Un siglo después del triunfo de la revolución burguesa en Europa la vieja aristocracia del antiguo régimen estaba definitivamente derrotada y la burguesía, avanzando céleremente con la industrialización propiciada por la consagración de la seguridad jurídica de la propiedad privada, estaba bien instalada en el lugar de clase dominante. No había lugar para la restauración ni posibilidad de vuelta atrás en los países centrales y lo único que faltaba a fines del siglo XIX era el símbolo cultural fuerte no claramente originado por la política. El irlandés probritánico Bram Stoker habría de producir ese símbolo al publicar una de las novelas más leídas y luego interpretadas por la televisión y el cine a lo largo del siglo posterior. Esa novela fue Drácula y esta es la historia de cómo la caracterización monstruosa de una parcialidad política ha dado los más auspiciosos resultados para el que hace esa caracterización y, a la vez, las consecuencias más nefastas para el que es caracterizado.
Como se sabe, de acuerdo con la pluma prodigiosa de Stoker, Drácula fue un vampiro, aunque en la realidad fáctica comprobable en la documentación histórica fue tan solo un aristócrata y probablemente, según sea el cristal con el que se lo mire, un criminal de lesa humanidad para los estándares de la actualidad. El príncipe Vlad III de Valaquia fue un sujeto que quedó conocido por varios nombres y sobre todo por la macabra costumbre de empalar a sus desafectos y/o enemigos políticos una vez que los capturaba. Allá por fines del siglo XV, el príncipe Vlad III reinaba en Valaquia, una región vecina a la famosa Transilvania y una especie de provincia del centro del país que hoy se llama Rumania. La referencias geográficas aquí son para la anécdota. Lo importante es que Vlad III empalaba gente en ese lugar de Europa oriental y eso le iba a valer el apodo de “Tepes”, que en rumano significa “empalador”.
Vlad Tepes hizo de las suyas mientras lo dejaron hasta que un buen día se le terminó y lo decapitaron. Al parecer la “rosca” de Vlad Tepes era contra el invasor otomano, razón por la que hoy se lo considera un héroe nacional de Rumania, pero mucho antes de este reconocimiento la reputación de Vlad Tepes iba a inspirar los más escabrosos relatos de empalamiento, narrativas que por la tradición oral habrían de recorrer Europa por los próximos siglos hasta llegar, evidentemente muy modificadas a lo largo de unos 400 años, al conocimiento de Bram Stoker. Vlad Tepes llegó a la cultura de Irlanda como un aristócrata sangriento cuyo patronímico era Dracul o Drăculea. Fue lo suficiente para que Stoker se imaginara el ahora universalmente conocido personaje del conde Drácula.

Está claro que Vlad Tepes III de Valaquia no tenía colmillos como los de un lobo ni se alimentaba de sangre humana o vivía de noche sin poder ver la luz del día, eso es lo que agrega Bram Stoker en la interpretación que habría de ser un best-seller en una época, observe bien el atento lector, en la que las novelas eran lo equivalente en la actualidad a las llamadas plataformas de streaming, pues no existían la televisión, la radio ni medio de comunicación electrónico alguno y leían los privilegiados que sabían hacerlo. Vlad Tepes III de Valaquia solo existe hoy fuera de Rumania como el conde Drácula y eso es gracias a la enorme difusión obtenida por la obra de Stoker. Toda la idea en Occidente y aquí en las colonias de lo que podría ser un vampiro se basa en la novela Drácula de Bram Stoker, todas las versiones posteriores son de una manera o de otra adaptaciones de esa originalidad. He ahí el poder de esta novela.
Pero hay mucho más poder porque para fines del siglo XIX, que es cuando se publica Drácula por primera vez en Londres (más precisamente en 1897), la opinión pública recibió la obra de la única forma posible y esperable que es como la caracterización de una clase social que estaba derrotaba y que iba a verse en lo sucesivo como un hato de vampiros. La consolidación última del triunfo de la burguesía sobre la aristocracia se da ahí, podría decirse, se da cuando los sectores populares quedan fulminantemente convencidos de que un aristócrata es un vampiro que se alimenta de sangre. Ese es un triunfo cultural de los que duran para siempre porque al quedar instalada en el subconsciente colectivo, que es más profundo que el sentido común pues es uno de los elementos que lo forman, una idea es irreversible.

