Después de un año largo de imposición del proyecto neocolonial a ultranza con la necesaria destrucción de lo poco que quedaba de calidad de vida entre las clases trabajadoras medias y populares, el régimen de Javier Milei sigue vigente como si ni un solo día hubiera pasado desde el 10 de diciembre de 2023. En estos casi 14 meses desde entonces mucho se ha especulado sobre una hipotética caída en la valoración positiva del presidente y del régimen mileísta como un todo, aunque eso no se verifica en la práctica. Con una velocidad inusitada que ni Mauricio Macri ni Alberto Fernández pudieron imponer cuando les tocó el turno para hacer la demolición, Milei transformó a la Argentina en un país cuesta arriba para el pueblo sin que dicha transformación revirtiera para él en costo político alguno. La verdad objetiva es que, en términos políticos concretos, Milei está hoy aún más fuerte que al asumir la presidencia.
Lo está porque además pudo en este tiempo hacer la construcción política que no tuvo ni necesitó tener para ganar las elecciones. Habiendo asumido en diciembre de 2023 con un discurso pronunciado de espaldas al Congreso, con el fin de simbolizar que no tenía ilusiones de dominar el parlamento y pensaba en consecuencia gobernar por decreto, en un año Milei descubrió que dejando la cuestión de la cooptación de voluntades en manos de sus operadores la trama podía tejerse. Ahora Milei tiene el apoyo suficiente en ambas cámaras para avanzar con prácticamente cualquier reforma y, por lo tanto, está políticamente más fuerte que hace un año. Milei tiene más o menos el mismo nivel de apoyo popular que en 2023 —mal que les pese a quienes le pronosticaron una vida corta— y además tiene en su bolsillo a esos mismos diputados y senadores que en un principio prometían serle hostiles.
Esa es la realidad efectiva más allá de las expresiones de deseo de quienes no saben analizar la política y piensan que la opinión militante ideologizada mueve el amperímetro. Es lamentable, sin lugar a duda, que esté tan fuerte un régimen cuyo objetivo primario o directamente único es el desguace de la Argentina para su posterior remate en una mesa de saldos, pero no por triste deja de ser cierto. Y los “analistas” que no saben analizar, en vez de observar la realidad para sacar las conclusiones del caso, intentan adaptar esa realidad a sus hipótesis insistiendo en que el régimen de Milei es débil, que solo se sostiene mediáticamente y que en cualquier momento va a derrumbarse solito, como por arte de magia. Pero nada de eso va a ocurrir mientras Milei tenga la bendición de un establishment político que lo sentó en el sillón para que haga precisamente lo que está haciendo.

Lo que los “analistas” no ven es eso, es el pacto hegemónico que la política argentina suscribió con el fin de imponer las reformas exigidas por el poder fáctico en el marco de un reordenamiento geopolítico a escala mundial. Nuestros “analistas” de las expresiones de deseo se agarran de la opinión de la militancia sobreideologizada para concluir que Milei pende de un hilo, pero ignoran aquello que es verdaderamente decisivo: la voluntad de los dirigentes. Nadie se ocupa de indagar en el reverso de la trama para saber por qué tantos intendentes, gobernadores, diputados, senadores y demás jefes políticos se han plegado a un régimen mileísta al que habían jurado combatir y que ahora sostienen apasionadamente por cuenta y orden de un poder fáctico global que está por encima de todos ellos y parecería ser invisible.
Estas son las razones por las que nadie entiende cómo un régimen cipayo y autoritario como el de Milei puede sostenerse con tanta fortaleza política, sin ningún cuidado del estrago que está causando y que seguramente va a repercutir con efectos muy deletéreos en el mediano y en el largo plazo. Nadie entiende cómo puede ser eso, la opinión pública está absolutamente confundida y la responsabilidad la tienen los intelectuales que no saben, no pueden o no quieren hacer un correcto análisis de la realidad política para que el pueblo esté mejor informado. La intelectualidad argentina en su casi totalidad fue tragada por la grieta y lo único que hace es gritar aquellas consignas ideológicas que mejor se ajusten al extremo al que se afilia cada intelectual “analista” del momento. Dicho de otro modo, el análisis político ya no existe, fue reemplazado por la opinión subjetiva.

