La interna liberal

Pese al alto contenido dramático existente en el análisis, las elecciones de Brasil no son la batalla decisiva entre dos proyectos políticos enfrentados y ubicados en las antípodas el uno del otro. En realidad, en Brasil y en toda América el proyecto político liberal judaizante está fijo y en las urnas lo que se dirime es la interna de un partido único. El objeto de la interna son los valores en un sentido moral allí donde un progresismo talmúdico y un conservadurismo sionista simulan pelearse a muerte para disimular que ambos bandos sostienen el mismo proyecto en un péndulo.
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Terminada la primera vuelta electoral en Brasil y confirmados a un ballotage que debe realizarse a fines de este mes de octubre el presidente Luis “Lula” da Silva y el sorpresivo Flavio Bolsonaro, ganador por alrededor de dos puntos porcentuales en la compulsa, todas las pasiones identitarias de izquierda y de derecha se intensificaron y trascendieron las fronteras nacionales de este gigante sudamericano. Despojado del concepto de tercera posición a partir de la derrota histórica del varguismo a mediados del siglo pasado, el pueblo-nación brasilero se divide hoy en una grieta ideal de extremos ideológicos y arrastra en dicha locura incluso a los analistas de países como el nuestro, el que por estar en el vecindario recibe el impacto del terremoto homologando las categorías de una grieta que finalmente es inauténtica. Sea como fuere, en las vísperas de una segunda vuelta entre el oficialismo lulista y una supuesta oposición bolsonarista, presentadas estas posiciones en las antípodas la una de la otra, queda planteado un escenario de guerra. El observador tiende a ver en ello una cuestión de vida o muerte, aunque el correcto análisis de esta cuestión dará como resultado que se trata de mucho menos.

Se trata de muy poco, en efecto, aunque para ambas parcialidades ideológicas en la grieta la cuestión de vida o muerte está. Por el lado del lulismo que se presenta como la izquierda en la dicotomía, la reelección de “Lula” da Silva para un cuarto mandato es la única forma de garantizar toda una serie de logros de gestión sin los que al país le esperaría un cataclismo similar al del mileísmo en Argentina, lo que es atendible. Pero los bolsonaristas, ubicados a la derecha, ven este asunto de un modo radicalmente opuesto: la continuidad del lulismo sería para la nación la propia catástrofe. En la opinión de estos, el régimen del Partido de los Trabajadores implica una dictadura que limita la libertad de los individuos y traba el desarrollo nacional. No hay un solo lugar en el que ambos bandos empalmen y acuerden en lo que fuere, todo lo que está bien para los unos está mal para los otros a punto tal que ambos consideran al de enfrente la materialización del mal absoluto. Esta es una situación ideal de grieta, como veíamos anteriormente, razón por la que el proceso electoral tiene un carácter típicamente bélico.

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En la preparación de la estrategia electoral para las elecciones de este año, “Lula” da Silva abandonó el color rojo y adoptó un estilo con sombrero para parecerse más al ciudadano del Brasil profundo, pero no modificó su agenda discursiva progresista y la estrategia fracasó. La imagen es importante y también lo es el discurso. Este último ha pasado de moda y de ahí, al menos en parte, la derrota electoral.

Y en consecuencia se vive como tal, con enfrentamientos callejeros entre los bandos a diario y la controversia distorsionando la convivencia social en todos los ámbitos. El observador poco informado podría pensar que el de Brasil este año es un escenario similar al de Argentina en 2023, pero eso está lejos de ser cierto. Para esas elecciones, las que instalaron en la presidencia de Argentina a Javier Milei, no existía en el bando entonces oficialista la firme convicción en que el régimen albertista debía defenderse a muerte ni la certeza de que Sergio Massa iba a ser la garantía de nada en absoluto. La de Milei fue una elección relativamente tranquila porque una sola de las parcialidades implicadas creía en lo que decía y tenía fe en su candidato. En Brasil hoy tanto “Lula” da Silva como Flavio Bolsonaro —mucho más por Bolsonaro que por Flavio, dicho sea de paso— aparecen como salvadores de la patria frente a los ojos de los propios. Este es un escenario dramático que se vive como si se tratara de la final de un Mundial de fútbol e incluso algo más trascendental.

