Los Kushner no constituyen un escándalo dentro de la república yanqui, sino uno de sus métodos de operación. Un patriarca condenado se convierte en embajador, un yerno que no sobreviviría a una verificación de seguridad ordinaria pasa a conducir la política exterior y un nombramiento en la Casa Blanca se transforma, con la naturalidad de quien se cambia de corbata, en miles de millones provenientes de gobiernos extranjeros. Todo ello, conviene subrayarlo, ocurre a plena luz del día, mediante formas legales, votaciones en el Senado, memorandos firmados y el lenguaje solemne de instituciones que todavía hablan como si merecieran reverencia.
Aristóteles tenía una palabra para los órdenes políticos capturados por hombres inferiores dotados de excelente acceso: la kakistocracia, o el gobierno de los peores. El estagirita comprendía que todo régimen lleva en sí las semillas de su propia corrupción y que la democracia, entregada al apetito y a la vanidad, tiende a elevar a hombres que tratan al Estado como propiedad de familia. Aristóteles habría reconocido la saga Kushner de inmediato, pues una república no necesita abolir sus procedimientos para pudrirse, bastándole una clase de hombres hábiles en utilizarlos para la extracción privada.
Grosso modo, la historia de los Kushner es la narrativa de cómo la riqueza coloniza el poder público sin tomarse siquiera el trabajo de la vieja estética conspirativa, prescindiendo de salones llenos de humo, de telegramas cifrados y de cualquier melodrama, dado que el engranaje opera a la vista de todos. El conflicto de intereses es rebautizado como experiencia, el acceso es promovido a pericia y la intimidad con fondos soberanos es elevada a la condición de diplomacia. El lenguaje es pulido, aunque el resultado es primitivo.

Para comprender cómo el Estado yanqui alcanzó semejante grado de reblandecimiento institucional es preciso retroceder hasta antes de Jared, antes de Charles, antes incluso de la Casa Blanca porque el método tiene linaje. En 1973, en el Le Club de Manhattan, un joven Donald Trump le preguntó a Roy Cohn qué hacer frente a las acusaciones del Departamento de Justicia de que su empresa discriminaba a inquilinos negros y Cohn, con la economía brutal de quien ya había arruinado vidas suficientes como para prescindir de preámbulos, le recomendó mandarlos a todos al infierno. Aquella frase contenía una educación política entera. Cohn había ayudado a procesar a los Rosenberg, había sido el brazo derecho de Joseph McCarthy en las purgas anticomunistas y había participado en la cacería de funcionarios federales homosexuales mientras vivía, él mismo, sobre la misma ocultación que exigía a los demás, negando la verdad sobre sí hasta el lecho de muerte. Después de todo eso naturalmente se convirtió en el mentor de Donald Trump. La historia, cuando quiere, es una dramaturga competente.
Trump aprendió de Cohn los hábitos que definirían su vida pública, a saber, jamás pedir disculpas, atacar primero, litigar como forma de intimidación, tratar la verdad como materia moldeable al servicio de la ventaja y recompensar la lealtad por encima de cualquier virtud cívica. En aquellos mismos años, Cohn representaba al mafioso Anthony Salerno y habría conectado al cliente con Trump en arreglos que involucraban el hormigón de la Trump Tower, de modo que hasta la estructura física de aquel ascenso parece haber sido vertida en una argamasa de corrupción, intimidación y acceso. Por consiguiente, el linaje es fácil de seguir pues McCarthy moldeó a Cohn, Cohn moldeó a Trump y Trump instaló a Kushner. Cambió el estilo, permaneció la sustancia. Años después, cuando Jeff Sessions se declaró impedido en las investigaciones de la campaña, Trump habría estallado preguntando dónde estaba su Roy Cohn, interrogación que cargaba más verdad de la que pretendía.