Toda la cuestión pasa por el pacto hegemónico, por esa acordada inmoral entre los dirigentes políticos alrededor de un proyecto muy desfavorable para el pueblo. Hace años que el atento lector viene encontrando en las páginas de esta Revista Hegemonía la categoría pacto hegemónico como recurso lingüístico para describir la concertación entre quienes deberían oponerse recíprocamente, pero nunca los contenidos de dicha categoría se habían visto con tanta claridad en los hechos como ahora. Muerto ya el viejo kirchnerismo por desgaste natural, porque lo coyuntural no puede durar indefinidamente, no queda nada sobre el escenario para impedir la comprensión de esa obviedad ululante que es el pacto hegemónico. Hasta el más despistado entiende hoy que el régimen mileísta no tiene oposición alguna entre los dirigentes y que estos están todos muy cómodos ya sea apoyando activamente a Milei, haciendo la plancha para que la claudicación no se note tanto o distrayendo la atención con otros temas.
Esto último es lo más interesante, por cierto, pues es el clásico método de la diversión en el sentido militar del término. En la jerga de la guerra, el verbo “divertir” se utiliza para describir el movimiento táctico de crearle una distracción al enemigo y que este concentre allí sus fuerzas, dejando algún otro flanco descubierto. Esto mismo puede decirse en criollo con la expresión “hacer la del tero”, que es poner los huevos en una parte y cantar en otra, bien lejos del nido. Sea como fuere, el movimiento tiene siempre una misma finalidad y es la de distraer con alguna nimiedad al enemigo para que este pierda atención sobre lo realmente importante. Así se ganan y se pierden las guerras bélicas y también las no bélicas que son las de la política entendida en los términos propios de un von Clausewitz.
El enemigo de los dirigentes que se venden al poder fáctico lógicamente no son los demás dirigentes ideológicamente opuestos, sino el pueblo en su conjunto. Cuando un dirigente se corrompe y deja de representar los deseos de sus electores para defender los intereses de unas minorías privilegiadas que no tienen votos, automáticamente ese dirigente pasa a ser enemigo del pueblo sin cuidado de su discurso ideológico. Un dirigente puede ser muy “de izquierda” o “populista” al hablar, puede gritar con pasión el carácter sagrado de los derechos de los trabajadores, de la causa popular, etc., pero si en su praxis concreta lo que hace es perjudicar a quienes en el marco de un sistema electoral lo elevaron a la calidad de dirigente, entonces se trata de un enemigo del pueblo a secas, sin atenuantes. Y la política argentina, como se ve, está infestada de enemigos del pueblo por doquier.

Son desde luego enemigos del pueblo los dirigentes “diestros” que en esta etapa se hacen llamar “libertarios” y venden como si fueran la panacea universal las “bondades” del libertinaje de mercado, pero también lo son los dirigentes “zurdos” que en teoría proponen lo radicalmente opuesto mientras hacen, por fuera de la vista de la opinión pública, el juego de los poderes fácticos concentrados. Podría decirse que los primeros, en todo caso, al menos son honestos con lo que piensan y representan en la política: son operadores de los intereses de las minorías privilegiadas y endulzan dicho discurso con falacias y mentiras, pero no lo ocultan. El problema está en los dirigentes “zurdos” que hipócritamente dicen representar la voluntad popular y hacen todo lo opuesto cuando nadie los mira. El régimen mileísta hoy es estable mucho más por estos que por aquellos, dicho sea de paso.
Entonces habría que poner la lupa más sobre los enemigos del pueblo “por izquierda”, es decir, sobre los que hacen un discurso que en apariencia es conveniente para las mayorías y luego, en su praxis, siempre encuentran la forma de traicionar a sus supuestos representados. Nada de esto es nuevo, es lo que históricamente se denominó demagogia y se verifica desde el fondo de la historia. La novedad aquí podría ser el método de diversión que hacen esos demagogos actualmente. Hoy la demagogia es tan sofisticada que no solo caen rendidas a sus pies las mentes sencillas de siempre, sino también los intelectuales que en otro tiempo habían sido capaces de detectarla. La demagogia “de izquierda” hoy es una suerte de “progresismo” abstracto indetectable para la intelectualidad y es exactamente la diversión del tero que pone los huevos acá y se pone a cantar en otra parte.

