Elogio de la conspiranoia

Los llamados “conspiranoicos” están a la orden del día y se los considera delirantes, gente con problemas psicológicos que a su paranoia le agregan teorías de la conspiración, pero esa definición es problemática: sin capacidad de abstracción y ateniéndose únicamente a la realidad visible, el hombre no se diferencia demasiado del animal. Entonces los que hoy son “conspiranoicos” más bien pueden ser quienes intuyen la existencia de una realidad muy real, aunque invisible frente a los ojos de las mayorías. ¿Conspiran o no conspiran los ricos del mundo?
Elogio conspiranoia

Desde el año 1995 hasta el presente el canal de televisión estadounidense con difusión global The History Channel (ahora llamado simplemente History, por razones de registro de propiedad intelectual) ha emitido sendos programas a los que la comunidad científica de un modo general califica como pseudocientíficos y pseudohistóricos. Dichos programas tienen muy elevada audiencia relativa y tienen además como premisa la construcción de un relato que en los últimos años se dio en llamar “conspiranoico”, esto es, una narrativa paralela de la realidad fundada en unas teorías de la conspiración observadas desde el punto de vista de los sujetos paranoicos. Eso es la llamada “conspiranoia” en pocas palabras, o la sospecha de que existe una realidad alternativa invisible a los ojos de las mayorías que el poder en las sombras oculta. Esa hipótesis y esa sospecha, finalmente, serían una atribución de los paranoicos, gente con serios problemas mentales y absolutamente descalificada por ello de todo debate público.

Uno de esos programas emitidos por History es Alienígenas ancestrales, una serie televisiva cuyo motivo es la presentación de “hallazgos” de restos arqueológicos de antiguos astronautas como prueba definitiva de que seres extraterrestres habrían visitado nuestro planeta en la Antigüedad o aun en tiempos prehistóricos, introduciendo entonces en la Tierra el embrión de todo lo que conocemos hoy como civilización. Esa sería, según la hipótesis de Alienígenas ancestrales, una suerte de etapa de preñez del mundo con la inseminación por parte de alienígenas y, por lo tanto, toda existencia humana posterior debería ser el resultado del desarrollo de esa fecundación. El argumento en sí es una nimiedad típica de la ciencia ficción y sería muy extraño que parte de la comunidad científica se ocupara de la crítica del asunto, como efectivamente lo hizo, si no fuera por la existencia de un vil esquema de conspiración para nada “conspiranoico” que veremos a continuación.

Las narrativas pseudocientíficas y pseudohistóricas que History Channel hace para vender tandas publicitarias en la televisión por cable son aquí una cosa anecdótica y simbólica a la vez, son una forma de introducir el debate sobre lo que hoy llamamos “conspiranoia” y también el botón de muestra para ver cómo el poder fáctico hace de todo eso un auténtico primado negativo. Y todo esto debe empezar por una simple pregunta: ¿Por qué los medios de comunicación, cuya misión declarada es ilustrar a una sociedad en principio ignorante de la realidad, difunden como cosa seria lo que la comunidad científica ya calificó como un monstruoso “bolazo” y lo sigue haciendo pese a esa definición? Esta es una pregunta esencial que no tiene respuesta por parte de los propios medios más que una débil argumentación sobre razones comerciales que no pasarían una prueba de ética. Si History Channel y Alienígenas ancestrales existen para que las corporaciones mediáticas ganen más dinero, entonces toda la justificación de la existencia de los medios como elementos fundamentales para el sostenimiento de la democracia y lo que ya se sabe es una quimera. ¿Los medios existen para informar e ilustrar a la sociedad o para reportar pingües ganancias a sus propietarios?

Carátula de la colección de la serie ‘Alienígenas ancestrales’, cuyo éxito fue tanto que se vendió luego en formato DVD para coleccionistas. La “conspiranoia” es una categoría y llenarla de contenido fue la tarea de los medios en décadas hasta instalar como verdad absoluta que toda narrativa alternativa al relato oficial es un delirio de ciencia ficción con alienígenas, fantasmas, poderes sobrenaturales, etc. El resultado es que hablar hoy de las élites globales y globalistas que arrasan con la economía mundial en una verdadera conspiración equivale a un delirio “conspiranoico” porque no sale estampado en los diarios dichos “serios”. De lo particular a lo general, objetivo alcanzado.

