El plan B del poder: doctrina del shock

Pasadas las elecciones y conocido al fin el “veredicto de las urnas” —que no es sino el veredicto de quienes forman la opinión pública y controlan el sistema—, la Argentina se encuentra a pocos días de ingresar a un periodo de su historia en el que, al parecer, la doctrina del shock va a imponerse en toda su potencia destructiva. Es el plan B del poder para la construcción de una hegemonía futura y el nuevo gobierno de Javier Milei será una fase más en la estrategia subyacente a esa construcción. El resultado del cumplimiento de las amenazas mileístas puede ser la disolución nacional, pero probablemente sea el advenimiento de un “salvador de la patria” con la totalidad del poder público que será, ahora sí, utilizado para “atar la vaca” de una vez y para las muchas décadas en el país.
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Minutos después de que Sergio Massa reconociera la derrota con un gesto de resignación extrañamente veloz, atípico del aparato electoral llamado peronista, el candidato electo Javier Milei sorprendió a todos no tanto por su discurso de la victoria, que fue ordinario, sino más bien por la estética de la puesta en escena que sus colaboradores armaron para que dicha alocución tuviera lugar. Confirmando su admiración mimética y culturalmente cipaya hacia los Estados Unidos de América, Milei tuvo como telón de fondo una pantalla azul en la que se veía un símbolo muy similar al sello presidencial de aquella potencia global. En lugar de la famosa águila calva se dispuso un pictograma representando lo que al parecer es la Casa Rosada, alrededor del que se leían las palabras “presidente electo, República Argentina” en vez de “sello del presidente de los Estados Unidos de América”. Algo ciertamente nunca visto en estas latitudes.

Esa mímesis de cipayismo explícito evidentemente tuvo rápida repercusión entre los simpatizantes civiles del mileísmo, los mal llamados “libertarios”, quienes en las redes sociales multiplicaron la difusión del símbolo hasta el infinito, en la mayoría de los casos intuyendo la similitud estética con la simbología oficial de los Estados Unidos sin llegar a comprenderla del todo. Sea como fuere, lo cierto es que la “sorpresa” preparada por los asesores de Milei para el primer discurso de su líder como presidente electo resultó ser un rotundo éxito de taquilla a partir de la lectura magistral del sentido común de buena parte de los electores y fanáticos mileístas. Empezaba allí una etapa en la que un gobierno electo en Argentina asumía sin intentar ocultar, sino más bien ostentando, con orgullo y como bandera, la sumisión política ya desde lo estético a una potencia extranjera.

Esa gran novedad del cambio de época actual fue rápidamente confirmada al viajar el propio Milei a los Estados Unidos a los pocos días de conocerse el resultado definitivo de las elecciones. Junto a su infaltable hermana —a la que Milei llama por el revelador apelativo de “El Jefe”—, Luis “Toto” Caputo y Gerardo Werthein, quienes se anunciaban en la previa como ministro de Economía y embajador en Washington del nuevo gobierno, respectivamente, Milei no perdió la oportunidad de hacer un gran despliegue de simbología judía durante la primera escala en Nueva York, lo que también confirmó algo que se veía venir hace ya varios meses: su intención de alinearse en relaciones carnales no solo con los estadounidenses, sino además con un Estado de Israel que en estos días lleva a cabo una limpieza étnica en Palestina. Y así, en el plano de lo simbólico, Javier Milei hizo todo aquello que se esperaba de él antes de asumir.

El famoso sello de “presidente electo” que apareció durante el anuncio del triunfo electoral y que es un calco del sello presidencial estadounidense, al menos en lo conceptual. Intuyendo la sumisión cultural de los mileístas de a pie respecto a los Estados Unidos, los asesores de Milei anotaron un gol al introducir este calco. La lectura del sentido común de los propios es la base de toda construcción política partisana.

Pero no todas fueron rosas para sus seguidores de a pie que depositaron su voto hace tan solo unos pocos días y se pusieron al hombro la campaña de Milei en la esperanza de ver reeditado en la Argentina algo del trumpismo estadounidense y del bolsonarismo brasileño. Al llegar a Washington luego de la extravagante visita a una sinagoga neoyorkina, Milei fue a almorzar no con Trump, que era lo que los suyos hubieran deseado, sino con un Bill Clinton que es un verdadero ícono del “progresismo” demócrata yanqui y antitrumpista. Según la normalmente sospechosa crónica periodística, Milei habría causado una muy buena impresión en los dirigentes subalternos del Partido Demócrata que lo recibieron en representación de Joe Biden, lo que a su vez revelaría sus intenciones de acercarse a quien probablemente será el rival de Trump en las elecciones del próximo año.

