Luego de amenazar durante días con imponer aranceles a los productos que Brasil exporta a los Estados Unidos como represalia por lo que considera una persecución judicial contra Jair Bolsonaro, Donald Trump anunció el pasado miércoles 30 de julio que pospondría en una semana esa imposición y, además, lo que es más importante, declarando exentos de esos aranceles del 50% a unos 700 productos. Entre estos quedaron el petróleo y sus derivados, el mineral de estaño, el hierro, los metales raros, el silicio, los fertilizantes, el jugo de naranja, la celulosa, los aviones fabricados por la Empresa Brasileña de Aeronáutica (EMBRAER) y sus respectivos repuestos, esto es, básicamente todo lo que Brasil exporta regularmente desde siempre a los Estados Unidos. Una vez más parecería que a Trump se le fue la mano en la bravuconada tan solo para encontrarse con la realidad de que en un mundo tan globalizado como el actual las sanciones económicas contra cualquier nación suelen impactar negativamente también en el país que las impone.
Claro, la globalización en sí misma es una creación de los Estados Unidos y estas son las consecuencias de ella en el largo plazo, las que Trump ahora debe afrontar cada vez que intenta imponer su voluntad pretendidamente imperial sobre otros mediante la extorsión económica. Trump lo intentó con Rusia, China y otros, normalmente con los mismos resultados. Y en el caso de China la llamada guerra comercial no es otra cosa que la comprobación fáctica de que las sanciones económicas en la forma de aranceles solo dan como resultado necesario un impacto negativo sobre la economía propia. Cada vez que se quiso usar la presión económica para extorsionar a Beijing bajo el liderazgo de Trump los Estados Unidos debieron retroceder en chancletas al ver las consecuencias de ello en el plano local. Esto fue lo que ocurrió también en el caso de Brasil y la respuesta está en la globalización.
En realidad, la amenaza de imponer aranceles sobre las exportaciones de las grandes economías es lo que en lengua inglesa se llama un bluff, es una simulación hecha con el fin de meter miedo a ver si el otro cede primero. Los estadounidenses saben que si la contraparte se pone dura y resiste durante algunos días la presión de la opinión pública —que es asustadiza y suele reaccionar muy mal—, al final los aranceles no pueden aplicarse y deben ser retirados de la mesa de negociaciones. El bluff de los aranceles solo podría funcionar en economías muy modestas, en países donde el Estado está en manos de una clase dirigente cipaya y de una diplomacia inexperta o quizá timorata, jamás en China, en Rusia, en Australia o en Brasil. Además de existir la conciencia y cierto consenso alrededor de los intereses nacionales, en esos países la capacidad productiva es grande y la diplomacia tiene la conducta necesaria para transitar el proceso sin dejarse extorsionar con humo.

Ese es el caso de Brasil, ese extraño país subdesarrollado que, no obstante, tiene una economía importante, cierta burguesía nacional y nacionalista y una diplomacia de escuela británica, de las que no suelen espantarse al oír el primer tiro. Por potencial económico en todo lo que es el agronegocio, la minería y la producción de combustibles, Brasil tiene para empezar una inserción enorme en la economía de los Estados Unidos con todo lo que allí exporta, de modo que cualquier trastorno en las relaciones comerciales habituales impacta en el mercado local de los estadounidenses ya sea en la forma de inflación, de escasez o de ambas. En una palabra, Washington sabe perfectamente que no debe perturbar las relaciones comerciales con Brasilia y mucho menos por razones de ideología. Y si lo hace es únicamente como un bluff, nunca con intención real de ejecutar el objeto de la extorsión.
Por otra parte, en Brasil existe en el rol de clase dominante y dirigente una burguesía nacional. Eso significa que las decisiones políticas y más aún la orientación geopolítica resultan básicamente de los intereses económicos de dicha burguesía, la que tiene un carácter agroindustrial. Para que se tenga una idea, cuando en febrero de 2022 los Estados Unidos le exigieron a Jair Bolsonaro —quien hasta entonces se había presentado como un fiel lacayo suyo— la condena pública a Rusia por lo que quedó caracterizado como una invasión sobre el territorio de Ucrania, la burguesía agroindustrial de Brasil comprendió de inmediato que la escasez de fertilizantes rusos afectaría profundamente sus intereses y Bolsonaro fue obligado a viajar a Moscú y a darle la mano a Vladimir Putin para garantizar el suministro del insumo a cambio de no decir palabra alguna sobre la invasión. En el apremio de tomar una decisión, Bolsonaro optó por llevarle la contra a Washington y no ponerse en frente a su propia burguesía.

