“Estamos ganando”

Impotente frente al avance de Rusia sobre el actual orden mundial que había creado en Bretton Woods a expensas de todos los demás, Occidente plantea la única guerra que puede hacer: la guerra de la propaganda. El objetivo no es otro que salvar al “patio trasero” del terremoto causado por Putin en Oriente. Las potencias occidentales saben que el mundo va a cambiar, que la guerra en Ucrania no es contra Ucrania ni contra Europa, sino contra el ordenamiento sobre el que su poder se sustenta. Y saben que lo único posible es hacer un control de daños formateando la conciencia de quienes estamos colonizados.
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Para sorpresa y escándalo de los medios de difusión en Occidente y aquí en las colonias, Vladimir Putin anunciaba en los últimos días de marzo que todos los pagos por la compra de gas natural ruso desde Europa, Gran Bretaña y los Estados Unidos deberían efectuarse de allí en más ya no en dólares ni en oro, sino en rublos, que es la moneda soberana de Rusia. El que se despertaba temprano ese miércoles 23 y leía estampado en todos los medios el titular de esta noticia tenía de entrada un poco de dificultad para comprender de qué iba la cosa. “¿Cómo no va a querer dólares ni oro, si lo que Putin necesita en tiempos de guerra es fortalecer sus reservas y poder así afrontar tanto los costos del esfuerzo bélico como las importaciones del país, que se pagan justamente en dólares o en oro?”, se preguntaba azorado el lector de los diarios.

Se trataba efectivamente de un acertijo, de un enigma que en la conciencia del hombre occidental metropolitano o colonial resulta siempre muy difícil de resolver. A un argentino, por ejemplo, se le complicaría toda la cosmovisión de golpe si el gobierno de su país anunciara un buen día una nueva política de Estado según la que debieran pagar en pesos los importadores la soja, el trigo y las demás commodities argentinas, nuestra principal fuente de ingreso nacional. La Argentina imprime los pesos, podría teóricamente imprimir pesos a discreción y es precisamente eso lo que viene haciendo en los últimos años. ¿Para qué querría la Argentina que le paguen por las riquezas que exporta en una moneda que puede imprimir libremente y no en la moneda “dura” que necesita para equilibrar su balanza comercial?

Ese es el enigma aparente en el anuncio hecho por Vladimir Putin al cumplirse el primer mes de su campaña en Ucrania. Alrededor del 50% de la economía rusa, del ingreso nacional de Rusia en lo que exporta, se resume al gas natural, al petróleo y sus derivados. Por lógica, lo que más necesita Rusia ahora y siempre es que esas exportaciones generen divisas en la moneda “dura” del momento histórico, que es el dólar, por lo que la no aceptación de dicha moneda como medio para concretar las transacciones tiene que sonar más que extravagante. Parecería, a primera vista, que Rusia está prescindiendo del combustible vital de su economía.

El rublo ruso había sido objeto de una corrida cambiaria y una fuerte devaluación al anunciarse el primer paquete de sanciones por parte de Occidente contra Rusia. No obstante, tras una rápida estabilización, la moneda se revalorizó cuando Putin sorprendió al mundo estableciendo que únicamente aceptaría pagos en rublos por el gas natural que es vital para Europa y fundamentalmente para Alemania. Ahora estos países salen a buscar rublos en el mercado financiero internacional y la ley de oferta y demanda hace su magia.

Pero no es así. La jugada es extremadamente sofisticada, sin lugar a dudas, aunque se deja ver en sus fines: teóricamente acorralado por las sanciones económicas impuestas por Occidente, lo previsible sería que Putin anduviera desesperado por el mundo tratando de colocar el petróleo y el gas rusos en mercados donde los que compran tienen la capacidad de pagar en dólares y así sortear las sanciones haciéndose de fuentes de ingreso alternativas. Pero aquí tenemos la primera demostración práctica de que estamos frente a un liderazgo no convencional, a un proyecto político destinado no a reproducir el orden mundial existente, sino a destruirlo para la creación de un orden nuevo. Vladimir Putin no está haciendo una guerra más dentro del ordenamiento de siempre, sino una guerra extraordinaria contra ese ordenamiento.

