La historia que quieren repetir (pero al revés)

Occidente intenta imponer una narrativa en la que la Rusia de los días de hoy es la Alemania nazi de ayer, usando la invasión a Polonia de 1939 como “argumento” histórico. Pero los nazis del presente están en otra parte y eso es lo que Putin intenta demostrar al avanzar sobre Ucrania. La OTAN quiere que la guerra termine con su bandera flameando sobre el Kremlin, pero la moneda está en el aire y la guerra puede finalizar otra vez en Berlín o quizá incluso en Washington.
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Como quien no quiere la cosa, un famoso operador de los medios tradicionales se animaba a adelantar una tarde cualquiera frente a un micrófono de radio la estrategia de la inteligencia occidental en las próximas semanas para ganar la guerra propagandística: la homologación de los personajes del presente a otros bien conocidos del pasado, de la historia. Ese operador —quien se hace llamar Alfredo Leuco, aunque en realidad oculta su verdadero nombre— daba en Radio Mitre la “noticia” de que entre sus pertrechos para la batalla en el oriente de Ucrania el ejército ruso transportaba además crematorios móviles, con la finalidad de usarlos para deshacerse de los cadáveres del enemigo ucraniano caído. Y allí nomás Alfredo Leuco dejaba dicho que, de alguna forma, el formidable aparato propagandístico de Occidente y sus colonias va a instalar de aquí en más que Vladimir Putin es una suerte de Adolfo Hitler del presente.

La elección de Alfredo Leuco para anunciar la bajada de línea no es accidental. Leuco es uno de los grandes difusores del mensaje ideológico impulsado desde la embajada de Israel en nuestro país y, en consecuencia, tiene enorme llegada a los sectores consumidores de dicho mensaje. Por razones históricas y culturales que no necesitan mayores explicaciones, en esos sectores está presente con mucha intensidad la memoria del Holocausto nazi que tuvo lugar entre 1941 y 1945 en los campos de concentración de Alemania y de Europa del Este y la sola idea, por lo tanto, de la cremación masiva de cadáveres en un contexto bélico tiene el efecto de una bomba atómica discursiva. Lo automático es la homologación de un Putin enviando crematorios móviles a Ucrania y un Hitler que en determinado momento utilizó el método de la cremación para llevar a cabo su proyecto.

Alfredo Leuco es uno de los más sucios y deshonestos operadores de la fuerza brutal de la antipatria en la Argentina y no es casual que haya sido el elegido para adelantar la estrategia propagandística del imperialismo yanqui para la guerra en Ucrania. Operaciones de sentido como la de Leuco van a bombardear incesantemente al pueblo argentino mientras dure la guerra, con el fin de alinear nuestro país con los Estados Unidos en su aventura bárbara.

En dicha homologación o intento de homologación hay muy poca novedad. Decía Carlos Marx en la introducción a su El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte que “Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado. La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”, significando que en la construcción política del presente están las imágenes del pasado proyectadas. Y agregaba Marx, de manera sensacional y conclusiva: “Y cuando éstos [los hombres que hacen la historia] aparentan dedicarse precisamente a transformarse y a transformar las cosas, a crear algo nunca visto (…) es precisamente cuando conjuran temerosos en su auxilio los espíritus del pasado, toman prestados sus nombres, sus consignas de guerra y su ropaje para, con este disfraz de vejez venerable y este lenguaje prestado, representar la nueva escena de la historia universal”.

Marx ofrece en esas líneas tan reveladoras el ejemplo de Martín Lutero, el teólogo agustino que impulsó la reforma protestante en Alemania a principios del siglo XVI, quien se había disfrazado de apóstol Pablo para predicar o militar con éxito los principios reformistas de lo que hasta hoy es el protestantismo. Y también los ejemplos de las revoluciones burguesas de Francia travestidas en símbolos históricos universales para su praxis de entonces: “(…) La revolución de 1789/1814 se vistió alternativamente con el ropaje de la República romana y del Imperio romano y la revolución de 1848 no supo hacer nada mejor que parodiar aquí al 1789 y allá la tradición revolucionaria de 1793 a 1795. Es como el principiante que ha aprendido un idioma nuevo: lo traduce siempre a su idioma nativo, pero sólo se asimila el espíritu del nuevo idioma y sólo es capaz de expresarse libremente en él cuando se mueve dentro de él sin reminiscencias y olvida en él su lenguaje natal”.

Entonces el presente se viste con el manto del pasado con el fin de legitimarse y, a la vez, hacerse comprensible frente a los ojos de los contemporáneos, allí donde estos tienden a entender mejor lo que ya saben de antemano en un determinado momento. Es mucho más fácil para un hombre de fines del siglo XX y principios del siglo XXI ver en los movimientos de Rusia sobre los territorios de Luhansk y Donetsk una reedición de la invasión alemana contra Polonia en 1939 que ver dicho proceso en sí mismo, simplemente porque lo nuevo es lo desconocido y no tiene categorías propias mientras se desarrolla. Y también porque el episodio histórico referido es, a esta altura, harto conocido al haber sido ampliamente desarrollado por los medios de difusión a lo largo de décadas. Son fuertes las imágenes de los tanques nazis cruzando la frontera hacia Polonia y provocando el incidente que para la historia oficial desencadenó la II Guerra Mundial. Es por eso que, si vamos a hablar hoy de una III Guerra Mundial como secuela de aquella, lo más natural es que en la historia “se repita”, o que en la comprensión de quienes observamos el evento actual haya más continuidad que ruptura entre el presente y el pasado.

