la intriga política en la que Vladimir Putin tentó y cooptó a Jair Bolsonaro en el último año de su mandato presidencial y Joe Biden, en respuesta, sumó a “Lula” da Silva a sus huestes, custodió el proceso electoral y aseguró un resultado favorable en las urnas. A Rusia le interesa la concreción del proyecto euroasiático, pero presiona en América para debilitar a la potencia que lo está trabando; a los Estados Unidos, en espejo, les interesa la imposición de la Doctrina Monroe de “América para los americanos” y sigue embarrando la cancha en Ucrania con la OTAN y con el mismo fin.

Otro tanto se observa en la relación entre China y los Estados Unidos, allí donde estos hacen toda una pirotecnia de ejercicios militares y visitas de altos funcionarios a Taiwán mientras los chinos responden aumentando su presencia comercial en Brasil y en América hispana, además de atreverse por momentos a alguna que otra provocación más abierta como introducir un globo espía en el espacio aéreo estadounidense, a ver qué pasa. Es la propia complejidad de las relaciones geopolíticas, es la instalación por parte del soviético Nikita Jrushchov de misiles nucleares en Cuba para lograr, en la mesa de negociación, la retirada de los misiles nucleares estadounidenses previamente instalados en Turquía. Hoy se sabe que Jrushchov nunca tuvo la intención de lanzar sus cohetes desde Cuba borrando del mapa a los Estados Unidos, pues eso iba a resultar necesariamente en un holocausto nuclear o en una guerra sin ganadores. Lo que Jrushchov hizo al usar a los cubanos en su estrategia fue obligar al presidente John Kennedy a retirar los misiles Júpiter del territorio turco, cosa que Kennedy hizo efectivamente seis meses después, en 1963, para que la opinión pública no entendiera que los Estados Unidos habían vendido a sus aliados de Ankara en un trueque con los soviéticos, quienes por su parte vendieron a los cubanos al dejarlos desarmados.

Excelente infográfico en inglés con el panorama de las reservas de petróleo y gas en el mundo. Aquí los países donde esas reservas existen están divididos en dos grupos: en la parte superior están los países que forman en la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), mientras que abajo se encuentran los que no lo hacen. Como se ve, los Estados Unidos, Rusia y China no forman parte del grupo y por eso trabajan individualmente con cada uno de los países de la OPEP para influenciar su política interna y lograr que sean funcionales a sus estrategias. La OPEP ha sido una de las mesas más tensas de la geopolítica en el último medio siglo.

Lo mismo ocurre en la actualidad, pero con distintos nombres propios. Ya no están Kennedy ni Jrushchov, no existe la Unión Soviética. Los que sí están son Joe Biden, Donald Trump, Vladimir Putin y Xi Jinping, además de un escenario similar al de la Guerra Fría donde el enemigo “soviético” del liberalismo occidental a veces es Rusia, a veces es China y a veces son ambos sumados a un grupo de otros países —casi todos asiáticos— que parecerían estar dispuestos a consolidar un nuevo orden mundial multipolar en el que puedan tener algo más de protagonismo en el “concierto de las naciones”. Ahora como entonces, las armas son un factor decisivo en la lucha, aunque desde luego no son lo esencial: como en toda guerra fría, es en el control de los recursos estratégicos donde reside la clave del enigma, en la economía es donde debe buscarse la respuesta a los interrogantes e ir desentrañando el resultado de la guerra antes de su desenlace. Hoy la guerra entre Oriente y Occidente es una lucha por el acceso a los recursos naturales, los alimentos y los combustibles allí donde dichos recursos abundan. Y es precisamente aquí donde entramos nosotros, los americanos, en la conversación.

