Existía hace casi dos décadas entre el pleno del comité central del Partido Comunista de China la convicción de que los juegos olímpicos de Beijing, a realizarse a mediados de 2008, habrían de ser un punto de inflexión en la historia del país y también en la escalada hacia el lugar de primera potencia mundial. En la diferencia entre el éxito y el fracaso en la organización de dicho evento iba a estar la definición pública, a la vista del mundo entero, de si China estaba o no preparada para asumir un rol de protagonismo en el concierto de las naciones. Para China en esos días, por lo tanto, los juegos olímpicos de Beijing 2008 eran mucho más que un simple evento deportivo con fines comerciales. Ese evento tenía la propiedad de ser una revelación de algo que ya venía insinuándose hacía décadas sin confirmarse jamás de un modo inequívoco. Beijing 2008 estuvo proyectado desde el vamos para ser una declaración política sin ambages y terminar con las especulaciones.
No hay realmente nada de extraordinario en ello, pues por lo general los juegos olímpicos —al igual que los campeonatos mundiales de fútbol— son citas ecuménicas que las naciones utilizan con fines propagandísticos de autopromoción. Salvo en el caso de las potencias ya consolidadas que no tienen demasiado que demostrar pues su posición en el statu quo ya está definida, todos los demás países pugnan por ser sede de uno de esos eventos universales y luego para organizarlos exitosamente, de modo que ese éxito sirva para presentarse luego ante la opinión pública mundial como un botón de muestra del éxito general del proyecto político de los países en cuestión. Los juegos olímpicos y los mundiales de fútbol son eso, son una prueba de resistencia, capacidad y solvencia que las naciones suelen tomarse muy en serio al menos desde que Hitler hizo de los juegos de Berlín en 1936 un escaparate del proyecto político nacionalsocialista ante los ojos de un planeta estupefacto.
China puso por lo tanto todos los huevos en una misma canasta al apostar sus fichas en el éxito de la organización de Beijing 2008 y el entonces líder Hu Jintao puso al frente de ese desafío a un Xi Jinping que asomaba por esos días como una estrella naciente en la constelación política china. Xi Jinping venía de ser gobernador de las provincias de Fujian y Zhejiang, de imponer una muy efectiva purga anticorrupción y de elevar el nivel de calidad de vida en esos territorios. Con estas credenciales y un carisma que Hu Jintao no tenía, Xi Jinping fue designado como zar de los juegos olímpicos de Beijing 2008 y en ello se jugó todo el futuro de su carrera política. De repetir con este evento el éxito cosechado como gobernador tanto en su gestión de la política económica como en su campaña contra la corrupción, Xi Jinping se pondría en primera fila para la carrera por la inminente sucesión del ya longevo y desgastado Hu Jintao.

Eso fue lo que finalmente ocurrió. Aquellos juegos olímpicos de Beijing 2008 fueron un éxito rutilante desde la puesta en escena y la organización en términos de comodidad y seguridad como en la propaganda del régimen socialista chino de cara al mundo. China acogió durante las dos semanas de duración del evento a más de 10 mil deportistas y a otros tantos periodistas y asistentes, estos últimos en el orden de los cientos de miles. Y lo hizo sin despeinarse, sin presentar conato alguno de colapso de sus sistemas ni de su capacidad receptiva. Y en consecuencia Xi Jinping se perfiló de inmediato como el sucesor natural de Hu Jintao. Los juegos olímpicos de Beijing 2008 son trascendentales para la historia de la humanidad porque finalmente posicionaron a China como candidato a superpotencia global, pero también porque le dieron a este país un liderazgo a la altura de las circunstancias, uno de tipo carismático que el pueblo-nación chino no había tenido desde Deng Xiaoping.
He ahí la razón por la que los juegos olímpicos de Beijing 2008, reputados en las mentes sencillas como un mero evento deportivo, fueron el punto de inflexión más reciente en la historia universal. A partir de ese evento se dan definitivamente las condiciones para el desafío oriental a la hegemonía unipolar estadounidense con el ascenso de un rival serio y decidido a romper el esquema para crear uno nuevo. China demostró en Beijing 2008 que está preparada para lo grande y también se dio a sí misma el liderazgo necesario para afrontarlo, cumplió en una sola maniobra los dos requisitos mínimos para aspirar a ser una superpotencia capaz de crear su propia hegemonía por fuera de los términos actualmente dominantes. Y puede decirse que en Beijing 2008 empezó a fracturarse el ordenamiento mundial impuesto por los Estados Unidos al finalizar la II Guerra Mundial en 1945 y cristalizado tras la caída del muro de Berlín y la posterior disolución entre 1989 y 1991 del bloque socialista liderado por la Unión Soviética.