Claro que es lo segundo, cosa que los argentinos ya habíamos aprendido desde el advenimiento del debate por la famosa Ley de Medios. Hoy sabemos que los medios de comunicación no son realmente tales, sino empresas mediáticas pertenecientes a las corporaciones que hacen de la difusión de contenidos un negocio. En una palabra, los medios son de difusión y son meramente un negocio, lo que explicaría de antemano la existencia tanto de History Channel como de Alienígenas ancestrales y de todos los demás medios y programas que generalizan la confusión en vez de informar, con la sola finalidad de acumular ganancias. Ya se sabe que la comunicación ha sido privatizada y luego concentrada en pocas manos para convertirse en un negocio, aunque ninguna de esas certezas resuelve aún la siguiente contradicción: si en los medios de difusión mercantilizados del presente existe tanta preocupación por el peligro que suponen los “conspiranoicos”, desde los terraplanistas hasta los llamados “negacionistas” del virus, los “antivacunas”, los “bebedores de lavandina” y otros que ven conspiraciones detrás del relato oficial global, ¿por qué History Channel y otros canales afines siguen estando al aire para alimentar precisamente la imaginación de los “conspiranoicos” a los que se quiere combatir?

En los últimos dos años, todos los medios de difusión del mundo, desde los tradicionales hasta las redes sociales corporativas como Facebook y Twitter, entre otros, han declarado la guerra a los “conspiranoicos” que afirman la existencia de una conspiración globalista detrás de una pandemia que a su vez no sería tal, sino una maniobra de ese globalismo para imponer un nuevo orden mundial y someter a la humanidad entera. De pronto, los “conspiranoicos” han pasado de ser personajes chistosos de la realidad diversa, donde cada cual piensa como quiere y a eso se le llama “democracia”, a ser enemigos públicos cuyo discurso constituye un peligro para la sociedad y cuya praxis roza lo delictivo. Decir hoy públicamente, por ejemplo, que el coronavirus se generó en laboratorio por los mismos que desarrollaron las vacunas con algún fin geopolítico que nadie conoce o comprende —he ahí la conspiración propiamente dicha— se considera en todas partes una amenaza a la salud pública, es motivo de proscripción en las redes sociales y de censura en los medios tradicionales. Todo lo que no esté perfectamente alineado al discurso oficial de un virus surgido de la promiscuidad entre animalitos de distintas especies y de una ciencia abnegada que corre contra el tiempo para desarrollar el antídoto y salvar vidas es puesto automáticamente en la categoría de “conspiranoico”, es considerado peligroso y se prohíbe, represión y censura a los atrevidos mediante.

El Instituto de Virología de Wuhan, laboratorio chino cuyas conexiones con Pfizer y GlaxoSmithKline fueron rápida e intensamente desmentidas por los llamados “fack-checkers”, el nuevo oráculo de la verdad en la posmodernidad que con la fuerza de una cruzada contra las “fake news” hacen de la narrativa oficial una cosa sagrada e intocable. Es más difícil hoy que en la Inquisición disentir de la voz hegemónica que posee todos los medios de comunicación —y todos los “fack-checkers”, por supuesto— en propiedad privada.

Pero claro, los atrevidos de la actualidad han sido adiestrados para serlo en buena parte y a lo largo de los años por medios de difusión como History Channel y similares, que pululan. Somos la generación de las películas dichas “conspiranoicas” de Hollywood, entre las que Matrix es la cosa por antonomasia, si se quiere. Dicho de otra forma, fueron los medios que hoy execran y exigen castigo para los “conspiranoicos” los que educaron a estos para serlo. Y entonces uno podría pensar, en una estructura binaria de buenos y malos que también es todo un clásico de Hollywood, que entre las corporaciones propietarias de los medios de difusión hay una interna, que estarían las corporaciones que financian a los medios “conspiranoicos” y estarían, por otra parte, las que financian el combate a estos.

La mano invisible

Pero no es lo que ocurre en la realidad y para demostrarlo el ejemplo de History Channel es de mucha utilidad. Sin la necesidad de hacer mucha “conspiranoia”, un rápido análisis de la documentación pública sobre la propiedad privada de los medios de difusión nos arrojará hechos muy esclarecedores. Para empezar a tirar del ovillo, de esa información oficial se desprende que History Channel es controlada por A&E Networks, un joint venture con sede en la ciudad de Nueva York, Estados Unidos. Y pese a que declaró un patrimonio de 20 mil millones de dólares en el año 2013, A&E Networks no pasa de una subsidiaria que oculta la identidad de sus verdaderos propietarios: Hearst Communications, fundada por el mítico magnate estadounidense de los medios William Randolph Hearst, y The Walt Disney Company, o simplemente Disney para los mortales. Cada una de estas corporaciones tiene el 50% de esa sociedad limitada que es A&E Networks; por su parte, Hearst Communications también es una sociedad limitada bajo el control de los herederos de William Randolph Hearst y no hay mucho que escarbar allí, todos los nombres propios de sus propietarios están expuestos al escrutinio popular, si el escrutinio popular está interesado en rascar un poco la pintura para ver qué hay por debajo.

