A mediados del pasado mes de julio la expresidente y actual vicepresidente de la nación Cristina Fernández de Kirchner, la popularmente conocida CFK, produjo junto a Sergio Massa lo que un semiólogo podría calificar como un fortísimo símbolo en la forma de una fotografía. En conmemoración de los 15 años de la reestatización de Aerolíneas Argentinas, CFK y Massa posaron para las cámaras a bordo de un simulador de vuelo de propiedad de nuestra aerolínea de bandera. Allí se ve a Sergio Massa sentado en el asiento del piloto y también a CFK, por su parte, ocupando el lugar del copiloto. Ambos con la mirada vuelta hacia atrás, sereno él y sonriente ella, convalidando simbólicamente en el acto esa nueva disposición de liderazgo con una de esas imágenes históricas que sí valen más que mil palabras.
La fotografía reverberó en los medios tradicionales de comunicación y en las redes sociales durante días y no era para menos: por primera vez en quizá dos décadas se veía explícitamente a un Kirchner aceptando el lugar de subalternidad respecto a otro dirigente político. Y eso no es poca cosa. Más allá de que ese dirigente fue Sergio Massa —lo que en sí ya es un riquísimo insumo para la observación del reverso de la trama, la que veremos en estas líneas a continuación—, lo que puede adelantarse como conclusión es que la fotografía en la cabina del simulador de vuelo de Aerolíneas Argentinas va a figurar en las páginas de los libros de historia del futuro para ilustrar el momento exacto en el que finaliza la hegemonía del kirchnerismo en la política argentina.

Y también, por cierto, para explicar con el diario del lunes cómo el cambio de conductor fue una completa simulación. La metáfora política implícita en el simulador de vuelo capitaneado por el nuevo piloto de tormentas es esa misma, es la forma elegida por CFK para comunicarle a la posteridad que el proceso fue una farsa, es decir, que la abdicación en favor de Sergio Massa jamás pudo haberse dado voluntariamente con la finalidad de preservar la construcción política kirchnerista, sino todo lo contrario: lo que CFK deja asentado para la historia al pasarle la posta a Sergio Massa en el habitáculo de un simulador es que, al transformarse en massismo, el kirchnerismo termina y que el massismo no es la continuidad de la idea kirchnerista bajo la batuta de un nuevo conductor. Es su derrota.
El advenimiento del massismo materializa la supresión política de la idea kirchnerista, ni más ni menos. Pero ese advenimiento depende de la unción de Sergio Massa como conductor y eso, en los regímenes electores como el nuestro, se legaliza en las urnas. Massa necesita ganar las elecciones para suplantar a CFK con el bastón de mando presidencial, con el que podrá imponer su proyecto político desde el poder en el Estado. Y para lograr eso, Massa debe montarse sobre uno de los dos núcleos duros aún existentes en el esquema de grieta actual, sumarle otros votos a ese núcleo y ganar las elecciones. Eso es más o menos lo que hizo Alberto Fernández en las elecciones del 2019, pero con una diferencia sustancial. Fernández vino a no gobernar, a hacer la plancha. Massa viene a establecer una hegemonía.
Para llegar a esa hegemonía Massa debe ganar las elecciones con el voto de los militantes y simpatizantes kirchneristas y una cantidad importante de votos “ni-ni”, de los que oscilan entre los polos en un esquema de grieta y terminan definiendo así todas las elecciones. Los primeros son una muy numerosa minoría intensa que los analistas estiman entre un 25% y un 35% del electorado, son un núcleo durísimo que, de estar bien ordenado y bien orientado respecto al objetivo, pone a cualquier candidato a las puertas de un triunfo electoral. Si el núcleo duro kirchnerista fuera, supóngase, del orden del 30% y existiera la suficiente disciplina entre esos electores para que sus votos fueran totalmente canalizados hacia una sola lista, con tan solo una cierta cantidad de votos “ni-ni” el objetivo estaría cumplido.

