La esclavitud como fundamento de la sociedad occidental

Pese a los denodados esfuerzos por parte de quienes construyen la narrativa dominante en el sentido de homologar el sistema atlántico de Occidente a las formas antiguas y medievales de esclavitud existentes en el catálogo histórico, la sola observación de los resultados de dicho sistema invalida cualquier comparación y condena al hombre occidental. La gloria de los países centrales del presente se construyó sobre un esquema inherentemente perverso cuyas consecuencias negativas, además, siguen impactando hasta los días de hoy en la vida de millones.
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A la hora de describir a la sociedad occidental muchas veces se omite comentar que esta se erigió como tal sobre la base del comercio transatlántico de negros, el que constituyó un sistema tan salvaje y extraño que no se le puede llamar meramente esclavitud, pues no se parece en nada a ninguna de las formas previas que la esclavitud tomó en cada una de las sociedades humanas a lo largo de la historia.

Uno de los atributos más obvios y únicos de ese sistema es la codificación racial, que es la característica más distintiva y devastadora del mismo. A la hora de definir lo que podemos llamar el sistema atlántico en su enfoque de la esclavitud, muchos se niegan a reconocer el carácter inédito de ese modo de producción basado en la deshumanización y la explotación de seres humanos reducidos a la condición de objetos y distinguidos por un criterio meramente racial.

“La esclavitud o alguna forma de servidumbre han existido en todas las sociedades a lo largo de toda la historia de la humanidad”, dicen en Occidente como para lavarse las manos de toda culpa. “El mundo antiguo y medieval reconocía la existencia de esclavos, el mundo musulmán también”. Y de ese modo parecen minimizar la cosa, aquí no ha pasado nada. El problema es que el enfoque de la esclavitud sobre el que se construyó la sociedad occidental no tiene nada que ver con ninguna de esas formas anteriores.

El sistema atlántico inauguró una nueva categoría en la historia de la humanidad: la esclavitud racial, biológica y hereditaria. En Occidente, la condición legal de persona esclavizada se derivaba de la condición esclava de la madre y la condición de esclava de la madre se derivaba pura y exclusivamente de su raza. Eso otorgó a los rasgos africanos un estatus de individuo inferior, no humano, objeto de la propiedad privada de algún blanco y, en el tiempo, dotó a la piel negra de una connotación negativa que socialmente perdura hasta nuestros días.

En Occidente los esclavos nacieron esclavos y murieron esclavos y su condición se debió exclusivamente a su apariencia física y al origen de sus antepasados, no a una circunstancia particular como el endeudamiento, la captura tras la guerra o cualesquiera otros motivos de esclavitud en las sociedades del mundo antiguo y medieval. Lo que justificaba el estatus de esclavo era nada más que la sangre.

Slaves on the West Coast of Africa, c.1833 (oil on canvas)
El tráfico transatlántico de esclavos en la óptica del pintor francés François-Auguste Biard, un óleo sobre tela actualmente en exposición en un museo de Ohio, Estados Unidos. A diferencia de las anteriores formas de esclavitud, el sistema atlántico se basaba en criterios raciales y condenaba a quienes nada habían hecho para ser castigados con la sumisión.

Todo niño nacido de una mujer esclavizada quedaba automáticamente esclavizado. De este modo, la población reproducía su propia esclavitud complementando el sistema de captura y comercio de personas desde el África hacia Occidente. Debido a que la categoría de esclavo era racial, la libertad no disolvió el estigma asociado a las personas de color.

Así, una vez abolida la esclavitud como institución, los negros en los Estados Unidos siguieron siendo legalmente ciudadanos de segunda clase. Tenían prohibido votar, no podían poseer propiedades, no podían testificar en los tribunales contra personas blancas, no podían casarse con blancos y eran víctimas de todas las formas posibles de segregación y violencia, muchas de ellas perdurando hasta la actualidad. Como se ve, la jerarquía racial persistió independientemente de si el individuo era técnicamente esclavo o técnicamente libre, porque la jerarquía no se basaba únicamente en la esclavitud, sino en la raza.

La esclavitud fue simplemente la expresión más extrema de la jerarquía racial, una jerarquía creada artificialmente para sostener a todo el sistema. En el sistema atlántico, los esclavos no eran reconocidos como personas sujetos de derecho sino como objetos, bienes muebles. Se los podía comprar y vender, hipotecar, asegurar, heredar y alquilar. No podían ser propietarios y en ese sentido, ni siquiera podían ser padres de sus propios hijos porque la propiedad no puede poseer propiedad.

Esa era la lógica. Ante la ley, las personas esclavizadas eran equivalentes al ganado. Lo que a menudo se escapa a esta clase de descripciones es el carácter fundamental del sistema esclavista dentro de la arquitectura económica del capitalismo occidental. El comercio transatlántico de esclavos fue absolutamente decisivo para las economías occidentales, porque la riqueza que se generó mediante el comercio de esclavos y por el trabajo esclavo no fue complementario al desarrollo de las economías europeas y la estadounidense, fue su base.

