Al calor de los resultados del conflicto mal llamado guerra que tiene lugar en Medio Oriente —una serie de acciones defensivas de parte de Irán frente a los ataques ilegales perpetrados desde el pasado 28 de febrero, pero también desde hace por lo menos setenta años, por parte de los Estados Unidos e Israel— es tiempo de comenzar a analizar lo que sigue para este siglo y eso implica analizar el nuevo orden mundial multipolar que está terminando de gestarse. Este se caracteriza principalmente por la descentralización de los Estados nacionales, aunque traerá como resultado distintos efectos tanto en Occidente como en el Sur Global.
En Occidente, la descentralización estará caracterizada por la demolición y por la desintegración, mientras que en el Sur Global se caracterizará por la construcción y por la integración. Esta distinción es fundamental, en realidad es un tanto engañoso hablar de descentralización en Occidente, pues la caracterización podría conducir a malas interpretaciones acerca de en qué consiste realmente este proceso.
Porque la descentralización en Occidente implica literalmente desbaratar los componentes estructurales del sistema de poder existente, consolidando la hegemonía del capital financiero global. La descentralización del poder del Estado significa la concentración del poder en manos del capital financiero internacional. Este proceso implicará en el tiempo el desmantelamiento de todas y cada una de las estructuras de autoridad que compiten actualmente con el sector privado global. De hecho, el proceso de descentralización del poder estatal principalmente en los Estados Unidos podría dar origen a movimientos secesionistas más o menos solapadamente atizados por el poder global e incluso podría conducir a la eliminación del gobierno federal estadounidense.

Sea como fuere, la desintegración de los Estados Unidos como potencia hegemónica global ya es un hecho, tome la forma que tome de aquí en más. Incluso si no tuviese lugar la disolución del país como unidad territorial formal y el gobierno central radicado en Washington sobreviviera ocupando un rol decorativo, de todas maneras es inevitable el desarrollo desigual entre estados autónomos que en la práctica se comportan como entidades independientes del poder central y respecto de las otras unidades estatales.
De hecho, esto ya se verifica en la actualidad: estados como Texas, California o Nueva York funcionan virtualmente como países independientes con un PBI capaz de competir con Estados nacionales y funcionar dentro de los Estados Unidos como potencias hegemónicas a nivel regional. De manera tal que no resultaría un salto demasiado abrupto el pasaje desde ese estatus hacia uno de independencia formal, con la capacidad de determinar su política exterior y constituir ahora sí países completamente independientes.
Algo similar sucederá en Europa. Las tensiones entre los países que componen la Unión Europea ya resultan evidentes y culminarán inexorablemente en la disolución del bloque. En unos veinte años nadie podrá imaginarse que Bruselas alguna vez haya sido la sede del poder continental en Europa. Pero una vez más, esta desintegración será y está siendo orquestada con el propósito de consolidar el poder del sector privado.
Por lo tanto, la que en la actualidad se considera como la estructura formal de gobierno se va a descentralizar mediante la desintegración, pero todo Occidente —Estados Unidos, el Reino Unido y Europa— va a quedar bajo el control y la dominación de la oligarquía financiera internacional, los propietarios y controladores del capital financiero internacional, que no son nacionalistas sino que por el contrario son abiertamente globalistas.

Se trata de un poder imperial supraestatal que en este momento representa realmente el único poder hegemónico efectivo. El capital financiero internacional es la única superpotencia unipolar del mundo actual, por lo menos en Occidente. La oligarquía financiera ha ido capturando gradualmente el poder estatal haciendo de este un apéndice de sí misma y asegurándose la representación de sus propios intereses a través de la cooptación de las voluntades de los individuos que componen los organismos del Estado.
Se trata de un tipo de dominación sutil que muchos no comprenden o no llegan a comprender completamente. A lo largo del período de neocolonización del Sur Global por parte del propio Occidente, los mismos países colonizadores también estaban siendo conquistados por el poder económico concentrado. Así, resulta que quienes saquearon África, América Central, América del Sur, Oriente Medio y Asia resultaron ser ellos mismos parasitados por un poder que excede las fronteras de los países y se apropia de las ganancias, como si el gerente de un banco tomara de rehén al ladrón y lo obligara a robar para sí.
De esta manera, los responsables de las mayores olas de crímenes organizados en el mundo fueron finalmente reducidos a meros ejecutores del saqueo, esclavizados por sus propios cómplices. Así que en cierto modo la descentralización en Occidente no es descentralización en absoluto. Es la consolidación del poder oligárquico internacional que no conoce fronteras ni interés nacional de ningún tipo, tan solo es leal a sí misma y se aprovechó hasta el momento de las estructuras estatales para obtener sus objetivos.
Pero ya no más, en la actualidad las empresas de capital internacional son capaces de imponer sobre el mundo un gobierno totalitario sin la mediación de los Estados nacionales, por lo que estos últimos pasaron a constituir un obstáculo que progresivamente será eliminado en el mediano plazo. A nivel de la población llana, entonces, tendrá que surgir algún tipo de organización desde la base, mediante la cual las comunidades puedan defenderse localmente frente al poder supraestatal. De lo contrario, el poder totalitario de la élite global será invencible.

