Al conocerse en la misma noche del domingo 22 de octubre el resultado de las elecciones generales en las que al menos en teoría tres candidatos tenían la posibilidad de triunfar, Sergio Massa se habrá frotado las manos en el búnker del frentetodismo ahora llamado por el nombre de fantasía de Unión por la Patria, pero no como una expresión de alivio ni mucho menos. Massa no pudo haber estado eufórico por un resultado que era previsto y en buena medida proyectado a partir de la ingeniería electoral, que nunca falla. Massa se habrá frotado las manos con la sensación de la misión cumplida, esto es, a sabiendas de que había llegado a obtener ya la totalidad del objetivo propuesto al meterse en un ballotage junto al candidato autodenominado “libertario” Javier Milei sin que las mayorías se percaten de la maniobra a lo largo de los varios meses de campaña electoral.
El atento lector que conserva intacta su inocencia y su frescura, piensa en las elecciones como una expresión legítima de la voluntad popular y todavía cree que cualquier resultado es posible cuando el pueblo acude a las urnas dirá que eso no puede ser así, que hay por delante aún un ballotage en el que Massa entra como favorito, sin duda, aunque podría ser derrotado y que por eso la misión no está cumplida. Massa debe derrotar a Javier Milei y transitar los días febriles que habrá entre la segunda vuelta electoral y la asunción programada para el 10 de diciembre próximo, ponerse la banda y tomar el bastón presidencial. Solo entonces, dirá nuestro atento lector, la misión de Massa estaría cumplida. El partido termina cuando efectivamente termina y no conviene cantar victoria antes de tiempo.
Pero eso es del todo incorrecto desde el punto de vista del propio Massa en su estrategia a largo plazo, la que en las páginas de esta Revista Hegemonía hemos expuesto y analizado en abundancia durante los últimos tres años, por lo menos. Diseñada para resultar en una hegemonía política duradera y no para ganar simplemente unas elecciones coyunturales, la estrategia massista ha dado ya la totalidad de sus frutos porque con llegar al ballotage teniendo a Milei como rival Massa ya logró sus dos objetivos primarios: absorber a un kirchnerismo aturdido, estupefacto y obligado a plegarse por falta de opciones y destruir al cambiemismo. Al lograr estas dos metas, Massa impone el fin del ciclo iniciado entre la caída de Fernando de la Rúa a fines de 2001 y la asunción de Néstor Kirchner un año y medio más tarde.

Durante más de dos décadas la política argentina fue hegemonizada por el kirchnerismo de un modo cultural, es decir, las ideas dominantes de dicha política fueron las que primero Néstor Kirchner y luego Cristina Fernández representaron. Ese es el ciclo que hoy termina dando lugar a un tiempo de nuevas ideas y, por supuesto, de una nueva hegemonía bajo la conducción de Sergio Massa. Pero para que ese cambio fuera finalmente posible era necesario hundir a ambos campos que fueron antagónicos a lo largo del ciclo anterior: el kirchnerismo y el antikirchnerismo genéricos, las dos ideas de país alrededor de las que se debatió la política argentina en las últimas dos décadas largas. Eso fue lo que Massa logró al meterse en el ballotage junto a Javier Milei dejando fuera de la discusión a todos los demás, tanto el kirchnerismo como su par dicotómico que es el antikirchnerismo.
Por un lado, Massa hundió al kirchnerismo militante y simpatizante sin disolverlo ni dispersarlo, sino más bien absorbiéndolo. Pese a la opinión siempre equívoca de los incautos —quienes a principios de este mismo año veían imposible que los kirchneristas siquiera votaran a Massa—, Massa logró no solo hacerse acompañar electoralmente por todos los kirchneristas, sino que además logró la adhesión incondicional de esos kirchneristas a su proyecto político. Agobiado por una situación de emergencia permanente en la que siempre hubo un mal mayor enfrente, el kirchnerista fue entregándole su apoyo a Massa hasta verse totalmente absorbido por el massismo sin darse mucha cuenta de la metamorfosis a la que se lo sometía. Del “ese sapo no me voy a tragar” a un “Massa es la única opción para salvar la patria” sin escalas y en cuestión de pocos meses, he ahí el recorrido del kirchnerista en lo que va de este 2023.
