Sin ser aparentemente provocada ni esperada por nadie, una operación de sentido cuyas consecuencias pueden ser lamentables para el pueblo-nación y la política argentina se lanzó en las redes sociales. Como de la nada misma, apareció la insospechada cantante y actriz Mariana Espósito, más conocida por el alias de “Lali”, lamentando la performance en las primarias internas de uno de los candidatos a la presidencia en las elecciones de este año. “Qué peligroso, qué triste”, expresaba “Lali” Espósito en Twitter la misma noche del 13 de agosto al conocerse que Javier Milei había obtenido alrededor del 30% del favor del electorado en las urnas, superando por algunos puntos y décimas a los otros dos candidatos hegemónicos, Patricia Bullrich y Sergio Massa. Y a partir de esa expresión, que fue presentada como espontánea, se disparó un proceso de instalación en el centro de la escena política de un candidato que hasta aquí había estado más bien al margen.
No satisfecha con ello, “Lali” Espósito habría de redoblar la apuesta algunas horas más tarde, ya en la mañana del lunes posterior a las PASO, calificando a Javier Milei de “anti-derecho” en un nuevo mensaje, también en Twitter, escrito casi en castellano. Espósito ciertamente sentía el sacudón de las repercusiones por su reacción de la noche anterior y trataba de profundizar en su opinión desfavorable respecto a Milei, aunque terminó despertando una furia que hasta ese momento había estado dormida. Por calificar el triunfo mileísta en las PASO de “triste” y “peligroso” y al propio Javier Milei con el confuso epíteto de “anti-derecho”, sin quererlo o queriéndolo, no es fácil asegurarlo, lo que logró Espósito fue prender la mecha de una bomba que en el curso de los siguientes días iba a estallar transformando a Milei en asunto obligado de todas las conversaciones en el país e incluso de algunas en el exterior.
Eso ocurrió cual un fenómeno y corrió como reguero de pólvora por el universo mediático. Espósito inauguraba esa misma noche de domingo, al expresarse abierta e inadvertidamente en contra de Milei, un tipo especial de campaña de difamación que suele dar resultados radicalmente opuestos a los esperados por los incautos que se suben a esas movidas mediáticas creyendo hacer el bien. Sin ir muy lejos en la búsqueda de antecedentes, lo que hizo Espósito con su jeroglífico tuit fue poner en situación de “ele não” (“él no”, literalmente, en portugués) al progresismo biempensante que se considera a sí mismo moralmente superior por su activismo —en rigor, su “virtue signaling” o postureo ético— en las causas de ideología de género, garantismo, abortismo, racismo y los demás temas de la agenda globalista de Occidente. La progresista, feminista y abortista “Lali” Espósito importó de Brasil con un tuit la consigna que se utilizara allí en las elecciones de 2018 y que finalmente arrojó resultados nefastos para quienes la impulsaron, al menos teóricamente.

El malogrado “ele não” fue el grito de guerra del progresismo brasileño ese año contra un Jair Bolsonaro que para ese momento tenía poco más del 20% de la intención de voto en las encuestas. De manera muy sospechosa, al lanzar la consigna al debate de lo público, el progresismo solito catapultó a Bolsonaro en las encuestas, puso en el centro de la escena a un marginal y finalmente lo hizo ganar las elecciones de 2018 en Brasil con cómodos 12 puntos de ventaja contra el candidato progresista Fernando Haddad, quien por lo demás llevaba en su fórmula como candidata a vicepresidente a una comunista e inveterada feminista como Manuela D’Ávila, lo que suele decirse un verdadero clavo. Bolsonaro obtuvo entonces un 55,13% final, burlándose de sus detractores con un “él sí” que se impuso claramente en las urnas. El resultado de la campaña de difamación del progresismo brasileño contra Jair Bolsonaro, como se ve, fue diametralmente opuesto al deseo expresado en su principal consigna.
A la luz de los resultados y ya en frío, a casi cinco años de aquello, es posible concluir hoy que probablemente no haya sido el “ele não” lo que hizo ganar a Jair Bolsonaro, pues la sociedad de Brasil ya tendía a optar por un cambio después de cuatro elecciones ganadas por el Partido de los Trabajadores (PT) desde el año 2002 y al parecer iba a elegir a otro de todas formas. Pero no es menos cierto que el progresismo “subió al ring” a Bolsonaro al señalarlo como el enemigo, le dio una centralidad que el exmilitar no tenía ni podría tener sin ayuda. Y sobre esa centralidad Bolsonaro pudo construir de allí en más su triunfo electoral. Está claro que la victoria de Bolsonaro se da más por el deseo de cambio de la mayoría de los brasileños que por el “ele não”, aunque es a partir de eso que se posiciona como la representación concreta de dicho cambio.