En el análisis liviano de la realidad suele omitirse la importancia central del liderazgo carismático en los procesos, lo que constituye un grave error de evaluación. A la pregunta de por qué China nunca pudo después de Deng Xiaoping transformar su potencia industrial en poder geopolítico concreto se le puede responder con el hecho de que en el periodo China jamás tuvo un liderazgo con potencia transformadora similar a la de Deng Xiaoping, es decir, no tuvo un liderazgo carismático a la altura del desafío a pesar de su acelerado crecimiento económico. El atento lector puede hacer la prueba apelando a su memoria para tratar de recordar a un solo líder chino entre 1989 y 2012 y verá que ni un solo nombre le viene a la mente. Es como si no hubiera habido nada entre el ocaso de Deng Xiaoping y la ascensión de Xi Jinping, aunque en realidad hay allí casi un cuarto de siglo de historia.
Después de sumar a su curriculum el éxito en la organización de los juegos olímpicos de Beijing 2008, Xi Jinping empezó a pisar fuerte en el comité central del Partido Comunista, que es donde se realizan las elecciones para definir el nombre del nuevo jefe. Y en los casi cuatro meses que van de noviembre de 2012 a marzo de 2013 Xi Jinping desplazó a Hu Jintao primero del cargo de secretario general del Partido Comunista —lugar desde el que las decisiones realmente se toman en el esquema de los regímenes de tipo marxista leninista— y luego del puesto formal de presidente de China. Lo que ocurre a continuación es una especie de despertar del gigante: con Xi Jinping a la cabeza China empieza a exigir cada vez más protagonismo en la geopolítica y, en consecuencia, a poner más presión sobre la hegemonía occidental de los Estados Unidos.

Ese despertar es la conclusión de que a partir de 2008 y fundamentalmente después de 2012/2013 el proyecto político socialista con libertad de mercado de China reúne todos los ingredientes para hacer el bizcochuelo de una superpotencia global. Habiendo demostrado tener un orden interno con la realización de los juegos olímpicos y difundido su propaganda exitosamente para obtener aquello que en las categorías de la geopolítica posmoderna se dio en llamar “poder suave”, lo único que necesitaron los chinos fue un liderazgo carismático decidido a transformar todo eso en poder geopolítico real. Dicho liderazgo lo encontraron en la figura de Xi Jinping, a quien el comité central del Partido Comunista no pudo ni quiso resistir en su veloz avanzada hacia el poder político. Al igual que con el advenimiento de Putin en Rusia, la historia volvía a ponerse en marcha después de décadas de un letargo en el que Francis Fukuyama —equivocadamente, incluso en su propia opinión posterior— había visto un punto final.
No habría entonces ningún fin de la historia en la disolución del bloque socialista de Oriente en 1991, sino una pausa hasta la sublevación declarada primero por Putin en 2007 y luego por Xi Jinping a partir del 2013. Lo que ocurre en estos días es la continuación del desafío que los soviéticos plantearon en la Guerra Fría a la hegemonía unipolar de los Estados Unidos y que no pudieron sostener en el tiempo al colapsar su sistema. De cierta manera y en un sentido de continuidad histórica, la Unión Soviética de nuestros días podría ser Rusia, aunque más probablemente lo sea China en un sentido de rivalidad efectiva porque Beijing tiene la potencia económica requerida para llevar la guerra contra Occidente a un terreno donde los soviéticos nunca fueron capaces de competir: el campo de batalla de la economía mundial.

Hoy se sabe que los soviéticos perdieron la Guerra Fría precisamente por no tener las capacidades económicas para jugar ese juego. La URSS fue una superpotencia en lo tecnológico, en lo militar, en términos de armamento nuclear, en la carrera espacial, en lo diplomático e incluso en lo deportivo, pero jamás pudo representar una amenaza a la hegemonía estadounidense en lo económico y allí fue finalmente derrotada y disuelta. Xi Jinping y los chinos de un modo general conocen la historia y, al conocerla bien, pretenden no cometer el error crucial de los soviéticos. En un mundo de economía de mercado el aferrarse a la ortodoxia marxista apostando por una economía planificada es la garantía del fracaso en el mediano y en el largo plazo, razón por la que China juega muy bien el juego del capitalismo hasta el punto de dominar actualmente el comercio global. El llamado “socialismo de características chinas” es la respuesta que Beijing encontró desde 1976 con Deng Xiaoping para resolver el acertijo y es el método que Xi Jinping profundiza hoy.
¿Qué cosa es China?
El modelo socialista de economía planificada impuesto por Mao Zedong desde 1949 fue derogado en 1976 al ascender Deng Xiaoping al trono. Allí empieza una carrera frenética en la que China se industrializa velozmente mediante la importación de capital privado —lo que se llama la deslocalización de la industria desde Occidente— y obtiene tasas de crecimiento astronómicas año tras año. He ahí el origen de la expresión “tasas chinas” que se emplea en la jerga económica para hablar de números muy elevados: desde 1978 en adelante, que es cuando las reformas aperturistas impulsadas por Deng Xiaoping empiezan a surtir efecto, el producto interno bruto (PBI, por sus siglas consagradas) ha crecido anualmente en promedio un 10%, lo que es inimaginable en cualquier economía occidental. Estos son los resultados del “socialismo con características chinas”, que es socialista con los de abajo y adhiere al libre mercado respecto a los de arriba, garantizando la seguridad jurídica para la propiedad privada.
La ortodoxia marxista y bolchevique, nostálgica de la Unión Soviética, suele criticar mordazmente a los chinos acusándolos de no ser socialistas, sino más bien capitalistas estatales. Pero lo cierto es que los chinos han logrado lo que los soviéticos jamás pudieron y es ponerse a la altura del desafío planteado por Occidente desde la revolución burguesa de 1789 y la revolución industrial que va atada a esta por razones de consagración del derecho a la propiedad privada, condición sine qua non para la inversión de capital en la industria. En otras palabras, los marxistas ortodoxos pueden chillar todo lo que quieran y nada de eso va a cambiar el hecho histórico de que China está triunfando allí donde los soviéticos fueron derrotados. En vez de apostar a la militarización de entrada, China se abocó a la industrialización de su economía, la hizo crecer en un promedio del 10% anual durante casi cinco décadas y entonces sí empezó a destinar buena parte de sus recursos a los “fierros” para hacer la guerra.