Es la matemática del voto, la que en un país cuya ley electoral es más bien laxa se hace con cuentas bien sencillas. De acuerdo con nuestro reglamento, un candidato será declarado ganador en primera vuelta —sin la necesidad de realizarse un ballotage— si obtiene el 40% de los votos y 10 puntos de ventaja respecto al segundo candidato más votado o el 45% de los votos sin importar la performance de los demás candidatos. Aquí vemos que no son necesarios los 50% más un voto que predominan en la mayoría de los sistemas electorales del mundo, en la Argentina ese nivel de consenso no es necesario. Aquí un candidato puede ser electo presidente con un 40% si los que vienen atrás no suman mucho y eso significa que partiendo de un núcleo duro del 30% la cifra de oro está siempre al alcance de la mano.
Massa sabe que eso es así y sabe que ordenando bien a la tropa kirchnerista ya arranca el juego con una enorme ventaja respecto a sus contrincantes. De constituir, como veíamos, el núcleo duro kirchnerista un 30% del electorado con su presencia territorial y todo el aparato a disposición y si eso termina en su bolsillo, Massa solo necesitaría el favor de otro 10% del electorado y además asegurarse de que el segundo candidato más votado no obtenga más del 30% de los votos —para lo que tiene elementos tácticos coyunturales dispuestos sobre el tablero, a los que también veremos analizados en estas líneas— para lograr el triunfo ya en primera vuelta y coronarse. No se trata de ningún esfuerzo descomunal ni mucho menos. El esfuerzo deben hacerlo otros.
O puede obtener el favor del 15% del electorado por fuera del kirchnerismo para triunfar absolutamente, sin cuidado de lo que obtengan los demás candidatos, por supuesto. Tampoco se trata de una utopía y, en realidad, al observar el comportamiento habitual de los electores, es algo que puede lograrse con una buena campaña y un buen manejo del poder territorial de los gobernadores y los intendentes, de quienes cuentan los votos de a uno en la capilaridad de cada una de las mesas y secciones. Sea como fuere, Massa sabe que ninguno de estos cálculos es viable si no cuenta con la totalidad del voto kirchnerista y es por eso que, en esta etapa de la batalla electoral, concentra sus esfuerzos en simular la sucesión en el kirchnerismo.

De aquí a las primarias obligatorias del próximo 13 de agosto Massa deberá hacerles entender a los kirchneristas que es el sucesor legítimo de CFK y por voluntad de la propia, que es el ungido por encima de los demás pretendientes al trono. De ahí la foto en la cabina del simulador de vuelo, en la que Massa aparece sentado en el lugar del piloto y CFK deja constancia de que eso es una simulación. Massa se beneficia en el presente de la transferencia de votos kirchneristas y CFK deja abierta la puerta para escapar despegándose de lo que Massa va a hacer una vez que sea presidente y ya no necesite el favor de nadie. El negocio es, bien mirada la cosa, redondo para ambos. Massa necesita ganar hoy y CFK quiere cobrar mañana, pero sin quedarse pegada con las consecuencias.
Extraña sucesión
La pregunta que los kirchneristas evitan hacerse actualmente es la propia duda existencial. ¿Por qué CFK habrá ungido como sucesor a un dirigente que representa lo diametralmente opuesto al proyecto que el kirchnerismo sostiene, al menos discursivamente, en la política argentina? Los más temerarios de los opinólogos opinan, valga la redundancia, que CFK “juega a perder”, esto es, manda al muere a Massa, aunque esa hipótesis deja muchísimos cabos sueltos. El más grande de ellos es la imposibilidad de explicar por qué el propio Massa se prestaría a eso, por qué aceptaría ser usado como carne de cañón por una dirigente a la que juró destruir. ¿Es factible un Sergio Massa inmolándose para hacerle un favor a CFK justo en su ocaso? ¿A cambio de qué cosa sacrificaría Massa su futuro político en el altar kirchnerista?
Una modesta racionalidad alcanza entonces para descartar la hipótesis de que el kirchnerismo “juega a perder” con Massa, no hay forma de explicar semejante cosa sin apelar a lo sobrenatural o a la conspiranoia sin base de argumentación. Massa no pudo haber desplegado durante años una estrategia de alpinismo político con el solo fin de terminar derrotado para satisfacer la necesidad de otros, Massa no viene a perder. Al ser ungido por CFK como nuevo conductor de la minoría intensa kirchnerista, lo más probable es que Massa quiera aprovechar esa unción para construir poder desde esa base, como veíamos anteriormente. La hipótesis que CFK “juega a perder” está, por lo tanto, bastante floja de papeles.
