A lo largo de toda la campaña electoral y aun semanas tras haber logrado el triunfo sobre una desconcertada Kamala Harris, Donald Trump repitió como un mantra la fórmula discursiva de la guerra como nociva para los intereses del pueblo trabajador estadounidense. Trump prometió terminar con todas las guerras que entonces estaban en curso y además no iniciar ningún conflicto bélico nuevo en lo sucesivo. En la retórica trumpista, el único enemigo de los intereses nacionales de los Estados Unidos iba a ser China en el terreno de la economía, la tan mentada guerra comercial que se libra mediante la imposición de tarifas o aranceles cuya finalidad es dificultar las importaciones y así favorecer la producción industrial local. Esta retórica sonó como música a un pueblo estadounidense ya muy golpeado por la desindustrialización y además cansado de ir a morir en cada aventura del complejo industrial militar-farmacéutico sobre territorios que un yanqui promedio no sabría señalar en el mapa, razón por la que Trump ganó las elecciones con cierta comodidad.
Pero claro, el problema de los dirigentes políticos en cualquier latitud es el mismo: esa tendencia a incumplir sus compromisos de campaña una vez que llegan al poder político. Los dirigentes prometen para conseguir el voto y luego olvidan lo prometido, hacen cualquier otra cosa y el ciclo se reinicia a cada nueva elección. Eso, como se ve, ocurre en todas partes y también en los Estados Unidos. Y ocurrió con Trump pocas semanas después de asumir el cargo de presidente de los Estados Unidos. El dirigente que venía a terminar con todas las guerras y a no iniciar ninguna nueva no solo no pudo poner un punto final en la locura de Ucrania, sino que además fue a meterse otra vez en Oriente Medio a instancias de Israel. Esta es en pocas líneas la síntesis de los primeros seis meses del gobierno de Trump, quien ha logrado hasta aquí avanzar muy poco en su proyecto de reindustrialización de los Estados Unidos (el que, por otra parte, puede argumentarse como una cosa a mediano y largo plazo) y también fracasó en su propósito antibelicista.
De no tener demasiadas ganas de averiguar las razones detrás de lo visible, el atento lector podría simplemente concluir aquello que antes quedó enunciado, a saberlo, el que los dirigentes políticos prometen para ganar las elecciones y luego, una vez alcanzado ese objetivo, no cumplen lo que han prometido. Trump podría entonces caer en la vulgar categoría del demagogo que lo es porque sí y se trataría entonces de una simple estafa electoral como las que abundan en el llamado “tercer mundo” ante una sociedad que no está habituada aquí a exigirles a los dirigentes el cumplimiento de sus compromisos. Pero esa conclusión sería insuficiente y además estaría reñida con la lógica allí donde resulta difícil entender la razón del incumplimiento que es una renuncia gratuita a la gloria. ¿Por qué un dirigente como Trump, ya en el ocaso de su carrera y de su vida, habría de incumplir renunciando a escribir su nombre en el bronce de la historia? ¿Por qué?

No tiene ningún sentido. Por lógica, si a un dirigente le es dado optar entre cumplir y no cumplir lo prometido va a elegir siempre lo primero si el hacerlo no implica costo alguno, esto es, si para cumplir lo único que debe hacer es ejercer el cargo público para el que fue electo. En el caso específico de Trump el contraste es muy claro: si terminar con las guerras en curso y no iniciar ninguna nueva dependiera de una simple cuestión ejecutiva que es siempre una decisión política autorizada por el cargo político, entonces el no cumplir ese compromiso no podría explicarse de forma alguna salvo apelando a esa brujería muy utilizada por la historiografía liberal que es la psicología de los dirigentes. Dicho de otra forma, si Trump no termina con las guerras actuales y encima inicia guerras nuevas pudiendo hacer todo lo opuesto es porque está loco, tiene incorporado el mal en su personalidad, no está interesado en el bronce o todas las anteriores.