Entonces en Europa ya nadie se atrevió a hablar de monarquía más que para sostener las rémoras simbólicas en lugares como Gran Bretaña, en los países escandinavos y poco más que eso, siempre sin poder político alguno o muy poca injerencia en los asuntos nacionales de esos países. El poder político en el Estado quedó definitivamente en manos de la burguesía revolucionaria y así iba a empezar el siglo XX, con una clase dominante consolidada y con su proyecto político, el capitalismo liberal, ya blindado ante los restauradores. En una palabra, el régimen monárquico no muere con la toma de la Bastilla en 1789 ni con las sucesivas derrotas posteriores de la restauración a lo largo del siglo XIX. La monarquía como proyecto político muere cuando se vuelve culturalmente inviable y en eso tiene mucho que ver la enorme difusión de Drácula por Bram Stoker.
¿Quién querría ser gobernado por unos vampiros que se alimentan de sangre humana y no soportan la exposición a la luz del día? En este punto el atento lector deberá hacer un esfuerzo intelectual para ponerse en el lugar del que vivió esos días y quedó fuertemente impresionado por la imagen creada por Bram Stoker como quedarían, por ejemplo, las sucesivas generaciones con los éxitos de taquilla del cine que terminaron formando la opinión general. En los tiempos de Bram Stoker los libros eran Hollywood, eran Netflix, eran la televisión, la radio e internet, todo eso junto. Y la consecuencia fue una derrota definitiva de una clase social y su proyecto político por desprestigio social. La burguesía probablemente nunca le hizo a Bram Stoker la debida justicia por el servicio prestado, que resultó ser inestimable para la defensa de sus intereses de clase, pero la verdad es que pocos hicieron más que este escritor por la causa burguesa antimonárquica.

Ahora bien, la enseñanza que puede extraerse de todo esto es la mismísima obviedad ululante y es que, como se ve, la política y la cultura corren por carriles paralelos, razón por la que el verdadero triunfo de un proyecto político solo tiene lugar cuando se da en ambos campos. Un proyecto puede arrebatar el poder político en el Estado mediante la revolución o el proceso dicho “democrático” del voto en la urna, puede sostener ese poder durante varias décadas e incluso puede llamarse hegemónico, pero siempre será en el fondo una construcción endeble mientras no logre instalar en el sentido común —o todavía mejor, en el subconsciente colectivo— las ideas de su propia bondad y de la inviabilidad de sus enemigos. Los burgueses hicieron lo primero durante dos siglos desde la Ilustración y luego en la revolución burguesa/industrial y más tarde lograron lo segundo, ataron la vaca al decretar culturalmente que por inhabilidad moral la aristocracia no podía dirigir.
Eso es lo que explicaba hace ya varios años con su didáctica tan particular el multifacético Diego Capusotto, una especie de Bram Stoker propio de las clases populares en Argentina. En uno de sus sketches del show televisivo que en esos días aparecía en la TV Pública, Capusotto cuestiona el rol de los medios de comunicación en la hegemonía del capitalismo y canta esta que es una verdad a gritos: “Cuando se convierte en sentido común es cuando una ideología triunfa”. Ni antes ni después, el triunfo de una ideología que es en rigor un proyecto político determinado solo se da cuando sus postulados penetran el sentido común de las mayorías, esto es, cuando las ideas de la bondad propia y de la maldad ajena se instalan en la sociedad mucho más allá de la política estrictamente entendida como la lucha entre dirigentes por el poder en el Estado.