En términos económicos y financieros bien concretos, al exigir el pago de sus exportaciones en moneda local, lo que Putin hace es presentar un desafío muy serio a la hegemonía del dólar como moneda de intercambio comercial universal. Deténgase el atento lector un momento y piense en cómo se establece esa hegemonía o en por qué la moneda que posibilita el comercio a nivel global es el dólar y no cualquier otra de las existentes como el euro, la libra esterlina, el yuan, el real brasileño o el mismísimo rublo. ¿Por qué la moneda de un país determinado que existe entre otros tantos países es la utilizada por todos a la hora de hacer negocios internacionales? Piense ahora el atento lector en el ejemplo de los millones de toneladas de soja que la Argentina exporta a China todos los años y que los chinos pagan en dólares, aunque el dólar no es la moneda de curso legal ni en China ni en Argentina. ¿Por qué China no paga en yuanes o en pesos? Porque ni el yuan ni el peso le servirían a la Argentina para hacer negocios luego, digamos, con Italia o con Canadá, puesto que ambos exportan y esperan que se les pague en dólares, nunca en yuanes o en pesos. Eso es una moneda universal de intercambio comercial y eso es lo que Putin viene a desafiar ahora.

Cuando Rusia empieza a exigir que el pago por su gas natural sea en rublos, lo que hace es forzar a los importadores de ese recurso natural a salir a buscar esos rublos. ¿Dónde los pueden conseguir? Pues los pueden conseguir allí donde se imprimen los rublos o donde esos rublos ya están impresos y atesorados, eso es todo lo que hay. La primera opción es inviable, porque para hacerse de rublos rusos en Rusia los importadores tendrían que entregar allí dólares, euros, oro u otra moneda extranjera, que es precisamente lo que Rusia ya dijo que no quiere adquirir. Queda entonces la segunda opción, la de salir a comprar rublos en el mercado internacional para luego usar esos rublos en el pago de las importaciones de gas natural, como exige Moscú a partir de ahora. Y al ser siempre limitada la cantidad de rublos rusos existentes fuera de Rusia, por una simple ley de oferta y demanda la primera consecuencia de ello es que el valor del rublo en las pizarras del mundo crece, esto es, se revaloriza la moneda en cuestión. Eso es exactamente lo que viene pasando con el dólar hace más de 70 años.

La soja que Argentina exporta por millones de toneladas a China todos los años. Estas transacciones se realizan en dólares, pese a que esta no es la moneda de Argentina ni es la de China. En su comercio exterior, los países recurren a la moneda de un tercero que no tendría por qué participar del negocio. Ese es el concepto de moneda de intercambio universal que desde la II Guerra Mundial a la fecha ha sido el dólar estadounidense, privilegio que los países subalternos empiezan ahora a cuestionar y a destruir.

El valor del dólar se basa en que es un desiderátum, en que es una cosa que todos quieren tener y que no existe en cantidad suficiente para que eso ocurra. Hay muchos, muchísimos dólares circulando en el mundo y los hay mucho más cada vez que los Estados Unidos resuelven “darle a la maquinita” para imprimir billetes, pero el dólar sigue siendo escaso respecto a la cantidad de interesados en tener dólares para hacer negocios o para atesorarlos, lo que sería en la práctica guardarlos con la finalidad de hacer negocios a futuro. Entonces el valor del dólar siempre es alto y no precisamente porque el país que lo imprime tenga una economía rebosante en todo momento, eso no es verdadero y mucho menos en la actualidad. El valor del dólar es alto porque si Ud. quiere comprar teléfonos celulares en Taiwán o quiere importar pelotas de fútbol desde Pakistán, lo primero que tiene que hacer es conseguir los dólares que los taiwaneses y los pakistaníes exigen a cambio de esas manufacturas.

Lo que Putin hace es empezar a subvertir esa lógica. A partir de ahora, hay en el mercado internacional un producto de exportación —el gas natural ruso— que no puede pagarse en dólares y si Ud., atento lector, desea importar a través de su Estado nacional ese gas natural para hacer funcionar la industria de su país o para que haya calefacción en su hogar, Ud. lo que tiene que conseguir en el mercado financiero son rublos rusos. Ya hemos visto que eso hace subir la cotización de dicha moneda frente a las demás y ahora veremos que también hace bajar la cotización del dólar, puesto que hay menos interesados en hacerse de dólares, al menos en esa sección de la economía mundial que es el comercio internacional de hidrocarburos.