Está claro que Deng Xiaoping tenía el famoso “diario del lunes” entre manos para hacer lo que hizo, es decir, contaba en 1976 con unos antecedentes históricos que ni los soviéticos ni Mao Zedong pudieron tener porque fueron, precisamente, los pioneros en eso de hacer la revolución socialista. Deng Xiaoping observó a fines de los años 1970 que la Unión Soviética —ya por esos días decadente— y su antecesor habían incurrido en el error de sostener la economía planificada en el marco de un sistema-mundo que no funciona con esas reglas. Es el error ortodoxo del marxismo leninismo, el que prescribe la fuerte militarización de las naciones socialistas como método para defenderse de la agresión liberal. Por ese camino siguieron tanto la Unión Soviética como sus satélites en Europa oriental y otros como Cuba, con los resultados todos a la vista. Beijing, viendo dichos resultados, optó por recorrer el camino diametralmente opuesto.
Ese camino opuesto está ya recorrido pues luego de casi cinco décadas de las reformas impuestas por Deng Xiaoping la economía china es la segunda más importante del mundo, es protagonista en el capitalismo global a punto de que China hoy es el mayor entusiasta de la globalización. En efecto, con el advenimiento del proteccionista y continentalista Donald Trump, los Estados Unidos declaran su renuncia a la globalización entendiendo que en dicho juego llevan todas las de perder frente a China. El sistema-mundo liberal ya ha sido dominado por Beijing gracias a la iniciativa de Deng Xiaoping y la constancia del Partido Comunista en lo sucesivo más allá de los nombres propios que ocuparon el trono desde 1989 a la fecha. El camino de llevar la guerra al plano de la economía ya está por lo tanto recorrido, China ganó allí donde la Unión Soviética fue derrotada. La lucha pasa necesariamente a una etapa nueva.

Entonces China es hoy un gigante en términos económicos, pero atrasa en términos militares respecto a los Estados Unidos y a Rusia, sus dos únicos rivales serios en la lucha por la hegemonía global para lo que queda del siglo XXI. Si bien tampoco es ningún enano y tiene con qué defenderse en lo bélico, incluso en caso de escalada nuclear, la verdad es que China está aún muy lejos de tener las capacidades militares de sus potenciales enemigos de Washington y de Moscú. Y eso se debe precisamente a la estrategia que Deng Xiaoping adoptó, la de poner el foco en la industrialización para un muy acelerado crecimiento económico como método de defensa ante la agresión foránea. Esa estrategia ha cumplido sus objetivos, ha dado lo que tenía que dar posicionando a China en un lugar de superpotencia en lo económico que quizá ni el propio Deng Xiaoping pudo haberse imaginado en sus días. Pero los bolcheviques tenían la otra mitad de la razón porque toda casa, por más rica que sea, siempre debe tener la capacidad de tirar algún tiro si quiere defender esa riqueza.
En otras palabras, existe un equilibrio necesario entre poder económico y poder bélico que todo candidato a superpotencia en cualquier siglo debe alcanzar. Bien mirada la cosa, allí donde con ser una superpotencia en lo militar y en términos de armamento nuclear no alcanza cuando a raíz de una ortodoxia fracasada la economía está constantemente en harapos, también lo opuesto es verdadero: ser una superpotencia en lo económico sin tener la capacidad de defender esa posición también es una debilidad. Por caso, al ver que la derrota en el plano de la economía es inminente, los Estados Unidos probablemente lleven la guerra de lo comercial a lo bélico (cosa que ya viene sucediendo, dicho sea de paso) donde el enemigo es más débil y así derrotarlo por la fuerza. Aunque siguiera creciendo con tasas de un 10% promedio anual por otras tantas décadas, China es muy vulnerable en su posición precaria de atraso en la capacidad de hacer la guerra.

