En Occidente se viene repitiendo el mismo debate desde hace por lo menos un siglo. Capitalismo contra comunismo, capitalismo contra socialismo, derecha contra izquierda, propiedad estatal contra propiedad privada. Están atrapados en esa dicotomía, en esa jaula de pensamiento, ya seguros de que por fuera de esa antinomia no existe nada más. La historia de la humanidad parecería ser para ellos la historia de la formación de los Estados nacionales, del capitalismo y de su contracara, el comunismo o socialismo. No ha existido ni existirá jamás nada por fuera de eso, el mundo se limita a lo que los occidentales ven de él.
Es así, están plenamente seguros sin viso de duda de que solo hay dos maneras posibles de estructurar una sociedad, solo hay dos maneras posibles de gestionar una economía. Es absurdo, se sienten los fundadores de la historia de la humanidad, de toda civilización. De hecho, es tan absurdo que viendo la cosa desde fuera uno llega a preguntarse si será tan así, si será cierto que no son capaces de mirar por fuera de la lente de su propio modelo mental o si en el fondo no estarán más bien interesados en reproducir el statu quo, disfrazando su mero desinterés por modificar la realidad de ignorancia o soberbia.
Por eso insisten en eternizar el mismo debate y la misma fantasía de una realidad binaria de compartimientos estancos: en rigor, no quieren mirar por fuera de lo que conocen porque no quieren cambiar el sistema. Y la verdad es que eso está bien, porque en definitiva el sistema no es el problema. ¿Por qué habría de serlo? El capitalismo demostró históricamente ser el sistema más eficiente para reproducir y acumular la riqueza. El problema entonces no es el capitalismo en sí mismo, sino los valores, las creencias, la cultura que las sociedades capitalistas defienden y reproducen. Lo que la sociedad occidental hizo del capitalismo. Ese es el problema.

Es evidentemente un problema ético y cultural que se manifiesta en las prioridades que una cultura elige privilegiar a través de su propia escala de valores. En ese sentido, el estado actual del sistema capitalista es nada más que el resultado de la puesta en práctica por parte de la sociedad occidental de ese esquema de valores y de las prioridades que la sociedad occidental eligió satisfacer. El sistema como tal no surge de un repollo, es un producto de la sociedad que lo sostiene.
Entonces es frecuente, en el marco del debate binario al que hacíamos referencia al comienzo, que los individuos se rasguen las vestiduras promoviendo un cambio en el sistema (aunque sin mencionar jamás un cambio “de” sistema, por supuesto), con la cándida esperanza de que el sistema pueda arreglarse como por arte de magia. Y no, no se puede, lo he dicho y afirmado mil veces. No se puede modificar un sistema que se encuentra en el estado en el que se encuentra como resultado directo de la sociedad que lo creó y que lo reproduce. Siempre y cuando la sociedad occidental permanezca en la misma línea, defendiendo los mismos valores y priorizando las mismas cuestiones, el sistema va a permanecer incólume, porque este no es un organismo vivo al modelo del Leviatán, es apenas el continente que recibe y retroalimenta las voluntades individuales de los miembros de la sociedad que lo conforma.
El fracaso del sistema es al fin y al cabo una profecía autocumplida, porque el sistema se refuerza a sí mismo, es un ciclo, un círculo vicioso. Debido al sistema, las cosas empeoran, pero no se trata de una paradoja al estilo de “¿Qué fue primero, el huevo o la gallina?”, pues conocemos el origen del problema. Fue la sociedad occidental quien construyó el propio sistema y lo hizo conforme a sus costumbres preexistentes, según su forma de ser.

