Poco más de 24 horas después de ser ungido como candidato de una falsa unidad en el Frente de Todos reciclado, que tiene ahora Unión por la Patria como nombre de fantasía, Sergio Massa daba nacimiento al neomassismo —a la combinación del propio massismo y del kirchnerismo tardío— con un bautismo épico. En un acto realizado en el Aeroparque Jorge Newbery que contó con la presencia de Cristina Fernández, de toda la plana mayor del kirchnerismo e incluso con lo que queda de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, Massa anunció la recuperación simbólica de un avión que se utilizó durante la última dictadura para realizar los llamados “vuelos de la muerte”. La aeronave fue adquirida y restaurada para emplazarse luego en el predio de la antigua Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) y será un símbolo de la causa de los derechos humanos, que ha sido central en el discurso político en la Argentina en los últimos cuarenta años.
Lo primero que se deduce de la descripción del acto y sus finalidades es que Massa inició su campaña electoral llevando a cabo la inteligente maniobra de apropiarse simbólicamente de una causa que es prácticamente sagrada para la totalidad de un kirchnerismo al que pretende absorber. Mediante el ingenioso y a la vez ya gastado ardid de ponerse al frente de las demandas de los representados, una estratagema central en el pensamiento de ciertos intelectuales orgánicos como Ernesto Laclau, Massa puso el primer ladrillo en la construcción de un edificio: el del massismo como hegemonía en una nueva era que empieza. Pero para empezar esa construcción Massa necesita del capital inicial que es precisamente el kirchnerismo tardío, una minoría militante numerosa y muy intensa que se ha quedado huérfana de liderazgo al retirarse Cristina Fernández.
De un modo muy simplificado, el plan de Sergio Massa podría resumirse en asumir una herencia política que probablemente habría quedado vacante en la lucha por la sucesión entre los interesados. Y luego utilizar esa herencia a modo de capital inicial en la construcción de algo mucho más grande que la herencia en sí misma. Massa necesita el trasvase inmediato de la minoría intensa kirchnerista para sumarla al massismo propio y con eso ir a luchar la batalla electoral, una batalla que hoy por hoy es una cuestión de colarse en un ballotage. Allí, en una segunda vuelta que probablemente estará teñida por una apatía que es casi anomia, Massa pretende hacerse votar por su núcleo duro y por el núcleo duro del kirchnerismo, por supuesto, pero fundamentalmente quiere hacerse votar por gente que no es massista ni es kirchnerista, hacerse votar no por ser el mejor candidato ni por tener el mejor programa. Massa quiere hacerse votar por la mayoría de los electores simplemente por exclusión, por ser el menos malo, el “malo conocido” o porque los demás son directamente inviables.

Nada de eso es muy complejo ni está fuera del alcance de la comprensión del observador promedio. Es lo que describíamos en estas páginas, en la 64ª. edición de esta Revista Hegemonía, es la ingeniería electoral de Sergio Massa para quedar entre los dos más votados en octubre y luego ganarle a su rival en noviembre por descarte. Massa no tiene ningún logro para presentarle al pueblo argentino más que el de haber diferido un estallido económico y social que debió haber ocurrido en julio del año pasado. Más allá de eso, Massa llega a estas elecciones siendo el ministro de Economía de un país al borde de la hiperinflación y con aproximadamente la mitad de su población por debajo de la línea de pobreza. ¿Toda esa catástrofe se dio durante la gestión de Massa como ministro? De ninguna manera, pero Massa tampoco hizo mucho desde ese lugar por mejorar la situación.
No, Massa no tiene logros rutilantes de gestión para mostrar y llega a las elecciones como candidato de un oficialismo fracasado, desmoralizado y en retirada. Por lógica, Massa tendría que obtener una votación muy exigua, desde luego insuficiente para llegar al ballotage. En las condiciones de una política normal un Massa cuya gestión como ministro de Economía estuvo promediando la mediocridad del gobierno al que representa sería inviable como candidato, desde luego, pero las condiciones de la política argentina distan muchísimo de ser normales. La política argentina normalmente es muy identitaria y lo es mucho más todavía en los tiempos que corren: hay una buena parte del electorado dispuesto a definir su voto no en base a la observación de la realidad o al programa de los candidatos, sino en base al color de la camiseta del candidato al que vota. Y eso es lo central en esta ingeniería electoral massista.