Entonces Massa logró lo que en las mentes no estratégicas de los militantes de a pie, de los dirigentes subalternos y de los simpatizantes civiles parecía imposible, logró hacerse del capital político de una Cristina Fernández que fue borrándose lentamente hasta dejarle todo el camino despejado. Al no haber posibilidad de un doble comando en cualquier fuerza política, el kirchnerismo ya asumió la conducción de Massa para lo sucesivo aun soñando inocentemente con un retorno triunfal y redentor de Cristina Fernández y todavía sin declarar abiertamente su conversión al massismo. El kirchnerismo ya es massismo, ya sabe que el lugar de la conducción fue ocupado por Massa y no lo dice a viva voz tan solo por una cuestión de pudor. Pero lo sabe porque es un hecho de la realidad y de la lógica. No puede haber dos conductores en ninguna política.

Por otra parte, al relegar a Patricia Bullrich a un humillante tercer puesto en las elecciones generales, Massa logró hundir también al campo antagónico de la vieja grieta. Juntos por el Cambio ya no representa al antikirchnerismo genérico en la política argentina y podría decirse que ya no representa cosa alguna a esta altura del partido. La fuerza política que queda marginada de un ballotage no puede ser oficialismo ni oposición, solo será un rejunte de dirigentes y militantes sin más destino que la disolución y la migración individual a otros bandos, donde a esos individuos les espera naturalmente la subalternidad. Incluso los que en el viejo cambiemismo supieron sentarse en la mesa chica deberán ahora abrirse camino en construcciones donde ya hay otros jefes establecidos, deberán ir al pie y hacerse desde abajo como si no tuvieran la trayectoria que tienen.
Con un solo movimiento muy bien preparado y luego ejecutado con mucha precisión, Massa terminó con la contradicción principal de nuestra política de cabotaje que fue hasta este año kirchnerismo o antikirchnerismo, significando esas expresiones, al menos en la teoría y a grandísimos rasgos, dos proyectos de país diametralmente opuestos entre sí. Absorbiendo a uno de los campos mediante la extorsión y disolviendo al otro (para absorber después también a una parte de sus cuadros) con la introducción de un “tercero en discordia” que no lo es en realidad, Massa cerró la grieta de las últimas dos décadas para iniciar un nuevo ciclo político en la Argentina, condición ineludible para cualquier pretensión hegemónica. Solo instalando una nueva contradicción y con nuevos nombres propios Massa podrá reinar y ese mismo es el objetivo que acaba de lograr.
Eso significa que mientras la discusión siguiera siendo entre Mauricio Macri y Cristina Fernández no iba a haber espacio para Sergio Massa ni para nadie en absoluto, la política siempre es realmente una cuestión bipolar en la que uno de los polos es hegemónico dominante y el otro funciona en dicha hegemonía como la antítesis subalterna necesaria. Es la lógica dialéctica hegeliana que funcionó por ejemplo en la Guerra Fría, durante la que el liberalismo occidental fue hegemónico dominante y necesitó el antagonismo del socialismo oriental subalterno para funcionar, todo eso sin permitir jamás la emergencia de terceras posiciones disidentes. No fue sino después del hundimiento del campo socialista en el Este que empezó a debilitarse el campo liberal en el Oeste, debilitamiento cuyas consecuencias hoy, a tres décadas de la disolución de la Unión Soviética, están al fin todas a la vista.

Lo mismo pasa en miniatura, si se quiere, en la política de cabotaje de los países, el nuestro incluido. Para iniciar una nueva era con contradicciones nuevas Massa debió destruir la hegemonía en la que él mismo se formó, la hegemonía kirchnerista. Ir a la guerra abierta contra ambas posiciones antagónicas nunca fue una alternativa viable, todos los candidatos que se presentaron a elecciones en las últimas dos décadas por la “ancha avenida del medio” fueron miserablemente derrotados. Todos, empezando por el propio Massa, por supuesto, el propio creador de esa avenida del medio en su momento. Massa sabe que eso no funciona, que la destrucción de una hegemonía requiere de una estrategia a largo plazo que implica el entrismo en ambos campos y la fabricación de adminículos tácticos de presión y desgaste.