Tan fuertes fueron las expresiones de rechazo a su personaje por parte de los progresistas del PT y tan enrarecido quedó el clima político en Brasil en la previa de las elecciones que, al producirse los extraños eventos del atentado perpetrado en su contra a cuatro semanas de la primera vuelta electoral, en septiembre de 2018, Bolsonaro se ubicó automáticamente como el favorito para ganar esas elecciones y de ahí nunca más se bajó, aun estando durante semanas internado e impedido de hacer campaña. Bolsonaro se acostó a observar cómo la opinión pública de Brasil atribuía el atentado en su contra al odio expresado por los militantes del PT e incluso cómo acusaba a esos militantes de haber sido responsables directos o incitadores del lamentable hecho. Y así ganó las elecciones desde la cama del hospital, prácticamente sin hacer nada en la recta final de la campaña y, lo más importante, sin tener que dar la cara en los debates.
Es una operación lógica de las más sencillas el conectar como causa y efecto los ataques verbales y las expresiones despectivas con un atentado cometido a posteriori de esas diatribas. De hecho, ese es el razonamiento que utiliza el viejo kirchnerismo para explicar el intento de magnicidio contra Cristina Fernández por la campaña de difamación mediática contra esta dirigente, razón por la que nadie debería sorprenderse de que el “ele não” haya dado a Bolsonaro la centralidad primero y luego la coartada ideal para victimizarse frente a la opinión pública y triunfar en el rol del mártir. La diferencia entre los dos casos es que Cristina Fernández ya estaba en el ocaso de su carrera política y con dos décadas de desgaste sobre su figura al momento de tener un arma apuntada contra su cabeza, mientras que Bolsonaro era una total novedad, un recién nacido para la política, al ser apuñalado en medio a una multitud durante un acto partidario.

Así es Javier Milei hoy en la Argentina. Para que se tenga una idea de qué tan corta es la trayectoria del mal llamado “libertario”, bastará con observar que en 2018, mientras Bolsonaro era electo presidente de Brasil, Milei todavía hacía payasadas en televisión. Milei es incluso mucho más “outsider” que el mismísimo Bolsonaro, quien ya había tenido varios mandatos de diputado nacional antes de ser candidato a presidente y ganar esas elecciones. Milei llega con una frescura que quizá mejor se compara a la Donald Trump en las elecciones de los Estados Unidos en 2016 y el progresismo argentino no tiene mejor idea que darle centralidad a semejante “outsider”, señalándolo como el enemigo, como el mal absoluto y ubicándolo directamente en el centro de la escena política.
La expresión de “Lali” Espósito que funcionó como el disparador del proceso ciertamente responde a un rechazo a la parte del discurso de Milei en la que el “libertario” se opone a la ideología de género, al “progresismo” desde un “conservadurismo” también entre muchas comillas al tener todo el aspecto de ser impostado. Milei es en realidad tan “progre” como puede ser cualquiera de los demás candidatos pues responde a los mismos poderes fácticos que impulsan la agenda dicha “progresista” en todo el mundo, pero al señalar su intención de cerrar un ministerio que Alberto Fernández había creado para contener a la militancia de los pañuelos de colores, es probable que Espósito haya visto en Milei la representación del mal y que, por ello, se haya sentido compelida a expresar en las redes sociales ese horror.
También es una hipótesis corroborable la de que el propio progresismo haya usado a Espósito en una operación cuyos objetivos más evidentes podrían ser dos: hacer crecer a Milei para sacar del juego a Patricia Bullrich, ubicando a Massa junto al “libertario” en un ballotage soñado contra un enemigo ideal y, por otra parte, agitar el fantasma de la represión sin el que los progresistas no saben ni pueden vivir. Sin el martirio a manos de los conservadores que cierran clínicas de aborto y ministerios de género —al menos discursivamente, pues aún ganando las elecciones es poco probable que Milei pueda hacer algo de eso—, sin esa opresión simbólica el progresismo no puede victimizarse y deja de tener sentido su propia existencia, puesto que toda su narrativa está basada en el victimismo más vulgar. Entonces es probable que Espósito haya sido cooptada por sus amigos “progres” para tuitear en contra de Milei y ponerlo en la centralidad mediática de la política como por arte de magia.

No es descabellada la hipótesis y menos si se tiene en cuenta la posibilidad de que a Espósito la hayan “cebado” sus amistades en la política, entre las que se encuentra la de Ofelia Fernández, notoria activista del globalismo de las corporaciones en Argentina. Y si se corroborara esta hipótesis, entonces estaríamos en presencia de una operación de sentido en la que el massismo deliberadamente “sube al ring” a Milei tanto para eliminar inteligentemente a Patricia Bullrich de la carrera electoral como para darle al propio Massa la posibilidad de ir a un ballotage contra un candidato que desde el vamos ya se instala como inviable por sus opiniones extremas y su aspecto de bufón. Es una estrategia que el kirchnerismo ya había intentado en las elecciones del año 2015 y que pudo haber funcionado de haber puesto la tropa un poco más de, digamos, entusiasmo en la campaña de Daniel Scioli.
Sergio Massa está convencido de que ese entusiasmo va a existir en estas elecciones, sobre todo y precisamente porque en esta ocasión el enemigo elegido es verdaderamente un espanto para los pacatos. Macri tenía muchas limitaciones y sin lugar a duda era entonces y sigue siendo hoy un tilingo y un chabacano, pero supo asesorarse bien a lo largo de la campaña hasta moderar el discurso, mejorar la imagen y aparecer presentable para el gusto de la mitad más uno del electorado que finalmente lo votó. El massismo, por lo visto, confía en que Milei no podrá hacer lo mismo y que al momento de tomar la decisión la mayoría de los argentinos va a espantarse del “loco” gritón que aparece como alternativa y va a optar silenciosamente en el cuarto oscuro por el candidato clásico y teóricamente más estable, que es el mismísimo Massa.

