En la historia argentina, tres arquetipos populares —el gaucho, el obrero y el soldado— quedaron atrapados en una paradoja reveladora. Mientras el pueblo los reconoció como expresión de su identidad, el poder dominante se empeñó en borrarlos o degradarlos pues cada uno representaba una amenaza al orden establecido. El gaucho personificó la libertad indómita frente a la oligarquía, el obrero la fuerza organizada frente al capital y el soldado la defensa de la patria contra el invasor extranjero. Sin embargo, fueron perseguidos o reducidos a imágenes debilitadas y distorsionadas para impedir que su ejemplo se propagara entre el pueblo. Recuperar su densidad histórica y simbólica, rastrear las huellas que sobrevivieron al borramiento y reexaminar críticamente su legado constituye una tarea ineludible como punto de partida para la reconstrucción nacional.
El aparato hegemónico desplegó contra la nación una guerra de posiciones que no se libra en los campos de batalla, sino en el terreno cultural e ideológico. Allí moldea subjetividades y erosiona las referencias identitarias del pueblo. La maniobra no se limita a la represión física de los sujetos históricos, sino también a desgastar su memoria y vaciarla de cualquier vestigio de la potencia transformadora de aquellos sujetos. El plan consiste en separar al pueblo de sus íconos de pertenencia, evitar que se reconozca en ellos y dificultar su capacidad de movilizarse en torno a un proyecto común. Sin memoria colectiva, la identidad nacional se diluye y la sociedad se vuelve dócil ante la imposición de los sectores dominantes.
No obstante, el ataque discursivo nunca logra neutralizar por completo el conflicto político. Frente al vaciamiento impuesto emergen contraofensivas que permiten al pueblo reapropiarse de tradiciones como banderas de dignidad y permanencia histórica. Estas iniciativas reponen la vitalidad de aquellos referentes colectivos devolviéndoles su impulso renovador frente a la maquinaria de desmemoria. Publicaciones como la presente estimulan la reflexión al ofrecer lecturas críticas que desenmascaran la narrativa del poder, permitiendo despertar conciencias y ensayar nuevas formas de organización al identificar con claridad los márgenes posibles de acción.

El gaucho es un personaje de la llanura pampeana nacido en tiempos de la colonia que surgió de un amplio mestizaje entre criollos pobres, indígenas y afrodescendientes —libres, libertos o fugitivos—. Era un tipo social que alternaba su vida seminómada y errante con trabajos temporales en estancias y saladeros. Tomaba parte en las vaquerías para su sustento, comerciando cueros y cebo del ganado cimarrón que se reproducía sin control y se abastecía de la carne faenada de esas mismas reses, lo que le permitía sobrevivir sin depender exclusivamente del trabajo asalariado, salvo cuando precisaba unos pesos para costear sus “vicios”.
Desde sus orígenes fue objeto de un lento pero constante hostigamiento estatal destinado a disciplinar su vida itinerante, restringiendo su libertad de movimiento y sus formas de subsistencia. La exigencia de permisos o licencias para las vaquerías fue quizá el primer acto de arrinconamiento legal que, pese a la vastedad del territorio y la dificultad de su aplicación, provocó la desobediencia a normas que negaban su propio modo de vida. Quien vivía errante comenzó así a perfilarse como gaucho matrero, perseguido por vagancia o por apropiación de ganado cimarrón, reflejo de un proceso que lo empujaba a la marginalidad y al desacato a la autoridad.
Durante el siglo XIX la imagen del gaucho vio alterada su relativa estabilidad y atravesó una sucesión de metamorfosis en las que cada forma asumida, por más disímil que pareciera, conservó siempre el estigma de la sospecha y el control. Cada uno de esos rostros que irá adquiriendo no será una ruptura, sino etapas de un mismo proceso en el que se redefinieron su lugar social y su significado político dentro de la historia nacional.

