En los albores de la revolución burguesa europea y cuando la suerte todavía no estaba jugada en lo que se refiere a la división internacional del trabajo, un capitalismo naciente y aún incuestionado se abría paso en Inglaterra y Francia con la gran industria como mascarón de proa. Aquello era, siempre según la narrativa de los burgueses europeos y sus intelectuales orgánicos, la realización de la utopía positivista que venía a liberar al hombre de siglos de oscuridad mediante el progreso indefinido garantizado por la razón y por la ciencia. Con la industrialización iban a resolverse todos los problemas de la humanidad mediante la aplicación de la técnica y la llamada revolución industrial, resultante necesaria de la revolución política de la burguesía con seguridad jurídica y Estado moderno, sería la panacea universal.
Pero no hubo panacea y tampoco realización de ninguna utopía positivista. Al imponer el sistema capitalista como modo de producción, los europeos pronto se percataron de que podían dominar el mundo con el monopolio del comercio de materias primas y manufacturas. Produciendo más rápido y más barato que los artesanos en sus talleres, la máquina a vapor garantizó para la burguesía naciente de Europa una posición económica y lógicamente política que tendía a ser cada vez más privilegiada respecto a otros sectores sociales y a otras regiones del mundo por donde la revolución industrial no había pasado. Europa hizo su revolución, se industrializó y se hizo con el dominio absoluto del comercio mundial por la siguientes varias décadas.
Es un poco difícil figurarse esa situación a la luz del escenario actual, pero a mediados del siglo XIX los Estados Unidos estaban aún muy lejos de ser la potencia global que es hoy. En realidad, los estadounidenses todavía no habían resuelto si iban a estar del lado de los exportadores subdesarrollados de materias primas: recién después de la batalla de Gettysburg en 1865 iba a imponerse en los Estados Unidos el proyecto político burgués al triunfar el norte industrial sobre el sur agrícola que quería seguir enviando su algodón sin agregarle valor a la gran industria europea. Así las cosas, para mediados del siglo XIX lo que llamaríamos hoy “primer mundo” quedaba reducido a un puñado de países territorialmente muy pequeños, pero industrializados, todos ellos ubicados en Europa occidental.

Inglaterra, Francia, Bélgica, Holanda, Alemania y hasta ahí llegaba la cuenta, eso era el mundo desarrollado de la época, el centro del cosmos. Desde el punto de vista de estos europeos recién industrializados, todo el resto del mundo estaba destinado a funcionar en el nuevo sistema capitalista como exportadores de materias primas baratas e importadores de manufacturas caras, todo siempre en beneficio de la revolución burguesa europea. Todo el resto del mundo —incluyendo los Estados Unidos— debía entregar en el altar revolucionario burgués sus productos agrícolas y mineros sin agregar valor e importar la manufactura hecha con esos productos por la máquina de Europa occidental. Esa fue la primera división internacional del trabajo de la modernidad industrial resultante de la revolución de 1789.
Alguien tuvo, no obstante, desde el sur del mundo, una idea distinta. Desde un insospechado Paraguay habría de plantearse el desafío más serio a la hegemonía occidental hasta el advenimiento de la Unión Soviética muchas décadas más tarde, ya en pleno siglo XX. Inicialmente bajo el liderazgo del Dr. Gaspar Rodríguez de Francia, aunque más decididamente con Francisco Solano López a la cabeza, los paraguayos habían resuelto hacer su propia revolución industrial para entrar a jugar en el comercio internacional ya no desde el lugar de exportador de baratijas e importador de manufacturas. Esta fue una enorme subversión del orden mundial de un pueblo orgulloso, insubordinado y profundamente revolucionario.
El proceso había llegado, para mediados del siglo XIX, a ser relativamente muy exitoso. Baste con decir que Paraguay llegó a tener todas esas cosas que caracterizaban entonces un país industrializado y, por lo tanto, desarrollado: ferrocarril y flota, telégrafo y siderurgia, esto es, transporte de cargas, comunicación rápida y transformación de metales. Muchos americanos de hoy e incluso algunos paraguayos se sorprenden muchísimo, se niegan a creerlo, pero con Solano López Paraguay fue o al menos estuvo en vías de ser lo que llamamos hoy un país de primer mundo y una potencia mundial. El Paraguay de hoy no es más que el resultado del fracaso trágico y fratricida de esa epopeya americana.