Capusotto corrobora a su manera la hipótesis de Bram Stoker como agente cultural de la ideología liberal burguesa. Más adelante en el tiempo, los yanquis habrían de tomar nota de todo esto y también de aplicar la fórmula ya no contra una monarquía que en los Estados Unidos nunca existió, sino contra el comunismo: además de promocionar la bondad, la belleza y la verdad de su sistema liberal con un modelo de consumo y de bienestar social por abundancia material, los publicistas yanquis echaron a rodar durante casi todo el siglo XX sendos rumores sobre el comunista como un sujeto malo, ateo (esto era cierto, no obstante) y pervertido que desayunaba con carne de niño, etc. ¿Quién iba a ser comunista en los Estados Unidos a la vista de semejante barbaridad? No, el comunismo era cosa de chinos, rusos, vietnamitas y norcoreanos, orientales a los que nadie podía conocer en la realidad porque estaban del otro lado del mundo en una época en la que las comunicaciones no eran nada de lo que son hoy.
Hay mucha gente bienintencionada en los Estados Unidos que quizá no siga creyendo en la de que los comunistas se comen crudos a los niños, aunque sí sigue viendo muy opacos a los orientales de un modo general. Hollywood hizo mucho aporte a esa creencia generalizada durante la Guerra Fría con personajes que terminaron siendo icónicos en la cultura de Occidente y, por extensión natural, de las colonias, como los de Rocky Balboa y su contracara soviética que fue Iván Drago. Este boxeador —evidentemente comunista y quizá alimentado a base de una dieta que incluía carne de niños, aunque Hollywood no se animó a sugerir nada de eso pues ya estaban bien entrados los años 1980— era una verdadera máquina: frío, implacable, inconmovible, todo lo opuesto a un Balboa que se presenta tremendamente humano con sus imperfecciones y debilidades, a las que va superando a lo largo del film a pura fuerza de voluntad. Una épica perfecta en un perfecto contraste de buenos y malos tan típico de Hollywood.

Drago además es oficial de infantería del Ejército Rojo y tiene una medalla de Héroe de la Unión Soviética, esto es, un perfecto comunista de Oriente que representa la totalidad de ese proyecto político, al que en la metáfora quiere presentarse derrotado por el liberalismo occidental. Drago es malo, un malo muy malo que al comienzo de la película mata literalmente a golpes a Apollo Creed, ese apasionado púgil estadounidense que sube al ring envuelto en los colores nacionales de su país. Drago debe ser derrotado por Balboa, el bien debe derrotar al mal en un final feliz de justicia poética y, en efecto, el soviético cae noqueado a manos del yanqui tras un dramático combate. ¿Qué puede quedar de todo esto? Pues quedan las caracterizaciones propias y ajenas desde el punto de vista de quienes realizan la película como lo que realmente es, una pieza de propaganda política favorable al proyecto liberal de Occidente y muy desfavorable, directamente descalificante, al proyecto opuesto.
Hay más, por supuesto, pues Drago y Drácula tienen el mismo radical que es “dragón”, bestia de la mitología que a nadie le inspira ternura. Son dragones del mal, tanto Iván Drago como el conde Drácula son el mal por antonomasia y son, por lo tanto, la inhabilidad moral del enemigo. Drago mató a golpes a un boxeador negro que ya era veterano y se subió al ring disfrazado de Tío Sam para hacer una pelea de exhibición, no correspondía darle aquella paliza mortal. Drácula, por su parte, se escondía en la oscuridad de la noche para acechar a sus víctimas, a las que les chupaba la sangre. La gente es sencilla y cree, lee las novelas o mira las películas y asocia una cosa con la otra hasta llegar a la conclusión de que la caracterización de los personajes se extiende a las naciones e ideas representadas. El oriental es malo y así, sedimentando en el sentido común, triunfó la ideología liberal en Occidente hasta los días de hoy.

Es todo de manual, como se ve, aunque precisamente por serlo es que se da la ley según la que quien a hierro mata, a hierro debe morir. El método de caracterizar al enemigo ideológico en la política y en la geopolítica como el mal absoluto no es exclusivo de Occidente y una vez instalado puede usarse por otros incluso contra Occidente. Eso fue lo que hizo Vladimir Putin al decir que con la caída de la hegemonía unipolar del bloque occidental liderado por los Estados Unidos se termina el baile de los vampiros que se alimentan de sangre humana. Así, literalmente y como buen judoca que es, Putin usó la fuerza de sus enemigos en la geopolítica en su contra al aplicar el método conocido de ponerlos en el lugar del mal absoluto, de la inhabilidad moral. Putin empezó a instalar en el debate una idea que hace rato circula en los ambientes dichos “conspiranoicos” y la puso a la luz del día, que es donde los vampiros no pueden estar.
Pero a diferencia de la ficción en la forma de novelas o de películas aquí no hay ninguna metáfora. Putin se refiere a algo que los servicios de inteligencia de las potencias globales saben y que hasta ahora estuvo reservado a esos niveles subterráneos de la política, pero que puede emerger a la vista de la opinión pública con la caracterización abierta de sus enemigos como vampiros que se alimentan de sangre humana. Putin concretamente se refiere a ciertos rituales secretos en los que las élites torturan y/o sacrifican seres humanos —especialmente niños— con la finalidad aparente de nutrirse de la vitalidad que hay en su sangre infantil/juvenil. El atento lector no debe preocuparse por ello ahora, pues todo eso pertenece todavía al plano de la “conspiranoia” al no revelarse el material clasificado que tienen los servicios de inteligencia al respecto. Lo importante por el momento es saber que Putin se refiere a eso cuando habla de un baile de vampiros que se alimentan de sangre humana.