No obstante, nada de eso alteraría significativamente el ordenamiento global si la maniobra no tuviera una profundidad mayor que es la siguiente: más allá de la hegemonía estadounidense establecida a partir de la II Guerra Mundial y los acuerdos de Bretton Woods en los que esa hegemonía se plasmó, empieza a existir en economías emergentes como China, Brasil, Irán e India, entre otras, la idea de que es posible hacer comercio internacional bilateral prescindiendo de la moneda del tercer país dominante. De hecho, hace ya algunos años que China paga en yuanes las importaciones de hidrocarburos desde Rusia y, por su parte, Rusia paga en rublos las importaciones de manufacturas desde China mediante el establecimiento de un sofisticado sistema de compensación interno y exclusivo de esos dos países. Eso se materializó en acuerdos bilaterales firmados por Vladimir Putin y Xi Jinping y que, en su momento, hicieron sonar todas las alarmas en los Estados Unidos. Negocios multimillonarios empiezan a hacerse por fuera de la hegemonía del sistema financiero occidental y eso se recibe como una clara señal de que la propia hegemonía está resquebrajándose.

Panorama del Hotel Mount Washington en Bretton Woods, New Hampshire, Estados Unidos. Durante tres semanas en 1944, los delegados de los países ganadores en la II Guerra Mundial se reunieron aquí para diseñar el orden mundial de la posguerra. En Bretton Woods nació la hegemonía del dólar estadounidense como moneda de intercambio universal y también todo el ordenamiento institucional global, con la creación de organismos como el Fondo Monetario Internacional, por ejemplo.

Otro tanto pasa ya hace algún tiempo entre Rusia y algunos países como Irán, India, Pakistán e incluso Arabia Saudita, que es el mejor socio de los Estados Unidos en Medio Oriente sin que eso sea impedimento para que los saudíes abran el ojo. Pero hasta aquí todo eso había sido localizado, casos aislados de países rebeldes que venían buscando la forma de prescindir de la mediación de un tercero en sus relaciones comerciales. Tenía que venir Putin con sus tanques, su artillería, sus aviones supersónicos y sus misiles hipersónicos a declarar frente al mundo que todo lo hecho en las últimas dos décadas en materia de acuerdos bilaterales ahora va a sintetizarse en un cambio de era. Tenía que llegar Putin a los tiros a decretar que el multilateralismo dejará de ser la excepción y pasará a ser la regla. Así es como se modifica un orden mundial.

Cuestiones de fondo

Entonces la guerra en Ucrania no es contra Ucrania ni es contra Europa, no es una guerra clásica tal como se planteó hasta el siglo pasado. La guerra en Ucrania es una manifestación de un cambio de época que venía ya expresándose en demasiados cisnes negros hasta que el paradigma colapsó, si es que el proceso puede explicarse en los términos de Kuhn. Queda a las claras el hecho de que aquí no hay ni podría haber ningún movimiento precipitado y mucho menos improvisación por parte de Vladimir Putin. Todo lo que ocurre hoy es el resultado de una planificación minuciosa y expresa en lo fáctico, en lo más palpable que puede haber y es el enfrentamiento armado, una tendencia irreversible de las últimas dos décadas: el orden global resultante de la II Guerra Mundial que se legalizó en Bretton Woods allá por 1944 está terminando. Toda una era de la historia mundial se muere y podría quedar enterrada bajo los escombros de Kiev.

La dificultad que tenemos los contemporáneos para comprender un proceso mientras se desarrolla es manifiesta, tiene que ver con la naturaleza del hombre, por lo que la tendencia del observador es a observar los sucesos en Ucrania como una simple invasión de un país militarmente superior a otro con fines de expansión territorial. Empapados por la historiografía liberal, algunos pueden incluso llegar a ver allí la manifestación de la locura de un solo individuo que arrastra a la guerra y a la muerte a millones de hombres por un capricho ideológico personalísimo, que así es cómo los liberales “explican” la II Guerra Mundial a partir de un Hitler que estaba loco y así, solito, arrastró al mundo entero a la barbarie. Lo cierto es que pocos tienen la capacidad de ver hoy lo que mañana será materia de los libros de historia y es que en la “invasión” rusa a Ucrania no hay nada de eso, sino un movimiento calculado de los países rebeldes en bloque contra la hegemonía Occidental.

El mito de un Hitler enloquecido y a la vez omnipotente ha sido muy abundantemente explotada por el cine para instalar la idea liberal de que todo se explica por la personalidad de los individuos y que un solo hombre puede destruir el mundo. Esa historiografía es la pereza intelectual de Occidente y se utiliza hoy con Putin para borrar cualquier rastro de las causas reales de la guerra en Ucrania. Al no poder argumentar, Occidente embarra la cancha e impide la comprensión de los hechos por parte de las mayorías.