También en una apretadísima síntesis, puede decirse que nuestra América hispana y Brasil son territorios riquísimos en una gran variedad de recursos, entre los que se destacan los combustibles, los alimentos y los minerales. Por lo primeros, existen en Venezuela las mayores reservas a nivel mundial de petróleo y gas natural. Luego tenemos, entre los alimentos, el 87% de la producción mundial de soja en cinco países de nuestro continente (Brasil, Estados Unidos, Argentina, Paraguay y Bolivia). Y finalmente el litio, del que se estima que entre el 40% y el 60% de las reservas globales estén entre Bolivia, Chile y Argentina. Todas esas son riquezas que los Estados Unidos no necesitan con urgencia por tenerlas ya en abundancia en su propio territorio, por no consumirlas masivamente en su mercado interno o por ambas razones. Y esa observación es el disparador de la primera pregunta clave: ¿Por qué querrían los estadounidenses controlar las riquezas de un territorio, el nuestro, si no las necesitan para su consumo interno? ¿Cuál es el suministro esencial que desean asegurar en el continente americano?

La carne de cerdo en China tiene una importancia que a veces se le escapa a la comprensión de quienes no viven en países superpoblados. El cerdo es prácticamente la única fuente viable de proteínas para los 1.400 millones de habitantes de ese país y demanda para su producción un suministro ingente y constante de soja, la que por otra parte se encuentra mayormente en el continente americano. La cuenta es simple y da como resultado el que la potencia que tenga el control en América tendrá asimismo el control sobre la seguridad alimentaria de China. Y ese es un poderosísimo instrumento de extorsión que los Estados Unidos necesitan tener para luchar contra su enemigo número uno.

He aquí el relato de las relaciones triangulares antes descrito, es decir, las agresiones indirectas al enemigo y/o con la finalidad de obtener de parte de dicho enemigo un objetivo no explícitamente declarado en el discurso. En el caso del petróleo, por ejemplo, está claro que los esfuerzos constantes de los Estados Unidos desde 1973 hasta el presente por controlar la producción en Venezuela y en los países de Oriente Medio respondieron siempre a su necesidad de un equilibrio en los precios internacionales del crudo, ya sea para asegurarse las importaciones que necesita para una economía muy consumidora o para evitar que aumenten extraordinariamente los ingresos de países enemigos que producen y exportan petróleo, como en el caso específico de Rusia. Pero ahora, tras la deflagración en Ucrania que supuso la inestabilidad en el suministro de petróleo y gas natural desde Rusia a una también muy consumidora Europa occidental, a los Estados Unidos les interesa más que nunca controlar la producción y la exportación de esos hidrocarburos para presionar a los rusos, quienes a su vez presionan a los europeos jugando con sus necesidades de calefacción, movilidad y, más importante, combustible para el sector industrial, cuya matriz productiva es básicamente dependiente del gas natural y del petróleo.

No es entonces que los Estados Unidos necesiten el petróleo y el gas natural para quemarlos directamente, sino para regular el mercado internacional de esas commodities socavando el poder de sus enemigos que las producen o las consumen, como China. A propósito, Beijing también es el mayor consumidor mundial de soja, la que se utiliza allí para fines de nutrición animal en las megagranjas porcinas que producen la proteína que comen los 1.400 millones de chinos. Parece complejo, pero se trata de lo más sencillo que hay: como el 87% de la producción mundial de soja está en América, al controlar el territorio los Estados Unidos se reservan para sí la posibilidad de generar en China enormes hambrunas o mínimamente un déficit de proteínas que en el mediano y en el largo plazo resultaría en la disminución de la productividad en el gigante oriental. China necesita de la carne de cerdo en cantidades ingentes y por eso necesita un suministro constante y abundante de soja, sin la que serían inviables las megagranjas que producen esas cantidades. Por esta y por otras razones es que el mayor activo y a la vez el mayor pasivo de China es su enorme población, porque es mucha, trabaja y en consecuencia produce mucho, pero a la vez necesita comer todos los días.