De un modo concreto, la demagogia que hacen los dirigentes “de izquierda” para colaborar con los dirigentes “de derecha” —estas categorías siempre entre muchas comillas, claro, pues en la práctica tanto la “izquierda” como la “derecha” son empleadas de los de arriba y enemigas del pueblo— consiste en una simple subversión deshonesta del orden de prioridades. En medio a un saqueo económico, el que a su vez se da en el marco de una profunda reforma del andamiaje jurídico del país para legalizar precisamente dicho saqueo, los dirigentes “de izquierda” consideran que no conviene discutirle al régimen el saqueo ni las reformas, sino las prosaicas declaraciones del cabecilla del régimen sobre asuntos de moral sexual y/o racial. Véase bien: Milei está poniendo económicamente de rodillas a las mayorías populares, pero esa no es la prioridad de la “izquierda” mal llamada “progresista”. La prioridad es la opinión subjetiva de Milei sobre sexo.
Claro que la maniobra no la hacen solo los dirigentes “de izquierda”, es más bien un trabajo coordinado de equipo con sus pares “de derecha”. Si el atento lector gusta de hacer memoria a corto y mediano plazo, encontrará el origen de la tramoya en los regímenes acortados de Macri y de Fernández. Fue durante esas coyunturas cuando se echó a rodar la operación de la que hoy tanto los dirigentes “de izquierda” como los “derecha” se sirven para reventar al pueblo mediante la subversión del orden de prioridades. En el año 2018, también como una forma de tapar el escandaloso préstamo contraído al Fondo Monetario Internacional (FMI), Macri habilitó el debate del aborto que su antecesora había bloqueado por años. Y allí se abrió la caja de Pandora porque toda la escalada moralista que vino después no fue sino la consecuencia natural de la habilitación de ese debate.
Debe aclararse en este punto que, por definición y al igual que a Alberto Fernández, a Milei y a todos los demás dirigentes, a Macri le daba exactamente igual si las mujeres iban a abortar o no a sus hijos, con quién se acuesta cada cual entre cuatro paredes o si algún delirante quiere autopercibirse oso hormiguero y tener ese delirio reflejado en su documento de identidad. Para los dirigentes de un modo general las cuestiones de moral sexual, racial o religiosa son solo el humo que ellos echan para hacer en silencio, por fuera del escrutinio popular, lo que realmente quieren hacer y es la gestión de las riquezas del territorio. Macri no es “progresista” ni es “conservador” en un sentido social orientado a la moral individual. Macri es, como todos los demás dirigentes, un oportunista que ve en esas cuestiones el instrumento ideal para servir a los intereses de la sinarquía internacional sin demasiado escándalo.

Por eso Macri confundió enormemente a los intelectuales en 2018 al poner sobre el tapete la cuestión del aborto. Los “analistas” tienen esas categorías fijas y perimidas de la Guerra Fría y no podían entender cómo un “conservador” como Macri abría el cauce a un debate tan “progresista” como el del aborto. Ninguno vio venir la puñalada del préstamo del FMI sino hasta que fue demasiado tarde y la sociedad ya estaba enterrada hasta las narices en la discusión sobre la moral sexual, absolutamente alienada de la cuestión política y económica. Macri, sus asesores y los estrategas del poder fáctico que hacen estas tramas inmundas engañaron a los “analistas” que presumen de sabérselas todas e igualmente cayeron como chorlitos en un movimiento táctico elemental de diversión que en cualquier academia militar es materia de adiestramiento básico para ingresantes.