Occidente ya sabe que eso es así y tiene miedo, lo sabe como lo sabían los romanos de la caída de su imperio mucho antes de que se concretaran las “invasiones bárbaras”. Occidente hoy es Roma y sabe que esos “bárbaros” están a punto de llegar a la ciudad, que es tan solo una cuestión de tiempo. Y entonces intenta demorar el proceso mediante la generalización de la confusión entre quienes observamos los hechos sin tener la información suficiente para comprender de qué realmente se trata. En una palabra, al ser impotente frente a la “invasión bárbara” definitiva, Occidente hace la única guerra que puede hacer, la guerra en el plano comunicacional. No puede impedir que Putin lidere la rebelión y entonces se asegura al menos que la rebelión no llegue al patio trasero de su casa.

Así se explica con cierta coherencia la desconexión existente entre la guerra real y la narrativa que se hace de dicha guerra en esta parte del mundo, una narrativa que tiene un poco de heroísmo de los ucranianos en la defensa de un territorio que el “ruso malo” pretende usurpar, otro poco de locura de Putin convertido en un Hitler posmoderno y algo de “estamos ganando” para sostener el entusiasmo del público consumidor. Rusia hace una operación militar en Ucrania con un poderío descomunal, muy superior al de las fuerzas locales, la hace luego de una larga planificación y de la formación de un gran consenso en la política, tanto en Rusia como en los países aliados, pero eso es presentado en Occidente y en las colonias por los medios de difusión como una maniobra precipitada de un hombre desquiciado, llevada a cabo por unos militares mal equipados y sin preparación, todo eso destinado al fracaso. El “estamos ganando” es eso mismo, es una traición a la inteligencia del consumidor de noticias presentándole a este una narrativa disociada de la realidad para que la siga consumiendo y siga creyendo en una omnipotencia que termina.

Concretamente, a través de los medios de difusión occidentales y de sus repetidores en las colonias se instalan las siguientes premisas: en primer lugar, a Vladimir Putin se le ocurrió un buen día invadir Ucrania, no se sabe muy bien por qué o con qué fin. Simplemente se trata de un capricho personal que inexplicablemente toda la sociedad y las fuerzas armadas de Rusia respaldan sin cuestionar. Metidos en ese callejón lógico sin salida, los comunicadores de la narrativa occidental intentan dar explicaciones alternativas según las que, más allá de la locura de Putin/Hitler, también hay un proyecto expansionista ruso subyacente, pero lo único que logran con ello es meterse en otro callejón sin salida, el de no tener la explicación de por qué el país más extenso del planeta haría una costosísima campaña militar para expandirse aún más. No hay ciertamente explicación para eso y la razón es que no puede haber ningún expansionismo, que eso es lo propio de naciones con poco territorio y/o escasas reservas de recursos naturales. Por ejemplo, el “espacio vital” de Alemania en su invasión a Polonia que hizo estallar la II Guerra Mundial se explicó lógicamente hasta por los propios nazis en la escasez de recursos naturales y alimentos que era y es inherente a un país tan pequeño como Alemania. ¿Pero cómo proyectar lo mismo a Rusia, que además de ser nada menos que la primera extensión a nivel mundial es abundante en casi todos los recursos naturales y alimentos? ¿Qué cosa habrían de ir a buscar los rusos en Ucrania que no exista en abundancia ya en el territorio soberano de Rusia?

Zelenski condecora a un soldado supuestamente herido en combate ya en los primeros días de la guerra. Con estas imágenes se instaló en el sentido común de la opinión pública en Occidente y en las colonias la imagen del heroísmo de los ucranianos y, sobre todo, del presidente Zelenski, convertido de cómico y mal dirigente a héroe y prócer más o menos de la noche a la mañana. Esa es la justa medida de la distancia que hay entre la narrativa y la realidad, la transformación de un cuatro de copas en una figura napoleónica con fines políticos cuyos intereses exceden enormemente al propio individuo en cuestión.