Para ganar las elecciones Sergio Massa deberá de aquí a octubre o, de haber un ballotage, hasta noviembre, hacer un doble, un triple y hasta un cuádruple discurso público a sectores de la sociedad a los que deberá tratar como compartimientos estancos, incomunicados entre sí. Para empezar, deberá mostrarse amigable y confiable respecto al kirchnerismo frente a ese núcleo duro, el que luego de tanto desgaste podría estar entre el 20% y el 25% del electorado. Esos votos desde luego no son para nada despreciables, se trata de la primera minoría más numerosa y del capital inicial que Sergio Massa necesita para empezar la construcción. Haciéndose apoyar y votar por el kirchnerismo o al menos por la mayoría de los kirchneristas, Massa ya tiene garantizado mínimamente un lugar en el ballotage de noviembre en el supuesto de que Javier Milei no va a desplomarse del todo y va a restarle a Juntos por el Cambio los votos que esta alianza necesita para ganar ya en primera vuelta.
Luego deberá hacer un discurso para su propia base electoral, que son los massistas originales. A estos massistas el kirchnerismo les cae mal, son antikirchneristas y precisamente por eso acompañaron a Massa cuando este se escindió hace ya más de una década del gobierno de Cristina Fernández y del Frente para la Victoria, creando el Frente Renovador. Para ellos habrá que hacer un discurso limpio de kirchnerismo, aunque no necesariamente del todo anti, puesto que los massistas originales confían en su jefe y saben que, una vez aupado al poder, Massa probablemente les “suelte la mano” a los kirchneristas que hoy lo apoyan, digamos, estratégicamente. Frente a su propio núcleo duro —que podría ser quizá del orden del 5% del electorado— Massa no tiene que hacer mucho más de lo que ya hace, cuidándose de no pasarse de “kirchnerista” en el discurso dirigido al grupo anterior para no hacer enojar a los suyos.
Ya aquí, si logra retener el apoyo de la mayoría de los kirchneristas y de los massistas originales, Massa podría tener en el bolsillo a un 30%, a un tercio aproximado de los electores. Pero Massa necesita más porque existe el riesgo de que los cambiemitas sumen más del 40% de los votos con una diferencia de 10 puntos y ganen en primera vuelta. Y entonces la ingeniería se vuelve un poco más compleja: por un lado, Massa debería ayudar a Javier Milei para que este no se caiga demasiado, pero sin “pasarlo de comida” asimismo. Lo ideal es que Milei se mantenga en el orden del 20% de los votos, impidiendo que Juntos por el Cambio (Patricia Bullrich o Rodríguez Larreta) sumen la cantidad necesaria para evitar el ballotage. Es muy probable que Milei haya sido creado por el propio Massa con esa finalidad, que sea un elemento táctico en su plan estratégico.

Por otra parte, Sergio Massa deberá producir un discurso orientado a sumar voluntades en el sector que más votos aporta y que normalmente define todas las elecciones en todas partes: el sector de los “ni-ni”, de los civiles no ideologizados que a la política la miran sin mayor interés que el de ir a votar cada dos o cuatro años a los candidatos con mayor exposición. Estos civiles están mal predispuestos a acompañar a un candidato oficialista pues existe entre ellos la percepción de un fracaso político y de una catástrofe en lo económico. ¿Qué podría hacer Massa al respecto? Pues podría despegarse simbólicamente del gobierno al que pertenece y podría, además, con ayuda por parte de los medios de difusión, suavizar la percepción de los civiles con logros rutilantes y fulminantes de gestión. En una palabra, Massa debe ser capaz de generar la percepción de que a partir de su unción como candidato la marea cambió. Y que cambió, precisamente, porque el ungido es él y no otro.
El atento lector verá muchos anuncios en ese sentido de aquí a lo que queda hasta las elecciones primarias del 13 de agosto, muchos más hasta las generales de octubre y muchísimos más en sprint final hacia el ballotage de noviembre, de haberlo. Massa retomará la iniciativa dándole el famoso “volumen político” a su gestión e imponiendo la narrativa de que los actores de la economía están dispuestos a colaborar para que la situación mejore si Massa gana las elecciones. De comprender eso una parte significativa de los “ni-ni” no ideologizados, los que “votan con el bolsillo”, Massa podría sumar quizá otro 10% a su construcción, garantizando un lugar en el ballotage si las cosas salen bien e incluso, véase bien, un triunfo suyo directamente en primera vuelta si las cosas salen muy bien y Javier Milei se reparte con Juntos por el Cambio los votos restantes en partes más o menos iguales.
¿Cómo llegamos hasta aquí?
“Un momento”, dirá el atento lector. “¿Podría el candidato oficialista de un gobierno quebrado y desmoralizado, con una catástrofe inflacionaria a cuestas, ganar las elecciones en primera vuelta?”. Claro que deben alinearse los planetas, pero la respuesta es desde luego afirmativa. Si Sergio Massa logra heredar la casi totalidad del núcleo duro del kirchnerismo, retiene todos los votos de su propio núcleo duro y convence a una importante parte de los “ni-ni” no ideologizados de que es el único garante de que la economía va a mejorar, aunque ese convencimiento se base en una superstición, Massa podría obtener más del 40% de los votos en octubre. Y si la diferencia entre eso y lo obtenido por el segundo candidato más votado es superior a los 10 puntos porcentuales Massa gana en primera vuelta, sin la necesidad de un ballotage. El sistema electoral de Argentina es laxo y todo eso es, por lo tanto, posible. Tienen que alinearse todos esos planetas y algunos más, como la división del voto opositor entre Javier Milei y los cambiemitas y, si eso ocurre, Massa logrará lo que muchos van a calificar como un auténtico milagro.