Para hacer el saqueo que le exigía la sinarquía internacional, Macri echó a rodar entonces como una diversión la cuestión del aborto y tuvo un éxito rotundo, aunque eso iba a estar lejos de terminar allí. Al llegar Alberto Fernández sin ninguna voluntad política de revertir el daño causado por su antecesor —más bien Fernández vino precisamente a ponerle la tapa, esto es, a sacramentar lo hecho por Macri—, el régimen del Frente de Todos inicialmente se aprovechó del coronavirus para no tomar decisiones y, cuando esa narrativa sanitarista a ultranza se agotó, surgió como utilidad otra vez la ideología de género que a Macri tanto le había servido. Después del coronavirus Fernández hizo un abuso de los documentos no binarios, de los lenguajes inclusivos y los ministerios de diversidades sexuales, entre otros tantos humos de moral sexual, para tapar su inacción calculada.

Esa es la razón por la que Alberto Fernández pudo quedarse sentado en el sillón los cuatro años de su mandato sin haber hecho nada de lo que había prometido en campaña. Los intelectuales “analistas” solo detectaron que Alberto Fernández era un estafador ya bien entrado el año electoral de 2023. En los tres años anteriores ponderaron alegremente la gestión de la pandemia y luego el “coraje” de un Fernández que inauguraba bancos rojos en las plazas como solución mágica al asesinato de mujeres y promocionaba la omisión del sexo biológico de los individuos en sus documentos de identidad como el cénit de la “ampliación de derechos”. Los intelectuales “analistas” festejaron todo ese humo de Alberto Fernández y nunca vieron que estaban sosteniendo a un enemigo del pueblo, tan enemigo como lo había sido Macri antes de él y como vendría a ser Milei en lo posterior.
Es evidente que en el propio manejo político del coronavirus Fernández les brindó un enorme servicio a las élites globalistas mientras en televisión afirmaba orgulloso estar “salvando vidas”, pero ese es un asunto que excede la capacidad del presente artículo y deberá tratarse en otra parte. Por el momento alcanza con comprender que el uso y abuso de la ideología de género es la maniobra coordinada al descubierto, porque Fernández imitó a Macri y Milei, que aparece como el paladín de la derogación de la ideología de género, solo existe porque antes de él estuvieron Macri y Fernández “robando” sin límites con eso. Tanto “robaron” con ese discurso que en ocho años hartaron a la sociedad. Ideología de género hasta en la sopa, todos los días, guste o no guste. Y el resultado no podía ser otro que el advenimiento de Javier Milei.
Entiéndase bien, otra vez: a Milei le da todo lo mismo en el asunto de moral sexual y es muy probable que de haber sido al revés, es decir, si sus antecesores hubiesen hecho uso y abuso de una ideología “conservadora”, Milei habría de aparecer en el horizonte con un discurso “progresista”. Las cosas ideológicas no tienen ningún valor en sí para los dirigentes más que su utilidad como cortina de humo que tapa el saqueo económico. Pero Macri y sobre todo Fernández, al pasarse de “progres”, le dejaron servida a Milei la posibilidad de ganar las elecciones sin ningún plan económico favorable a los intereses de las mayorías populares. No hizo falta. Milei vino con la motosierra prometiendo destruir todo lo hecho por el régimen anterior y eso fue más que suficiente para resultar electo en 2023 y para seguir estable después de más de un año de masacre económica contra el pueblo y a pedir de boca de las élites.

La conclusión es otra obviedad más que ululante y es que la “derecha” no viene a enterrar a la “izquierda”, sino que la una tiene por objetivo sostener la existencia de la otra y viceversa. No hay misterio ni “conspiranoia” alguna, es lo más cristalino que puede haber: la “derecha” y la “izquierda” se necesitan mutuamente para que ambas puedan turnarse en el gobierno poniendo el poder político en el Estado siempre al servicio de las minorías privilegiadas y, fundamentalmente, contra las necesidades del pueblo. Solo no lo ve el que está cómodamente sobreideologizado y no quiere verlo. Lo que más quiere Milei hoy es que la “oposición” haga cien concentraciones, mil marchas con las consignas de la ideología de género y que todos esos actos sean multitudinarios. La “derecha” necesita que la “izquierda” esté fuerte y lo opuesto también es verdadero, siempre y cuando nadie se ponga a discutir la política económica.