La segunda premisa que se instala con la fuerza del discurso único hegemónico es la de que existe un pueblo ucraniano homogéneo y unido para cerrar filas detrás de un Volodímir Zelenski convertido de la noche a la mañana en prócer y en héroe. Es muy frecuente en nuestros medios de comunicación ese relato, el de la existencia de una “resistencia ucraniana” dispuesta a todo frente a unos “rusos malos” cuyo único objetivo es hacer gratuitamente el mal en Ucrania. Este es el modelo de Hollywood plasmado en esos films que educaron a generaciones en la idea de un occidental pacífico que se ve agredido súbitamente por un oriental irracional, opaco y violento porque sí. Allí estaban los estadounidenses tranquilos en Pearl Harbour hasta que un día, sin nada que lo justifique, llegaron unos japoneses arrojando bombas contra el que estaba quieto. Lo mismo en Vietnam, donde se veían a unos soldados jugando a las cartas en el campamento hasta que de pronto aparecían los opacos vietcongs a romper la armonía. Hollywood nunca explica que los Estados Unidos ya participaban de la II Guerra Mundial con el envío de armamento a sus aliados ni explica qué cosa hacían los soldados estadounidenses en Vietnam, que era precisamente una invasión. Siempre es el occidental blanco y personalizable siendo agredido inesperadamente por el oriental opaco —todos los orientales son iguales en las películas, son autómatas enajenados y sin individualidad— sin que eso se justifique.

Así es la narrativa actual de la guerra. Zelenski y sus ucranianos estaban quietos, sin joder a nadie, como se dice comúnmente. Lo único que hacían es ser felices en un país que se preparaba para ingresar a la Unión Europea y terminar de civilizarse, donde “civilización” se lee en oposición a la “barbarie” oriental, hasta que un loco como Putin empezó a tirar tiros y a los pobres ucranianos no les quedó otra opción que defenderse. No hay realmente una historización de la masacre que venían imponiendo los ucranianos en la región del Donbass, Donetsk y Luhansk, contra la minoría rusa que allí está asentada. Tampoco hay explicación del interés del gobierno de Ucrania por ingresar a la Alianza del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y empezar así a prestar su territorio para la instalación de bases militares y de lanzamiento de misiles sobre la frontera de Rusia. Nadie se pregunta qué pasaría en México si Rusia instalara allí una base militar y unos misiles apuntando hacia los Estados Unidos. ¿Lo permitiría Washington? ¿O invadiría México, como efectivamente hizo con Cuba a principios de los años 1960 en el marco de la crisis de los misiles soviéticos? Nunca está de más recordar que precisamente por eso los Estados Unidos ocuparon Guantánamo y se quedaron allí para siempre con una base militar, en pleno territorio soberano de Cuba.

La base militar de Guantánamo —donde los estadounidenses torturan e ilegalmente tienen detenidos— es el ejemplo de lo que pasa cuando algún país intenta ubicar armas cerca de las fronteras de los Estados Unidos. La OTAN se instaló en casi todos los países alrededor de Rusia y este país reaccionó cuando esa expansión llegaba a Ucrania. ¿Por qué está mal que Rusia tenga una zona de influencia, pero bien o aceptable que los Estados Unidos tengan la suya?

Finalmente, toda esa narrativa falsificada se sintetiza en la consigna del “estamos ganando” que se utiliza para sostener el entusiasmo del público consumidor. Allí estarían los valientes ucranianos, todos unidos alrededor de una misma idea y luchando con lo poco que tienen contra la ofensiva de una de las mayores potencias militares del planeta. Los ucranianos en el relato resisten con éxito a esa ofensiva y cualquier vicisitud propia de la guerra en un territorio muy extenso como el de Ucrania en pleno invierno se les presenta a los consumidores de aquí como una muestra de la debilidad del “ruso malo”. Si un camión o un vehículo blindado se queda encajado en el barro, es que la ofensiva rusa “se estanca”. Si un ucraniano logra con un tiro suertudo derribar a un ruso, es que los rusos caen diezmados por miles. Y si algún mercenario dice estar dispuesto a unirse como “voluntario” a la “resistencia”, es que el mundo está interviniendo en la guerra y se le viene la noche a Putin. Nadie desde el Kremlin empezando por el propio Putin jamás habló de tomar Kiev en tres días y tres noches, pero al cabo de un mes de guerra aquí concluyen que la cosa está tardando demasiado y eso es presentado como una evidencia del fracaso de la ofensiva. Son más de 600 mil kilómetros de superficie y unos 45 millones de habitantes en Ucrania, pero si Rusia no logra rendir incondicionalmente a todo el país en menos de una semana es que los rusos fracasan. “Estamos ganando” es lo que se lee en todos los titulares, en todos los zócalos de televisión. Y la verdad es que aquí los medios están cometiendo una infidelidad, les están metiendo literalmente los cuernos a sus consumidores de noticias al faltar con el respeto a la inteligencia de estos.

