Con las ya remanidas referencias a bebés decapitados, torturados, mutilados y quemados vivos, sin ahorrar en mística religiosa y tampoco en esas arengas vengativas que son tan típicas de los líderes que viven y existen para hacer la guerra, el primer ministro Benjamín Netanyahu se dirigió con un breve discurso a los israelíes en el marco de las conmemoraciones por el primer aniversario de los hechos del 7 de octubre de 2023, en los que un numeroso contingente de militantes de Hamás aparentemente burló los sofisticados sistemas de vigilancia que hasta allí habían sido promocionados por Tel Aviv como invulnerables y asestó a Israel un golpe decisivo. Con una alocución digna de un bárbaro, Netanyahu habló de “monstruos”, de “terroristas” y, por supuesto, de “enemigos” para instar a los israelíes a seguir apoyando sin reservas la campaña genocida que ahora, además de la Franja de Gaza y de Cisjordania, avanza también sobre el territorio del Líbano. Y pretende seguir expandiéndose a medida que el mesianismo de Netanyahu alcanza niveles de locura, tendiendo cada vez más a inclinarse por una “solución final” para la cuestión en Medio Oriente.
Fue el 7 de octubre de 2023 el disparador de esa locura genocida por parte de los sionistas israelíes. Tal vez heridos en su orgullo por la invasión de los militantes de Hamás a lo que consideran su territorio —o tal vez utilizando esa invasión como un pretexto para hacer lo que ya tenían planificado, precipitando los tiempos—, los israelíes se embarcaron en la aventura militar que ya dura un año y que según datos oficiales victimó a 40.000 civiles palestinos en ese cortísimo plazo. Las cifras son muy conservadoras. Existe un consenso entre los testigos internacionales presentes en el territorio de que el número de víctimas de los bombardeos israelíes en Gaza puede ascender a los cientos de miles si se incluye en el censo a los desaparecidos y a los que quedaron enterrados bajo los escombros de la devastación, que fue total. Sea como fuere, está claro que casi la mitad de los palestinos asesinados por las bombas y después por la hambruna y las enfermedades impuestas por Israel son niños. El infanticidio se suma al genocidio en la lista de crímenes de lesa humanidad cometidos por los israelíes en el último año bajo la conducción de Netanyahu.

El empleo del genocidio, del infanticidio, del apartheid y la hambruna como armas de guerra total contra la población civil son algunos de los crímenes de lesa humanidad que Israel viene cometiendo desde el 7 de octubre de 2023 ante la mirada más bien pasiva de la comunidad internacional. Y la definición de crimen de lesa humanidad no surge de la opinión subjetiva ni es una valoración hecha por los palestinos, sino que está prevista en el Estatuto de Roma de 1998, el documento aprobado por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en pleno, esto es, en una conferencia realizada junto a los representantes de todos sus miembros ese año en Italia. El documento instituye y habilita a la Corte Penal Internacional (CPI) a perseguir y a juzgar a los acusados de la comisión de dichos crímenes. La CPI ya dio su parecer considerando que Israel es culpable de crímenes de lesa humanidad y determinó la detención de Benjamín Netanyahu y su principal cómplice, el ministro de Defensa de Israel Joav Galant. Todo es objetivo, como se ve, no hay en ello subjetividad alguna en las definiciones. Y aun así el régimen sionista sigue avanzando a toda velocidad contra los palestinos y también contra los libaneses.
La pregunta en este punto es por qué, o más bien cómo puede ser que un pequeño país con menos de 10 millones de habitantes y una superficie del tamaño de la provincia argentina de Tucumán pueda salirse con la suya y continuar incurriendo en los crímenes por los que ya fue condenado sin que nadie en el mundo haga nada para frenar la locura. Al parecer, se trata de un sinsentido cuya explicación no puede estar en las dimensiones geográficas y demográficas de Israel, que son insignificantes, sino en la dimensión nacional de lo que Israel representa en la geopolítica desde que fue creado por orden de los Estados Unidos y de Gran Bretaña en 1948 al finalizar la II Guerra Mundial. La primera conclusión es superficial e indica que Israel puede hacer impunemente todo lo que hace por lo que representa políticamente para los intereses de las potencias occidentales que ganaron la guerra en 1945 y, al haberla ganado, determinaron el sistema-mundo en beneficio propio. Estadounidenses y británicos diseñaron el ordenamiento internacional y en dicha arquitectura Israel tendría inmunidad legal en la práctica.