Pero no hay milagro, sino estrategia a largo plazo, paciencia, tenacidad y una buena cantidad de apoyo por parte del poder real. Lo que Sergio Massa viene haciendo más o menos desde el año 2013 y el atento lector de estas líneas ya ha visto de manera detallada en anteriores ediciones de esta Revista Hegemonía es la ejecución de un plan estratégico de larguísimo aliento. A sabiendas de que sería incapaz de llegar por otros medios, Massa tejió una trama de traiciones, volteretas y mucho alpinismo político que en la ficción podría asemejarse a la representada por Francis Underwood, el personaje de Kevin Spacey en la serie de televisión House of Cards. Desde ganarle las elecciones de medio término al kirchnerismo en 2013 y condicionar en lo sucesivo al gobierno de Cristina Fernández en sus dos últimos años, hacer triunfar a Mauricio Macri en 2015, acompañarlo y luego abandonarlo a este en 2019 para formar el Frente de Todos con los kirchneristas, Massa viene haciendo una trayectoria que parecería ser un zigzag, pero es en realidad un camino recto si se lo observa en posesión del diario del lunes.
Bien mirada la cosa con toda la información hoy disponible, es lícito suponer que la candidatura a presidente de Sergio Massa en estas elecciones por la coalición oficialista quedó sacramentada al asumir Massa como ministro de Economía en julio del año pasado, aunque probablemente ya se había negociado en las elecciones de 2019. Como veíamos en pasadas ediciones de esta Revista Hegemonía, al formar en una sociedad de dos miembros el Frente de Todos junto a Cristina Fernández, con Alberto Fernández como una especie de apoderado, Sergio Massa controló el proceso para que los acuerdos suscritos fueran cumplidos en su totalidad. Y la puntada final en esa trama la dio al asumir el Ministerio de Economía en un momento de extrema necesidad en el que el gobierno del Frente de Todos pendía de un hilo al estallar una crisis terminal con la renuncia de Martín Guzmán, el gran legitimador del tongo macrista, en julio de 2022.

Conviene no olvidar que Sergio Massa era entonces el titular de uno de los tres poderes del Estado, el poder legislativo, un lugar al que había llegado por el voto popular y del que, en consecuencia, no podría ser removido por una simple decisión ejecutiva. A ese poder renuncia Massa a fines de julio de 2022 para asumir el Ministerio de Economía de un país en crisis. ¿Quién hace eso? ¿Quién entrega una cosa de mucho valor por otra muchísimo más barata? Lo hace el que hace una permuta. De hecho, así funcionan de un modo general las permutas, por ejemplo, de automóviles. Un seminuevo con poco uso y en excelente estado puede permutarse por un automóvil significativamente más viejo y en peores condiciones, chocado y fundido, siempre y cuando el que entrega el coche de mayor valor reciba algo más en la negociación, normalmente una suma de dinero equivalente a la diferencia entre el mayor y el menor valor de mercado de las cosas permutadas.
¿Con qué le habrá pagado esa empresa que fue el Frente de Todos a Massa para que Massa la salve de la quiebra? Desde luego que no con dinero, pues eso no es lo que les interesa a los dirigentes políticos de proyección y alto vuelo. Estos suelen exigir más poder en las permutas que hacen, están siempre dispuestos a cambiar una posición segura por otra inestable si hacia el futuro se les brinda la posibilidad de obtener un lugar de poder superior al que tienen al momento de negociar. Ahí tenemos el que Sergio Massa asumió el Ministerio de Economía el 28 de julio de 2022 y frenó la corrida que estaba llevándose puesto al gobierno del Frente de Todos porque a cambio de ese sacrificio su socia, Cristina Fernández, le otorgó la candidatura presidencial del espacio en las siguientes elecciones. Y con ello la sucesión como líder y conductor de ese espacio que los propios dieron en llamar “campo nacional y popular”.

