Para asombro del mundo y frente a las cámaras de televisión en un acto de campaña en Butler, Pensilvania, a mediados del mes de julio, Donald Trump caía detrás de un atril luego de ser alcanzado por una bala que, al parecer, le habría rozado la oreja derecha. Eso es lo que pudo verse en las imágenes repetidas una y otra vez durante días en todos los canales de televisión del mundo. Mientras daba su discurso frente a la ya acostumbrada multitud de simpatizantes que lo siguen a todas partes, Trump se detiene súbitamente, se toca la oreja derecha, se agacha instintivamente al escuchar reiterados disparos y casi inmediatamente se ve rodeado detrás del atril por agentes del servicio secreto designados a custodiarlo. Y después de algunos segundos de zozobra se produce esa imagen emblemática que muchos analistas habrían de calificar como la foto que iba a garantizar el triunfo electoral en las elecciones del 5 de noviembre: con el rostro ensangrentado y rodeado por la custodia que intentaba retirarlo del escenario, Trump alzó su puño derecho teniendo al fondo una bandera estadounidense que flameaba. Una imagen de resistencia y rebeldía, plena de mística nacionalista o al menos producida inteligentemente por el carisma de Trump para ser interpretada así.
En los días siguientes al incidente, como se sabe, hubo un consenso entre los analistas de la política en los Estados Unidos y en todo el mundo sobre el efecto devastador que las imágenes del atentado habrían de tener sobre el resultado de las elecciones. Todos daban por ganador a Trump por mucha diferencia, máxime considerando la debacle física, moral y política de quien hasta allí había sido nominado por el Partido Demócrata para enfrentarlo en las urnas. La suma de un Trump victimizado por el intento de magnicidio en su contra y de un Joe Biden desgastado y decadente invitaba a la conclusión rápida de que las elecciones de noviembre iban a ser un mero trámite. El “ya ganó” respecto a Trump fue la sentencia común durante los días posteriores al incidente de Pensilvania más allá de la veracidad del propio hecho. Incluso los que dudaban de esa legitimidad estaban convencidos de que, verdadero o falso, el atentado le daría el triunfo electoral a Trump.
Algo así fue lo que se vio en las elecciones de 2018 en Brasil. Un mes antes de la primera vuelta electoral, también durante un acto rutinario de campaña Jair Bolsonaro recibió una puñalada. El incidente ocurrió en la ciudad de Juiz de Fora (Minas Gerais, al sudeste de Brasil) y fue analizado con lupa durante semanas y meses con muchos llegando a la conclusión de que se había tratado de una puesta en escena, de un falso atentado convenientemente ejecutado para impactar de lleno en la sensibilidad del elector y victimizar a Bolsonaro en la previa de los comicios. Hubo dudas entonces y las hay hasta el presente, aunque el efecto electoral igualmente estuvo. Bolsonaro ganó con comodidad en primera vuelta y por unos 12 puntos en el ballotage. Todo eso, véase sin bien, sin hacer campaña ni participar de ningún debate después del fatídico 6 de septiembre en Juiz de Fora. Bolsonaro estuvo internado hasta las vísperas del ballotage y luego de reposo en su casa mientras su candidatura prosperaba en piloto automático, ganó las elecciones desde la cama básicamente gracias a la potencia de la victimización.

El que observase ese antecedente histórico y conociera la dinámica del comportamiento del electorado en Occidente y aquí en las colonias iba a concluir necesariamente que después del tiro Trump estaba virtualmente electo frente a un Biden que no daba la talla. De hecho, las encuestas de opinión realizadas en los días posteriores al incidente de Butler indicaban que Trump había tomado la delantera por mucha ventaja en los números totales a nivel nacional —que en el sistema electoral de los Estados Unidos no son los que definen el ganador—, pero también en los llamados “swing states”, en aquellos distritos donde a veces ganan los republicanos y otras veces ganan los demócratas. Por la fuerza de la victimización al haber sido blanco de un ataque real o impostado, es lo mismo para el caso, Trump le había arrebatado el liderazgo de intención de voto incluso en distritos donde Biden había llevado la delantera hasta entonces. El triunfo electoral del candidato populista del Partido Republicano parecía ser una fija.
Así parecía que iba a ser la historia de la campaña electoral estadounidense para este 2024, un antes y un después del tiro. Una narrativa sencilla que desde luego no se corresponde con la compleja trama de las elecciones en la que todavía es primera potencia a nivel mundial. Dar por resuelta dicha trama varios meses antes del desenlace efectivo, aun mediando en ello un evento tan impactante como el del atentado a uno de los candidatos, no podía ser sino una temeridad. Sin ir mucho más lejos, en Brasil el incidente que finalmente resolvió las elecciones se dio tan solo un mes antes de los comicios, tuvo lugar en un momento tal que dejó sin reacción posible a los “de enfrente”, a quienes se les hizo demasiado tarde para la disposición de medidas para contrarrestar el efecto de la victimización que sentó en el trono a Bolsonaro. Aquí el atentado a Trump ocurre a mediados de julio, a más de tres meses del día de las elecciones del 5 de noviembre, tiempo más que suficiente para que los estrategas del Partido Demócrata hagan lo que allí llaman el “damage assessment”, recalculen y rectifiquen el rumbo, incluso cambiando de candidato si fuera necesario.