Pero esa es, como veíamos, apenas una primera conclusión superficial. La inmunidad legal ante los tribunales internacionales es una cosa precaria que dura mientras dure asimismo la coyuntura determinada sobre la que dicha inmunidad se sustenta. Al cambiar la coyuntura geopolítica con el establecimiento de un nuevo sistema-mundo, que es precisamente lo que está ocurriendo hoy con el ascenso de potencias emergentes como China y Rusia en rebeldía, por ejemplo, la imposición de un nuevo ordenamiento internacional podría dejar caduca la inmunidad que los Estados Unidos y Gran Bretaña le garantizan hoy a Israel mientras todavía tienen el poder para sostener esa garantía. En otras palabras, si Israel hiciera todo lo que hace basándose únicamente en la fe de que durará para siempre el orden mundial que le da inmunidad, entonces los israelíes estarían construyendo sobre la arena en omisión del evangelio de San Mateo, que prescribe construir siempre sobre la roca. Según Mateo, el que hace lo primero es un tonto. Y los israelíes de tontos no tienen ni un pelo.
Es evidente que los dirigentes del régimen sionista no iban a meterse en un callejón sin salida que solo puede terminar en derrota o en la “solución final” de la supresión física del enemigo apoyándose únicamente en la fe de que estadounidenses y británicos van a seguir cortando indefinidamente el jamón en ese concierto de las naciones que es la geopolítica internacionalmente ordenada, eso sería construir sobre la arena dejando el destino propio en manos de otros. Por más fuerte que sea la imagen de Israel como un portaaviones de las potencias occidentales en la región de Medio Oriente, la verdad es que esa imagen dejó de existir hace décadas. Israel es hoy una potencia en sí misma que no solo no depende de la voluntad de estadounidenses y británicos, sino que además manipula esa voluntad de un modo verdaderamente brillante en su propio favor. Y no lo hace únicamente en Washington y en Londres: si Israel ha tomado la decisión de avanzar contra todos los que considera sus enemigos hasta el punto de suprimirlos es porque tiene “seguros de vida” en todos los países de Occidente y aquí en las semicolonias.

Y probablemente también en las potencias emergentes de Oriente, que son las artífices del próximo ordenamiento geopolítico. Con el fin de garantizar la continuidad de su inmunidad más allá de la caída del orden unipolar que los Estados Unidos, en posesión del monopolio nuclear, impusieron en los cinco años inmediatamente posteriores al cierre de la II Guerra Mundial, Israel extiende ahora mismo sus tentáculos sobre Moscú y Beijing, hace como el centrodelantero oportunista que en el fútbol observa dónde va a caer la pelota. La inteligencia y la diplomacia de Israel ya saben que la hegemonía unipolar con sede en Washington está agotada hace décadas y vienen trabajando en consecuencia para extender sus redes de influencia sobre los centros de poder del futuro. El sionismo puede tener y en efecto tiene varios colores, las más variadas identidades y mucha flexibilidad para ajustarse rápidamente a las condiciones ambientales según la ocasión lo exija. Pero en todas sus versiones se caracteriza fundamentalmente por su naturaleza internacional, por su capacidad de penetración en cualquier cultura y en cualquier país.
