El plan B del poder: doctrina del shock

Pasadas las elecciones y conocido al fin el “veredicto de las urnas” —que no es sino el veredicto de quienes forman la opinión pública y controlan el sistema—, la Argentina se encuentra a pocos días de ingresar a un periodo de su historia en el que, al parecer, la doctrina del shock va a imponerse en toda su potencia destructiva. Es el plan B del poder para la construcción de una hegemonía futura y el nuevo gobierno de Javier Milei será una fase más en la estrategia subyacente a esa construcción. El resultado del cumplimiento de las amenazas mileístas puede ser la disolución nacional, pero probablemente sea el advenimiento de un “salvador de la patria” con la totalidad del poder público que será, ahora sí, utilizado para “atar la vaca” de una vez y para las muchas décadas en el país.
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Minutos después de que Sergio Massa reconociera la derrota con un gesto de resignación extrañamente veloz, atípico del aparato electoral llamado peronista, el candidato electo Javier Milei sorprendió a todos no tanto por su discurso de la victoria, que fue ordinario, sino más bien por la estética de la puesta en escena que sus colaboradores armaron para que dicha alocución tuviera lugar. Confirmando su admiración mimética y culturalmente cipaya hacia los Estados Unidos de América, Milei tuvo como telón de fondo una pantalla azul en la que se veía un símbolo muy similar al sello presidencial de aquella potencia global. En lugar de la famosa águila calva se dispuso un pictograma representando lo que al parecer es la Casa Rosada, alrededor del que se leían las palabras “presidente electo, República Argentina” en vez de “sello del presidente de los Estados Unidos de América”. Algo ciertamente nunca visto en estas latitudes.

Esa mímesis de cipayismo explícito evidentemente tuvo rápida repercusión entre los simpatizantes civiles del mileísmo, los mal llamados “libertarios”, quienes en las redes sociales multiplicaron la difusión del símbolo hasta el infinito, en la mayoría de los casos intuyendo la similitud estética con la simbología oficial de los Estados Unidos sin llegar a comprenderla del todo. Sea como fuere, lo cierto es que la “sorpresa” preparada por los asesores de Milei para el primer discurso de su líder como presidente electo resultó ser un rotundo éxito de taquilla a partir de la lectura magistral del sentido común de buena parte de los electores y fanáticos mileístas. Empezaba allí una etapa en la que un gobierno electo en Argentina asumía sin intentar ocultar, sino más bien ostentando, con orgullo y como bandera, la sumisión política ya desde lo estético a una potencia extranjera.

Esa gran novedad del cambio de época actual fue rápidamente confirmada al viajar el propio Milei a los Estados Unidos a los pocos días de conocerse el resultado definitivo de las elecciones. Junto a su infaltable hermana —a la que Milei llama por el revelador apelativo de “El Jefe”—, Luis “Toto” Caputo y Gerardo Werthein, quienes se anunciaban en la previa como ministro de Economía y embajador en Washington del nuevo gobierno, respectivamente, Milei no perdió la oportunidad de hacer un gran despliegue de simbología judía durante la primera escala en Nueva York, lo que también confirmó algo que se veía venir hace ya varios meses: su intención de alinearse en relaciones carnales no solo con los estadounidenses, sino además con un Estado de Israel que en estos días lleva a cabo una limpieza étnica en Palestina. Y así, en el plano de lo simbólico, Javier Milei hizo todo aquello que se esperaba de él antes de asumir.

El famoso sello de “presidente electo” que apareció durante el anuncio del triunfo electoral y que es un calco del sello presidencial estadounidense, al menos en lo conceptual. Intuyendo la sumisión cultural de los mileístas de a pie respecto a los Estados Unidos, los asesores de Milei anotaron un gol al introducir este calco. La lectura del sentido común de los propios es la base de toda construcción política partisana.

Pero no todas fueron rosas para sus seguidores de a pie que depositaron su voto hace tan solo unos pocos días y se pusieron al hombro la campaña de Milei en la esperanza de ver reeditado en la Argentina algo del trumpismo estadounidense y del bolsonarismo brasileño. Al llegar a Washington luego de la extravagante visita a una sinagoga neoyorkina, Milei fue a almorzar no con Trump, que era lo que los suyos hubieran deseado, sino con un Bill Clinton que es un verdadero ícono del “progresismo” demócrata yanqui y antitrumpista. Según la normalmente sospechosa crónica periodística, Milei habría causado una muy buena impresión en los dirigentes subalternos del Partido Demócrata que lo recibieron en representación de Joe Biden, lo que a su vez revelaría sus intenciones de acercarse a quien probablemente será el rival de Trump en las elecciones del próximo año.

Para disgusto y sorpresa de sus seguidores civiles, claro, aunque no así para quienes conocen las inclinaciones nacionalistas y antiglobalistas de Donald Trump y a la vez comprenden que la verdadera afiliación de Milei, más allá del discurso demagógico que hizo para instalarse, está muy lejos de eso. Al ser un títere del poder fáctico global, Milei funciona como un engranaje en la ingeniería social que ese poder impone para atar aquí la vaca de los recursos naturales del territorio y no tiene realmente voluntad propia. Ni siquiera puede emular a Jair Bolsonaro, quien en su tiempo y con cierto nivel de soberanía eligió con quién alinearse en el tablero de la geopolítica. Milei no elige, solo obedece órdenes y, en consecuencia, aquellas bravatas trumpistas de la campaña son eso mismo, bravatas para la tribuna. Humo.

Milei trabaja para el globalismo de las élites y debe juntarse ahora con los demás empleados de ese poder fáctico tanto en el plano de la geopolítica como en la política de cabotaje de por aquí nomás. Es así como toda la febril actividad del viaje a los Estados Unidos se da en el marco de otro enredo de desengaños: la danza de nombres que habrían de componer el gabinete del nuevo gobierno. Uno por uno los “libertarios” ideologizados fueron corridos de los puestos que supuestamente iban a ocupar y luego reemplazados por macristas como el ya mentado Luis Caputo, Patricia Bullrich y otros nombres altisonantes que los entusiastas mileístas ubican en la mismísima “casta”, a la que Milei prometió destruir. Y otra vez no hay sorpresa, al menos para quienes conocen la real naturaleza globalista del personaje Javier Milei que el poder inventó con un fin muy específico.

