La Conferencia de Anchorage

Al recibir a Vladimir Putin en Alaska, Donald Trump revela lo que podría ser parte de la estrategia estadounidense para suavizar su propio descenso a la condición de ‘primus inter pares’ en un orden mundial multipolar que parecería estar ya instalado. Anchorage aparece como una suerte de Yalta, como una conferencia entre quienes deben definir el reparto del mundo, aunque en esta ocasión sin Inglaterra, con Rusia como sucesora de la finada Unión Soviética y los Estados Unidos no al principio, sino al final de su recorrido hegemónico global. China no fue invitada y observa de lejos, recelosa y a sabiendas de que frente a una alianza entre Washington y Moscú nadie podría pararse firme.
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Con la II Guerra Mundial ya prácticamente resuelta y a punto de finalizar en el campo de batalla, los líderes de las dos naciones que habrían de emerger del conflicto como superpotencias globales habrían de reunirse en Yalta en los primeros días de abril de 1945 con el objetivo de establecer el nuevo ordenamiento jurídico a nivel global para la posguerra, el que perduraría hasta el presente. Los Estados Unidos y la Unión Soviética, aliados durante el conflicto contra la tercera posición nacionalsocialista, llegaban a Crimea con la firme resolución de instalar en la mayor cantidad posible de territorio el liberalismo o el socialismo, sus respectivas ideologías, proyectos políticos o cosmovisiones. Era el amanecer del orden mundial comúnmente llamado bipolar que iba a manifestarse en la Guerra Fría inmediatamente posterior a la derrota nazi. Aunque finalmente y en la práctica Washington habría de imponer la unipolaridad, es innegable que el socialismo soviético ocupó el lugar de superpotencia global después de 1945 y hasta la última década del siglo XX.

Esa es la importancia histórica de la Conferencia de Yalta, a la que también acuden los británicos gracias a la buena voluntad de los estadounidenses. Franklin Roosevelt, José Stalin y Winston Churchill, por lo tanto, estuvieron sentados alrededor de esa mesa chica de las decisiones en febrero de 1945. Meses antes de hacerse efectiva la rendición alemana al caer Berlín en manos del Ejército Rojo, el liberalismo occidental y el socialismo oriental ya negociaban el reparto del botín de guerra pues la derrota del Eje se veía venir y, de hecho, antes de Yalta se realizaron sendos ensayos de entendimiento entre los aliados en Casablanca, en El Cairo y en Teherán, aquí ya con la presencia de los soviéticos. Pero a diferencia de Yalta y de Potsdam, que fue la cumbre postrera y última entre los ganadores en 1945, todas esas conferencias se dieron en el marco de un conflicto en curso y con el fin de establecer estrategias para el esfuerzo de guerra común. En Yalta y después más claramente en Potsdam ­—ya semanas después de la caída efectiva de Berlín­­— la discusión será directa y abiertamente sobre la forma que habría de tener el nuevo orden mundial.

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La histórica foto de familia tripartita de la Conferencia de Yalta, cumbre que tuvo lugar en esa ciudad de Crimea (Rusia) entre el 4 y el 11 de febrero de 1945, esto es, meses antes de la conclusión de la II Guerra Mundial. Aquí, con el británico Winston Churchill como testigo de lujo, los Estados Unidos y la Unión Soviética intentaban acordar un reparto del mundo para la posguerra. Roosevelt y Stalin comprendían que el resultado estaba ya puesto y hacían los preparativos del nuevo ordenamiento mundial. Pero Roosevelt habría de fallecer dos meses después de esta cumbre, Churchill perdería luego las elecciones en Gran Bretaña y la suma de Potsdam con Hiroshima y Nagasaki daría un resultado muy distinto a lo conversado en Yalta.

Ya para el invierno boreal de 1945, al desembarcar Roosevelt y Churchill en una Crimea previamente devastada por los bombardeos alemanes, la Unión Soviética había ocupado la totalidad del territorio de Polonia y estaba a punto de lanzar su contraofensiva sobre Alemania teniendo en el terreno tres veces más tropas que todos sus aliados combinados. Con el diario del lunes es fácil comprender que Stalin había organizado la conferencia de local, con una enorme ventaja sobre sus socios y que tenía pretensiones territoriales sobre Alemania o, en última instancia, sobre la totalidad del subcontinente europeo. Stalin quería realizar el proyecto euroasiático tan anhelado por los rusos desde tiempos inmemoriales y la clave para esa realización estaba en la sofisticada industria alemana: la combinación de los virtualmente ilimitados recursos naturales (minerales, combustibles, tierras raras o fértiles para la producción de alimentos, etc.) de la Unión Soviética con la industria de Alemania solo podía resultar en la constitución de la primera potencia global por lejos. Stalin lo sabía y por eso llegó a Yalta con la firme resolución de meterse el territorio alemán en el bolsillo.

