Llovió sobre mojado el presidente Alberto Fernández antes de intervenir en la asamblea general de las Naciones Unidas al insistir, ahora a nivel internacional, con el discurso del odio ideológico a modo de denuncia. Horas antes de su exposición, Fernández habló en Nueva York de un “peor fascismo” que se renueva en derechas (e izquierdas) extremas que “promueven el odio y la violencia”. Esos extremos ideológicos, siempre según Fernández, no deberían tener cabida “en el mundo que hoy vivimos” y alrededor de este eje giró la conferencia que un presidente ya prácticamente desplazado por Sergio Massa dio en la universidad progresista estadounidense The New School.
Entonces tenemos el anuncio del odio y la violencia motorizados por extremos de derecha e izquierda apareciendo como amenaza a la paz social, con un resurgimiento del “fascismo” entendido no como un proyecto político puntual del siglo XX europeo, sino como sinónimo o sinécdoque de intolerancia sin mucho miramiento sobre el origen ideológico de dicha intolerancia. Fernández describe una situación abstracta de peligro para la sociedad a nivel mundial, un escenario en el que los “discursos de odio” se generalizan con tendencia al enfrentamiento abierto. Y en consecuencia hace un llamamiento a los líderes del mundo a ponerles un límite a esas expresiones.
La situación descrita por Alberto Fernández es abstracta porque parte en su diagnóstico de la observación de algunos casos que son concretos, pero que no suponen ninguna variación en el estado considerado normal de la estabilidad siempre inestable en la política del mundo. Fernández parte de la coyuntura de la Argentina para homologar nuestra grieta de cabotaje a la guerra que Rusia hace en Ucrania y que, en definitiva, es la guerra entre Oriente y Occidente sin que nada de eso tenga mucho que ver con los “discursos de odio”, sino con un tiempo de definiciones necesarias en la geopolítica. En el mundo hay tensión, aunque no la hay porque se odien mutuamente quienes tensionan. Lo que hay es una proyección desde el escenario local hacia el resto del mundo para generar la percepción de que algo distinto ocurre en la actualidad, tal vez a partir de un coronavirus que lo habría alterado todo, a escala planetaria.

¿Pero qué es esto? ¿Qué son estos “discursos de odio” que se presentan como una novedad, es decir, que empezaron a existir según Fernández más o menos hace quince minutos? ¿Qué hay de tan especial “en el mundo que hoy vivimos” para que no puedan existir las tensiones entre los extremos ideológicos? Estas son preguntas que únicamente pueden tener respuesta si se les aplica la perspectiva histórica hasta comprender por qué un posmoderno líquido sin convicciones ni fe como Alberto Fernández ve peligro allí donde peligro antes no lo había. Como se sabe, el presidente simbólico de nuestro país es un individuo que no dice lo que piensa y, sobre todo, no cree en lo que dice. Alberto Fernández es un operador elevado por la voluntad de otros al lugar de dirigente, lo que finalmente resulta en un vocero de nadie cuyo discurso no describe realidad alguna.
Para empezar, lo que Alberto Fernández y el coro grietero llaman ahora “discursos de odio” no es otra cosa que una subida del tono en la expresión política que, a su vez, deriva de un estado de indefinición con fecha de vencimiento dada. El militar e historiador Carl von Clausewitz solía decir —ahora sí, con un discurso descriptivo de la realidad inmanente— que la guerra es la continuación de la política por otros medios, permitiéndole al comentarista concluir desde luego que lo opuesto es verdadero, o que la política es la continuación de la guerra también por otros medios, discursivos estos. Guerra y política son por lo tanto la misma cosa en distintos niveles de acción, porque en el fondo tienen el mismo objetivo: la conquista del poder en el Estado mediante el sometimiento, la rendición o la supresión del opositor.
La política es la guerra sin enfrentamientos armados y naturalmente por eso tiende siempre a convertirse en guerra no metafórica, que es donde reside el espíritu de la definición de von Clausewitz. Al ser la política una lucha por el poder, se librará en el plano del debate de ideas mientras la coyuntura sea propicia, esto es, siempre y cuando puedan postergarse las definiciones por no tener estas en ese momento carácter de urgencia. El límite se encontrará cuando empiece a existir en la realidad fáctica la necesidad de tomar decisiones en asuntos sobre los que los bandos en pugna ya no pueden consensuar, puesto que por su misma naturaleza se oponen en sus términos. En otras palabras, cuando llega el momento de definir lo realmente determinante, que es el control de las riquezas de un territorio, no puede haber debate ni diálogo entre las fuerzas que divergen en sobre quiénes van a tener ese control para ejercerlo de una u otra manera.

