Información privilegiada

Allí donde el sentido común en su siempre superficial observación ve un comportamiento errático e incluso intuye locura, existe un cálculo frío por parte de Donald Trump en el sentido de salvar algo de un incendio que ya es inevitable: el de la hegemonía unipolar estadounidense. Exactos 80 años de imperialismo indiscutido le han explotado en la cara y Trump huye hacia delante acumulando en el proceso mucho dinero en su cuenta personal mediante la manipulación del mercado financiero. Trump va a necesitar ese dinero para afrontar la noche que se le viene una vez que sea apeado del poder político al quedar clara su derrota. Y entonces se dedica a acumular mientras divierte al mundo con sus supuestos furcios y contradicciones.
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Como un piano. Así viene cayendo la actividad económica en el último mes a nivel global desde que empezaron los tiros en Medio Oriente. La guerra es disruptiva para los negocios y cuando se hace a gran escala extendiéndose además en el tiempo el resultado puede ser la caída del mismísimo sistema. Quienes tiran los tiros saben perfectamente que cuando hay guerra todos los sectores de la economía pierden, algunos más y otros menos. Todos menos el complejo industrial militar-farmacéutico, por supuesto, esa rama de la actividad económica que se asemeja más al hampa porque hace dinero con la muerte. Pero es evidente que la guerra perturba la actividad comercial, lo que finalmente impacta para mal en toda la cadena hasta joder a quienes trabajan y producen. “La sangre es mala para los negocios”, decía Mario Puzo por boca de su personaje Virgil Sollozzo en El Padrino.

Sollozzo estaba en el hampa, pero no había descubierto el curro de la venta de armas y fármacos. Vendía heroína y necesitaba la paz en las calles para que sus punteros pudieran operar con relativa tranquilidad. De haber sido accionista del complejo industrial militar-farmacéutico, un hampón en serio y no un vulgar narcotraficante, probablemente habría tenido una opinión distinta sobre la sangre. Desde la denuncia que hizo Dwight Eisenhower en 1961 aprovechando que ya se iba de la Casa Blanca luego de cumplir dos mandatos presidenciales, el mundo sabe que la industria armamentística es el verdadero poder. John Kennedy sucedió a Eisenhower y naturalmente quiso tirar del ovillo, quiso llegar al fondo del asunto y quiso desarticular ese poder fáctico nefasto que gana cuando otros mueren. Y lo murieron a él de un tiro en la cabeza, en plena calle y ante una multitud, por intentarlo.

El caso es que desde el punto de vista de quienes tienen dinero el negocio es especular con acciones del complejo industrial militar-farmacéutico para ganar aún más dinero cada vez que estalla una guerra o hay enfermedad generalizada, lo que es casi siempre. No hay forma de errar ahí. Pero en el tiempo los hampones globales también aprendieron a diversificarse o, en una palabra, a no poner todos los huevos en un mismo canasto. Ahora las inversiones de los dueños del mundo no se concentran en las acciones del complejo industrial militar-farmacéutico únicamente, sino que abarcan la especulación con títulos de prácticamente toda la industria que cotiza en bolsa. Desde los alimentos hasta la producción audiovisual no hay empresa en el mundo que no esté bajo el control de los grandes holdings de la élite globalista y satanista.

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John Kennedy sucedió a Dwight Eisenhower en 1961 y no hizo oídos sordos a la denuncia deslizada por su antecesor al despedirse de la presidencia. Kennedy quiso actuar sobre las palabras de Eisenhower, quiso terminar con el curro del complejo industrial militar-farmacéutico y cortar con el sionismo internacional, que es precisamente el dueño de dicho complejo y el manipulador de la voluntad estadounidense. Entonces terminó asesinado frente a una multitud y las cámaras de televisión, en plena luz de día. De ahí en más todos los presidentes en los Estados Unidos fueron obedientes y el resultado está a la vista del mundo: la caída del imperialismo yanqui en un conflicto al que los yanquis fueron arrastrados por los sionistas.

Esos holdings son muy bien conocidos, son BlackRock, The Vanguard Group y State Street, entre otros. En estas páginas mucho se ha hablado ya del proceder de estos conglomerados gigantescos y opacos que nada producen, con todo especulan y poca información brindan respecto a la identidad de quienes los controlan. Ese misterio, que es el enigma de cómo se llaman y dónde se esconden esos pocos oligarcas globales, empieza a resolverse en parte gracias a la firme resolución del pueblo-nación iraní. Al plantarse con valentía frente a un ataque y una amenaza existencial planteada por los Estados Unidos y por Israel, los iraníes terminan destapando ciertas cloacas de información que parecían estar destinadas a no quedar jamás expuestas. El sacrificio bélico de Irán es el factor determinante para que vea la luz lo que debió estar oculto y desestabiliza el sistema al no estarlo.