Esa es evidentemente una estupidez porque nadie procede así y tampoco hay locos en la política. La lógica indica que si Trump no hace aquello que prometió en campaña no es porque no quiere, sino porque no puede hacerlo. Y entonces la investigación empieza a ser más conducente al partir del principio ya bien conocido a esta altura de que el poder político no es ilimitado ni mucho menos y más bien todo lo contrario. La conciencia del poder fáctico de tipo económico por encima de las decisiones políticas tendrá que orientar cualquier argumentación a la hora de averiguar el porqué de ciertas decisiones que no parecen tener sentido o son directamente contradictorias respecto al discurso. De un modo general, la conclusión es que cuando un dirigente incumple sus promesas es porque algún poder superior no le permite cumplirlas.
El poder fáctico de tipo económico es, no obstante, una suerte de entelequia si no se puede identificar y definir. Durante el kirchnerismo —que hizo innegablemente mucho para empezar a develar la existencia de ese poder de naturaleza antidemocrática—, los argentinos tuvieron quizá por primera vez conciencia de las limitaciones del poder político legítimo, aunque mucho más no se avanzó desde allí. Con tan solo decir “poder fáctico” ya quedaban resueltas muchas cuestiones y se eximía a los dirigentes de las decisiones que no tomaban para favorecer al pueblo e incluso de las que sí tomaban, pero para favorecer a las minorías privilegiadas. “Es que hay un poder fáctico superior al poder político”, se usaba decir entonces. “Muchas cosas no se pueden hacer porque ese poder ilegítimo no lo permite”. Es una nebulosa, un ser misterioso que no hace avanzar mucho la cuestión y muy a menudo es utilizado por los propios dirigentes como excusa para deslindar responsabilidades.

El poder fáctico que condiciona a la política e incluso la toma como rehén puede y debe definirse en cada caso. Aún en el caso del kirchnerismo, ese poder primero fue el Grupo Clarín y luego corporaciones trasnacionales como Chevron, Barrick Gold y Monsanto, por ejemplo, las que estuvieron siempre detrás de omisiones y decisiones en los gobiernos de Néstor Kirchner y de Cristina Fernández. Las grandes contradicciones de esos dos gobiernos autodefinidos como populares fueron forzadas cuando alguna de esas corporaciones exigió la representación de sus intereses particulares sobre los intereses colectivos del pueblo. El atento lector con unos años de más y una memoria relativamente buena recordará lo que en esos días se percibió como una letanía interminable del trotskismo en la que Chevron, Barrick Gold y Monsanto aparecían siempre como protagonistas. Hubo en esos años algunas falencias de los gobiernos populares y dichas falencias fueron forzadas invariablemente por las corporaciones mencionadas.
La cantinela trotskista venía cargada de verdad, por lo tanto. ¿Qué fue eso en realidad? ¿Por qué en determinados aspectos de la gestión de lo público aquellos gobiernos populares de Kirchner y de Fernández de Kirchner no representaron la voluntad popular y sí los intereses de las corporaciones? Ciertamente no fue así porque Kirchner y quien sería luego su viuda hayan querido ese desenlace, nadie puede querer el chanchullo teniendo la posibilidad de hacer el bien. Eso fue así porque esas corporaciones tenían y siguen teniendo más poder que el Estado en cualquiera de sus niveles. “Es la correlación de fuerzas, estúpido”, gritan los politólogos adiestrados por el sistema para naturalizarlo. Gobernar, por lo tanto, es hacer economía de la claudicación frente a poderes superiores a los que no conviene enfrentar si lo que un dirigente quiere es sobrevivir en la política.