La incorporación del gaucho a las guerras de independencia reconfiguró transitoriamente su posición social, pero no suprimió el estigma que lo acompañaba. La utilidad del gaucho patriota como recurso militar convivía con la renovación de las leyes represivas y las levas forzosas contra “vagos y malentretenidos”. En tiempos de paz, en cambio, recaía sobre él el peonaje obligatorio o el trabajo en obras públicas si no portaba la respectiva papeleta de conchabo cuando las autoridades la requerían. Fue héroe en la lucha emancipadora y en la vida civil permaneció bajo vigilancia y sanción, privado de reconocimiento oficial.
De héroe patriota pasó a ser gaucho montonero en las guerras civiles entre unitarios y federales, formando parte de las fuerzas de los caudillos provinciales sin dejar de ser objeto de control social. Juan Manuel de Rosas lo supo articular en una lealtad política y militar relativamente estable, exaltando su figura como símbolo del federalismo y de la defensa de la frontera con el indio. Sin embargo, su libertad económica y su movilidad eran para las élites ilustradas unitarias un obstáculo para la consolidación del Estado moderno.
El principio del fin del gaucho ya estaba en marcha cuando comenzó a extinguirse el ganado cimarrón, desplazado por la evolución hacia la estancia abierta, organizada y extensiva. Los grandes terratenientes dejaron de mostrarse tolerantes y abandonaron la costumbre arraigada de permitir que carnearan reses marcadas y entregaran el cuero al dueño de la hacienda.
Ese proceso se aceleró tras la caída del rosismo en la Batalla de Caseros. La organización nacional, la expansión de la frontera agrícola y la inmigración europea, junto con la modernización productiva —el molino harinero, el ferrocarril, el frigorífico y la introducción masiva del alambrado— transformaron por completo la vida rural. El cerco de los campos clausuró la libre circulación del ganado y redujo drásticamente la movilidad del gaucho por las antiguas rutas de arreo.

De haber engrosado las filas de la milicia irregular, muchos terminaron obligados a trabajar como peones sedentarios, a combatir como soldados de frontera contra el indígena o a ser exterminados en la Guerra del Paraguay. Algunos, reacios a esa domesticación forzada, volvieron a internarse en los márgenes del “desierto” y resurgieron como gauchos matreros. Fue la última chispa de libertad antes de ser absorbidos por el “orden y el progreso” y convertirse en seres legendarios.
La literatura también se ocupó del gaucho. En la obra de Domingo Faustino Sarmiento aparece prisionero de una lógica despiadada. En Facundo se lo describe con un tono contradictorio: destreza y bravura, junto a la etiqueta de barbarie que impide la llegada de la civilización. En su tristemente célebre carta a Bartolomé Mitre, Sarmiento abandona la ambigüedad y muestra una brutal franqueza política. Aconseja no ahorrar su sangre porque no tenían más que eso de seres humanos y podían servir de abono al país. Esa dicotomía “civilización y barbarie”, fuertemente sarmientina aunque propia del liberalismo decimonónico, prueba que el gaucho no era un sujeto a integrar ni a rescatar sino un obstáculo a remover, un resto de atraso cuya eliminación era condición indispensable del progreso. Tampoco escapaban del descarte “el negro, el pobre y los salvajes de América”.
En el Martín Fierro José Hernández levanta la bandera del gaucho como héroe épico popular, pero su gesto loable no está exento de cálculo político. En La ida (1872) denuncia con énfasis los atropellos de la leva y el sometimiento estatal, no solo por compasión sino porque la economía agropecuaria en ascenso necesitaba al paisano para el campo como mano de obra barata y no para la frontera como carne de cañón. En La vuelta (1879) un Fierro sobreviviente se transforma en consejero de sus hijos y predicador de obediencia, trabajo y adaptación al nuevo orden, marcando el paso de la protesta inicial hacia el disciplinamiento interesado del gaucho, necesario para su inserción en la Argentina liberal que comenzaba a desarrollar un modelo agroexportador articulado con la integración territorial y la subordinación social.