¿Cómo hicieron los paraguayos eso que parecería ser más bien un milagro? Imposibilitados de construir sus primeras máquinas en el ámbito local pues no contaban con la técnica, exclusividad esta de los europeos que recién la habían desarrollado, los paraguayos se embarcaron en la aventura de un régimen de capitalización inicial basado en la exportación de sus materias primas y alimentos a cambio de oro, el que atesoraban y luego utilizaban para, por una parte, adquirir en Europa las primeras máquinas y, por otra, para financiar los estudios de sus jóvenes más aptos en las mejores escuelas técnicas de Inglaterra y Francia. En el cortísimo plazo, Paraguay tuvo el capital industrial para producir manufacturas y tuvo además los técnicos e ingenieros propios no solo para dirigir esa producción, sino para construir máquinas nuevas a partir de la experiencia original.
Es probable que los chinos a partir de Deng Xiaoping hayan observado en el último cuarto del siglo XX el ejemplo histórico de Paraguay para hacer su propia revolución industrial tardía y triunfar, con todos los resultados hoy a la vista. Sea como fuere, es históricamente demostrable que los paraguayos con el liderazgo carismático de Solano López lograron todo eso y lo hicieron fundamental y principalmente sin tomar deuda externa. Con la sola utilidad de sus exportaciones financiaron la adquisición del capital inicial y la formación de sus profesionales y técnicos en Europa, motivo por el que no subordinaron su desarrollo nacional a ningún prestamista extranjero. La revolución industrial paraguaya fue un proceso absolutamente autóctono que no dependió de la voluntad ajena para ser.
Claro que nada de eso le iba a gustar a Inglaterra, potencia global que veía en Paraguay una amenaza a su hegemonía por varias razones. Para empezar, como se ve, al no endeudarse los paraguayos no podían ser condicionados por el viejo truco de las tasas de interés que resultan en la deuda eterna, el que funcionó muy bien históricamente por ejemplo en Argentina desde la Baring Brothers en adelante y hasta los días de hoy. Sin deuda externa los paraguayos no debían darle explicaciones a nadie ni hacer concesiones en su proyecto político, lo que resultó en un plan económico que contemplaba únicamente el objetivo a largo plazo: la independencia económica y la soberanía política que más tarde habrían de inspirar al General Perón en su Modelo argentino para el proyecto nacional.

La de que China se inspiró en Paraguay para hacer todo lo que hizo es solo una hipótesis, pero la inspiración de Perón es un hecho comprobable que se expresa en la devolución de los trofeos de la guerra de la Triple Alianza a Asunción en 1954. Perón ya había sido honrado el año anterior con el grado de general del Ejército Paraguayo —jerarquía militar de la que tuvo mucho orgullo hasta el último de sus días— y en 1954 desembarcó en Asunción con todo lo que la Argentina se había robado en la guerra. “Nosotros somos hombres humildes, ungidos solamente por la dignidad que caracteriza a los humildes. Por eso comprendemos al Paraguay, por eso sentimos como el Paraguay y por eso pensamos como el Paraguay”, decía Perón al devolverles a los paraguayos esos inmundos trofeos de guerra.
“Vengo personalmente a cumplir con el sagrado mandato encomendado por el pueblo argentino de hacer entrega de las reliquias que, esperamos, sellen para siempre una inquebrantable hermandad entre nuestros pueblos y nuestros países”, agregaba. Y mientras tanto el pueblo en las calles gritaba “¡Perón paraguayo!” en una demostración de amor pocas veces vista en la historia hacia un líder extranjero. Perón comprendía en 1954 lo que cualquier americano bien nacido entiende, a saberlo, que la Triple Alianza fue una operación de los ingleses con el fin de suprimir del mapa una amenaza al orden global que entonces le era favorable y fue además una guerra fratricida en la que cuatro hermanos se mataron mutuamente a instancias del enemigo de todos y en perjuicio propio.
Londres no podía tolerar la insubordinación de los paraguayos y los mandó a matar, les ordenó a sus cipayos en Brasil, Argentina y Uruguay que hicieran el trabajo sucio. Además del no endeudamiento que resultaba en un proyecto político invulnerable al condicionamiento externo, la industrialización de Paraguay representaba para Inglaterra toda una serie de consecuencias indeseables. La primera y la más obvia es que, al producir manufacturas, los paraguayos dejaban de ser un mercado importador y pasaban a competir en el mercado mundial con sus propias exportaciones industriales de altísimo valor agregado. Al reducido club de naciones industrializadas se sumaba un nuevo socio, lo que obviamente no era del interés de quienes ya formaban parte de dicho club.