Es probable que si hubiera dependido de Roosevelt eso efectivamente es lo que habría pasado. Al parecer, el estadounidense tenía conciencia de que los soviéticos habían ganado o estaban a punto de ganar la guerra poniendo el cuerpo en el campo de batalla. Se estima que la Unión Soviética ofreció en sacrificio a unos 30 millones de los suyos para derrotar a Hitler y se sabe que sufrió mucha devastación en su propio territorio. Los Estados Unidos habían provisto los recursos para hacer la guerra, pero no fueron golpeados en su territorio más allá del sospechoso incidente de Pearl Harbor, bien lejos del continente, tuvieron que lamentar una fracción de las bajas padecidas por sus socios soviéticos y verdaderamente solo se metieron en la guerra cuando la tendencia fue favorable y por presión de un complejo industrial-militar que quería hacer negocios. Roosevelt sabía lo que la historiografía liberal con su enorme aparato propagandístico se encargó luego de ocultar y es que la victoria contra el nacionalsocialismo de Hitler fue la obra de Stalin, que los soviéticos ganaron la II Guerra Mundial.

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En la Conferencia de Potsdam, realizada después de la caída de Berlín entre el 17 de julio y el 2 de agosto de 1945, un terco Stalin se encontraría con Harry Truman en lugar del fallecido Roosevelt y con Clement Attlee reemplazando a Churchill, insólitamente derrotado este en las urnas después de la guerra. Truman ya se sabía poseedor de la novedosa bomba nuclear y por eso negoció en Potsdam “a cara de perro”. Tan solo cuatro días después de finalizada esta cumbre, el 6 de agosto, Truman arrojó la primera bomba atómica sobre Hiroshima en un Japón ya derrotado. Cuando la segunda bomba cayó sobre Nagasaki el 9 de agosto subsiguiente Stalin supo que los estadounidenses iban realmente a dictar los términos para el nuevo orden mundial.

A diferencia de Stalin, que se mostraba vigoroso, Roosevelt llegó a Yalta ya muy cansado y enfermo, aunque a sus 63 años era más joven que su par soviético. Después de cumplir tres mandatos presidenciales consecutivos y haber empezado un cuarto —fue en la historia de los Estados Unidos el único presidente reelecto más de una vez—, Roosevelt había acumulado el desgaste que lo hacía ver mucho más anciano de lo que realmente era. En estas condiciones debió negociar en Yalta el reparto del mundo frente a un Stalin al que él y todos sus contemporáneos consideraban el gran ganador de la guerra. Eso conspiraba lógicamente a favor de que el soviético se saliera con la suya en buena parte de sus reivindicaciones. Con Roosevelt del otro lado del mostrador la Conferencia de Yalta sería para los soviéticos el inicio del proceso de oficialización de su triunfo concreto en el campo de batalla, o al menos el reconocimiento del hecho por parte de los Estados Unidos mediante la moderación de sus propias pretensiones territoriales en Europa.

Pero Roosevelt habría de fallecer dos meses después de Yalta y Churchill, testigo de las negociaciones en Crimea, sería derrotado en las elecciones de Gran Bretaña algunas semanas más tarde. Todo conato de acuerdo que pudo haber logrado Stalin en Yalta habría de quedar invalidado al finalizar la II Guerra Mundial. Yalta es, entonces, la conferencia que finalmente no fue porque para agosto de 1945 los Estados Unidos y la Unión Soviética debieron sentarse a negociar otra vez (y de nuevo con Gran Bretaña como testigo de lujo, ahora en la persona de Clement Attlee) en la Conferencia de Potsdam, ya en territorio de una Alemania ocupada por los soviéticos. Y aún más: fue preciso que pocas horas después de esa cumbre Harry Truman, el sucesor de Roosevelt, arrojara sobre Japón las dos únicas bombas atómicas utilizadas en toda la historia con fines bélicos. Sin poder argumentar con Stalin para disuadirlo de su idea de anexión de Alemania que era el propio proyecto euroasiático, Truman hizo un genocidio contra el pueblo-nación japonés e impuso así brutalmente la voluntad de Washington frente a unos soviéticos azorados por un poderío nuclear que no iban a alcanzar sino hasta 1949.