Javier Milei es uno de esos elementos tácticos, sin lugar a duda el más visible, en la estrategia massista. Con Milei representando a los gritos a la minoría numerosa de indignados que acompañaban al cambiemismo por ver allí la única representación posible de la oposición al kirchnerismo, lo que Massa logró fue vaciar a Juntos por el Cambio robándole las banderas ideológicas y una vez que eso estuvo establecido fue solo una cuestión de tiempo hasta que los cambiemitas fueran desplazados por la novedad. Aquí está quizá la parte más sencilla de la maniobra, que es una sustitución vulgar, pura y simple, una cosa que no requiere de mayores explicaciones. Javier Milei se hizo representante de la opinión enojada de los cambiemitas enardecidos y ya hartos de la “tibieza” de un macrismo que cuando pudo romper todo optó por el gradualismo.
Pero Milei fue en la práctica mucho más que un sucedáneo extremista de la idea ultraliberal subyacente en el cambiemismo, fue también una suerte de villano ideal necesario para la construcción de cualquier hegemonía. Con la amenaza de un Milei presidente, además de desarticular a Juntos por el Cambio Massa pudo extorsionar a los kirchneristas dándoles ninguna otra opción que la de acompañarlo. Entre el horror de un nuevo macrismo con algún impresentable como Horacio Rodríguez Larreta o Patricia Bullrich y el terror aún más terrorífico de algo peor que eso, de un Milei directamente, el mal absoluto en la cosmovisión del kirchnerismo, Massa solo debió impostar algo de “nacionalismo progresista” y hacerse el bueno para aparecer frente a los kirchneristas como la única opción lógica. Presentándose como el menos malo en cada una de las instancias, Massa fue para millones de electores la única opción electoral viable.

Y lo seguirá siendo, lo que ya en sí configura un escenario donde no hay en la práctica ninguna opción en absoluto. Bien mirada la cosa, Massa es el propio “invotable”, es un dirigente que en cualquier elección sería derrotado por cualquier candidato kirchnerista o cambiemita y mucho más aun siendo ministro de Economía de un país con el 150% de inflación anual y todo tipo de penurias. No había ninguna posibilidad de que Massa resultara electo presidente, salvo que todos los demás pretendientes al trono fueran más impresentables que él y eso mismo fue lo que sucedió desde la interna frente a un Juan Grabois inviable (Massa no abrió la interna para ningún otro candidato, solo para Grabois), luego con los retos de Patricia Bullrich y Javier Milei. En cada etapa del proceso electoral hubo un candidato peor que Massa, nunca uno mejor o más viable. Y ese es un proceso controlado.
Esa es la síntesis de una ingeniería electoral en la que un mismo poder digita a todos los candidatos asegurándose de que solo uno de ellos es potable para el electorado, garantizando así el resultado final. Aunque por lo general la opinión pública no lo comprenda o no quiera creerlo, la verdad es que todo el proceso electoral en Argentina fue digitado este año por el poder en atención a la necesidad de evitar sorpresas en un contexto de guerra en el mundo y enorme interés por parte de las potencias en los recursos y las riquezas del octavo territorio más extenso y el sexto más rico del planeta. Massa es el representante de ese interés y todos los que aparecen como sus enemigos son, en realidad, sus accesorios. La comprensión de la ingeniería electoral es la clave para entender asimismo nuestra actual coyuntura.