Por eso Milei provoca todos los días y está cada vez más desbocado en su cruzada “contra” la ideología de género. “Contra”, véase bien, entre muchas comillas, pues Milei no está en contra ni a favor de la ideología de género. Los que manejan los hilos del títere Milei saben que hay una enorme cantidad de gente dispuesta a pasarla mal económicamente con tal de tener en la Casa Rosada al “valiente” que pone a correr a los “zurdos” con sus documentos no binarios, sus autopercepciones delirantes, sus abortos, etc. Lo que toda esa gente no entiende ni va a entender, porque de hacerlo la maniobra de diversión no tendría efecto, es que Milei no va a correr a los “zurdos” ni mucho menos. Milei necesita a los “zurdos” cerca y muy activos, pues si se van o si se callan una semana la ideología de género deja de existir y Milei tiene que empezar a dar explicaciones sobre su política económica cipaya, cosa que evidentemente no puede hacer.

¿No lo entienden los dirigentes de la “izquierda”, del “progresismo” y los residuales del kirchnerismo extinto? ¿No entienden que al gritarle “facho” o “nazi” a Milei y al oponerle pintorescos travestis como símbolo de lucha lo único que logran es legitimarlo porque su base de simpatizantes odia la ideología de género y todo lo que tenga olor a zurdo? Claro que lo entienden y ahí está la maniobra, ahí está el pacto hegemónico. Los dirigentes del extremo izquierdo de la grieta están, al igual que sus pares del extremo opuesto, bajo el control de las élites globalistas que quieren desguazar y recolonizar a la Argentina. Y para hacer ese desguace y esa colonización pusieron de presidente a Macri, luego a Fernández y luego a Milei, razón por la que ninguno de ellos debe ser interrumpido mientras hace el servicio cipayo.
Quienes no entienden lo que pasa son los militantes y los simpatizantes de ambos bandos, los peones que los dirigentes mueven en su juego de ajedrez de fichas humanas. Los entusiastas enloquecidos de Milei ladran todos los días cual perro rabioso su odio a los “zurdos”, a los “putos”, a los “progres”, etc., mientras los que odian a Milei redoblan la apuesta sacando a relucir su identidad de “zurdos”, de “progres” y de “putos”. Cada extremo fanatizado hace exactamente lo que los dirigentes del otro extremo quieren que haga para fanatizar a los propios hasta que todo es un griterío de talibanes en el que nadie jamás se va a acordar de cuestionar el rumbo económico. Es la dinámica del enemigo ideal, de la fortaleza sitiada donde no hay lugar para la disidencia, como solía decir Fidel Castro citando a San Ignacio de Loyola. Ni disidencia, ni pensamiento, ni crítica, nada. Lo único que se permite es un identitarismo ciego.
Así es como después de 14 meses de masacre en los que nadie tomó las calles para frenar el saqueo empiezan a darse marchas multitudinarias con consignas de moral sexual y afines. Las decisiones concretas de política económica del régimen de Milei son agresiones directas contra el conjunto de la sociedad y sus consecuencias son palpables, se sienten en el bolsillo, pero la política nunca movilizó para pelear esas decisiones. Y ahora, no obstante, frente a unas declaraciones (que son provocaciones vacías, porque un presidente nada puede hacer contra los homosexuales y las llamadas “diversidades”, no puede prohibirles ni quitarles nada) de Milei sobre moral sexual la política entera se activa con la fuerza de un volcán llamando a copar las calles del país en una manifestación que ha dado en llamar “marcha federal del orgullo LGBTQ+, antifascista y antirracista” que, por lo demás, como se ve, no tiene objeto alguno.