Doble problema para arrancar, la pérdida de un mercado importador de manufacturas y el ingreso de un nuevo competidor al juego del capitalismo naciente, pero había más. Por lógica, al industrializar su propia materia prima, Paraguay dejaba de ser un exportador barato de todo aquello que la industria europea necesitaba para funcionar. Y además en el mediano plazo iba a necesitar importar materias primas y alimentos para sostener su industrialización, lo que naturalmente haría subir el precio internacional de las commodities. Hasta aquí tenemos ya cuatro inconvenientes para los intereses de las potencias centrales decimonónicas, o cinco si se les suma a estos el del no endeudamiento que imposibilitaba la extorsión mediante la usura de la tasas de interés.
Pero el principal problema en la revolución industrial paraguaya desde el punto de vista de Londres era el ejemplo, el mal ejemplo para las naciones americanas vecinas que al ver el éxito paraguayo llegarían más temprano que tarde a la conclusión de que podían hacer lo mismo. En el fondo, el Paraguay de Solano López era un mercado muy pequeño y un modestísimo exportador de materias primas y alimentos, a Londres no le preocupaba tanto la pérdida de esa dominación en los términos sencillos del cálculo económico inmediato y sí sus consecuencias futuras. De permitir aquella insubordinación fundante, los ingleses iban a quedar sin argumentos para impedir rebeliones nacionales inspiradas en Paraguay, fundamentalmente en esos dos gigantes vecinos que son Brasil y Argentina. Ese sería un golpe letal al sistema-mundo europeo del siglo XIX.
Por estas razones tan poderosas la diplomacia británica urdió su paciente trama implicando en ella a los cipayos que tenía a su servicio en Buenos Aires, en Montevideo y en Río de Janeiro. Paraguay debía ser destruido para que se truncara su proyecto nacional de industrialización y también por haber osado desafiar al poder fáctico de su tiempo, Inglaterra quería hacer e hizo de Paraguay un ejemplo no de éxito industrial, sino del destino que habría de tener cualquier otro atrevido en el futuro. Junto a sus cipayos en estas latitudes, los ingleses difundieron la idea de que Solano López era un tirano invasor de territorio ajeno y construyeron el consenso mediático suficiente —el entonces presidente Bartolomé Mitre sería el encargado en Argentina tanto de la propaganda como de la movilización militar— para lanzar la guerra de la Triple Alianza en 1864.

El dato de color sería que la fundación del diario La Nación por Bartolomé Mitre habría de darse en enero de 1870, dos meses antes de la finalización oficial de la guerra de la Triple Alianza y con los paraguayos ya derrotados de hecho. La gloria de este gran cipayo argentino que fue Bartolomé Mitre se da a partir del fratricidio del pueblo-nación paraguayo y es probable que las primeras ediciones de La Nación hayan salido impresas con la sangre de dicho pueblo en vez de con tinta.
Entonces allá fueron los argentinos, los uruguayos y los brasileños a destruir por encargo de los ingleses el proyecto nacional de los paraguayos y a los propios paraguayos, puesto que la guerra de la Triple Alianza arrasó con el país, diezmó su población (más del 90% de los varones adultos, en edad de trabajar, murieron defendiendo su patria) y condenó al Paraguay a un atraso económico y demográfico que jamás habría de superar. Con todo, los paraguayos resistieron durante más de cinco años a la invasión de aquellos cipayos que venían equipados con modernas armas de fabricación inglesa. Hasta los jóvenes que habían sido enviados al extranjero a estudiar optaron por volver a luchar y a morir en las trincheras, lo que da testimonio del alto nivel de conciencia nacional existente entre los paraguayos de aquellos tiempos.
De hecho, bien observada la cosa, Solano López fue un líder carismático que resultó de una sociedad cultural y racialmente muy homogénea, lista para recibirlo como jefe y para seguirlo. En gran parte gracias a la labor de evangelización de los indios guaraníes llevada a cabo en siglos anteriores por los curas jesuitas, ya para el siglo XIX el Paraguay había logrado un equilibrio armonioso entre la hispanidad y la herencia prehistórica de los guaraníes, formándose allí una sociedad en la que la clases dominantes comulgaban con las mayorías populares en una misma cultura. El paraguayo hablaba (y sigue hablando) tanto el castellano como el guaraní de manera indistinta sin hacer de ello ninguna tensión racial o controversia sobre sus orígenes étnicos. Ese país mestizo estaba listo para un proyecto nacional de liberación definitiva como el que trajo Solano López.