Los automóviles de fabricación china son bellísimos y en casi todos los casos tienen las mismas prestaciones que los fabricados por las tradicionales casas del automovilismo mundial en Occidente, en Japón y en Corea del Sur. Pero el problema está a la vista: ¿Quién se compraría un Land Wind teniendo la posibilidad de adquirir, más o menos por el mismo precio, un Land Rover? China no podrá dar el batacazo en el mercado del automotor sin hacer una revolución tecnológica industrial que cambie el paradigma de los motores desde la actual combustión interna a algo distinto. Esa innovación puede ser la del motor eléctrico, pero para eso China debe controlar la reservas de litio de Argentina, Bolivia y Chile que “casualmente” los Estados Unidos están intentando apropiar.

Y come mucho. Un cálculo sencillo revelará que, si cada uno de los 1.400 millones de chinos come tres veces al día para sostener su productividad, en China deben elaborarse más de 4 mil millones de comidas diarias, lo que no es moco de pavo. Los Estados Unidos saben que eso es así y saben que pueden mellar para que China tenga dificultades en la producción de todo ese alimento, debilitando a su rival allí donde más le duele. El hambre no solo afecta la productividad, sino que puede generar inestabilidad política e incluso cambios de régimen cuando ocurre, razón más que suficiente para forzar al Partido Comunista de China a sentarse seriamente a una mesa de negociaciones con el fin de evitar esa desgracia. Ahí se ve claramente que la primera consecuencia práctica de la imposición dura de la Doctrina Monroe de “América para los americanos” podría ser la amenaza de inestabilidad en el suministro de soja desde Brasil, Estados Unidos, Argentina, Paraguay y Bolivia hacia China. El control de la producción de alimentos en América es, por lo tanto, desde el punto de vista de los Estados Unidos, un arma de guerra con el que puede disuadir y efectivamente frenar el avance de sus enemigos en la geopolítica.

Finalmente aparece el problema del litio, insumo básico en la fabricación de baterías con las que China pretende subvertir el orden económico dando el batacazo de una tercera revolución industrial en materia de motores. Como se sabe, los llamados países desarrollados del presente son los que tuvieron el control de la tecnología de la máquina a vapor en el siglo XIX y luego de la máquina a combustión interna en el siglo XX. Eso es básicamente todo, los países que controlaron el saber técnico necesario para producir motores en cada momento de su desarrollo han sido los ganadores en la modernidad. China sabe que no va a poder insertarse verdaderamente en el mercado de automóviles fabricando coches con motor a combustión interna, no podrá competir en condiciones de igualdad con fabricantes que ya tienen más de un siglo de tradición en el mercado. China ya fabrica automóviles con motor a combustión, nafta y diésel, pero comprende que entre un Chevrolet, un Ford, un Peugeot, un Toyota, un Hyundai o incluso un Fiat y uno similar de marca china, que es ignota, el consumidor en todas partes va a preferir a cualquiera de los primeros aun teniendo que pagar más caro para obtenerlo.

La jefa del Comando Sur Laura Richardson se ha convertido en un personaje central de la política de los países de nuestra región al reunirse con todos los dirigentes relevantes de ella, incluso con Cristina Fernández. Richardson habla públicamente con mucha regularidad de los recursos estratégicos de nuestros países como si les pertenecieran a los Estados Unidos y, al hacerlo, les envía un claro mensaje tanto a Beijing como a Moscú: “No se metan en nuestro patio trasero, no lo vamos a tolerar”. He ahí la Doctrina Monroe expresada en todo su esplendor geopolítico.

Por lo tanto, la única posibilidad real de que China obtenga el título de país desarrollado es con una revolución productiva que cambie el paradigma del actual motor a combustión interna a otra cosa, la que al parecer puede ser el motor eléctrico. Para lograrlo, China debe conseguir que el capital haga inversiones enormes en la modificación de la matriz productiva, todas las máquinas que hacen máquinas deben renovarse y eso cuesta mucho dinero. Pero ningún capitalista va a invertir esas fortunas sin primero tener asegurada la fuente de recursos de lo que va a posibilitar la generalización del auto eléctrico, en este caso el insumo para producir sus baterías mucho más que las fuentes de energía para cargarlas. Ese insumo es el litio, está mayormente en América y el que tenga el control sobre sus reservas podrá demorar, frenar e incluso inviabilizar la revolución industrial en la fabricación de motores que China pretende hacer. Una vez más tenemos la cuestión de los recursos del territorio, o más bien de su control estratégico, definiendo la guerra por la hegemonía global entre China y los Estados Unidos: si estos controlan el acceso a las reservas de litio en Sudamérica, podrán negarle a aquella el paso al desarrollo industrial pleno y soberano.