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Antes de Yalta y Potsdam se realizaron sendas conferencias entre los aliados en Casablanca, El Cairo (estas dos sin la presencia de Stalin) y Teherán (en la imagen). Aquí se ve a un Roosevelt que a fines de 1943 lucía aún saludable, en un estado físico muy distinto al que presentará en Yalta. Este presidente fue tan popular en los Estados Unidos que llegó a ser electo cuatro veces seguidas para el cargo, caso único en la historia electoral de ese país. Además de capear con su exitoso New Deal la tormenta de la gran depresión resultante de la quiebra de Wall Street en 1929, Roosevelt hizo lo que pudo para mantener a los Estados Unidos fuera de la II Guerra Mundial. Pero el extraño suceso de Pearl Harbor, muy probablemente un atentado de falsa bandera, venció su resistencia.

Podría decirse entonces que el ordenamiento jurídico internacional no se establece realmente en las conferencias de Yalta y Potsdam, sino más bien en los bombardeos a Hiroshima y Nagasaki mediante la extorsión nuclear. La verdadera utilidad de Yalta y de Potsdam es la creación de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), la institución del Consejo de Seguridad y del poder de veto, entre otros reglamentos e instancias institucionales para la gobernanza global de allí en más. Lo esencial para comprender en estos eventos históricos es que de las grandes cumbres surgen acuerdos básicos para la definición del orden mundial y, por lo tanto, de lo que se acuerde en ellas puede deducirse la orientación que tendrá dicho ordenamiento. Pero que finalmente los lugares de dominante y de subalterno solo pueden resultar de la medición de las fuerzas implicadas. Stalin pudo encontrarse con un Roosevelt algo más accesible en Yalta y luego con un Truman menos flexible en Potsdam, nada de eso importa pues al fin y al cabo el verdadero ganador de la guerra se decidió en Japón, muy lejos de Europa y de las mesas de negociación.

Esa es la razón por la que el mal llamado orden bipolar fue en realidad un orden unipolar, una hegemonía estadounidense de punta a punta desde Hiroshima y Nagasaki hasta los tiempos que corren. “Todo poder surge de la boca del fusil”, diría un Mao Zedong, explicando en una simple definición esta que es una verdad universal. Más allá de lo negociado en Yalta y luego en Potsdam, tras los bombardeos en Japón los Estados Unidos tuvieron durante cuatro años el monopolio de las armas nucleares y en ese periodo instalaron todo el entramado del nuevo orden mundial prácticamente a su voluntad, desde la imposición del dólar como moneda de intercambio y reserva universal hasta la imposición de instituciones de gobernanza global hechas a medida de sus intereses, como el Fondo Monetario Internacional (FMI) en diciembre de 1945 y el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT, por sus siglas en inglés), el precursor de la Organización Mundial del Comercio (OMC), a fines de 1947. La Unión Soviética se limitó a protestar y protestar, pues esa dominación yanqui no había sido convenida en Yalta y Potsdam.

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La Catedral de Santa María de Nagasaki fue virtualmente el único edificio que no quedó totalmente destruido tras el bombardeo atómico de los Estados Unidos el 9 de agosto de 1945. Gracias a la labor evangelizadora de San Francisco Javier en el siglo XVI, Nagasaki tenía la mayor concentración de católicos en Japón y la elección de esta ciudad como blanco para el bombardeo nuclear, hoy se sabe, no fue accidental. Ya para 1945 el poder real en los Estados Unidos estaba en manos de los enemigos del catolicismo, quienes aprovecharon la volteada para enviar un mensaje muy simbólico.

Y más bien contradecía todo lo que allí se había discutido y precariamente acordado, le daba a la II Guerra Mundial un cierre que no tenía relación con el resultado concreto del conflicto. Hasta fines de agosto de 1949, que es cuando Moscú logra al fin detonar con éxito la RDS-1, su bomba atómica, los Estados Unidos hicieron más o menos todo lo que quisieron y dejaron instalado un ordenamiento favorable a sus intereses que el empate nuclear no iba a poder equilibrar después de 1949. Yalta y Potsdam se registraron como eventos históricos cruciales del siglo XX, pero la verdad es que su importancia real es muy relativa. En vista de todo lo que ocurrió durante la Guerra Fría y mucho más tras la disolución del bloque socialista en el Este entre 1989 y 1991, es fácil concluir que aun habiendo ganado la II Guerra Mundial mediante el sacrificio del 15% de su población la Unión Soviética resultó más bien perdedora al no poder instalar un proyecto hegemónico. Eso fue lo que hicieron los yanquis gracias al monopolio nuclear entre 1945 y 1949 y el resto es historia conocida.


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