El atento lector haría bien en preguntarse para qué demonios querría Massa ser el candidato oficialista de un gobierno fracasado, si por lo general los regímenes que fracasan son desplazados. La respuesta a ese interrogante es doble. En primer lugar, Massa cree que puede ganar las elecciones más allá de la performance del gobierno y de su propia performance hasta aquí como ministro de Economía, sabe que lo realmente importante es lo que pase de aquí en más, porque el elector tiene memoria muy corta y suele tener más en cuenta su situación presente que los padecimientos pasados a la hora de emitir su voto. Por otra parte, para llegar a ser presidente en un escenario de grieta cualquier candidato debe necesariamente montarse sobre el núcleo duro de electores de uno de los dos extremos en pugna. Massa alguna vez pudo haberse imaginado montado sobre el extremo macrista de la grieta, aunque pronto vio que eso sería inviable y fue a montarse sobre el extremo opuesto, el del kirchnerismo. Y ahí está, montado, ungido y en carrera.
En carrera, sí, pese a los pronósticos apresurados de que el frentetodismo ahora reconvertido simbólicamente en Unión por la Patria ya estaba descalificado de antemano. La unción de Massa como candidato “único” del espacio —más adelante veremos de qué se trata esa “unidad” pretendida— movió el avispero y puso en precaria situación a unos cambiemitas que ya venían probándose el traje mientras veían la mejor forma de derrotar a Javier Milei por paliza en primera vuelta. “Van a terminar terceros cómodos”, decían los dirigentes de Juntos por el Cambio públicamente sin pudor, refiriéndose a un frentetodismo que amenazaba con presentar como candidatos a un Daniel Scioli o incluso a un desconocido Eduardo de Pedro, cosa que al menos en apariencia pudo haber ocurrido. Los cambiemitas tenían en el horizonte la campaña electoral más fácil de todos los tiempos frente a un gobierno en retirada, hundido en el fracaso y sin candidato con real perfil presidenciable. Y en eso apareció Sergio Massa a cobrar lo que le habían prometido en la permuta y todo cambió.

Es muy importante notar que desde el punto de vista de cambiemitas como Horacio Rodríguez Larreta, Patricia Bullrich y todos los demás aspirantes a la corona que en esta ocasión se quedaron con las ganas de luchar por el trono, la confirmación de Sergio Massa como candidato representa mucho más que la posibilidad de perder una elección que en el prospecto parecía ganada de antemano. Como todos esos aspirantes tienen más de 50 años, Massa para ellos es la perspectiva concreta de ver clausurado de una vez y para siempre el camino a la cima del poder político que es el desiderátum de todo dirigente. Massa no viene a hacer un mandato tapón de cuatro años como el que hizo Alberto Fernández mientras otros resolvían qué hacer con la cosa. Sergio Massa viene a inaugurar una hegemonía larga que podría muy bien durar dos décadas, durante las que el nombre en el bronce solo podrán escribirlo el propio Massa y quienes este designe como sucesores, sustitutos coyunturales o herederos, entre los que está Malena Galmarini, su mujer.
Por lo tanto, en el reverso de la trama y considerando que las aspiraciones personales de los dirigentes son un factor determinante para la política, es posible que en el ascenso de Massa esté implicada la frustración de los proyectos individuales de muchos que hoy son protagonistas. Basta con observar el comportamiento de Patricia Bullrich y de Rodríguez Larreta en los días posteriores al cierre de listas para imaginarse cómo pudo haber impactado sobre ellos la noticia de que iban finalmente a competir contra Sergio Massa y no contra Eduardo de Pedro o Daniel Scioli en las elecciones de este año. Bullrich y Rodríguez Larreta depusieron la actitud característica de quien tiene un triunfo prácticamente asegurado en la víspera y adoptaron la del que vislumbra una posibilidad concreta de derrota. De aquí en más es probable que los candidatos cambiemitas cometan errores más bien groseros ante la vista de la opinión pública y muestren miserias que debieron ocultar. De aquí en más podrían pasar cosas que no estaban previstas en esos cuarteles y en ningún cuartel. De aquí en más el juego será otro.
A paso de vencedores (o de vendedores)
Veíamos con el atento lector en las primeras líneas de este texto que en el seno del Frente de Todos reciclado, ahora llamado Unión por la Patria, la mentada “fórmula de unidad” de Sergio Massa como candidato a presidente y Agustín Rossi como candidato a vicepresidente es una falsedad. No hay realmente en el frentetodismo reciclado —y menos aún en el peronismo, cuya parte significativa ni siquiera reconoce como propia a la alianza Unión por la Patria— ninguna unidad de concepción y tampoco, lógicamente, unidad de acción. Sergio Massa no es ni podría ser un candidato de unidad por la simple razón de que es rechazado por la casi totalidad del sector más numeroso de la coalición frentetodista que es el kirchnerismo. Lo que hay realmente en ese sector de la política es un sabor amargo a imposición de la voluntad de una pequeña minoría sobre la mayoría y el resentimiento que naturalmente resulta de eso.