Hay otras teorías que tratan de explicar aquello que nadie explica, a saberlo, por qué CFK ungió como sucesor a un opositor a sus ideas, pero la más fuerte de ellas sigue siendo la hipótesis judicial. Amenazada en su persona y en la de su hija menor, CFK habría pactado con Sergio Massa la transferencia de los votos kirchneristas a cambio de paz en los tribunales. Para corroborar dicha teoría está, por ejemplo, el sobreseimiento de CFK pedido por el fiscal Guillermo Marijuan en la famosa causa de la “Ruta del dinero K”. Luego de años de tenerla a maltraer con esta causa judicial, Marijuan milagrosamente desistió de acusar a CFK el pasado 25 de mayo, el mismo día en que se realizaba bajo la lluvia en Plaza de Mayo el primer acto de unción de Massa de cara a las elecciones.

Más de un analista leyó —correctamente, por lo visto— esa movida judicial como una ofrenda de Massa a CFK con el fin de demostrar su buena voluntad en el cumplimento de los acuerdos suscritos. Massa habría demostrado así tener el control del poder judicial y, por ende, la capacidad de garantizarle a CFK el cese de la persecución contra ella y su familia en caso de que se diera exitosamente la transferencia de votos y se produjera al fin el triunfo electoral. ¿De qué otro modo podría leerse eso, máxime a sabiendas de que Massa responde al poder fáctico que posee la conciencia de jueces y fiscales argentinos al por mayor? No hay otro modo, razón por la que la hipótesis de un pacto entre CFK y Massa para la unción de este como sucesor seguirá siendo la más fuerte, al menos hasta que aparezca otra mejor.
Entonces es muy probable que los kirchneristas estén evitando hacerse la pregunta existencial porque intuyen desde luego la respuesta, saben en su intimidad que en el fondo CFK se vio finalmente derrotada y claudicó en consecuencia para evitar el descalabro final. Massa garantiza inmunidad judicial para la conductora saliente, pero no garantiza la continuidad del sostenimiento del proyecto político. La pregunta es existencial para los kirchneristas porque indaga sobre el futuro personal de la conductora —a la que los kirchneristas aman con devoción— y a la vez indaga sobre el futuro colectivo del propio kirchnerismo. Con Massa se salva CFK, pero no se salva el kirchnerismo como proyecto de país, esa es la respuesta a la pregunta existencial y por eso nadie la quiere hacer.
Salvar a CFK es una prioridad para los kirchneristas y es legítima si se entiende la lealtad hasta sus últimas consecuencias. La otra prioridad sería salvar el proyecto de país, pero ambas cosas a la vez, al parecer, no pueden lograrse. Entonces para los kirchneristas no es momento de cuestionamientos que puedan trastornar el delicado equilibrio de la campaña electoral: si las elecciones se ganan con Massa, el kirchnerismo termina y CFK se salva. Pero si las elecciones se pierden, entonces el kirchnerismo también termina y además la guerra judicial contra CFK va a seguir. Aquí hay otra metáfora buena para explicar la disyuntiva, la de la inundación: como no puede evitarse la catástrofe, se trata de salvar algunos muebles. Y en el proceso se elige entre los que hay, porque todo no puede salvarse.

CFK es ese mueble valioso al que los kirchneristas quieren salvar a cualquier costo, incluso si el costo es el sacrificio del proyecto de país. A ningún kirchnerista se le escapa el hecho de que cuando Massa tenga el poder en el Estado empezará una metamorfosis de dirigentes que, uno tras otro, van a ir abjurando del credo kirchnerista para jurar lealtad al massismo naciente. Y que más allá de las lindas palabras de Massa en campaña es poco probable, casi imposible, que el massismo sea parecido a la idea kirchnerista de país. No lo será, el massismo es otra cosa y los kirchneristas lo saben, saben y callan que Massa viene a hacer el nuevo estatuto legal del coloniaje con el objetivo de entregar la soberanía nacional sobre los recursos naturales. Pero están entre la espada y la pared, no pueden hacer nada al respecto.
