El profeta de la quiebra del sistema

Como una opción para cada vez más electores y como un peligro para quienes creen que es capaz de concretar las amenazas explícitas en su discurso, así lo ven a Javier Milei quienes se disponen a votarlo o a darle batalla en las elecciones de octubre de este año. Como de costumbre no solo aquí en la Argentina, sino prácticamente en todas partes, todo se resume a una cuestión electoral y se pasa por alto lo esencial: el advenimiento de Milei está indicando un cambio de época o, mínimamente, una nueva vuelta del péndulo con el inicio de un ciclo político nuevo. Ganando o perdiendo en octubre, Milei ya cumplió su cometido: instaló en la política argentina una alternativa discursiva a la hegemonía socialdemócrata expresada falsamente en la grieta. Y así el sistema se encamina a renovarse exitosamente una vez más sin poner en riesgo su propia existencia.
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De acuerdo con el diccionario de la Real Academia Española, que es una cosa implacable, dícese en nuestro idioma de un “fenómeno” que es “toda manifestación que se hace presente a la consciencia de un sujeto y aparece como objeto de su percepción”. La nada misma, como se ve, pues según esta acepción demasiado genérica un “fenómeno” podría ser más o menos cualquier cosa desde el punto de vista de quien lo observa. Un rayo sería así claramente un fenómeno tal como lo entendemos, más precisamente un fenómeno natural. Pero si toda manifestación que aparece como objeto de la percepción subjetiva será también un fenómeno, entonces no habrá que ir a buscar en lo material ni mucho menos en lo grandioso los elementos para llenar la categoría: prácticamente cualquier cosa percibida por el sujeto será un fenómeno de acuerdo con el diccionario oficial del idioma que hablamos unos 400 millones de hispanos alrededor del mundo, puesto que desde el ladrido de un perro hasta el paso a gran velocidad de un avión supersónico todo será un “fenómeno” en tanto y en cuanto sea asimismo una manifestación que se hace presente a la consciencia de un sujeto y aparece como objeto de su percepción.

Pero el diccionario de la Real Academia es implacable porque no da puntada sin hilo. En las cinco acepciones subsiguientes de la voz “fenómeno” aparece la “papa”, esto es, la definición precisa y puntual de aquello que solemos entender por “fenómeno” o de lo que frecuentemente utilizamos en el comentario de la política para intentar explicar lo que en un momento dado no tiene aún explicación. “Cosa extraordinaria y sorprendente” es como define un “fenómeno” en su segunda acepción de seis el diccionario de la Real Academia. Así es Javier Milei frente a la percepción de los analistas de la política que lo observan, es extraordinario porque rompe el molde de lo que se supone debe ser un dirigente político en la actualidad y además es sorprendente, puesto que nadie al parecer lo vio venir. De ahí que llamarlo “fenómeno” no solo es adecuado, sino que en el fondo es la única forma de definirlo hoy para quienes no están en condiciones de entenderlo.

El fenómeno Javier Milei, creando prácticamente desde la nada una mística alrededor del discurso de la “libertad”. Valiéndose del recambio generacional que naturalmente produce un efecto pendular, Milei hace la lectura de la realidad política hasta concluir que el presente ciclo populista ha finalizado dando paso al advenimiento de un nuevo ciclo individualista. Otra vez, como en los años 1990, los jóvenes del momento se pliegan a la ideología de un proyecto político que no prioriza lo colectivo creyendo que allí estará la panacea universal. Van a equivocarse otra vez, por supuesto, pero el ciclo deberá transitarse igualmente y Milei se postula como candidato a conducirlo.

El relativamente joven Javier Gerardo Milei no había nacido aún cuando la dictadura de Juan Carlos Onganía llevó a cabo la Noche de los Bastones Largos y tenía tan solo tres añitos cuando Juan Domingo Perón volvió del exilio a hacerse cargo de la Argentina después de 18 años de proscripción y destierro. Ayer, como se usa decir. Milei nació ayer y no se le conoce participación militante en la política argentina hasta hace prácticamente 15 minutos, que es cuando irrumpe en el escenario de modo extraordinario y sorprendente. Como un fenómeno. Nada se supo de él durante los años del kirchnerismo hasta 2015 y apenas tuvo cierta fama entre los poquitos que siguen la rosca de la política como polemista de televisión en los años del régimen de Mauricio Macri, casi siempre gritando cosas escandalosas para el pacato promedio y tratando de conseguir visibilidad a base de definiciones extremas que están siempre más cerca del meme en las redes sociales que de la política propiamente dicha.

