La elección de Zohran Mamdani

Para disgusto de una progresía que simula ser antiestadounidense y luego queda deslumbrada por todo lo que viene de la gran superpotencia hegemónica de Occidente, Zohran Mamdani no representa un cambio en la política yanqui ni mucho menos. Es el propio sistema creando su disidencia controlada para no perder la estabilidad en medio a un cambio de época. El ordenamiento jurídico del mundo está cambiando y los Estados Unidos van a perder el estatus de potencia central hegemónica, razón por la que deben cambiar de piel para ajustarse a la nueva realidad global. Mamdani es ese cambio de piel necesario para una serpiente que debe adaptarse al clima o ser destrozada en el proceso.
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A pesar del júbilo expresado por cierto sector de la sociedad politizada, varias cosas se pueden decir acerca de la elección de Zohran Mamdani como alcalde de la ciudad de Nueva York, pero ninguna de ellas es buena. Francamente, no estamos enfrentándonos a ningún hito para destacar, no importa que nos pretendan convencer de lo contrario.

Y afirmar esto no significa estar dando la razón a las narrativas de odio propias de la derecha o de los republicanos, ellas son tan deshonestas como la narrativa triunfalista de la izquierda y los demócratas. La prueba de esa deshonestidad es la cualidad homogénea de los discursos, visiblemente orquestados, organizados y repetidos constantemente sin variaciones en los medios de comunicación y las redes sociales a un lado y a otro de la grieta ideológica, como si alguien se hubiera tomado el trabajo de redactar el guion y su contrapartida, la narrativa y la contranarrativa.

En otras palabras, siempre que a ambos lados de la grieta cada uno de los equipos sale a la arena con una narrativa sin fisuras ni discrepancias, perfectamente organizada y plena de certezas, se trate el asunto del que se trate, la única conclusión posible es que allí no existe un debate real y que toda la operación es una mera puesta en escena. No es más que propaganda, una simulación de discusión destinada a distraer a la opinión pública en un juego del que ambas facciones participan, trabajando juntas y en colaboración para lograr un fin en común. Ambos lados de la grieta operan en sintonía, cada uno de ellos alimentando el discurso que demanda su clientela particular.

Porque el mercado de las ideas es un oligopolio donde se reparten los clientes para sostener la armonía del sistema simulando conflicto sin que se ponga en cuestión la esencia del mecanismo. Cada uno trabaja con una demografía específica, entre ellos se reparten en dos mitades a la sociedad para que no exista nadie pensando por fuera de los cajones que ellos mismos crean y cuya narrativa construyen y reproducen hasta el hartazgo con fines de adoctrinamiento social. Los demócratas tienen su demografía, los republicanos tienen la suya y en conjunto ambos construyen una historia oficial sesgada de acuerdo a los criterios ideológicos de cada grupo y destinada a exacerbar una división social insalvable que en el fondo solo blinda al sistema alejándolo de toda crítica.

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Zohran Mamdani junto a Alex Soros, el heredero y sucesor del magnate estadounidense de origen húngaro en todo lo que es manipular la agenda de la izquierda progresista para desestabilizar las naciones. Soros, padre e hijo, son la vara rápida de medir a los dirigentes políticos y saber de un vistazo si están o no afiliados a la sinarquía internacional. Aquí todas las dudas que podría haber sobre Mamdani quedan despejadas.

Eso funciona bajo las mismas reglas en lo que refiere a cada uno de los temas que se coloquen en un determinado momento en el foco de la atención mediática y en consecuencia, social. Las elecciones en la ciudad de Nueva York no escapan a esta lógica y por ello la entrada en escena de Zohran Mamdani viene necesariamente de la mano de un discurso muy pulido y sin fisuras que parecería mostrar solo certezas y no otorga ningún lugar al beneficio de la duda.

El propósito de la instalación de un debate entre republicanos y demócratas en torno a la idoneidad del próximo alcalde de Nueva York finalmente nos orienta a la observación de los republicanos y de los demócratas y nos distrae de todo intento por criticar en vez de a las personas individuales o a los partidos políticos que ellas integran a un sistema republicano que no nos ofrece representación real, más allá del show mediático y la validación ideológica.

Así, los partidos tradicionales se autovalidan y se sostienen a flote mutuamente fingiendo combatirse, pero en definitiva oficiando cada uno de salvavidas del otro. Para los demócratas, Mamdani representará supuestamente en sí mismo una muestra de progreso. Inclusión, tolerancia y respeto hacia las minorías. Y para los republicanos, obviamente, Mamdani es un cuco musulmán, el boogeyman por antonomasia. Cada lado de la narrativa, de derecha y de izquierda, está destinado a revalidar los prejuicios ideológicos de la población, para mantener a esta creyendo en el sistema, movilizada en el marco estrecho que permite la polarización al interior de la política de partidos.