Imagen histórica de la invasión alemana a Polonia en 1939: unos soldados abren una tranquera, los tanques pasan y eso es todo. Pero la imagen es muy significativa al retratar lo que se considera el detonante de la II Guerra Mundial. En nuestros días, la imagen de los tanques rusos avanzando sobre un territorio que se supone es de Ucrania —nada en las fotos lo corrobora, se trata de un descampado como cualquier otro— ha dado la vuelta al mundo y se ha utilizado convenientemente para hacer la homologación entre los rusos del presente y los nazis del pasado. La política vistiéndose con el manto de la historia para hacerse entender.

La operación de sentido tiene entonces altísimas probabilidades de ser exitosa y de instalarse fuertemente en el sentido común de la opinión pública como una verdad revelada, como una epifanía. La imagen de los tanques rusos entrando al territorio ucraniano en disputa —la que efectivamente fue muy difundida en los últimos días de febrero— tiene que ser la reedición de los tanques nazis ingresando a Polonia hace ya más de ocho décadas, es muy fácil entender eso porque también es muy fácil transmitir la idea con pocas palabras, toda la narrativa ya está instalada en la historia universal. Y más fácil aun si se le suma el relato de crematorios móviles que nadie jamás vio ni verá, puesto que en toda guerra la primera víctima siempre es la verdad.

Ahí está el que la idea que empieza a circular a partir de la acción de los spin doctors muy bien pagados por las embajadas y por los servicios de inteligencia y luego se difunde en la voz de un Alfredo Leuco es una verdadera bola de nieve destinada a crecer y crecer. En el tiempo, las similitudes entre la campaña rusa en Ucrania y el avance nazi sobre Europa (que también fue sobre Ucrania, dicho sea de paso) van a ir surgiendo a borbotones, en cada acción o discurso de Vladimir Putin habrá en el archivo una acción o un discurso de Adolfo Hitler para homologar y para reforzar cada vez más el lugar común. De hecho, esto ya está sucediendo: cuando Putin dijo en su discurso del lunes 21 de febrero, día en el que el líder ruso incendió literalmente la pradera al reconocer la independencia de las repúblicas separatistas de Luhansk y Donetsk, que para los rusos Ucrania no es un país vecino, sino “parte de nuestro espacio espiritual”, no tardaron en aparecer en miríada expertos y analistas de todo lo que existe a hablar del espacio vital que Ratzel teorizó a fines del siglo XIX y Hitler esgrimió como argumento treinta años más tarde para justificar el avance de Alemania sobre sus vecinos europeos.

Es poco probable, por otra parte, que las palabras de Putin sobre ese “espacio espiritual” ruso hayan sido dichas en la ignorancia de que eso sería aprovechado para hacer una homologación con la teoría del espacio vital utilizada por Hitler en el siglo XX, también hay una dosis de provocación en todo lo que se comunica en tiempos de guerra con la finalidad de confundir o por lo menos de desviar la atención del enemigo. Pero la homologación en sí es del todo inoportuna si se tiene en cuenta que el “espacio vital” en sus términos originales es absolutamente fútil en el caso de Rusia: Alemania, como se sabe, pensaba en un espacio vital proveedor de los alimentos y materias primas que un Hitler sin colonias en América, en África y en Asia necesitaba para realizar su proyecto industrial. El problema de Rusia es radicalmente opuesto, ya que tiene sobreabundancia de territorio y, por lo tanto, de alimentos y materias primas para industrializarse muchísimo más allá de los actuales niveles. En una palabra, Rusia no busca hacerse de un espacio vital a modo colonial o neocolonial, sino justamente de un espacio espiritual para la integración de su propia soberanía.

Celebraciones de la comunidad rusa en Ucrania por el reconocimiento de Putin de la independencia de la República Popular de Donetsk y la República Popular de Luhansk. Desde el golpe de 2014 que destituyó a Víktor Yanukóvich, Kiev viene maltratando sistemáticamente a la minoría rusa de su población, lo que está en la base del separatismo y de la actual guerra. Los libros de historia lo dirán, eso sí, al gusto de los ganadores.

La tentación de homologar es muy fuerte, pero conduce a errores y anacronismos que impiden la correcta observación de los hechos. La consolidación del espacio espiritual ruso tiene mucho más que ver con una cuestión defensiva que ofensiva y ahí tiene el atento lector otra diferencia entre los nazis de ayer y estos rusos de hoy. La Alemania de Hitler tenía un proyecto expansionista manifiesto incluso en lo discursivo, la propaganda nazi a cargo de Joseph Goebbels jamás ocultó su insatisfacción con el reparto colonial de los territorios y siempre consideró un acto de justicia derrotar en el campo de batalla a las potencias imperialistas de la vieja Europa. Y eso tiene por su parte un trasfondo histórico aun más largo: las naciones europeas que navegaron entre los siglos XIV y XVIII fueron precisamente las que en ese momento estaban unificadas en sí mismas: Portugal, España, Inglaterra, Francia, Holanda y Bélgica, todos reinos unidos, sin divisiones internas y listos para realizar el proyecto de la conquista. España, por ejemplo, llega a América en 1492, pocos meses después de la reconquista y la integración de su territorio. Por su parte, tanto Alemania como Italia no lograrían reunificarse sino hasta fines del siglo XIX, ya bien entrada la modernidad industrial. Son justa y no casualmente estos dos países los que cuestionan el reparto colonial a principios del siglo XX en las guerras mundiales.


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