Para asombro del mundo y frente a las cámaras de televisión en un acto de campaña en Butler, Pensilvania, a mediados del mes de julio, Donald Trump caía detrás de un atril luego de ser alcanzado por una bala que, al parecer, le habría rozado la oreja derecha. Eso es lo que pudo verse en las imágenes repetidas una y otra vez durante días en todos los canales de televisión del mundo. Mientras daba su discurso frente a la ya acostumbrada multitud de simpatizantes que lo siguen a todas partes, Trump se detiene súbitamente, se toca la oreja derecha, se agacha instintivamente al escuchar reiterados disparos y casi inmediatamente se ve rodeado detrás del atril por agentes del servicio secreto designados a custodiarlo. Y después de algunos segundos de zozobra se produce esa imagen emblemática que muchos analistas habrían de calificar como la foto que iba a garantizar el triunfo electoral en las elecciones del 5 de noviembre: con el rostro ensangrentado y rodeado por la custodia que intentaba retirarlo del escenario, Trump alzó su puño derecho teniendo al fondo una bandera estadounidense que flameaba. Una imagen de resistencia y rebeldía, plena de mística nacionalista o al menos producida inteligentemente por el carisma de Trump para ser interpretada así.
En los días siguientes al incidente, como se sabe, hubo un consenso entre los analistas de la política en los Estados Unidos y en todo el mundo sobre el efecto devastador que las imágenes del atentado habrían de tener sobre el resultado de las elecciones. Todos daban por ganador a Trump por mucha diferencia, máxime considerando la debacle física, moral y política de quien hasta allí había sido nominado por el Partido Demócrata para enfrentarlo en las urnas. La suma de un Trump victimizado por el intento de magnicidio en su contra y de un Joe Biden desgastado y decadente invitaba a la conclusión rápida de que las elecciones de noviembre iban a ser un mero trámite. El “ya ganó” respecto a Trump fue la sentencia común durante los días posteriores al incidente de Pensilvania más allá de la veracidad del propio hecho. Incluso los que dudaban de esa legitimidad estaban convencidos de que, verdadero o falso, el atentado le daría el triunfo electoral a Trump.
Algo así fue lo que se vio en las elecciones de 2018 en Brasil. Un mes antes de la primera vuelta electoral, también durante un acto rutinario de campaña Jair Bolsonaro recibió una puñalada. El incidente ocurrió en la ciudad de Juiz de Fora (Minas Gerais, al sudeste de Brasil) y fue analizado con lupa durante semanas y meses con muchos llegando a la conclusión de que se había tratado de una puesta en escena, de un falso atentado convenientemente ejecutado para impactar de lleno en la sensibilidad del elector y victimizar a Bolsonaro en la previa de los comicios. Hubo dudas entonces y las hay hasta el presente, aunque el efecto electoral igualmente estuvo. Bolsonaro ganó con comodidad en primera vuelta y por unos 12 puntos en el ballotage. Todo eso, véase sin bien, sin hacer campaña ni participar de ningún debate después del fatídico 6 de septiembre en Juiz de Fora. Bolsonaro estuvo internado hasta las vísperas del ballotage y luego de reposo en su casa mientras su candidatura prosperaba en piloto automático, ganó las elecciones desde la cama básicamente gracias a la potencia de la victimización.

El que observase ese antecedente histórico y conociera la dinámica del comportamiento del electorado en Occidente y aquí en las colonias iba a concluir necesariamente que después del tiro Trump estaba virtualmente electo frente a un Biden que no daba la talla. De hecho, las encuestas de opinión realizadas en los días posteriores al incidente de Butler indicaban que Trump había tomado la delantera por mucha ventaja en los números totales a nivel nacional —que en el sistema electoral de los Estados Unidos no son los que definen el ganador—, pero también en los llamados “swing states”, en aquellos distritos donde a veces ganan los republicanos y otras veces ganan los demócratas. Por la fuerza de la victimización al haber sido blanco de un ataque real o impostado, es lo mismo para el caso, Trump le había arrebatado el liderazgo de intención de voto incluso en distritos donde Biden había llevado la delantera hasta entonces. El triunfo electoral del candidato populista del Partido Republicano parecía ser una fija.
Así parecía que iba a ser la historia de la campaña electoral estadounidense para este 2024, un antes y un después del tiro. Una narrativa sencilla que desde luego no se corresponde con la compleja trama de las elecciones en la que todavía es primera potencia a nivel mundial. Dar por resuelta dicha trama varios meses antes del desenlace efectivo, aun mediando en ello un evento tan impactante como el del atentado a uno de los candidatos, no podía ser sino una temeridad. Sin ir mucho más lejos, en Brasil el incidente que finalmente resolvió las elecciones se dio tan solo un mes antes de los comicios, tuvo lugar en un momento tal que dejó sin reacción posible a los “de enfrente”, a quienes se les hizo demasiado tarde para la disposición de medidas para contrarrestar el efecto de la victimización que sentó en el trono a Bolsonaro. Aquí el atentado a Trump ocurre a mediados de julio, a más de tres meses del día de las elecciones del 5 de noviembre, tiempo más que suficiente para que los estrategas del Partido Demócrata hagan lo que allí llaman el “damage assessment”, recalculen y rectifiquen el rumbo, incluso cambiando de candidato si fuera necesario.