Hasta aquí no hay nada realmente novedoso para un argentino que tenga cierta memoria de los primeros 15 años de este siglo y toda la explicación sirve únicamente para demostrar la importancia de identificar y definir la naturaleza del poder fáctico que condiciona a la política y, en ciertos casos, con cada vez más frecuencia, la toma directamente de rehén. Chevron, Clarín, Barrick Gold y Monsanto fueron algunas de las corporaciones que condicionaron al kirchnerismo entre 2003 y 2015, aunque no fueron las únicas. Lo cierto es que Néstor Kirchner y Cristina Fernández hicieron ese posibilismo navegando en aguas agitadas y claudicando allí donde vieron el límite de su poder político para hacer una gestión más bien favorable a los intereses colectivos de las mayorías. Y eso es todo. ¿Pero qué hay de un régimen imperial como el de Donald Trump en la presidencia de la primera potencia a nivel global? ¿Cuáles son los poderes fácticos capaces de condicionar a dicho poder político?
Por lo pronto y como supo denunciar oportunamente el presidente Dwight Eisenhower en su último discurso antes de abandonar el Salón Oval en 1961 está el complejo industrial militar-farmacéutico, esa oscura sinarquía cuyo negocio es provocar guerras para vender armas y esparcir enfermedades para vender medicamentos y vacunas. Hoy, en gran parte gracias al coraje de Eisenhower, el mundo sabe que el gobierno de los Estados Unidos va a la guerra constantemente no tanto para sostener a los tiros su hegemonía global, sobre todo porque las hegemonías no se sostienen así. El gobierno estadounidense inicia conflictos bélicos para satisfacer la codicia de los fabricantes de armas, del mentado complejo industrial militar-farmacéutico. He aquí el poder real del mundo que está por encima de cualquier poder político —incluso el de la Casa Blanca imperial— y hace básicamente lo que necesita hacer para defender sus intereses particulares. Durante décadas el ciudadano estadounidense ha pagado impuestos que fueron a parar al bolsillo de los sinarcas de las armas y ningún gobierno desde la denuncia de Eisenhower ha podido hacer nada al respecto.

El que quiso torcer ese destino fue el sucesor inmediato de Eisenhower, el demócrata John Kennedy. Y para cortar la rebeldía por lo sano dejando el mensaje explícito para quienes vinieran después el poder fáctico asesinó a Kennedy en plena luz del día frente a una multitud en Dallas. Le conviene al atento lector profundizar en la trama del magnicidio de Kennedy para entender cabalmente la naturaleza del poder fáctico de las corporaciones y lo que le espera al atrevido que ose enfrentarlo. Kennedy fue un divisor de aguas en la política universal porque fue el primero y el último, al menos en los Estados Unidos, con la suficiente valentía para plantarse a la sinarquía internacional reivindicando para el poder político la prerrogativa exclusiva de tomar las decisiones. Kennedy no quiso claudicar, lo mataron y después de él ya vinieron todos los demás debidamente adiestrados, disciplinados por el ejemplo.
Pero el caso de John Kennedy es enorme y no entra en los límites de este modesto artículo, aparece aquí tan solo como una muestra del proceder de los poderes fácticos respecto a la política o de los métodos mafiosos que la sinarquía internacional emplea para usurpar el poder en el mundo. Ahora resulta más sencillo comprender por qué Trump prometió terminar con todas las guerras y luego no solo no cumplió lo prometido, sino que inició guerras nuevas. Aunque nada de esto viene a cuento de excusar a Trump justificando su claudicación, tiene por objetivo demostrar precisamente que el no claudicar no es una opción: no se trata de Trump, de Obama, de Kennedy, de Eisenhower o del apellido que fuere, sino del sistema en sí mismo. Lo que las mayorías en los Estados Unidos, aquí y en todas partes no comprenden es que el sistema electoral de representación política mal llamado “democrático” es una pantomima. El poder no está en manos de los funcionarios electos por el voto popular.

Es argumentable que el magnicidio de John Kennedy sea el hecho histórico que marca el inicio de la posmodernidad, o la dominación total del poder fáctico de las corporaciones sobre el mundo y por encima de los poderes legítimamente constituidos. Después de Kennedy vinieron el Mayo Francés, la crisis del petróleo y demás episodios cuyo resultado fue siempre una desautorización de la política y un empoderamiento de la sinarquía. De un Estado como instancia de todas las decisiones sobre lo público se pasó a un esquema en el que la política se subordina al poder antidemocrático del dinero ejecutando en el Estado el proyecto de las élites y no —he aquí lo central de este asunto— el proyecto presentado a la ciudadanía durante la campaña electoral como plataforma política. Después de Kennedy, en una palabra, todas las promesas de campaña estuvieron predestinadas al incumplimiento porque dependieron siempre de una voluntad ajena a la de los dirigentes que las formulaban.
