En el año 2009 y coincidiendo con el fin de la primera década de este siglo, el analista geopolítico George Friedman escribió un libro llamado Los próximos 100 años en el que intentó predecir lo que sucedería en el mundo durante la primera centuria de este milenio. En ese estudio, el autor comenzaba describiendo lo sucedido a lo largo del siglo XX y cuán rápido la vida en el mundo occidental había cambiado década tras década, desde 1900 hasta el año 2000.
Lo sorprendente de ese libro es cómo logra graficar de manera ordenada y sistemática la cantidad de paradigmas que sufrieron drásticos cambios a lo largo de tan solo diez décadas, no solo en Occidente sino también en buena parte del resto del mundo. Imperios cayeron y se alzaron otros, millones de seres humanos perdieron la vida en dos guerras mundiales, la bomba atómica terminó con cientos de miles en un segundo.
En el transcurso de la vida de una sola persona tuvieron lugar cambios globales cuya observación resulta impresionante al hallarse uno frente al inventario detallado. Para dar algunos ejemplos, Friedman señala que hacia 1900 Londres era el centro del mundo, no había comunismo, no existía la Unión Soviética y en cambio sí existían el Imperio Otomano y el Imperio Austrohúngaro, mientras que los Estados Unidos se ocupaban de sus asuntos en el continente americano sin mirar más allá del Océano Atlántico.
Pero ya cuatro o cinco décadas más adelante, en apenas el tiempo que le toma a una persona madurar hacia la adultez, el mundo se convirtió completamente en otro. Inglaterra fue demolida en la guerra mundial, los otomanos habían desaparecido y los soviéticos emergieron. Alemania se apoderó de Francia y más tarde los Estados Unidos se apoderaron de toda Europa. Han sido cambios radicales, estructurales y sin embargo tampoco se sostuvieron en el tiempo, de manera tal que ya en la década de 1980 una vez más el mundo no se parecía en nada a aquel que habían moldeado las grandes guerras.
Adentrándonos en el año 2000 y la era de las comunicaciones, el cambio es aún más apabullante. Y todo ese progreso tecnológico, ese cambio en las estructuras económicas, sociales y políticas de las sociedades humanas tuvo lugar en apenas décadas, tan apretadas en la línea de tiempo histórica que una persona particularmente longeva pudo a la vez recibir en algún momento de su vida un cable de telégrafo y un mensaje de correo electrónico.

En ese contexto de transformaciones permanentes y paradigmas que reemplazan otros, resulta particularmente sorprendente la permanencia, la continuidad. Cobra importancia y particular visibilidad entonces la observación de lo que no cambia y sobre todo, el análisis que explica por qué aquello permanece inalterado. Este es precisamente el caso de África. Es que bien mirada la cosa la relación económica de Occidente con África no ha cambiado fundamentalmente en más de ochocientos años. Esa relación era hace ochocientos años despiadadamente extractiva y es despiadadamente extractiva al día de hoy.
Y esto no puede ser casual, sobre todo ante la evidencia de la magnitud de las transformaciones de las que hemos sido testigos en Occidente a lo largo de apenas dos o tres generaciones. Tiene que existir un motivo que explique el atraso en África e impida su desarrollo, pero ese motivo no puede ser otro que la necesidad de los más poderosos del mundo, que deliberadamente han condenado a África a su estado de estancamiento. Dicho en otras palabras: el atraso de África es condición sine qua non del desarrollo de Occidente, lo que a su vez significa que el desarrollo de África precipitaría el ocaso de la sociedad occidental como la conocemos.
Es una obviedad tan cristalina como el agua, solo por una voluntad deliberada de mantener la subyugación y la explotación de África puede explicarse de manera racional el desfase entre este continente y el resto del mundo en lo que a variables indicadoras del desarrollo humano se refiere. Lo cierto es que el estancamiento de África, causante de su atraso respecto de Occidente, es fundamentalmente la base sobre la que reposa la narrativa de la sociedad occidental como vanguardia de la humanidad. Desde el punto de vista económico, social y demográfico el atraso de África se debe a la dominación histórica por parte de Occidente, por supuesto, pero desde el punto de vista cultural ese atraso es la garantía por contraste de la autopercibida supremacía de Occidente.

Es por eso que a lo largo del siglo XX todos los aspectos de la vida se modificaron a nivel global de manera vertiginosa, en todos lados excepto en África. Para Occidente no es apenas importante que África se mantenga en una relación de subordinación y dependencia: es lo más importante, de manera que todo en el mundo puede cambiar excepto esa relación de subordinación y dependencia. Al igual que el miembro de la clase media aspiracional necesita al trabajador asalariado para distinguirse de él imitando los modales y los consumos de la clase acomodada, Europa y Occidente han utilizado a África para imponerse por contraste ante el mundo como modelo de sociedad “civilizada”.
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