Lo que puede verse hoy es, no obstante, la hilacha. Es apenas la puntita del ovillo para tirar e ir revelando los secretos sobre los que está construida la narrativa del actual orden mundial. Un ejemplo de ello es el muy sospechoso proceder del mismísimo presidente Donald Trump de los Estados Unidos. Desde el primer día de la actual guerra y luego de lanzar ataques criminales contra los iraníes en la persona del ayatolá Jameneí y sobre una escuela de niñas de entre 7 y 12 años, Trump viene teniendo un comportamiento que puede parecer a primera vista errático: dice una cosa y a las pocas horas se contradice afirmando lo diametralmente opuesto. La inocencia del sentido común atribuye todo eso a una supuesta locura del personaje, que ya de por sí es bastante exótico. Pero no corresponde. En realidad, el comportamiento supuestamente errático de Trump es estratégico.

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Aunque hoy todavía no se vea muy claramente, el crimen de guerra y de lesa humanidad en la escuela primaria de Minab es lo que finalmente sella el destino de Trump y de la hegemonía unipolar estadounidense, es el hecho que queda asentado en la historia como el punto de inflexión y se utiliza por los historiadores luego para empezar a explicar el tránsito entre órdenes mundiales. Sumado al magnicidio del ayatolá Jameneí, Minab es la razón por la que es imposible volver a poner en caja a los iraníes y, por lo tanto, parar la guerra. Los iraníes y buena parte del mundo quieren ir ahora hasta las últimas consecuencias.

¿Estratégico para triunfar en el terreno de lo militar? Desde luego que no, Trump sabe que eso es imposible. Los Estados Unidos perdieron la guerra de movida al golpear contra esa mole inconmovible que son esos casi 100 millones de iraníes sentados sobre su inmenso territorio y sobre la llave que abre el paso por el Estrecho de Ormuz. Trump sabe que pierde la guerra sin importar lo que haga o deje de hacer. El comportamiento de Trump solo es estratégico en un sentido meramente individualista, tiene poco y nada que ver con los Estados Unidos y sus intereses nacionales. Lo que hace Trump mostrándose errático en sus declaraciones es crear cierta ambigüedad controlada y dirigida mediante el tiempismo para manipular el mercado de capitales y sacar provecho para sí mismo.

Esto fue lo que descubrieron los analistas en los Estados Unidos a través de la simple observación de las consecuencias objetivas de las declaraciones de Trump y, más específicamente, de lo que pasa cuando Trump parece recular después de una de sus bravuconadas. El pasado 21 de marzo, a exactas tres semanas de haberse iniciado la agresión contra Irán, Trump publicaba en sus redes sociales la siguiente amenaza: “Si Irán no abre totalmente el paso marítimo por el Estrecho de Ormuz en 48 horas, los Estados Unidos de América devastarán la infraestructura energética iraní empezando por la más grande de sus plantas”. Irán respondió a los pocos minutos avisando que si eso ocurría, iba a haber retaliación contra toda la infraestructura energética de los países árabes del Golfo Pérsico, aliados de los Estados Unidos y de Israel, además de fundamentales para el suministro energético a nivel global.

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Una lancha de las fuerzas armadas de Irán controla el tránsito por el Estrecho de Ormuz, el accidente geográfico que finalmente es decisivo en la presente coyuntura. Al cerrar el paso por el Estrecho, los iraníes asestaron un golpe mortal a la economía y, por lo tanto, al sistema-mundo impuesto por los Estados Unidos en 1945. Todo el conflicto se reduce, desde el punto de vista del imperialismo yanqui, a esto. Y el resultado parecería estar puesto porque forzar a Irán a reabrir el Estrecho es virtualmente imposible si no se le hacen a Teherán grandísimas concesiones.

Ante la perspectiva de una destrucción que iba a borrar del mapa alrededor del 40% de toda la oferta actual de petróleo y gas natural y un 30% de todos los fertilizantes existentes a nivel mundial, el valor de las acciones de los consorcios que exploran y explotan esos recursos naturales y sus derivados cayeron abruptamente en las bolsas de todo el mundo. Sentado en el sillón de presidente de los Estados Unidos, Trump tiene el poder de meter miedo en la ya de por sí temerosa conciencia de los especuladores financieros con tan solo unas pocas palabras escritas en mayúsculas, a lo delirante, en una red social. El especulador es un individuo que intenta leer entrelíneas para adivinar tendencias y apurarse en vender o comprar en el mercado. Y las declaraciones de Trump fueron tan explícitas que ni siquiera hacía falta leer demasiado entrelíneas.

