El agente del caos

Mientras la política formal entretiene a las masas con disputas ideológicas de bajo vuelo y escándalos efímeros, el verdadero poder —invisible, supranacional, inabordable— avanza sin resistencia. Como en todas las naciones periféricas y ultraperiféricas, la Argentina atraviesa un proceso de recolonización silenciosa impulsado por una élite global que ya no necesita fusiles ni virreyes visibles: le basta con operar por control remoto a través de una clase dirigente disciplinada. El pueblo, sin saber que no sabe, sigue atrapado en la farsa de una democracia vaciada mientras un Javier Milei como el agente del caos acelera las reformas estructurales que sellan el destino de factoría de nuestro país. La teatralización de la política, la grieta domesticada y la polarización mediática funcionan como mecanismos de distracción, desactivando toda posibilidad de resistencia real.
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Mientras la minoría politizada se divierte polemizando en las redes sociales sobre el último factoide lanzado por los tuiteros mileístas y los dirigentes dichos “opositores” se juegan en una interna aquello que podría calificar como un lugar de disidencia controlada, el poder fáctico avanza a toda marcha silenciosamente con las reformas sobre el andamiaje jurídico del país que el globalismo necesita imponer para insertar a la Argentina como factoría en el nuevo orden mundial. El destino neocolonial de una nación que alguna vez y quizá más de una vez estuvo en vía de liberarse se sella en la política que no se ve, la política real que se aleja de la diatriba diaria y nunca es noticia en los canales de televisión del sistema, por fuera de la vista de un pueblo que está muy lejos de saber de qué se trata.

Lo anteriormente expuesto podría muy bien ser la síntesis de la situación actual en prácticamente cualquier país. Observando ciertas particularidades locales y salvando distancias, lo que pasa hoy en Argentina mientras los poderes globales moldean el mundo para lo que queda de este siglo XXI sucede igualmente, en mayor o en menor medida, en todas partes. Es lo que describe una definición atribuida al filósofo y lingüista estadounidense Noam Chomsky, según la que el pueblo no sabe lo que pasa y ni siquiera sabe que no lo sabe. La definición de Chomsky empalma en cierto modo con la consigna que encendió en estas latitudes la llama de la revolución hace más de dos siglos, en 1810. En esos días el pueblo quería saber de qué se trataba y rodeó el Cabildo para exigirle al virrey Hidalgo de Cisneros las explicaciones del caso.

Ese pueblo —entonces reducido, por definición censitaria, a unos pocos propietarios— supo al fin de qué se trataba y las consecuencias fueron nefastas para Hidalgo de Cisneros y para España como metrópoli. Al saber de qué se trataba, el pueblo de 1810 empezó a exigir cambios que finalmente habrían de resultar en un proceso de independencia. El que dicho proceso haya sido o no beneficioso para la Argentina habiendo cuenta de que en lugar de los españoles vendrían los ingleses es tema para otra conversación. Lo que aquí quiere demostrarse es la validez de la definición de Chomsky, aunque con un agregado: el pueblo no sabe que no sabe de qué se trata, no lo sabe hoy ni lo supo jamás. Y cuando tuvo la oportunidad de saberlo o al menos de entender su propia ignorancia el resultado fue la revolución.

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El filósofo y lingüista estadounidense Noam Chomsky, aquí junto a Julian Assange durante el exilio de este en la embajada de Ecuador en Londres. Según la definición de Chomsky, la gente no sabe que no sabe y eso es más profundo que la simple ignorancia de la realidad. El problema es ignorar la propia ignorancia y creer que las sombras proyectadas en una pared son la vida real.

Lo mismo puede decirse de una forma distinta utilizando otra definición de gran importancia histórica. De acuerdo con la tradición, el gran industrial estadounidense Henry Ford habría dicho que “si la gente supiera cómo funcionan nuestro sistema financiero y los bancos, habría una revolución mañana por la mañana”. No hay consenso sobre si la definición es en efecto de Ford o de Charles Binderup, diputado demócrata por el estado de Nebraska en el periodo inmediatamente anterior a la II Guerra Mundial, pero la controversia es del todo irrelevante. La que queda demostrada una vez más es la validez de la síntesis atribuida a Chomsky y además el hecho de que existe o por lo menos existió entre las clases dominantes cierto nivel de conciencia acerca del peligro inherente a la dominación de mayorías por simple ignorancia.