Salvo por cierta cantidad de petróleo que les permita no quemar sus propias reservas, como se ve, los Estados Unidos no necesitan directamente las riquezas del territorio americano al que llaman “patio trasero” y tendrán que volver a controlar mediante el endurecimiento de la Doctrina Monroe. Los estadounidenses no consumen ni una fracción de toda la soja que siembran en su propio territorio ni quieren el litio para fabricar baterías, puesto que ya han deslocalizado buena parte de su industria y tampoco están muy interesados en cambiar el paradigma del motor a combustión interna en el que son ganadores y dominantes. El control del territorio americano de extremo a extremo es una cuestión estratégica de condicionamiento a los enemigos en la geopolítica, que son Rusia y principalmente China. Entonces es natural toda la intriga diplomática y política que Washington hace en estas latitudes, desde la exposición mediática de la jefa del Comando Sur y de sus embajadores en cada país hasta las reuniones de los funcionarios del Departamento de Estado con candidatos a presidente que en otro tiempo renegaron del imperialismo yanqui. La cuestión estratégica se dice en criollo “atar la vaca” en América para que de dicha vaca no se alimenten libremente rivales como Rusia y China.

El BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), en otro momento fortalecido y ahora a punto de quedar vaciado de contenido como otras alianzas geopolíticas diseñadas para durar lo que duren las coyunturas en las que nacen. El continuum territorial es la realidad material geográfica y tiende siempre a imponerse sobre las afinidades ideológicas.

Al traicionar Jair Bolsonaro en su opción por Rusia y el BRICS, la aplicación de la Doctrina Monroe corrió peligro y entonces los Estados Unidos fueron a buscar a un “Lula” da Silva al que ellos mismos tenían encarcelado con un lawfare ejecutado por el poder judicial en cada país, pero concebido en las oficinas de la Agencia Central de Inteligencia (CIA, por sus siglas en inglés), ordenaron su liberación y la anulación de todas sus condenas judiciales para que pudiera presentarse como candidato. Y luego aseguraron, sabrá Dios cómo, el resultado de las elecciones. No es nada de otro mundo ni existen en la política real las implicaciones ideológicas que suelen atormentar la conciencia de la militancia. En el contexto de una guerra entre Occidente y Oriente, Bolsonaro optó por este bando y obligó a “Lula” da Silva a afiliarse al bando opuesto, dos representantes no pueden representar el mismo proyecto político y conducir el proceso a la vez. El de “Lula” da Silva es hoy, en consecuencia, un gobierno que responde a los intereses de los Estados Unidos en nuestra región y tiende a arrastrar en la estela de su influencia a todos los vecinos que suelen seguir la huella de Brasil en la forma de estar en el mundo participando de la geopolítica como actores de reparto.

El Departamento de Estado del gobierno de los Estados Unidos ganó las elecciones de octubre y noviembre de 2022 en Brasil con “Lula” da Silva y bajo el liderazgo carismático del histórico dirigente instaló allí un gobierno propio que, para disimular la contradicción, hará de aquí en más un abuso de la retórica dicha “progresista” en materia de ideología de género, racial, sexual y religiosa, venderá humo con la moral para demorar todo lo posible la comprensión entre las bases acerca de los intereses que realmente representa en la política. En el cabotaje “Lula” da Silva tendrá una agenda cargada de ideología “progresista” y políticas de contención social —los famosos “planes”— para ocultar que hace una administración colonial del “patio trasero” en la práctica por cuenta y orden de sus mandantes en Washington. Jair Bolsonaro es “de derecha” y se afilió a un sector del Partido Republicano mientras este grupo gobernó en los Estados Unidos, migrando luego a una alianza con el aliado ruso del mismo Partido. “Lula” da Silva es “de izquierda” y se alinea al Partido Demócrata que actualmente gobierna en los Estados Unidos. Parecen distintos y en efecto lo son, pero tienen ambos la misma terminal de poder: la que, ya sea para hacerles la guerra a las potencias orientales o para acordar con ellas un nuevo ordenamiento multipolar del mundo, va a imponer en América la Doctrina Monroe a como dé lugar.