La construcción de un personaje
Es un hecho de la realidad bien conocido en los círculos políticos e incluso entre los civiles más informados el de que las listas de candidatos de Javier Milei en todas partes están compuestas por dirigentes en relación de dependencia con el massismo. ¿Qué puede significar eso en la práctica? Pues podría significar que una buena cantidad de dirigentes del massismo cometieron el error de abandonar a Massa en vísperas de su ascensión para dar el salto al vacío plegándose a la endeble construcción de un “outsider” que no tiene el respaldo de una estructura partidaria ni nada que se le parezca. Uno puede creer que semejante alineamiento de planetas es espontáneo, puede creer que decenas y decenas de dirigentes curtidos en la lid de la política van a cometer el mismo error grosero al mismo tiempo. Pero es preciso ser muy inocente para creer en esa improbabilidad.

Lo más probable es que Massa haya designado a algunos de los suyos para ocupar el nuevo espacio que se abre con el advenimiento de Milei, lo que en las mentes inquietas de los atentos lectores va a disparar el siguiente cuestionamiento, que es mucho más profundo: ¿Por qué habría Milei de permitir el entrismo de tantos soldados pertenecientes al partido político de quien iba a ser su principal rival en las elecciones? Si Milei es un dirigente legítimo que logró colarse genuinamente en la discusión grande de nuestra política de cabotaje haciéndose un lugar entre los de siempre (cosa que no suele pasar, por cierto) y a sabiendas de que Massa pertenece a un sector de ese mismo establishment, ¿por qué aceptó incorporar a muchos de los colaboradores massistas dándoles lugares importantes en su construcción?
La única respuesta a ese cuestionamiento es precisamente la que todos se imaginan hace rato, a saberla, Milei no es un dirigente legítimo, sino un personaje creado por Massa o más bien por el poder al que Massa responde para jugar un rol muy específico en la lucha política de la actualidad. En una palabra, Milei existe para habilitar a Massa tanto haciendo la división y la descomposición de Juntos por el Cambio como extorsionando a todo el kirchnerismo a plegarse al massismo por descarte. Funcionando como un elemento táctico en la estrategia de Massa, Milei les restó a los cambiemitas los votos que necesitaban para llegar y al mismo tiempo obligó a los kirchneristas a tragar alegremente el sapo en la forma de un “mal menor”.
Eso es algo que nadie, ni Massa ni el propio Milei, va a confesar jamás pues es un secreto que pertenece al nivel más alto del comando estratégico de la política y no sirve para ventilarse ante la opinión pública, precisamente porque podría arruinar todo el plan de ser difundido con valor de verdad. Pero también es algo que puede deducirse fácilmente con la ayuda de la lógica partiendo como premisa inicial del hecho conocido, el de que esa construcción nueva llamada La Libertad Avanza está plagada de empleados de Sergio Massa. A partir de allí es solo corroborar la hipótesis mediante la observación del comportamiento de los involucrados o, mejor aún, de los resultados concretos de la cosa. Allí estará la verdad.

En términos de antecedentes, bastará con observar que el individuo Javier Milei no pasaba de un anónimo en 2016 cuando empezó a participar como panelista en un programa de televisión del canal América TV, el que a su vez es de propiedad de los empresarios Daniel Vila y José Luis Manzano, amigos de Massa. En un artículo recientemente publicado en la web de A24, otro de los medios del Grupo América bajo el control de Vila y Manzano, se lee esta descripción: “Era el 26 de julio de 2016 y Alejandro Fantino abría a las 23:30 de una fría noche de invierno una nueva emisión de Animales Sueltos. Sin embargo, aquel no sería un programa más: sentado a la mesa de reconocidos periodistas que acompañaban al conductor, aparecía un ignoto economista que rápidamente llamó la atención por su histrionismo, los ojos celestes que resaltaban aún más con su encendido discurso y un peinado que lo hacía parecer un rockstar. Se trataba de Javier Milei, el economista libertario que siete años después pelea por ser el nuevo presidente de la Argentina y que por entonces, como recordó Fantino en estas últimas horas, hacía su debut en la televisión”.