El problema o la contradicción se verá en la contraparte, que detenta el otro 50% en la sociedad limitada A&E Networks. Allí veremos a Disney, esa monstruosa corporación dedicada —en teoría— a la creación de contenidos de entretenimiento para el cine, la televisión e internet. Disney es por cierto mucho más que eso, pero el problema aquí no es tanto su naturaleza como su composición accionaria: un rápido vistazo a la nómina de grandes tenedores de acciones de esta corporación será suficiente para comprender que el gigante conglomerado está controlado por básicamente tres fondos de inversión globales, que son BlackRock, The Vanguard Group y State Street. En retrospectiva, puede afirmarse entonces que estos tres tiburones de las finanzas son propietarios de History Channel, el medio que adiestra hace ya casi tres décadas a su público en la “conspiranoia”. Y que los tres controlan en cascada las empresas que determinan el contenido de History, esto es, que en última instancia deciden qué programas van a emitirse y qué contenidos no saldrán jamás a la vista del público.

Walt Disney fundó un imperio a partir de sus dibujos, aunque quizá nunca se haya imaginado la magnitud del poder que habría de tener su empresa de contenidos convertida en corporación y bajo el control de los fondos bursátiles de inversión. Sea como fuere, el propio Disney es objeto de una “conspiranoia” muy popular en todo el mundo: se dice que el cuerpo de Disney fue congelado con métodos de criogenia con la finalidad de resucitarlo en el futuro. Incluso Salvador Dalí, quien fue su amigo personal, adhirió a esa hipótesis y la reprodujo públicamente innumerables veces.

El hilo para tirar es bastante largo y aquí hay apenas un recuento muy resumido de la relación entre oscuros fondos de inversión —cuya real naturaleza y propósito también veremos, el atento lector con nosotros, a continuación—, corporaciones mediáticas y, finalmente, medios de comunicación, o la parte visible de todo este embrollo. Pero para fines de comprensión, baste con saber eso mismo, que un medio como History Channel y prácticamente todos los medios de comunicación en el mundo pertenecen realmente a fondos de inversión globales de los que es muy difícil identificar los dueños. Por su naturaleza, un fondo de inversión puede tener en teoría miles y hasta millones de propietarios, puesto que virtualmente cualquier individuo con dinero y ganas de invertirlo puede comprar en bolsa fracciones de participación en estas sociedades anónimas, puede comprar acciones de ellas, aunque en la práctica lo que ocurre es que el control accionario efectivo de los fondos de inversión está en muy pocas manos: en las de quienes detentan las suficientes acciones como para sentarse a sí mismos o a sus apoderados en sus directorios.

Por el momento son irrelevantes estos nombres propios con capacidad para adquirir ingentes lotes de acciones en fondos de inversión cuyo capital declarado se mide en el orden de los billones de dólares, son más grandes que todos los países del mundo excepto los Estados Unidos y China y tienen un poder inmenso. Lo importante aquí es empezar a comprender que existe efectivamente una mano invisible controlando los medios de comunicación, pero que dicha mano es concreta, es de carne y hueso. No la podemos ver porque se esconde en sus sociedades anónimas y muy raramente asoma la cara en la escena pública, aunque es humana, vive y respira en este planeta. Las llamaremos de aquí en más las élites globales.

La familia Rothschild —la de ayer, la de hoy y la de siempre— es la prueba cabal de que es muy efectiva la utilización de la categoría de “conspiranoia” para meter y descalificar a todo intento de cuestionamiento del relato oficial. Pese a que ya sabemos que los Rothschild son los dueños del mundo entero hace varios siglos y hay abundantes evidencias de que manipulan el sistema a su favor, el decirlo se considera “conspiranoico” e incluso “antisemita”. Los Rothschild se blindaron a sí mismos por todos lados, no pueden ser cuestionados y mucho menos investigados. Y así reinan tranquilos desde el lugar de comodidad de las sociedades anónimas que poseen control accionario de todas las empresas relevantes del mundo. El diablo sabe mucho más por viejo que propiamente por diablo.