Es justo registrar que la fortuna de los Kushner comienza en una historia de sufrimiento real. Joseph Kushner, nacido Yossel Berkowitz en Polonia, sobrevivió al Holocausto escapando de un gueto nazi por un túnel cavado a mano, llegó a los Estados Unidos en 1949 y levantó departamentos en Nueva Jersey junto a su esposa Rae. Hasta ese punto la narrativa pertenece al canon estadounidense del trabajo, la disciplina y la reconstrucción después de la catástrofe. La segunda generación, sin embargo, pertenece a otro género literario.
Charles Kushner fundó la Kushner Companies en 1985, la expandió en un vasto imperio inmobiliario y cultivó la imagen habitual del donante cívico, financiando a políticos de ambos partidos con el pragmatismo neutro de quien compra acceso y no convicción. Hacia el año 2000, no obstante, su hermano Murray y su hermana Esther comenzaron a cooperar con una investigación del FBI sobre evasión fiscal y donaciones ilegales de campaña. Charles respondió contratando a una prostituta para seducir a su propio cuñado, grabando el encuentro en video y remitiendo la cinta a su hermana mientras ella preparaba la fiesta de compromiso de su hijo. Chris Christie, entonces fiscal federal de Nueva Jersey, describiría el episodio como uno de los crímenes más repugnantes que jamás procesó. En 2004, Charles se declaró culpable de dieciocho cargos, cumplió catorce meses en prisión federal y fue inhabilitado en tres estados. Una república seria habría tratado aquello como el fin de una vida pública, pero la república yanqui lo trató como una interrupción temporal de agenda.
En diciembre de 2020, en efecto, Donald Trump indultó a Charles Kushner y el comunicado de la Casa Blanca evitó cuidadosamente el hecho más relevante del caso, el de que el beneficiario de la clemencia era el padre del yerno y consejero sénior del presidente. Cuatro años después, Trump lo nombró embajador de los Estados Unidos en Francia y Mónaco mientras el Senado lo confirmaba por un margen lo bastante estrecho como para sugerir bochorno, aunque insuficiente para impedir la toma de posesión. La generosa París añadió su toque de farsa cuando el nuevo embajador acusó a Francia en carta abierta de tolerar el antisemitismo y las autoridades locales pasaron a negarse a recibirlo, dejando al representante estadounidense impedido de mantener contacto significativo con el propio gobierno ante el cual estaba acreditado. Cuando las instituciones dejan de defender sus propios estándares el protocolo se vuelve fantasía.

Si Charles encarnaba el clima moral de la familia, Jared se convirtió en el técnico de su fusión con el Estado. En 2007, la Kushner Companies compró el 666 de la Quinta Avenida por 1.800 millones de dólares, entonces el precio más alto jamás pagado por un edificio comercial en los Estados Unidos, entregando apenas 50 millones de entrada. Tras la crisis de 2008 el edificio se convirtió en una herida abierta de vacancia y pérdidas, exigiendo un rescate venido del exterior. Ese esfuerzo de rescate coincidió mediante una precisión casi indecorosa con los años de Jared dentro de la Casa Blanca. El grupo chino Anbang exploró un acuerdo multimillonario poco después de la victoria de 2016, muerto por el escrutinio público. Jared buscó personalmente el dinero del jeque catarí Hamad bin Jassim al-Thani y fue rechazado, al igual que Charles, quien pidió casi mil millones al ministro de Finanzas de Qatar y escuchó una nueva negativa. Poco después, Arabia Saudita lanzó su bloqueo contra Catar, medida que Jared apoyó con notable entusiasmo mientras el secretario de Estado Rex Tillerson trabajaba para desescalar la crisis. Finalmente, Brookfield rescató en 2018 el edificio con un arrendamiento de 99 años por valor de 1.280 millones y el escrutinio del Congreso encontraría detrás del fondo en cuestión miles de millones de gobiernos extranjeros, buena parte de ellos de Oriente Medio. La secuencia prescinde del melodrama, bastando con leerla en orden e incluso para los estándares tolerantes de Washington el olor es inconfundible.
Estos enredos financieros habrían sido tolerables en una administración sana, pero la saga de la habilitación de seguridad reveló algo peor. El formulario de Jared contenía más de cien errores y omisiones a lo largo de sucesivas enmiendas, al punto de que el director de la oficina de investigación de antecedentes confesó que jamás había visto nada parecido. Funcionarios de carrera rechazaron la habilitación tras una revisión del FBI que señalaba vulnerabilidad a la influencia extranjera, pero un designado político los sobrepasó y, cuando ni eso bastó, Trump ordenó personalmente al jefe de gabinete John Kelly que concediera el acceso, atropellando las objeciones del consejero jurídico Don McGahn y las preocupaciones señaladas por la CIA. Kelly y McGahn registraron el episodio en memorandos internos, un detalle que importa porque no se trataba de susurros de periodistas hostiles, sino de registros contemporáneos de hombres que comprendieron la anormalidad de lo ocurrido y quisieron preservarla en el papel. La inquietud de la inteligencia era lo bastante concreta como para que según los relatos Mohammed bin Salman se jactara ante otro príncipe de tener a Kushner en el bolsillo. En un Estado funcional semejante vanagloria habría desencadenado la exclusión permanente del poder sensible. Pero en el Washington de Trump se convirtió en ruido de fondo.