Esa manera de ejercer el control es un proyecto político y es lo que está en la propia esencia de las fuerzas divergentes. Si todos estuviéramos de acuerdo en el modo de distribuir la riqueza de una sociedad, la política sería superflua en ese momento y lugar y no sería necesario un gobierno, sino una vulgar administración, en el Estado. Pero no estamos todos de acuerdo en eso y por lo tanto la política existe, existen las divergencias y luego existe la lucha entre los que divergen. Esa lucha inicialmente es un debate de ideas en el que las divergencias se expresan “racionalmente” o mediante la exposición de argumentos, pero pronto escala hacia las diatribas entre sus participantes, quienes pasan a atacarse verbalmente los unos a los otros todos los días. Aquí empieza la escalada verbal que es el preludio de la guerra, o de la política por otros medios.
Por lo tanto, lo que livianamente llaman hoy “discurso de odio” es esa escalada llegando a sus niveles más altos. La guerra verbal es eso mismo, una guerra en la que los oponentes son enemigos y buscan herirse mutuamente con palabras. El problema es que las palabras se “devalúan” en el tiempo a través de un proceso de saciedad semántica, no tienen la misma fuerza después de haber sido utilizadas una cierta cantidad de veces. La primera acusación de “corruptos”, por ejemplo, lanzada hacia el campo enemigo agravia y hace daño en un comienzo, pero luego empieza a ser asimilada por su receptor hasta no significar nada en absoluto. Entonces se lanza la acusación de “asesinos”, luego la de “genocidas” y otras cada vez más injuriantes, hasta que ya no haya epítetos para agraviar y herir al enemigo. ¿Qué pasa cuando eso pasa?
Pues pasa que la política continúa por otros medios, convirtiéndose en la guerra no metafórica. Lo que Alberto Fernández describe a instancias de quienes le escriben los discursos es eso mismo, es el último peldaño de la escalada verbal como preludio de los tiros. Fernández llama “discursos de odio” una saciedad semántica total en la que revolearle por la cabeza epítetos hirientes al enemigo ya no alcanza para herirlo y derrotarlo. Acá debe haber una definición, aunque ninguno de los bandos da señales de que vaya a rendirse y tampoco parecería que el griterío de acusaciones mutuas resultará en un ganador. Hay que definir a la brevedad el destino de las riquezas del quinto o el sexto país más rico del mundo en un contexto de guerra mundial inminente, pero en el país hay una grieta y no puede darse un gobierno que tome esa decisión unívoca. La guerra en continuación de la política es la continuidad lógica.

No existen los “discursos de odio”, ese es un artilugio propagandístico cuya finalidad es despistar con sensiblería boba a los civiles para que estos no se acerquen a la comprensión de lo que realmente pasa. Lo que existe es el interés urgente de los bloques en pugna a nivel global, el bloque occidental y el bloque oriental, en el control de las monumentales reservas de gas, petróleo, litio y agua potable —además de la capacidad de producción de alimentos, que es ingente— que la Argentina tiene. La perspectiva histórica indica que en países coloniales como el nuestro el enfrentamiento entre potencias en la metrópoli demanda definiciones. Así fue en 1810, por ejemplo, cuando la invasión napoleónica sobre el territorio de España disparó en nuestra política de cabotaje el proceso de emancipación que la geopolítica de aquel momento exigía. ¿Se odiaban entre patriotas y realistas? ¿Por qué esperaron a que Napoleón capturara a Fernando VII para avanzar los unos sobre los otros? ¿Eran “discursos de odio” las expresiones de los revolucionarios contra la autoridad del virrey Cisneros? ¿Fue un “odiador” Manuel Belgrano al jurar que arrojaría por la ventana a dicho virrey si este no renunciaba o era depuesto?
No hay nada de eso, como se ve. Lo que hay es política y una necesidad enorme de cuidar bien las palabras, de no malgastarlas en trifulcas ideológicas que no conducen a ninguna parte. Hoy las potencias globales en la metrópoli luchan por un nuevo reparto del mundo y aquí deberá haber definiciones sobre asuntos que nuestra política no está preparada aún para tratar. Eso se debe en gran parte a nuestra condición colonial, a nuestra incapacidad de defender las riquezas del territorio para darles un fin conveniente a nuestros propios intereses y, en suma, al hecho de la inexistencia de un proyecto político nacionalista que resuelva de una vez esos déficits. Entre derecha e izquierda se injurian, se amenazan, hacen un griterío terrible, pero ambos son funcionales a los intereses del de afuera, como previera José Hernández en su Martín Fierro.
Nos peleamos entre nosotros mientras nuestros dirigentes cipayos hablan de “fascismo” y “odio”, cuando en realidad tendríamos que estar todos unidos para exigir de un gobierno la defensa de la soberanía frente a la voracidad tanto de los Estados Unidos como de China. Y la verdad es que los dirigentes están preparando la entrega de nuestras riquezas en manos de uno u otro bando, por lo que al unísono fomentan la lucha entre argentinos enseñándoles a gritarle “fascista” y “odiador” al otro, más o menos como hicieron los belgas al dividir en hutus y tutsis a los pueblos de Ruanda para robarles los diamantes. Los belgas instalaron la idea de que el hutu odiaba al tutsi y el tutsi odiaba al hutu, pero al fin y al cabo eran todos ruandeses. Lo que llaman “odio” suele ser la pelea entre hermanos para que los devoren los de afuera y entre Ruanda y Argentina hay mucho más en común de lo que sueña nuestra vana filosofía, empezando por una condición colonial a la que ningún dirigente político parecería hoy muy dispuesto a destruir. ¿Tendremos también el mismo destino de reventarnos a machetazos mientras los de afuera se llevan lo nuestro?