Un ignoto economista, como se ve, un anónimo con monotributo y cuchitril sin nada que perder. Según el autor de este artículo no firmado, Alejandro Fantino habría revelado lo siguiente: “Me lo presentó Guillermo Nielsen, que me dijo ‘invitalo, boludo, no sabés lo que la rompe este pibe. Invitalo a Animales Sueltos’. Entonces, llego una noche a Animales y le digo al productor que lo invite cuando pueda, cuando haya una silla vacía”. Todo como por arte de magia, con el puente hecho por un Guillermo Nielsen que —oh, casualidad— también es un massista de larga data. “Cuando haya una silla vacía”, como quien no quiere la cosa. Y así se sentó Javier Milei en el panel de un programa de televisión especializado en la venta de humo y en la fabricación de polémicas para hacerse conocido en la política. ¿Cómo no pensar, frente a esta evidencia ululante, que Massa mandó a Nielsen a sentar a Milei en la mesa de Animales Sueltos?

En efecto Milei creó en la mesa de Animales Sueltos el personaje que habría de seguir representando en los siguientes años hasta ser electo diputado nacional en 2021 básicamente por haberse hecho, gracias a todo lo que solía vociferar en el programa de Fantino, famoso en las redes sociales. Es una cosa cristalina como el agua, un hecho insoslayable de la realidad el que Massa le encargó a Milei la creación de un personaje disruptivo que luego iba a funcionar en su estrategia de largo aliento. Fue en 2016, el mismo año en el que Massa “acompañó” a Macri (en realidad lo apadrinó, puesto que Massa y no Macri era entonces el favorito del poder fáctico, como se lee en las filtraciones de WikiLeaks) al Foro Económico Mundial de Davos.
Según puede leerse en un artículo de Página/12 titulado Massa ya tiene quien lo promueva y firmado por Nicolás Lantos, Macri dijo en Davos lo siguiente: “Acá me acompaña uno de los líderes más importantes de la oposición argentina, Sergio Massa, del partido peronista, con serias posibilidades de terminar siendo quien conduzca el partido peronista en los próximos meses”. Más adelante en la misma nota se lee que “Ayer (…) en una breve entrevista radial (Massa) dijo que Macri será presidente durante sólo cuatro años porque el peronismo va a construir una alternativa”. Todo eso en enero de 2016, pocos días después de la asunción de un flamante Macri como presidente. En este punto es imposible no deducir que ya estaba entonces en marcha la larga y paciente estrategia de Sergio Massa, de la que hoy vemos los resultados.

Está todo a la vista de quien quiera verlo, la política solo es misteriosa ante los ojos del que no está informado. Massa colocó a Milei como panelista en Animales Sueltos en 2016 para hacerlo famoso y a partir de allí todo fue una mera cuestión de que Milei explotara en automático su vena histriónica en la progresiva construcción e instalación del personaje de un loco que dice disparates, lo que en sí no es tarea muy complicada para cualquier actor mediocre. Massa ya sabía entonces y probablemente desde mucho antes que la única forma de romper la hegemonía kirchnerista abriéndose camino en la política era hundiendo a ambos campos de la grieta, no servía destruir a uno solo de ellos pues de hacerlo le daría el triunfo al otro por descarte y no haría más que perpetuar el movimiento pendular hegemónico.
Había que hundir al kirchnerismo y al antikirchnerismo al mismo tiempo y para destruir a este último Massa creó a Milei con su ultraliberalismo a los gritos, o el paroxismo del discurso de Juntos por el Cambio. En una palabra, Milei existe para “correr por derecha” a los cambiemitas y robarles los votos de aquellos antikirchneristas que históricamente acompañaron a los candidatos del mal llamado macrismo por no tener ninguna alternativa más decididamente liberal en lo económico y conservadora en lo social. Milei hizo eso, representó esa opción extrema y dicha opinión demostró ser mayoritaria en ese campo, razón por la que Milei eliminó a Patricia Bullrich relegándola a un amargo tercer lugar en las elecciones, privándola del acceso al ballotage. Y al hacerlo destruyó a un cambiemismo que no ha sido diseñado para quedar fuera de la discusión, que no puede no ser oficialista ni opositor en un momento porque si lo es se disuelve.