Javier Milei se pasea entre tumbas de un cementerio judío durante el loco raid religioso de sus primeras horas en los Estados Unidos como presidente electo de Argentina. Aquí Milei expone simbólica e inequívocamente que responde al lobby judío del globalismo sinárquico. Como para que no queden dudas de quién manda en nuestro país.

Semanas antes de asumir el cargo de presidente Javier Milei ya mostró toda la hilacha, como suele decir el buen sentido popular. Pero nada de eso es accidental, sino natural: una vez adquirido el poder político por la vía legal de las elecciones, Milei está legitimado ahora para hacer lo que vino a hacer y no debe rendirle cuentas de eso a nadie, ni siquiera a sus propios electores. Y entonces más le vale que empiece a hacerlo de entrada al no existir ninguna necesidad de seguir engañando a la opinión pública con discursos demagógicos típicos de una campaña electoral. El viaje a los Estados Unidos para jurarles lealtad a los demócratas globalistas de Joe Biden y Bill Clinton y el copamiento del gabinete por parte de empleados del globalismo que son la propia “casta” son ese sinceramiento rápido que llega antes incluso del 10 de diciembre tan esperado.

Ahora bien, todo lo anteriormente expuesto no hace sino confirmar que en las elecciones de este año, luego de suprimir la posibilidad de competencia copando todas las listas de candidatos, el poder fáctico ha optado por lo que en ediciones anteriores de esta Revista Hegemonía llamábamos el “plan B” de la recolonización o un método alternativo, mucho más disruptivo y a la vez más rápido, para imponer como resultado el nuevo estatuto legal del coloniaje que las élites desean para la Argentina en esta coyuntura, que es de guerra y de definiciones a nivel mundial. Al atento lector le conviene no perder de vista que la condición previa necesaria para la instalación de un orden colonial o neocolonial es la construcción de una hegemonía sólida que posibilite un saqueo sin mayor oposición política. Y que eso es imposible de lograr si a la cabeza del proceso hay un personaje como Javier Milei.

El desengaño para los mileístas que por no entender en qué se han metido se autoperciben trumpistas llegó rápidamente, mucho antes de la asunción del nuevo gobierno. Milei cayó en brazos de Bill Clinton para enviar un mensaje muy claro: es un empleado de las élites globales y sus aliados en los Estados Unidos no son los nacionalistas de Trump, sino los progresistas “woke” del Partido Demócrata. Eso sí, la aclaración solo pudo venir después de las elecciones, que es para no perder el favor electoral de los ahora traicionados.

He ahí la razón por la que existe la percepción abiertamente manifestada por dirigentes de la política de que el gobierno de Milei será breve, brevísimo. En realidad, lo que existe es la comprensión de que Milei no es aún la propia hegemonía —cosa que por definición no ocurre en escenarios de profunda fragmentación, la que Milei viene a acentuar, precisamente—, sino una etapa previa en la que ciertas distorsiones de la economía serán resueltas mediante el shock, esto es, todos saben y algunos incluso se animan a decir que Milei llega a cargar furiosamente, de un solo golpe, todo el costo de las correcciones necesarias sobre las mayorías populares. Y si bien el resultado de eso es lógicamente la corrección macroeconómica deseada, es también una inestabilidad social a la que un gobierno solo puede sobrevivir si tiene mucho apoyo por parte de quienes realmente mandan.

En otras palabras, la política comprende que Milei viene a introducir unas reformas tales que, de ser aplicadas en su totalidad, deberían resultar en cierta estabilidad económica para el país en el mediano plazo, o al menos en una estabilidad ficticia similar a la lograda por la convertibilidad y por las privatizaciones de Carlos Menem y Domingo Cavallo en sus primeros años. Pero a la vez la política entiende que Milei solo podría sobrevivir a las consecuencias inmediatas de esas reformas si cuenta con la gracia del poder fáctico, el que deberá alinear el apoyo de todos los medios de comunicación, de todo el sistema financiero, de los empresarios, de los sindicatos y, en fin, de todos los sectores involucrados para que el gobierno no caiga durante el periodo de inestabilidad social que se sigue a la aplicación draconiana de reformas tan profundas.

Eso equivale a decir que después de incinerar en cuestión de pocas semanas y meses la totalidad de su capital político hasta quedar virtualmente sin apoyo popular, Milei solo podría seguir gobernando si el poder quiere que lo haga. Únicamente con un blindaje mediático sin fisuras y una neutralización completa de los elementos desestabilizadores en el territorio sería posible para un presidente seguir siéndolo en un escenario de depresión económica muy profunda combinada con una inflación persistente y hasta en aumento, que es el panorama previsto por el propio Milei, quien ya anunció que hay una “estanflación” de hasta 24 meses por delante. Si alguno de los factores de poder se abre súbitamente de ese apoyo irrestricto o si se les permite agitar a los desestabilizadores, un gobierno en esas condiciones está condenado a perecer rápidamente. Después de hacer la demolición que le han encargado, Milei va a convertirse en un rehén del poderoso.

Gerardo Werthein (al centro), heredero de un holding que controla empresas en los más diversos rubros de la economía argentina, desde las telecomunicaciones hasta la exploración de gas natural, pasando por la producción de yerba mate y alimentos, la especulación inmobiliaria, la salud privada, aseguradoras, tecnología y mucho más. El Grupo Werthein es otro pulpo judío similar al Grupo IRSA de Eduardo Elsztain, es el poder real en la Argentina por encima de cualquier coyuntura política. Werthein quiso el puesto de embajador en los Estados Unidos, lo compró y lo pagó. Pingües negocios hará su familia a costilla del pueblo argentino mientras dure el régimen mileísta.

Ahí está la descripción de lo que fue el gobierno de Fernando de la Rúa en el año 2001, más precisamente en su debacle final posterior a las elecciones de medio término de aquel año. De la noche a la mañana el blindaje mediático se rompió y los elementos territoriales de desestabilización fueron liberados para hacer lo suyo, lo que resultó en un gobierno rodeado al que no se le ocurrió además mejor idea que la de reprimir la protesta en las calles. ¿Qué pudo haber pasado allí? ¿Por qué el poder decidió en un momento dado “soltarle la mano” a un Fernando de la Rúa que ya no tenía apoyo popular y se había aislado políticamente? Pues pudo haber pasado que De la Rúa haya cumplido el propósito por el que en 1999 lo habían sentado en el sillón presidencial o, por otra parte, que haya demostrado ser del todo incapaz de seguir haciéndolo después de las elecciones intermedias de 2001.