O quizá no haya ningún peligro y el pueblo realmente nunca vuelva a tener la posibilidad de saber de qué se trata. Al fin y al cabo, en 1810 el poder tenía cara, nombre y apellido, estaba sentado en un trono o en un sillón y era perfectamente ubicable. Había un virrey y por encima de este un monarca visible. Aquel ejecutaba en el territorio las órdenes de este y para doblarle la mano bastaba con juntar a quizá 50 vecinos, ir a buscarlo y tirarlo por la ventana de la fortaleza, como había jurado solemnemente hacer Manuel Belgrano. Ahí estaba el poder, que era un poder político y, por lo tanto, público. Para saber de qué se trataba el pueblo simplemente debía reunirse, presionar al poder político y la verdad —o, en su defecto, las consecuencias— quedaban a la vista.

Se trata evidentemente de una simplificación de cosas que por lo general no suelen ser así de sencillas, aunque tiene la utilidad de marcar un contraste. ¿Dónde está el poder hoy? ¿A quién habría que tirar por la ventana de qué edificio para que el pueblo supiera de qué se trata? La simplificación propuesta sirve para comprender en pocas líneas el advenimiento del poder fáctico económico a lo largo de los últimos dos siglos y medio en Occidente y en las colonias y el consiguiente desplazamiento desde la claridad meridiana de la política hacia la oscuridad de una élite a cuyos miembros no se les conocen las caras. Los hechos de la semana revolucionaria de mayo de 1810 fueron en verdad bastante sencillos como suele ser la política de un modo general sin el concurso de factores ocultos. Cuando el poder real está a la vista todo es muy simple y lineal.

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Además de ser un genio de la industria estando entre los artífices de la segunda revolución industrial, Henry Ford fue un intelectual de fuste al que se le atribuye la definición lapidaria sobre la oscuridad del sistema financiero y bancario. Como buen industrial que era, Ford entendía que el capitalismo financiero era el mal para la humanidad pues destruía la producción priorizando el capital especulativo. Ford, como se ve, también fue un visionario.

Nada es simple y lineal en estos tiempos tras décadas de concentración de la riqueza y de un avance tecnológico que permite el control remoto de las mayorías por parte de un controlador que ni siquiera tiene la necesidad de hacerse presente para ejercer dicho control. Piénsese, otra vez, en las horas posteriores al cabildo abierto del 22 de mayo de 1810. Lo que se discutía allí era la legitimidad del virrey Hidalgo de Cisneros al conocerse la noticia de que el monarca Fernando VII había sido apresado en España por Napoleón Bonaparte. Hidalgo de Cisneros era el poder presente y allí estaba, como suele decirse, dando la cara. No había más escollo que su persona para el éxito de la revolución y efectivamente esta triunfó cuando en la Plaza de la Victoria (actual Plaza de Mayo, por esta misma razón) el pueblo quiso saber de qué se trataba.

Ahora, el presente. Prácticamente todos los días tienen lugar en nuestro país y en otras latitudes manifestaciones cientos y hasta miles de veces más numerosas que la del 25 de mayo de 1810 sin que por ello se modifique en lo más mínimo la relación de fuerzas. El pueblo en las calles exigiendo saber de qué se trata puede en ocasiones lograr alguna concesión por parte de las autoridades e incluso un cambio de régimen mediante la destitución de un gobierno, aunque esto es cada vez menos frecuente. Sea como fuere, sin cuidado de lo que pase en la política formal la relación de fuerzas del poder real jamás cambia y el pueblo nunca llega a saber de qué se trata. Para ser más precisos, he aquí el problema: el pueblo ni siquiera llega a comprender que no sabe de qué se trata. Podría decirse que el problema tardomoderno y luego posmoderno es un problema gnoseológico.

Es lo que describen las definiciones atribuidas a Ford y a Chomsky. En algún punto de la modernidad el pueblo dejó de no saber de qué se trata y pasó a no saber que no sabe de qué se trata. No es un juego de palabras ni mucho menos: una cosa es ignorar la verdad y entender dicha ignorancia, actuar en base a ese conocimiento —el de saber que se ignora— y exigir saber de qué se trata. Otra muy distinta, como se ve, es ignorar la propia ignorancia y a partir de ello creer que una simulación proyectada es la realidad. Esta es la descripción quizá más adecuada al presente en comparación con un tiempo pasado inmediatamente posterior a la revolución burguesa en Europa y las revoluciones que estallaron en todo el mundo como consecuencia. El pueblo en la Plaza de la Victoria exigió saber de qué se trataba en los últimos días de mayo de 1810 fundamentalmente porque sabía que no sabía.


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