#EleNão: “Todo lo harán mis enemigos”

En medio a la psicosis desatada por la performance de Javier Milei en las primarias abiertas, simultáneas y obligatorias (PASO) del pasado 13 de agosto, las fuerzas cambiemitas y frentetodistas se unieron para apuntar sus cañones todos en la misma dirección: la del “libertario”. Y así, creyendo combatirlo, los frentes tradicionales no lograron otra cosa que agrandarlo aún más, colocándolo como virtual ganador de las elecciones en octubre o, a más tardar, en noviembre. Pero los tejemanejes de la ingeniería electoral indican que existe mucho más en el pacto hegemónico de lo que puede suponer la vana filosofía de los militantes, los simpatizantes y los civiles de un modo general. La Argentina se enfrenta a una farsa, aunque desde luego se trata de una muy compleja y sofisticada.
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Sin ser aparentemente provocada ni esperada por nadie, una operación de sentido cuyas consecuencias pueden ser lamentables para el pueblo-nación y la política argentina se lanzó en las redes sociales. Como de la nada misma, apareció la insospechada cantante y actriz Mariana Espósito, más conocida por el alias de “Lali”, lamentando la performance en las primarias internas de uno de los candidatos a la presidencia en las elecciones de este año. “Qué peligroso, qué triste”, expresaba “Lali” Espósito en Twitter la misma noche del 13 de agosto al conocerse que Javier Milei había obtenido alrededor del 30% del favor del electorado en las urnas, superando por algunos puntos y décimas a los otros dos candidatos hegemónicos, Patricia Bullrich y Sergio Massa. Y a partir de esa expresión, que fue presentada como espontánea, se disparó un proceso de instalación en el centro de la escena política de un candidato que hasta aquí había estado más bien al margen.

No satisfecha con ello, “Lali” Espósito habría de redoblar la apuesta algunas horas más tarde, ya en la mañana del lunes posterior a las PASO, calificando a Javier Milei de “anti-derecho” en un nuevo mensaje, también en Twitter, escrito casi en castellano. Espósito ciertamente sentía el sacudón de las repercusiones por su reacción de la noche anterior y trataba de profundizar en su opinión desfavorable respecto a Milei, aunque terminó despertando una furia que hasta ese momento había estado dormida. Por calificar el triunfo mileísta en las PASO de “triste” y “peligroso” y al propio Javier Milei con el confuso epíteto de “anti-derecho”, sin quererlo o queriéndolo, no es fácil asegurarlo, lo que logró Espósito fue prender la mecha de una bomba que en el curso de los siguientes días iba a estallar transformando a Milei en asunto obligado de todas las conversaciones en el país e incluso de algunas en el exterior.

Eso ocurrió cual un fenómeno y corrió como reguero de pólvora por el universo mediático. Espósito inauguraba esa misma noche de domingo, al expresarse abierta e inadvertidamente en contra de Milei, un tipo especial de campaña de difamación que suele dar resultados radicalmente opuestos a los esperados por los incautos que se suben a esas movidas mediáticas creyendo hacer el bien. Sin ir muy lejos en la búsqueda de antecedentes, lo que hizo Espósito con su jeroglífico tuit fue poner en situación de “ele não” (“él no”, literalmente, en portugués) al progresismo biempensante que se considera a sí mismo moralmente superior por su activismo —en rigor, su “virtue signaling” o postureo ético— en las causas de ideología de género, garantismo, abortismo, racismo y los demás temas de la agenda globalista de Occidente. La progresista, feminista y abortista “Lali” Espósito importó de Brasil con un tuit la consigna que se utilizara allí en las elecciones de 2018 y que finalmente arrojó resultados nefastos para quienes la impulsaron, al menos teóricamente.

La cantante infanto-juvenil Mariana Espósito, vulgarmente conocida como “Lali”, aquí animando la fiesta callejera gay del “orgullo”. La adhesión de Espósito al “progresismo” del colorinche es notoria y probablemente esa orientación ideológica la haya motivado a embestir en Twitter contra el candidato más votado en las PASO. Milei es percibido por propios y extraños como “conservador” y eso para los “progres” —quienes consideran que los “derechos” son una cuestión identitaria— es “peligroso y triste”.

El malogrado “ele não” fue el grito de guerra del progresismo brasileño ese año contra un Jair Bolsonaro que para ese momento tenía poco más del 20% de la intención de voto en las encuestas. De manera muy sospechosa, al lanzar la consigna al debate de lo público, el progresismo solito catapultó a Bolsonaro en las encuestas, puso en el centro de la escena a un marginal y finalmente lo hizo ganar las elecciones de 2018 en Brasil con cómodos 12 puntos de ventaja contra el candidato progresista Fernando Haddad, quien por lo demás llevaba en su fórmula como candidata a vicepresidente a una comunista e inveterada feminista como Manuela D’Ávila, lo que suele decirse un verdadero clavo. Bolsonaro obtuvo entonces un 55,13% final, burlándose de sus detractores con un “él sí” que se impuso claramente en las urnas. El resultado de la campaña de difamación del progresismo brasileño contra Jair Bolsonaro, como se ve, fue diametralmente opuesto al deseo expresado en su principal consigna.