El atento lector podrá aducir que si los medios de comunicación no hacen de ello un escándalo las 24 horas y durante varios días la idea sugerida por Putin no va a prender en Occidente y en las colonias, aunque se revelen los carpetazos recopilados por los servicios de inteligencia. Y también que es muy poco probable que esos medios hagan algo que vaya en contra de los intereses de sus propietarios, que son justamente las corporaciones de las élites globales, o los vampiros que chupan sangre. Es decir, que el asunto va a seguir en el plano de la “conspiranoia” y tiende a no mover el amperímetro, razón por la que la jugada de Putin quedaría sin efecto. Todo eso es cierto, aunque desde luego hay en ello un error analítico: Putin no instala el tema del baile de los vampiros para que prenda en Occidente y en sus colonias, sino en Oriente y fundamentalmente en Rusia. Allí los medios ya le están dando la debida “manija” a la grave denuncia y la opinión pública se está formando por fuera de la vista de quienes estamos de este lado del mundo.
En este punto existe un error de valoración muy frecuente, el de creer que en Oriente, en Rusia, en China y en Irán, entre otros países de la región cuya cultura es muy distinta a la nuestra, el común de la gente consume la misma información que nosotros consumimos acá. Eso no es así y es más bien una cosa diametralmente opuesta: en Oriente también existe una hegemonía mediática, una voz dominante y un relato oficial, pero ese aparato cultural y esa narrativa no pertenecen a las corporaciones que controlan en nuestras latitudes la información. En Oriente la hegemonía mediática está en manos de los enemigos de esas corporaciones trasnacionales y estos producen, en consecuencia, un relato muy distinto al que consumimos aquí tendiendo a creer que de la verdad se trata.
Al igual que en Occidente y aquí en las colonias, también en Oriente existe un férreo control de la información que circula. Claro que las redes sociales están y el control sobre ellas, aunque igualmente se realiza, es mucho más dificultoso por la capilaridad. El asunto es que allá como acá la información que aparece publicada en las redes sociales debe repercutir en los medios de difusión tradicionales para validarse socialmente, esto es, el individuo no lo cree del todo si lo ve únicamente en Facebook, en Twitter, en Instagram, en TikTok o aun en cualquier otra red social. Los medios de comunicación tradicionales todavía existen porque gozan de una credibilidad que quizá las redes sociales jamás tendrán por la condición de anonimato que el usuario tiene y el periodista no puede tener.

Véase, por ejemplo, el caso paradigmático de WikiLeaks, cuyo potencial de lo que reveló en su momento al filtrar cables diplomáticos fue explosivo y pudo haber echado abajo todo el sistema de representación en Occidente y en las colonias. Nada de eso ocurrió y la razón de ello es prosaica, es el silencio de los medios tradicionales sobre el caso. Como los medios hicieron y siguen haciendo silencio sobre las revelaciones de WikiLeaks, la mayoría jamás se enteró de nada y la pequeña minoría enterada quedó ubicada en el lugar del “conspiranoico”, pues lo que veía en las redes sociales no salía en televisión y, por lo tanto, no podía ser cierto. Eso sí, a Julián Assange se le impuso una guerra judicial y se lo metió preso de por vida por atreverse a denunciar a los que mandan más en Occidente.
Pero la persecución a Assange es más bien una venganza que un intento de silenciarlo, Assange siempre estuvo silenciado al no tener por parte de los medios de difusión tradicionales la debida repercusión de su hallazgo monumental. Los medios a veces hablan de Assange, sí, aunque únicamente para comentar la causa judicial que le armaron en Suecia y por la que los británicos lo capturaron. Del contenido de los cables diplomáticos filtrados por Assange nadie habla en los medios tradicionales y el resultado final es que el ciudadano promedio quizá recuerde hoy vagamente a Assange como un tipo que estuvo exiliado en la embajada de Ecuador en Londres, alguna acusación por abuso sexual y poco más que eso. De lo que Assange reveló con ese formidable proyecto que fue WikiLeaks ya nadie se acuerda.