La otra cara de la moneda

Los consumidores de aquí y los consumidores de allá, esa es toda la cuestión. Como se sabe, apenas empezada la guerra, una de las primeras medidas tomadas por Occidente fue la prohibición de los medios rusos. Súbitamente, Russia Today y Sputnik empezaron a ser censurados hasta que la situación se volvió insostenible y se cortaron las señales de esos canales. Igual persecución se dio en las redes sociales, donde todo relato alternativo proveniente de Moscú o mínimamente sospechado de provenir de allí fue censurado, quedando toda la opinión pública de Occidente y de las colonias a merced de una voz única. Empezó a escucharse aquí una sola campana, solo hay una narrativa. Se concretó al fin la distopía del 1984 orwelliano y con creces, eso sí, todo en nombre de la libertad de expresión y en el marco de una guerra santa contra las llamadas fake news que los “rusos malos” estarían difundiendo para hacer propaganda de guerra.

Nada es gratis, todo tiene una contraparte. Si los consumidores de aquí se vieron privados de escuchar la otra campana, lo mismo les pasó a los consumidores de allá: al prohibirse en Occidente los medios rusos, Putin pudo justificar la prohibición de los medios de Occidente en Rusia y eso resultó en una situación todavía mucho más ruinosa para los occidentales. Ahora la propaganda de guerra de Occidente expuesta resumidamente en estas líneas no llega a los oídos de los rusos y en consecuencia estos solo consumen noticias en las que se ve reflejada la otra verdad en este conflicto. En su locura de castigar y sancionar, los Estados Unidos se dieron un perfecto tiro en el propio pie dinamitando todos los puentes.

Al prohibir la difusión de Russia Today y Sputnik en sus países, Occidente le dio a Putin la excusa perfecta para hacer lo propio con los medios occidentales que operaban en Rusia y así se dinamitaron todos los puentes. Ahora, como en la Guerra Fría, cada compartimiento estanco se informa solo con medios propios y afines a la ideología dominante en cada bloque. Y el resultado es que la propaganda de guerra de Occidente ya no tiene impacto sobre los rusos. Censurar al otro nunca es un buen negocio en el mediano plazo.

¿Por qué eso puede resultar siendo fatal para Occidente? Porque Rusia tiene una verdad que para los rusos es absoluta. Uno de los aspectos de esta guerra que Occidente trata de ocultar con su propaganda de guerra es el aspecto ideológico, el que tiene sus raíces en la II Guerra Mundial y está muy presente en la sociedad rusa. De hecho, ese conflicto global es la “Gran Guerra Patria” en la que los rusos en la Unión Soviética derrotaron a una Alemania nazi que les había invadido el territorio, por razones históricas, como se ve, el nazi es el enemigo ideológico clásico en el sentido común del pueblo ruso y Ucrania logró revivir a ese fantasma al permitir la actividad de neonazis en su territorio. Esto es lo que en Occidente y en las colonias no sabemos, pero en Rusia se ve día y noche en televisión, se lee en todos los diarios, se escucha en las radios y se discute en las redes sociales de ellos: imágenes de las atrocidades cometidas por el infame Batallón de Azov contra los rusos y otras minorías de Ucrania.

Lo que aquí es descalificado como conspiranoia o en todo caso es minimizado al grito de “no todos los ucranianos son nazis, esa es una ínfima minoría” resulta ser el argumento ideológico central en Rusia para explicar la guerra. Cuando Putin justifica su operación especial militar, lo hace primeramente diciéndole a su pueblo que Rusia está en una misión por desnazificar a Ucrania, esto es, por derrotar al enemigo ideológico histórico. No hay en ello ninguna mentira ni antagonista puesto ad hoc como las armas químicas que Saddam Hussein nunca tuvo y que igualmente fueron presentadas por los estadounidenses para la invasión de Irak a principios de este siglo. Hay neonazis en Ucrania y para la desgracia de estos su actividad delictiva está abundantemente documentada por esos mismos neonazis y sus teléfonos celulares con cámara de fotos y video. Todo ese material, el que aquí solo se ve tímidamente en las redes sociales, está intensamente expuesto en los medios de comunicación masiva rusos que el pueblo ruso consume.