De corroborarse la hipótesis de la operación de instalación de Javier Milei por parte de su supuesto enemigo, tendríamos hasta aquí el “fenómeno” de un candidato marginal que se instala en el centro de la escena, pero no por sus propios medios. Son el “ele não” y la puñalada artera, el atentado de falsa bandera, son cosas que otros hacen para que un tercero tenga centralidad allí donde naturalmente no debió tenerla. Y si a esto se le suman la sospecha de que Massa “esponsorea” y provee de cuadros políticos a Milei y el extraño comportamiento de los fiscales electorales de Unión por la Patria, que en todo el país cuidaron los votos del “libertario” en las PASO del 13 de agosto, se obtiene como resultado final una configuración de ingeniería electoral en la que Milei funciona como una herramienta de Massa para eliminar del juego electoral a Juntos por el Cambio, de mínima.
Puede ser conspiranoia, no hay duda. Pero las señales son muy fuertes y muy fuerte también es la motivación para semejante maniobra. Nadie hesitaría en asentir a la afirmación de que Unión por la Patria tenía todos los boletos comprados para perder en primera vuelta y por paliza frente a un candidato cambiemita, sea el que fuere, en un mano a mano. ¿Por qué? Básicamente porque Unión por la Patria es el Frente de Todos, es la alianza electoral de un gobierno fracasado, absolutamente quebrado, en retirada y con un país económica y socialmente en llamas. De seguir apostando por la polarización yendo a elecciones contra un candidato de Juntos por el Cambio lo más probable es que Massa o cualquier otro frentetodista saldría de la contienda vapuleado en primera vuelta, sin atenuantes.
Entonces eso no podía ser así, no debía haber ningún mano a mano con los cambiemitas. Y la forma de evitar ese mano a mano fue precisamente haciendo entrar al juego a un tercero, a una tercera fuerza que le reste votos al enemigo frontal hasta privarlo a este de los votos necesarios para llegar al ballotage. Unión por la Patria retiene mediante la extorsión los votos del kirchnerismo (con tan solo agitar el viejo e infalible fantasma de la vuelta de la “derecha”), los votos del massismo de siempre y alguno que otro incauto espantado de las alternativas. Y mientras eso pasa, Milei y Patricia Bullrich se reparten los votos restantes, dando como resultado que solo uno de ellos accede al ballotage. No es otra cosa que el antiquísimo “divide y reinarás”, es cosa más vieja que la injusticia y aun así a los civiles en general les resulta imposible adivinar el truco.

Razón por la que el truco funciona, por supuesto. La ingeniería electoral es efectiva porque las mayorías no son capaces de ver cómo funcionan los engranajes de máquina, no miran la máquina por dentro ni les interesa. La opinión pública generalmente cree que hay una lucha legítima librándose frente a sus ojos, cree en esas simulaciones. Y es así cómo los electores de Milei van a sostener el entusiasmo hasta el final en su inocente fe de que el “libertario” es un fenómeno electoral genuino e incluso un mesías. Nadie ve que, a cambio del privilegio de pertenecer a la “casta”, de entrar al juego de los dirigentes, Milei juega un rol muy específico en la estrategia de otros, de quienes tienen el poder para dejarlo entrar al club.
Se dice que en las postrimerías del golpe de 1955 que lo derrocó, alguna vez al General Perón le hicieron la siguiente pregunta: “¿Qué piensa hacer Ud. para volver al gobierno?”. Y Perón, con esa sabiduría y ese conocimiento del sentido común del pueblo-nación argentino que lo caracterizaban, habría contestado de la siguiente forma: “Nada, no haré nada. Todo lo harán mis enemigos por mí”. Perón ya sabía en 1955, al irse al exilio, que la violencia, las prohibiciones, la proscripción y demás maldades gorilas iban a terminar por convencer al pueblo de que el peronismo era poco menos redentor que el mismísimo cristianismo. Es la psicología inversa, es lo que está inscrito en la naturaleza del hombre: todo lo que se prohíbe y/o se señala como el mal tiende a tener una deseabilidad creciente en el tiempo.
De manera análoga funciona la ingeniería electoral del frentetodismo para instalar a Milei, salvando obviamente las enormes distancias entre estos, Perón y los enemigos de Perón. La sola existencia de Milei opera sobre la conciencia de los electores de Juntos por el Cambio como una alternativa mejor, menos tibia, al alcance de la mano. Pero hay más. El cambiemita es, como se sabe, fundamentalmente un antikirchnerista, es alguien que dice querer un “cambio” y en realidad desea la destrucción del kirchnerismo que, en su percepción, lo viene oprimiendo hace dos décadas. Y por esa razón el cambiemita tiende a votar siempre al candidato que el kirchnerismo señale como el enemigo e incluso puede dejar de ser cambiemita —pasándose al mileísmo o a cualquier otro “ismo” subsidiario del antikirchnerismo— si eso se requiere para la concreción de su deseo.