Y ese es el objetivo, precisamente. El proceso de descentralización estatal en Occidente es fruto de décadas de ingeniería social, el resultado de un colapso planificado y ejecutado mediante mecanismos de erosión institucional, fragmentación social, pérdida de legitimidad de los gobiernos nacionales y degradación cultural y moral de las sociedades. Frente a la caída de los Estados nacionales como estructuras fuertes el individuo occidental queda aislado, atomizado y vulnerable frente al Leviatán de la oligarquía global.
Por el contrario, en el contexto de las sociedades que conforman el Sur Global, la descentralización de los Estados es un proceso proactivo, estratégico y regenerativo. Las sociedades del Sur Global no están descentralizando el poder de los Estados nacionales porque estos se encuentren al borde del colapso y la disolución, sino que estamos reescribiendo un nuevo contrato social más justo, sin ignorar por ello las formas tradicionales de gobierno y de relación entre gobiernos en esta parte del mundo.
No se trata aquí de desmantelar el Estado, se trata de liberar al Estado de la subordinación. Así que en los países anteriormente colonizados la descentralización se da en términos de alejarse de los centros de gravedad occidentales: Washington, Londres, París, etcétera. A partir de la consolidación de este nuevo orden mundial multipolar nuestros países no serán gobernados por metrópolis formales o de facto, podrán reafirmar su soberanía y quedarán libres de la dominación de parte de Occidente. En ese sentido, los Estados Unidos y Europa pasarán a ocupar un rol completamente secundario en las consideraciones y prioridades de los países del Sur Global.

Durante siglos los países centrales habían constituido por la fuerza una prioridad para las naciones dependientes de la periferia y esa realidad se acentuó al advenir la globalización que acortó las distancias entre los hemisferios del mundo. Estados Unidos, el Reino Unido y Europa en su conjunto determinaban lo que los países del Sur Global, incluso siendo formalmente independientes, hacían o dejaban de hacer con su territorio, sus recursos o su política exterior. Eso, con la llegada del nuevo orden mundial, se terminó. Esta es la primera faceta de la descentralización en Oriente y el Sur Global.
Una segunda faceta la constituye la consolidación del orden multipolar propiamente dicho, el que necesariamente implica la existencia de numerosos centros de poder hegemónico regional, cada uno con su esfera de influencia propia pero a menudo superpuestas las unas con las otras, lo que obligará a conformar una comunidad internacional basada en acuerdos de cooperación de las potencias entre sí y entre estas y los países subordinados. El resultado no es otro que una radical mejora en las condiciones de negociación para los países en beneficio de la soberanía de cada uno de ellos.
Un ejemplo perfecto de la puesta en funcionamiento de ese mecanismo lo constituye hoy Siria. Por supuesto que la multipolaridad no significa una plétora de países fuertes e independientes de la noche a la mañana. La ausencia de dominación occidental o de un único centro político y económico global no implicará el repentino surgimiento de una multitud de estados soberanos, autosuficientes e independientes. No, habrá potencias hegemónicas regionales que comparten un interés y una influencia sobre los países dentro de sus esferas de influencia superpuestas.
Pero tampoco significa que todos esos países serán simplemente Estados vasallos completos. El equilibrio reside en el progresivo avance de la soberanía y la independencia de los países subordinados, determinadas por un incremento en su capacidad de negociación frente a los poderes hegemónicos. En otras palabras, su soberanía será posible de alcanzar mediante la síntesis de múltiples poderes cooperativos coordinados que defenderán y protegerán sus intereses comunes al interior de las zonas de influencia compartidas.