De hecho, como veíamos, los Estados Unidos proponen hoy con Donald Trump cambiar las reglas que ellos mismos impusieron a mediados del siglo pasado al emerger como superpotencia tras la II Guerra Mundial. No sirven ya la mundialización y la globalización de la economía pues China controla el comercio, es el “taller del mundo” y tiende a hacerse más fuerte a medida que avanza con la tecnología aplicada a la producción. Pero para cambiar las reglas es preciso golpear la mesa y que todos los demás jugadores se vean obligados a aceptar el cambio, aunque no les convenga. Es necesaria una fuerza militar tal que alcance para persuadir a los demás jugadores a aceptar el nuevo ordenamiento jurídico del juego. Esta es, en una palabra, la metáfora de las dos bombas atómicas que Harry Truman arrojó sobre Japón en 1945 para obligar a los soviéticos a someterse al nuevo orden mundial liberal que Washington diseñó e impuso, finalmente, en su totalidad, entre 1945 y 1949.
Para 1949 la Unión Soviética pudo superar el atraso nuclear al desarrollar su propia bomba atómica, la RDS-1 o reactor de misil especial, por sus siglas en ruso. Pero ya era tarde. En esos cuatro años de monopolio de la tecnología nuclear con fines bélicos desde Hiroshima y Nagasaki, los Estados Unidos impusieron todo el ordenamiento jurídico mundial sin que los soviéticos pudiesen hacer mucho más que protestar formalmente. Entre 1945 y 1949 los yanquis impusieron la Organización de las Naciones Unidas (ONU), el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial, entre otras instituciones de gobernanza global creadas o no en Bretton Woods; instalaron el Estado de Israel para controlar la región de Oriente Medio e hicieron el Plan Marshall de reconstrucción de Europa occidental, cuyo objetivo fue la colonización de los países europeos —fundamentalmente de Alemania— después de la guerra; y de paso impusieron su dólar estadounidense como moneda universal de intercambio y reserva.

Cuando la Unión Soviética finalmente tuvo su bomba atómica y la capacidad de infligir a su enemigo un daño proporcional lo que se produjo fue un empate, pero ya con todas las reglas del juego establecidas por el jugador que obtuvo primero la carta ganadora. Es el llamado “empate hegemónico” de la Guerra Fría entre los Estados Unidos y la Unión Soviética que, en realidad, no fue ningún empate porque los soviéticos estuvieron obligados desde el vamos a jugar un juego geopolítico ajeno y eso finalmente fue lo que decretó, medio siglo más tarde, su propia disolución. Absolutamente incapaces de hacerles frente a los Estados Unidos en un sistema-mundo de tipo liberal con sistema capitalista y globalización, los soviéticos fueron decayendo año tras año hasta colapsar inevitablemente. Jamás existió ningún orden mundial bipolar, como insisten en decir algunos cronistas e historiadores ideologizados en su propia ortodoxia. El cierre de la II Guerra Mundial dio como resultado la unipolaridad desde un principio.
Esta es la preocupación de China hoy, la de no tener la preparación militar suficiente para oponerse a los tiros cuando los Estados Unidos golpeen la mesa e intenten imponer nuevas reglas para el juego geopolítico. Stalin no pudo hacer nada entre 1945 y 1949 porque solo Harry Truman tenía la bomba atómica y Washington impuso el ordenamiento jurídico que mejor le convenía, razón por la que en lo sucesivo fue naturalmente la superpotencia dominante y hegemónica. Así de sencillo. Y, en consecuencia, Beijing piensa en la impotencia de Stalin en esos cuatro años nefastos como algo que debe evitarse porque en ello va a definirse el mundo para todo lo que queda de este siglo XXI y quizá algo más. En lo contrafáctico, dicho sea de paso, si nadie hubiera tenido en 1945 la bomba atómica o si la Unión Soviética la hubiera desarrollado inmediatamente después de Hiroshima y Nagasaki no existirían hoy la ONU, el FMI, el Banco Mundial, el Estado de Israel y todo lo que ahora es statu quo gracias al éxito del Proyecto Manhattan.
La guerra comercial y la otra
Y a ese atraso tecnológico y militar que los soviéticos padecieron en cuatro años, por supuesto. Cuatro años, véase bien, son más que suficientes para definir el orden jurídico internacional para todo un siglo si no hay quien plantee una oposición seria frente a las pretensiones del otro. Cuatro años e incluso quizá menos que eso. China sabe que de estar atada de pies y manos cuando empiecen los tiros para definir el nuevo orden mundial el resultado del conflicto arrojará un ordenamiento muy desfavorable a sus intereses nacionales, pues quedará cual Stalin frente a Truman después de Potsdam, Hiroshima y Nagasaki. Stalin ganó la II Guerra Mundial en la práctica e invadió Alemania, naturalmente se adjudicó el derecho de anexarse dicho territorio porque así son las guerras. Pero Truman tenía la bomba atómica y con ella forzó la partición de Alemania, obligando a Stalin a entregar toda la parte industrial del país a Occidente y a quedarse con el cuarto agrario del territorio, con lo que a la postre fue la Alemania oriental socialista.