Por eso Milei no hizo ni hace nada para aparecer como ganador de las PASO con el 30% de los votos, todo lo hacen por él sus enemigos. Cuando “Lali” Espósito dispara el “ele não” en su contra, cuando los payasos provocadores gritan en Twitter y en los medios “amigos” que Milei va a arrasar con los “derechos” y cuando toda la intelectualidad biempensante dice con buenos modales que Milei es “peligroso”, lo único que están haciendo es aumentar artificialmente la deseabilidad sobre su figura. Muchos de estos agentes de la hegemonía en el plano de la cultura no entienden lo que hacen, son idiotas útiles, aunque algunos de ellos están programados y bien pagados para hacerlo. Sea como fuere, mientras todo lo que tenga olor a “casta” rentada con dinero de los impuestos siga gritando que “Milei no”, la tendencia es que la mayoría sea cada vez más numerosa en el grito al unísono de “Milei sí”.
Eso fue lo que pasó con Jair Bolsonaro en Brasil y ha pasado innumerables veces a lo largo de la historia, no es difícil de entenderlo si la perspectiva histórica media en el análisis. Milei no hace nada en absoluto, apenas hizo algo de campaña hasta las PASO. Un informe del diario Mendoza Online reveló en la semana posterior al 13 de agosto cuánto gastaron los candidatos para hacer publicidad proselitista en las redes sociales de Meta (Instagram, Facebook y WhatsApp) y en Google. La observación de los resultados arroja que Milei no gastó un solo peso en eso. ¿Para qué habría de hacerlo, si sus enemigos todo lo hacen por él difundiendo hasta el infinito cada palabra, cada gesto, cada imagen y cada discurso del mal llamado “libertario”? Un meme es un meme, es consumo irónico. Y es consumo al fin, porque la mala propaganda no existe.

Con sus medios de comunicación y sus provocadores de las redes sociales, tanto Juntos por el Cambio como Unión por la Patria están instalando día a día a Milei como alternativa para quienes atribuyen el fracaso económico y el descalabro social a esas dos fuerzas políticas, las que gobernaron el país en las últimas dos décadas. ¿No es acaso una obviedad ululante? Al hablar todo el día de Milei y de ningún otro asunto que no sea Milei, lo que logran cambiemitas y frentetodistas es comunicarle a la sociedad que entre ambos hay algo en común y es que ninguna de las dos fuerzas quiere que Milei sea presidente después del 10 de diciembre de este año. Y ahí se configura y se materializa, precisamente, que la “casta tiene miedo” al presentir que va a perder sus privilegios si Milei gana las elecciones. Es el discurso de Milei confirmado y transformado en una narrativa perfecta que cierra por todos lados.
Las razones por las que cambiemitas y frentetodistas hacen campaña por Milei con la psicología inversa son, no obstante, diametralmente opuestas. A los cambiemitas los mueve un interés desesperado que surge del más básico instinto de supervivencia: el cambiemismo entendió ya en la noche del domingo 13 de agosto que la ganadora de la interna amarilla no iba a tener demasiadas razones para celebrar nada en absoluto. La expresión apesadumbrada de Patricia Bullrich al hablar frente a sus fanáticos luego de derrotar a Horacio Rodríguez Larreta es muy reveladora de ello: Bullrich supo allí que Milei le había quitado demasiados votos, que por ello quedaba marcada la tendencia de seguir desangrándose hasta la primera vuelta del 22 de octubre y no llegar al ballotage. Entonces los cambiemitas hablan todo el día de Milei a ver si logran disuadir a sus propios electores de lo que esos electores están a punto de hacer, que es abandonar el barco amarillo para embarcarse en la nave “libertaria”.
El frentetodismo de Unión por la Patria, por el contrario, habla todo el día de Milei y no hace otra cosa que eso precisamente para señalarlo como el enemigo y hundir a los cambiemitas, quienes habrían ganado las elecciones más fáciles de la historia de no haber existido un Milei. Pero Milei existe, el frentetodismo lo infla y, de haberse visto como ganadores de las elecciones sin despeinarse, los cambiemitas están ahora al borde de quedar terceros y no llegar ni siquiera a la segunda vuelta. Es el milagro de la ingeniería electoral que los amarillos no vieron venir, no supieron, no pudieron o no quisieron adelantarse a Massa cooptando primero a Milei. Massa les ganó de mano, hizo los acuerdos del caso con el “libertario” y ahora Juntos por el Cambio corre el riesgo no solo de no acceder al poder político en el Estado, pero además de perder el liderazgo opositor.