A la luz de los resultados y ya en frío, a casi cinco años de aquello, es posible concluir hoy que probablemente no haya sido el “ele não” lo que hizo ganar a Jair Bolsonaro, pues la sociedad de Brasil ya tendía a optar por un cambio después de cuatro elecciones ganadas por el Partido de los Trabajadores (PT) desde el año 2002 y al parecer iba a elegir a otro de todas formas. Pero no es menos cierto que el progresismo “subió al ring” a Bolsonaro al señalarlo como el enemigo, le dio una centralidad que el exmilitar no tenía ni podría tener sin ayuda. Y sobre esa centralidad Bolsonaro pudo construir de allí en más su triunfo electoral. Está claro que la victoria de Bolsonaro se da más por el deseo de cambio de la mayoría de los brasileños que por el “ele não”, aunque es a partir de eso que se posiciona como la representación concreta de dicho cambio.

Una de las marchas de las “mujeres contra Bolsonaro”, de las que surgió la nefasta consigna del “ele não”. Esta santa alianza entre militantes de la ideología de género, de la supremacía racial “marrón” y de las “diversidades” terminó catapultando a Bolsonaro en las encuestas, lugar desde el que el excapitán del Ejército no iba a bajarse. El electorado no dudó al ver que toda la militancia minoritaria, intensa y piantavotos se manifestaba en contra. Las mayorías entendieron mediante la psicología inversa que Bolsonaro iba a representar sus intereses y eso fue decisivo en las elecciones de Brasil en 2018.

Tan fuertes fueron las expresiones de rechazo a su personaje por parte de los progresistas del PT y tan enrarecido quedó el clima político en Brasil en la previa de las elecciones que, al producirse los extraños eventos del atentado perpetrado en su contra a cuatro semanas de la primera vuelta electoral, en septiembre de 2018, Bolsonaro se ubicó automáticamente como el favorito para ganar esas elecciones y de ahí nunca más se bajó, aun estando durante semanas internado e impedido de hacer campaña. Bolsonaro se acostó a observar cómo la opinión pública de Brasil atribuía el atentado en su contra al odio expresado por los militantes del PT e incluso cómo acusaba a esos militantes de haber sido responsables directos o incitadores del lamentable hecho. Y así ganó las elecciones desde la cama del hospital, prácticamente sin hacer nada en la recta final de la campaña y, lo más importante, sin tener que dar la cara en los debates.

Es una operación lógica de las más sencillas el conectar como causa y efecto los ataques verbales y las expresiones despectivas con un atentado cometido a posteriori de esas diatribas. De hecho, ese es el razonamiento que utiliza el viejo kirchnerismo para explicar el intento de magnicidio contra Cristina Fernández por la campaña de difamación mediática contra esta dirigente, razón por la que nadie debería sorprenderse de que el “ele não” haya dado a Bolsonaro la centralidad primero y luego la coartada ideal para victimizarse frente a la opinión pública y triunfar en el rol del mártir. La diferencia entre los dos casos es que Cristina Fernández ya estaba en el ocaso de su carrera política y con dos décadas de desgaste sobre su figura al momento de tener un arma apuntada contra su cabeza, mientras que Bolsonaro era una total novedad, un recién nacido para la política, al ser apuñalado en medio a una multitud durante un acto partidario.

Además de ser un dirigente absolutamente despojado de carisma y brillo propio, Fernando Haddad no tuvo mejor idea que hacerse acompañar en la fórmula por una feminista y comunista de clase media pequeñoburguesa como Manuela D’Ávila. Entre esa expresión trotskista bien agradable al paladar de las minorías ideologizadas y el “ele não”, el Partido de los Trabajadores le regaló a Bolsonaro el triunfo electoral. ¿Impericia, estupidez o la inconfesable intencionalidad de jugar a perder? Tal vez algún día el enigma pueda descifrarse.

Así es Javier Milei hoy en la Argentina. Para que se tenga una idea de qué tan corta es la trayectoria del mal llamado “libertario”, bastará con observar que en 2018, mientras Bolsonaro era electo presidente de Brasil, Milei todavía hacía payasadas en televisión. Milei es incluso mucho más “outsider” que el mismísimo Bolsonaro, quien ya había tenido varios mandatos de diputado nacional antes de ser candidato a presidente y ganar esas elecciones. Milei llega con una frescura que quizá mejor se compara a la Donald Trump en las elecciones de los Estados Unidos en 2016 y el progresismo argentino no tiene mejor idea que darle centralidad a semejante “outsider”, señalándolo como el enemigo, como el mal absoluto y ubicándolo directamente en el centro de la escena política.

La expresión de “Lali” Espósito que funcionó como el disparador del proceso ciertamente responde a un rechazo a la parte del discurso de Milei en la que el “libertario” se opone a la ideología de género, al “progresismo” desde un “conservadurismo” también entre muchas comillas al tener todo el aspecto de ser impostado. Milei es en realidad tan “progre” como puede ser cualquiera de los demás candidatos pues responde a los mismos poderes fácticos que impulsan la agenda dicha “progresista” en todo el mundo, pero al señalar su intención de cerrar un ministerio que Alberto Fernández había creado para contener a la militancia de los pañuelos de colores, es probable que Espósito haya visto en Milei la representación del mal y que, por ello, se haya sentido compelida a expresar en las redes sociales ese horror.


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