Eso fue precisamente lo que hizo el Partido Demócrata al ver que Joe Biden no estaba en condiciones de afrontar exitosamente una campaña electoral en el tercer territorio más extenso del mundo y que, además, la imagen del propio Biden no era precisamente la de un ganador, sino la de un anciano senil y desorientado que ya ni siquiera debería estar en la presidencia. Los demócratas cambiaron directamente el candidato, o más bien bajaron a Biden de la boleta. Al momento de escribir estas líneas, el Partido Demócrata seguía técnicamente sin candidato para enfrentar a Trump en las elecciones del 5 de noviembre, aunque la nominación de la actual vicepresidente Kamala Harris parecía ser ya el camino natural a seguir. Frente a una derrota segura a manos de Trump, los demócratas tomaron la siempre muy difícil decisión de cambiar de caballo a mitad del río como medida desesperada para evitar la humillación en las urnas. Una apuesta de riesgo, sin lugar a duda, pero plenamente justificada por la coyuntura.
De haberse aferrado a Biden para no hacer olas en los meses previos a las elecciones, los demócratas se exponían a esa humillación y además al papelón: Biden apenas puede tenerse en pie, da signos de una demencia ya muy avanzada y no faltan los llamados “conspiranoicos” que sugieren algo aún más grave que eso, o la posibilidad de que Biden ya ha muerto hace tiempo y que lo han reemplazado con un doble. Sea como fuere, Joe Biden no estaba apto para ser candidato a la reelección y por eso quedó en esa incómoda situación que en estas latitudes solemos llamar de “pato rengo”, la del presidente, gobernador o intendente que no puede reelegirse y que, por lo tanto, debe transitar los últimos meses de su mandato sin poder alguno, como una figura más bien decorativa a la que ni los mozos de la casa de gobierno se molestan en atender con un cafecito. Biden quedó arrumbado ahí, pero el Partido Demócrata se puso otra vez en una carrera que estaba perdida de antemano.

¿Por qué? Pues porque Biden es un anciano incapaz, blanco, heterosexual y ya fracasado, no tiene el “sex appeal” que convoca a los demócratas. Kamala Harris, en cambio, es una mujer relativamente joven —tiene 59 años, muchos menos que el octogenario Biden—, es “de color” y tiene un historial de venta de ideología de género, de orientación sexual y racial. Harris representa en sí misma, sin abrir la boca, toda la hipocresía “progresista” de los demócratas estadounidenses, es lo más parecido a lo que fue Barack Obama en su momento. De hecho, en los últimos días del mes de julio, Harris intensificó la exposición del perfil de minoría racial hablando en ebonics, el dialecto de los negros estadounidenses, durante algún acto de campaña. La maniobra es sencilla y consiste en ubicar a Donald Trump en el lugar del hombre blanco, heterosexual y conservador para atacarlo ideológicamente desde una posición feminista, racista y “progresista”. Con esta explotación intensiva y evidentemente hipócrita del estereotipo el Partido Demócrata apuesta a revertir la tendencia por la que Trump ganaba caminando.
Es un poco desoladora la constatación de que el presidente de la primera potencia económica y militar del mundo se elige por criterios tan prosaicos que caben en un estereotipo, pero esa es la verdad. Barack Obama llegó al Salón Oval de la Casa Blanca y se mantuvo allí durante dos mandatos de cuatro años básicamente por ser negro y “gay friendly”, aunque a ningún simpatizante demócrata le haga gracia admitirlo. ¿Por qué lo mismo no habría de funcionar para Kamala Harris en una sociedad sobreideologizada, polarizada y llena de odio como la de los Estados Unidos? Está claro que los estrategas del Partido Demócrata creen que puede funcionar al menos para que la paliza en noviembre no sea escandalosa a punto de darle a Donald Trump el control de ambas cámaras en el parlamento. Bajando a Biden y poniendo a Harris en la cima de la boleta los demócratas saben que están jugándose la existencia misma del partido, lo que nunca es poco.