A sabiendas de eso, Sergio Massa debió agregar un artilugio extra a su estrategia: el permitir que haya una lista alternativa en Unión por la Patria para las elecciones primarias del 13 de agosto. Y eso es extraordinario por varias razones, empezando por la siguiente: habiendo creado en 2009 las primarias abiertas, simultáneas y obligatorias (PASO) el kirchnerismo es la única fuerza entre las hegemónicas que jamás las habilitó, es decir, nunca hizo uso del instrumento electoral que creó. En las tres elecciones generales posteriores a la institución de las PASO (2011, 2015 y 2019) el candidato del kirchnerismo surgió siempre de una “unidad” muy peculiar: la del dedo índice de Cristina Fernández. La conductora del kirchnerismo hizo siempre todo lo que estuvo a su alcance para evitar la competencia interna, lo que sin duda contribuyó muchísimo al debilitamiento del propio kirchnerismo en el tiempo. Y lo extraordinario del caso es que justo ahora, cuando finaliza ya el ciclo kirchnerista como hegemonía en la política argentina, el kirchnerismo permite por primera vez las PASO en su seno.
¿Cómo podría explicarse eso? Pues quizá precisamente por el fin de ciclo, el que necesariamente viene sucedido en lo inmediato por el inicio del ciclo posterior. En otras palabras, quien habilitó las PASO en el frentetodismo para las elecciones de este año no fue Cristina Fernández, ella promulgó la ley y no cree en el objeto de la ley que promulgó, no quiere ni permitiría jamás internas en su espacio pues conduce con mano de hierro. El que habilitó las PASO en Unión por la Patria y permitió que a último momento se presentara Juan Grabois como candidato “alternativo” (ya veremos que en la práctica no lo es, sino que es más bien complementario) fue Sergio Massa, el nuevo jefe de la hegemonía. Al tener entonces Massa el poder en el frentetodismo las PASO dejaron de ser palabra prohibida y empezaron a habilitarse, aunque desde luego no por ninguna generosidad por parte de Massa, no hay nada de eso. Las PASO se habilitaron en el kirchnerismo ahora transformado en massismo como una maniobra táctica de contingencia.

Al ver que se producía un conato de rebelión no entre los dirigentes, sino entre los militantes no rentados y más precisamente entre los simpatizantes del kirchnerismo, quienes no están obligados por contrato ni por prebenda, Massa y sus asesores se percataron rápidamente de que existía el peligro de una significativa fuga de votos “por izquierda”, esto es, la migración forzada de aquellos kirchneristas silvestres a otros espacios peronistas como el de Guillermo Moreno o el de Juan Schiaretti, al trotskismo siempre oportunista e incluso al voto nulo y a la abstención. Como nadie puede determinar a ciencia cierta si esos kirchneristas inorgánicos son muy numerosos o muy intensos, prevaleció el sentido común. Si lo que Massa quiere es absorber la mayor cantidad posible de kirchneristas y transformarlos paulatinamente en massistas no puede simplemente imponerse y decirles “soy la única opción, tienen que votarme para que no vuelva la derecha”. Debe haber una etapa más en el despliegue estratégico.
Esa etapa de contingencia es la precandidatura de Juan Grabois, cuya única función es la de contener a los retobados dándoles la falsa sensación de que se les permitió optar. Más adelante, después de las PASO y parado sobre el axioma de “el que gana conduce y el que pierde acompaña”, Massa tendrá el argumento irrebatible para exigirles a los kirchneristas que lo voten en las elecciones de octubre. Massa no habrá surgido de ningún “dedazo”, sino de una elección interna en la que triunfó, no será una imposición de la mesa chica sino el legítimo ganador de una compulsa libre. Esa será la narrativa para después del 13 de agosto, una narrativa en la que Sergio Massa se hará acreedor del voto kirchnerista en buena ley. Derrotado en la interna, Juan Grabois deberá tragarse las palabras, reconocer que “escupió hacia arriba” y llamar a votar en las generales a Massa como candidato legítimo del espacio “nacional y popular”.