Ese es el resultado de una debacle en el tiempo, el resultado necesario de haberse dejado estar cuando la ocasión exigía avanzar. El kirchnerismo se ha metido en un callejón sin salida en el que debe optar entre entregar a su conductora o entregar la patria. Y se ha metido solito en esa lamentable situación. El kirchnerista aceptó pasivamente durante tres años y más todas las tropelías de Alberto Fernández, no lo presionó y además se encargó de silenciar brutalmente a quienes intentaron hacerlo. Y así Fernández pudo hacer una gestión desastrosa con la chequera del kirchnerismo hasta consumir la casi totalidad de su capital político. Ahora Massa es la única opción, la disolución del kirchnerismo es la única opción y a eso se dirigen los kirchneristas con los ojos bien cerrados.
Ingeniería, estrategia y elementos tácticos
Queda en evidencia, por lo tanto, que el kirchnerismo ha optado por su propia disolución al no animarse a formular una sola crítica a los errores de su conductora y al no tener la valentía de oponerse a un gobierno propio en la teoría, pero profundamente corrosivo para lo colectivo en la práctica. Nunca hubo entre los kirchneristas el coraje de plantarse frente a CFK para cuestionar sus decisiones, las que fueron normalmente muy malas desde diciembre de 2015 en adelante. Lo que sí hubo fue mucha cobardía frente a Alberto Fernández, incluso cuando ya era evidente que este era un “topo” con el objetivo de implosionar al kirchnerismo. El kirchnerismo firmó su propia condena al permitir que Fernández viajara en enero de 2020 a Israel —y no a Brasil, como marca la tradición— en su primer viaje oficial como presidente. A partir de ahí todo fue cuesta abajo.

El kirchnerismo fue cómplice de la destrucción brutal de la economía de las familias durante la coyuntura del coronavirus al permitir e incluso al militar la “cuarentena” infinita que hizo colapsar la economía arrojando a millones a la miseria. En ningún país se hizo lo que aquí se hizo “para cuidar la salud”, nadie condenó a su pueblo encerrándolo indefinidamente para contener la transmisión del virus. En la Argentina el encierro de gente sana y en buenas condiciones de trabajar fue un crimen de lesa humanidad único en su clase que el kirchnerismo avaló, promocionó y defendió con extraños criterios de ideología sanitaria que ni los mismísimos kirchneristas jamás entendieron, aunque lo repitieron hasta el cansancio en el discurso.
Maquiavelo enseña que el hombre olvida más fácilmente la muerte de su padre que la pérdida de su patrimonio. ¿Cómo pretender entonces que las familias arruinadas acompañen ahora electoralmente al que sindican como responsable de su ruina económica? No se puede y en consecuencia la única opción es caer en la telaraña de Massa para salvar algún mueble. Es poco probable, no obstante, que exista entre los kirchneristas la comprensión de estas causas y estos efectos, no habrá relación entre la cobardía de haber intentado cuidar un empate durante el desgobierno de Alberto Fernández y el advenimiento de un Massa candidato del frentetodismo naturalmente quebrado. Sin que los kirchneristas lleguen a entenderlo, el kirchnerismo va a reducirse a una minoría intensa e incapaz de impactar sobre la política real y en ello es interesante observar cómo va a materializarse la cosa.
Lo primero que conviene mirar son los elementos tácticos coyunturales que Massa despliega en el marco de su estrategia general de transferencia del voto kirchnerista y posterior absorción de sus cuadros y sus militantes en la construcción de la futura hegemonía massista. El primero y más electoral de esos elementos es quizá también el más insospechado para los civiles de un modo general: Javier Milei, el candidato del “voto bronca” en cuyo ascenso descansa buena parte del cálculo matemático que Massa hace para ganar en octubre o, a más tardar, en noviembre. Milei existe y sigue terciando en la escena electoral porque Massa así lo desea, lo que quedó demostrado en las últimas semanas al revelarse que muchos de los candidatos mileístas en el territorio vienen del massismo.