Otra vez en la Argentina existe un ejemplo muy cercano de ello, tanto en el tiempo como en el espacio. Carlos Menem ganó cómodamente las elecciones de 1989 prometiendo una revolución productiva y un salariazo para los trabajadores, tan solo para asumir la presidencia y aplicar un proyecto político neoliberal a pedir de boca del poder fáctico. Menem ajustó de un saque el andamiaje jurídico del país al nuevo orden internacional resultante de la caída del Muro de Berlín y la disolución del bloque socialista en el Este, gobernó haciendo lo radicalmente inverso a lo que le había propuesto al pueblo en su campaña electoral de 1989. ¿Y por qué? ¿Qué beneficio puede obtener un dirigente en semejante traición a la ciudadanía? Por lo pronto, Menem pasó a la historia como eso mismo, como el gran traidor que se había presentado como una especie de caudillo federal y terminó siendo desde el vamos un cadete de los intereses antinacionales. Y la pregunta persiste: ¿Por qué Menem habría de proceder así?

Las mentes sencillas resuelven el problema gritando “corrupción” y a otra cosa, esto es, suponen que alguien pone el dinero para comprar la voluntad del dirigente político en cuestión y este se da vuelta en el aire. Es poca explicación, claramente, porque la corrupción existe puntualmente para “aceitar” ciertos negociados, aunque es insuficiente para determinar todo un proyecto político. Un dirigente puede ser corrupto facilitando el negocio de los ricos en la obra pública, por ejemplo, pero sostener asimismo en líneas generales su plataforma electoral y cumplir prácticamente todas sus promesas de campaña. La corrupción es a todas luces insuficiente para explicar una claudicación política, nadie claudica sus convicciones por dinero teniendo la posibilidad de obtener ese mismo dinero sin bajar las banderas. Lo que condiciona a los dirigentes políticos después de Kennedy no es un incentivo, es una extorsión. Existe un poder que condiciona a la política mediante la amenaza y ese poder es la sinarquía internacional.
La sinarquía internacional
Entonces Trump prometió reindustrializar el país haciéndosela muy difícil a los chinos en el terreno de lo comercial y además prometió terminar con las guerras en parajes lejanos adonde iban a morir los estadounidenses por causas ajenas que ningún soldado entiende, pero a seis meses de haber tomado posesión del cargo no da señales de lograr lo primero y parece decidido a incumplir lo último. En realidad, Trump ya sabía de antemano que no iba a poder cumplir sus promesas de campaña porque se postulaba a un cargo político cuya autoridad es insuficiente para cumplirlas. He aquí lo escandaloso de este asunto: el poder que se presenta ante la ciudadanía como instancia de las decisiones no lo es para nada. Las decisiones se toman en otra parte, lejos de los despachos de los funcionarios y en mesas chicas que nadie sabe dónde están. La propia naturaleza del poder fáctico, como se ve, es la negación de la idea de democracia republicana.
En el caso específico de Trump no es ciertamente cualquier poder fáctico el que pueda condicionar y/o tomar de rehén a un presidente de los Estados Unidos. La Casa Blanca es un poder imperial con la capacidad de enfrentar a corporaciones de la talla de Chevron, Barrick Gold y Monsanto, por ejemplo, las que aquí condicionan y determinan todo un proyecto político. En los Estados Unidos y en los países centrales de un modo general el poder fáctico es de un nivel muy superior y podría decirse que se trata de la sinarquía internacional en persona, del negocio atendido por sus propios dueños. Cuando el asunto es marcarle el camino a un Donald Trump el poder fáctico no delega la tarea en intermediarios: se ocupa en primera persona porque allí está la dominación global en juego.

