Hay un nombre que aparece doce mil veces en los archivos de Epstein y nadie se anima a pronunciar. En febrero de 2016, en un correo electrónico enviado por Jeffrey Epstein a Peter Thiel, cofundador de PayPal y de Palantir, se lee una frase que debió haber estampado la primera plana de todos los diarios del mundo occidental en letra de molde: “Como Ud. probablemente ya debe saber, soy representante de los Rothschild”. Esto es lo que consta de los archivos de Epstein y está documentado oficialmente por el Departamento de Justicia de los Estados Unidos. Pero tuvo de parte de los grandes medios el mismo tratamiento que el de una nota al pie sobre el clima en Bermudas.
El nombre de Rothschild aparece casi doce mil veces en los 3,8 millones de páginas desclasificadas en enero de este año. Doce mil veces. A modo de comparación, el nombre de Clinton aparece significativamente con mucha menos frecuencia. El caso es que en el ecosistema mediático que Chomsky ayudó a crear la sola mención del nombre Rothschild en un contexto de investigación suele ser automáticamente tildada de delirio conspiranoico. Todo muy conveniente, por supuesto, al tratarse del nombre más citado en el mayor escándalo de tráfico de personas con fines sexuales de la historia moderna.
Les Wexner es el multimillonario fundador de Victoria’s Secret y hasta ahora el principal financista conocido de Epstein. Al declarar ante el Comité de Supervisión y Reforma Gubernamental del Congreso de los Estados Unidos, Wexner dijo bajo juramento que la credencial presentada por Epstein para obtener su confianza y plenos poderes sobre la gestión financiera de su fortuna fue el haber sido empleado de los Rothschild en Francia. “Hablé en particular con Elie de Rothschild”, declaró Wexner. “Y supe que Epstein representaba los intereses de toda la familia”. Todo esto bajo juramento y ante el Congreso estadounidense. “Te mato si volvés a contestar una pregunta con más de cinco palabras”, se escuchó decir al abogado de Wexner susurrándole al oído a su cliente, gracias a un micrófono encendido. Estos son signos muy visibles de la desesperación.
La revelación de Wexner fue posteriormente confirmada por documentos, más específicamente por el descubrimiento de un contrato firmado entre la corporación Southern Trust Company, cuyo titular era entonces Jeffrey Epstein y con sede en las Islas Vírgenes Estadounidenses, junto a la sociedad anónima de Edmond de Rothschild. El objeto de este contrato de 25 millones de dólares fue la realización de un “análisis de riesgo” y la “aplicación de ciertos algoritmos”. Veinticinco millones de dólares al bolsillo de un condenado por delitos sexuales en perjuicio de menores para que este condenado aplique ciertos algoritmos en favor de la familia más rica de Europa. Cualquier director de cine habría rechazado esta historia por poco verosímil si se tratara de un guion cinematográfico.

La número uno del grupo Edmond de Rothschild desde 2023, Ariane de Rothschild, intercambió decenas de correos electrónicos con Epstein por mes. De acuerdo con el diario estadounidense Wall Street Journal, en una nota publicada ese mismo año, Ariane se reunió también con Epstein al menos una docena de veces tras su condena judicial. Los abogados de Ariane inicialmente intentaron negar la existencia del vínculo como estrategia de defensa, pero luego admitieron que las reuniones con Epstein en efecto tuvieron lugar en el marco del cumplimiento de “funciones laborales”. Como se ve, para la banca de los Rothschild las “funciones laborales” incluyen reuniones con individuos condenados por pedofilia.
Al año siguiente, en 2014, Epstein le escribió a Ariane para informarle que “el golpe en Ucrania deberá proporcionar muchas oportunidades”. Muchas. Aquí hay un gestor financiero ya condenado por trata de personas con fines sexuales discutiendo oportunidades geopolíticas con la heredera de un imperio financiero valuado en unos 236 mil millones de dólares. Y lo que debió ser un escándalo para la primera plana terminó en el más absoluto silencio editorial.
La revelación de los cables diplomáticos filtrados por WikiLeaks ya había expuesto al otro lado del Atlántico la relación entre Hillary Clinton y Lynn Forester de Rothschild. Para septiembre de 2010, la entonces secretaria de Estado yanqui Hillary Clinton le envió un correo electrónico a esta Lady de Rothschild con el fin disculparse por haber requerido la presencia de Tony Blair en negociaciones sobre Oriente Medio, lo que desvió al inglés de una reunión con los Rothschild en Aspen. En aquellos cables filtrados se lee textualmente: “Dígame qué penitencia le debo”. La secretaria de Estado de la primera potencia mundial sometiéndose al castigo impuesto por una ciudadana privada. En enero de 2015, antes de anunciar su candidatura, Hillary Clinton ya tenía a Lynn Forester diseñando su política económica. “Necesitamos elaborar el programa económico de Hillary”, le decía Lynn Forester por correo electrónico a la asesora Cheryl Mills. Los que mandan en la política estadounidense no están necesariamente en ninguna boleta electoral.
Por su parte, el exabogado de Epstein y profesor emérito de Harvard, Alan Dershowitz, en declaración pública realizada en el año 2019, decía lo siguiente: “Lady Lynn Rothschild me presentó a Epstein a mí, pero también a Bill Clinton y al Príncipe Andrés”. El nexo conector entre el pedófilo y dos de los hombres más poderosos del mundo tenía nombre y apellido y estos surgen al menos doce mil veces en los archivos. La viuda del senador John McCain, Cindy, resumió esta situación con una sinceridad que nunca se ve en boca de la clase dirigente: “Todos sabíamos”. Ellos sabían y el silencio fue una opción colectiva.

El patrón que se desprende de los documentos revelados tiene claridad en su estructura. Epstein operaba como representante de las finanzas de la familia Rothschild y utilizó esa posición para tejer una red de relaciones con multimillonarios, dirigentes políticos y académicos. Dicha red funcionó como el sustrato operativo del mayor esquema de tráfico de menores con fines sexuales jamás documentado. Y cuando los sobrevivientes empezaron a hablar la máquina de silenciamiento funcionó con la precisión de un reloj suizo.
Los Rothschild, los Rockefeller, los Warburg, los Schiff. Familias centenarias y multimillonarias que, en el decir de una amplia gama de intelectuales desde Caroll Quigley a Olavo de Carvalho, son los dueños del mundo. Son dinastías que han sobrevivido a la caída de imperios, a las guerras mundiales y a las revoluciones porque operan en un nivel de poder superior a la política tradicional mediante la financiación de ambos lados en cualquier conflicto, la destitución y la instalación de gobiernos. Todo con absoluta naturalidad. Los medios que dependieron históricamente de esas fortunas aprendieron a lo largo de dos siglos a tildar de “conspiranoia” cualquier mención a esos nombres. En sus 3,8 millones de páginas, los archivos de Epstein revelaron aquello que los intelectuales ya saben hace generaciones: existe un nivel de poder que opera por encima de los gobiernos y al margen de la ley y que protege a los suyos con la eficiencia del que controla simultáneamente el capital y la narrativa.
A principios de este mes de enero la ONU calificó la operación Epstein como una “empresa criminal a nivel global” con la comisión de actos que podrían configurar crímenes de lesa humanidad. Hay doce mil menciones al nombre de Rothschild en los documentos. Y el silencio de los medios es a tal punto ensordecedor que se ha vuelto en sí mismo la mejor evidencia de que el sistema funciona exactamente como se ha descrito.
El que controla el dinero controla la historia. El que controla la historia, controla el silencio. Y el silencio, en este caso, tiene un nombre repetido doce mil veces.