Sarmiento practica un liberalismo de exclusión, pues educar y europeizar al país implicaba arrasar con lo que consideraba un lastre para la civilización. Sin tapujos, impulsa la eliminación —simbólica y, en ocasiones, literal— del gaucho. Hernández, en cambio, parte de una denuncia política y social ambivalente para preservarlo como recurso económico y luego lo erige en símbolo poético de integración nacional al servicio de la oligarquía terrateniente, incorporándolo bajo una versión pedagógica que lo hace funcional al nuevo esquema de dominación. Ambos convergen en una matriz ideológica porteña-liberal y, pese a sus diferencias de estrategia, despojan al gaucho de toda autonomía como sujeto social, aniquilándolo o domesticándolo.
La desaparición del gaucho como individuo libre dio lugar a un campesinado limitado a peón asalariado, pieza imprescindible del engranaje productivo-exportador, pero despojado de derechos elementales. Durante casi un siglo, el Estado liberal forjó su riqueza sobre esa explotación despiadada, silenciando toda demanda y perpetuando la intemperie social del hombre de campo. Recién en 1944, con el impulso del Coronel Perón, se sancionó el Estatuto del Peón Rural que produjo un quiebre del orden hegemónico y constituyó la primera reparación formal, transformando a la fuerza de trabajo históricamente oprimida en trabajador amparado por la ley y reconocido como sujeto de derechos.
La figura del gaucho constituye uno de los mitos de origen de la identidad argentina. Hoy se ve sometida a una profanación cultural que lo prostituye en el altar de un show chabacano. Bajo la excusa de “resignificarlo” (¿y con él al ser nacional?) se lo ridiculiza en clave de folklore queer, se lo traviste en performances drag y se lo expone al exhibicionismo de quienes confunden extravagancia con talento. Con bufonescos personajes disfrazados de “gauche”, el emblema de la argentinidad es arrastrado a una parodia grotesca que, lejos de rendir un homenaje a su legado, lo pisotea sin pudor.
El obrero personifica la continuidad de la insumisión gaucha. Lo que el gaucho desplegó en la pampa con su libertad, el obrero lo reproduce en la ciudad mediante su lucha organizada. El mismo pulso rebelde, distinto escenario. Su fuerza reside en la conciencia política y social, en el sindicato y en la huelga. Eso lo convierte en una amenaza estructural al orden dominante, porque ya no es un individuo aislado y marginal sino un sujeto colectivo capaz de enfrentar al patrón y paralizar la producción. Creador de la riqueza, es también quien menos se queda con ella.

Desde su etapa inicial el movimiento obrero argentino fue asediado en múltiples frentes simultáneos: represión y criminalización, fusilamientos, pogroms, lock-outs patronales, listas negras, rompehuelgas y matones a sueldo; cooptación y divisionismo mediante sindicatos blancos y amarillos; policía política y migración selectiva; discursos xenófobos contra anarquistas, comunistas y socialistas.
Todas estas maniobras buscaron neutralizar al obrero organizado capaz de disputar el poder político. La ofensiva produjo un doble efecto fracturando la capacidad de resistencia colectiva y difundiendo la idea de que el obrero ya no era sujeto de transformación sino un problema de orden público o de gestión laboral, pese a que sus reclamos expresaban derechos legítimos y aspiraciones sociales insatisfechas. No importaba su ideología. Se lo atacaba por ser obrero y desafiar la lógica del capital, una constante que se repetiría cuando el movimiento adoptara formas nacionales y populares.
El ciclo peronista reivindicó al obrero como eje y motor de un proyecto de país que no seguía modelos traídos de afuera, elevándolo a un protagonismo político y social sin precedentes. Bajo el liderazgo de Perón, el trabajador recibió un reconocimiento tangible, obtuvo poder de negociación y alcanzó influencia, afirmando su presencia en la vida nacional. En suma, el peronismo lo convirtió no solo en beneficiario de reformas históricas sino en pilar de un nuevo contrato entre el Estado y la sociedad, en condiciones de redefinir las reglas del juego político.
A partir de la “revolución fusiladora” la centralidad conquistada por el obrero le fue arrancada con Perón derrocado, exiliado y proscrito. La identidad plena que el trabajador alcanzó no se limitaba a ser fuerza de trabajo, sino pueblo organizado con derechos, voz y destino. El poder militar, servil al poder económico, dictaminó que debía volver a ser individuo disperso y eslabón anónimo del sistema productivo. Entró en eclipse parcial su capacidad de lucha, hostigada pero aún presente. Sin posibilidad de representarse a sí mismo, su condición de sujeto político quedó confinada al rol de mero asalariado durante dieciocho años que parecieron eternos.