La solución a esa dicotomía es irrelevante aquí. Lo que se trata de demostrar es que, de un modo genérico, cuando un gobierno se construye con la sola finalidad de representar los intereses de las minorías poderosas, la obra de dicho gobierno es necesariamente muy nociva para los intereses colectivos de las mayorías populares, por lo que no se plantea buscar apoyo en estos sectores mayoritarios. El gobierno de la minoría opta conscientemente por apoyarse desde el vamos en la fuerza del poder fáctico económico, del que erróneamente se considera amigo. De la Rúa hizo todo lo que sus “amigos” tiburones del mal llamado “mercado” exigían: desenterró a Domingo Cavallo, hizo el blindaje y el megacanje, el corralito, impuso la desposesión directa de las mayorías populares incluso con recortes a lo bruto en jubilaciones y pensiones, todo. Y cuando terminó de hacerlo, al mirar hacia el costado vio que sus “amigos” lo habían dejado solo.

Nunca sabremos si los Fernando de la Rúa genéricos son realmente así de estúpidos a punto de no comprender que sus poderosos “amigos” no lo son, sino más bien sus titiriteros, o si en realidad son cínicos que entienden el juego y se prestan a ello a cambio de alguna recompensa material concreta. Este último parecería ser el caso de Alberto Fernández, quien luego de poner de rodillas económicamente al pueblo argentino en cuatro años para que fuera posible una polarización entre Sergio Massa y Javier Milei ahora viaja a Europa a cobrar los honorarios por el servicio. Hace ya varios años las malas lenguas vienen hablando de unos 55 millones de euros depositados allí en una cuenta a su nombre, cosa que difícilmente podrá demostrarse y sí podrá observarse, no obstante, cuando Fernández y su familia estén dándose la gran vida en España sin ninguna explicación de dónde sale el dinero para financiar esa fiesta.

Fernando de la Rúa hizo todo lo que exigía el poder fáctico durante su breve gobierno. Y una vez que ese mismo poder consideró que ya no servía como títere y/o ya había entregado todo el paquete, De la Rúa fue abandonado a las fieras. Ese es el destino de los dirigentes políticos que eligen el camino de la representación de los intereses antipopulares: al cumplir su ciclo son abandonados y no tienen ningún apoyo del pueblo en el que respaldarse.

Es cierto que tanto Fernando de la Rúa como Alberto Fernández supieron construir sus carreras en la política con cierta trayectoria y que pudieron haber optado por seguir la huella con la garantía de vivir tranquilamente del sistema por toda la eternidad, sin mayores sobresaltos. Y que cambiaron ese panorama bucólico por meterse en el vértigo y en el callejón sin salida de encabezar gobiernos antipopulares. El caso de Javier Milei es algo distinto. Antes de ser elevado a la fama en 2016 por Alejandro Fantino en el programa televisivo de chimento político Animales Sueltos, Milei había sido el clásico monotributista con cuchitril, un economista profesional más del montón y sin mucha perspectiva de lograr algo mejor que eso. Si Milei es como Fernández, si es un cínico que hace un negocio con el poder a cambio de una recompensa material, entonces hace sin lugar a duda el negocio de su vida.

¿Cabe la posibilidad, por el contrario, de que Milei no sea un cínico, sino lo suficientemente estúpido como para creer que es amigo del poderoso y que este seguirá queriéndolo una vez que como títere haya cumplido su propósito? Desde luego que esa posibilidad cabe en tanto y en cuanto es imposible meterse en la cabeza de Milei para saber qué piensa y cómo piensa, eso no existe. Lo cierto es que, sin cuidado de si lo hace consciente o inconscientemente, de si es un cínico o un cretino, Milei no podrá evadir el destino común a todos los títeres del poder y será descartado una vez que haya cumplido la función para la que lo elevaron al lugar de presidente. He ahí la duración exacta del gobierno de Javier Milei a partir del próximo 10 de diciembre: ni un minuto más ni menos de lo estrictamente necesario para realizar las transformaciones exigidas por el poder fáctico y pavimentar el camino para la entronización del siguiente títere en la fila.

Empleados del sistema

Viéndolo como un cínico o como un estúpido, el error radica siempre en pensar que Javier Milei es un fenómeno electoral auténtico y, peor aún, que va a representar los intereses colectivos de los más de 14 millones y medio de argentinos que lo votaron, eso no es ni va a ser así. El gobierno de Milei es exactamente una etapa más en una ingeniería social cuya finalidad es la construcción de una hegemonía con la capacidad de cerrar la grieta y reformar la Constitución, introduciendo un nuevo ordenamiento jurídico que deje sacramentado de una vez y por muchas décadas el estatus neocolonial de la Argentina. Bien mirada la cosa, desde el 2015 en adelante todos los gobiernos han sido etapas en dicha estrategia y cada uno de sus máximos referentes —desde Mauricio Macri, pasando por Alberto Fernández y llegando a Javier Milei— fue presentado como la legítima expresión del hartazgo popular tan solo para exacerbar ese hartazgo en cuatro años y ser despedidos con una patada.

Ya como diputado electo, Milei vuelve al piso de Animales Sueltos en señal de agradecimiento a Alejandro Fantino, su “inventor”. La intervención de Guillermo Nielsen —notorio massista— fue decisiva para que Milei se sentara en el panel de este escandaloso programa en 2016 y desde allí pudiera construir el personaje que finalmente lo elevó a la presidencia de la Nación. De un pobre y anónimo diablo a primer mandatario del país en menos de siete años. Milei hace el negocio de su vida gracias al Grupo América de los massistas Vila y Manzano.

Claro que Milei todavía no exacerbó el hartazgo en cuatro años y aún no fue despedido, ni siquiera asumió el mandato, pero es evidente que viene ya calcando simbólicamente a Macri y a Fernández desde el lugar del que gana las elecciones como representante del deseo de cambio en cada momento. Así, Macri resulta del fracaso económico del kirchnerismo, Fernández del fracaso económico del macrismo y Milei, como se ve, del fracaso económico del albertismo. Y otro denominador común entre ellos es que todos llegan, por lógica, a asumir en condiciones infinitamente peores a las encontradas por su antecesor. ¿Qué debería decirle eso al argentino de a pie que no está sentado en las mesas chicas de la política? Pues que aquí se está jugando un juego en el que siempre hay un mesías que, en la práctica, lo único que hace es fracasar adrede para que pase el que sigue. Y que el deterioro de las condiciones sociales y económicas es un proceso planificado.