Ahí está el hecho realmente decisivo del siglo XX. Otra vez de una manera contrafáctica, de no haber mediado la ventaja nuclear en favor de los Estados Unidos, la Unión Soviética habría de combinar en 1945 sus ingentes recursos naturales —producción de alimentos, minería, combustibles y todo lo demás— con la potente industria alemana, resultando eso en la primera potencia mundial por escándalo. Ese era, en verdad, el proyecto de Hitler que Stalin quiso concretar en espejo después del triunfo en la II Guerra Mundial: la combinación de los virtualmente infinitos recursos territoriales del país más extenso del mundo con la vanguardia industrial y tecnológica de esos días que era Alemania. Hitler quería controlar esa unidad potente desde Berlín y Stalin pretendía hacerlo desde Moscú, aunque evidentemente se trata del mismo proyecto de superpotencia que los Estados Unidos supieron abortar convenientemente para sus propios intereses geopolíticos.
Bien observada la historia como una continuidad necesaria, tanto la Unión Soviética como esa Alemania industrial no son más que tipos genéricos que se reproducen con distintos nombres una y otra vez, siempre hay alguien con muchos recursos sin poder transformarlos y alguien, por otra parte, con mucha capacidad de transformación y sin los recursos para hacerlo. Esa es la razón última de todas la guerras, es la voluntad económica inherente al hombre de hacerse con el poder de crear riqueza mediante la combinación de los elementos necesarios para esa creación. La revolución industrial de Europa occidental no habría sido posible sin los ingentes recursos de las colonias en América, en Oceanía, en África y en Asia, pues los europeos tenían la tecnología para construir sus máquinas y tenían la seguridad jurídica gracias a su revolución política, pero no tenían la abundancia de recursos y alimentos que existía en las colonias porque Europa, como se sabe, es un continente muy pequeño y muy pobre en términos de riqueza real.

El colonialismo europeo atravesado a partir del siglo XVIII por la revolución industrial conducirá a las guerras de los siglos XIX y XX, fundamentalmente porque Alemania e Italia se habían unificado tarde e industrializado sin tener colonias y esa era una situación insostenible. Y otra vez se ve la cuestión del atraso de unas naciones que deben permitir el establecimiento por otras de un orden mundial que les es desfavorable: habiendo estado divididas y sin salida propia hacia el Océano Atlántico, Alemania e Italia vieron cómo desde el siglo XV hasta el siglo XIX sus rivales occidentales —primero Portugal y España, luego Gran Bretaña, Francia, Bélgica y Holanda— imponían todo el orden colonial mediante el reparto del mundo. Estas últimas seis naciones tenían todo lo que necesitaban para hacerlo, tenían la unidad política de sus territorios y salida independiente para la navegación. Alemania e Italia no tuvieron lo primero sino hasta fines del siglo XIX y, para cuando lo lograron, ya era tarde porque el mundo ya estaba enteramente repartido.
Entonces ese atraso geopolítico puso a la industria de Alemania y de Italia en desventaja respecto, por ejemplo, a la de Gran Bretaña y Francia. Las tres guerras que Alemania hizo a partir de 1871 —que en realidad son una misma guerra en distintas etapas, pues la finalidad es siempre igual— fueron intentos de superar el atraso tirando tiros contra las potencias coloniales que lógicamente no querían compartir el botín. El botín del saqueo colonial son los recursos que la industria europea necesitaba para producir y los mercados para volcar en ellos la manufactura industrial. De nuevo por lo contrafáctico, si Alemania hubiera estado unificada desde el siglo XV como lo estuvieron Gran Bretaña, Francia, España, Portugal, Holanda y Bélgica y, además, hubiera tenido el control del Canal de la Mancha para salir libremente al Atlántico con sus naves desde el puerto de Hamburgo, en muchos lugares de América, Asia, África y Oceanía se hablaría hoy alemán en vez de inglés, español, portugués, francés u holandés.