Más que internacional, el sionismo es global en un sentido estricto o como sector fundamental de las élites globalistas, las que gobiernan de facto el mundo casi siempre por encima del poder político legalmente constituido en cada país. Desde ese lugar el sionismo pone presión sobre los Estados e infiltra a sus agentes en el establishment político de las naciones o coopta a los dirigentes ya instalados, convirtiendo a estos en agentes suyos. Las dos cosas funcionan concomitantemente: mientras va ocupando espacios en el Estado ampliado —que es la política y todas las instituciones que están a su alrededor, como los medios de comunicación— con agentes del riñón, el sionismo atrapa mediante la extorsión de sus servicios de inteligencia a otros dirigentes que a primera vista no tendrían por qué representar esos intereses. Aquí funciona el espionaje, el meterse en la intimidad de los individuos para documentar posibles actividades ilegales o consideradas inmorales realizadas por estos, armar los famosos “carpetazos” en su contra y luego exigir lealtad y representación a cambio de la no difusión de los secretos recabados por los espías.

Ahí tenemos una descripción muy sintética de cómo funcionan los servicios de inteligencia de un modo general, de la naturaleza del espionaje. Con tal de no ir a prisión o de no caer en desgracia ante la opinión pública, los dirigentes políticos suelen ceder ante los “carpetazos” y hacer lo que se les exige a cambio de la no divulgación de sus secretos oscuros. Desde un acto de corrupción más o menos bien documentado hasta una relación sexual cuya revelación podría ser inconveniente para la imagen de un dirigente político, casi todo lo que hacen las agencias de inteligencia como la CIA y el Mossad es espiar y espiar hasta encontrar ese valioso secreto. La imagen del espía vulgar que aprieta el gatillo y mata se corresponde tan solo con una minoría de los espías reales. Lo que realmente hace la enorme mayoría de los servicios de inteligencia es recabar información confidencial que pueda contener secretos de Estado o bien secretos personales de aquellos individuos a los que luego extorsiona y coopta.
Esta explicación práctica es necesaria para comprender que, en la mayoría de los casos, lo que llamamos “diplomacia” es, en realidad, espionaje. O al menos una negociación diplomática en la que una de las partes se sienta a la mesa en posesión de secretos de la contraparte para “aflojarla”, esto es, con el fin de persuadirla a colaborar. Cuando el atento lector en un país como la Argentina, que es una semicolonia, ve a una gran cantidad de dirigentes de la política, jueces, fiscales y otros potentados desfilando por la embajada de una potencia imperialista como lo son los Estados Unidos, puede tener la certeza de que todos y cada uno de esos cipayos están “carpeteados” por el espionaje que hacen los servicios de inteligencia imperiales, en este caso la CIA. La lealtad que esos cipayos tributan y su disposición a cometer traición a su propia patria funcionando como agentes de potencias extranjeras no es ni podría ser una cosa voluntaria, ideológica. Nadie es cipayo porque sí, por amor a la genuflexión, sino por estar extorsionado, por recibir alguna suerte de paga por los servicios brindados o por ambas cosas a la vez.

Ahora bien, junto a las embajadas de los Estados Unidos y de Gran Bretaña, la de Israel es una de las más frecuentadas por miembros del establishment político, funcionarios del poder judicial y operadores mediáticos en la Argentina. La casi totalidad de nuestra clase dirigente tributa en alguna de esas embajadas y a veces incluso se muestran públicamente allí cuando van a celebrar un 4 de julio yanqui, un cumpleaños del rey o de la reina o una festividad judía de las muchas que hay. Van, posan para la foto y publican ellos mismos la foto en sus redes sociales como si el haber sido cooptados por una potencia extranjera para operar en contra de los intereses de su propio país fuera un logro. ¿Y por qué hacen eso? Porque ya saben que están condenados de por vida, ya saben que la extorsión de los espías no termina hasta que el extorsionado muera, deje de ser políticamente relevante o el secreto se revele ante el incumplimiento del objeto de la extorsión. Los servicios de inteligencia son como ese perro que nunca suelta la presa una vez que la mordió.