No es moco de pavo, porque si Massa y Milei pasan al ballotage, sin importar quién gane finalmente en noviembre, los roles de oficialismo y de oposición quedarán definidos entre el mileísmo y el massismo, que renació de las cenizas cual ave fénix con el advenimiento de Milei. Los cambiemitas serán la nada, en un escenario así no serán oficialismo ni oposición, sino un mero furgón de cola del que pierda la final entre Massa y Milei y en consecuencia deberán arrastrarse indignamente para sostener algunas de sus prebendas, a las que sus cuadros se habían acostumbrado a disfrutar. En una palabra, para una Patricia Bullrich que se vio sentada en el sillón presidencial al derrotar a Rodríguez Larreta en la interna quedará la sola opción triste de “ir al pie” de Massa o de Milei después del 10 de diciembre.
Todo eso es catastrófico en la dinámica del poder, es algo aún más grave que una derrota electoral común y silvestre. Quedar afuera de la definición de los roles de oficialismo y oposición en un sistema dual hasta sus cimientos es la garantía de errar por la política como un “sin tierra”, sin lugar en el Estado para acomodar a las legiones de militantes rentados que hacen funcionar a la fuerza política con la organicidad de un partido. Si finalmente Milei pierde la definición frente a Massa y accede a “contener” a algunos militantes cambiemitas en las estructuras del Estado destinadas a ocuparse por el líder de la oposición, esa “contención” será en rigor la absorción de esos cuadros para su transformación inmediata en “libertarios”. El que paga, manda, es el jefe. Y el viejo jefe deja de serlo. Es la propia dialéctica de la naturaleza y el cambiemismo hoy mira hacia el abismo de su propia disolución.
Victimizarse es la tarea
Todo por una maniobra de ingeniería electoral, así de cínico es el sistema llamado “democrático” en el que el elector elige entre limitadísimas opciones con su voto al que gana, aunque también elige al que pierde y se acomoda como opositor y hasta elige a los que van a quedar al margen del juego en lo sucesivo. Pero el verdadero cinismo del sistema solo se muestra en todo su esplendor cuando la ingeniería electoral se utiliza para su fin último: el de convertir en farsa aquello que generalmente se percibe como un drama. Es en situaciones como la actual, en la que los supuestos enemigos se asocian para forjar un resultado electoral, donde el elector con su voto no elige nada en absoluto. He ahí la definición más acabada del pacto hegemónico, la de una simulación con el objetivo de construir un proyecto político mucho más allá de la voluntad de los electores.

Eso es lo que pasa en la actualidad con una oferta electoral absolutamente copada por candidatos que, de una manera o de otra, responden a intereses inconfesables. De movida, ya en el armado de las listas de candidatos, el poder ubicó a sus agentes en todas las fórmulas hegemónicas —las que, por lo general, se llevan el 90% de los votos y más— y ganó las elecciones más allá del resultado de las urnas. Ahí tenemos esa definición según la que en el sistema mal llamado “democrático” el elector nunca vota al candidato que quiere, sino al candidato que hay a partir de una elección previamente realizada por el poder real: la de los candidatos, de las “opciones” que va a tener el elector al entrar a votar en el cuarto oscuro.
Muy oscuro se pone por cierto el panorama si se tiene en cuenta esa realidad y además si se ve que, en este caso específico, el de las elecciones de 2023 en Argentina, las elecciones ya están definidas de antemano. De darse la lógica y de triunfar Sergio Massa en su estrategia de ingeniería electoral, gana el poder fáctico al que Massa representa. Pero lo mismo ocurre en el hipotético caso de un triunfo de Patricia Bullrich o de Javier Milei, aunque los civiles crédulos e incautos vean en el “libertario” un “outsider” verdadero o una especie de mesías. No hay mesías, todos los implicados juegan el juego del poder con cada uno de ellos tocando el instrumento que se les asignó a los peones. Y la cuestión se resume en tratar de comprender qué instrumento toca cada uno, cómo funciona cada personaje en la ingeniería electoral.
Esa comprensión es dificultosa porque está contaminada por la acción de los comentaristas de la política en los medios de comunicación, quienes hacen análisis más bien básicos. Pero dichos análisis no son básicos porque los comentaristas no sepan lo que pasa o sean incapaces de adivinar la maniobra de la hegemonía haciendo un drama de una farsa electoral. Los comentaristas de la realidad están comprometidos con la hegemonía, tienen cabida en los medios de comunicación y se les paga muy bien por ello, siempre y cuando sus conclusiones sean funcionales a la estrategia. Y así es cómo los analistas de la política terminan haciendo el comentario sobre un juego de damas cuando el juego, en realidad, es de ajedrez y en varias dimensiones. Los comentaristas de la realidad, en una palabra, existen para confundir y no para aclarar.