Ningún objeto, pues la idea es repudiar los dichos de Milei y ahí quedó la cosa. Fueron masacrados los jubilados y nadie saltó; los ingresos de los trabajadores fueron devaluados y no hubo marchas; se aplicó una enorme cantidad de políticas entreguistas a lo largo de 14 meses y nada pasó. Pero ahora, porque Milei dijo que los homosexuales son degenerados o algo por el estilo, se movilizan las multitudes para gritar que “basta, Milei”. No es difícil ver lo que ocurre aquí. Milei introduce el proyecto neocolonial de las élites en Argentina, continúa el trabajo cipayo iniciado en este siglo XXI por Macri y luego continuado por Fernández y no puede ser interrumpido. Pero la “oposición” debe organizar eventos para que nadie sospeche de que colabora con el régimen y el problema se resuelve así, con la cortina de humo del género. La marcha multitudinaria se realiza, pero con consignas que no mueven la aguja y además se reciben entre los simpatizantes del régimen no como una crítica, sino más bien como una afirmación de identidad.
Porque esa también es una dinámica que en la pecera los peces no suelen percibir. El mileísta piensa que agrede al antimileísta llamándolo “zurdo”, “progre”, “puto” y comunista, pero no hace más que reforzar su fe y reafirmar aún más su identidad. Y lo mismo ocurre en sentido opuesto, allí donde el antimileísta cree que llamando “facho”, “nazi” y “antiderechos” está ofendiendo al mileísta. No lo está, todo lo contrario. Cada vez que un “zurdo” le grita “facho” a Milei lo único que logra es reforzar la fe identitaria de todos los “fachos” para que estos sigan aguantando la masacre del régimen que los afecta económicamente también a ellos, por supuesto. Cada vez que un mal llamado “progresista” asocia, por ejemplo, el concepto de “derechos” a un comportamiento sexual “diverso” o a la libertad de abortar lo que en realidad está haciendo es reforzar en la conciencia de los mileístas la idea de que lo correcto es ser “antiderechos”.

Por carácter transitivo, cuando Milei cercena el derecho de los jubilados a acceder a los medicamentos para seguir viviendo el mileísta valora esa agresión despiadada contra el pueblo como un logro del régimen. Todo lo que en la opinión de los “zurdos” es malo será bueno en la opinión de los “fachos” y viceversa. Y entonces todos los regímenes cipayos habidos y por haber, llámense Macri, Fernández o Milei, podrán hacer su parte en la obra de demolición del país sin ser interrumpidos porque siempre habrá una parcialidad lo suficientemente numerosa dispuesta a sostenerlos con el solo propósito de no darles la razón a los “de enfrente”. Milei está blindado con una coraza que se hace cada vez más fuerte a medida que los “zurdos” lo denuncian por “antiderechos” y además caen en la trampa de seguir llevando el debate al terreno de los comportamientos sexuales.
Lo que nunca se da —y aquí está el corolario de esta maniobra que es una locura desde el punto de vista de la lógica— es el debate objetivo sobre si las políticas económicas de este o aquel régimen son convenientes para las mayorías populares o para las minorías privilegiadas. De eso no se habla y si se habla es solo una discusión marginal que no convoca a nadie. También en esto dieron en el clavo los estrategas de la ingeniería social que introdujeron la ideología género en la última década al detectar que la discusión sobre la sexualidad es mucho más apasionante y convocante que el debate sobre la economía. Y eso por la simple razón de que en el debate económico uno no puede volcar pública e impunemente sus mambos y taras secretas como sí puede hacerlo cuando la discusión es sobre abortos, gays, feministas con las axilas sin depilar, travestis, etc.
Esa hipótesis, la de que una discusión sobre sexo es mucho más convocante que una sobre políticas económicas, fue corroborada plenamente por primera vez en el mayo francés de 1968. En una Francia que estaba en el auge de sus treinta años gloriosos posteriores a la II Guerra Mundial, con una prosperidad económica nunca verificada en la historia de ese país, los ingenieros sociales destruyeron el régimen de Charles de Gaulle con una movilización de jóvenes que básicamente reclamaban su “derecho” a no usar corpiños y a consumir pastillas anticonceptivas. Tal vez se trate de la propia naturaleza humana, a esa necesidad de expresar en público lo que por definición son asuntos privados. El debate sobre la moral sexual permite esa expresión y entonces sirve en la política desde 1968 a esta parte como el mecanismo de diversión de masas por antonomasia.