Toda la base de capital generado a partir de la revolución industrial se construyó sobre las espaldas del trabajo esclavo de africanos y sus descendientes. El algodón que producían los negros en Mississippi o Alabama abastecía las fábricas textiles de Manchester y Birmingham. El azúcar producido por negros en el Caribe financió las casas bancarias de Londres y Bristol.

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‘El mercado de esclavos de Roma’ es un óleo sobre tela del también francés Gustave Boulanger, lamentablemente retenido por un coleccionista privado. En esta obra puede verse que la esclavitud en la Antigüedad no se daba por criterios raciales. Para caer en esa condición, un individuo debía ser capturado tras perder una guerra o llegar a ser un deudor incobrable. Todo muy distinto al perverso sistema atlántico del mercantilismo occidental.

El comercio de esclavos en sí, la compra y venta de seres humanos como mercancía, la ganadería de humanos, era uno de los negocios más rentables en la Europa del siglo XVIII. De hecho, se construyeron ciudades enteras en torno a la compraventa de seres humanos como ganado. El puerto de Liverpool, por ejemplo, que constituye en la actualidad la arquitectura financiera de la banca moderna, surgió de la esclavitud transatlántica.

En resumen, el progreso tecnológico y económico que las potencias europeas necesitaban para dominar al resto del mundo, para conquistar a todos los demás, colonizar y administrar su imperio, todo eso fue financiado con mano de obra negra esclavizada y no habría sido posible sin ella. Pero al mismo tiempo esa sistematización del uso de mano de obra esclava resultó de una política estricta y calculada de deshumanización de los esclavos.

Los africanos en el sistema atlántico fueron despojados deliberada, implacable y despiadadamente de sus derechos, de todo lo que constituía su identidad y de todo lo que constituye la identidad de cualquier persona.

Sus nombres fueron sustituidos por nombres europeos, sus idiomas fueron prohibidos, sus religiones fueron prohibidas y criminalizadas, sus familias fueron desmembradas a través del comercio y su pasado se eliminó a través de generaciones de aislamiento.

Incluso cuando Abraham Lincoln abolió la esclavitud en los Estados Unidos a través de la firma de la Proclamación de Emancipación en 1863 y finalmente la aprobación de 13ª. Enmienda en 1865, las personas que antes habían sido esclavizadas no recibieron nada a cambio. Ni tierras, ni capital, ni reparaciones, ni restitución por los siglos de trabajo robado, por los siglos de brutalidad. En algunos estados, quienes habían sido propietarios de estos bienes recibieron una indemnización por la pérdida de los mismos, pero los propios seres humanos que habían sido tratados como ganado, no.

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Vista del puerto de Liverpool en los tiempos del auge del tráfico de esclavos desde África. Los muy hipócritas ingleses habrían luego de prohibir esta actividad, pero solo después de haber descubierto con el capitalismo en su revolución industrial la forma de reemplazar al esclavo por el obrero fabril maximizando en el proceso el lucro. Al fin y al cabo, un obrero hambreado era más barato de mantener que un esclavo y al comprender esto los ingleses pasaron a mostrarse muy compungidos por la esclavitud.

A partir de entonces, la discriminación racial continuó hasta bien entrado el siglo XX, no solo en términos sociales como se sostiene hasta la actualidad, sino abiertamente emanada desde el Estado y las instituciones en general. Las familias negras quedaban excluidas del acceso a la propiedad de la vivienda y las hipotecas que contaban con el respaldo del gobierno federal les impedían acceder a un inmueble, herramienta esencial para la acumulación de riqueza.

La pobreza actual y la marginalidad social de los afroamericanos no fue una consecuencia de la esclavitud, sino del estigma racial que los negros sufrieron a partir de la abolición. En ese sentido la racialización de la esclavitud occidental se erigió en el fundamento de la segregación social que persiste hasta el día de hoy en Occidente.

La brecha de riqueza entre los negros estadounidenses y los estadounidenses blancos no es un misterio sociológico ni es un enigma como muchos analistas pretenden afirmar. No, es el efecto documentado y rastreable de la esclavitud que fue seguida por todo un siglo de exclusión económica deliberada y los efectos continuos de esas desventajas acumuladas. Es una obviedad, ese es legado del comercio transatlántico de esclavos.

Sí, hubo esclavitud en el mundo musulmán, como la hubo en el imperio romano, en Grecia y en todas las sociedades de la antigüedad clásica y el mundo medieval. Sí, por supuesto que existió, nadie la niega. Una persona podía quedar sujeta a una relación de esclavitud a consecuencia de una deuda impaga o en compensación por la comisión de un delito menor, por ejemplo. O resultar esclavizada a partir de su captura como prisionero de guerra.