No, el sistema capitalista en términos absolutos nunca fue el problema, el problema reside en el carácter de la cultura que lo practica. Eso es todo. El problema radica en una sociedad que tiene alma o que no la tiene. Una cultura que prioriza el hiperindividualismo, en la que el bien supremo posible es básicamente el enriquecimiento personal, una sociedad que venera el crecimiento por el crecimiento mismo y el consumo por el consumo mismo. Una cultura cuya moral está tan atrofiada que el único valor que reconoce es el valor financiero, donde la única vara de medir el éxito es a través del dinero.
En esa clase de entorno cultural, por supuesto que el sistema económico será depredador, un monstruo depredador y extractivo, reflejo de las personas que lo operan. Es un espejo del propio vacío espiritual del hombre occidental, ni más ni menos. Pero también hay un vacío intelectual pues existen bibliotecas enteras con modelos alternativos de extracción, administración y distribución de la riqueza que centenares de civilizaciones han implementado a lo largo y ancho de todo el mundo durante siglos y milenios, aunque el hombre occidental prosigue con su debate entre capitalismo y comunismo o socialismo. ¿Será que no es capaz de imaginar alternativas o simplemente le resulta más cómodo hundirse en la misma discusión estéril de siempre?
El Sur Global es un modelo en la actualidad, proponiendo sistemas cooperativos de distribución de la riqueza con base en el bien común y la justicia social. Los occidentales no ven porque no quieren ver y cuando lo hacen es para aplastar aquello que no comprenden, para dominarlo en su afán depredador. El waqf o fideicomiso islámico perpetuo, por ejemplo, siendo un mecanismo centenario, parece completamente revolucionario para las cabezas de los occidentales bienintencionados.

Y sin embargo es algo completamente natural para el mundo islámico. Un negocio, un terreno de cultivo —incluso en la actualidad puede hallarse algún waqf financiero—, que en determinado momento un individuo decide ofrecer a Alá para beneficio de la comunidad. Ese negocio industrial o comercial o ese terreno de cultivo, que un día fueron propiedad privada de una persona o de una familia, pasan entonces a manos de la comunidad en su conjunto y comienzan a producir ganancias que luego se reinvierten en la comunidad, de manera inalienable y a perpetuidad. No se pueden vender, comprar, transferir o heredar y no tienen un propietario concreto, son bienes comunes cuya ganancia sirve para solventar las necesidades fundamentales de la comunidad. Una mezquita, un pozo de agua, una carretera o viviendas, lo que resulte de más urgente resolución.
No se trata de un mecanismo incompatible con el comercio ni con la inversión, ni siquiera es incompatible con el capitalismo porque no implica la estatización de la propiedad, sencillamente se trata de un mecanismo de distribución de la riqueza alternativo al binarismo occidental. Una auténtica máquina de reproducción de la riqueza que se autoabastece a sí misma, por fuera de los mecanismos propios del capitalismo depredador y del socialismo que tiende a igualar hacia abajo.
Algún bien que a un individuo o a una familia le exceden en su necesidad, deciden libremente cederlo para el bienestar de sus hermanos. Parientes, vecinos, sus hermanos de fe. ¿Por qué en Occidente es impensable la emergencia o implementación de un sistema como este? La respuesta es simple: porque el sistema de valores privilegiado por el hombre occidental le impide tan siquiera imaginar la posibilidad de renunciar a una fracción del patrimonio que considera suyo propio, personal e inalienable, para asegurar una distribución más justa de la riqueza. No estamos hablando de entregarlo todo, este mecanismo no es incompatible con la acumulación de capital. Pero una vez que el sujeto, sus hijos y sus nietos tienen asegurada una vida de holgura y comodidad durante generaciones, ¿para qué quieren el excedente?