Empezando por el hecho de que “Lula” da Silva transita los últimos años de su vida biológica y, al haberse constituido como un referente excluyente para decenas de millones de brasileros, no puede perder. En el fondo de la conciencia de todo lulista está la idea de que sería una gran injusticia que el último acto de la biografía política de su referente fuese una derrota en las urnas. No es moco de pavo y menos aún lo es cuando se observa que “Lula” da Silva, al igual que todos los demás caudillos sudamericanos en una historia repleta de líderes carismáticos, no deja heredero alguno. Al retirarse este referente el costado izquierdo o progresista de la grieta se enfrenta a la perspectiva de un desierto bien árido en el que no se ve a un dirigente con la capacidad de aglutinar políticamente. Lo que queda es una gran cantidad de cuadros medios con escasa proyección que tienden a luchar de aquí en más en internas sangrientas, los unos contra los otros, por el lugar de conductor sin que ninguno de ellos pueda persuadir a todos para lograr un consenso mínimo sin el que la conducción es inviable.

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Los enfrentamientos callejeros entre militantes de ambos bandos en la grieta se multiplican en Brasil a medida que sube la temperatura de las diatribas. Tanto lulistas como bolsonaristas encaran el proceso electoral como si se tratara de una guerra, aunque en realidad es una interna liberal en la que las diferencias programáticas entre los bandos son más bien en términos de valores.

Vista así la cosa el drama se justifica y también se explica la desesperación de los lulistas al conocerse el resultado de los comicios del pasado 4 de octubre. La imagen de un Bolsonaro triunfante y virtualmente ganador del ballotage es más que una pesadilla, es un absurdo y una anomalía histórica. “No puede ser que el pueblo, con todo lo que le dio este gobierno, salga de casa a votar por el hijo de un delincuente que está preso”, decía entre lágrimas un militante del Partido de los Trabajadores en el búnker al verse que la tendencia en el conteo de los votos era irreversible. “La gente volvió a elegir a Barrabás sobre Jesucristo”, agregaba ese militante en una mezcla de tristeza e indignación. El carácter bélico de estas elecciones en Brasil por el lado de los lulistas se justifica y se explica entonces por la comprensión que estos mismos lulistas tienen de lo que está en juego, a saberlo, su propia sobrevivencia como fuerza política relevante en el escenario nacional. Está claro que el lulismo, que es la izquierda progresista postsoviética, no existe sin “Lula” da Silva ni hay repuesto.

Al igual que el cristinista en su momento, el lulista es muy hábil a la hora de enumerar una larga serie de logros de gestión que probablemente van a perderse si Flavio Bolsonaro resulta electo en el ballotage del próximo 25 de octubre. Dichos logros no son ficticios, son reales y concretos, son indiscutibles si el debate se da en el contexto de una relativa honestidad intelectual. Con “Lula” da Silva en la conducción desde su primera presidencia en 2002, Brasil ha avanzado social y económicamente con políticas de Estado orientadas, por una parte, a desarrollar la economía con énfasis en el mercado interno y el consumo y, por otra, a mitigar la desigualdad social en uno de los países todavía más desiguales del mundo. Las estadísticas reflejan el avance en lo económico y en lo social y la observación empírica de lo que es Brasil hoy a un cuarto de siglo del ascenso de “Lula” da Silva lo confirma. La obra lulista es una gesta transformadora que en Brasil solo es inferior en calidad a la de Getulio Vargas con su revolución nacional en la primera mitad del siglo XX.

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Militantes lulistas desolados al conocerse que la tendencia en el recuento de votos era ya irreversible en el sentido de un triunfo de Flavio Bolsonaro. Nunca en la historia de Brasil un candidato derrotado en primera vuelta pudo revertir el resultado en el ballotage y la comprensión de este hecho cae sobre el lulismo como una sentencia de muerte: la avanzada edad de su líder carismático y la inexistencia de un repuesto para la conducción suman a la dramaticidad del caso.

