El nuevo orden mundial multipolar

El conflicto en Medio Oriente a partir de la agresión yanquisionista al pueblo de Irán dispara necesariamente un proceso de descentralización del poder que tiene efectos opuestos en Occidente y en el Sur Global. En las potencias occidentales venidas a menos esa descentralización supondrá una caída bajo la bota imperialista del globalismo totalizador, mientras que para los demás, por el contrario, abrirá la puerta a la posibilidad de lograr en la volteada mayores niveles de soberanía e independencia nacionales. Cada pueblo deberá jugar bien sus cartas en la construcción del nuevo orden mundial para lo que queda de este siglo XXI.
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Al calor de los resultados del conflicto mal llamado guerra que tiene lugar en Medio Oriente —una serie de acciones defensivas de parte de Irán frente a los ataques ilegales perpetrados desde el pasado 28 de febrero, pero también desde hace por lo menos setenta años, por parte de los Estados Unidos e Israel— es tiempo de comenzar a analizar lo que sigue para este siglo y eso implica analizar el nuevo orden mundial multipolar que está terminando de gestarse. Este se caracteriza principalmente por la descentralización de los Estados nacionales, aunque traerá como resultado distintos efectos tanto en Occidente como en el Sur Global.

En Occidente, la descentralización estará caracterizada por la demolición y por la desintegración, mientras que en el Sur Global se caracterizará por la construcción y por la integración. Esta distinción es fundamental, en realidad es un tanto engañoso hablar de descentralización en Occidente, pues la caracterización podría conducir a malas interpretaciones acerca de en qué consiste realmente este proceso.

Porque la descentralización en Occidente implica literalmente desbaratar los componentes estructurales del sistema de poder existente, consolidando la hegemonía del capital financiero global. La descentralización del poder del Estado significa la concentración del poder en manos del capital financiero internacional. Este proceso implicará en el tiempo el desmantelamiento de todas y cada una de las estructuras de autoridad que compiten actualmente con el sector privado global. De hecho, el proceso de descentralización del poder estatal principalmente en los Estados Unidos podría dar origen a movimientos secesionistas más o menos solapadamente atizados por el poder global e incluso podría conducir a la eliminación del gobierno federal estadounidense.

APTOPIX Iran US Israel
Lo que erróneamente se suele llamar “guerra” de los Estados Unidos e Israel contra Irán es, en realidad, la acción decidida por parte de los iraníes en defensa de su soberanía nacional e incluso de su propio derecho a existir en el mundo. Una guerra en un sentido clásico debería ser un conflicto simétrico al que todos los implicados entran con la finalidad de alcanzar sus objetivos geopolíticos y aquí eso no ocurre precisamente así. En este conflicto los estadounidenses (o más bien los israelíes, que usan a estos) tienen objetivos claros que pretenden alcanzar, mientras que Irán se para en el camino como un estorbo, como un auténtico Katejon.

Sea como fuere, la desintegración de los Estados Unidos como potencia hegemónica global ya es un hecho, tome la forma que tome de aquí en más. Incluso si no tuviese lugar la disolución del país como unidad territorial formal y el gobierno central radicado en Washington sobreviviera ocupando un rol decorativo, de todas maneras es inevitable el desarrollo desigual entre estados autónomos que en la práctica se comportan como entidades independientes del poder central y respecto de las otras unidades estatales.

De hecho, esto ya se verifica en la actualidad: estados como Texas, California o Nueva York funcionan virtualmente como países independientes con un PBI capaz de competir con Estados nacionales y funcionar dentro de los Estados Unidos como potencias hegemónicas a nivel regional. De manera tal que no resultaría un salto demasiado abrupto el pasaje desde ese estatus hacia uno de independencia formal, con la capacidad de determinar su política exterior y constituir ahora sí países completamente independientes.


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