Fundar una escuela, un asilo de ancianos o un hogar para niños huérfanos, cuidar de las viudas, acceder a una biblioteca o a un lugar de culto, compartir lo que Dios otorga en gracia con la comunidad que contuvo al individuo, lo formó y le permitió crecer, esas son las prioridades en la sociedad islámica y por eso a sus hijos no les resulta antinatural renunciar a parte de la riqueza generada por su trabajo con tal de ver al prójimo en una condición de dignidad. La riqueza en esta sociedad es un medio, no un fin en sí mismo. Y eso es lo que diferencia a las sociedades del Sur Global de la sociedad occidental.
¿Qué pasaría en los Estados Unidos si los fondos de inversión y los conglomerados empresariales decidieran un buen día fundar waqfs para beneficio de los estadounidenses? O si las empresas multinacionales presentes en todos los hogares del planeta hicieran lo propio. Vamos, no hablamos de repartirlo todo, sino apenas una fracción. Los enormes beneficios obtenidos de esos fondos comunes podrían convertirse en la base de la seguridad alimentaria, del acceso al agua potable para todas las sociedades del mundo, asegurarían la satisfacción de las necesidades humanas más básicas sin renunciar a la acumulación de capital, a los privilegios sociales de la élite y sin la intermediación de los Estados nacionales.
Porque el dinero para iniciar esa clase de mecanismos está ahí, literalmente a disposición, al igual que los bienes que vendrían a satisfacer las necesidades humanas elementales. Los medios existen, pero como la cultura occidental prioriza la máxima acumulación de riqueza y la desigualdad como valores en sí mismos, entonces es y seguirá siendo imposible que pueda suceder el “cambio” que tanto ansían los occidentales bienintencionados que se rasgan las vestiduras en debates estériles sobre el capitalismo y el socialismo.

Es la cultura occidental la que es inmoral, no el sistema. Una sociedad con esos valores y prioridades corrompería cualquier sistema, porque la sociedad en sí misma es corrupta. No solo es individualista, egoísta y mezquina, es una sociedad que no tiene alma, que no tiene espíritu y cuyo dios es el dinero, donde se ha sacralizado a los ricos, a la acumulación de dinero y a la injusticia social.
Así que pueden seguir culpando al sistema, diciendo que el sistema es horrible y puede que lo sea, pero lo que deben aceptar de una buena vez es que un sistema horrible es el reflejo de los individuos, no al revés. Nadie los invadió, nadie los colonizó desde fuera a los occidentales como hicieron estos con nuestras sociedades en el Sur Global, aunque nuestras comunidades hayan resistido y sigan resistiendo. Nosotros triunfaremos porque tenemos alternativas y porque en esencia, no hemos cambiado. Nuestra alma permanece intacta.
Los occidentales no, los occidentales colapsarán por completo porque ese sistema que tanto critican no es otra cosa que el resultado de lo que son como sociedad. Es un reflejo de su cultura, sus valores, sus prioridades y sus aspiraciones. Tienen mentalidad de carroñeros y depredadores, de acaparadores, de merodeadores y de piratas. Ricos y pobres por igual, siendo completamente honestos.

Porque incluso los pobres en la sociedad occidental no son más morales que los ricos, simplemente tienen menos opciones. Es como ese viejo chiste del hombre feo y el hombre apuesto. Mientras uno dormía todos los días con una mujer distinta, el feo se jactaba de no ser promiscuo y de quedarse fielmente al lado de la única mujer que le había prestado atención, aunque en su fuero interno sabía que de haber sido apuesto con todo gusto hubiera hecho lo mismo que el otro. Él quería ser promiscuo también, simplemente no tenía la oportunidad.
Y los pobres en Occidente son así también. No son tiburones por falta de oportunidades. Claro que sufren la carencia y la desigualdad, pero sueñan ser ricos para poder mirar por encima del hombro a sus hermanos, desean reproducir el sistema, no modificarlo. Los occidentales no comparten, compiten, independientemente de su clase social, su raza o su sexo. Son personas iracundas, agresivas, hostiles y combativas, aunque se vanaglorien de su racionalidad. Son los más emocionales, volátiles, erráticos, susceptibles, los de peor genio, los más impulsivos de todo el mundo, simplemente porque no están en paz, porque han perdido su alma. Así que, no, personalmente, no espero que cambien.
No espero que su sistema cambie porque no espero que los occidentales cambien como pueblo. Su sistema es nada más que un reflejo preciso de la sociedad que lo creó y lo sostiene. Si uno se mira al espejo y ve un monstruo puede hacer dos cosas: arrojarlo lejos creyendo que el espejo distorsiona la realidad o finalmente caer en la cuenta de que no está dañado sino que al fin y al cabo uno no es otra cosa que un monstruo. Los occidentales, desde hace por lo menos un siglo, vienen haciendo lo primero.