Los puso Massa allí, por supuesto, al constituir a Milei como un elemento táctico en su estrategia. Y también es probable que haya ayuda de tipo económico para que Milei siga a flote. La razón lógica matemática para que eso sea así es bastante prosaica y es la vieja cuestión de la división del campo opositor. Si Massa necesita un 40% y 10 puntos de ventaja para ganar las elecciones en primera vuelta, se cae de madura la conclusión de que Massa no puede permitir que ninguno de sus rivales tenga más del 30% de los votos. ¿Cómo se logra eso? Pues precisamente dividiéndolos: si el voto duro del mal llamado “macrismo” fuera, supóngase, del orden del 40%, la irrupción de un Milei que obtenga el 10% y hasta el 15% ya cumpliría el objetivo, pues privaría a los cambiemitas de esos votos opositores.
El 41% fue lo que obtuvo de hecho Mauricio Macri en las elecciones de 2019, con todo el desastre de su gobierno a la vista. Y si así y todo Macri tuvo ese 41%, es porque el “macrismo” duro mide algo similar a eso, son 4 de cada 10 los argentinos que están dispuestos a acompañar a los candidatos de ese espacio más allá del resultado de la aplicación de sus políticas. La cuenta se hace sencilla si se observa que la mayoría de los votos de Milei, sino quizá directamente todos, alguna vez fueron cambiemitas, es decir, van a restar ahí. Un Milei con 15 puntos debe necesariamente significar entonces que el cambiemita elegido en las primarias internas, sea Patricia Bullrich u Horacio Rodríguez Larreta, no tenga más de 30% aunque el mal llamado “macrismo” sea hoy mucho más numeroso que en 2019.

Pero hay más. Suponiendo que el voto esquivo a Massa es más numeroso y está en niveles tales que el ballotage es inevitable, aún en esa eventualidad lo más probable es que Milei siga funcionando en la estrategia. Si el atento lector escucha con atención su discurso, verá que Milei apunta sus dardos contra los cambiemitas y solo muy esporádicamente habla de Massa. Milei no ha adiestrado a sus seguidores para ser antimassistas, sino más bien para odiar a los cambiemitas por “tibios” y hasta por “zurdos”, especialmente a Rodríguez Larreta, a quien Milei califica de “comunista”. ¿Qué postura podría esperarse de Milei en un eventual ballotage entre el “comunista” Rodríguez Larreta y Sergio Massa, a quien los propios kirchneristas reconocen que es un liberal?
Sí, claro, el pasado de Massa en las filas de Álvaro Alsogaray será de pronto muy bien apreciado por los mileístas y es factible que el propio Milei cierre filas con el “verdadero liberalismo” de Massa, llamando abiertamente a votar por ese candidato en el ballotage. Milei ataca a los cambiemitas, reivindica a Carlos Menem como el mejor presidente de la historia del país, nunca habla de Massa. No hay animosidad, la puerta está abierta. Y lo está precisamente porque Milei es eso, es un elemento táctico más en la brillante estrategia electoral de Massa para ganar las elecciones sin ser el candidato deseado por prácticamente nadie. “¡Milei es Massa!”, gritan indignados los cambiemitas y con mucha razón porque eso es así, aunque es poca la probabilidad de que alguien escuche esos gritos de impotente indignación.
Internas “fantasma”
Milei es otra simulación, como se ve, al igual que la del propio Massa como legítimo sucesor en la conducción del proyecto de país kirchnerista. Pero hay otras simulaciones, tanto en el frentetodismo quebrado que ahora se hace llamar por el nombre de fantasía de Unión por la Patria como en el frente de los cambiemitas mal llamados “macristas”. Empezando por casa, aparece el simpático Juan Grabois como otro elemento táctico coyuntural de la estrategia massista, aunque desde luego presentado frente a los civiles y los incautos como un revolucionario filomarxista, un fiel representante del vicio ideológico de los kirchneristas “progresistas” y “de izquierda”. Grabois aparece como alternativa, pero es una colectora en el sentido estricto.