Entonces Javier Milei aparece como un “fenómeno” inesperado que amenaza con atropellar a los candidatos de las fuerzas tradicionales, alguien que no está en el “tongo” y llega con la misión divina de echar a los mercaderes del templo. Por lo general, con pocas honrosas excepciones, ese es el “análisis” de la realidad que hacen los comentaristas, omitiendo adrede que Milei ha incorporado a su fuerza política recién nacida a una enorme cantidad de cuadros del massismo, que tuvo la ayuda de los fiscales de Unión por la Patria en el escrutinio del 13 de agosto —puesto que, al no tener el respaldo de una fuerza política propia, numerosa y arraigada en el territorio, debe recibir la ayuda de otros para evitar que le roben los votos durante los comicios y en el conteo— y que, finalmente, dirige su diatriba casi exclusivamente contra la candidata de Juntos por el Cambio, Patricia Bullrich, evitando embestir duramente contra Sergio Massa.
El que sabe que los comentaristas de la realidad trabajan para la hegemonía y por eso no les cree ve claramente que Milei y Massa juegan en tándem, como decíamos anteriormente, con un objetivo de mínima que es eliminar de la carrera electoral a Juntos por el Cambio, impedir que esta parcialidad tenga la posibilidad de ganar las elecciones y quede fuera de carrera ya en la primera vuelta electoral. ¿Qué pasaría, no obstante, si hubiera en la alianza entre Massa y Milei unos objetivos de máxima que no se nos permite conocer a los que no estamos sentados en la mesa chica? ¿Qué pasaría si los fiscales de Unión por la Patria siguieran cuidando los votos de Milei en octubre y en noviembre, de haber un noviembre? ¿Y si en realidad Milei no existe solo como un ariete anticambiemista en el corto plazo, sino también como un chivo expiatorio para toda la política en el mediano plazo?
Esa es la hipótesis contrabandeada por ese verdadero agente de inteligencia y espionaje que es Horacio Verbitsky. En su blog, al que llama graciosamente “Cohete a la Luna”, Verbitsky publicaba el 7 de mayo pasado una nota cuyo título es El dólar y la peluca (en clara referencia al “raro peinado nuevo” de Milei) y que empieza con un diálogo entre Sergio Massa y Horacio Rodríguez Larreta, diálogo que según Verbitsky el primero niega y el segundo confirma. En la conversación, Massa y Rodríguez Larreta negociaban el resultado de las elecciones y una de las posibilidades barajadas (por Massa) era la de un triunfo de Milei, de un gobierno mileísta de tres meses que finalizaría con un estallido, un país incendiado y finalmente un “volvemos nosotros” después de todo eso.

Conviene preguntarse por qué habría Verbitsky, un notorio mentiroso, de inventarse y luego publicar semejante diálogo para revelar que Massa tiene entre sus posibilidades la de dejar ganar a Javier Milei para que la bomba de un estallido económico y social le explote entre las manos al “libertario” y luego “hacerse cargo” de lo quede de ese trance, cual salvador de la patria. ¿Por qué Verbitsky haría eso? Es necesario mucho, muchísimo cui bono si lo que se quiere es desentrañar este enigma. ¿Y si el diálogo entre Horacio Rodríguez Larreta y Sergio Massa, que son amigos de toda la vida, finalmente fuera cierto? Pues estaríamos frente a la demostración cabal de la farsa de unas elecciones en las que “ganar” o “perder” no necesariamente significan literalmente lo que cada uno de los términos expresa.
Sería la manifestación más escandalosa del pacto hegemónico con la política haciendo el cálculo de lo que les conviene a los dirigentes de acuerdo con el escenario real, el que no se ve en los canales de noticias ni en el discurso de los candidatos. En dicho escenario la cuestión fundamental es la siguiente: ¿Hemos pasado o no el punto de no retorno, después del que el abismo deja de ser evitable? ¿La economía argentina puede todavía repararse sin mediar un estallido que la ponga en “default”, en un sentido de barajar y dar de nuevo dinamitando todo el edificio, o eso ya no es no posible y dicho “default” es una condición ineludible, cada vez más urgente?

Se trata de la propia cuestión existencial, en cuya respuesta está implícito el resultado de las elecciones en octubre o en noviembre. De ser cierto que el fracaso de la gestión económica en la última década ha llegado a su límite y el ciclo se cerró —en la Argentina posterior a la dictadura cívico-militar de 1976/1983 los ciclos se cierran con estallidos—, entonces estaremos frente a un escenario en el que los cambiemitas y los frentetodistas no inflan a Milei por las razones anteriormente expuestas en este texto, que son las de un prosaico cálculo electoral. Nada de eso. Si la economía argentina ya no tiene arreglo y es preciso dinamitarla, entonces las fuerzas políticas tradicionales del país están directamente poniéndole la banda y el bastón presidencial a un chivo expiatorio. Y ese “cabeza de turco” es Javier Milei.
Por lo tanto, en la hipótesis de la que las reformas económicas sean ya un caso perdido a esta altura, Milei no sería para el pacto hegemónico un vulgar instrumento para arruinar a Juntos por el Cambio, objetivo menor si los hay. Milei sería la herramienta de la hegemonía para llevar a cabo una demolición sin que caiga en la volteada la propia hegemonía, es decir, sería una especie de Jorge Remes Lenicov magnificado, ampliado y sentado directamente en el sillón presidencial. Y no para hacer una puntual devaluación asimétrica que permita salir de un laberinto coyuntural, como lo fue el de la convertibilidad en el año 2002, sino para la destrucción de la totalidad de un sistema que, al parecer, no va más. Milei vendría a resolver el problema a garrotazos.
“En tres meses incendia el país y volvemos nosotros”, habría dicho Massa en su diálogo con Rodríguez Larreta, según el relato de Verbitsky. ¿A quiénes se refiere Massa cuando dice “nosotros”? ¿A su socio y amigo Rodríguez Larreta y a él mismo, de un modo acotado? ¿O, en un sentido más amplio, a toda la “casta” política que Javier Milei supuestamente denuncia? ¿Quiénes son los que van a volver cubiertos de gloria, habiendo tenido la razón y por lo tanto con autoridad tras un estallido económico para “arreglar” la situación en un país que solo tenderá a expandirse económicamente durante varios años al hilo a partir de dicho estallido? Si Milei va a jugar un rol que sería la suma de Remes Lenicov y Duhalde, pero además amplificado, ¿quién será el Néstor Kirchner del nuevo ciclo de prosperidad posterior a la catástrofe?