Entonces las elecciones en los Estados Unidos vuelven a presentarse con un gran signo de pregunta después de aparecer prácticamente resueltas a raíz del atentado contra Donald Trump. Otra vez aparece la disyuntiva entre el “wokismo” de los demócratas y el nacionalismo neoconservador, al menos desde lo discursivo, que el trumpismo introdujo entre los republicanos. Una vez más tanto en los Estados Unidos como aquí en las colonias empieza una discusión en la que cada cual intenta homologar su ideología con el programa de alguno de los dos candidatos del bipartidismo yanqui. Aquí, por ejemplo, los mal llamados “libertarios” se aferran a Trump como si del mismísimo Javier Milei se tratara mientras el cristinismo, la “izquierda” y los demás “progresistas” se ponen a hinchar lógicamente por Kamala Harris, quien por presentarse como mujer, negra y feminista se convierte en una candidata irresistible para nuestros socialdemócratas del subtrópico. O por lo menos como lo mejorcito que hay para llevarles la contra a los mileístas en la escaramuza ideológica del cabotaje.
Habría que mirar con lupa tanto a Harris como a Trump para saber si, más allá de estar pendientes de las elecciones en otro país como si se tratara del propio, lo que en sí ya es un error, mileístas y cristinistas se alinean detrás del candidato cuyas políticas podrían favorecer más o menos sus posiciones en lo local. Está claro que la Argentina semicolonial depende de esas políticas para hacer las suyas, no es secreto para nadie que la alternancia de republicanos y demócratas en la Casa Blanca tiene impacto aquí como en todos los demás países de nuestra región y modifica el juego. Habría que ver, en una palabra, si para lo que declaran querer hacer mileístas y cristinistas convendría más que gane las elecciones el candidato con el que se alinean por prosaicas (y superficiales) razones ideológicas. Ese escrutinio arrojará resultados que no serán agradables ni para los unos ni para los otros.

Empezando por los mileístas, quienes se abrazan a Trump como si Trump estuviera en carrera para gobernar la Argentina. Para el mileísta promedio Trump es el máximo referente y eso pudo verse claramente durante las tensiones recientes entre Milei y su vicepresidente, Victoria Villarruel. Ahí hubo un conato de quiebre que venía anunciándose desde el principio y que es inevitable, puesto que Milei y Villarruel están lejos de representar lo mismo en política. Pero aun así subsiste como denominador común entre ambos bandos en esa interna la idolatría por la figura de Trump. Lo que suele llamarse genéricamente hoy en la política argentina el “mileísmo” y es el rejunte de una “derecha” vagamente liberal y aún más vagamente conservadora tiene su punto de encuentro en el trumpismo yanqui. Apenas hay coincidencias programáticas en esa bolsa de gatos ideológica, pero Trump subsiste allí revestido del carácter de unanimidad.
¿Y por qué? Pues básicamente porque Trump es “facho” y hace rabiar a los “zurdos”, esto es, a los “progresistas” de todos los pelajes. El amor que el mileísmo profesa por Trump es un amor negativo, lo quieren porque tiene la capacidad de hacerse odiar por quienes el mileísta considera que son sus enemigos. Entiéndase bien: Trump no es “facho” ni nada por el estilo, es una especie de nacionalista yanqui más similar a Eisenhower o a Kennedy que a los ultraconservadores Nixon, Reagan o Bush. La política económica de Trump prevé la reivindicación de la industria nacional a expensas de China y de otros países a los que se deslocalizaron los capitales estadounidenses a partir de la crisis del petróleo. Como se ve, eso es lo radicalmente opuesto al cipayismo ultraneoliberal que caracteriza a Javier Milei y a los mileístas de un modo general, Donald Trump está en las antípodas de toda esa fauna y no obstante la fauna lo sigue adorando. Y eso simplemente porque en lo no económico —cuestiones de moral sexual, religiosa, racial, etc.— Trump parecería ser un conservador y eso al mileísmo le sirve para hacer grieta en el cabotaje.

El mismo error en espejo cometen los cristinistas, quienes al identificarse como peronistas debieron ver en Trump un exponente de las políticas del peronismo en otras latitudes. Pero eso no ocurre. Secuestrado por los mal llamados “progresistas” socialdemócratas, el actual “peronismo” ubica a Trump prácticamente en el lugar del “facho” y por las mismas razones que inspiran a los mileístas a adorarlo, a saberlas, la apariencia de supuesto conservador que da al ponerse en contraste con el “wokismo” de los demócratas. Para el actual “peronismo” cristinista la identidad política se define mucho más por feminismo y aborto que por el programa económico concreto y real. Es exagerado decir que Trump es peronista, por supuesto, aunque claramente al lado de cualquier demócrata globalizador Trump es el que más se parece a la imagen proyectada de las ideas nacionalistas del General Perón en este siglo XXI por su defensa a ultranza de la industria y del trabajo nacionales y esa representación tan carismática que tiene de los trabajadores de cuello azul.
El sector que actualmente hegemoniza el peronismo es el cristinismo y no entiende nada de eso, aunque la propia conductora del espacio ha tratado de explicarlo —crípticamente, claro, Cristina Fernández no se anima aún a decirles a sus seguidores esta verdad con todas las letras— alguna que otra vez. El cristinismo sigue empapado de “progresismo”, sigue definiéndose más por el pañuelo verde que por un programa económico concretamente peronista y dicho “progresismo” es un subproducto del “wokismo” yanqui, razón por la que 9 de cada 10 “peronistas” responderían hoy sin dudar que Trump es un “facho” y que “aguante Biden” (a quien durante el régimen de Alberto Fernández el propio cristinismo alegremente llamó “Juan Domingo Biden”), “aguante Harris” o “aguante” cualquier muñeco que el Partido Demócrata ponga para enfrentar a Trump.