A los dos días de haber amenazado con destruir casi la mitad del combustible y un tercio de los fertilizantes del mundo, Trump volvió a la carga discursiva. Pocas horas antes de vencerse el plazo estipulado por él mismo en su loco ultimátum a los iraníes, Trump escribió nuevamente en las redes sociales extendiendo en unos días más dicho plazo y llamando al diálogo. El sentido común de las mayorías que observan la política sin tener acceso a toda la información concluyó rápidamente que se trataba de una “arrugada”, esto es, que Trump no tenía con qué cumplir su amenaza y/o no podía tolerar el derrumbe total de la economía mundial que sería la consecuencia lógica de semejante acto terrorista contra la infraestructura energética del Golfo.

Trump no “arrugó” porque la primera amenaza nunca fue verdadera, como se verá a continuación. Pero al “arrugar” generó en los mercados el efecto opuesto al que había logrado dos días antes: el valor de las acciones de las corporaciones de energía y fertilizantes, que se había hundido 48 horas antes, volvió a subir bruscamente ante la perspectiva de que ya no habría destrucción alguna. El especulador incauto que vendió esas acciones a las apuradas al leer las amenazas de Trump el sábado las volvió a comprar —más caras que antes— el lunes subsiguiente. Así de estúpido en el mercado financiero o más bien así de estúpidos son quienes especulan en dicho mercado con cosas que desconocen. Y los poderosos, que sí conocen de las cosas, saben la verdad y manipulan a los dirigentes políticos para que digan idioteces, se dieron una panzada.

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La enorme presión a la que viene siendo sometido después de morder el anzuelo puesto por los israelíes en Irán empieza a repercutir en la salud física de Trump a tan solo unas semanas de iniciada la guerra. Maquillaje en exceso, largas sesiones de bronceado en cama solar, vendajes y hasta curitas. Todo se aplica hoy para disimular un acelerado deterioro que las cámaras registran inevitablemente. Más que un faraón, Trump es una momia en proceso de descomposición al comprender que fue derrotado y tendrá que afrontar gravísimas consecuencias.

Los analistas del mercado observaron que unos quince minutos antes de la segunda publicación de Trump, en la que cancelaba un apocalipsis que él mismo había anunciado y que evidentemente jamás iba a llegar, hubo un pico significativo y la vez inusual de adquisición de acciones en compañías energéticas, de fertilizantes y todos los derivados posibles. La conclusión, ahora sí, es la mismísima obviedad ululante: alguien sabía que Trump no iba a atacar a la infraestructura energética de Irán y que, en consecuencia, Irán no iba a destruir en retaliación la infraestructura energética de sus vecinos al otro lado de Ormuz. Alguien tenía esa información privilegiada, compró barato acciones que 48 horas antes habían estado caras y solo pudo haberlo hecho en posesión de información muy privilegiada que únicamente pudo haber venido del propio Trump, puesto que no existe la bola de cristal.

Lo descrito está configurado como manipulación del mercado de capitales y está tipificado como un delito gravísimo en la ley estadounidense. Es una maniobra muy similar a la aplicada por Javier Milei en el caso conocido como Libra, esa estafa con criptomonedas que empieza precisamente con una publicación del presidente argentino en Twitter. El mecanismo es igual, lo que cambia es la escala de lo robado: Milei y sus lacayos pudieron estafar a unos pocos enajenados de la realidad y llevarse quizá algunos cientos de miles de dólares en el proceso. Trump, en cambio, al derrumbar y luego levantar el valor de corporaciones gigantes —coordinando la maniobra con sus cómplices para que estos compren barato lo que iba a ser caro quince minutos después— habrá amasado en cuestión de pocas horas una fortuna que se calcula en el orden de los miles de millones.

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Javier Milei junto al estafador Hayden Davis, cómplices en la maniobra con criptomonedas conocida como caso Libra. Lo que hace hoy Trump al manipular el mercado financiero con información privilegiada es, en esencia, calco y copia de lo hecho por Milei y Davis con Libra, aunque en una escala mucho más grande. Se trata de comprar o vender algo a sabiendas de que desde la política habrá una declaración que cambia la tendencia. El delito es gravísimo para la legislación estadounidense.