Por eso es probable que “ganar” y “perder” las elecciones en un escenario así no sean una cosa literal. Milei “ganaría”, lo harían “ganar” en las urnas, pero “perdería” —tampoco pierde nada, puesto que será bien recompensado por la hegemonía por los servicios prestados—, mientras que los “perdedores”, ese “nosotros” en las palabras que Verbitsky atribuye a Massa, serían al fin los verdaderos ganadores al no quedarse pegados con las consecuencias del fracaso de su propia gestión económica en una década y, más aún, teniendo la posibilidad de volver al cabo de unos pocos meses gritando: “¿Vieron que teníamos la razón? Uds. votaron al loquito pese a que nosotros advertimos que era peligroso. Ahora dennos todo el poder y tengan paciencia, nosotros vamos a arreglar este lío”. Y queda hecha la demolición de un sistema con la preservación de la hegemonía que lo creó y lo sostuvo.
Bien mirada la cosa, se trata de una situación de “ganar-ganar” para los que aparecen erróneamente como los “perdedores” de una elección así, todos ganan algo si Milei es realmente el chivo expiatorio de una década perdida y viene a “gobernar” por unos meses tan solo para detonar una bomba cuya mecha ya está cortísima e irse en helicóptero, echado por los mismos que lo votaron. Por lo pronto, el gran ganador sería ese “nosotros” referido por Massa según cuenta Verbitsky, la dirigencia política del pacto hegemónico que desde el 2013 a esta parte puso la economía argentina cuesta abajo en una rodada continua y no va a estar allí para ser sindicada como responsable por la debacle cuando la bomba estalle. Estará justamente el que grita contra la “casta”, confirmando que dicha “casta” era más bien un factor de estabilidad al que no conviene remover.

Pero eso no es todo, habrá otros ganadores. El mal llamado “progresismo” de las corporaciones y las élites globales, por ejemplo. Si la hegemonía resuelve hacer “ganar” a Javier Milei como chivo expiatorio para que le estalle entre manos la bomba de la economía y Milei hace demagogia para sus electores mientras dure su “gobierno” con decisiones políticas “antiprogresistas”, si levanta algún ministerio ideológico, si clausura un par de clínicas abortistas o si persigue simbólicamente a los “progres” desde el poder en el Estado, ese postureo ideológico “conservador” va a quedar asociado con el estallido a posteriori de ello, dando como resultado la conclusión necesaria de que los “conservadores” la chocaron y de que, por supuesto, los “progresistas” tienen la razón. Victimizarse es la tarea, es la fórmula infalible que el sionismo inventó desde tiempos inmemoriales para tapar sus propios baches.
Esa también es una obviedad ululante, la de que todo lo que toque Milei en su “gestión de gobierno” va a quedar enterrado bajo la infernal montaña de escombros del cataclismo económico que Milei debe hacer en su rol de chivo expiatorio. Véase esto como la forma más acabada de ingeniería social, esa que lleva un determinado discurso hasta el paroxismo en la expresión de sus postulados precisamente para hacer lo opuesto a lo que está declarado como objetivo en esos postulados. Dicho de otro modo, es probable que las élites globales también lo estén usando a Milei con disfraz de “conservador” para darle la razón al “progresismo” de colores mediante el ardid clásico del sionismo que es la victimización programada. Si el perseguidor finalmente fracasa, dejando a su paso un tendal de desgracias, pues los perseguidos van a tener la razón en el mediano y en el largo plazo.

La tendrán, aunque los contenidos de su discurso ideológico no guarden en apariencia relación alguna con la naturaleza del fracaso del perseguidor. Un Milei disfrazado de “conservador” en temas como la ideología de género, el “garantismo” que es una exaltación de la delincuencia o la “mano blanda”, el abortismo, el racismo y demás temas de la agenda de las élites globales por izquierda no fracasa por su postura —impostada, por cierto, Milei es en realidad más “progre” que los comunistas— “conservadora” en esos asuntos, sino por la demolición programada de la economía que él viene a hacer para liberar a la “casta” del peso de hacerse cargo. Pero todo cae en la volteada, un fracaso siempre es un fracaso y sus consecuencias son nefastas para todos los que estén alrededor del fracasado. Los auténticos conservadores que ven en Milei un exponente de sus ideas caminan, por lo tanto, a paso redoblado hacia la trampa de sus enemigos.
Esa es la razón por la que secretamente muchos militantes y simpatizantes del progresismo de colores que se quedaron pegados con Alberto Fernández votaron a Milei en la PASO y van a volver a votarlo, es un estado mental muy fácil de comprender. Además de la necesidad del martirio para santificar sus causas ideológicas, los “progres” ya están cansados de correrla de atrás justificando el descalabro económico del albertismo, no quieren correr el riesgo de seguir en la misma situación con Massa. Para ellos es un negocio redondo tener de presidente a Milei, pues así podrán volver al lugar de la pureza opositora y además podrán gritar victimismo contra un gobierno “dictatorial” que los persigue por su buenismo hacia las minorías oprimidas.
Todo eso depende de la respuesta a la pregunta existencial sobre el estado de salud general del sistema económico argentino, el pacto hegemónico no va a hacer una maniobra tan extrema como la de hacer ganar las elecciones a un “outsider” si la cosa todavía puede repararse por otros medios. Massa es la expresión política, sintética y poskirchnerista para imponer el proyecto de saqueo de los recursos naturales de la Argentina sin oposición, esto es, valiéndose de su condición de “peronista” para desactivar permanentemente cualquier atisbo de sublevación contra ese estatuto legal del coloniaje por parte de los sindicatos, de los movimientos sociales, del poder territorial de los intendentes y gobernadores peronistas y del movimiento peronista de un modo general. Y por eso sigue siendo el plan A de la hegemonía.