Eso fue precisamente lo que hizo el Partido Demócrata al ver que Joe Biden no estaba en condiciones de afrontar exitosamente una campaña electoral en el tercer territorio más extenso del mundo y que, además, la imagen del propio Biden no era precisamente la de un ganador, sino la de un anciano senil y desorientado que ya ni siquiera debería estar en la presidencia. Los demócratas cambiaron directamente el candidato, o más bien bajaron a Biden de la boleta. Al momento de escribir estas líneas, el Partido Demócrata seguía técnicamente sin candidato para enfrentar a Trump en las elecciones del 5 de noviembre, aunque la nominación de la actual vicepresidente Kamala Harris parecía ser ya el camino natural a seguir. Frente a una derrota segura a manos de Trump, los demócratas tomaron la siempre muy difícil decisión de cambiar de caballo a mitad del río como medida desesperada para evitar la humillación en las urnas. Una apuesta de riesgo, sin lugar a duda, pero plenamente justificada por la coyuntura.
De haberse aferrado a Biden para no hacer olas en los meses previos a las elecciones, los demócratas se exponían a esa humillación y además al papelón: Biden apenas puede tenerse en pie, da signos de una demencia ya muy avanzada y no faltan los llamados “conspiranoicos” que sugieren algo aún más grave que eso, o la posibilidad de que Biden ya ha muerto hace tiempo y que lo han reemplazado con un doble. Sea como fuere, Joe Biden no estaba apto para ser candidato a la reelección y por eso quedó en esa incómoda situación que en estas latitudes solemos llamar de “pato rengo”, la del presidente, gobernador o intendente que no puede reelegirse y que, por lo tanto, debe transitar los últimos meses de su mandato sin poder alguno, como una figura más bien decorativa a la que ni los mozos de la casa de gobierno se molestan en atender con un cafecito. Biden quedó arrumbado ahí, pero el Partido Demócrata se puso otra vez en una carrera que estaba perdida de antemano.

¿Por qué? Pues porque Biden es un anciano incapaz, blanco, heterosexual y ya fracasado, no tiene el “sex appeal” que convoca a los demócratas. Kamala Harris, en cambio, es una mujer relativamente joven —tiene 59 años, muchos menos que el octogenario Biden—, es “de color” y tiene un historial de venta de ideología de género, de orientación sexual y racial. Harris representa en sí misma, sin abrir la boca, toda la hipocresía “progresista” de los demócratas estadounidenses, es lo más parecido a lo que fue Barack Obama en su momento. De hecho, en los últimos días del mes de julio, Harris intensificó la exposición del perfil de minoría racial hablando en ebonics, el dialecto de los negros estadounidenses, durante algún acto de campaña. La maniobra es sencilla y consiste en ubicar a Donald Trump en el lugar del hombre blanco, heterosexual y conservador para atacarlo ideológicamente desde una posición feminista, racista y “progresista”. Con esta explotación intensiva y evidentemente hipócrita del estereotipo el Partido Demócrata apuesta a revertir la tendencia por la que Trump ganaba caminando.
Es un poco desoladora la constatación de que el presidente de la primera potencia económica y militar del mundo se elige por criterios tan prosaicos que caben en un estereotipo, pero esa es la verdad. Barack Obama llegó al Salón Oval de la Casa Blanca y se mantuvo allí durante dos mandatos de cuatro años básicamente por ser negro y “gay friendly”, aunque a ningún simpatizante demócrata le haga gracia admitirlo. ¿Por qué lo mismo no habría de funcionar para Kamala Harris en una sociedad sobreideologizada, polarizada y llena de odio como la de los Estados Unidos? Está claro que los estrategas del Partido Demócrata creen que puede funcionar al menos para que la paliza en noviembre no sea escandalosa a punto de darle a Donald Trump el control de ambas cámaras en el parlamento. Bajando a Biden y poniendo a Harris en la cima de la boleta los demócratas saben que están jugándose la existencia misma del partido, lo que nunca es poco.
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