Entonces, a partir del ejemplo propuesto, History Channel es un canal educativo para la “conspiranoia” y es de propiedad de A&E Networks, empresa que por su parte le pertenece en un 50% al Grupo Disney y este, finalmente, es controlado por tres fondos de inversión gigantescos donde las élites globales ponen su dinero a trabajar. Esto equivale a decir que las élites globales son las dueñas de History Channel y pueden serlo por dos razones, las que no son mutuamente excluyentes. Pueden serlo porque History Channel es económicamente viable y pueden serlo porque History Channel tiene una utilidad geopolítica estratégica. Un miembro de las élites globales que podría llamarse Rothschild, Bush, Rockefeller, Du Pont o Morgan, por enumerar a algunos apellidos, posee medios de comunicación para ganar dinero en el corto plazo con las utilidades de la empresa y también los posee para monopolizar la información a nivel global y controlar así las mentes de los subalternos. La metáfora local de un Grupo Clarín controlado por Héctor Magnetto —que es un verdadero piojo y está muy, pero muy lejos de sentarse en la mesa de las élites globales— está muy bien para comprender esa doble relación. Con el Grupo Clarín Magnetto hace fortunas para sí, para los herederos y para los accionistas del Grupo, pero también controla la información en la Argentina a punto de, en posesión de dicho control, ser un factor determinante en la política del país. Tómese este ejemplo local y en miniatura, multiplíqueselo innumerables veces y ahí tendrá el atento lector una dimensión aproximada de lo que son las élites globales y sus fondos de inversión en control de la información a nivel mundial.

Ahora bien, aquí empieza a haber problemas porque aquella hipótesis de la existencia de una interna en las corporaciones entre “conspiranoicos” malos e “informadores” buenos se desploma. Si empezamos a escarbar aun sin mucha profundidad, nos encontraremos que la mano invisible que controla a History Channel no es distinta a la que controla los otros medios que les hacen la guerra a los “conspiranoicos” alrededor de la narrativa sobre el coronavirus actual. Por ejemplo, las redes sociales como Facebook, YouTube y Twitter, que castigan severamente a quien se atreva a publicar o reproducir tímidamente cualquier información disonante de la narrativa oficial, la de los animalitos promiscuos y la de los científicos abnegados y dedicados a curar el mundo, etc. Si Ud. se atreve a utilizar esas redes sociales para decir que ese relato oficial hace agua por todas partes, entonces Ud. conocerá la cara más dura de la censura y la proscripción. En nombre de un “esfuerzo en el combate a las noticias falsas” y de la “defensa de la verdad”, esas redes sociales emplean todo el poder de la inteligencia artificial para detectar a quienes manifiesten su opinión sobre el asunto del momento y para silenciar a quienes en ello no reproduzcan punto por punto la narrativa única o mínimamente plantee dudas al respecto.

Facebook, junto a YouTube y a Twitter, el símbolo de las redes sociales que mediante la aplicación de la inteligencia artificial controlan el flujo de la información a nivel global y determinan qué cosas pueden saber y qué otras deben ignorar miles de millones de mortales. Aquí lo vemos a Mark Zuckerberg, fundador de Facebook (ahora Meta), hablando de curar enfermedades infantiles y otros asuntos sanitarios que en teoría nada tienen que ver con el negocio al que se dedica. ¿Cuál es el verdadero propósito de estos dueños del mundo?

A ejemplo de lo que ocurre con Disney y con virtualmente todas las empresas relevantes que cotizan en las bolsas de valores de Occidente, Facebook (que incluye a Instagram y a WhatsApp), Twitter y Google (que incluye a YouTube), todas las redes sociales más masivas y más importantes, están controladas por estos mismos tres oscuros fondos de inversión: The Vanguard Group, BlackRock y State Street. Un poco más o un poco menos, el control accionario de esas corporaciones está en las mismas manos invisibles que por una parte ordenan la persecución a los “conspiranoicos” y, por otra, fomentan la difusión cultural de la “conspiranoia”.