La trayectoria de la familia atraviesa además otra zona familiar de la vida de las élites, ese ecosistema social en el que el escándalo reordena y no rompe relaciones. En 2013 el New York Observer, entonces propiedad de Jared, envió a un Jeffrey Epstein ya condenado por crímenes sexuales que involucraban a menores una invitación a la celebración de las figuras más influyentes de Nueva York, evento en el que se esperaba a Donald e Ivanka Trump y cuya lista incluía a Harvey Weinstein. No queda del todo claro si Epstein asistió a la ceremonia, pero la invitación por sí sola basta. La superposición no terminó ahí, puesto que una exempleada de compliance del Deutsche Bank contó al FBI haber perdido su empleo tras señalar actividad sospechosa en cuentas ligadas a Epstein y en cuentas vinculadas a Jared, mientras documentos judiciales mostraban que el banco trataba a Epstein como una suerte de persona políticamente expuesta honoraria, designación que parece haber ablandado el escrutinio que debió haberlo aplastado.
Llegaron entonces los documentos liberados en 2026, entre ellos un memorando del FBI de 2020 que preservaba alegaciones de una fuente confidencial. Y aquí, amigo lector, la disciplina importa porque el documento no constituye una conclusión del Bureau, sino un registro de alegaciones según las que Trump habría sido comprometido por Israel, Epstein mantendría vínculos con la inteligencia israelí y Kushner sería el verdadero cerebro de la operación. El memorando aislado no prueba nada. Inserto en un cuerpo de hechos ya documentados de la exposición financiera al apalancamiento extranjero y a la protección recíproca entre élites, sin embargo, adquiere un peso que el periodismo de la negación perezosa prefiere no calcular pues la estructura circundante ya es real. Los griegos antiguos reconocerían el arreglo sin dificultad dado que la oligarquía rara vez llega en traje ceremonial, prefiriendo presentarse como familiaridad social entre personas convencidas de que las consecuencias existen para las otras clases.

Durante la pandemia el alcance administrativo de Jared se expandió hasta el absurdo. El vicepresidente Pence le pidió ayuda, Kushner llamó a dos compañeros de Wharton y, en pocos días, jóvenes de Wall Street redactaban políticas nacionales en el sótano del Ala Oeste, munidos de laptops personales y cuentas de Gmail, enviando correos a fábricas chinas en busca de equipos de protección. Funcionarios describieron el resultado como una fuerza de tarea oscura y uno de ellos comparó aquello con una fraternidad universitaria que hubiera descendido de un platillo volador e invadido el gobierno federal. Max Kennedy Jr., voluntario convertido en denunciante, fue más devastador al resumir la operación como un family office fusionado con el crimen organizado y con El señor de las moscas. El equipo llegó a armar un plan nacional de testeo y luego lo abandonó. Aunque la alegación de cálculo político partidario fue negada por la Casa Blanca y permanece sin comprobar, el plan en sí, este sí es un hecho, murió. Cuando Kushner finalmente apareció en rueda de prensa para sugerir que los gobernadores fueran más creativos pues la reserva estratégica federal pertenecía al gobierno federal y no a los estados en emergencia, el sitio oficial de la reserva fue ajustado al día siguiente para adecuarse mejor a su visión. Los improvisadores entraron al gobierno y el gobierno, solícito, reacomodó los muebles a su alrededor.
Al dejar el cargo, Jared prescindió hasta de la apariencia de separación entre servicio público y recompensa privada. El 21 de enero de 2021, un día después de que Trump dejara la presidencia, registró Affinity Partners en Delaware y seis meses más tarde el fondo soberano saudí comprometió 2.000 millones de dólares, contra la recomendación expresa del propio comité de evaluación, que citaba inexperiencia y riesgo reputacional y fue sobrepasado por Mohammed bin Salman en persona. Hasta septiembre de 2024 Affinity había embolsado 157 millones en comisiones de gestión sin entregar ganancia alguna a sus inversores. En 2025 se unió a Silver Lake y al fondo saudí en la adquisición de 55.000 millones de Electronic Arts, la mayor compra apalancada jamás registrada. El senador Ron Wyden describió la firma como probable pieza de una estructura de compensación entre figuras políticas estadounidenses y gobiernos extranjeros y en 2026 lanzó una nueva investigación sobre la captación de capital ante los mismos líderes extranjeros con quienes Jared había negociado hacía poco la política exterior de su país. La defensa de Kushner jamás cambió pues él llama “experiencia” a los conflictos de interés. La versión de Trump fue todavía más reveladora. Al quejarse de que había prohibido a su familia hacer negocios en el primer mandato, no había recibido crédito alguno y había descubierto que a nadie le importaba. Esa frase merece un museo propio porque contiene toda la ética tardoimperial según la que los estándares solo importan cuando se aplican y, en ausencia de aplicación, el apetito se vuelve política.