Pero nada de eso pasó y los alemanes —al igual que los italianos, que no se unificaron sino recién en 1871 y tampoco tuvieron nunca el control del Estrecho de Gibraltar— se quedaron sin colonias a las que explotar y en una situación de manifiesta desventaja comparativa respecto a sus rivales del continente. Aun teniendo esa enorme vocación para la tecnología y para el progreso material y económico, el pueblo-nación alemán padeció y sigue padeciendo las consecuencias del atraso geopolítico. Sintiéndose quizá condenados por la historia, no es extraño que los alemanes hayan abrazado una y otra vez los proyectos expansionistas que resultaron todos en guerra y casi siempre en derrota para Alemania. En el fondo se trata de la teoría del espacio vital del geógrafo alemán Federico Ratzel, según la que una nación se expande sobre otras y prospera o no lo hace y termina siendo borrada del mapa pues otras se expandirán sobre ella. La hipótesis no puede falsarse porque apela a la propia naturaleza humana, como veíamos. Y únicamente pudo haber salido de la cabeza de un alemán.
Aunque por distintas razones históricas, China tiene al igual que Alemania e Italia la propiedad de no haber sido una potencia colonial, sino más bien todo lo contrario: el territorio de China ha sido históricamente objeto de la codicia de las potencias europeas, básicamente de portugueses e ingleses. En consecuencia, la industria china no tiene cotos de caza privados para extraer los recursos que necesita ni para colocar sus manufacturas con un monopolio legal como lo tuvieron Francia y Gran Bretaña en la revolución industrial de los siglos XVIII y XIX. La situación de atraso geopolítico es la misma o aún peor que las de Alemania e Italia, China desarrolló su industria sin las enormes ventajas comparativas que tuvieron por ser colonialistas los británicos y los franceses, incluso los holandeses y los belgas. Y para salvar ese atraso se valió de otras ventajas comparativas como el bajísimo costo laboral de su mano de obra, por ejemplo, que utilizó como primer carnada para atraer a los capitales occidentales e iniciar la deslocalización de la industria.

Claro que eso no es todo. Para resolver el problema del acceso a los recursos estratégicos para la actividad industrial los chinos hicieron sigilosamente una penetración en los países de África y de América. Y así consiguieron tanto el mineral africano para la siderúrgica como la soja americana para hacer nutrición animal porcina y alimentar a su pueblo con proteínas o el petróleo ruso y árabe para hacer andar sus máquinas. Podría decirse que ese proceder de China es una especie de colonialismo o de imperialismo algo aggiornado, adaptado a la realidad del último cuarto del siglo XX y de lo que va de este siglo XXI. Pero conviene no perder de vista que, a diferencia de las potencias occidentales con sus colonias en América, Asia, Oceanía y África, China pagó cada centavo de lo que costaban los recursos que extrajo, esto es, hizo en todo caso negocios con las naciones proveedoras de materias primas, combustibles y alimentos. Y ese proceder es a todas luces bastante más honesto que el colonialismo brutal de los europeos y que el imperialismo estadounidense.
Sea como fuere, sin cuidado de ciertas valoraciones morales, China pudo superar su atraso geopolítico no con el método alemán de hacerles la guerra a los rivales para forzar un nuevo reparto del mundo. Lo que China hizo fue llevar la guerra al terreno de lo comercial, producir en mayor escala y más barato los productos de consumo masivo que luego exportó hasta copar los mercados en todas las latitudes. Gracias en gran parte a los bajos salarios que se les pagó y se les sigue pagando a sus trabajadores en un país con más de 1.400 millones de habitantes concentrados mayoritariamente sobre un tercio del territorio —hasta el 94% de los chinos vive en la región costera oriental, dejando el resto del país escasamente habitado—, los costos de la industria china siempre fueron mucho más bajos y sus manufacturas, en consecuencia, significativamente más baratas que las de sus competidores. Esto es algo que no se le ocurrió ni podría habérsele ocurrido a un alemán, puesto que los alemanes no quieren tener el salario de los chinos.

En una palabra, habiéndose industrializado muy tarde respecto a las demás potencias y no habiendo tenido colonias, China superó el atraso histórico con ese “socialismo de características chinas” que solo puede funcionar allí, lógicamente. Y sin tirar tiros, solo con paciencia y capacidad de negociar todas sus necesidades en distintas partes del mundo, China llegó hasta aquí convertida en la primera potencia industrial y en una seria amenaza a la hegemonía unipolar de los Estados Unidos. Todo eso en menos de medio siglo desde las reformas de Deng Xiaoping en 1976. Ahora Washington sabe que Beijing supo utilizar las reglas de la globalización en su propio favor y quiere imponer nuevas reglas de juego, quiere revertir la globalización para volver a tener el beneficio de un sistema hecho a la medida de sus intereses nacionales. Eso es lo que pretende hacer Donald Trump y, al parecer, no hay verdaderamente ninguna otra manera de lograrlo sin el uso de la fuerza simplemente porque a China eso no le conviene.
Como Berlín para Moscú (en los viejos tiempos)
El uso de la fuerza no es, como podría imaginarse el atento lector, una cosa que se aplica necesariamente en forma directa contra el enemigo en una contienda. El uso de la fuerza para persuadir o más bien disuadir al enemigo coyuntural se asemeja al proceder de Harry Truman, quien no arrojó sus bombas atómicas sobre una Unión Soviética que quería apoderarse de la totalidad del territorio alemán, sino sobre un Japón que ya estaba vencido en la práctica. ¿Por qué? Porque lanzar las bombas sobre San Petersburgo y Moscú en vez de sobre Hiroshima y Nagasaki hubiera significado reiniciar una guerra que recién terminaba. Y eso no era lo que querían Truman y sus titiriteros del complejo industrial militar-farmacéutico en 1945. Ellos querían terminar allí la guerra y establecer el nuevo orden mundial de la posguerra sin oposiciones, querían derrotar a los soviéticos sin combatirlos en el campo de batalla. Y por eso aplicaron la fuerza contra unos japoneses que la ligaron de rebote, como suele decir el buen sentido popular.
La estrategia de Truman terminó dando sus frutos pues el nuevo orden fue en efecto impuesto sin mayores oposiciones, los Estados Unidos rediseñaron el ordenamiento jurídico mundial a su voluntad y sin tener que hacer concesiones significativas a nadie. Y en el largo plazo vieron disolverse la Unión Soviética como consecuencia de esa imposición, lo que le da más razón todavía a Truman en eso de bombardear a Japón y no a la Unión Soviética. Por lo tanto, si los Estados Unidos tuvieran que hacer uso de la fuerza para revertir la globalización en su propio provecho y con la conciencia de que básicamente solo China se beneficia de ella en el presente, probablemente no lo harían directamente contra el territorio chino. Lo más probable es que las bombas caigan en otra parte de un modo tal que los Estados Unidos tengan un tiempo de ventaja para hacer lo que quieren hacer atando de pies y manos a sus rivales chinos.