Son siempre los mismos en ambos lados del mostrador, no hay internas en las corporaciones. El atento lector podría aducir que los fondos de inversión son demasiado grandes y que realmente no se ocupan de los asuntos operativos de cada una de las empresas que controlan, pero eso sería un acto de ingenuidad pues el capitalismo monopólico global no funciona así. Poseedoras de riquezas verdaderamente incalculables, las élites globales tienen en su nómina a decenas de miles de cuadros técnicos organizados corporativamente, en un esquema piramidal de tipo clásico, donde cada uno de ellos se ocupa de un aspecto particular de la administración de las empresas y todos responden jerárquicamente a un superior, el que a su vez hace lo mismo pirámide arriba hasta llegar a quienes realmente mandan. No es que un heredero de los Rothschild o de los Morgan se pone a inspeccionar la programación de History Channel o la aplicación de la inteligencia artificial con fines de censura en redes sociales como Facebook, Twitter o YouTube, no hay nada de eso. Lo que hace la mano invisible de las élites globales es impartir pirámide abajo una orden genérica: confundir a los consumidores de contenidos para que su comprensión de la naturaleza del juego esté en proporción inversa a la cantidad de información que reciben todos los días. Mientras más sepan, menos van a entender de qué se trata.

Obediencia debida

Por eso la estrategia parte de una orden genérica y luego se instrumenta de la mano de una multitud de cuadros técnicos organizados por una división del trabajo digna del ordenamiento militar. Los generales son instruidos en la mesa chica y luego instruyen a los oficiales en forma jerárquica, quienes van reclutando y adiestrando a los soldados para que cada uno de ellos cumpla una función específica en el campo de batalla. La orden genérica es instalar la confusión y así los oficiales que se encargan de diseñar la estrategia sobre el plano instruyen a los que la van a ejecutar en el campo para que cumplan sus funciones tácticas. La estrategia, o una de ellas, es el primado negativo que habíamos visto anteriormente en este texto. Según la definición sencilla y directa que puede encontrarse en Wikipedia, un primado es en psicología un “efecto relacionado con la memoria implícita por el cual la exposición a determinados estímulos influye en la respuesta que se da a estímulos presentados con posterioridad” y es un fenómeno que “puede tener lugar a nivel perceptivo, semántico o conceptual”. Aunque parece complicado, es lo más simple que puede haber cuando se lo ve aplicado en la práctica: al exponerse a determinados estímulos perceptivos, semánticos o conceptuales, el hombre tiende a responder de un modo también determinado al encontrarse con esos mismos estímulos en el futuro. En una palabra, la estrategia es preparar las mentes para controlar el modo en que estas van a procesar una información posterior.

Los Estados Unidos de las Corporaciones, un divertido mapa que, no obstante, es conceptualmente erróneo: no solo los Estados Unidos, sino todo el planeta, pertenecen básicamente a tres conglomerados llamados fondos de inversión bursátil: The Vanguard Group, BlackRock y State Street, allí donde estos dos últimos finalmente pertenecen al primero. Y el primero es propiedad efectiva de seis u ocho familias, de modo que al fin y al cabo las corporaciones son una trinchera remota, bien alejada del cuartel general. Todo esto es muy difícil de entender para nuestras mentes, formateadas en el esquema del capitalismo moderno. Pero lo cierto es que la posmodernidad poscapitalista no tiene nada que ver con una competencia entre burgueses en un libre mercado: es la dictadura totalitaria más atroz y sin precedentes en la historia de la humanidad.

La comprensión de este concepto nos permite entender la totalidad del juego de las élites globales con sus fondos de inversión en control de los medios de comunicación, es solo un asunto de entender la jerarquía establecida. Durante décadas, se instala psicológicamente el estímulo de responder negativamente frente a cualquier intento de construcción de una narrativa alternativa a la oficial. En el ejemplo propuesto, History Channel habla de seres extraterrestres y otros temas más bien propios de la ciencia ficción, ocupa el lugar de la narrativa alternativa con esos “bolazos”. Uno los consume inocentemente, hasta que viene un sector de la comunidad científica —el que, como veremos, también está en la nómina de las élites globales y funciona en su jerarquía— a decir en otros medios que eso es pseudociencia y pseudohistoria, colocando todo eso en el lugar exclusivo de la “conspiranoia”. Y listo, el consumidor de información ya tiene el primado negativo para entender de ahí en más que todo lo que no salga en los medios de comunicación dichos “serios” al no estar avalado por la ciencia que se expresa en esos medios “serios” debería lógicamente ser un “bolazo” de History Channel y, por lo tanto, “conspiranoia”.

