El mal absoluto

Para contradecir a los relativistas —o quizá para corroborar su hipótesis, precisamente, pues sería relativa incluso la idea de que todo es relativo— el Estado de Israel se esfuerza en demostrar que el mal absoluto existe en la política. Después de casi ocho décadas de simular interés en una solución de dos Estados a la que siempre saboteó en la práctica, los sionistas con Benjamín Netanyahu parecen haber pasado a la etapa decisiva de su ofensiva, una etapa en la que todas las caretas se caen y aparece al fin la solución final para el pueblo palestino como el verdadero proyecto. El mundo puede estar llegando tarde para salvar a los palestinos de la extinción como pueblo-nación.
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Toda la ciencia política desde Maquiavelo enseña como principio básico la relatividad de los conceptos de bien y mal en la lucha por el poder en el Estado. La síntesis de esa relatividad se expresa en la frase “el fin justifica los medios”, dicho que se le atribuye al mismísimo Maquiavelo y es más bien parte de su vulgata, no de su obra. Sea como fuere, si el fin en efecto justifica los medios, entonces estos no pueden ser malos en tanto y en cuanto aquel sea bueno. Dicho de otra forma, si en la política el objetivo es bueno los medios para obtenerlo también lo son más allá del juicio moral que pueda hacerse sobre ellos.

Entonces muchas veces con el objetivo de hacerse con el poder en el Estado para desde allí transformar la realidad es preciso hacer el mal y eso es entendible. Pero aquí tenemos el problema de que no siempre la política persigue el poder con fines de hacer transformación alguna o de hacerla, pero no en beneficio de las mayorías. A veces los dirigentes políticos se sirven de medios malos para alcanzar un fin igual de malo, es todo maldad de cabo a rabo tanto en la praxis como en los objetivos. Cuando eso ocurre no hay relatividad posible porque ahí está el mal absoluto.

Esa es la definición más precisa de la política del Estado de Israel sin cuidado de quiénes sean sus dirigentes coyunturales. Desde su fundación en 1948, Israel ha perseguido un fin malo que es la limpieza étnica en Medio Oriente y ha empleado medios muy malos para alcanzarlo: terrorismo de Estado, apartheid, bombardeos sobre civiles, imposición de todo tipo de privación a esos mismos civiles como hambrunas y enfermedades, etc. Todo lo que Israel hace e hizo en los últimos casi 80 años fue la maldad para realizar una maldad mayor. Israel nunca hizo el bien.

No lo hizo porque está diseñado para hacer el mal. La ideología sionista que es rectora y fundante del Estado de Israel tiene por principio instalar en un determinado territorio a un grupo dado de individuos sin observar que en el territorio en cuestión ya había gente instalada. Como en el principio no está declarada ninguna intención de convivir con los que allí ya estaban, por lógica puede deducirse que el principio instruye la supresión o la expulsión de estos. El sionismo es, por lo tanto, genocida. No lo es por fuerza de las circunstancias, sino por principio. Aunque los palestinos no se resistieran al despojo de su tierra y estuvieran dispuestos a compartirla con el invasor, serían igualmente masacrados o expulsados de ella.

El invasor sionista no vino a Palestina a compartir, vino con la idea prefijada de usurpar. Durante décadas los sionistas israelíes distrajeron a la opinión pública mundial simulando negociar una solución de dos Estados cuando, en realidad, jamás estuvieron interesados en nada de eso. Lo único que hacían era ganar tiempo y prepararse para la ofensiva final contra los dueños de la tierra. Puede que ese día haya llegado y el sionismo israelí esté listo para dejar de simular interés en la solución de dos Estados y para mostrar su verdadero fin: la solución final para el pueblo palestino.

Es la misma solución final ideada por el nazismo alemán para la cuestión judía, pero aquí aplicada por quienes se arrogan la representación de todos los judíos contra un tercero. Es difícil no ver aquí la magnitud de esta contradicción que es una paradoja. Y aunque el sionismo israelí no tiene en realidad nada que ver con el judaísmo —muchos judíos ortodoxos de hecho se oponen a dicho proyecto político y niegan la existencia del Estado de Israel—, se autopercibe como representante de los judíos mientras aplica contra otros en Medio Oriente la maldad que se les impuso antes a los judíos en Europa.

Por eso el sionismo israelí es el mal absoluto, lo es porque se vale de malos métodos para alcanzar un mal fin y además hace todo eso mediante una falsa representación de una religión o una etnia. Está todo mal desde el vamos pues se trata de una ideología supremacista cuyo fin es el genocidio y los medios son la masacre a cuentagotas con mayor o menor intensidad según la ocasión. Y que encima carga con el costo de sus actos criminales en la cuenta de una etnia o religión para blindarse.

En la presente edición de esta Revista Hegemonía, la 80ª., el atento lector verá que el Estado de Israel ataca como ente estatal y se defiende como religión o como raza para prevenir la crítica, que hace ese truco del diablo con el fin circunstancial de obtener la inmunidad necesaria para la comisión del crimen. Los sionistas israelíes saben que esa mentira no va a durar para siempre ni pretenden que dure tanto. Lo único que quieren es que la mentira dure lo suficiente para que su obra de destrucción sea irreversible y luego que el mundo sepa la verdad cuando ya sea demasiado tarde.

Es probable que ya lo sea. El nivel de daño no solo a la infraestructura del territorio palestino, sino al tejido social del pueblo-nación y la psiquis de sus individuos puede haber pasado el punto de no retorno. Es probable que el pueblo-nación palestino ya esté extinto como tal mientras los embajadores gritan “cese al fuego” en la ONU y en demás foros internacionales. No hay precedente histórico de una nación que haya sobrevivido al trance luego de haber sido sometida a lo que Israel sometió a Palestina.

El detalle de esta hipótesis y la exposición del truco del diablo que hace el sionismo israelí con la chequera del judaísmo es lo que el atento lector verá en las siguientes páginas. Puede ser tarde, aunque nunca lo es del todo si ante la inevitabilidad del mal queda la obligación moral y humana de impedir su reiteración. Hoy el genocidio sionista es en Palestina. ¿Mañana quién sabe dónde será?


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