Respecto del kirchnerismo, la estrategia de Massa fue mucho más sutil, fue una especie de entrismo paciente que todos los militantes y simpatizantes del kirchnerismo veían venir hace años, pero ninguno quiso creer que iba a ser posible hasta que fue ya demasiado tarde para evitarlo. La forma en la que Massa logró la proeza de hacerse ungir como heredero y sucesor por una Cristina Fernández que en la práctica representó siempre lo radicalmente opuesto a lo que el propio Massa sostuvo y sostiene se explica mediante la hipótesis del pacto hegemónico que en las páginas de esta Revista Hegemonía se expuso también con lujo de detalles entre los años 2020 y 2021 y que, en pocas palabras, puede sintetizarse como la mayor operación de implosión de una fuerza política desde la glasnost y la perestroika de Gorbachov en la Unión Soviética hacia mediados y fines de los años 1980.
El fin de una era
Massa implosionó el kirchnerismo, lo volteó desde dentro que es la única forma posible de voltear una construcción política. Y el instrumento de esa demolición interna fue el Frente de Todos. Bien mirada la cosa, lo que hizo Massa en 2019 fue simplemente pactar la constitución del Frente de Todos con una Cristina Fernández jaqueada, arrinconada, atosigada por las causas judiciales y sin opciones y luego asegurarse de que el gobierno resultante de esa construcción quedara permanentemente paralizado hasta hundirse en una catástrofe multidimensional. En otras palabras, para evitar que desde la vicepresidencia Cristina Fernández pudiera construir su retorno triunfal en las elecciones de este año, Massa erosionó su base electoral dejándola “pegada” con un fracaso. Después de casi cuatro años de gobierno del Frente de Todos, Cristina Fernández tiene un techo durísimo de rechazo de casi el 80%, haciéndose acompañar solo por un siempre insuficiente núcleo duro.
Entonces Cristina Fernández estaba inhabilitada en la práctica a presentarse como candidata a presidente este año por la sencilla razón de que sus votos no serían suficientes ni siquiera para llegar a un ballotage, menos que menos para ganar las elecciones. Con el Frente de Todos entregado a la “gestión” de un Alberto Fernández previamente instruido para “hacer la plancha”, Massa jubiló a Cristina Fernández dejándola además —he aquí lo esencial de este chanchullo— expuesta a un jaque mate judicial que probablemente habría resultado en la detención de su hija menor, Florencia. De presentarse como candidata a hacerse humillar en las urnas, Cristina Fernández dispararía contra sí misma esa vendetta judicial. Y de no presentarse sin transferir sus votos a un candidato con posibilidad de ganar las elecciones, también. Ninguna de esas dos opciones era una opción para Cristina Fernández, había que ungir a un candidato y transferirle los votos para que gane.

Ese candidato es Massa, es el que tiene la posibilidad de hacerse votar por kirchneristas y antikirchneristas por igual sin que nadie ponga reparos a la cosa y también el único capaz de representar cabalmente los intereses del poder fáctico mientras hace un discurso hipócrita más o menos agradable para los oídos del kirchnerismo. Es un hecho espantoso y asombroso a la vez, pero es un hecho al fin: Cristina Fernández no puede ideológicamente querer que Sergio Massa resulte electo presidente de la Nación, aunque necesita prácticamente ese triunfo y por eso le transfiere la totalidad de sus votos, llama a los suyos a acompañarlo y así lo unge como su heredero y sucesor. He ahí el pacto hegemónico, una cosa muy puerca que consiste en arrinconar a la dueña de los votos de la primera minoría con una amenaza concreta contra su familia, tomar su lugar y encima obligándola a declarar públicamente su apoyo al usurpador.