Quienes creen que las redes sociales ya superaron a los medios de difusión tradicionales hacen de ellas una sobrevaloración, las están sobreestimando y ese es un error al menos en lo que a información sobre la política de un modo general se refiere. Es cierto que los adolescentes de esta generación se informan y hasta se educan con TikTok, prácticamente no miran televisión, no escuchan radio y ni hablar de leer un diario o un libro. Todo eso es cierto y, siéndolo, no modifica aún el equilibrio entre lo que es una información socialmente válida y lo que es “conspiranoia” en la política. Una información puede tener incluso la sustancia que tuvo WikiLeaks, pero si los operadores mediáticos que llamamos indebidamente “periodistas” no se hacen eco de ella en los medios tradicionales su impacto quedará siempre restringido y tenderá a caer en el olvido más temprano que tarde sin producir los cambios sociales que habrían generado de otro modo.
Y los “periodistas” jamás van a hacer eco de una información cuyo contenido sea inconveniente para quienes les pagan el sueldo, esto es una obviedad que Rafael Correa alguna vez sintetizó diciendo que “desde que se inventó la imprenta la libertad de prensa es la voluntad del dueño de la imprenta”. No podría ser de otro modo, todo esto es natural. Lo es aquí y también, por lógica, tiene que serlo en todas partes, también en Oriente. Aquí los medios de difusión pertenecen a las corporaciones y jamás van a visibilizar lo que sea inconveniente a esas corporaciones. ¿Pero qué pasa en Oriente? Pues lo que pasa es que allí, por lo general, los medios de comunicación están bajo control de la política en el Estado, es decir, no de quienes tienen más poder económico sino más poder político. Esto es cierto claramente en China, pero también lo es en Rusia y prácticamente en todo Oriente no colonizado por Occidente (quedan excluidos Japón, Corea del Sur y alguno que otro más de esta definición).

El hombre oriental promedio está relativamente mucho mejor informado de lo que se reveló en WikiLeaks que el ciudadano en Occidente y aquí en las colonias. Y en sentido análogo, aunque no lo veamos porque precisamente solo vemos lo que nuestros medios de acá quieren que veamos, también lo está sobre muchas otras cosas que aquí solo se ven en las redes sociales y que, en consecuencia, solemos ubicar en la categoría de “conspiranoia”. Los innumerables analistas occidentales que predijeron un rápido colapso del régimen de Putin en Rusia a partir de las sanciones impuestas por Occidente por la operación especial en Ucrania erraron feo, Putin está más fuerte que nunca y se fortalece todos los días. ¿Y por qué se equivocaron tanto quienes se jactan de entender la política mejor que los demás mortales?
Porque los analistas cometen el error clásico del narcotraficante inexperto, a saberlo, consumen de la droga que ellos mismos venden. Presionados por los dueños de los medios para los que operan, los analistas construyen sus narrativas y predicciones basándose en la información que los medios occidentales venden en Occidente y en las colonias, no en la información privilegiada que podrían obtener de los servicios de inteligencia. La CIA de los Estados Unidos, por ejemplo, advierte y siempre advirtió en sus informes que no iba a haber ningún colapso de Putin simplemente porque el pueblo-nación ruso no mira los canales de televisión estadounidenses, alemanes, franceses, etc. El ruso mira los canales rusos y escucha a los operadores mediáticos rusos, los que lógicamente están controlados por el Kremlin y no por las corporaciones occidentales.