Lo que aparece como conspiranoia ante los ojos de los mentecatos y demás cretinos es en realidad una cosa muy fácil de observar si no se pierden de vista las innumerables señales, o lo que puede leerse entre líneas por fuera de la narrativa de los medios de difusión del poder. ¿Puede la sinarquía internacional suprimir físicamente a Trump como lo hizo con Kennedy en caso de sublevación? Claro que sí, aunque eso es demasiado complejo, caro e inconveniente pues no sirve usar el mismo truco de magia dos veces. Las señales que están a la vista del buen observador indican que sobre Trump no pesa una amenaza de muerte, sino más bien una extorsión clásica de los servicios de inteligencia o lo que en la jerga de los argentinos se suele llamar un “carpetazo”. En resumidas cuentas, Trump y sus antecesores inmediatos no se retoban y siguen el camino marcado por el poder fáctico porque temen la revelación de cierta información potencialmente explosiva que podría terminar con sus carreras políticas destruyendo sus reputaciones e incluso enviarlos a la cárcel.
Cuando el atento lector comprende esto se pone a un paso de identificar al poder fáctico que está del otro lado del mostrador, se trata básicamente de develar el método y luego determinar quién en el mundo tiene la capacidad de ejecutarlo. Si se habla de un presidente de los Estados Unidos, quien está protegido por varios niveles de vigilancia interna, la obtención de información sensible para armar un “carpetazo” en su contra y luego hacer la extorsión del caso solo puede ser obra de un servicio de inteligencia y espionaje más poderoso que la Agencia Central de Inteligencia (CIA, por sus siglas en inglés) y el Servicio Secreto estadounidenses. Y en el mundo solo el Mossad israelí tiene esa capacidad. Por lo tanto, al comprender que Trump procede de manera extraña respecto a lo que prometió para ganar las elecciones y que lo hace porque teme la revelación de un “carpetazo” en su contra, la identificación del poder fáctico que lo tiene extorsionado conduce necesariamente a Tel Aviv.

Todo esto es la propia obviedad ululante para quienes ya conocen el nivel de intrusión que Israel tiene en la política estadounidense. Todo el mundo sabe que de un “portaaviones” de Occidente en Oriente Medio Israel se ha convertido con el tiempo en un factor de poder real en Washington y eso lo han logrado los israelíes mediante el espionaje, sin la necesidad de tirar un solo tiro. Dicho de otra forma, en un sentido práctico, los Estados Unidos junto a Gran Bretaña crearon en 1948 el Estado de Israel para imponer la inestabilidad política en la región del petróleo y controlar el flujo mundial de ese recurso estratégico y los israelíes supieron aprovechar la oportunidad para salir de esa posición subalterna, dar vuelta el tablero y colonizar en la práctica las potencias que les dieron la existencia. No es exagerado decir que los Estados Unidos hoy son una colonia de Israel y ese es el gran logro del Mossad como servicio de inteligencia y espionaje, el más poderoso y efectivo actualmente existente.
Eso equivale a afirmar que la política exterior de los Estados Unidos es la que mejor le convenga a Israel, que Washington es el músculo y Tel Aviv es el cerebro de ese cuerpo imperial. ¿Cómo es posible esto que a primera vista parecería ser una aberración de la geopolítica? Pues es posible porque el poder político en un país siempre lo ejercen hombres de carne y hueso y estos individuos, como cualquier otro mortal, están sujetos al espionaje, al “carpetazo” y a la consiguiente extorsión si del otro lado del tablero existe la capacidad de llevar a cabo esas sofisticadas operaciones de inteligencia. No conviene pensar en Trump ni en ningún dirigente político imperial como seres invulnerables, no lo son. Y si la finalidad de un poder fáctico fuera el determinar el proyecto político de un país determinado —y el proyecto político global al imponerles condiciones a las potencias hegemónicas— lo único que debe hacer es dominar la voluntad de los dirigentes políticos de dicho país. Eso se logra, como se ve hasta aquí, mediante la extorsión.