Para llegar a esa conclusión y ver con claridad meridiana que las rivalidades políticas son una simulación, que finalmente son todos empleados de un mismo sistema y en el marco de una misma estrategia, es necesario primero descartar dos hipótesis, a saberlas: la de que nuestro país no tiene arreglo y la de que los dirigentes políticos son incapaces. La primera se descarta con mucha facilidad recordando simplemente que la Argentina tiene el octavo territorio más extenso y el sexto más rico en recursos del mundo, que está prácticamente deshabitada y que, por lo tanto, tiene un potencial de crecimiento y desarrollo incalculable. Un país así no puede no tener arreglo, no puede ser inviable un país en el que las dificultades naturales no existen y donde todo es posible con mucho menos esfuerzo que en cualquier otra parte. Si la Argentina de la abundancia es inviable y no tiene arreglo, ¿qué queda para el resto del mundo?

La segunda hipótesis puede descartarse señalando que la única capacidad realmente requerida de un dirigente político es la de convocar a los hombres capaces y abrir el cauce para que hagan lo que deben hacer. Por más inútiles que hayan sido, Macri y Fernández habrían hecho gobiernos medianamente buenos —y habrían sido reelectos, por supuesto— si hubieran tenido la voluntad política de designar a los funcionarios idóneos en cada función, ejecutando con ese equipo un plan de gobierno coherente. No es necesario el talento político de un Perón para tener éxito en cuatro u ocho años de gobierno, alcanza con la sola voluntad de resolver algunos de los problemas prioritarios para las mayorías. De la Rúa, Macri y Fernández no fracasaron por ineptos, sino por representar adrede los intereses opuestos a los del pueblo que en teoría los eligió para gobernar y dar soluciones. Un incapaz no llega a ser presidente de un país como la Argentina.

Alberto Fernández y Mauricio Macri se ríen de una opinión pública que los eligió pensando en un “cambio”. Macri se montó sobre el fracaso de los dos últimos años de la gestión kirchnerista y Alberto Fernández, por su parte, sobre los cuatro años de fracaso del régimen macrista. Y ambos no hicieron más que profundizar la debacle hasta poner a los argentinos de rodillas y dispuestos a aceptar literalmente cualquier cosa. Dicen pelearse entre ellos, pero son socios y partícipes en una misma estrategia a largo plazo cuyo fin en la recolonización de la Argentina.

Entonces nuestro país tiene arreglo y últimamente se ha dado gobiernos que no buscan arreglar nada, que vienen a profundizar adrede el problema con el fin de generar las condiciones ideales para el advenimiento del siguiente títere, el que a su vez llega siempre a iniciar una nueva etapa del plan. Macri debió romper el esquema de bajo endeudamiento legado por el gobierno kirchnerista mediante el retorno del Fondo Monetario Internacional (FMI) al país. Las primeras consecuencias de ese reingreso del FMI al país fueron el argumento para la introducción de Alberto Fernández, quien ejecutó la segunda parte de la estrategia: desgobernar absolutamente hasta arruinar lo que quedaba de la economía, generando la inestabilidad social necesaria para el advenimiento de Massa o de Milei. Cualquiera de estos dos últimos, habiéndose encontrado ahora sí con un escenario caótico que resulta de la mezcla de endeudamiento brutal y quebranto económico, iba a estar legitimado para imponer la doctrina del shock como método para resolver el problema.

Véase bien, la imposición del shock era ya el objetivo tanto de Macri como de Fernández, pero ninguno de los dos estuvo aún en condiciones de hacerlo legítimamente. Fueron necesarios ocho años de endeudamiento, de inflación galopante y de destrucción sistemática de la economía para que el pueblo-nación argentino no solo acepte un shock, sino que además lo pida a gritos. En resumen, Milei puede “mostrar la hilacha” de la catástrofe que pretende desatar porque antes estuvieron Macri y Fernández creando todas las condiciones objetivas y subjetivas para que eso sea hoy legítimo. Milei puede hacer lo que Macri y Fernández no pudieron simplemente porque Milei es la etapa superior de un plan en el que sus dos antecesores fueron etapas previas, inferiores. ¿Macri y Fernández trabajaron conscientemente para que llegue Milei? Mejor que decir eso es comprender que tanto Macri como Fernández trabajaron en la construcción de las condiciones para que venga el shock.

Sobre el octavo territorio más extenso del mundo —que además está relativamente despoblado— está la segunda reserva a nivel global de gas natural, reservas de litio, de agua dulce en cantidad incalculable, millones de hectáreas de tierras fértiles y aptas para producción masiva de alimentos y un sinfín de riquezas más que en una apretada síntesis no caben. Si la Argentina no tiene arreglo y es inviable, ¿cómo puede ser viable cualquier otro país del mundo con mucho menos?

Está claro que para el poder fáctico sería irrelevante si ese shock llegaba de la mano de Milei, de Massa o de Montoto, el poderoso no tiene preferencias por títeres según el apellido coyuntural que tengan. En realidad, desde el punto de vista del poder, poco importa el color del gato si este caza ratones, es decir, si hace lo que debe hacer. Lo que sí existe es una aptitud simbólica en un sentido de representación mimética, según la que algunos dirigentes aparentan ser más idóneos para realizar unas tareas y otros dirigentes para realizar otras. Así, no serían lo mismo designar al “loquito” Javier Milei o al “moderado” Sergio Massa para el lugar de protagonista en una narrativa de la imposición de un shock económico que no deje piedra sobre piedra. No es lo mismo, hay actores que son más idóneos para ciertos roles que otros y además aquí existe un problema adicional: si el “moderado” es el que todo lo destruye, ¿quién quedaría para asumir el control de los escombros tras esa demolición?