Observe el atento lector que antes del anuncio de Massa como candidato del frentetodismo se les negó la posibilidad de competir tanto a Daniel Scioli como a Eduardo de Pedro. Massa no podía tener oposición interna, se hacía necesaria la unidad del espacio y por eso a ninguno de estos se les permitió presentar sus listas. Pero una vez negada la posibilidad de interna a Scioli y a De Pedro, literalmente en el último minuto el frentetodismo se la otorgó a Grabois. Esto debería hacer muchísimo ruido, pero es otra de las preguntas que el kirchnerismo elige no hacerse. Si la unidad era prioritaria y no se les permitió a Scioli y a De Pedro romper dicha unidad con listas alternativas, ¿en qué sentido la lista “alternativa” de Grabois no rompe esa unidad?
Pues no la rompe porque es una simulación, no una alternativa real. En los días posteriores al cierre de listas el canal de televisión frentetodista C5N, que es el medio massista por antonomasia hace ya bastante tiempo, estuvo durante toda una semana refiriéndose a la de Sergio Massa y Agustín Rossi como la “lista de la unidad” e invisibilizando directamente la candidatura de Juan Grabois. La conducción del frentetodismo determinó allí que la unidad existe y es en torno a la candidatura de Massa. Todo lo demás será, en todo caso, adminículos puntuales para que dicha unidad sea efectiva en la conciencia del electorado. En una palabra, a Grabois se lo usa para evitar la fuga de votos por izquierda de los kirchneristas a los que Massa les resulta un “sapo” muy difícil de tragar.

El cálculo implícito en esa movida táctica que los frentetodistas debieron improvisar al ver que muchos se sublevaban ante la imposición de Massa como candidato por “dedazo” también es relativamente sencillo: Grabois contiene en las primarias internas a los kirchneristas cuya entelequia es el veneno “progresista” y “de izquierda”, es debidamente derrotado por Massa y, al serlo, se ve “obligado” a atenerse a la máxima peronista, según la que el que gana conduce y el que pierde acompaña. No es así, claro que no, Grabois ya sabe que va a perder las internas y que deberá llamar a votar a Massa en las generales sumando allí el voto “desgarrado” de los retobados. Y además suma los suyos propios en las primarias para que la coalición no aparezca debilitada en esta primera instancia frente a los cambiemitas.
Grabois se impuso a sí mismo la condena de tener que ser funcional a esa estrategia massista al vociferar frente a un auditorio y a una de esas cámaras de video/teléfonos celulares (que están por todas partes en los tiempos que corren) que en ninguna hipótesis, ni aunque CFK le regalara toda la lista de candidatos a diputado y a senador, “ni en pedo” votaría al “sinvergüenza, vendepatria y cagador” de Sergio Massa. Al escupir de esa manera tan brutal hacia arriba, Grabois se metió solito en un callejón sin salida porque Massa ya había sido ungido por la conducción e iba a ser efectivamente el único candidato del frentetodismo quebrado. Para salir del callejón Grabois debe ahora, de alguna manera, “venir al pie” de Massa.
La vía de escape posible para que Grabois pueda redimirse de sus tremendos dichos contra Massa sin la necesidad de tener que humillarse en disculpas públicas es precisamente la maniobra de la interna falsa, que le sirve a Massa porque suma los votos de los “desgarrados”, evitando la fuga masiva de estos “paladares negros” hacia el trotskismo. Pero también le sirve a Grabois, aquí en la forma de una rendición algo honrosa. Grabois necesita rendirse, para un dirigente que no sabe hacer política sin la millonaria caja del Ministerio de Desarrollo Social el rebelarse frente al poder político de turno no es una opción. ¿Por qué Grabois no habría de capitular frente a Massa, si lo hizo sin pudor ante la ministra Carolina Stanley para no quedar desfinanciado en los cuatro años del régimen de Macri?

Juan Grabois no quiere ser un Luis Zamora posmoderno y no lo será porque capitulará siempre que sea necesario, incluso prestándose a estas internas “fantasma” que son una estafa a la confianza de sus electores. Pero no solo en el frentetodismo ocurren estas maniobras, también en los cuarteles de los cambiemitas hay tejemanejes. Así es la interna entre Horacio Rodríguez Larreta y Patricia Bullrich, por ejemplo, que si bien es una interna verdadera porque los candidatos compiten realmente entre sí, es falsa en el sentido de que no compiten por lo que afirman competir. Rodríguez Larreta y Bullrich dicen que luchan por la presidencia de la nación, pero desde la confirmación de Massa como candidato ambos saben bien que eso es una entelequia.