Esas son lógicamente cuestiones de nuestro cabotaje entre un mileísmo que no termina de definirse y un cristinismo que se acerca a la extinción natural por desgaste, son asuntos muy menores en realidad. Lo importante más allá de las intrigas en las colonias es que otra vez la presencia de Trump entre las opciones electorales de los Estados Unidos indica la existencia de una disyuntiva geopolítica. Para lo que realmente importa en la verdadera política, que es la política internacional según la precisa definición de Perón, en la pugna entre Trump y Harris se juega mucho más que las cuestiones ideológicas que convocan y movilizan al electorado estadounidense. Los Estados Unidos son un imperio más que un simple país y, en consecuencia, la definición de quién va a tener el poder político en la Casa Blanca impacta en la política internacional por razones que resultan obvias. Entre Trump y Harris hay una disyuntiva para un mundo que está al borde de la guerra.
Ocurre que actualmente los intereses particulares de las élites globales, del complejo industrial-militar-farmacéutico y las corporaciones en general están presionando para que se desate de una vez la III Guerra Mundial, así de sencillo. Provocando a los rusos en su frontera occidental desde Ucrania, esas élites globalistas intentan hace ya varios años arrastrar a las dos primeras potencias nucleares del mundo —Rusia y los Estados Unidos— a la guerra total con el fin también obvio de hacer negocio con la muerte y la destrucción, ya sea en la venta de armamento a todos los bandos implicados como en la recolonización y reconstrucción de los territorios de los países que caigan derrotados. La guerra mundial no es el negocio de los Estados nacionales, nunca lo fue aunque la historia haya sido escrita de un modo tal que da a entender que eso es así. La guerra siempre es el negocio de las corporaciones, del interés privado que no pone el cuerpo en el campo de batalla y lucra sin cuidado de quiénes sean los ganadores del conflicto.
Ahí es preciso identificar las lealtades existentes en la política de los Estados Unidos. Aunque esté instalada la idea de que todo es lo mismo, ganen los demócratas o ganen los republicanos, en esta ocasión parecería que la cosa va de un modo distinto. Durante décadas después de las presidencias de Dwight “Ike” Eisenhower y John Kennedy la sucesión entre republicanos y demócratas en el poder político de los Estados Unidos arrojó siempre un mismo resultado: guerra. Y eso es así porque después de Eisenhower y Kennedy el complejo industrial-militar-farmacéutico se enquistó de lleno en todos los sectores de la política estadounidense. Eisenhower es el autor de la categoría de complejo industrial-militar, la que acuñó a modo de denuncia al despedirse de la presidencia luego de dos mandatos. El general Eisenhower (un militar, como se ve) puso el dedo en la llaga demostrando que los menos interesados en la guerra son los militares, precisamente porque son ellos los que ponen el cuerpo y mueren en las guerras.

Pero Eisenhower ya estaba de salida al hacer su denuncia contra el complejo industrial-militar y por eso lo dejaron vivir. La misma suerte no tuvo quien lo sucedió en la presidencia. Es ya un hecho muy conocido el de que John Kennedy estaba dispuesto a llevar la denuncia de “Ike” Eisenhower hasta las últimas consecuencias y por eso terminó asesinado en pleno cumplimiento de su mandato presidencial. Lo que tanto Eisenhower como Kennedy sabían después de la II Guerra Mundial es que la guerra de un modo general es un negocio de los ricos del mundo, de las élites globales sionistas cuyo lema es “divide y reinarás”. Hasta el republicano Eisenhower y el demócrata Kennedy hubo en ambos partidos del establishment en la política estadounidense dirigentes dispuestos a terminar con el curro del poder fáctico, imponer la paz como voluntad popular expresada en la política y cortarla con hacer guerra para que los dueños del mundo ganen más dinero.
La muerte de Kennedy es trágica para el mundo porque después de ella el establishment político estadounidense se sometió definitivamente a la voluntad del poder fáctico de las élites globales y sus corporaciones. Ambos partidos en ese bipartidismo fijo que existe en los Estados Unidos fueron ocupados por dirigentes previamente disciplinados por la imagen de un Kennedy al que le volaron la tapa de los sesos, frente a una multitud y las cámaras de televisión. Republicanos y demócratas entendieron allí que el complejo industrial-militar-farmacéutico tenía el poder fáctico, un poder suficiente para matar a un presidente de los Estados Unidos y, por lo tanto, para destruir a cualquier individuo. Así, el establishment político yanqui se sometió al poder fáctico, dejó de representar los intereses de las mayorías populares y naturalmente la sucesión de republicanos y demócratas en la presidencia fue una simulación. En el fondo de la cuestión el consenso ya se había formado por extorsión y durante décadas los Estados Unidos fueron una máquina de hacer la guerra para enriquecer aún más a los ricos.