Entonces el dirigente político, el juez, el fiscal o el periodista/operador que fue “mordido” por la CIA estadounidense, por el MI6 británico o por la KGB rusa (actualmente llamada Servicio Federal de Seguridad, un lavado de cara después de la disolución de la Unión Soviética) está condenado de por vida a servir los intereses de esas potencias en el plano de la lucha política local, esto es, a ser un agente cipayo de la potencia que lo mordió. Pero claro, esa es una descripción genérica pues todos los servicios de inteligencia del mundo funcionan, con mayor o menor efectividad según la importancia de los intereses que representan, de la misma forma. Eso es lo que hacen los espías y entonces es fácil concluir yendo de lo general a lo particular que eso mismo es lo que hacen los espías del Mossad israelí. Y como los intereses representados por dichos servicios de inteligencia son enormes, son los intereses del sionismo globalista, también son inmensos los recursos que se les asignan para llevar a cabo la misión. En resumen, el Mossad israelí está entre las agencias de espionaje más poderosas del mundo.

Al comprender esta dinámica, el atento lector puede finalmente entender las razones detrás del comportamiento errático de ciertos dirigentes políticos, jueces, fiscales y operadores mediáticos. Un ejemplo de ello en el cabotaje es la actual ministro de Seguridad Patricia Bullrich. Como se sabe, habiendo venido de cuna oligárquica con triple apellido y abolengo ilustre, Bullrich fue militante de Montoneros en su juventud y no solo no corrió la suerte de la mayoría de sus compañeros de militancia, sino que vivió largos años siempre encumbrada en cargos de la gestión de gobiernos con signo ideológico teóricamente opuesto al de Montoneros. Entonces Bullrich cambió de casaca y se acomodó en el establishment con cargos de mucha importancia en el Estado o en la estructura partidaria, primero durante el gobierno de Fernando de la Rúa, luego en el de Mauricio Macri y ahora en el de Javier Milei. Y siempre, pero siempre, representando abiertamente los intereses del Estado de Israel en la Argentina.
Todo esto es de una claridad meridiana, es una verdad que puede saberse por simple deducción: o bien Bullrich ya era una agente cipaya infiltrada en Montoneros o lo fue después de 1983 a raíz de algún acto anterior suyo que no podría salir a la luz sin que la propia Bullrich resultara destruida. Ahí tiene que estar la extorsión, aunque nadie conozca y probablemente vaya a conocer jamás el objeto de esta, pues precisamente y por definición solo lo pueden conocer los extorsionadores. El oscuro secreto de Patricia Bullrich nunca se revelará mientras ella siga haciendo lo que se le exige, que es vender la patria mediante el tráfico de información confidencial o el tráfico de influencias impactando en las decisiones de gobierno en el Estado para favorecer a alguien. Ese alguien es lógicamente el extorsionador, Patricia Bullrich favorece abiertamente al Estado de Israel y la conclusión lógica, a esta altura, es la propia obviedad ululante que no requiere de mayores explicaciones. Es una simple cuestión de saber sumar y restar, como decía el gran patriota Raúl Scalabrini Ortiz.
Pero Bullrich es aquí tan solo un lamentable ejemplo de lo que se describe como el modus operandi de los servicios de inteligencia, no tiene más importancia que la de ser una entre tantos en la misma situación. Lo que en realidad importa es tener la capacidad de abstracción suficiente como para observar en casos similares de cipayismo explícito, tanto aquí como en el resto del mundo, proyectando el ejemplo de Bullrich sobre otros dirigentes, jueces, fiscales y periodistas. ¿Por qué un juez como el ya fallecido Claudio Bonadío pondría en peligro su propia carrera judicial insistiendo en llevar a cabo persecuciones absolutamente ilegales? ¿Por qué un periodista se juega su propio prestigio mintiendo, operando y hasta encubriendo crímenes aun cuando sus propios espectadores ya saben que miente, opera y encubre? ¿Por qué un dirigente político toma decisiones gravosas contra el pueblo que luego tiene que volver a votarlo? Es evidente que a todos los mueve la vulgar corrupción, se les paga por hacerlo. Pero ningún dinero es suficiente para que alguien ya acomodado se juegue la vida. En el fondo siempre hay una extorsión.