Pero la estadística, según una frase atribuida a Mark Twain, es una mentira de la peor especie. Solo queda la observación empírica que lógicamente puede y suele ser subjetiva, esto es, allí donde unos ven desarrollo social y económico otros ven atraso sin la posibilidad de conciliar estos puntos de vista contradictorios. No importan todo el llanto de los lulistas ni los gritos enfurecidos (y resentidos) de “pobre de derecha” para caracterizar al elector que no pondera el progreso material del país desde el advenimiento de “Lula” da Silva y va corriendo a votar a Bolsonaro. Al igual que en Argentina, hay un numerosísimo sector de la sociedad que está harto del discurso y la praxis del progresismo y hace por lo tanto caso omiso de las estadísticas, además de tener una observación empírica distinta de la realidad. Lo que el lulista pondera como igualdad, libertad y progreso social, el bolsonarista percibe como opresión y manipulación. Y en consecuencia es del todo inútil argumentar para disuadirlo de la prosaica idea de que Flavio Bolsonaro es un libertador como lo fue su padre en las elecciones de 2018.

Tómese, por ejemplo, el caso de la prohibición de las apuestas en línea que “Lula” da Silva sacó de la galera a pocos días de las elecciones del pasado 4 de octubre. Una consulta en línea realizada por el Senado de Brasil reveló que un 75% de los brasileros considera que la timba digital es un problema social grave y debe prohibirse. A este consenso se suma un relevamiento del Centro de Investigación Macroeconómica de la Desigualdad, dependiente de la Universidad de São Paulo, según el que solo en 2025 las casas de apuestas retiraron del circuito económico entre 120 y 141 mil millones de reales, unos 30 mil millones de dólares en el cambio oficial actual. Aquí los datos duros y también la observación empírica empalman en la conclusión de que “Lula” da Silva metió un golazo de mitad de cancha al prohibir la timba en línea. Tanto en un sentido social como para la economía, la decisión fue correcta incluso desde el punto de vista de una burguesía nacional que veía cómo mermaba el consumo en el mercado interno pues el dinero de las mayorías se iba por una canaleta al extranjero.

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“Lula” da Silva anuncia en acto oficial la prohibición de las apuestas en línea a tan solo nueve días de las elecciones. El hecho de que ningún candidato opositor haya cuestionado esta decisión es la prueba de que se trató de una medida acertada, un verdadero gol de mitad de cancha. Pero la iniciativa política no se tradujo en lo electoral, lo que puede estar indicando una profundización extrema de la grieta. A nadie le importa ya lo que está bien ni lo que está mal, el único objetivo es derrotar al enemigo aunque este tenga la razón puntualmente.

Todos de acuerdo y todo muy bien, pero el voto no vino acompañando la iniciativa del lulismo. Quienes se ocupan de analizar el comportamiento electoral tienen por axioma la definición de que el elector es un animal de memoria muy corta, razón por la que aun habiendo hecho una gestión mediocre o directamente mala un gobierno suele, por lo general, lograr la reelección haciendo uso de la iniciativa política con anuncios de gran impacto a último minuto. El 75% del electorado valoraba positivamente la decisión de prohibir las apuestas en línea, la burguesía nacional vio con satisfacción la perspectiva de volver a inyectarse hasta 30 mil millones de dólares en el mercado interno en la forma de consumo y la medida se tomó en vísperas de las elecciones, pero el autor de la maniobra fue derrotado igualmente en las urnas. La iniciativa política no dio el resultado esperado. ¿Por qué? Pues probablemente porque una cosa es la memoria corta sobre una mala gestión y otra muy distinta es un trauma, una experiencia vital lo suficientemente negativa como para que no pueda olvidarse ni aunque haya para el sujeto una recompensa de último momento.


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