Desde la muerte de John Kennedy cinco demócratas y cinco republicanos (sin contar a Trump, que no es demócrata ni republicano, aunque se sirve del aparato político de este último partido para ganar las elecciones) fueron presidentes de los Estados Unidos en un periodo de aproximadamente seis décadas, en las que esos diez presidentes anduvieron por el mundo con las armas buscando camorra, provocando conflictos aquí y allí con la finalidad de hacer el negocio del poder fáctico global. He ahí la razón por la que el sentido común intuye que en las elecciones yanquis nada se resuelve, que gane el que gane el resultado será siempre guerra, muerte y destrucción para el resto del mundo. En sesenta años de consenso hegemónico y de sumisión de los dirigentes de la política estadounidense al complejo industrial-militar-farmacéutico lo que queda es la opinión pública formada de que los Estados Unidos son enemigos de la humanidad sin cuidado de qué “muñeco” esté sentado en el sillón del Salón Oval.
De ahí que se llegue normalmente a la conclusión de que el resultado de las elecciones del próximo 5 de noviembre no va a cambiar el curso de la historia, que parecería encaminarse rápidamente hacia una III Guerra Mundial con el empleo de armas nucleares, el que a su vez puede ser algo devastador para la humanidad en su conjunto. Pero la verdad es que hay en la disyuntiva entre Trump y Harris una alternativa en tanto y en cuanto Trump, el que no es republicano ni demócrata, tiene un proyecto más bien similar al de Eisenhower y Kennedy en lo que a la geopolítica de las armas se refiere. Al parecer, por fuerza de las circunstancias Trump aprendió lo que enseñaba Mario Puzo por boca de su personaje Virgil “Turco” Sollozzo en esa obra maestra del cine que fue El Padrino, a saberlo, que la sangre es muy costosa, contraproducente para los negocios en un sentido económico. El avance de China en las últimas tres décadas y la redención de Rusia de la mano de Vladimir Putin indican que el equilibrio geopolítico mundial ha cambiado y que, por lo tanto, los Estados Unidos ya no pueden imponer su voluntad —la voluntad del poder fáctico global, como veíamos— sin que eso tenga resultados catastróficos para todos, incluso para los yanquis.

Durante su primer mandato, Trump ensayó algo de su animadversión hacia el complejo industrial-militar-farmacéutico en varias ocasiones. Primero amenazó abiertamente al entonces secretario general de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), el noruego Jens Stoltenberg, con una desfinanciación de esa organización criminal del imperialismo occidental. Como se sabe, los Estados Unidos responden por hasta dos tercios de todo el dinero con el que la OTAN financia sus actividades, razón por la que sería terminal para esa alianza guerrera si los Estados Unidos se retiraran de ella o al menos redujeran significativamente su participación. Sin el dinero del contribuyente estadounidense la OTAN resultaría inviable pues los demás socios combinados no tienen con qué sostenerla. Y la primera consecuencia de ello en los días de hoy sería la inmediata retirada de Occidente en Ucrania, dándole el triunfo a Rusia y terminando con esa guerra proxy que es una provocación y un intento de mundializar el conflicto por parte de las élites globales.
La guerra en Ucrania es un conflicto entre Rusia y la OTAN, no entre Rusia y Ucrania como quieren vender los medios de difusión. Es una guerra entre un Estado nacional y las corporaciones del globalismo, no hay realmente nada allí que sea interesante para el pueblo-nación estadounidense. Eso es lo que expresa Trump, es lo que le dijo a Stoltenberg en su momento al cuestionar al secretario general preguntándole por qué sería un buen negocio para los Estados Unidos darles dinero a los europeos para que estos se peleen con los rusos. “¿Qué gano yo?”, se preguntaba Trump, claramente desmarcándose de los intereses del complejo industrial-militar-farmacéutico y ubicándose del lado de los intereses colectivos de su pueblo. Trump no gana nada como estadounidense, solo pierde destinando una friolera que va a parar a los bolsillos de unas élites globales que no tienen patria ni bandera.