Claro, es mucho más verosímil que el “loquito” haga la demolición y luego venga el “moderado” a pacificar sobre ruinas con un bello discurso acerca de la necesidad de una unidad nacional verdadera para superar el trance, etc. Aquí empieza a dibujarse aquella hegemonía antes mentada, sin la que sería imposible cualquier conato de legalización colonial. Como veíamos, Milei es un personaje disruptivo que además llega con un proyecto de demolición bajo el brazo, razones por las que no es aún el jefe de la hegemonía ni viene a eso. Milei, o más bien un breve y disruptivo gobierno de Milei, es la etapa inmediatamente previa a la constitución de la hegemonía verdadera. Solo una catástrofe social y económica muy profunda podría parir esa “unidad nacional” en reemplazo de una grieta que ya dura casi dos décadas. Milei está diseñado más bien para ser un híbrido de Domingo Cavallo y Jorge Remes Lenicov que para ser un Néstor Kirchner, papel que le corresponderá lógicamente al “moderado”.

Esa sería la secuencialidad más lógica para lo que el sentido común de las mayorías entiende de la división del trabajo político y sería, por lo tanto, el insumo más idóneo para la construcción de una narrativa cuyo corolario sea el advenimiento de un gobierno de unidad y de salvación nacional, uno que pueda reinar sin oposición sobre los escombros durante un tiempo determinado. ¿Cuánto tiempo? Pues todo el tiempo necesario para hacer la modificación del ordenamiento legal que los poderes fácticos exigen para la Argentina. Si a esta altura del relato el atento lector no perdió ya de vista que el objetivo es un nuevo estatuto legal del coloniaje, el ordenamiento jurídico óptimo desde el punto de vista de los intereses de las corporaciones, deberá asimismo recordar que nada de eso es posible en un esquema de grieta.

Al hacer entrar al Fondo Monetario Internacional en 2018, Mauricio Macri garantizó que su sucesor tuviera el pretexto ideal para no transformar la realidad. Y eso fue precisamente lo que sucedió: entre el acuerdo con el FMI y una cuarentena que se estiró todo lo posible, Alberto Fernández logró consumir la primera mitad de su mandato sin hacer absolutamente nada. A partir de eso fue muy fácil transitar la segunda mitad de la misma forma, fundamentalmente después de la derrota electoral de 2021.

Los antecedentes históricos recientes existen. Para reformar la Constitución en 1994 introduciendo las exigencias del Consenso de Washington en nuestra ley, Carlos Menem debió neutralizar a los radicales en el Pacto de Olivos, formar un gobierno de unidad nacional sin oposición política y así llegar a la Constituyente con todos los votos necesarios para la aprobación del nuevo estatuto. Antes de eso debieron venir los militares con una destrucción muy profunda del aparato productivo nacional y un Raúl Alfonsín con toda la parálisis y la hiperinflación resultantes de aquello. En medio al caos, Menem tuvo la llave de la convertibilidad —claramente facilitada por los yanquis a través del entonces canciller Cavallo— para estabilizar la economía en un primer momento y luego argumentar esa estabilización como método para poner de rodillas a los radicales, única potencial oposición en aquellos días. Hoy, con el diario del lunes, ese proceso se revela frente al observador con una claridad meridiana.

El objetivo entonces fue la nueva Constitución, el nuevo estatuto legal del coloniaje que sacramentara las privatizaciones y la desregulaciones que el poder exigía en ese momento de avance del neoliberalismo tras la caída del Muro de Berlín en 1989 y la desintegración del campo socialista en el Este a fines de 1991. Menem no hizo otra cosa que subirse al carro del momento al adherir al Consenso de Washington y hacer así en Argentina la voluntad del poder fáctico global triunfante. El gobierno de Menem fue esa hegemonía necesaria para “atar la vaca” legalizando el saqueo del momento y fue el resultado de una debacle anterior iniciada con el golpe del 24 de marzo de 1976, profundizada por la dictadura que se siguió a ese golpe y hecha crisis terminal por el alfonsinismo hasta 1989. El triunfo del poder fáctico en su etapa occidental y estadounidense se expresó así en la Argentina, con un golpe, una dictadura y una “democracia” tutelada que prepararon el terreno para la hegemonía deseada.

El momento histórico de la segunda claudicación de los radicales, ahora frente al menemismo que venía a imponer el Consenso de Washington. Raúl Alfonsín es el doble entregador que firmó los acuerdos de Madrid —el Versalles argentino después de la Guerra de Malvinas— y luego desactivó a la oposición para que Menem avanzara libremente con el nuevo estatuto legal del coloniaje en los años 1990. Algunos lo valoran como el “padre de la democracia”, pero Alfonsín fue un dirigente nefasto para la soberanía nacional argentina. Al igual que Menem, por supuesto.

La hegemonía sirvió entonces para legalizar un saqueo sobre el patrimonio nacional de los argentinos y lo mismo ocurrió en todo el continente, con distintos matices. Ahora el contexto es distinto y también son diferentes los objetivos del poder fáctico de las corporaciones: ahora resurge el campo oriental —aunque ya no con un proyecto político socialista— y eso resulta naturalmente en guerra, en una guerra mundial “en cuotas”, como bien la definió el Papa Francisco, que se expresa en Ucrania, en Medio Oriente, en los movimientos revolucionarios de África, en las tensiones alrededor de Taiwán, de Corea del Norte, etc. Y en un contexto así la lógica indica que el control sobre las fuentes de recursos naturales, energéticos y la producción de alimentos tiene que ser la clave del momento. La Argentina, como se ha visto anteriormente, es el octavo territorio más extenso y el sexto más rico del mundo en recursos, energía y potencial de producción de comida.

Por eso la hegemonía es necesaria ahora, para “atar la vaca” en lo que se refiere al control estratégico de esas riquezas para que puedan utilizarse en el esfuerzo de guerra. El poder fáctico global de las corporaciones no puede permitir que en ninguna hipótesis los argentinos tengamos soberanía en la disposición de los recursos y riquezas de nuestro territorio. Y aquí se tiene, al fin, un conato de explicación de por qué el poder fáctico se apuró en ubicar a sus empleados en la cabeza de todas las listas de candidatos para las elecciones de este año: el poderoso no podía permitir la existencia de una alternativa en la que se expresara el deseo de soberanía nacional sobre los recursos del territorio argentino. Todos los candidatos fueron cipayos al servicio de las corporaciones y dos de ellos naturalmente llegaron al ballotage final. El argentino quedó obligado a “elegir” entre empleados del sistema y esa no puede ser una elección real.