Volviendo al caso de Siria, allí Turquía tiene intereses en juego, el Consejo de Cooperación del Golfo tiene intereses en juego, Rusia tiene intereses, incluso Irán los tiene. Así que Siria funciona en la actualidad como una especie de protectorado bajo la influencia de media docena de países más poderosos que colaboran, se coordinan y cooperan de forma concertada para tratar de estabilizar y desarrollar el país. A partir de esa situación, el grado de independencia efectiva, de soberanía y de relevancia estratégica que Siria sostenga dependerá de cómo juegue sus cartas, de cómo su clase dirigente conduzca al país a la hora de insertarse en el esquema y de relacionarse con otros países, incluso con las potencias en la región.
Como Egipto, por ejemplo. Egipto es un país increíblemente importante y fuerte en el noreste de África. De hecho, es una potencia hegemónica regional por derecho propio en algunas áreas, pero no en otras. La genialidad de este tipo de sistema consiste en que los países se refuerzan mutuamente, se fortalecen mutuamente pero también se ponen límites entre sí, favoreciendo el desarrollo de todos. Todos tienen sus debilidades, todos tienen sus limitaciones y tienen sus fortalezas, pero actuando colectivamente en coordinación en lugar de competir pueden compensar mutuamente las deficiencias de cada uno.
Por ejemplo, los países del Golfo pueden reforzar a Egipto y Egipto puede reforzar a los países del Golfo. En eso consiste la geopolítica. Los recursos políticos y sociales de Egipto o de Turquía son mucho más determinantes que los del Golfo, pero el Golfo tiene un enorme poder financiero, recursos energéticos y ha construido un notable grado de autonomía y conexiones políticas no solo dentro de la región sino en todo el mundo, incluyendo Occidente.
Otro buen ejemplo es el BRICS. Al crear una especie de cartera unificada, poniendo todos los recursos y la capacidad estratégica que posee cada miembro del BRICS en un solo grupo, ese bloque se convierte básicamente en el equivalente geopolítico de BlackRock, un auténtico tanque mundial. Entre los cinco países que conforman el BRICS controlan más recursos y más activos que cualquier otro grupo existente o imaginable en la Tierra. Tienen los recursos naturales más importantes, los centros urbanos más densamente poblados, las vías fluviales, rutas comerciales y puertos más estratégicos, la mayor concentración de fabricantes, la mayor masa de trabajadores, consumidores e inversores del planeta.

Eso es sinónimo de descentralización mediante la construcción y la integración con una soberanía colectiva como resultado. Las naciones del Sur Global descentralizan los Estados no porque hayan renunciado al Estado, sino porque se niegan a volver a permitir que sus Estados sean entregados a potencias extranjeras. Así, los países del Sur Global cierran filas alrededor de múltiples centros de poder con la finalidad de constituir un solo poder solidario, cooperativo y con ventanas de oportunidad para el desarrollo de todos.
De alguna manera este proceso es similar a cómo funciona la descentralización en Occidente, con la diferencia de que en lugar de concentrar el poder y consolidar un régimen totalitario en manos de la oligarquía financiera internacional a través de la disolución de los Estados nacionales, este modelo propone conectar a los Estados nacionales mediante la síntesis de intereses mutuos, prioridades compartidas y un sistema de valores fundamentales en común. De esta manera los países del Sur Global podrán fortalecerse y defenderse mutuamente contra un enemigo común.
La colonización significa cautiverio. La economía mundial se ha mantenido cautiva de los caprichos de Occidente durante demasiado tiempo, pero por primera vez el Sur Global se encuentra frente a un contexto que le va a permitir en el mediano plazo librarse finalmente de sus ataduras. Hemos sido prisioneros durante siglos, tan solo necesitamos organizar la fuga de esta prisión.
Necesitamos trabajar juntos y también necesitamos que cada uno sea capaz de hacer su parte. Debemos confiar en nosotros mismos y en que todos harán lo suyo. No se puede negociar la propia libertad con el carcelero: el momento llegó en que el carcelero está con la guardia baja y distraído en sus propias contradicciones. Solo resta esperar el momento justo en que se quede dormido. Mientras tanto, estamos dibujando el mapa de nuestro plan de escape.
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