Sí, claro, es una obviedad ululante. Putin ganó las elecciones a mediados del pasado mes de marzo con un arrollador 88% de los votos y virtualmente sin oposición. El ruso en Rusia, el chino en China y el iraní en Irán no consumen la misma información que un francés en Francia, que un estadounidense en los Estados Unidos o un argentino en Argentina. No lo hace y más bien consume la información opuesta en la mayoría de los casos: lo que aquí se presenta como una atrocidad puede presentarse allí como un acto de heroísmo y viceversa, razón por la que casi siempre resulta tan difícil para quienes estamos de este lado del mundo comprender por qué los rusos, los chinos, los iraníes y hasta los palestinos hacen lo que hacen y viven como viven. La descripción de Occidente y Oriente como dos mundos paralelos es y ha sido precisa desde tiempos inmemoriales porque en esas regiones la opinión pública y el sentido común se forman en paralelo, normalmente en oposición mutua.
El meollo del asunto es que Putin no hace ninguna metáfora, no hay figura de lenguaje alguna en la descripción de las élites occidentales como vampiros que se alimentan de sangre humana. Putin trae a colación una denuncia concreta cuyo contenido ya es conocido en Rusia y en Oriente de un modo general porque los medios de allí suelen hablar de ello bastante a menudo. Nosotros no lo vemos jamás, pero ellos sí que lo ven. Y entonces la conclusión es que Putin está utilizando el método de Bram Stoker y de Sylvester Stallone —quien actúa y también dirige la saga de Rocky Balboa desde la segunda parte de la secuela en adelante— para caracterizar a sus enemigos ideológicos de Occidente como vampiros chupasangre y, por lo tanto, inhabilitarlos moralmente para conducir el orden mundial. Ese es el baile de los vampiros que según Putin está terminando, como alguna vez terminó la hegemonía de la aristocracia monárquica a manos de la burguesía republicana y revolucionaria.
Los grandes cambios en el ordenamiento global y también a nivel regional solo pueden venir acompañados por una narrativa épica en la que el triunfo de una parcialidad quede legitimado culturalmente como la victoria de los buenos sobre los malos, no hay ninguna otra forma de que las mayorías comprendan el hecho y lo validen socialmente. La generalidad del pueblo aquí, en Rusia y en todas partes no está interesada en interiorizarse sobre los pormenores de la política, las características de los proyectos políticos, las contradicciones de las ideologías en pugna, nada de eso. La mayoría solo entiende que en el mundo está el bien, está el mal y conviene que aquel se imponga sobre este por el bien de la colectividad.

Nada de esto, tenga la certeza el atento lector, se describe de modo crítico ni peyorativo hacia los pueblos, sino como lo más natural que hay en el mundo y puede verificarse históricamente a lo largo de los siglos. La política es una actividad de minorías muy pequeñas, de los politizados en cada sociedad que son siempre muy poquitos. A las mayorías no les interesa ni jamás les va a interesar la política en tanto y en cuanto ella, la política, se percibe como una actividad más entre infinitas otras actividades a las que el hombre puede dedicarse. El atento lector que ha llegado con gran interés a leer estas líneas ciertamente sabe que en la política se define todo lo demás, sabe que la política es la madre de todas las actividades humanas, pero debe asimismo tener la conciencia de que ese saber no está generalizado ni lo estará jamás. Las grandes mayorías están llamadas a legitimar los procesos políticos siempre sin estar en posesión de toda la información que se requiere para hacerlo. Es decir, basándose más en el sentir que en el pensar. Así funciona el juego.
Las grandes mayorías necesitaron un relato sencillo como el que Bram Stoker creó con Drácula para ubicar a los aristócratas en el lugar del vampiro no idóneo para dirigir y Hollywood ha sabido explotar magistralmente desde siempre en sus relatos de buenos y malos donde el final feliz solo ocurre cuando los primeros derrotan y humillan a los últimos. Tiene que ser con goleada, con baile incluido, con los malos noqueados en el último round y luego expuestos en un Nuremberg para que todo el mundo conozca sus atrocidades cometidas. Pero para que eso ocurra primero es preciso definir claramente quiénes son los buenos y quiénes son los malos. Eso hizo Bram Stoker a fines del siglo XIX, lo hizo Hollywood durante todo el siglo XX y lo hace Putin ahora en las vísperas de un cambio en el ordenamiento global que probablemente los encuentre en la volteada a los rusos en el bando de los ganadores.