Después de eso, ya en 2020, Trump intentó retobarse a esa monumental operación de sentido que fue el coronavirus. Lo hizo en la comprensión de que se trataba de otro negocio de las élites, más precisamente del sector farmacéutico de las corporaciones. Pero la operación se basaba en el miedo a morir, eso es demasiado potente y a Trump la rebeldía le costó caro: fue derrotado en las elecciones de ese año al quedar instalada la suya como la imagen de un “antivacunas” y un “negacionista”. Para asegurar que el dinero de los yanquis siguiera fluyendo hacia las cuentas de la OTAN, el complejo industrial-militar-farmacéutico hizo perder las elecciones a Trump y lo reemplazó en la presidencia por un Joe Biden absolutamente funcional a sus intereses. Además de ser un anciano demente y prescindente, un perfecto títere del poder fáctico, Biden pertenece a ese establishment tradicional que desde de la muerte de Kennedy aceptó someterse a las élites globalistas. Biden era en 2020, desde el punto de vista de los señores de la guerra y de la muerte, el sucesor ideal para un Trump que amenazaba con estropear el negocio de los tiros cerrándole la canilla a la OTAN.
Y entonces Joe Biden fue electo presidente en unas elecciones muy extrañas, en medio a un fraude fenomenal que demuestra la urgencia existente en esos días por echar a Trump de la Casa Blanca. El resultado estaba cantado: se dispararon todos los conflictos proxy que con Trump habían estado hibernando, fundamentalmente el de Ucrania. Biden no solo no cuestionó a la OTAN por derrochar el dinero del contribuyente yanqui en guerras donde el pueblo-nación estadounidense no tenía nada que ganar, sino que por el contrario precipitó los hechos dándole más dinero y más carta blanca a la OTAN para que esta alianza llevara la masacre contra las etnias rusas en el Este de Ucrania hasta el paroxismo. Para febrero de 2022, que es cuando al fin Putin resuelve reaccionar, la agresión contra los pueblos rusos de la zona baja del río Don, en las provincias ucranianas de Donetsk y Lugansk, había llegado a niveles de genocidio. Para frenar esa locura, Rusia lanza su operación especial y libera esos territorios a los tiros, hace finalmente esa guerra que el complejo industrial-militar-farmacéutico quería.

Lo que Putin viene evitando hasta aquí es la escalada del conflicto, esto es, la mundialización de la guerra que es el objetivo último de la provocación de la OTAN en Ucrania. Es injusto, por lo tanto, concluir que Putin cae en la provocación. En realidad, Rusia ha hecho siempre lo mínimo en términos de despliegue militar y lo viene haciendo con la finalidad puntual de proteger a los rusos de Donetsk, Lugansk, Crimea y de todo el oriente ucraniano de un modo general. Gracias a los soviéticos, Ucrania es un país con al menos dos naciones en su territorio, los ucranianos y los rusos, quienes se instalan en su mayoría en el Este. Desde el golpe de Estado de 2014 en Kiev, la OTAN se hizo del control político del país para volverlo en contra de los rusos, puso los dos pies en un territorio geopolítica y económicamente neurálgico para la relación entre Occidente y Oriente. De ahí a fabricar a un títere payaso como Volodímir Zelenski para provocar la guerra hubo un paso. Lo único que no podía escasear eran los recursos para sostener la provocación.
Esos recursos se aseguraron con el triunfo de Biden en las elecciones raras de noviembre de 2020. Es presumible y comprobable que, de haber ganado Trump esas elecciones, la provocación a Rusia no habría sido posible simplemente porque con un llamado telefónico entre Moscú y Washington Putin y Trump habrían llegado a la conclusión de que desfinanciando la OTAN, cosa que Trump siempre quiso hacer, el problema quedaba resuelto sin la necesidad de pasar a mayores. Es importante comprender que tanto demócratas como republicanos en los Estados Unidos están de acuerdo en hacer la guerra permanente para llenar los bolsillos de las élites, ese es el statu quo en la política estadounidense desde el magnicidio de Kennedy en adelante. Y entonces queda demostrado que Trump no es republicano ni es demócrata, es una especie de nacionalista continentalista al que los asuntos europeos le “resbalan” soberanamente. Con Trump termina el Plan Marshall en la comprensión de que Rusia no es la Unión Soviética y, sobre todo, de que el verdadero enemigo hoy es China, pero en lo económico.
Ese es el continentalismo en oposición al globalismo, es un entendimiento de la geopolítica muy distinto al que tuvieron las potencias durante la Guerra Fría. Durante dicha coyuntura, los Estados Unidos implementaron el Plan Marshall con el fin de ocupar Europa occidental y evitar el avance soviético sobre ese territorio, que era lo más natural al finalizar la II Guerra Mundial con el Ejército Rojo apoderándose de Berlín. Europa en realidad es un subcontinente de Eurasia, hay entre Rusia y Europa una continuidad territorial de la que los Estados Unidos no participan porque están del otro lado del Océano Atlántico. Para impedir la realización geopolítica de esa continuidad los Estados Unidos hicieron el Plan Marshall y además crearon la OTAN, ocuparon económica, política y militarmente el territorio de Europa occidental para que no lo hicieran los soviéticos. Esa es la lógica de la Guerra Fría que pese a la disolución de la Unión Soviética y de todo el bloque socialista del Este en 1991 sigue estando vigente en la cabeza de los dirigentes políticos de Occidente.