Esa es, por cierto, la aplicación ideal del Teorema de Baglini, según el que los enunciados de un protagonista o candidato a protagonista son más irresponsables cuanto más lejos esté dicho individuo del poder y son, por el contrario, más sensatos y razonables a medida que va acercándose al objetivo. Los primeros años de la existencia de Javier Milei en el debate de lo público fueron los años del grito pelado, de la afirmación temeraria sobre básicamente cualquier tema y del escándalo con el fin de visibilizarse, sobre todo entre los que suelen impresionarse más con la pirotecnia, que son los jóvenes de un modo general. Y así, de polémica en polémica, Milei logró en quizá cuatro años o menos elevarse desde la condición de un total anónimo a ser señalado hoy por las encuestas como potencial participante de un ballotage en las elecciones de octubre de este año. En un sistema tan conservador como el nuestro, donde todo el andamiaje político existe para evitar sorpresas, son cada vez más frecuentes las opiniones de que Javier Milei puede llegar a ser presidente ya a partir del 10 de diciembre de este año. Extraordinario y sorprendente, sin lugar a duda.

Javier Milei es joven y prácticamente no tiene antecedentes en la política que le valgan un prontuario. Esa es la ventaja comparativa que tiene respecto a los demás dirigentes, cuyo historial es largo y está repleto de traiciones, cambios de bando, fracasos de gestión y maldades hechas contra el pueblo. La imagen que quiere proyectar Milei es esta misma, la de un “pibe” común y silvestre que jugó de arquero en las inferiores de un club de fútbol y es “normal” como cualquier vecino. La narrativa suele prender sobre todo allí donde la política tradicional ha hecho crisis y los civiles empiezan a desear la frescura del que todavía no cometió errores.

La conclusión más fácil sería la de que se trata de un “outsider” clásico, es decir, de un elemento que es ajeno a la política y que de un momento a otro irrumpe en ella, trastornándola. Así fueron, por ejemplo, el escritor Mario Vargas Llosa en las elecciones peruanas de 1990 y el mismísimo Donald Trump en los Estados Unidos hace unos pocos años. Vargas Llosa estuvo a punto de convertirse en presidente de Perú al triunfar en primera vuelta, aunque no pudo contra la alianza del establishment que hizo causa común con Alberto Fujimori para derrotarlo en el ballotage. Distinta suerte corrió Trump, quien barrió uno por uno a sus rivales en las internas del Partido Republicano estadounidense y finalmente atropelló a una Hillary Clinton que era la propia expresión del statu quo, además de ser favorita en todas las encuestas hasta las elecciones. Vargas Llosa y Trump trastornaron, este último mucho más que el primero, la política en sus respectivos países al desordenar el esquema tan celosamente cuidado por el exclusivo club de los dirigentes tradicionales. Y por eso son considerados “outsiders”.

La aparición repentina de un individuo que trastorna la política tiene, no obstante, otro criterio para que ese nombre propio pueda considerarse un verdadero “outsider”. Tanto Vargas Llosa como Donald Trump no habían tenido al momento de presentarse como candidatos a presidente ningún antecedente de participación en el juego de la política, esto es, no habían estado ni cerca del poder político en el Estado. Antes de ser derrotado por Fujimori en unas elecciones en las que apareció siempre como favorito, Vargas Llosa rechazó en 1984 el cargo de jefe del consejo de ministros que le había ofrecido el entonces presidente de Perú Fernando Belaúnde Terry. Y esa fue toda la “participación” de Vargas Llosa en la política hasta postularse directamente como candidato a presidente para las elecciones de 1990, estar cerca del triunfo y al fin perder. El caso de Trump, como se sabe, es aún más típico: un coqueteo histérico con ser candidato en 2012 para finalmente presentarse y dar el batacazo cuatro años más tarde. Ninguna elección disputada, ningún cargo público o banca legislativa ocupada previamente, nada de nada. Eso es un “outsider”.