Estrategias a largo plazo

En la portada de la anterior edición de esta Revista Hegemonía, la 69ª. que corresponde al mes de noviembre, podía verse a un Sergio Massa sonriente y acompañado por el título “Misión: cumplida”. Y si bien la lectura superficial de esa portada podría inducir a la conclusión de que Massa ya había ganado las elecciones, en la lectura en profundidad del texto central de esa edición estaba la descripción de un triunfo político del massismo que iba mucho más allá de lo electoral. Como representante más estable y confiable de los intereses de las corporaciones en la Argentina, Massa logró la victoria al colocar en el ballotage a los dos candidatos que expresaban el plan A y el plan B del poder fáctico global, suprimiendo además en el proceso a un kirchnerismo que si bien ya estaba en la fase terminal de su decadencia y se presentaba como un corso a contramano frente a la sociedad encerraba todavía, al menos en potencia, una expresión de los intereses nacionales.

La resistencia palestina contra la campaña genocida de Israel en Oriente Medio. Este conflicto aparentemente localizado se enmarca en el contexto de la III Guerra Mundial en cuotas junto a otras guerras proxy que se libran en simultáneo actualmente por todo el mundo. La guerra mundial ya está en curso y el poder se apura en “atar la vaca” aquí para garantizar el suministro de materias primas, combustible y alimentos que serán decisivos para el resultado del conflicto global. El que controle Argentina y Sudamérica de un modo general probablemente imponga también el nuevo ordenamiento geopolítico a nivel global.

La mesa quedó servida a partir del triunfo político del massismo y con el ballotage el poder fáctico global solo debió definir el método de aplicación de la estrategia de construcción de la hegemonía futura, si es que ya no lo tenía definido de antemano. Corridos de la discusión los protagonistas de la vieja grieta inviable, el kirchnerismo y el macrismo, solo quedaba por ver si la hegemonía se instalaba directamente con la elección de Sergio Massa como presidente o si era necesaria una etapa previa más con la unción de Javier Milei que posibilite el advenimiento del estallido final, después del que debe venir ese gobierno de unidad y salvación nacional a reinar sobre escombros y sin oposición, pero también sobre un país cuyos problemas financieros estarán todos resueltos. Por las malas, sí, pero resueltos al fin.

Problemas financieros, véase bien, puesto que la Argentina no tiene ni podría tener problemas económicos al ser hasta por antonomasia el país de la abundancia entre todos los países del mundo. La Argentina tiene hoy problemas financieros muy serios que resultan del proceso planificado de debacle cuyo fin fue precisamente llegar a este punto, esto es, son problemas que el poder fáctico generó adrede para poner de rodillas a los argentinos y que estos acepten el collar y la correa. En los dos últimos años del gobierno kirchnerista volvieron a existir el ajuste, la devaluación y la timba financiera. Luego el régimen macrista sumó el endeudamiento y finalmente vino el desgobierno albertista a agregar hiperinflación, más endeudamiento y un toque de parálisis económica al combo. Diez años de una década perdida para que las “opciones” fueran Massa o Milei.

La catástrofe era la condición necesaria y ahora es el “problema” que debe ser resuelto para la imposición de la hegemonía, el objetivo final del plan. Había entonces en el tatetí del ballotage dos métodos para la resolución de esos problemas autoinfligidos, el método de las reformas y el método de la implosión, representados estos respectivamente en Sergio Massa y en Javier Milei. Con Massa vendría —al menos de acuerdo con lo planteado en el discurso público— el “gradualismo” lento de siempre. Con Milei, en cambio, se iba a enfilar por el camino rápido del shock para poner los indicadores económicos de vuelta en sus valores por defecto. El plan A y el plan B de la solución definitiva, como se ve. Y el poder optó por el plan B, por la vía más rápida que es la imposición de la doctrina del shock sobre el pueblo-nación en su conjunto.

Para simular una grieta y enloquecer a una militancia que ya venía muy desorientada tras una larga orfandad de referentes en ambos bandos, Massa y Milei se presentaron como representantes de dos proyectos políticos opuestos e irreconciliables. Pero no había verdad en ello. Tanto Massa como Milei son distintas fases en una estrategia: la del poder. Y hoy sabemos que el poderoso optó por el plan B que prevé la imposición de un shock, una catástrofe y luego una “reconstrucción” de la mano de un “salvador de la patria” que, por lógica, debería ser el propio Massa.

El atento lector que todavía tiene algo de fe en el sistema republicano mal llamado “democrático” ciertamente aducirá que fue el propio pueblo el que eligió entre las opciones del ballotage y sentó con su voto a Javier Milei en el trono. Aun acordando en que el poder fáctico digitó todas las opciones electorales de movida, es posible disentir en que el resultado final de los comicios haya sido también digitado por los de arriba. Al fin y al cabo, en el cuarto oscuro la gente vota y votando tiene mínimamente la posibilidad de optar entre opciones controladas. Está claro que el poderoso montó un escenario en el que esas opciones se limitaran al “gradualismo” de Massa y al shock de Milei, ninguna opción real en absoluto. Pero una vez que eso ha quedado así establecido, ¿no será que Milei fue legítimamente electo por la voluntad popular limitada entre esas opciones?

Es difícil creer en eso y hay muchas evidencias que dificultan aún más esa creencia. La primera de ellas es el axioma largamente corroborado desde 1946 a esta parte según el que el peronismo como conglomerado electoral solo pierde las elecciones si intuye que no le conviene ganarlas, es decir, cuando quiere perderlas. Sea quien fuere el candidato que encabeza las listas en un momento dado, el peronismo gana las elecciones cuando quiere ganarlas con tan solo activar con decisión el aparato territorial que posee tras décadas y décadas de inserción en la base social del país. Si la aceitada máquina de dirigentes peronistas que domina la política en casi todos los distritos electorales pone “toda la carne al asador” invirtiendo todos los recursos que tiene para determinar el voto de sus feligreses en el territorio, el conglomerado electoral del panperonismo es invencible y solo pierde las elecciones si no las quiere ganar.