Claro que todo esto es un tipo específico de ingeniería social que aquí se explica demasiado rápido y se merecería un estudio en profundidad, pero ese no es el propósito de este modesto artículo. El objetivo de este análisis se logrará si el lector comprende que, aunque no se hable de alienígenas prehistóricos ni nada por el estilo, con la generalización del primado negativo cualquier narrativa contrahegemónica será ubicada en el lugar de la “conspiranoia” y descalificada entre burlas, de modo que es virtualmente imposible desbaratar la estrategia de las élites globales. Hay sin lugar a dudas conspiranoias sin comillas, existen hipótesis absurdas sobre conspiraciones imposibles y todo eso es ciencia ficción. El caso es que no todas las hipótesis sobre las conspiraciones son delirantes y, en realidad, son muy pocas las que incluyen extraterrestres y otros poderes quizá sobrenaturales: la mayoría de las hipótesis sobre conspiraciones universales son sobre el poder fáctico global y su presencia en ambos lados del mostrador. Y esa es una realidad concreta que puede verse en el simple análisis de la composición accionaria de las corporaciones más grandes del mundo.

En el libro ‘El verdadero Anthony Fauci: Bill Gates, la industria farmacéutica y la guerra global contra la democracia y la salud pública’, Robert Kennedy Jr. señala al magnate del software Bill Gates como el instrumentador de un golpe de Estado contra la democracia a nivel mundial mediante la imposición de una crisis sanitaria. Kennedy denuncia los tejemanejes de Gates en África como lobista de la industria farmacéutica, negocio multimillonario de por medio con la salud de los niños africanos, para preguntarse: ¿Qué hace un programador informático vendiendo vacunas en todo el mundo?

La “conspiranoia” del momento es la del origen del coronavirus y del probable uso de la pandemia para la obtención de objetivos geopolíticos por parte de las élites globales y sus corporaciones, como se sabe. No hay en ese intento de construcción de una narrativa alternativa a la oficial ningún alienígena, extraterrestre, cosa sobrenatural o intervención de seres incorpóreos, no hay metafísica ni especulación en ello, no se habla de fantasmas. Lo único que hay es el hallazgo de que la riqueza a nivel mundial se encuentra concentrada hasta el extremo y de que, en consecuencia, la media docena de familias que posee la misma riqueza que 3.500 millones de seres humanos está utilizando ese poder para transformar el mundo. Bien mirada la cosa, más conspiranoico sería suponer lo opuesto, esto es, que con tanta riqueza y tanto poder entre manos ese selecto grupo de individuos no intentara cambiar el curso de la historia mundial. ¿Por qué no habrían de hacerlo, si tienen con qué y es solo una cuestión de aplicar el dinero que ya tienen para multiplicarlo como siempre hicieron? ¿Por qué habrían de sentarse sobre sus fortunas y dejar que la historia siga su curso natural hasta que un buen día la humanidad comprenda la brutal desigualdad de la que es víctima y se organice para cambiar el statu quo?

De ninguna manera, ningún poderoso deja nada librado al azar, por lo que la manipulación de la realidad por parte de los dueños del mundo, lejos de ser “conspiranoia” es un hecho hasta lógico, un hecho que no necesita de muchos datos para corroborarse. Por lo tanto, la hipótesis de que las élites globales crearon el coronavirus en laboratorio o al menos aprovechan la volteada para acelerar la instalación del globalismo como etapa superior del capitalismo a nivel mundial es una fija, no podría ser de otra manera. No podría serlo y, aun así, frente al mínimo conato de construcción de dicha narrativa alternativa la mayoría de los individuos de a pie responde negativamente y refiere una y otra vez a la narrativa oficial para negar la obviedad ululante que se presenta desnuda frente a sus propios ojos. El coronavirus es un accidente de la naturaleza, los laboratorios de la industria farmacéutica trabajan desinteresadamente en la lucha contra el mal y los ricos del mundo no tienen nada que ver con eso, padecen junto a los demás seres humanos los efectos devastadores de la pandemia.

Los dueños del mundo

Pero eso es, como veíamos, una imposibilidad lógica que además puede contrastarse con el análisis en un poco más de profundidad sobre la composición accionaria de las corporaciones más allá de aquellas que se dedican a la comunicación. El atento lector ya sabe y puede confirmar en Yahoo! Finanzas —donde la nómina de los tenedores de acciones de todas las corporaciones que cotizan en las bolsas de valores occidentales está publicada, no hay nada secreto ahí— que entre tres fondos buitres de inversión tienen el control directo o indirecto de todos los medios de comunicación nacionales e internacionales, tanto tradicionales como en las redes sociales. Y ahora está a punto de saber que eso no se reduce a las corporaciones mediáticas, sino que se extiende a absolutamente toda la economía global. Todas las corporaciones relevantes a nivel mundial pertenecen en la práctica a unos pocos fondos de inversión y entonces la economía de la posmodernidad es un inmenso monopolio.