Este complejo ajedrez geopolítico se ve más claramente si se observa la historia como esa continuidad de tipos genéricos que se presentan con distintos nombres, etiquetas e ideologías en cada coyuntura. Por cuestiones de rivalidad efectiva con los Estados Unidos, China es la Unión Soviética de nuestros días y la vanguardia industrial que alguna vez estuvo en Alemania está ahora en Taiwán. La sola enunciación del problema en estos términos conduce a la conclusión de que los Estados Unidos no pueden permitir que China se haga del control de la industria taiwanesa. Xi Jinping es Stalin con ganas de anexarse la totalidad del territorio de Alemania y, lógicamente, como lo requiere la historia, Donald Trump deberá ser Harry Truman para impedirlo. En algún Japón tienen que caer las bombas o algo similar, pero el fin siempre es limitar la capacidad de acción del enemigo fundamental.
El problema es, sin embargo, grave y complejo por donde se lo mire. Para empezar, Taiwán está para China como las Islas Malvinas para la Argentina, como una parte inalienable del territorio soberano nacional. Para Stalin la anexión de Alemania era un cálculo geopolítico frío y preciso, pero para Xi Jinping la reconquista de Taiwán es una cuestión nacionalista que está presente en la conciencia del pueblo-nación. Taiwán es la provincia rebelde donde fueron a refugiarse los militantes del Kuomintang derrotados en la guerra civil, es una parte del territorio chino usurpada no por el enemigo —como ocurre con el inglés en Malvinas o, hasta 1997, en Hong Kong—, sino por 26 millones de chinos que son considerados directamente traidores por los demás 1.400 millones de chinos. Taiwán es la causa nacional de China, puede tener la utilidad estratégica de unir al pueblo en un momento de dificultad política y nada de eso debe descartarse del análisis.

Para mayor complejidad aparece la cuestión geoestratégica en un sentido militar. Junto a Japón y a las Filipinas, Taiwán forma aquello que en las categorías de la Guerra Fría que siguen vigentes hasta el día de hoy se dio en llamar la primera cadena de islas, una especie de cordón sanitario constituido por tres aliados estadounidenses cuya finalidad es obturarle el paso a China hacia el Océano Pacífico. Esa obturación existe concretamente y limita el despliegue de la flota naval china. Al no poder desplegar su poder militar más allá de la proximidad de sus costas, China no cumple con uno de los requisitos para ser una superpotencia: el de estar presente en todo el mundo con su aparato militar. Con mucha razón el general estadounidense Douglas MacArthur decía que Taiwán era una especie de portaaviones que nadie puede hundir y que a los Estados Unidos les convenía cuidar esa posesión semicolonial que es de enorme utilidad para lograr el objetivo táctico de limitar los movimientos de China sobre el mar y su consiguiente expansión territorial.
Por lo tanto, por una causa nacional y por una cuestión estratégica de tener libre acceso al Océano Pacífico y de ahí al resto del mundo, China ya tiene dos excelentes razones para recuperar el control sobre Taiwán que se perdió en 1949. Pero nada de eso es lo que realmente motiva a los Estados Unidos a sostener con dinero y con armamento la rebeldía de los chinos taiwaneses respecto al poder central en Beijing. En realidad, como veíamos, Taiwán es la Alemania industrial de nuestro tiempo y lo es por producir un ítem puntual, uno que los taiwaneses hacen mejor y en mayor cantidad que todos los países combinados: los llamados semiconductores, que son los microchips esenciales para la fabricación de prácticamente todo lo demás. Sin estos semiconductores no pueden manufacturarse teléfonos celulares, computadoras, lavarropas, automóviles ni cualquier otra cosa que tenga un sistema operativo rector. De Taiwán viene actualmente el 70% de todos los semiconductores que abastecen el mercado global y es fácil concluir que, de hacerse con el control de dicha producción, China pasa automáticamente a ser la primera potencia mundial.