La idea de que el gobierno de Volodímir Zelenski es un títere de Occidente en lo externo y está tomado por los neonazis en lo interno es de sentido común hoy en Rusia, cualquier ruso sabe que Ucrania es un Estado nazi que la OTAN usa como marioneta para comprometer la seguridad nacional de Rusia. Al atento lector le puede sonar extremo, pero la comparación que hacen los medios de aquí entre Putin y Hitler se presenta por los medios de Rusia frente a los rusos exactamente al revés. La Alemania nazi de estos días es Ucrania, Rusia equivale históricamente a la Unión Soviética en la defensa de su soberanía y Putin es una mezcla de todos los patriotas rusos a lo largo de la historia, desde el zar que derrotó a un Napoleón invasor hasta el Stalin que derrotó a un Hitler que también invadió y pagó caro su atrevimiento.

Colin Powell presenta en la Organización de las Naciones Unidas (ONU) la “prueba” de que había armas químicas en Irak: un frasquito con un polvo blanco. Con este auténtico bolazo, los Estados Unidos justificaron la invasión a Irak y ejecutaron a Saddam Hussein, simplemente porque la opinión pública estadounidense creyó la narrativa y vio en el frasquito una prueba irrefutable. En el caso de la invasión rusa a Ucrania el argumento es mucho más sustancial, puesto que los nazis del Batallón de Azov existen y, de hecho, son los que llevaron a cabo un genocidio en ocho años contra los rusos de la región ucraniana del Donbass.

Los hispanos de América tenemos naciones jóvenes, formadas por inmigrantes y cuya cultura todavía no está del todo definida. Y por eso mismo nos cuesta muchísimo comprender cabalmente el concepto de patria —o más precisamente de Madre Rusia— que tienen los rusos, no entendemos muy bien cómo pueden estar dispuestos a hacerse matar millones de personas para defenderse de la bota foránea. Hitler estaba a pocos kilómetros de Moscú cuando Stalin pronunció un famoso discurso ante una Plaza Roja repleta y cambió el curso de la guerra, en la que de allí en más los alemanes iban a retroceder hasta caer derrotados en pleno Berlín. Hasta allí los rusos venían peleando por el socialismo, por una ideología política, y eso no es convocante allí. Pero cuando Stalin llamó a la defensa de la Madre Rusia invocando la memoria de todos sus héroes y mártires históricos (algunos de ellos proscriptos por los bolcheviques), los rusos empezaron a luchar en serio, a dar la vida por la patria. No era el socialismo soviético el que peligraba ante la amenaza del hitlerismo, sino la Madre Rusia que estaba siendo violada por un extranjero. Y eso para los rusos de ayer, los de hoy y los de siempre es intolerable.

Mientras aquí nos venden la narrativa de los “rusos malos” en las formas de “estamos ganando” y de microrrelato lacrimógeno de lo que sufren los pobres ucranianos, en Rusia se habla de una nueva Gran Guerra Patria contra la amenaza de la OTAN a la soberanía nacional mediante el uso de neonazis en el territorio de Ucrania. No es difícil hacer las cuentas y concluir que el ruso promedio está convencido de que si Putin no lanzaba su operación especial para desnazificar a Ucrania, en el mediano plazo la OTAN iba a intentar invadir el territorio ruso desde Ucrania y con las botas de los neonazis. Es evidente que en la comprensión de los rusos esta es una guerra defensiva, es una lucha legítima en defensa de la soberanía nacional y la existencia misma de la Madre Rusia. ¿Qué le importa en la práctica a Putin lo que pueda opinar un argentino o un panameño, incluso un estadounidense, un francés o un inglés, sobre lo que ocurre hoy en Ucrania?

Muchas décadas después de su muerte, existen aún en Rusia quienes homenajean a Stalin, fundamentalmente porque fue el mariscal de la victoria en la Gran Guerra Patria contra la agresión extranjera a la Madre Rusia. ¿Qué valoración podría haber en el sentido común del pueblo ruso de Putin si este conduce el país al triunfo frente a Occidente, sino la de ubicarlo en el panteón de los próceres de la patria junto a Stalin? Eso es lo que cuesta comprender en Occidente y también aquí en las colonias.