Entre ambigüedades como la “condena a la guerra” y el “clamor por la paz”, el popular “Lula” da Silva terminó brindando su apoyo a Volodímir Zelenski y, por extensión, a la campaña de la OTAN en suelo de Ucrania. “Lula” usará todo su talento de encantador de serpientes para estirar la farsa lo más que pueda, pero la verdad siempre estará a la vista: Brasil hoy está en la órbita de los Estados Unidos y funcionará de aquí en más en la estrategia occidental, en el marco de la Doctrina Monroe, contra Rusia y China

El resultado es siempre el mismo y se explica por la teoría del continuum territorial, la que también explica por qué Europa estuvo perdida por los Estados Unidos a manos de los rusos desde que estos se pusieron de pie tras la debacle de la disolución de la Unión Soviética y se decidieron a ir por lo que consideran que es lo suyo. A partir de ese momento, habiendo ya un equilibrio en el campo de las armas nucleares y estando Europa en el continuum territorial de Rusia, unos Estados Unidos ubicados del otro lado del Océano Atlántico perdieron y la visibilización de su derrota fue solo una cuestión de tiempo. Otro tanto pasará aquí en América, pero en espejo y empezando por Brasil. “Lula” da Silva intentará disimularlo con retórica, humo ideológico y asistencialismo social, pero todos los días será obligado por sus mandantes a definirse en oposición a los rebeldes que desde Oriente impulsan el nuevo orden geopolítico multipolar. Un BRICS ya vaciado de contenido por la defección de uno de sus principales socios irá apagándose hasta convertirse en una entelequia similar a la CELAC, la Unasur y demás alianzas similares creadas para durar lo que dure una coyuntura o que dependen de los ciclos electorales en los países que las conforman.

En tan solo dos meses de gobierno el popular “Lula” da Silva ya envió a su canciller a dar esas definiciones, diciendo que se había terminado el tiempo de la neutralidad y que Brasil ahora iba a apoyar a Ucrania, es decir, iba a ser funcional a la estrategia de diversión de la OTAN en ese país. Luego fue el propio “Lula”, con una ambigüedad venenosa, el que dio la misma definición con distintas palabras, hablando de “paz” y de “parar la guerra” para concluir que Rusia está en el lugar del agresor. Y otra vez el conductor, ahora transmitiéndole al títere ucraniano Volodímir Zelenski su apoyo en una teleconferencia. De aquí a una visita del brasileño a Kiev hay un paso y esto es, finalmente, como en aquella frase generalmente atribuida al viejo Abraham Lincoln, uno de los padres fundadores de los Estados Unidos: “Es posible engañar a todos durante algún tiempo y también es posible engañar a unos pocos todo el tiempo, pero no es posible engañar a todos todo el tiempo”. La hilacha siempre se ve, más temprano que tarde se ve. Y el que tenga ojos para verla la verá, a menos que no quiera hacerlo. Pero la verdad siempre aparece frente a los ojos de quien sabe observar la política.


Este es un contenido exclusivo para suscriptores de la Revista Hegemonía.
Para seguir leyendo, inicie sesión o suscríbase.

No puedes copiar el contenido de esta página

Scroll al inicio
Logo web hegemonia

Inicie sesión para acceder al contenido exclusivo de la Revista Hegemonía

¿No tiene una cuenta?
Suscribase aquí

¿Olvidó su contraseña?
Recupérela aquí.

¿Su cuenta ha sido desactivada?
Comuníquese con nosotros.