Ahora bien, eso no significaba la negación de la humanidad de la persona circunstancialmente esclavizada. El estatus de esclavo en las sociedades anteriores a la sociedad moderna occidental se parecía más bien a una especie de contrato de trabajo con características específicas, en respuesta a una obligación penal o de otro tipo: monetaria, financiera, circunstancial, etcétera.

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Junto a sus pares, Abraham Lincoln firma la emancipación de los esclavos en 1863. El viejo Lincoln, no obstante, se olvidó de compensar económicamente a los negros que iban quedando emancipados, de modo que estos pasaron de la esclavitud al último peldaño de la escala social. Libres, pero muertos de hambre, esclavos de facto en un sentido socioeconómico. La obra es un oscuro óleo sobre tela muy característico de la cultura anglosajona, lleva la firma del pintor estadounidense Francis Bicknell Carpenter y está expuesta, gracias a una donación, en el Capitolio de Washington.

Además, esos contratos no se extendían a perpetuidad. O bien se establecía de antemano que el esclavo debía trabajar para el amo una determinada cantidad de años o bien el esclavo tenía a la mano la opción de comprar su propia libertad y marcharse. Los hijos de un hombre libre eran libres independientemente del estatus de la madre y los hijos de una mujer esclava nacían libres. El esclavo era un sujeto, no un objeto; una persona, no un animal.

Podía casarse y divorciarse, testificar en un tribunal y tener propiedades a su nombre. La existencia de una institución como la esclavitud puede gustar más o menos al lector, ser más o menos anacrónica a la luz del presente, pero esta institución en el mundo antiguo y medieval distaba en mucho de parecerse a la sistematización del comercio esclavo transatlántico que tuvo lugar a partir de los siglos XVI y XVII en Occidente. Además, en el mundo antiguo y medieval la esclavitud era una relación laboral de excepción, no la regla ni mucho menos la base misma de la reproducción de la riqueza como en la sociedad occidental.

Tampoco respondía a un criterio racial, los esclavos podían incluso pertenecer al mismo pueblo que sus amos y los africanos podían ser amos de individuos provenientes de Europa, de Asia, de todo el mundo conocido. De hecho, etimológicamente la palabra “esclavo” en la mayor parte de las lenguas europeas tiene un origen medieval y proviene de “eslavo”, pues muchos de quienes caían bajo esa institución durante el dominio del Imperio Bizantino eran originarios de la Europa del este.

No, la esclavitud transatlántica y sus antecedentes históricos no son las mismas instituciones. Comparten el mismo nombre, comparten la misma categoría, pero no se cimentan en el mismo mecanismo ni tienen el mismo marco legal. No responden a la misma lógica racial, si es que se puede usar el término lógica. No tienen el mismo diseño estructural, la misma segmentación demográfica, el mismo legado económico. No hay ninguna similitud en absoluto.

Cuando en el afán de defender lo indefendible alguien cita la institución de la esclavitud como existente a lo largo de toda la historia de la humanidad, en realidad no está esgrimiendo un argumento histórico, sino que está haciendo una maniobra retórica. Lo que está haciendo es intentar distribuir la culpa de Occidente hasta que desaparezca.

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Negros estadounidenses reunidos para escuchar un discurso de Malcolm X en 1963. Durante todo el siglo XX y hasta el presente los negros en los Estados Unidos siguen en su mayoría confinados en guetos raciales y casi nunca se mezclan con sus compatriotas blancos. El sistema atlántico sigue funcionando en el largo brazo de la historia.

Porque si todos los demás lo hicieron, entonces no es algo digno de disculpa. Si es un fallo humano universal, si la esclavización es el comportamiento natural de cualquier ser humano cuando se enfrenta a otro en inferioridad de condiciones, entonces el sistema atlántico en su enfoque de la esclavitud no es tan malo.

Y así se pierde de vista el carácter único de ese sistema racializado, de siglos de duración, estructuralmente devastador, absolutamente salvaje, cuyas consecuencias se observan hasta el día de hoy en la pobreza estructural de los negros en Occidente y en la segregación racial que perdura hasta la actualidad. Se trata únicamente de un ejemplo más de cómo la gente se explota entre sí.

Pero ese es un encuadre completamente deshonesto, porque oculta por completo la culpabilidad única de Occidente, oculta que el Occidente moderno se construyó sobre las espaldas de unos esclavos a quienes ni siquiera les reconocía la humanidad y oculta que el sistema capitalista se erigió sobre la base de la riqueza producida por el trabajo esclavo, que ese trabajo esclavo fue su base y su fundamento.

Una vez más, la deshonestidad y la explotación se demuestran a sí mismas como el desiderátum de una sociedad occidental a la que todos los pueblos del mundo parecen sentir que le deben explicaciones. No se las deben, si en la historia ha existido algo equivalente a un tumor, queda claro en qué sociedad ese tumor va a terminar haciendo metástasis.

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