El viejo y pesado aparato territorial del peronismo es determinante en las elecciones desde 1946 hasta el presente. Y lo fue incluso durante los 18 años de proscripción y exilio del General Perón. Ninguna parcialidad política en la Argentina tiene una fracción de la inserción que el peronismo tiene en los barrios populares, que es donde vive la inmensa mayoría del pueblo. El peronismo gana y pierde las elecciones cuando quiere y la cuestión sería comprender por qué algunas veces prefiere ganarlas y otras, perderlas.

La conclusión está explícita ya en la propia premisa y es que los dirigentes de ese panperonismo no quisieron ganar las elecciones o, dicho de otro modo, quisieron que las gane un Javier Milei sin presencia territorial y por lo tanto incapaz de controlar el proceso eleccionario y luego el propio territorio después de ser electo. De ser cuestionados por esa decisión, esos dirigentes seguro esgrimirían en su defensa la inconveniencia de “quedarse pegados” con lo que se viene y es muy feo, lo que en sí sería absolutamente legítimo en términos políticos: si ha pasado una década de acumulación de fracasos económicos hasta resultar eso en una bomba que quizá no pueda desactivarse, es comprensible que ningún dirigente quiera estar cerca del lugar donde esa bomba va a explotar. ¿Quién podría condenar políticamente a esos dirigentes por no querer inmolarse por la causa?

Lo que sí podría ser muy cuestionable es la funcionabilidad del peronismo electoral en la estrategia de las élites globales, la que aquí es la mismísima obviedad ululante. Si ese peronismo participó de la debacle primero permitiendo el giro del gobierno kirchnerista en sus dos últimos años hacia una orientación que priorizó la timba financiera y luego permitió otra vez que Alberto Fernández desgobernara durante cuatro años para agravar la situación económica hasta niveles de desesperación (de hecho, la insistencia de Fernández en detener la actividad económica bajo el pretexto del “cuidar la vida” con la cuarentena es muy revelador de eso), entonces existe una colaboración activa de dicho peronismo con el poder fáctico global, por lo que estamos hablando aquí de un “peronismo” entre muchas comillas, de uno con mucha vocación de poder y ningún arraigo en la doctrina nacional justicialista de Perón.

Alberto Fernández sobrevuela en helicóptero el área metropolitana del Gran Buenos Aires para inspeccionar el cumplimiento de las restricciones a la circulación durante la contingencia del coronavirus. Si bien en un primer momento Fernández se puso el traje de héroe con un discurso de “cuidar la vida de los argentinos”, pronto quedó claro que estaba utilizando la cuarentena como instrumento para detener la economía y hundir al país. Los kirchneristas tardaron en comprenderlo y embistieron furiosamente contra quienes se atrevieron a denunciar esa sucia maniobra albertista, pero el tiempo habría de darles la razón a los críticos.

Nadie descubrirá el agua tibia diciendo ahora que el peronismo posterior a la dictadura de 1976 ha colaborado con la fuerza brutal de la antipatria, no hay en ello ninguna novedad. Desde el “cajón de Herminio” cuyo fin fue darles el triunfo electoral a los radicales globalistas de Alfonsín hasta la imposición del Consenso de Washington con Menem, el aparato peronista se ha alejado de la doctrina del movimiento nacional justicialista hasta representar directamente su opuesto. No sería, por lo tanto, la primera vez que se hallen estos “peronistas” cooperando en la estrategia de quienes están interesados en recolonizar al país, hay poco contenido nacionalista en el peronismo de los tiempos que corren y además lo hay solamente en sectores aislados y muy minoritarios dentro del vasto movimiento. A ningún peronista bien nacido se le van a caer los anillos por admitir que el peronismo hoy forma en las filas del ejército colonial de ocupación.

Y mucho más aún en esa parte del peronismo electoral que es el massismo. Sergio Massa es directamente el favorito de las élites en el país, hecho que quedó corroborado fácticamente tras la difusión de los cables diplomáticos por WikiLeaks hace más de una década. En el ejército colonial de cipayos que hoy domina nuestra política de cabotaje, Massa es un oficial de altísimo rango, es un teniente general con estatus de comandante. Se equivocarán quienes piensan que Massa perdió, no hay derrota. Con mucha paciencia y disciplina, sin perder de vista jamás la estrategia a largo plazo, Massa viene cumpliendo uno a uno todos los objetivos secundarios desde que fue elevado al grado de comandante de los cipayos al ganar las elecciones de medio término en 2013, destruyendo el equilibrio legislativo del gobierno kirchnerista y decretando en la práctica el fin de la década ganada para dar inicio al ciclo que hoy concluye con la elección de Milei.

Ahora Massa se ubica en el lugar de jefe moral de la oposición, el que será el lugar del dirigente que en las elecciones de 2023 representó la alternativa al shock mileísta. Por lo tanto, lo previsible es que cuando Milei termine de imponer brutalmente los ajustes y las reformas que el poder necesita que se impongan y estén a la vista todas las consecuencias de ese shock, el propio Milei habrá perdido todo el apoyo popular que hoy tiene como candidato ganador de las elecciones y se sostendrá únicamente mientras el poder real lo siga apoyando con sus aparatos mediáticos, judiciales, financieros, sindicales, etc. Y cuando ese poder decida que Milei debe correr la suerte de un Fernando de la Rúa, allí deberá estar Massa como un Eduardo Duhalde, agazapado y pronto a “aceptar el desafío” de pacificar el territorio. Para ello no hace falta más que un llamado a nuevas elecciones, en las que Massa va a aparecer necesariamente como el que en 2023 tuvo la razón sobre Milei y no fue escuchado por el pueblo.

El famoso cajón radical quemado por Herminio Iglesias en la recta final de la campaña electoral de 1983, hecho simbólico que quedó instalado en el sentido común como un error fatal del peronismo que resultó en el triunfo de Raúl Alfonsín. Pero también hay otra forma de verlo y es observando que el episodio bien pudo ser un daño autoinfligido si el peronismo consideraba entonces que lo mejor era dejar lidiar a los radicales con la herencia de la dictadura. ¿Quién podrá afirmar con seguridad que eso no fue así a la vista de toda la evidencia posterior?