Al igual que Grabois, Bullrich y Rodríguez Larreta no pueden ni van a decirlo, eso sería revelar la traición a la confianza de sus propios electores. Pero la verdad es que están compitiendo por el lugar de jefe del cambiemismo en la sucesión de Mauricio Macri, quien se jubiló. El que gane la primaria interna del cambiemismo va a ocupar el lugar de Macri en la conducción del ejército amarillo. En este nuevo ciclo político el kirchnerismo se convertirá en massismo y, de manera análoga, el “macrismo” va a transformarse en rodríguezlarretismo o en bullrichismo, aunque ya no entre comillas puesto que —a diferencia de Macri— tanto Rodríguez Larreta como Bullrich tienen ideología y programas propios más allá de una voluntad de saqueo vulgar. Ninguno de ellos es Macri.
La hegemonía massista
En la simulación de lucha por el poder en el frente cambiemita lo que más le interesa a Massa es el triunfo de Rodríguez Larreta sobre Bullrich. Y eso por dos razones, sin perjuicio de que pueda haber otras: en primer lugar, por una cuestión de frío cálculo electoral, tener a Rodríguez Larreta como rival le facilita enormemente la maniobra de un Milei plegándose al candidato de Unión por la Patria en un eventual ballotage. Como veíamos, Rodríguez Larreta es el destinatario de casi todas las diatribas mileístas y no sería para nada difícil, desde el punto de vista de un Milei en el lugar del que debe dar explicaciones, persuadir a sus electores de que entre Massa y Rodríguez Larreta no hay disyuntiva puesto que el primero puede o no ser liberal, pero el último seguro es un “comunista” y un “inviable”.

Así han sido adiestrados los simpatizantes de Milei, han sido programados para despreciar al rodríguezlarretismo y a todo lo que representa esa idea socialdemócrata del porteñismo amarillo. Algo distinta sería la dinámica si Bullrich lograra la hazaña de imponerse sobre un Rodríguez Larreta que, al parecer, tiene unos 500 millones de dólares disponibles para volcar a la campaña electoral, todo eso gracias a la excepcional caja de la Ciudad de Buenos Aires y alguno que otro estímulo externo. Si Bullrich gana la interna cambiemita se produce un contraste un tanto más claro en el que Massa ya no aparece como el más liberal/conservador de los candidatos en pugna, lo que podría impactar en un ballotage sobre los votantes de Milei haciendo que estos se inclinen más por Bullrich. En este escenario Massa debería pisar a fondo el acelerador y ganar ya en octubre para evitar mayores fatigas.
La segunda razón por la que Massa prefiere a Rodríguez Larreta como rival en las elecciones generales e incluso en un eventual ballotage y por eso quiere verlo ganador de la interna cambiemita el 13 de agosto tiene más que ver con los planes massistas para después del 10 de diciembre, esto es, más bien con la cuestión de la aplicación del proyecto político massista que con cómo ganar las elecciones. Para hacer lo que las terminales de poder que lo impulsan quieren hacer en la Argentina, Massa va a necesitar establecer una hegemonía y eso no es posible si la oposición no coopera. Después de años de grieta en la que toda definición de rumbo quedó siempre trabada por opositores duros, llegó el momento de lograr una “unidad nacional” que permita definir el camino a seguir.
En el marco de una III Guerra Mundial que ya está en curso las riquezas y los ingentes recursos del octavo territorio más extenso del planeta no pueden permanecer subordinados a rivalidades políticas internas, debe definirse claramente quiénes van a tener el control sobre la extracción del litio, la explotación del gas natural, la producción y la exportación de alimentos, el manejo del agua y, en una palabra, la llave que abre esta inmensa caja fuerte de riqueza real y concreta que es el territorio argentino. El kirchnerismo y el “macrismo” en sus términos de rivalidad grietera no podrían llegar jamás a ponerse de acuerdo en esas definiciones trascendentales y por eso mismo ambos campos se hunden y son debidamente reemplazados por nuevas formas de gestionar los recursos tan codiciados por el poder real.