Pero no es solo cuestión de monopolizar la fabricación de electrónicos y con ello controlar ese mercado. Las máquinas que producen los alimentos se fabrican con semiconductores y también los misiles con los que se hace la guerra en estos días, de modo que el control de Taiwán le daría a China el virtual dominio de toda la economía. Tanto el que quiera producir tractores, cosechadoras, máquinas procesadoras de granos o lo que fuere tendría que negociar con Beijing en lo sucesivo y lo mismo vale para quienes quieran hacer la guerra. Esta realidad, sumada a la de que Taiwán tiene el vigésimo mayor producto interno bruto a nivel global, hacen de la evaluación de las consecuencias de su anexión por parte de China una tarea ingrata al ser muy difícil imaginarse cuál sería la potencia económica (y, desde luego, geopolítica) resultante de esa anexión territorial. No es una simple cuestión de sumar los productos de China y Taiwán, pues estos se repotenciarían de una forma imprevisible a modo de sinergia.
La sinergia, como se sabe, es la acción de los efectos combinados allí donde esa combinación es superior a la suma de la fuerza individual de cada uno de esos efectos y uno más uno normalmente no es dos, sino tres y hasta más. China y Taiwán combinados no son apenas mecánicamente la segunda y la vigésima economías del mundo sumadas, son una superpotencia cuyo poder real es imposible de calcularse de antemano. Los Estados Unidos lo saben, Trump comprende como Truman en su momento que entregarle Taiwán a Beijing equivaldría a haberle permitido a Moscú la ocupación a partir de 1945 de la totalidad del territorio alemán. Y por esta sencilla razón se la tiene que poner muy difícil, salvo que ya haya aceptado el nuevo ordenamiento de tipo multipolar propuesto por la propia China y por Rusia y esté dispuesto a conceder el control territorial de Asia a los primeros y el de Europa a los últimos como contrapartida de una hegemonía indisputada sobre todo el continente americano.

Ese sería un retorno al mundo anterior a 1914, a esa multipolaridad que las dos grandes guerras destruyeron al parir una superpotencia hegemónica, pero también un regreso a la Doctrina Monroe que los presidentes William McKinley y Theodore “Teddy” Roosevelt materializaron al ganar la guerra hispano-estadounidense en 1898, haciendo de los Estados Unidos la gran potencia regional en América. Esta es una de las hipótesis que se barajan en estos días previos a la asunción de Donald Trump en la presidencia de los Estados Unidos y sería una forma articulada de evitar un conflicto de escala mundial en estos tiempos de generalización de las armas nucleares. No se sabe a ciencia cierta si algo de eso es posible en la complejidad de una geopolítica que hoy por hoy está dominada por las corporaciones e incluso si es conveniente dicho arreglo o si va a hacer arreciar el imperialismo al constituir cotos de caza exclusivos para Rusia, China y los Estados Unidos en sus respectivas regiones, pero la posibilidad existe.
Todo eso solo es posible porque China se puso de pie desde el advenimiento de Xi Jinping incrementando notablemente su presupuesto de defensa y preparándose para un conflicto como si este fuera inevitable. En China las grandes mentes de la diplomacia siguen las enseñanzas filosóficas de Confucio y los preceptos de Mao Zedong, de eso no hay dudas, pero también leyeron seguramente a los latinos clásicos como Flavio Vegecio Renato, quien en sus escritos titulados De lo militar decía que si uno aspira a la paz, debe prepararse para la guerra. Es probable que China no quiera una gran guerra a escala global contra los Estados Unidos ni contra nadie en absoluto, puesto que la sangre es mala para los negocios —como enseñaba ese otro filósofo de fuste que fue el novelista Mario Puzo en el El Padrino, por boca de su personaje Virgil “Turco” Sollozo— y podría paralizar el comercio global. China quiere la paz para seguir ganando, aunque por las dudas ha triplicado su gasto militar desde la asunción de Xi Jinping. En Beijing serán pacientes, pero están bien lejos de ser tontos.
En el siguiente video la Revista Hegemonía ofrece una síntesis en 7 minutos de la cuestión que involucra a China y a Taiwán en este momento decisivo de la historia del siglo XXI. No olvide suscribirse al canal de Hegemonía en YouTube y de activar la campanita para recibir las notificaciones cada vez que publiquemos material nuevo.
Este es un contenido exclusivo para suscriptores de la Revista Hegemonía.
Para seguir leyendo, inicie sesión o
suscríbase.