¿Puede ocurrir que el “salvador de la patria” posterior al shock mileísta no sea Massa, sino un “tapado” al que hoy nadie ve precisamente porque es un “tapado”? Es evidente que sí y la historia está plena de casos así, pero el apostar a esa posibilidad hoy es hacer futurología. Lo único concreto para analizar en este momento es que Massa queda posicionado como la alternativa natural a Milei por haber sido “derrotado” por este en el ballotage de noviembre de 2023, por haber sido el segundo candidato más votado en una final. Massa es simbólicamente el subcampeón y por eso también es un “subpresidente”, como lo fue Duhalde respecto a De la Rúa a partir de 1999. Y en ese sentido se espera de él que haga lo mismo que Duhalde en su momento, a saberlo, esconderse de aquí en más llamándose a un silencio prudencial muy típico del que está al acecho y espera.

De ahí esas extrañas noticias que dan cuenta del interés de tres fondos de inversión en la contratación de Massa como consultor o algún humo por el estilo. Massa ni siquiera es economista, pero al parecer los fondos buitres lo quieren como asesor. “Sabemos que otras instituciones están hablando con él (Massa) sobre oportunidades futuras”, decía Hans Humes, director de Greylock Capital Management, agregando: “Pero dada la estructura única de nuestro fondo, estamos seguros de que es el ajuste óptimo para alguien de sus habilidades”. ¿Ajuste óptimo? ¿Habilidades? Patrañas, Massa es tan útil técnicamente para un fondo de inversión como podría serlo un cenicero en una motocicleta. Lo que hay aquí es un rescate oportuno del poder fáctico de las corporaciones a uno de sus oficiales, con el fin de darle a Massa un refugio temporal donde pueda quedarse en silencio mientras Milei impone una masacre contra el pueblo-nación argentino.

Eduardo Duhalde fue el candidato del panperonismo en 1999 y al parecer se esforzó muchísimo para ganar esas elecciones, siendo finalmente derrotado por Fernando de la Rúa. Luego de eso, Duhalde se llamó a silencio y solo volvió a aparecer para ser aclamado como presidente en los primeros días de 2002. ¿Hizo Duhalde todo lo posible para ganar realmente esas elecciones o ya veía venir las consecuencias de la convertibilidad y dejó que estas les explotaran en la cara a los radicales, apareciendo luego él mismo como el gran pacificador? ¿Por qué no podría estar Massa calcando esa estrategia tan fructífera en el presente?

El carácter provisional del gobierno que empieza el próximo 10 de diciembre parecería ser, no obstante, una obviedad. Bien mirada la cosa, Milei tiene entre sus manos las dos opciones que todo presidente tiene al iniciar su gestión: cumplir lo prometido durante la campaña o no cumplirlo, hacer cualquier otra cosa. Este último es el caso de Mauricio Macri y de Alberto Fernández, quienes endulzaron los oídos de sus electores con promesas de cambio y luego de asumir se dedicaron a “hacer la plancha” para profundizar la debacle, puesto que vinieron a eso mismo. Y si Milei opta por ese camino, lo más probable es que defraude a sus electores en cuestión de pocas semanas y meses, quedándose con el apoyo de ningún sector de la sociedad. El que votó a Milei lo hizo con la esperanza de un giro brusco y no tiende a aceptar cualquier otra cosa. La identidad mileísta aún es muy frágil, no está del todo formada y la paciencia de sus seguidores es más bien poca.

Si por el contrario Milei cumple todo lo prometido en la campaña electoral —el asunto de la “motosierra”, que es una demolición—, va a reforzar el fanatismo de un pequeño núcleo de seguidores cuya situación económica está resuelta, pero va a enajenar la voluntad de todos los demás que lo votaron y se verán profundamente afectados por la depresión que debería resultar del shock. Aunque algunos afirmen lo opuesto, la enorme mayoría de los electores que votó a Milei lo hizo para estar económicamente mejor, no peor. Puede haber cierta tolerancia en el cortísimo plazo, puede existir alguna comprensión de la necesidad de una dosis de sufrimiento debido a la “pesada herencia” y demás argumentos discursivos, pero si la situación no mejora sensiblemente ya a mediados de 2024 lo más probable es que se multipliquen los mileístas “arrepentidos” y vaya modificándose día tras día la correlación en la opinión pública hasta que Milei se parezca cada vez más a un Fernando de la Rúa.

Milei y la motosierra como símbolo explícito de la aplicación de la doctrina del shock. En su momento, Macri debió moderar muchísimo su discurso para ganar las elecciones, acercándose a un “centro” que en casi nada se diferenciaba de la socialdemocracia del último kirchnerismo. Hoy, ocho años después, Milei puede decir abiertamente que va a detonar todo sin perder un solo voto, sino más bien todo lo contrario. Y eso es gracias a Alberto Fernández y al propio Macri, quienes legitimaron la doctrina del shock con la destrucción de la economía nacional en dos periodos de gobierno.

Sea como fuere, todo el pronóstico indica la asunción de un gobierno que tiende a ser breve, que no tiene margen para el “gradualismo” y tampoco, he aquí el problema, sabe si es posible hacer una gran demolición evitando que la consecuencia de eso sea una depresión económica larguísima a la que ningún gobierno suele sobrevivir. No habrá ningún problema si Javier Milei es un cínico que viene a jugar un rol específico y luego retirarse de un escenario al que fue aupado artificialmente, esas son las reglas del juego. Pero si Milei es un estúpido, un inocente que realmente cree en su propio personaje y piensa que va a modificar la realidad a instancias de un poder económico interesado únicamente en robar y en saquear, entonces le tocará transitar meses muy traumáticos a partir del próximo 10 de diciembre.

Lo cierto es que ha llegado la hora de la doctrina del shock y nada de eso será gratuito para el pueblo-nación argentino. En diez años se ha aplicado aquí una ingeniería electoral de la que fueron partícipes o cómplices todos los sectores de nuestra política, se ha manipulado la opinión pública en un esquema de grieta falsa que disimuló una acción coordinada cuyo fin fue destruir la economía nacional para que el pueblo acepte una demolición. Esa demolición ha sido aceptada, está legitimada y Milei la puede llevar a cabo, probablemente lo haga y ya sepa que el reflejo inmediato será una gran conflictividad social en las calles. Ahí está una bestia bruta como Patricia Bullrich en el Ministerio de Seguridad con el fin de “contener” a los tiros esa conflictividad. La mesa está servida, pero el que se frota las manos es el poderoso porque el plato principal es el pueblo-nación argentino.


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