Toda la información sobre los dueños del mundo y su monopolio global de acciones de las corporaciones relevantes se desprende de un breve relevamiento de los datos, que son públicos y se encuentran a disposición de cualquier vecino con conexión a internet en Yahoo! Finanzas. Basta con entrar, hacer la búsqueda por el título bursátil deseado y abrir la pestaña de tenedores de bonos. Allí estará la nómina proporcional de quienes tienen el control de la economía mundial. En realidad, ellos no tratan de ocultar nada: ya con el primado negativo de la “conspiranoia” están blindados frente a cualquier intento de crítica o investigación. ¿Quién en su sano juicio creerá que seis u ocho familias poseen el 50% de la riqueza del planeta? Solo un loco o un conspiranoico, por cierto. “Pero se mueve”, diría Galileo.

Facebook, Twitter, YouTube, diarios, canales de televisión, portales de la web, radios, agencias de noticias, productores de contenidos para el entretenimiento, deportivos, farandulescos, todo. Todo lo que produce y/o difunde información en el mundo está bajo el control de un muy selecto grupo de familias que se esconde tras sociedades anónimas bien constituidas, aunque no imposibles de rastrear. Si a alguien le interesara la investigación de este asunto y la divulgación de las conclusiones, sería tan solo cuestión de recurrir a la información pública de quienes tienen acciones en esas sociedades anónimas. ¿Pero a quién le interesaría tal cosa, si los propios medios que podrían llevar a cabo dicha investigación pertenecen a quienes serían los investigados? Los dueños del mundo no van a investigarse a sí mismos.

Entonces llegamos a un lugar en el que, bien cubiertas por el blindaje mediático y además protegidas por el primado negativo que bloquea el razonamiento de buena parte de la población mundial, las élites globales están en condiciones de ejecutar una operación a nivel planetario cuya magnitud no tiene precedentes en la historia de la humanidad. Ese es el coronavirus como pandemia y como modificador en profundidad de todas las estructuras económicas, sociales y políticas en todos los países del mundo. Las élites globales pueden hacerlo, lo hacen y Ud. tiende a dudar de que eso es así, ellos pueden hacer lo que quieran y pueden ser muy explícitos, no tienen que ocultar nada: por el primado negativo el individuo de a pie siempre va a creer que eso es “conspiranoia”.

Es imposible saber hoy por qué y cómo, la estrategia no se muestra en sus objetivos mientras estos no se hayan cumplido, por razones lógicas, pero esto es de público conocimiento: además de los medios de comunicación tradicionales y redes sociales que generan, difunden y cuidan la narrativa oficial sobre el coronavirus como si se tratara de una cosa sagrada, los fondos de inversión de las élites globales también son dueños en la práctica de la industria farmacéutica entera, en el marco de la que están los laboratorios privados que proponen sus “vacunas” experimentales como la panacea universal y la solución para la crisis. Pfizer, Moderna y Johnson & Johnson, todas de propiedad de State Street, BlackRock y The Vanguard Group, este último participante también en acciones de CanSino, Sinopharm y AstraZeneca junto a otros fondos de inversión que siempre pertenecen a miles y hasta a millones de accionistas minoritarios, pero son controlados en la práctica por las mismas familias dueñas de la mayoría de las acciones.

Durante el kirchnerismo de la década ganada se formó un conato de comprensión sobre los fondos de inversión bursátil como enemigo de los pueblos y la consigna llegó a ser “pueblos o corporaciones”. Esos fueron años dorados de la política argentina, pero algo pasó. Se asustaron nuestros dirigentes, nos asustamos nosotros o ambas cosas a la vez. Lo cierto es que nunca más se habló del poder fáctico global, todo se redujo a una pelea en el barro entre kirchneristas y macristas y, hoy por hoy, cualquier mención a los fondos buitres es duramente censurada por los propios kirchneristas al grito de “conspiranoia”. Ese es el precio de hacer amistades con tiburones como Pfizer y afines.

¿Qué es lo que está pasando aquí? Pues que los dueños de las empresas mediáticas que producen y sostienen la narrativa oficial sobre una crisis poseen también el control de las empresas farmacéuticas que producen la solución para esa crisis. La segunda de las 10 estrategias de manipulación —decálogo cuya autoría se atribuye erróneamente a Noam Chomsky y en realidad es del francés Sylvain Timsit— es la de crear el problema y luego ofrecer la solución, o lo que se llama “problema, reacción, solución”. Un ejemplo clásico de ello que los argentinos conocemos muy bien es el de las crisis económicas, que siempre son artificialmente generadas para que la ciudadanía acepte como solución o como un “mal necesario” el retroceso en materia de derechos sociales o laborales, la privatización de servicios públicos, los ajustes fiscales, etc. Sin la crisis en primer lugar, nada de eso sería aceptado y el resultado de la imposición a secas de esas reformas ciertamente sería un estallido social.