Para disgusto y sorpresa de sus seguidores civiles, claro, aunque no así para quienes conocen las inclinaciones nacionalistas y antiglobalistas de Donald Trump y a la vez comprenden que la verdadera afiliación de Milei, más allá del discurso demagógico que hizo para instalarse, está muy lejos de eso. Al ser un títere del poder fáctico global, Milei funciona como un engranaje en la ingeniería social que ese poder impone para atar aquí la vaca de los recursos naturales del territorio y no tiene realmente voluntad propia. Ni siquiera puede emular a Jair Bolsonaro, quien en su tiempo y con cierto nivel de soberanía eligió con quién alinearse en el tablero de la geopolítica. Milei no elige, solo obedece órdenes y, en consecuencia, aquellas bravatas trumpistas de la campaña son eso mismo, bravatas para la tribuna. Humo.

Milei trabaja para el globalismo de las élites y debe juntarse ahora con los demás empleados de ese poder fáctico tanto en el plano de la geopolítica como en la política de cabotaje de por aquí nomás. Es así como toda la febril actividad del viaje a los Estados Unidos se da en el marco de otro enredo de desengaños: la danza de nombres que habrían de componer el gabinete del nuevo gobierno. Uno por uno los “libertarios” ideologizados fueron corridos de los puestos que supuestamente iban a ocupar y luego reemplazados por macristas como el ya mentado Luis Caputo, Patricia Bullrich y otros nombres altisonantes que los entusiastas mileístas ubican en la mismísima “casta”, a la que Milei prometió destruir. Y otra vez no hay sorpresa, al menos para quienes conocen la real naturaleza globalista del personaje Javier Milei que el poder inventó con un fin muy específico.

Javier Milei se pasea entre tumbas de un cementerio judío durante el loco raid religioso de sus primeras horas en los Estados Unidos como presidente electo de Argentina. Aquí Milei expone simbólica e inequívocamente que responde al lobby judío del globalismo sinárquico. Como para que no queden dudas de quién manda en nuestro país.

Semanas antes de asumir el cargo de presidente Javier Milei ya mostró toda la hilacha, como suele decir el buen sentido popular. Pero nada de eso es accidental, sino natural: una vez adquirido el poder político por la vía legal de las elecciones, Milei está legitimado ahora para hacer lo que vino a hacer y no debe rendirle cuentas de eso a nadie, ni siquiera a sus propios electores. Y entonces más le vale que empiece a hacerlo de entrada al no existir ninguna necesidad de seguir engañando a la opinión pública con discursos demagógicos típicos de una campaña electoral. El viaje a los Estados Unidos para jurarles lealtad a los demócratas globalistas de Joe Biden y Bill Clinton y el copamiento del gabinete por parte de empleados del globalismo que son la propia “casta” son ese sinceramiento rápido que llega antes incluso del 10 de diciembre tan esperado.

Ahora bien, todo lo anteriormente expuesto no hace sino confirmar que en las elecciones de este año, luego de suprimir la posibilidad de competencia copando todas las listas de candidatos, el poder fáctico ha optado por lo que en ediciones anteriores de esta Revista Hegemonía llamábamos el “plan B” de la recolonización o un método alternativo, mucho más disruptivo y a la vez más rápido, para imponer como resultado el nuevo estatuto legal del coloniaje que las élites desean para la Argentina en esta coyuntura, que es de guerra y de definiciones a nivel mundial. Al atento lector le conviene no perder de vista que la condición previa necesaria para la instalación de un orden colonial o neocolonial es la construcción de una hegemonía sólida que posibilite un saqueo sin mayor oposición política. Y que eso es imposible de lograr si a la cabeza del proceso hay un personaje como Javier Milei.

El desengaño para los mileístas que por no entender en qué se han metido se autoperciben trumpistas llegó rápidamente, mucho antes de la asunción del nuevo gobierno. Milei cayó en brazos de Bill Clinton para enviar un mensaje muy claro: es un empleado de las élites globales y sus aliados en los Estados Unidos no son los nacionalistas de Trump, sino los progresistas “woke” del Partido Demócrata. Eso sí, la aclaración solo pudo venir después de las elecciones, que es para no perder el favor electoral de los ahora traicionados.

He ahí la razón por la que existe la percepción abiertamente manifestada por dirigentes de la política de que el gobierno de Milei será breve, brevísimo. En realidad, lo que existe es la comprensión de que Milei no es aún la propia hegemonía —cosa que por definición no ocurre en escenarios de profunda fragmentación, la que Milei viene a acentuar, precisamente—, sino una etapa previa en la que ciertas distorsiones de la economía serán resueltas mediante el shock, esto es, todos saben y algunos incluso se animan a decir que Milei llega a cargar furiosamente, de un solo golpe, todo el costo de las correcciones necesarias sobre las mayorías populares. Y si bien el resultado de eso es lógicamente la corrección macroeconómica deseada, es también una inestabilidad social a la que un gobierno solo puede sobrevivir si tiene mucho apoyo por parte de quienes realmente mandan.


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