“Ni en pedo vamos a votar a este sinvergüenza, vendepatria y cagador de Massa”, vociferaba un rabioso Juan Grabois, dirigiéndose públicamente a Cristina Fernández, hace algunas semanas. Lo hizo frente a una asistencia más o menos nutrida y el exabrupto quedó registrado en un video que luego se viralizó en las redes sociales y quedó para siempre en el archivo, ese viejo enemigo de los dirigentes políticos incoherentes. Grabois decía que ni aún en la eventualidad de que le regalaran toda la lista de diputados y senadores su sector iba a acompañar a Massa, lo dijo y hoy se arrepiente amargamente de haberlo dicho. Grabois se metió solito en un callejón sin salida o con una única salida: la de someterse a la estrategia de Massa funcionando en ella como un elemento táctico. Grabois irá a una interna fantasma con el solo fin de contener “por izquierda” a los kirchneristas rebeldes, cuyas almitas de cristal y sensibilidad son bien progresistas, para luego volcar esos votos y esas voluntades a la construcción de Massa para lo sucesivo.
Claro que esa “interna” no es interna, o en todo caso se trata de una interna fantasma: basta con observar en el canal C5N el comportamiento de los operadores mediáticos que se hacen llamar “periodistas”. Durante toda una semana posterior al cierre de listas, delincuentes con cámara y micrófono como Pablo Duggan y Gustavo Sylvestre anunciaron la de Sergio Massa y Agustín Rossi como la “fórmula de la unidad” y simplemente ignoraron la existencia de Juan Grabois. En todas las placas y en todos los zócalos de C5N estuvo estampada esa “unidad” mentirosa como si de una verdad revelada se tratara, lo que indica lo siguiente: Massa tendrá todo el apoyo de los medios de difusión y Grabois será invisibilizado, quedándose finalmente con los votos de los retobados que se expresan en las redes sociales y son esa minoría intensa cuya magnitud real al fin podrá cuantificarse. Gracias a esta situación precaria en la que Grabois se metió hasta terminar como un ariete táctico de Massa, los que observamos sabremos cuánto mide exactamente el kirchnerismo tardío y pródigo en alharacas.

Como se sabe, C5N es el canal “amigo” del kirchnerismo y forma la opinión de los kirchneristas mediante la bajada de línea diaria de sus conductores estrella. Desde que Cristina Fernández pasó a ejercer de modo intermitente su liderazgo después de la derrota en las elecciones de 2015, fueron esos conductores estrellas los encargados de educar y orientar a la grey, además de sostener su cohesión evitando dispersiones. El kirchnerismo tardío, ese que se hizo kirchnerista durante el régimen de Mauricio Macri, fue más bien conducido por Víctor Hugo Morales, Cynthia García, Gustavo Sylvestre y más tarde también por Pablo Duggan que por Cristina Fernández, cuyos periodos de silencio fueron siempre largos. Los que hablaron todos los días con las instrucciones a la tropa fueron los “periodistas amigos”, quienes desde ese púlpito votado por nadie instruyeron a diario a los kirchneristas sobre qué debían opinar sobre cada tema. Y ahora los soldados, acostumbrados a esa teledirección, van a escuchar de sus “periodistas amigos” la instrucción de que deben votar a Massa “para que no vuelva la derecha”.
El kirchnerismo tardío es eso mismo, es una tribu de la política muy parecida a las tribus rivales en el sentido de que se hace conducir más por los predicadores de los medios que por los dirigentes políticos propiamente dichos. Al optar por recluirse y callarse, expresando muy esporádicamente con algún mensaje críptico en Twitter, Cristina Fernández les transfirió la conducción de la tropa a sus exégetas, a los “periodistas amigos” de los “medios propios” autorizados a descifrar sus mensajes bajándolos a tierra para la comprensión de los soldados. En el proceso, los exégetas introducen extrapolaciones que son más bien del interés de quienes les pagan los altísimos salarios y los nutridos sobres, conduciendo a la tropa adonde más les convenga a sus patrones en cada momento. Y como a esos patrones hoy les interesa el triunfo de Massa, Grabois será invisibilizado y a la tropa se le dará la instrucción de plegarse paulatinamente al nuevo jefe. En cuestión de unos meses todo el actual kirchnerismo tardío será massista sin que los propios kirchneristas se den cuenta de la transición.
“Milagro”, ajuste y un brillante después
Esa será la obra de los conductores televisivos a los que nadie jamás votó para que conduzcan y que, no obstante, se llenan los bolsillos de dinero por hacer lo que hacen. Cuando el kirchnerismo pasó a ser tardío después del 2015 y se convirtió en una tribu teledirigida de la política argentina, en ese momento se puso en camino a convertirse en cualquier otra cosa al gusto de quienes teledirigen. Esa cosa será el massismo, los actuales kirchneristas serán massistas en el corto plazo y formarán en la nueva hegemonía de la política argentina. Sin saberlo, los kirchneristas de hoy están procediendo como los monárquicos, están gritando que “muerta la reina, viva el rey”, lo que en términos netamente políticos es muy natural. Cristina Fernández no iba a durar para siempre porque el hecho biológico es ineludible, iba a llegar el día de la sucesión y llegó. El nuevo conductor del espacio “nacional y popular” ahora es Sergio Massa. El problema es que Massa tiene muy poco de popular y directamente nada de nacional.