Ese es el punto clave: no se neutralizan las inquietudes políticas de la sociedad, sino que se las canaliza y se las redirecciona para asegurar que su cauce no se dirija hacia una zona indeseable, de la misma manera que el lecho de un río se direcciona para que no inunde zonas pobladas. En ese estado de cosas, la realidad permanece completamente velada mientras la efervescencia militante de los individuos politizados se sublima mediante explosiones de fogueo de un color u otro.

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Una realidad en tres dimensiones que es muy sofisticada y de difícil comprensión para las mentes sencillas. Un judío ortodoxo neoyorkino sostiene un cartel en el que puede leerse que Mamdani es amigo de los judíos y que, a la vez, no ha sido financiado por la AIPAC, institución homóloga de la DAIA en los Estados Unidos. Es la grieta entre sionistas y talmúdicos que es muy propia y muy interna de esa minoría y que ubica a sus miembros siempre en ambos lados del mostrador en todos los debates.

Por lo tanto, si al lector lo emociona y le provoca esperanza el triunfo de Mamdani, tenga por seguro que lo tienen atrapado en las redes del discurso oficial pero si la cosa lo indigna, también. Primero y principal, porque incluso si el sistema representativo funcionara de la manera que se nos vende, nadie está a priori en condiciones de poner las manos en el fuego por la capacidad para ejercer la función pública de un personaje que apenas se lanza a la arena de la política. En el mejor de los casos habría que otorgarle el beneficio de la duda y dejarlo caminar, pero la narrativa no permite la duda como opción y se alimenta de verdades construidas como absolutas, sin lugar a cuestionamiento alguno y por tratarse de supuestas verdades antagónicas, sin lugar al debate real o el consenso.

Pero analizando un poco más profundamente la situación resulta además que Zohran Mamdani es, antes que musulmán, antes que un representante de alguna minoría racial o religiosa, un político estadounidense. Y la política en los Estados Unidos es una simulación más allá de los nombres, las identidades políticas y las banderas ideológicas. Los políticos en los Estados Unidos no son más que efigies o sombras proyectadas, paquetes envueltos en una cobertura ideológica.

No son nada más que testaferros y chivos expiatorios, meros señuelos para distraer a la sociedad. Y eso se aplica a Mamdani tanto como a cualquier otro, independientemente de su capacidad, su idoneidad o sus intenciones a la hora de lanzarse a la carrera política. Cualquiera que conozca el funcionamiento del sistema debe partir de la base de que si un individuo llega a una posición de relativo poder es porque ese poder se lo permitió, de lo contrario no hubiera llegado.

En ese sentido, toda vez que los ciudadanos pierdan el tiempo discutiendo los nombres propios de los políticos, la persona individual de los políticos o las ideas que los políticos afirman representar, estos habrán triunfado en su misión de distraer a la población salvaguardando el sistema.

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Zohran Mamdani es una especie de musulmán secular —aunque en rigor no existe tal cosa— al que jamás se lo ve caracterizado, pero que juega con la simbología orientalista para sugerir una contradicción respecto a Occidente. Todo esto desde la gestión municipal de la ciudad más importante de los Estados Unidos y del mundo occidental. El asunto podría parecer muy extraño, pero es el resultado de una gentrificación al revés en la que los blancos abandonan la ciudad y dejan la zona liberada.

Mientras las políticas que afectan diariamente en lo concreto la realidad material de las familias estadounidenses son dictadas por el sector privado y se cumplen a rajatabla, los políticos trabajan de dobles de riesgo poniendo la cara y asumiendo las culpas en lugar de sus patrones. Se les paga bien para ello, el sistema cuida a sus siervos.

Ahora bien, nadie sabe si Mamdani es consciente o no del lugar de mero fusible que ocupa (probablemente sí sea consciente pero si no lo es, se dará cuenta pronto). No sabemos si es un servil concienzudo o tan solo un individuo bienintencionado que el sistema decidió utilizar para sus fines. No lo sabemos y no estamos en condiciones de afirmar taxativamente en un sentido o en otro, pero sí podemos afirmar que debido a la naturaleza del sistema de poder efectivamente Mamdani es una pieza funcional y como tal resultará de un modo u otro más útil a los intereses del sector privado que al de los ciudadanos de la ciudad de Nueva York.

Porque el poder estatal en los Estados Unidos no se encuentra ni cerca de ser el primer poder decisional del país. Tanto a nivel nacional como a nivel estatal y municipal, ni el gobierno federal ni los gobernadores ni los alcaldes se encuentran en la posición del dictador absoluto, son apenas meros gerentes de rango medio y la ciudad de Nueva York no es la excepción.