Pero no en la cabeza de Trump porque Trump es un continentalista y está más preocupado en hacerse fuerte en América —desde el Alaska hasta la Antártida, he ahí la parte que nos toca a los americanos no yanquis— para combatir en lo económico a China. Europa no puede darles casi nada a los Estados Unidos en esa guerra comercial, es mucho más un compromiso y un gasto superfluo que una posición estratégica para Washington. Insistir con el Plan Marshall de ocupación de Europa significa para los Estados Unidos la guerra con Rusia en lo militar y, en consecuencia, el debilitamiento de la posición global estadounidense frente a China, el verdadero enemigo. El continentalista comprende que una multipolaridad en la que el proyecto euroasiático de los rusos al fin se concrete (como quiso y no pudo Stalin porque Truman tuvo la bomba atómica primero) le da a Rusia el control de Europa, sin lugar a duda, pero también exime a los Estados Unidos de ese frente militar deficitario a todas luces y les permite concentrar y orientar sus fuerzas hacia el combate económico contra Beijing.

El atento lector ciertamente estará preguntándose por qué hay ahora en la política estadounidense un continentalista con la idea de entregarles a los rusos Europa con un moño, si durante toda la Guerra Fría los yanquis fueron capaces de sostener su posición allí y también su hegemonía mundial. La respuesta es relativamente sencilla, es una cuestión de saber sumar y restar, como decía nuestro Scalabrini Ortiz. Durante la Guerra Fría el único enemigo real del imperialismo estadounidense fue la Unión Soviética y la cuestión siempre se redujo a impedir el avance geopolítico de Moscú allí donde los soviéticos asomaran la cabeza. Ahora, en cambio, una nueva superpotencia emerge complejizando aun más el juego: gracias a un acelerado proceso de tecnificación e industrialización de la economía iniciado por Deng Xiaoping en 1978, China tiene hoy la capacidad económica que la Unión Soviética jamás tuvo para desafiar la hegemonía unipolar de los Estados Unidos no a los tiros, sino en el plano del comercio mundial.
Bien mirada la cosa, la Unión Soviética fue una superpotencia emergida de la II Guerra Mundial, pero solo en lo militar. Retrasados por el socialismo que fue base constitutiva de su propia nación desde 1917, los soviéticos nunca pudieron ser una potencia económica y eso significa que en la práctica los Estados Unidos fueron realmente la única potencia hegemónica desde 1945, los soviéticos equilibraron la balanza en la carrera armamentista, en lo tecnológico para uso militar —la carrera espacial es el símbolo de eso—, en el terreno de la diplomacia y del espionaje, hasta en lo deportivo, pero hasta ahí llegaron. En lo económico la Unión Soviética no dio la talla, los Estados Unidos impusieron su sistema económico y jurídico y este es el mundo que la humanidad tiene hasta los días de hoy. Al no lograr hacerse del control de la industria alemana después de la II Guerra Mundial, la Unión Soviética se quedó con los abundantes recursos naturales de su inmenso territorio, pero sin posibilidad de industrializar esos recursos para transformarlos en riqueza. Es decir, siempre fue económicamente un país subdesarrollado y por eso mismo finalmente se extinguió.

Lo mismo no ocurre con China porque los chinos han optado por recorrer un camino distinto al de la Unión Soviética. Al morir el estalinista Mao Zedong en 1976, la emergencia de Deng Xiaoping resultó en una apertura que es la propia negación del socialismo soviético. China abandonó ese socialismo, abrió su economía a la inversión del capital privado y, gracias a su enorme población, fuerza de trabajo barata, atrajo a los inversores de Occidente ocasionando una deslocalización de la industria. Así hicieron los chinos en casi medio siglo hasta llegar a ser virtualmente la primera economía mundial, sin representar jamás una amenaza para los Estados Unidos en el plano de lo militar. Puede decirse que China la jugó “de callada”, no apuntó a ser una superpotencia guerrera como la Unión Soviética y, en cambio, construyó en su tierra el verdadero taller del mundo. El resultado de eso medio siglo después de iniciado el proceso con Deng Xiaoping es que la hegemonía de los Estados Unidos está amenazada ya no por las armas rusas, sino por el potencial económico chino.
Claro que China está armada e incluso posee un modesto arsenal nuclear, pero eso se construyó de modo subsidiario, nunca como objetivo primario y siempre más bien como un instrumento de disuasión a nivel regional que con la finalidad de hacerle la guerra al imperio. La guerra de China contra los Estados Unidos es comercial y Trump lo sabe, entiende que de seguir con la locura de derrochar recursos contra enemigos falsos, en muy poco tiempo China tendrá el control absoluto del comercio mundial, cuestionará el uso del dólar estadounidense como moneda de intercambio universal y en ese momento los Estados Unidos implosionarán como lo hizo la propia Unión Soviética en su momento. El continentalista ya entendió la multipolaridad, la aceptó y pretende construir su grandeza dentro de las reglas del nuevo orden geopolítico mundial, no quiere perder más tiempo valioso luchando contra “enemigos” que solo existen en la ideología o más bien en la cabeza trasnochada de una clase dirigente cuyas ideas son las de las élites globales apátridas.