La verdad que no mucho y eso por varias razones. La primera y la más importante, que en la práctica Rusia no puede ser derrotada en el plano militar sin que eso resulte necesariamente en una guerra nuclear y en la destrucción del planeta. Putin sabe que Occidente tiene las manos y los pies atados, no puede realmente desplegar su aparato militar en un enfrentamiento abierto contra los rusos, eso no funciona así y mucho menos con Rusia jugando de local. El triunfo es imposible y la derrota se asegura en tiempo, a Putin no se lo puede voltear desde fuera de Rusia. Lo único que puede hacerse es desestabilizarlo, romper la unidad nacional y que eso dé como resultado un golpe de Estado en su contra. Pero para que eso ocurra es necesario que la política rusa se rebele y eso es lo que justamente no va a pasar mientras la opinión pública en Rusia esté convencida de que Putin tiene la razón, de que desnazificar el territorio de Ucrania y atar bien la vaca para que la OTAN jamás se instale allí es una necesidad en materia de seguridad nacional.

Occidente dinamitó los puentes y su mensaje disolvente no llega a los oídos de los rusos, no puede convencer a estos de que Putin es un criminal de guerra, un Hitler posmoderno y todas esas ideas que en esta parte del mundo sí están instaladas en el sentido común. En una palabra, hay dos mundos incomunicados entre sí, existen compartimientos estancos como en la Guerra Fría y eso es gracias a la arrogancia de un Occidente que se precipitó en imponerle a Rusia sanciones que impactaron finalmente también sobre quien las impuso. Al prohibir la circulación de los medios rusos aquí, Occidente prohibió en el mismo acto la circulación de sus propios medios en Rusia y ahora no puede formatear allí la opinión pública para derrocar a Putin con un golpe de Estado.

Arte callejero en Moscú que a los ojos de quienes no entendemos la cultura rusa es de dudoso sentido. Muchas de las cosas que son execrables para nuestro sentido común liberal y formateado por Occidente son valores positivos en Rusia y viceversa. Por ejemplo, el concepto de “democracia” tal como lo entendemos aquí no existe en Rusia. Putin le habla a la cultura del pueblo ruso y, al menos por el momento, no está muy preocupado en persuadir al resto del mundo. Si triunfa, esa persuasión vendrá por añadidura, puesto que el vencedor siempre tiene la razón en toda guerra.

Claro que lo mismo pasa con las sanciones económicas cuyas consecuencias se sienten en Rusia, pero finalmente mucho más en Europa occidental y en todo el mundo al tullir la economía global. Los europeos son muy dependientes de los recursos naturales de Rusia y ahora se encuentran en una situación crítica de parálisis económica que podría derivar en una inestabilidad social que no se ve en esas latitudes precisamente desde la II Guerra Mundial. En el resto del mundo el alza en los precios de los combustibles y de los alimentos al prohibirse el comercio internacional con Rusia ya está causando estragos en todas partes, incluso en los Estados Unidos, donde aumentan sin parar los precios de los combustibles y se registra una inflación descomunal para ese país tan estable. A Joe Biden solo se le ocurre responsabilizar a Putin por la desgracia, pero el pueblo estadounidense no suele tolerar muy bien la penuria y Biden pronto verá cómo su gobierno empieza a implosionar, si es que eso ya no está ocurriendo.

A los que en los medios venden el relato del “estamos ganando” a instancias de la hegemonía occidental habría que preguntarles qué es lo que se gana rodeando a una potencia nuclear, la primera potencia nuclear del planeta, hasta el punto de no dejarle a dicha potencia más alternativa que plantear la guerra. Históricamente, los Estados Unidos han hecho la guerra para concentrar la riqueza en pocas manos canalizando el dinero del contribuyente al complejo industrial-militar y siempre se ha salido con la suya. Pero al parecer aquí cruzó un límite, aquí se plantea una guerra que no puede tener ganadores y cuyo resultado solo podría ser la destrucción del mundo o la destrucción del actual orden mundial. Ninguna de las dos es conveniente para los Estados Unidos y en estos momentos los cerebros privilegiados del Pentágono deberían preguntarse, más allá de la narrativa hecha por ellos mismos como propaganda de guerra, qué demonios es lo que realmente están ganando en este relato delirante del “estamos ganando” de una guerra contra un país al que jamás nadie pudo poner de rodillas. Rusia no es Irak, no es Afganistán y ni siquiera es China, es una historia larga de una verdadera invulnerabilidad. Con un relato televisivo no van a poder arrodillar a los rusos y ellos ya lo saben, como supieron en su momento los romanos que su hora había llegado.


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