Los fertilizantes rusos siguieron llegando a Brasil y el agronegocio brasileño no solo jamás se detuvo, sino que floreció al faltar en el mercado internacional de commodities las exportaciones de una Ucrania en estado de guerra. Brasilia nunca emitió un solo comunicado, ni con Bolsonaro ni después con “Lula” da Silva, condenando a Moscú por su operación especial. Comprometidos con el complejo industrial militar-farmacéutico y sobreideologizados, los demócratas estadounidenses se ofendieron mucho y en lo sucesivo abandonaron a Bolsonaro a su suerte, apoyando a “Lula” da Silva para que este ganara las elecciones en octubre de aquel año. Todo esto es historia reciente y muy bien conocida que solo sirve al propósito de demostrar que las decisiones de la política en Brasil resultan mucho más de la voluntad de su clase dominante y dirigente que de los caprichos coyunturales de Washington.
Entonces los yanquis ya saben que esto es así y sabían de antemano que cualquier extorsión implicando las exportaciones del agronegocio de Brasil iba a chocar necesariamente con la voluntad nacional de una burguesía brasileña cuya ideología es ninguna más allá del propio lucro. ¿Por qué una clase dominante y dirigente que había sido capaz de acordar con Moscú al precio de darles a los Estados Unidos un revés en su estrategia geopolítica habría de titubear a la hora de defender sus exportaciones, aunque el costo de dicha defensa fuera parapetarse con un “Lula” da Silva simbólicamente no del todo potable? Es evidente que habría de haber fuerte resistencia a la imposición de aranceles que inviabilizasen esas exportaciones y que esos aranceles eran, por lo tanto, inviables. No hubo jamás en Washington la voluntad de darse ese tiro en el pie y menos aún en pleno contexto de lucha geopolítica comercial contra China.

Claramente este no es el momento más oportuno para enajenar a un aliado americano de la magnitud de Brasil y es probable que Trump haya lanzado la extorsión al tapete con el solo fin de generar un hecho político rimbombante que tuviera consecuencias colaterales, es decir, a modo de una jugada de ajedrez en la que el objetivo no es capturar la ficha inmediatamente a la vista, sino algo mucho más profundo. De imponerse realmente, en un primer momento los aranceles habrían de suscitar el caos económico en Brasil y dificultades muy grandes en los Estados Unidos. Pero en el tiempo, en un corto plazo, esas exportaciones se reorientarían paulatinamente hacia otros mercados (léase China) y el resultado final sería la implosión de puentes comerciales que habían sido construidos a lo largo de décadas entre dos de las tres principales economías de América. He ahí el tiro en el pie por parte de los Estados Unidos.
Nadie se retira voluntariamente de un mercado prioritario ni le regala ese mercado a su principal rival dinamitando los puentes y la pregunta, por lo tanto, no es por los aranceles, inviables estos por donde se los mire. La pregunta obligada es qué quiso lograr Donald Trump con su “bluff” en Brasil. Esto es precisamente lo que los operadores mal llamados “periodistas” en los medios de difusión tradicionales no dicen, es lo que subyace aquí como trama de fondo y jamás aparece en la narrativa de los medios hegemónicos. Toda la discusión es alrededor de las personalidades implicadas en la negociación y en el impacto proyectado de la aplicación de los aranceles, mucho escenario hipotético con lo que podría pasar si los Estados Unidos hacen tal cosa y Brasil responde tal otra, etc. Pero nadie se hace la pregunta obligada: ¿Por qué? ¿Por qué Trump anuncia medidas apocalípticas contra un país como Brasil a sabiendas de que no las podrá implementar y que los brasileños tampoco van a morder el anzuelo de la extorsión?
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