Portada de la revista peruana ‘Caretas’, de agosto de 1987. En ese momento el escritor Mario Vargas Llosa (al centro) empezaba a construir una imagen de “outsider” que lo llevaría a postularse como candidato a presidente de Perú dos años y medio más tarde y estar a punto de ganarlas. Vargas Llosa fue el más votado en la primera vuelta de esas elecciones, pero después no pudo con la alianza del statu quo en su contra. Todo el establishment peruano cerró filas con Alberto Fujimori y el sistema pudo preservarse en sus mismos términos sin mayores problemas, al menos por esos días. ¿Pasará lo mismo en Argentina con Javier Milei?

He ahí que, según ese criterio, el de la no participación en el juego antes de irrumpir y trastornarlo, Javier Milei difícilmente podría considerarse un “outsider”. Además de haber sido electo diputado nacional en las elecciones de medio término de 2021, Milei se desempeñó como asesor durante el gobierno de Daniel Scioli en la provincia de Buenos Aires. Una asesoría y una banca legislativa obtenida recientemente no serán mucho, pero son desde luego suficientes para demostrar que más allá de sus apariciones explosivas en medios de comunicación que viven de la polémica y el escándalo, Milei estuvo merodeando el poder político mucho antes de hacerse conocido para el civil promedio. Dicho en otras palabras, es probablemente falsa la idea del mesianismo, que es central en el discurso mileísta, o la épica del ciudadano de a pie que súbitamente decide involucrarse en la política para romper con la modorra de los dirigentes tradicionales. Vargas Llosa y Trump hicieron eso en sus respectivos momentos, pero en el caso de Milei todo indica que se trata de una estrategia discursiva adaptada a la necesidad del momento.

Y no podría ser de otra manera. Día tras día queda más claro que la base del éxito presente de Javier Milei no se debe tanto a las características extravagantes del personaje que creó para visibilizarse a sí mismo, sino más bien al contexto en el que dicho personaje le fue presentado a la opinión pública: un contexto de agotamiento de la política tradicional de un modo general, o lo que la propia política suele definir de tiempos en tiempos como una crisis de representación. Javier Milei no es el enterrador, sino el profeta que anuncia la quiebra sistémica presentándose convenientemente como la alternativa al modelo de representación que está a punto de caducar y el éxito o el fracaso depende más de que esa quiebra efectivamente ocurra que de su creativa estrategia de exposición pública basada en la actuación histriónica. Lo importante de todo esto es que Milei no triunfará por haber enamorado al público con sus actuaciones televisivas o por haber hecho una buena campaña, eso es poco relevante en la política real. Javier Milei va a triunfar en un sentido amplio —que no necesariamente se limita a ganar las elecciones— si el sistema necesita de su triunfo para preservarse a sí mismo renovándose en sus formas. Entonces Milei no es un “antisistema”.

Al sentarse en una banca de diputado del Congreso de la Nación, Javier Milei dejó de ser “virgen” de política en un sentido de participación efectiva. El concepto de “outsider” como categoría del individuo que no se dedica a la función pública y se lanza a elecciones sin haberlo hecho jamás ya no es idóneo para describir a Milei. Y si bien es cierto que tiene poca trayectoria, el fenómeno difícilmente podrá seguir hablando de la “casta” como si le fuera una cosa totalmente ajena.

El sistema de representación por partidos políticos, mayorías y minorías que existe en prácticamente todo el mundo desde la revolución burguesa de Francia a fines del siglo XVIII está estructurado desde su base para impedir la posibilidad de que un particular de a pie irrumpa intempestivamente en el juego, lo que equivale a decir que la política moderna es la actividad propia y exclusiva de los dirigentes, de los políticos profesionales. La premisa sobre la que se construye ese razonamiento es la de que la institucionalidad es una narrativa con coherencia interna, esto es, de que el resultado de unas elecciones no está disociado de los resultados de elecciones anteriores, sino más bien concatenado en forma dependiente. De existir, por ejemplo, en un determinado país una tradición política en la que una ideología dada es hegemónica, podrá triunfar coyunturalmente en elecciones el representante de un programa alternativo sin que eso signifique el triunfo real de dicho proyecto político. Envuelto en realidad por la trama política hegemónica, ese representante hará tantas concesiones al statu quo para llegar a ganar que al momento de gobernar no hará más que continuar la narrativa ideológica hegemónica y su revolución quedará limitada al discurso mientras dure la mentira.


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