Perón y la clase obrera sufren la misma mutilación: el conductor es desterrado y su pueblo trabajador queda huérfano de él. Dos dimensiones de una misma devastación política. Es la lógica bestial de una conjura antipueblo —colonizada y vendepatria— que no solo derriba gobiernos sino que expulsa al adversario de su lugar en la historia. Deja tras de sí un silencio impuesto y una amarga sensación de fracaso donde antes había una multitud organizada que por fin había descubierto el camino de su realización. Es el mismo juego sucio de las minorías poderosas contra las mayorías populares, que cambia de formas con el tiempo pero nunca de crueldad.
A pesar de los embates y adversidades, el obrero nunca bajó los brazos. Condenado a la nostalgia y a la frustración permanente, se le generó un duelo inconcluso pues el conductor estaba vivo pero ausente, presente en la memoria pero inaccesible. Esto podía alimentar tanto la desesperanza como la radicalización. La maniobra política de la proscripción funcionaba como un doble aislamiento —el conductor sin pueblo y el pueblo sin conductor—, una suerte de terapia de choque para interrumpir la continuidad histórica del peronismo. El problema para el poder es que ese quiebre, lejos de anularlo, reforzó el poder simbólico del vínculo, transformándolo en un lazo imposible de romper.
El retorno de Perón tras el exilio dejó una imagen inolvidable en la que un obrero lo recibía y sostenía el paraguas que lo resguardaba de la lluvia, como él había protegido antes al pueblo trabajador frente a la injusticia social. Pero la Argentina ya no era la misma y se avecinaban tiempos de violencia. En el mismo avión chárter que lo trajo de regreso viajaban todas las facciones del peronismo que más tarde terminarían enfrentadas a muerte, que alcanzaría incluso al obrero del paraguas, José Ignacio Rucci, a quien muchos ya imaginaban como el sucesor natural de Perón.
El breve período del tercer peronismo, cercado por disputas internas y por la creciente ofensiva política y militar, reafirmó al obrero —al trabajador en todas sus formas— como soporte vital del proyecto justicialista dejando atrás la larga noche de la proscripción. La alianza histórica entre obrero y Estado se reconstituyó; al mismo tiempo, fueron restituidos derechos colectivos y sociales impulsándose un modelo redistributivo sustentado en el Pacto Social.

Lo que vino después truncó este proceso. La dictadura sangrienta y la farsa democrática —incluido el falso peronismo con sus variantes menemista y kirchnerista— reinstalaron un modelo de acumulación rentístico-financiero que destruyó el círculo virtuoso entre trabajo y producción nacional, aún incipiente y con enormes tensiones.
La desindustrialización planificada, la apertura indiscriminada y la deuda externa impagable quebraron la base material del movimiento obrero. Privatizaciones, flexibilización y precarización laboral se vendieron como modernización, mientras el discurso meritocrático fragmentaba y culpabilizaba al trabajador por su suerte. El miedo al despido disciplinó y reemplazó a la organización colectiva, mientras la burocracia sindical cooptada o corrupta se volvía cómplice. Se simuló peronismo con asistencialismo clientelar, que administraba la pobreza pero no reconstruía el trabajo genuino ni enfrentaba al poder, dejando al obrero sin fábrica y sin sindicato.
Hoy el obrero se mueve en una condición híbrida. No pertenece del todo a la industria ni a los servicios sino que convive con informalidad y tecnificación, con explotación y consumo, con la cultura sindical heredada y la soledad frente a la pantalla. Ya no es el bloque monolítico que se plantaba desafiante frente al poder. Esa hibridez, lejos de condenarlo a la disolución, puede ser semilla de articulación de lo disperso y de una nueva conciencia de lucha. Columna vertebral en su tiempo, hoy podría devenir en nervio sensible que empuje el nacimiento de otro sujeto histórico. La cuestión decisiva es cómo lograrlo.
Existe todavía una tercera figura cuya presencia marcó a fuego la historia nacional: el soldado. Él también fue sistemáticamente silenciado, porque su existencia recuerda que el pueblo no sólo trabaja y se rebela sino que además combate. En ella se condensa la tensión entre soberanía y subordinación, entre heroísmo y olvido, entre la voluntad de un pueblo en armas y la maquinaria cultural que busca ignorarlo. Con la recuperación de las Islas Malvinas, aquel soldado gaucho de las guerras de independencia y de la lucha civil reapareció renovado evocando al Gaucho Rivero, pero nuevamente debió ser borrado porque su sola presencia desnudaba la incomodidad de un país partido entre el patriotismo popular y el cipayismo gobernante.