De hecho, si uno se pusiera a clasificar en una escala a los jugadores poderosos de la ciudad de Nueva York, seguramente nunca pensaría en la alcaldía como institución a la cabeza de la lista. En el mejor de los casos, ocuparía el cuarto o quinto puesto, precisamente el lugar ocupado por el gerente en una empresa. El primer lugar les cabría a los conglomerados inmobiliarios que son los dueños de la tierra. Apenas por debajo se ubicarían las grandes finanzas, las empresas de gestión de activos, las sedes de diferentes corporaciones que están ubicadas en Nueva York. En tercer lugar quizá podrían colocarse las asociaciones civiles privadas y públicas e instituciones como la policía, mientras que el poder municipal se ubicaría incluso debajo de estas.

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El extraño e incómodo momento en el que Mamdani acude al Salón Oval a pedirle la bendición a un Trump acusado de “facho” por el propio Mamdani. Buena parte de la simpatía de los electores al nuevo alcalde de Nueva York vino de su simulación de grieta con Trump, pantomima que duró muy poco. En vista de lo que va a tener que hacer al sentarse en el sillón, Mamdani fue corriendo a cerrar la grieta y a defraudar de entrada a muchos de sus electores.

Esa es la estructura de poder en Nueva York y está organizada de manera tal que cada uno de los eslabones se subordina naturalmente a la agenda de prioridades de cada uno de los niveles que se encuentren por encima de él. La alcaldía funciona en ese esquema como simple intermediario, traduciendo los objetivos del capital privado en alguna forma de legitimidad pública. Esa es una realidad estructural y no está sujeta a la idoneidad, la virtud, la corrupción o la decisión del individuo particular que en un momento dado ocupe las oficinas del gobierno municipal.

Dicho de otra forma, el poder del alcalde no llega ni a la cuarta parte del poder decisional del sector privado de los tiburones inmobiliarios y financieros, se llame el alcalde Zohran Mamdani o no.

Otro aspecto que merece la aclaración es el siguiente: el hecho de que Mamdani sea musulmán, nacido en Uganda de padres musulmanes no implica que la sociedad estadounidense esté resolviendo sus problemas de segregación racial y religiosa, sino precisamente lo contrario. En cambio, reafirma la cultura supremacista de los estadounidenses en general y de la ciudad de Nueva York en particular. Algunos piensan que la elección de Mamdani es una buena noticia presuponiendo un cambio en la cultura, pero se equivocan. ¿Qué hacen los supremacistas blancos cuando advierten que un barrio que antes “les pertenecía” ha sido invadido por la chusma y se encuentran de un momento a otro en minoría? Se retiran.

Solo eso, se van, se mudan a otro vecindario donde puedan volver a ocupar el lugar de la “gente de bien”, sin tener que mezclarse con inmigrantes o con negros. Y eso es lo que está sucediendo en la ciudad de Nueva York, donde la población blanca se ha reducido a menos del treinta por ciento. Los blancos se retiran de los lugares donde no puedan sentirse culturalmente superiores y dominar culturalmente al resto. No se asimilan con la sociedad no blanca, se separan de ella y pasan a considerar la zona ahora habitada mayoritariamente por las colectividades percibidas inferiores como un destino descartado en términos de contrato social. Es por ello que la elección de Mamdani es una prueba del imperio de una ideología supremacista y no representa desafío alguno en términos culturales.

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La ciudad de Nueva York ha sido, al igual que los Estados Unidos y el continente americano de un modo general, construida por inmigrantes desde sus cimientos. Ese proceso llega hoy a su cénit en el contexto de un país que discute la inmigración como un fenómeno de consecuencias negativas al que conviene frenar. La elección de Mamdani es el hecho que marca el momento de decisión.

Ahora que la estructura de poder gobierna sobre una población que estadísticamente se caracteriza por ser cosmopolita y referenciarse en colectividades étnicas diversas —negros, hispanos, orientales, musulmanes, etcétera— simplemente le reconoce a esa población un intermediario que se parece físicamente más a ella. Eso es todo. A la estructura de poder le da exactamente lo mismo que ese intermediario sea un musulmán como Mamdani o el ChatGPT. Al reconocerle a Mamdani el derecho a ser alcalde no lo reconoce nada más que como un instrumento.

Lo que sí se deduce de la elección de un individuo con las características de Mamdani es que el poder global ya descartó a Nueva York como centro de la toma de decisiones y por eso mismo es esperable que las cosas vayan de mal en peor a partir de ahora para los ciudadanos neoyorkinos. No por Mamdani (una vez más, nadie está en condiciones de evaluar las capacidades o las intenciones políticas de un individuo que en términos políticos se encuentre en su etapa germinal, por lo que uno puede otorgarle el beneficio de la duda en ese sentido) sino por lo que él representa.

Sencillamente, si el poder le permitió escalar hasta allí fue para oficiar precisamente como el chivo expiatorio, para poder señalarlo como el piloto cuando se estrelle el avión. Y se va a estrellar, porque la trayectoria descendente de los Estados Unidos es irreversible y eso incluye a Nueva York. Chicago, San Francisco, Portland, Los Ángeles. Cada uno de los centros urbanos importantes del país. Ese tren no tiene frenos y definitivamente no hay marcha atrás.

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