Hoy se sabe que Jeffrey Epstein fue (o es, puesto que su propia muerte es un misterio) un agente del Mossad cuya misión consistió en establecer una isla a la que fueron invitados dirigentes políticos de todas las orientaciones ideológicas, además de empresarios y actores de Hollywood, entre otros potentados. La finalidad fue la de inducir a esos figurones a cometer actos inmorales e incluso ilegales en dicha isla, documentarlos en el acto y hacer en su contra aquellos “carpetazos” como insumo para futuras extorsiones. Sin entrar en mucho detalle, al parecer en la isla de Epstein se les brindaba a los invitados un entorno teóricamente seguro para el consumo de drogas, para dar rienda suelta a sus vicios sexuales más oscuros y tal vez hasta para la práctica de la pedofilia que ya es un delito grave. Todo esto está en el campo de la suposición porque precisamente no se conoce el contenido de los “carpetazos” que el Mossad armó documentando a los poderosos portándose como cerdos y/o delinquiendo en la isla de Epstein, pero es razonable comprender que algo de eso hay o no habría extorsión en absoluto.
El entorno no era seguro porque el Mossad documentaba toda la actividad y ahora está en posesión de ese material, con el que extorsiona a los referentes de la cultura para que formen opinión favorable al proyecto sionista, a los empresarios para que canalicen los recursos allí y a los dirigentes políticos, la parte más importante de este asunto, para que las decisiones de Estado en Washington sean las que Israel quiera. De ahí que habiendo prometido no iniciar ninguna guerra Donald Trump se haya metido de lleno en el lío que Israel está armando en Medio Oriente. Véase bien, Trump no solo incumple sus compromisos de campaña, eso es lo de menos en realidad. Trump pone al mundo al borde de un conflicto mundial que podría ser nuclear con la única finalidad de que no se revelen a la vista del mundo los secretos que el Mossad tiene documentados. Para no caer en desgracia públicamente o no ir preso, un dirigente sacrificará las vidas de millones y los israelíes, grandes conocedores de la naturaleza del hombre occidental, lo saben.

No es entonces cuestión de especular sobre el contenido de esas carpetas de inteligencia que el Mossad tiene y usa para extorsionar a los dirigentes de los Estados Unidos y de todo el mundo (en estas latitudes el método también se aplica y por eso en nuestra política ningún dirigente se atreve a cuestionar a Israel), sino de comprender que esas carpetas existen y que son el motivo por el que los Estados Unidos son una colonia de Israel. Tampoco es que estén carpeteados solo los dirigentes oficialistas y que, en consecuencia, un triunfo de la oposición pondría fin a esta nefasta situación. Los israelíes tienen tomada de los testículos a prácticamente toda la clase dirigente en Washington y ahora sí es posible comprender aquello que se expresaba al comienzo de este texto, a saberlo, que el sistema electoral de representación mal llamado “democrático” es una pantomima porque en los Estados Unidos y en todas partes el pueblo vota alternativamente a una y otra fuerza política sin comprender que la voluntad de los dirigentes de ambas ya está cooptada de antemano.
Jeffrey Epstein desapareció, aparentemente se suicidó en la cárcel, aunque tratándose de un agente del Mossad ese desenlace es poco factible. Epstein cumplió la misión que le fue asignada y es para Israel poco menos que un héroe, un activo valiosísimo cuya operación garantiza el control de Tel Aviv sobre la primera potencia global. Los medios de difusión bailan alrededor de la polémica sobre la existencia de una lista de clientes que a lo largo de años visitaron la isla de Epstein y esa es una distracción en tanto y en cuanto conocer la identidad de esos visitantes no demostraría nada en absoluto. La verdadera información la tiene el Mossad en sus carpetas de inteligencia y dicha información probablemente no llegue jamás al conocimiento de la opinión pública porque los dirigentes extorsionados harán siempre todo lo que esté a su alcance, servirán fielmente a los israelíes para que sus secretos oscuros no se sepan.