Ahora multiplíquese todo lo hasta aquí expuesto por todos los individuos en posición de tomar decisiones o de influenciar la opinión pública en el mundo y el resultado será la forma en la que el Mossad extiende las redes del Estado de Israel mediante la cooptación de agentes y operadores ya de antemano instalados en el establishment de los países. Pero también está lo otro, a saberlo, la instalación “desde cero” de agentes del riñón, de cipayos que no lo son necesariamente por una extorsión sino por un falso sentido de pertenencia que es el objeto de este artículo y se verá a continuación. Estos son los agentes más fieles y a la vez los más baratos, los que traicionarían gratuitamente a los países que los vieron nacer porque su conciencia está en otra parte. Estos son los cipayos de doble nacionalidad que entre todas las potencias solo Israel posee. Ni los yanquis, ni los ingleses, nadie. Únicamente Israel los tiene.
Tómese para ello como ejemplo cercano a tres dirigentes de nuestra política local, el actual funcionario de la Ciudad de Buenos Aires Waldo Wolff y los diputados nacionales Gerardo Milman y Sabrina Ajmechet. Los tres tienen nacionalidad argentina, nacieron y se criaron en estas latitudes, pero en su praxis política no representan los intereses del pueblo argentino, sino los del sionismo israelí. Y son cipayos solo en un sentido muy amplio pues no tienen conciencia de que lo son ni podrían tenerla, no sienten realmente que están traicionando a su patria de nacimiento en tanto y en cuanto lo hacen para servir a su otra patria: Israel. El problema aquí sería entender por qué un individuo llega a pensar como Wolff, Milman y Ajmechet convenciéndose de que su pertenencia está en un lugar donde ni ellos ni sus ancestros viven ni vivieron, por qué se aferran tanto a una nación con la que no tienen vínculo real alguno en términos de ascendencia. Wolff, Milman y Ajmechet no viven en Israel, ninguno de sus ancestros nació en Israel, no vienen de ahí. Pero todos ellos tributan su lealtad al Estado de Israel. ¿Por qué?

Porque el Estado de Israel es una unidad política que, sin embargo, no se presenta como tal. El Estado de Israel se promociona a sí mismo como una entidad étnico-religiosa y aquí está el truco del diablo. La maniobra más sensacional de los sionistas israelíes fue el haber mezclado política con raza y religión hasta convencer a la mayoría de los judíos de la diáspora —que están por todo el mundo, fundamentalmente en las potencias occidentales con los Estados Unidos a la cabeza— de que un Estado como el de Israel es el representante de los judíos ya sea como etnia o religión. Es una mezcla muy deshonesta, desde luego, porque política, religión y etnia son tres cosas bien distintas que suelen ser además explosivas al mezclarse. Pero el sionismo israelí logró instalar la legitimidad de la mezcla y al hacerlo se alzó con las lealtades de decenas de miles de personajes encumbrados en todos los países de Occidente y aquí en las semicolonias.
Podría decirse entonces que Israel ataca como Estado y se defiende como representante supranacional y supraestatal de una religión y/o una etnia cuyos miembros están dispersos por el mundo. Eso es de una deshonestidad enorme y funciona como por arte de magia: en los Estados Unidos, por ejemplo, existe ya una iniciativa para criminalizar la crítica al sionismo y al Estado de Israel equiparándola con el llamado antisemitismo, el que por otra parte se define aquí con más precisión como antijudaísmo pues los árabes también son semitas. Sea como fuere, ya hay gente pensando seriamente en blindar legalmente —no ya socialmente, sino legalmente— al Estado de Israel y a su ideología fundante que es el sionismo dándoles a un Estado y a una ideología el carácter sagrado de religión y/o de etnia. Y entonces en los Estados Unidos habrá gente marchando presa simplemente por decir que el sionismo es una ideología colonialista y supremacista o que el Estado de Israel comete crímenes de lesa humanidad en Palestina.

