Gorilaje ambidiestro

El creciente abstencionismo electoral y el mal humor en las calles son los síntomas más visibles de la no representación política, un problema que viene arrastrándose por lo menos en los últimos diez años. El pueblo empieza a percatarse de que existe una farsa allí donde debió haber una lucha por el poder en el Estado y que, en dicha farsa, los implicados son gorilas por derecha conservadora o por izquierda progresista. Son todos distintos entre sí en el discurso ideológico, aunque demasiado parecidos en su praxis. La política no representa los intereses de las mayorías populares y estas, aunque intuitivamente, ya saben que esto es así.
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Desde la evidencia escandalosa que es el creciente abstencionismo electoral hasta el malhumor que se hace sentir en las calles de todo el país, la quiebra moral de una política claudicante queda expuesta a la vista incluso del que no sea un buen observador. Está claro que no existe la representación de los intereses de las mayorías y claras también están todas sus consecuencias: un régimen netamente antipopular y cipayo que avanza sin escollos con un saqueo a plena luz del día. Avanza, el régimen mileísta avanza sin oposición y este hecho ya es percibido o al menos intuido por muchos más individuos de los que el sistema puede desear.

Entonces está el problema de la no representación política y otro problema, el de la caída de la fe en el sistema. Estos fenómenos concomitantes que, en realidad, resultan el uno del otro, serían suficientes para explicar el estado actual de la política argentina, aunque en ello faltarían las causas. ¿Por qué de pronto empieza a percibirse una ausencia de representación de los intereses colectivos de las mayorías que viene dándose por lo menos en los últimos diez años desde el advenimiento de Mauricio Macri? ¿Qué pasó en la opinión pública para que exista la conciencia de una política que no quiere o no puede hacer aquello que, por contrato, se supone debería hacer?

La respuesta tiene que estar en el tiempo. Después de diez años de alternancia entre la derecha conservadora y la izquierda progresista —mal llamada “peronista”—, el pueblo empieza a comprender que ninguno de los extremos implicados en la grieta está interesado en modificar la realidad social desde el poder político en el Estado. De un modo precario, que es como suelen darse estas comprensiones, el pueblo-nación argentino está entendiendo que los dirigentes de todo el arco político no hacen más que vender humo con consignas ideológicas para dejarse estar en la política sin resolver ninguno de los muchos problemas existentes en la sociedad.

Es el tiempo, como se ve, el que trae esa comprensión aun en la forma más bien precaria de intuición. De tanto ver a los diestros y a los zurdos hacer polémicas con asuntos de segundo y tercer orden de importancia mientras las condiciones objetivas de existencia se deterioran, las mayorías vieron el truco. Y vieron que más allá de las etiquetas y de los discursos ideológicos con los que esos dirigentes pretenden instalar la idea de que son distintos entre sí, lo que realmente tienen todos ellos en común es la voluntad de hacer el negocio de alguien contra el bienestar general de la comunidad.

En una palabra, el pueblo empieza a comprender que toda la política está empeñada en llevar a cabo un proyecto antipopular y antinacional. Claro que esta no es una comprensión cabal, son todavía muy pocos los que saben expresar el problema en estos términos y categorías. Pero también es cierto que al menos en la forma ya mentada de una intuición en Argentina hay ya mucha gente entendiendo que la política representa cualesquiera intereses salvo los del electorado. El pueblo entiende que solo hay dirigentes de la fuerza brutal del antipueblo y por eso no quiere ir a votar.

La fuerza brutal del antipueblo es, como se sabe, una fuerza eminentemente gorila, esto es, antiperonista. Allí donde el peronismo es por antonomasia la representación de la voluntad popular mayoritaria, lo contrario solo puede ser gorila. Gorilas de derecha y gorilas de izquierda, eso es todo lo que hay. Los gorilas de derecha gritan conservadurismo y los gorilas de izquierda, por su parte, gritan progresismo. Pero a la hora de los bifes, como suele decir el buen sentido popular, se ponen todos de acuerdo en la representación de intereses que no son los del pueblo en la única política real posible que es la economía, la cuestión de pesos y centavos.

En lo que define cómo va a vivir la gente parece haber un consenso, parece que están todos de acuerdo en que la gente de a pie tiene que vivir mal para que alguien haga algún negocio. Nadie sabe lógicamente por qué se da ese consenso, por qué dirigentes políticos supuestamente enfrentados de pronto se ponen de acuerdo para perjudicar al pueblo que los vota y les paga altísimos salarios, prebendas y privilegios con dinero público para que, ellos sí, vivan mucho mejor que el promedio de sus representados. El pacto hegemónico no se adivina. Se sospecha, de nuevo, como una mera intuición, pero no se adivina todavía.

La cuestión entonces radica en exponer ese pacto hegemónico, demostrar que los dirigentes pactaron en un proyecto político único cuyo contenido es la representación de los intereses particulares de los de arriba. Algunos entraron al pacto por ser naturalmente gorilas y cipayos, mientras que otros probablemente lo hayan hecho por vulgar claudicación al hallarse incapaces de enfrentar al poder. Es por el momento irrelevante. Lo que realmente importa aquí es que la política argentina se ha convertido en una farsa de gorilas diestros y zurdos, ambidiestros. Y que el pueblo finalmente empezó a darse cuenta de ello.

La presente edición de Hegemonía, la 94ª. camino a la centenaria, viene con los argumentos iniciales para formar cierta comprensión de la farsa de gorilas por derecha y por izquierda, pero fundamentalmente para entender mejor las razones del pacto hegemónico antipopular que pone en el lugar del gorila incluso a dirigentes que al menos en principio no deberían estar allí. Hegemonía busca la comprensión de la no representación para lograr, en el mediano plazo, que vuelva a haberla. Tiene que volver a existir la representación política de las mayorías populares porque un pueblo sin representantes es una masa bruta y ciega que marcha a paso acelerado hacia su propia disolución.


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