Trump es ese continentalista que habla de “hacer grande América otra vez”. No es una simple consigna, es una declaración de principios. El trumpismo es el único sector de la política estadounidense que puede realizar un descenso suave de la condición de superpotencia global a potencia regional con ascendencia, de emperador a primus inter pares. La alternativa a ese descenso es la caída brusca que puede resultar en la disolución nacional, tras la que los estadounidenses quedarán expuestos a todo tipo de vendetta a manos de quienes fueron agredidos por su política imperial a lo largo del siglo XX y en lo que va de este siglo XXI. El descenso suave no es una forma de conservar la dignidad, es mucho más que eso. El descenso suave que propone Trump es el método obligado para lograr que los Estados Unidos no terminen invadidos por los bárbaros como Roma en su momento, es una emulación de lo que hicieron los británicos al caducar su imperialismo entre las dos grandes guerras del siglo pasado.
“Necesitamos gente inteligente para dirigir al país porque nuestra nación nunca estuvo tan en peligro como ahora”, decía Trump en uno de sus actos de campaña. “Tanto desde el punto de vista económico como desde una perspectiva exterior. Rusia ya no nos respeta, China ya no nos respeta. Hay un gran riesgo de que ocurra la III Guerra Mundial”. Y queda ahí sintetizado todo lo hasta aquí expuesto: los Estados Unidos tuvieron una hegemonía unipolar a nivel mundial y esa hegemonía terminó porque el subalterno ya está en condiciones de cuestionar. La hegemonía no es una dominación común y silvestre, no se logra mediante el sometimiento del subalterno por la fuerza únicamente. La hegemonía es una suma de coerción y consenso donde lo primero solo sirve para proporcionar lo segundo, es decir, se usa la fuerza solo a modo de amenaza para que el subalterno acepte un consenso que desde su punto de vista es obediencia. La hegemonía se basa en el miedo de los de abajo, quienes obedecen para no sufrir las consecuencias del castigo por parte del poder hegemónico. En este momento los de abajo no temen el escarmiento, el consenso se esfumó y la hegemonía unipolar de los Estados Unidos, por lo tanto, ya no existe.

Lo que existe es una dominación precaria que los demócratas con Kamala Harris pretenden sostener tirando más tiros contra quienes ya no los temen. Y solo puede durar más bien poco, no más de algunos meses y años tras los que los Estados Unidos tendrán su debacle final en la forma de caída brusca y serán lógicamente destruidos como lo fue Roma en el año 476 de nuestra era. Las élites globales saben que eso es así y no les importa, van a usar a los estadounidenses mientras estos se dejen usar o hasta que revienten. Las élites no tienen patria ni suelo, no están arraigadas en ninguna parte y no van a hundirse junto a los yanquis. Los ricos del mundo van a trasladar sus intereses hacia los países ganadores como hicieron después de cada una de las guerras. Y la conclusión es que, en este momento, el Partido Demócrata es un agente de la destrucción de los Estados Unidos, es una fuerza de ocupación política que se sostiene demagógicamente sobre la ideología del “wokismo” mientras trabaja para borrar del mapa a su propio país.
He ahí lo que se resuelve en las elecciones del 5 de noviembre, es un asunto de cómo va a oficializarse el nuevo orden geopolítico mundial. ¿Será una multipolaridad con los Estados Unidos sentados en la mesa chica de las decisiones junto a China y a Rusia y con una pax nuclear como garante del acuerdo? ¿O será lo que resulte de un enfrentamiento militar a escala global implicando en dicho enfrentamiento a por lo menos ocho naciones con arsenales atómicos y con resultado incierto? El pacto hegemónico que los demócratas y los republicanos firmaron con la sangre de Kennedy está roto, se rompió cuando uno de esos dos partidos fue penetrado por un dirigente que está más comprometido con su propia idea continentalista que con la imposición globalista del poder fáctico que el propio Trump llama, con mucha razón, el Estado profundo. Hay un sector de la política yanqui que está más interesado en hacer su propio negocio que en hacer el juego de las élites globales y ese sector es el trumpismo.
El negocio del trumpismo es el interés nacional de los Estados Unidos ya no como imperio, sino como país y como pueblo-nación. Es evidente que eso va a resultar en más presión sobre los demás americanos, un triunfo de Trump es un retorno al escenario previo a la I Guerra Mundial: multipolaridad a nivel mundial y Doctrina Monroe irradiando desde Washington hacia el resto de América. La reconversión de los Estados Unidos en potencia regional es eso mismo, es la reorientación hacia el continente americano de una fuerza que hoy está desperdigada por todo el mundo. Esta es la disyuntiva de las elecciones del 5 de noviembre, seguramente las más importantes de la historia desde que Franklin Roosevelt fue electo en 1932 en medio a la Gran Depresión resultante del crac de la bolsa de Nueva York de 1929. De cierta forma la analogía histórica es muy precisa pues Trump trae entre manos un New Deal como el de Roosevelt, solo que esta vez para el mundo entero.
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