El proceso de desmalvinización en la sociedad argentina comenzó desde el mismo momento de la rendición militar y se afirmó en los primeros años de la transición democrática. Consistió en extirpar la causa Malvinas de la memoria colectiva, reduciéndola a una aventura irresponsable y vergonzante vinculada únicamente a una dictadura, cuando en realidad fue el acto heroico de un pueblo dispuesto a combatir por su soberanía.
Ese “no lugar” de la memoria popular se instauró mediante la degradación discursiva, por ejemplo tratando al excombatiente no como héroe nacional sino como “veterano”, categoría que denota vejez, desplazando a la palabra “soldado”, que remite a quien combatió en nombre de la patria y representa una identidad popular. El veterano, en cambio, es simplemente alguien que “estuvo” en una guerra sin importar cuál ni por qué.
El uso habitual de la palabra “caídos” funcionó como un eufemismo emocional que puso el acento en la muerte, la derrota y el dolor, evitando mencionar la dimensión estratégica, política y colectiva de la guerra. Nombrar equivale a delimitar lo pensable y, en este caso, actuó como filtro cognitivo que redujo el conflicto a un lamento y relegó el examen de sus causas.
También la operación semántica recurrió a la categoría de “chicos de la guerra”, rebajándolos a una imagen infantilizada. Se los colocó en condición de minoridad, presentándolos como sujetos manipulados y arrojados a una experiencia que no comprendían. Si los combatientes eran apenas “chicos”, la guerra que podía considerarse justa se convertía en un absurdo, una locura emprendida por una dictadura criminal que utilizó a “inocentes” para perpetuarse en el poder.
La casi paridad de bajas entre argentinos y británicos —sin contar los que perdieron su vida en el hundimiento del crucero ARA General Belgrano—demuestra que no se trataba de jóvenes indefensos, sino de soldados que combatieron de igual a igual contra una de las principales potencias militares del mundo. Esa evidencia explica por qué se buscó impedir que el pueblo tomara plena conciencia de la magnitud de su propia fuerza y capacidad.

Invariablemente se apeló a la condición de víctima pasiva de una tragedia inevitable, condenando al excombatiente a ser objeto de compasión y a depender de la asistencia estatal. De ese modo se lo despojaba de su carácter de héroe portador de coraje y espíritu patriótico, atributos suficientes para elevar el orgullo nacional, pero estos eran desactivados para generar sumisión y resignación.
La marginación y el olvido del soldado argentino no fueron casuales y cobran pleno sentido cuando se lo vincula con la ocupación de las Malvinas todavía en disputa. Borrarlo de la memoria nacional significó dejar sin voz al único actor que, con su acción y su presencia, podía encarnar el reclamo de soberanía en un escenario donde el Atlántico Sur pasaba a ser pieza clave como plataforma de proyección geopolítica británica.
Desde las islas, que funcionan como base logística, la potencia usurpadora garantiza su dominio sobre el Mar Argentino y sus vastos recursos, extiende un corredor hacia la Antártida y vigila los pasos bioceánicos. El soldado fue acallado porque su sola existencia recordaba que el enclave foráneo no era un simple accidente geográfico dibujado en el mapa, sino la cicatriz abierta de una soberanía arrebatada. Al mismo tiempo, ponía en evidencia el riesgo de mostrar ante la comunidad internacional la importancia estratégica de las islas y el anacronismo de su persistencia colonial.
El gaucho, estampa de la rebeldía originaria; el obrero, protagonista de la organización y la lucha colectiva; y el soldado, héroe de la soberanía. Este tríptico del pueblo no es un archivo del pasado, es la síntesis viva del ser nacional que repetidamente enfrentó a los más feroces intentos de exclusión y borramiento. Cada uno dio algo de sí por la patria ultrajada, hasta la vida misma. Hoy, ante nuevas afrentas, expoliaciones y peligros, ese legado se alza como mandato vital. La libertad no se negocia. La justicia social se defiende. La Argentina no se entrega ni se rinde.
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