Massa viene a establecer esa hegemonía y para ello deberá contar con toda la cooperación posible por parte de la oposición cambiemita. Como en los años 1990 Raúl Alfonsín y los radicales se arrodillaron frente a Carlos Menem para formar la hegemonía menemista que posibilitó la entrega del patrimonio nacional exigida por el Consenso de Washington, en esta nueva edición del estatuto legal del coloniaje los cambiemitas tendrán que hacer otro Pacto de Olivos con Sergio Massa hasta que eso resulte en una nueva Constitución, una más apta a las exigencias del momento. Menem vino por las empresas del Estado y pudo privatizarlas porque fue legitimado por Alfonsín. Massa viene por los recursos naturales y nadie puede ser más apto para legitimar su enajenación, sin peleas de grieta ideológica, que su amigo Rodríguez Larreta.
Por eso nadie debería admirarse si el próximo 10 de diciembre Massa llama a la formación un gobierno de “unidad nacional” en el que Rodríguez Larreta aparezca, por ejemplo, como jefe de Gabinete o puesto similar. La oposición debe formar parte, debe estar involucrada de lleno en un gobierno de esas características para que puedan alcanzarse las mayorías parlamentarias requeridas por una profunda reforma constitucional, no hay otra forma. Así fue el Pacto de Olivos y así tendrá que ser la hegemonía massista si lo que se quiere es definir para las próximas décadas quién tendrá el control sobre lo que en el mundo escasea y en la Argentina abunda. Ese control es una de las claves del resultado de la actual III Guerra Mundial.
De modo que todo el proceso electoral hoy es una simulación y esta queda perfectamente sintetizada en la imagen de un Massa entrante y de una CFK saliente, cómodamente sentados en el habitáculo de un simulador de vuelo. Toda la cuestión electoral ya está resuelta de antemano, el problema de Argentina es un problema netamente político, un asunto de cerrar la grieta ideológica para que los dirigentes puedan acordar en un rumbo determinado. La verdadera política, decía el General Perón en su inmensa sabiduría, es la política internacional. Ella determina nuestra política de cabotaje y en ella ya no hay tolerancia para las indefiniciones. La hegemonía va a tomar las decisiones del caso para que alguien pueda imponerse al fin.

Los kirchneristas hacen malabares y contorsionismos para justificar esta que es una verdadera voltereta en el aire, la reconversión en massistas de quienes alguna vez propusieron un proyecto de país diametralmente opuesto al que Massa va a imponer una vez que llegue a la presidencia de la nación y ya no tenga que simular. En una sonada entrevista a una radio de Uruguay, el cómico y militante Dady Brieva expresó con claridad cristalina ese estado mental que afecta a los kirchneristas en su hora más oscura. Sin saber muy bien para qué lado arrancar al ser presionado, Brieva se despachó con un “Massa era la única opción que quedaba” para salir del paso. Pero lo único que logró con ello fue cometer un verdadero sincericidio que también va a quedar para la historia.
Esa reconversión no es gratuita. Quieran o no, los kirchneristas que se dejen absorber por el massismo porque “Massa es la única opción para que no vuelva la derecha” van a quedarse pegados con el nuevo estatuto legal del coloniaje que el poder fáctico está escribiendo para la Argentina. Pagarán un alto costo dirigentes y militantes por no haber puesto el grito en el cielo en su debido momento para detener el proceso de desguace del núcleo más sano de la política nacional. Pero el precio más alto lo pagará, como siempre, el pueblo-nación. En esta simulación de elecciones donde todos optan y nadie elige nada lo que se juega son las riquezas naturales de un país semicolonial en el que la política cambia de collar y no permite que los argentinos dejemos de ser perros. Como diría Arturo Jauretche ayer, hoy y siempre, ese es el problema fundamental que tenemos.
Y que al parecer va a quedar irresuelto, otra vez postergada su resolución, por una nueva década larga. ¿Tendrá el gaucho que aguantar hasta que lo trague el hoyo, o al fin vendrá un criollo en esta tierra a mandar?
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