Quizá lo más dramático de todo lo hasta aquí expuesto sea el hecho de que cuando ese cambio se produzca no seamos capaces en estas latitudes de comprender cómo pudo haber sucedido tal cosa, lo que en la metáfora sería la figura del que es atropellado por un tren sin haberlo visto venir. Décadas de colonización pedagógica impuesta por el aparato comunicacional de las élites occidentales impiden la comprensión del hombre en Occidente y aquí en las colonias respecto a la magnitud de la emergencia de las potencias de Oriente, las que vendrían a ser el tren propiamente dicho. Los operadores mediáticos nos venden la idea de que Estados Unidos y sus satélites de Europa occidental siguen siendo hegemónicos, cuando en Oriente hace rato ya se sabe que eso no es así y que la multipolaridad es un hecho real más o menos desde principios de este siglo. Y es probable que haya aquí mucha confusión cuando el hecho quede plasmado en un acontecimiento que conmueva las bases del sistema y oficialice el cambio en el orden global.
En términos estrictamente políticos el mentado baile de los vampiros que se alimentan de sangre humana es el ordenamiento unipolar resultante del cierre deshonesto de la II Guerra Mundial. Imponiendo su voluntad más allá de los códigos de la guerra mediante el uso de armas atómicas sobre un ya derrotado Japón, los Estados Unidos establecieron un ordenamiento de tipo neocolonial en el que las élites económicas concentraron poder y riqueza a costa de la explotación de los pueblos en África, en Asia y en nuestra América, aunque en rigor esa explotación fue sobre toda la humanidad en su conjunto. En la práctica lo que hubo desde 1945 en adelante fue un orden mundial en el que élites muy minoritarias entraron a jugar en la geopolítica con sus corporaciones y dominaron la economía global hasta límites que al principio ni esas propias élites podían imaginarse. El resultado fue el mundo injusto y convulsionado hoy existente, un mundo en el que seis familias concentran más riqueza que 4 mil millones de seres humanos combinados y por ello el caos es la norma.

Ese equilibrio es inviable en el corto plazo y, bien mirada la cosa, sorprende que haya durado tanto. Duró mientras los excluidos del reparto en 1945 no pudieron organizarse para cuestionar el paradigma, cosa que al parecer ya ocurre y puede verse en el desafío abierto de las potencias emergentes de Oriente a la hegemonía unipolar occidental tanto en el campo de batalla como en el plano de la economía. Ni la Unión Soviética fue capaz de plantear ese desafío integral en su momento, limitándose a librar una guerra fría que iba a terminar con su propia disolución porque los soviéticos hacían mucho en lo tecnológico, en lo ideológico y en lo militar, pero jamás tuvieron ni una fracción del desarrollo económico que China presenta hoy hasta el punto de dominar el comercio mundial. Las élites occidentales son como aquella aristocracia monárquica en el siglo XIX, están ahí y mucha gente cree que cortan el jamón, pero eso ya no es así y la narrativa está a punto de cambiar.
Prestar atención a lo que ocurre en Oriente y comprender a quiénes dirigen sus discursos líderes como Vladimir Putin y Xi Jinping es la clave para, como se usa decir coloquialmente, entender dónde va a caer la pelota. La narrativa del aparato comunicacional de Occidente describe un mundo que ya no existe en este siglo XXI, es la impostura de una “realidad” que ya no es real. El orden mundial de Hiroshima, Nagasaki, Yalta, Potsdam y Bretton Woods está caduco y ha dado lugar a un ordenamiento multipolar que podría ser muy beneficioso para países como el nuestro en su anhelo de descolonización e independencia definitiva, siempre y cuando nuestros dirigentes políticos se dediquen más a comprender el sentido histórico y menos a consumir el humo cultural de un Occidente que da sus últimos manotazos de ahogado previos al cambio de era.
Esto último es una expresión de deseo para un pueblo-nación que lamentablemente ha sido expuesto a una colonización pedagógica muy prolongada y tiende a seguir creyendo que Rocky Balboa es el héroe de la película. Es poco probable que algo de eso cambie, el sentido común no es una cosa que pueda modificarse de la noche a la mañana. Pero el mundo sí que va a cambiar un buen día cuando se termine el baile de los vampiros y se vea de qué lado de la medianera quedará cada uno. A nadie le conviene quedarse pegado con Drácula, solo hace falta una buena conducción política para salvarnos de ello y entonces no está muerto el que pelea. ¿Y si a lo mejor aparece en el horizonte un conductor que sepa leer bien la política internacional y se niegue a ponerse del lado de los vampiros?
Este es un contenido exclusivo para suscriptores de la Revista Hegemonía.
Para seguir leyendo, inicie sesión o
suscríbase.