El kirchnerismo está hoy, sobre el final de sus días, metido en un dilema que es existencial. En líneas generales, un kirchnerista puede definirse como un sujeto adicto a ese postureo ético que en la de Shakespeare llaman “virtue signaling”. Se trata de una forma de estar en el mundo que consiste en plegarse automáticamente a todo lo que parece bueno, justo y verdadero y luego salir a alardear de eso, a militar esas cuestiones en la política. Por ese postureo ético, el kirchnerista tiende a comprar sin mediar reflexión alguna todo lo que tenga la etiqueta de “popular” o “ampliación de derechos” y, si el día de mañana los medios de difusión presentaran, por ejemplo, un genocidio prenatal tendiente a causar un invierno demográfico como “ampliación de derechos”, el kirchnerista se plegaría de lleno a esa campaña, presumiría orgulloso de esa adhesión y saldría a combatir ferozmente a todos los que se opongan a la cosa, llamándolos “antiderechos”. El kirchnerismo equivale en estas latitudes al Partido Demócrata estadounidense, es el representante de la justicia universal en abstracto.
Claro que eso es una gran hipocresía, el postureo ético o “virtue signaling” no es más que una forma pequeñoburguesa de lavarse las culpas militando en la política una pretendida superioridad moral que no existe. Pero el postureo ético pronto se convierte en una cosmovisión y determina todo el comportamiento de los individuos y del grupo involucrados. Y resulta que, de acuerdo con las definiciones generales de la justicia universal en abstracto —las que además son absolutamente binarias— todo el mal está del lado de la “derecha” y la “derecha” hoy es Juntos por el Cambio. Juntos por el Cambio debe por lo tanto ser derrotado a como dé lugar, la lucha se convierte en cruzada y cualquier sacrificio pasa a ser justificado para lograr el objetivo, incluso el sacrificio de los propios principios rectores de la causa por la que supuesta y virtualmente lucha el adicto al “virtue signaling”. En una palabra, todo es humo.

Humo, puro humo. El kirchnerista sabe que Juntos por el Cambio debe ser derrotado porque es la “derecha”, es el mal de los “antiderechos”, de los “fachos”, etc. Y por eso hay que sostener la “unidad” del “campo nacional y popular” para lograr el triunfo electoral, pero hay un problema: ese triunfo va a entronizar a Sergio Massa, a quien el propio kirchnerista identifica desde siempre como un destacado dirigente de esa misma “derecha”. Massa va a ganar las elecciones con los votos del kirchnerismo para imponer un proyecto político que el propio kirchnerista ya sabe de antemano que es contradictorio a lo “nacional y popular”, es decir, como presidente hará lo que harían una Patricia Bullrich o un Rodríguez Larreta si ganaran estos “fachos” y estos “antiderechos” de la “derecha”. La magnitud exacta de esta locura es que el kirchnerista entiende todo esto e igualmente se hace el loco y sigue fugándose hacia adelante como si nada pasara. ¿Por qué? Porque no puede despegarse del vicio del postureo ético. El enemigo es la “derecha” y entonces tiene que ganar Massa, que también es la “derecha”, pero brinda la sensación de haber hecho algo por la justicia universal en abstracto.
El kirchnerista es progresista y como tal entiende la política en horizontal, como una lucha entre zurdos y diestros por opinión particular y no como una lucha vertical entre las élites globales y los pueblos, entre los de arriba y los de abajo. Y al no entenderlo cae en la trampa, funciona en la estrategia massista que es una ingeniería electoral. Todo eso lo hace bajo la mirada de una Cristina Fernández que no quería ungir a Massa e igualmente lo unge, necesita que Massa cumpla los acuerdos suscritos para tener paz judicial. Ningún kirchnerista parecería atreverse a poner el grito en el cielo para exigir una lista de candidatos que representen más o menos los intereses permanentes de la nación y del pueblo, de lo nacional y lo popular. La triste conclusión es esa misma, es que al kirchnerismo nunca le importaron lo nacional y lo popular, todo es “virtue signaling” con el uso deshonesto de consignas en las que el kirchnerismo no cree. La cuestión es que la “derecha” pierda, aunque gane con Massa.

Entonces el poder de los de arriba alcanzó el objetivo de copar los espacios hegemónicos en su totalidad y puso a sus candidatos en todas las listas. Como se sabe, el pueblo nunca vota al candidato que quiere, sino al que hay en la boleta y entonces el poder ya ganó más allá del resultado electoral. El próximo gobierno en Argentina va a responder a los intereses de las élites globales, pero no como lo hicieron Mauricio Macri y Alberto Fernández en los últimos ocho años. El próximo gobierno viene a “atar la vaca” con un proyecto político determinado y destinado a durar muchos años, durante los que llevará a cabo el saqueo de las riquezas naturales del octavo territorio más extenso del mundo en la forma de una década infame. Sergio Massa no viene a ser un tapón ni a perder el tiempo mientras se resuelve alguna interna o maduran los argumentos de una ingeniería electoral. Massa es el resultado de la resolución de esa interna y de la maduración de esos argumentos y viene, con la venia del kirchnerismo, a hacer el negocio de los de arriba contra los intereses colectivos de los de abajo.
Para lograrlo, Massa deberá establecer una hegemonía muy fuerte, parecida quizá a la que tuvo Carlos Menem a partir de 1992 al plegarse al Consenso de Washington. En ese momento el objetivo de los de arriba era la enajenación del patrimonio público, privatización de la empresa del Estado. Para lograr eso Menem le dio al pueblo-nación argentino una estabilidad económica artificial, pero suficiente para que nadie cuestionara lo que se hacía con las joyas de la corona. Mientras duró la convertibilidad del peso y del dólar y el argentino pudo vivir en la ilusión consumista que es la base del concepto de “clase media” en países subdesarrollados como el nuestro, la mayoría del pueblo contempló pasivamente aquel saqueo y la política —básicamente los radicales, que entonces eran la “oposición”— acompañaron a Menem desde un lugar de complicidad que había quedado definido en el Pacto de Olivos. En el fondo todos sabían que Menem estaba vendiendo la patria, pero nadie se atrevió a decir nada porque aquello era una hegemonía.