Esa es la naturaleza de la extorsión en la política y así es como funciona el sistema electoral de representación, esa “democracia” en la que el pueblo vota a este o aquel candidato en vista de sus propuestas y no comprende que el programa presentado jamás va a implementarse porque hay un poder fáctico tomando realmente las decisiones. Cuando el atento lector no comprenda el comportamiento errático de algún dirigente, una traición algo inesperada o cualquier desliz inexplicable, puede sospechar con cierto fundamento que allí está mediando la extorsión y que la voluntad de ese dirigente ya no es suya. El amo juega al esclavo, es esclavo de otro amo que no da la cara, que opera en las sombras y claramente no se somete al juicio popular en elecciones. Y como los medios solo hablan de lo visible cuando hablan de “política”, la tendencia es que las mayorías sigan sin entender de qué se trata realmente la política. La lucha por el poder en el Estado tiene jugadores ocultos y muy poderosos, existe la sinarquía internacional y la voluntad popular simplemente no se expresa en las urnas.
El pueblo-nación estadounidense, ajeno a la condición imperial de su país, se encuentra en una situación de vulnerabilidad extrema que no puede tener en el mediano plazo un desenlace feliz para la colectividad. Claro que es la misma situación de los argentinos, de los paraguayos y de todos los demás pueblos que son gobernados por una clase dirigente extorsionada y esclava, pero con una diferencia sustancial: al derrumbarse el imperialismo de Washington la vendetta será canalizada contra el pueblo, serán las mayorías populares las que pagarán el precio de un siglo de abuso de los Estados Unidos como imperialismo sobre innumerables pueblos-nación alrededor del mundo. Una vez que la sinarquía internacional sionista haya logrado su objetivo que es la dominación directa, sin intermediarios, descartará a los estadounidenses después de usarlos y estos quedarán literalmente a la buena de Dios, expuestos a la ira histórica de quienes los van a sindicar como responsables de prácticamente todos los males del mundo.

Esta es la metáfora biológica de la simbiosis. La sinarquía internacional sionista es el parásito y las naciones son el cuerpo parasitado. Una vez que se haya servido de dicho cuerpo y lo haya dejado exhausto, el parásito lo abandonará para que muera. Y ya exhausto, destruido internamente y sin posibilidad de recomponerse, será atacado por otros organismos que lo rematarán sin piedad. Así funcionan la naturaleza y lógicamente la política, que al ser una actividad humana emula la biología. Los Estados Unidos como país y pueblo-nación saldrán de la etapa de dominación sionista cuando la extorsión ya no tenga finalidad porque ya nada pueda extraerse del cuerpo decadente. Y las mayorías populares allí están todavía a años luz de entender lo que pasa, siguen gracias a los medios de difusión del poder buscando culpables en el plano interno sin ver que el suyo es un problema externo. Cuando al fin los estadounidenses comprendan qué cosa fue la que los arrolló ya será muy tarde.
Lo que ocurre en esos Estados Unidos cooptados por el parásito de una sinarquía internacional devastadora es prioritario por tratarse de la primera potencia global, del imperialismo que puede hoy torcer la historia e incluso extinguir la humanidad. Pero eso no ocurre solo allí. El sionismo sinarca extorsiona en todas partes y también la política argentina tiene enajenada su voluntad. El caso estadounidense debe servir por lo tanto para comprender el método, para que las mayorías empiecen a discutir la política real por fuera de la rosca de cabotaje de los dirigentes. Será necesario buscar la causa de todas las desgracias y quebrantos en la acción del poder real, quitarle la careta a dicho poder y discutir de una vez con los que mandan, no con sus personeros cipayos a nivel local. El sentido común popular suele decir que es necesario patear el chancho para que aparezca el dueño. Quizá sea hora de patear directamente al dueño para ver cómo saltan los chanchos y descubrir de una vez toda la prestidigitación.
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