Y el engranaje sigue girando, ahora con vista al Adriático. La isla de Sazan, antiguo puesto militar italiano y luego base naval secreta del comunismo de Enver Hoxha, fue rebautizada por la prensa europea como Isla Kushner en razón del resort de 1.400 millones de euros que Affinity pretende levantar sobre sus búnkeres de la Guerra Fría, con hoteles, villas y marina para el turista que se lo merece. Miles de albaneses tomaron las calles de Tirana y de la laguna de Vjosa-Narta empuñando flamencos rosados inflables, símbolo improbable de una revuelta contra el lujo ajeno, con pancartas mandando a Ivanka de vuelta a casa y advirtiendo que Albania no está en venta. El primer ministro Edi Rama, anfitrión entusiasta de la inversión, denuncia una guerra híbrida detrás de las protestas, mientras Bruselas advierte a Tirana que actúe sin demora. La diplomacia del family office encontró por fin su balneario.
En el otro extremo del libro de cuentas reposa el imperio habitacional de los Kushner en Baltimore, donde los inquilinos enfrentaban moho, ratas, mantenimiento precario, cargos abusivos y órdenes de arresto civil por atraso en el alquiler, condiciones documentadas con precisión exhaustiva por ProPublica y por el New York Times y cerradas en un acuerdo de 3,25 millones con la fiscalía de Maryland. Ese contraste es el más revelador de toda la saga pues en una arena hay diplomacia en Oriente Medio, fondos soberanos y acceso al Ejecutivo, mientras que en la otra hay inquilinos abandonados en edificios deteriorados siendo castigados por el alquiler, todo esto con una misma familia planificando serenamente el proceso. Extracción en la cima y presión en la base, he ahí la fisonomía del éxito de las élites cuando la legitimidad moral fue removida y solo quedó la eficiencia operativa.

La historia de los Kushner ofrece así una demostración casi didáctica de la distinción aristotélica entre la riqueza empleada como medio y la riqueza perseguida como fin en sí misma pues cuando sirve a la prudencia y al orden cívico ella estabiliza una república, mientras que al ser convertida en apetito permanente transforma al Estado en un eslabón más de la cadena de adquisición. Los Médici comprendieron el mecanismo, los Fugger y los barones ladrones también, de modo que los Kushner apenas heredaron el método en una era más transparente en la que cada paso fue documentado, los comités investigaron, los periodistas publicaron, los funcionarios redactaron memorandos, los jueces sentenciaron, los senadores confirmaron y las formas de la república permanecieron rigurosamente intactas. Eso es lo que eleva el episodio por encima de la corrupción ordinaria, dado que la corrupción implica la desviación de un patrón, mientras que aquí se asiste a un patrón revelándose a sí mismo.
Una democracia puede, al fin y al cabo, preservar elecciones, audiencias y todo el vocabulario de la seriedad constitucional mientras es consumida por dentro, manteniendo la cáscara intacta sobre el fruto que se pudre. Lobaczewski llamaría al resultado kakistocracia, un régimen en el que las formas todavía funcionan, pero la sustancia pasó a manos de quienes tratan el poder público como activo de familia. Al final del proceso la dinastía en el centro del escándalo emergió más rica, más protegida y más profundamente incrustada en la clase dirigente que antes. Pero yo la llamaría simplemente república yanqui funcionando exactamente como su actual clase dirigente la entrenó para funcionar. Nelson Rodrigues, el dramaturgo brasileño que entendía de fracasos nacionales, enseñaba que el subdesarrollo es una obra de siglos y no se improvisa. La decadencia imperial, según todo indica, es más expedita. Bastaron tres generaciones, un indulto presidencial y un matrimonio bien celebrado.