Lo mismo deberá hacer Massa, pero ahora con el objetivo de enajenar los ingentes recursos naturales del territorio. Y la fórmula debería ser similar a la aplicada por Carlos Menem en los años 1990, a saberla, un periodo más o menos largo de estabilidad económica que sirva para ocultar el saqueo en segundo plano. ¿Quién se atreverá a cuestionar a Massa por la entrega si Massa estabiliza la economía y le da a un pueblo golpeado tras una década de ajuste, devaluación e inflación galopante la tranquilidad que dicho pueblo hoy anhela como si de la panacea universal se tratara? Nadie va a decir una palabra y el que se retobe será marginado, puesto en el lugar del saboteador que no quiere la estabilidad de la gente. La política va a pactar como pactaron los radicales con Menem, la grieta va a cerrarse y la propia política pasará a ser un asunto interesante únicamente para los dirigentes y los pocos militantes, todos rentados, que vayan quedando.
Ahí está la hegemonía que Massa necesita, la que por otra parte tiene ya los argumentos y las condiciones a la vista de quien sepa observar. Al finalizar la construcción del gasoducto desde el yacimiento de Vaca Muerta el país se asegura para el año que viene un ahorro de divisas del orden de los varios miles de millones de dólares en energía que ya no tendrá que importarse y puede llegar incluso a tener ingresos, también en dólares genuinos, por la exportación de la energía excedente. Por otra parte, habiendo terminado el fenómeno meteorológico que causó una prolongada sequía, es probable que la Argentina tenga para el 2024 una cosecha récord, lo que naturalmente se traducirá en más ingresos. De ganar las elecciones en octubre o en el ballotage de noviembre, Massa podrá sumar todo eso a la ayuda por parte del poder globalista al que responde para materializar una secuencia de varios años económicos espectaculares a partir de 2024. ¿Quién podrá cuestionar al presidente que hace semejante “milagro” luego de diez años de malaria?

Claro que primero deberá hacer un ajuste y una devaluación, puesto que los pesos emitidos por los gobiernos fracasados de Macri y Fernández ahí están dando vueltas y generando intereses monstruosos que son imposibles de pagarse. Massa debería llevar a cabo ese shock ya en las primeras horas del nuevo gobierno, en el momento de su mayor poder relativo, argumentando la necesidad de “ordenar la casa” con la vieja fórmula del sacrificio necesario para acceder a un bienestar futuro. El ajuste y la devaluación iniciales van a causar inestabilidad social, por supuesto, pero Massa podrá capearla aduciendo la “pesada herencia”, pasar el verano y luego ver rebotar la economía con la casa ya ordenada, ser Eduardo Duhalde y Néstor Kirchner para sí mismo y en sí mismo. He ahí el brillante plan de Sergio Massa.
No es bueno ni malo, la política real no es el postureo ético binario de los kirchneristas militantes de la justicia universal en abstracto y tampoco es cosa de derecha y de izquierda, es simplemente el poder fáctico global asumiendo el control de los recursos estratégicos de un país que es clave en esta III Guerra Mundial en curso. Sergio Massa responde a las necesidades de las élites que están librando esa guerra y necesitan garantizarse el acceso a la riqueza real de las colonias para apuntalar su esfuerzo bélico. Es lo que es, solo es la verdadera política —que en la definición del General Perón es la política internacional— siendo determinante para nuestra política de cabotaje. En este cabotaje el progresismo va a apoyar a Massa “para que no vuelva la derecha”, los civiles de a pie van a apoyarlo con la esperanza de tener alguna estabilidad a partir del año que viene y la “oposición” tendrá que aprender a cooperar: se acabó el curro de la grieta.
El jefe de la nueva hegemonía desplegó exitosamente una estrategia de largo aliento y alcanzó el objetivo proyectado hace más de una década. Empieza una nueva etapa histórica para la Argentina y conviene anoticiarse del hecho, que es la propia obviedad ululante.
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