El delito es clarísimo y alguien se preguntará, otra vez desde el sentido común, si Trump no teme ser destituido e ir a la cárcel por ello. Pero ahí está el nudo de la cuestión porque además de haber iniciado una guerra cuyo resultado va a impactar con la fuerza de un descalabro en los Estados Unidos y de haberla iniciado sin la autorización del Congreso, Trump cometió una infinidad de otros delitos y crímenes muy graves, entre los que están los documentados en los archivos del caso Epstein, razón por la que ya se sabe destituido y perseguido por la justicia en un futuro a corto plazo. En otras palabras, Trump ya está jugado y precisamente por eso hace la guerra en Irán, huye para delante como cualquier delincuente vulgar. Jugado, hasta las manos. Lo único que le queda es aprovechar la estancia en el cargo para acumular mucho dinero.

Trump va a necesitar de dicho dinero para corromper a mucha gente luego de bajarse de la presidencia, va a tener que defenderse en decenas y hasta en cientos de procesos judiciales y eso cuesta caro. En los casos supuestos de que no muera, no sea capturado por el enemigo después de la guerra y no logre simular su propia muerte para desaparecer sin dejar rastros, lo que en sí es muy difícil de lograr para un individuo tan expuesto como puede serlo un presidente de los Estados Unidos, Trump está de antemano condenado a vivir los pocos años que le quedan en un permanente desfile por los tribunales. Y lo único que puede tener cierta utilidad en estos casos es una fortuna incalculable para afrontar el embate.

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Trump comprendió demasiado tarde que los israelíes lo arrastraban a la trampa puesta por China en Medio Oriente. Sin tirar un solo tiro ni movilizar una sola tropa, Beijing hundió a Washington en un atolladero aún peor que el de Vietnam. Ahora la hegemonía unipolar estadounidense basada en la dominación del petrodólar se esfuma y China avanza frente a la impotencia de un enemigo debilitado, desgastado y acorralado. Rusia, por su parte, observa y ve ingresar a sus arcas enormes ingresos por la crisis petrolera resultante de la guerra.

Por lo demás, como veíamos, la guerra en Irán está perdida para Washington ya de movida y sin cuidado de lo que pase en el campo de batalla. La guerra en Irán es un evento de disrupción que viene a tumbar el sistema-mundo de 1945, el que los Estados Unidos impusieron sobre el resto de la humanidad mediante un genocidio nuclear en Hiroshima y Nagasaki. Cuando dejan de transitar por el Estrecho de Ormuz los tanqueros con el petróleo que los árabes del Golfo están obligados a vender en dólares, aunque no hubiera en adelante más destrucción en esa región, se corta el flujo del petrodólar que es el único sostén legítimo del dólar estadounidense como instrumento universal de reserva e intercambio comercial y el sistema-mundo de 1945 se cae, puesto que está apoyado únicamente en esa dominación monetaria y ya venía tambaleando en las últimas dos décadas ante el ascenso de potencias emergentes como Rusia y China.

Trump sabe que no hay vuelta atrás, sabe que chocó esta calesita que es la hegemonía unipolar estadounidense. Exactos 80 años de imperialismo le explotaron entre las manos en el preciso momento que tomó la decisión de seguir a los israelíes en una agresión militar para la que el enemigo venía preparándose hace décadas. Al cometer el crimen de guerra en la escuela primaria de Minab y al asesinar al líder espiritual de 200 millones de musulmanes chiitas, el ayatolá Alí Jameneí, Trump abrió esta caja de Pandora que nadie puede cerrar y que solo puede resultar en el establecimiento de un nuevo ordenamiento jurídico global de tipo multipolar, en el que los Estados Unidos ya no van a reinar en soledad. Trump perdió un imperio y lo sabe. Todo el mundo lo sabe.

De ahí que, a sabiendas de todo esto, Trump aparezca tan “errático” en sus declaraciones, que afirme una cosa y se contradiga a los pocos minutos, que hable de negociaciones con el enemigo iraní cuando este ya dejó en claro que no negocia y que, en fin, se presente ante la opinión pública proyectando la imagen de un loco. Trump no está loco, es un criminal y un delincuente que solo quiere preparar un colchón para amortiguar la inevitable caída. Trump es el piloto de una nave en emergencia terminal, sin combustible y lejos de cualquier aeropuerto, entiende que va a estrellarse y que no puede hacer nada al respecto a esta altura. Trump simula, estafa, utiliza el aparato gubernamental y bélico de la primera potencia mundial en su propio beneficio y destruye esa misma condición de potencia en el proceso. Todo para salvarse a sí mismo. Trump es el peor enemigo del pueblo-nación estadounidense en 250 años de historia.


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