Claro que toda guerra o toda crisis necesita además de un correlato posterior que venga a acomodar el mundo luego de su resolución, así fue como los estadounidenses vendieron exitosamente su rol de gendarme universal luego de cada incursión militar mediante sendas películas de Hollywood en las que siempre se presentaba a los soldados yanquis en el papel de héroe y salvador del mundo. Y ahí tenemos que hoy por hoy Netflix, Amazon Prime, Paramount, el ya mentado Grupo Disney y otros gigantes del negocio de contarla bien linda, pero cambiada, son todos de propiedad BlackRock, The Vanguard Group y State Street, los mismos fondos de inversión que poseen todo los demás. Cuando llegue el momento de dar por terminada la pandemia del coronavirus y haya que explicarle al hombre qué fue lo que lo embistió para que pueda ordenar su cosmovisión y seguir, allí estarán los fabricantes de ficciones con sus películas y series muy bien producidas en las que un pangolín entra en relaciones raras con un murciélago en China y luego la “ciencia” —la industria farmacéutica, en rigor— salva el mundo con la bondad y la abnegación de Pfizer, de Moderna y de Jonhson & Johnson. Así nos iremos a dormir una vez más, como al finalizar toda guerra imperialista y toda crisis económica artificialmente generada, bien tranquilos con la sensación del deber cumplido.

Los dueños del mundo lo son cada vez más a medida que avanzan con la acumulación de capital, la que se materializa en sus posiciones hacia el interior de la composición accionaria de las corporaciones que tienen el monopolio de la economía global en todos sus rubros, no hay nada hoy que no le pertenezca BlackRock, The Vanguard Group y a State Street o algún otro fondo de inversión que pertenece en la práctica a los dueños de estos tres. De hecho, el análisis de la composición accionaria de estos mismos fondos de inversión (porque ellos mismos cotizan en bolsa al igual que las empresas de las que son propietarios) arroja como resultado a esta altura para nada sorprendente que la mayoría de las acciones de BlackRock está en poder de The Vanguard Group y de State Street, que la mayoría de las acciones de State Street pertenece a BlackRock y a The Vanguard Group y que, finalmente, este último grupo es una cosa más bien hermética, el último refugio de las élites globales.

The Vanguard Group, BlackRock, State Street, los tres gigantes de los fondos de inversión que poseen el control monopólico de prácticamente toda la economía global al día de hoy. El asunto es que el análisis de la composición accionaria de BlackRock y State Street arroja como resultado el que The Vanguard Group controla a ambos, pero ahí se corta el rastro: la composición de este último fondo de inversiones no es transparente, es privada y ahí es donde tiene que estar el huevo del tero, o la última máscara del verdadero poder.

Todo esto pasa frente a los ojos de un mundo impotente y mantenido en la más profunda ignorancia, seis u ocho familias son dueñas del mundo entero a través de maniobras financieras en el mercado bursátil, controlan todos los sectores de la economía mundial en un monopolio nunca antes visto en la historia de la humanidad. Y desde ese lugar de comodidad absoluta despliegan la operación de sentido más grande desde que el hombre aprendió a hacer operaciones de sentido para dominar el mundo más bien por la viveza que por la fuerza. Todo esto es obra de quienes Oxfam International señala como un puñado de individuos que concentran la mitad de la riqueza del mundo y avanzan sobre la concentración de la otra mitad. Ese es el plan, ese tiene que ser el plan: el control total de la humanidad por una sinarquía global que destruirá los Estados nación para imponer un gobierno mundial que ni George Orwell pudo imaginarse. En 1984 las corporaciones son partidos políticos que se imponen por la fuerza de las armas y se reparten el mundo en un esquema similar al de la Guerra Fría; aquí son particulares con mano invisible que hacen quebrar lo que queda de la economía mundial para terminar de adquirir lo que todavía no controlan en una mesa de saldos.

Pero si Ud. lo dice, si Ud. advierte la obviedad ululante frente a sus ojos, pues Ud. es un “conspiranoico” y será censurado por sus pares. He ahí la dictadura perfecta que ninguna ciencia ficción pudo prever jamás, es el futuro que llegó hace rato y es, como decía el poeta, todo un palo. Ya lo ve.


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