Cada vez que los dirigentes políticos se ven obligados a introducir reformas económicas a partir de la presión de los poderes fácticos aparece el debate sobre moral sexual, en sus más distintas presentaciones, como método de diversión. En esa Francia gaullista de 1968 el objetivo era preparar el terreno para la imposición del neoliberalismo y la destrucción del Estado de bienestar social, del que Charles de Gaulle era el abanderado. Había que quitar al viejo general del camino para que viniera el nuevo orden político y económico y con el mayo francés la ingeniería social lo logró. Algo similar pasa hoy en la Argentina, donde los poderes fácticos exigen el establecimiento de un régimen de pobreza generalizada adecuado a la situación neocolonial que va a imponerse.
El argentino no puede consumir y hay que educarlo para que no lo haga, en las colonias el sujeto colonizado no debe acceder al consumo de los bienes destinados a la exportación. Hay que reeducar al argentino para que de aquí en más comprenda que “dignidad” no es tener trabajo con un salario suficiente, derechos laborales y acceso al consumo. “Dignidad” tiene que ser el “derecho” a autopercibirse de género fluido, el “derecho” a la promiscuidad sexual y el “derecho” a abortar cuando el resultado de esa promiscuidad sea lo que en la biología es la lógica. Milei quita el derecho a la dignidad del trabajo y del salario suficiente, quita los derechos laborales y quita el derecho al consumo. Los mileístas lo aplauden y lo sostienen porque ya aprendieron que ser “antiderechos” está bien. Y los “zurdos”, finalmente, en vez de poner el dedo en la llaga discutiendo la masacre económica, refuerzan el discurso neocolonial reafirmando que los “derechos” son de carácter sexual.

Queda ahí descrita en su totalidad la maniobra que hacen la “izquierda” y la “derecha” mancomunadas contra el interés colectivo del pueblo y también la definición de la “izquierda” y la “derecha” como dos cabezas de una misma serpiente bicéfala. En el fondo, tanto la “derecha” como la “izquierda” son los dos puños con los que las élites dueñas del mundo golpean a los pueblos en cada coyuntura, no se trata de que la “izquierda” sea un poco mejor que la “derecha” porque al golpear lo hace con un discurso más empático, como dicen los propios “zurdos”. Se trata de que ambos extremos de la grieta trabajan para un mismo patrón y, en consecuencia, en su praxis política, tienen por objetivo el establecimiento de un orden de opresión sobre las mayorías y de ganancias ilimitadas para los privilegiados. Las cabezas son dos y parecerían ser distintas, pero la víbora es la misma y siempre hace lo mismo.
El régimen de Milei únicamente va a terminar cuando queden expuestas las desgracias de su política económica y de sus reformas neocoloniales, pero eso solo va a pasar cuando la oposición deje de ser “oposición” entre muchas comillas y empiece a oponerse señalando las contradicciones. Eso va a pasar cuando ocurra una de dos: o bien cuando el poder fáctico ya haya logrado sus objetivos y ya pueda fletar a Milei para que venga otro empleado suyo a continuar la obra, o bien si por algún milagro surge de entre las ruinas de nuestra política una fuerza nacionalista no sometida a los poderes fácticos globalistas a decir basta. Lo primero es desde luego mucho más factible que lo segundo y en realidad es tan solo una cuestión de tiempo, aunque en tal caso nada va a cambiar. Mientras tanto veremos todavía muchos desfiles de gays y travestis “combatiendo” a Milei con sus plumas y atuendos característicos para que del otro lado de la grieta no queden dudas de que a Milei hay que sostenerlo aún al costo de la africanización del país.
Más tarde todo esto se sabrá e incluso será de sentido común. Lástima que será entonces ya muy tarde para revertir el proceso porque en la política, al igual que en el boxeo, el que pega primero pega dos veces y sigue pegando hasta noquear al rival y terminar ganando el combate. El poder fáctico pega con el puño derecho, pega con el puño izquierdo y para la Argentina está madurando el nocaut.
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