La cuestión radica en eso, en determinar si la economía argentina todavía puede repararse con reformas o si necesita demolición y obra nueva. He ahí la diferencia entre un Sergio Massa o un Javier Milei asumiendo el lugar de presidente de la Nación probablemente el 10 de diciembre —también eso puede variar, por supuesto, nada está garantizado y mucho menos lo están los cronogramas del sistema— después de las elecciones. Sergio Massa es el dirigente definitivo para una larga hegemonía, es un agente preparado y formado por el poder para hacer una administración colonial estable en el largo plazo. Milei, en cambio, es el elemento táctico coyuntural previo a la instalación de dicha administración, en el supuesto caso de que exista la necesidad de un “reseteo” previo del sistema. No hay un “defender la patria” con Massa ni un destino “triste y peligroso” con Milei, son una y la misma cosa con distintos fines según sea la configuración del momento.
El poder fáctico global ya ganó las elecciones al ubicar a sus agentes en las listas hegemónicas, al dejar al pueblo-nación sin alternativa electoral. No es, por lo tanto, una cuestión de optar entre distintos proyectos de país ni de optar en absoluto, ese momento ya pasó. El momento de luchar por la construcción de un gobierno verdaderamente nacional-popular ya a partir del 10 de diciembre de este año fue antes del armado de listas y ya pasó, el pueblo-nación fue derrotado ahí. Y en consecuencia se apresta a “elegir” en las urnas entre distintas formas de un mismo proyecto: el de la utilidad de los recursos naturales y riquezas del octavo territorio más extenso y el sexto más rico del mundo en un esfuerzo de guerra global. Sea cual fuere el resultado de las elecciones, esa utilidad va a revertir en beneficio para los de afuera, siempre a expensas del bienestar social de los argentinos.
La III Guerra Mundial por el reparto colonial del mundo ya es una realidad, está en curso y tiene las mismas motivaciones de sus conflictos precedentes. Agotado el sistema-mundo unipolar de la hegemonía estadounidense, desde Oriente las potencias subalternas reclaman un ordenamiento nuevo, el que vendrá indefectiblemente. Son las formas de ese ordenamiento las que están en juego, lo que equivale a decir que en esta III Guerra Mundial no se debate entre la preservación de un orden viejo o la instalación de un orden nuevo, sino sobre quiénes van a tener el control del proceso desde el lugar de polos de poder global. Y en esa discusión van a imponerse quienes en el presente tengan acceso a la mayor cantidad de recursos naturales para sostener su esfuerzo bélico.

De ahí la conclusión, esta sí triste y peligrosa sin entrecomillar, de que la derrota del pueblo-nación argentino es política y no electoral. El General Perón, profundo conocedor del paño, solía decir que la verdadera política es la política internacional. Y no se trataba de ninguna frase con falso aspecto de profundidad, vacía de contenido: Perón enseñaba que la comprensión de nuestra política de cabotaje empieza por entender los tejemanejes de la geopolítica, que es el conflicto entre las potencias y sus corporaciones por la riqueza real del planeta. Cuando el atento lector entiende eso y entiende asimismo que la Argentina es la verdadera “gallina de los huevos de oro” desde el punto de vista de los poderes dominantes a nivel global, empieza de pronto a comprender por qué se nos ha impuesto en estas elecciones un solo proyecto de país.
Un proyecto que en rigor es colonial, es un proyecto de colonia. Javier Milei, Patricia Bullrich y Sergio Massa, a quienes 9 de cada 10 argentinos van a votar, como de costumbre, representan los intereses de la metrópoli en la imposición de ese proyecto, cada uno de esos candidatos a administrador colonial con sus distintas formas de aplicación práctica de esas políticas. Donde nos muestran una lucha hay un pacto hegemónico a pedir de boca para el poder fáctico global, donde vemos un drama hay una farsa electoral. Peligroso y triste, sí, aunque no en un sentido partisano. Allí donde un mismo poder logra copar la conducción de todos los partidos en pugna, la política deja de ser la lucha por el poder en el Estado y pasa a ser un concurso entre gerentes por el control de la empresa. Habrá que reconstruir desde las catacumbas, como los viejos cristianos en los tiempos de la persecución romana. Aunque desde luego los de abajo en esta ya estamos llegando muy tarde a todo.
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