Después de cinco años y cuatro meses de resistir con armas de fabricación propia y el coraje patriótico de los suyos, ya con la población diezmada y el territorio devastado por la destrucción y el saqueo a manos del enemigo, Francisco Solano López fue derrotado. Acompañado por tan solo unos 400 hombres hambrientos y precariamente armados con lanzas, el Mariscal llegó a Cerro Corá y allí decidió esperar a los brasileños para el acto final de aquello que de haber ocurrido en los Estados Unidos o en Europa occidental habría sido objeto de innumerables películas y series de Hollywood. Pero ocurrió en Paraguay y nadie sabe prácticamente nada sobre lo ocurrido, pese a que se trata de uno de los episodios más tristes y a la vez brillantes de la historia de América.
Se dice que Solano López intentó tragarse una bandera paraguaya para no entregársela al enemigo y se cuentan otras leyendas sobre ese día. Lo que parecería ser cierto es que el 1º. de marzo de 1870 las tropas del imperio de Brasil llegaron a Cerro Corá para el sitio final. Al mando de los brasileños estaba el general José Antônio Correia da Câmara, quien al ver al jefe de los paraguayos en lamentable estado le habría gritado desde lejos: “Solano, entréguese: le garantizamos el exilio”. Correia da Câmara no sabía que Solano López ya había rechazado el ofrecimiento de los indios guaraníes de ir a refugiarse en sus tolderías —lo que sería una suerte de exilio, porque hasta allí no llegaban los invasores— y que no estaba interesado en hacer ningún acuerdo para salvar el pellejo propio.
“¡No me entrego!”, respondió Solano López. “¡Muero con mi patria!”. Y, acto seguido, desenvainando el sable, cargó simbólicamente contra la artillería de los brasileños tan solo para ser acribillado y morir luchando, que es como en la cosmovisión de hombres como Solano López debe morir todo soldado. Pero aquí también existe una controversia porque en algunos relatos el grito final de guerra del Mariscal no habría sido “¡Muero con mi patria!”, sino “¡Muero por mi patria!”. Y no da lo mismo. De haber dicho efectivamente que moría con su patria, Solano López demostraría en el momento final de su vida tener plena conciencia de que el Paraguay había muerto, que había sido asesinado por el fratricidio de los cipayos. Todo americano bien nacido tendrá un nudo en la garganta al leer estas líneas y al reflexionar sobre esto.

Al finalizar la guerra los fratricidas se repartieron el territorio paraguayo y todo lo que allí pudieron saquear, se dice que incluso los cables telegráficos y las vías del ferrocarril. Los brasileños, quienes se habían hecho del territorio que hoy es parte del Mato Grosso, se encargaron también de dinamitar la fundición de altos hornos de Ibicuy para asegurar —esto era lo que les interesaba a los ingleses— que el país nunca más pudiera recuperar su potencia productiva en siderurgia. Ibicuy era la única siderúrgica en América del Sur con capacidad fundir hierro. Por su parte, Argentina iba a arrebatarles a los paraguayos los territorios que hoy se corresponden aproximadamente a las provincias de Formosa y Misiones. Entre todos los cipayos, en una palabra, pusieron de rodillas a un valiente pueblo-nación que intentaba abrir camino hacia la liberación del continente.
Aquel Paraguay que pudo haber sido murió efectivamente con Francisco Solano López en Cerro Corá el 1º. de marzo de 1870. Los indios guaraníes que le ofrecieron asilo al Mariscal lo llamaban Karaí-Guazú, lo que en su idioma significa literalmente “gran señor”, en una demostración del respeto que tenían por ese padre de la patria. Pero la historia, que es escrita por quienes ganan las guerras, replicó la narrativa de los ingleses para ubicar a Solano López —al igual que a Rosas y a Perón, véase bien— en el lugar del “tirano sangriento” que de alguna forma misteriosa e inexplicable maltrataba a su propio pueblo y debió ser derrocado por fuerzas externas: la fuerza brutal del imperialismo de aquellos días en uso de la mano de obra barata de los argentinos, los brasileños y los uruguayos.
Al que ve la triste realidad de un Paraguay que hoy es uno de los países más atrasados socialmente de América le resulta muy difícil creer que esa misma nación, con mucho más territorio que hoy y un pueblo homogéneo, laborioso y progresista, estuvo a punto de ingresar al selecto club de los ricos del mundo. Pero ese es un error de perspectiva: el Paraguay de hoy con todas sus miserias es precisamente el resultado de un crimen. Mataron al Paraguay y estos son los resultados, esta es la infamia que dirigentes como Perón quisieron reparar aunque apenas simbólicamente pues ninguna reparación es realmente posible. Pero después de la vergüenza y el duelo, a los americanos nos queda la demostración de que con un pueblo decidido a ser libre y un conductor político, un Karaí-Guazú de raza, la gloria está siempre al alcance de la mano.