Es de fundamental importancia comprender la profundidad y a la vez el nivel de locura implícitos en esa iniciativa y para ello no hay nada mejor que una analogía. Esto es como si en los Estados Unidos se aprobara un paquete de leyes criminalizando la crítica a las políticas de Estado de un país como Irán y la denuncia contra los crímenes cometidos por fieles musulmanes solo basándose en el hecho de que Irán es un Estado confesional islámico y, en consecuencia, considerando que la crítica y la denuncia son discriminatorias para los musulmanes como un todo. Al igual que Irán, Israel también es un Estado confesional y se funda precisamente sobre la base de que representa a todos los judíos del mundo, entendiéndose eso por religión o por etnia, aunque a nadie se le ocurre hacer lo primero blindando a Irán, al Estado iraní y sus políticas, dándole un carácter étnico-religioso que es todo un blindaje pues censura legalmente a los críticos con la amenaza de cárcel por el delito de discriminación.
A nadie se le ocurre hacer lo primero, pero ya hay gente haciendo lobby por lo segundo al menos en los Estados Unidos. ¿Y por qué? ¿Por qué existe tal diferencia entre el judaísmo del que el Estado de Israel se arroga toda la representación y el islam que Irán dice igualmente representar? Pues eso es así porque, básicamente, la legalidad es una cuestión de poder y no de justicia, razón por la que lo legal en un determinado tiempo y lugar es lo que los poderosos de ese tiempo y en ese lugar dicen que lo es. Aquí vuelve a aparecer la cuestión de la penetración de los agentes del sionismo israelí en el establishment político de países como los Estados Unidos, la Argentina y muchos otros. Es la acción inteligente y paciente de esos agentes la que posibilita la toma de tantas decisiones favorables a Israel fuera de Israel, es lo que Henry Ford llamó en su momento la táctica de ir “derecho al cuartel general”, esto es, de ubicar a los agentes propios lo más cerca posible de los niveles más altos de decisión o influencia en la política y en el Estado ampliado, que son las instituciones de la sociedad civil.

Ir “derecho al cuartel general” es lo que hace el sionismo israelí allí donde logra poner un pie, tanto mediante la cooptación por vía de extorsión de los que ya están en el cuartel general como la introducción en este de los propios, los cipayos de doble nacionalidad que caen en el cuento de la representación de su fe u origen étnico por parte de un Estado. Es importante insistir en la invalidez y en la deshonestidad de dicha tesis, nadie le debe lealtad a ningún país por su confesión religiosa u origen étnico simplemente porque en la modernidad las naciones no se fundan sobre criterios étnicos-religiosos. La nación que, constituida jurídicamente en Estado nacional, pretenda fundarse sobre esas bases lo que comete es una estafa. Dicho de otra forma, un ciudadano que se considere judío por religión o por etnia habiendo nacido o habiéndose radicado en los Estados Unidos no es un israelí, es un estadounidense y debe su lealtad únicamente a los Estados Unidos. Israelí es el que nace o se radica en Israel sin importar qué religión profese o a qué etnia pertenezca.
Todo eso debió ser así de sencillo por la naturaleza objetiva y moderna de los postulados, pero no lo es en el caso de los agentes del sionismo israelí con doble nacionalidad. La sensacional jugada del Estado de Israel —que es el verdadero truco del diablo— fue el haber convencido a cientos de miles e incluso millones de individuos de negarles su lealtad a los países donde nacen, tienen sus familias y su patrimonio, toda su vida. Y luego persuadirlos a entregar esa lealtad a un Estado que, aun siéndoles absolutamente extraño a los individuos en cuestión, es percibido por estos como propio por arrogarse la representación de su religión o de su etnia. Esto es, otra vez, como si los musulmanes nacidos en Argentina optaran por no ser leales al país que los vio nacer, sino a algún otro Estado confesional musulmán de Medio Oriente y Asia central como Arabia Saudí o Irán. Nada de eso parecería tener sentido alguno y en efecto no lo tiene, pues los musulmanes argentinos son argentinos al igual que los católicos argentinos y todos los demás argentinos sin importar la religión que tengan ni la etnia con la que se identifiquen.

Todos los demás, salvo precisamente los judíos que se sienten representados religiosa o étnicamente por Israel. En el caso de estos su pertenencia está lejos de donde realmente pertenecen y en consecuencia toda su praxis en sociedad tenderá a favorecer al país al que creen pertenecer, aun en desmedro de sus propios países de origen. Solo el Estado de Israel con su ideología sionista fue capaz de urdir semejante trama y eso es brillante, es una estrategia geopolítica de infiltración de largo aliento, múltiple y simultánea en los niveles de influencia y poder de varios países, una genialidad que ninguna potencia jamás estuvo ni siquiera cerca de lograr. Gracias a ello Israel puede ser hoy un enano en términos territoriales y poblacionales, pero a la vez una potencia en la geopolítica sustentada por el trabajo que sus agentes hacen todos los días influenciando la opinión y las decisiones políticas en una variedad de otros países, siempre logrando en el proceso que esa opinión y esas decisiones sean favorables a Israel.
He ahí la razón por la que el Estado de Israel se sale con la suya cometiendo atentados terroristas y crímenes de lesa humanidad al por mayor sin que nadie levante la voz para detener la locura. En los lugares de formación de la opinión pública y de toma de decisiones políticas en los países que podrían intervenir están los agentes del sionismo israelí impidiendo que eso ocurra y, además, trabajando para que pase lo opuesto: recién después de un año de masacre en Gaza potencias como Francia y Gran Bretaña se animaron a suspender una parte (solo una pequeña parte) del envío de armamento a Tel Aviv, mientras que otras potencias como los Estados Unidos y Alemania siguen avanzando a toda velocidad con el envío de las armas con las que Israel sigue asesinando a civiles en Palestina y también ahora en el Líbano. No existe para nadie la posibilidad de “soltarle la mano” a Israel, no importa la cantidad de crímenes cometidos y tampoco ningún fallo de tribunales internacionales teóricamente autorizados a dar esos fallos. Nadie se mete con Israel.

Y el que se atreva a exponer esta realidad corre el riesgo de verse complicado por el poder judicial, de una o de otra manera, al confundirse nuevamente religión, etnia y política. No faltará el abogado chicanero, agente propio o cooptado por el sionismo israelí, para hacer las denuncias penales del caso por “discriminación” o “antisemitismo” con el solo fin de acallar al díscolo mediante la disciplina que impone la ley. Considerando el estado general de putrefacción e infiltración en el que se encuentra el poder judicial tanto en Occidente como en las colonias, es probable que siempre haya un fiscal dispuesto a darle el gusto a Israel y quizá algún juez sin mucho miramiento a la hora de burlar la ley haciendo “derecho procesal creativo”, es decir, creando figuras legales que no existen. Todo eso es posible, nuevamente, allí donde la legalidad no es una cuestión de justicia, sino de poder. El sionismo israelí tiene todo el poder y evidentemente no dudará en emplearlo para disciplinar a quienes se atrevan a denunciar la maniobra, el truco del diablo mediante el que Israel ataca como Estado, comete crímenes de lesa humanidad como Estado y luego se victimiza como etnia, religión o ambas para disciplinar a los críticos.
La única solución posible al problema es una ilustración generalizada de la opinión pública que quite del tapete los discursos antijudíos y cualquier otra narrativa tendiente a llevar el debate hacia el plano estéril de la religión y de la etnia. Aquí no hay nada de eso. Es irrelevante si detrás de la máscara del Estado confesional, se declare este judío, musulmán o cristiano, se oculta un régimen terrorista y criminal de lesa humanidad. Tampoco importan los criterios étnicos ni culturales. Lo único realmente importante es la política, la lucha por el poder en el Estado con el fin de transformar para bien o para mal la realidad social. La ilustración generalizada de la sociedad es necesaria para evitar que ese poder siga en manos de quienes no están interesados en trabajar por los intereses del pueblo, sino en hacer funcionar la estrategia de una potencia geopolítica cuya finalidad es la dominación mediante la supresión del otro. Mientras esa ilustración no exista el sionismo israelí va a seguir inviabilizando el debate político con el falso argumento de la etnia y de la religión. Y para cuando las mayorías entiendan el truco del diablo ya será lamentablemente muy, muy tarde.
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