El atento lector que esté viendo “conspiranoia” en la descripción de esto que es una verdadera conspiración cargará con el peso de explicar con otra hipótesis este aborto de la naturaleza que representa la sucesión de Cristina Fernández por Sergio Massa en la política argentina, pero estando prevenido de que le será muy difícil hacerlo. Es prácticamente imposible hoy entender lo que pasa en nuestra política sin caer, de una manera o de otra, en la teoría de un pacto hegemónico en el que sobre el final de su carrera la dos veces presidente, una vez vicepresidente y varias veces legisladora Cristina Fernández debió pactar con el principal agente del enemigo para evitar una masacre en su contra y en contra de su familia. Al kirchnerista promedio no le gusta, le parece deshonroso entregar las convicciones a cambio de un salvoconducto personal. Pero nadie podrá recriminar a una madre viuda cuando el salvoconducto viene a salvarle la vida a su hija.

Massa tiene el poder para suspender la persecución judicial que atormenta a Cristina Fernández hace ya muchos años y no porque el propio Massa como individuo tenga en el bolsillo a los jueces y a los fiscales del poder judicial que lleva a cabo esa persecución, nada de eso. Massa es un agente del poder fáctico que controla a esos jueces y fiscales, es empleado del poderoso al igual que todos ellos y desde ese lugar negocia los términos de la rendición, la jubilación y la sucesión de Cristina Fernández con el respaldo de quienes realmente tienen el poder. Massa no es un patrón, es un gerente. Es el más encumbrado de los gerentes de una empresa cuyo negocio es el saqueo total de un país, saqueo que Cristina Fernández intentó impedir mientras pudo.
La conclusión es que la misión de Massa está cumplida porque ha logrado jubilar a Cristina Fernández, hundir al kirchnerismo incorporando a sus cuadros dirigentes, militantes, simpatizantes y votantes y, además, hundir al campo antagonista, ese antikirchnerismo que vulgarmente solemos llamar macrismo. Massa ha accedido al ballotage para “enfrentar” allí al empleado suyo que él mismo, Massa, creó como un personaje para que ocupe el lugar del anti sin serlo en absoluto. El poder fáctico hizo como esas escuderías de Fórmula 1 exitosas, las que ubican a sus dos pilotos en los escalones más altos del pódium haciendo el famoso “uno-dos” donde el campeón y el escolta llevan los colores de un mismo equipo. El resultado del ballotage del 19 de noviembre próximo no es una contradicción real en tanto y en cuanto oficialismo y oposición responderán desde el 10 de diciembre, abierta y decididamente, a un mismo poder.

¿De qué se trata entonces el ballotage del próximo 19 de noviembre, en el que el elector teóricamente va a optar entre Sergio Massa y el engendro que el propio Massa creó para instalar una hegemonía? Pues se trata de ver si Massa está dispuesto a asumir el costo político de la catástrofe económica que él mismo generó junto a su socio Mauricio Macri desde fines de 2015 o si, por el contrario, preferirá que otro asuma ese costo en un gobierno breve y explosivo que resulte en la aclamación de Massa en el cortísimo plazo. Es la hipótesis de la demolición que la Argentina ya ha visto concretarse allá por el año 2002 y que fue la obra de Eduardo Duhalde y su ministro de Economía Jorge Remes Lenicov con el fin de terminar un ciclo económico y de dejar pavimentado el camino a un sucesor para iniciar un tiempo nuevo.
De un modo esquemático, que es el que corresponde a esta descripción del todo superficial, Massa está hoy en ambos lados del mostrador en lo que a lo electoral se refiere y tiene, por lo tanto, dos opciones: la primera es ganar las elecciones directamente en primera persona e introducir desde el 10 de diciembre las reformas exigidas por su mandante (que no es el electorado, desde luego) y la segunda es hacer ganar a Javier Milei para que este imponga un shock económico cuyas consecuencias sociales serían incendiarias, pero daría asimismo como resultado un “default” de la economía en el sentido estricto de la expresión inglesa. En una palabra, el resultado del ballotage no depende de la voluntad popular expresada en las urnas, sino de cómo Massa piensa iniciar el próximo ciclo económico y por lo tanto político en la Argentina.
Es evidente que nadie por fuera del muy reducido círculo de la mesa chica donde las decisiones se toman saben cuál es el veredicto, probablemente ni el propio Milei haya sido informado de ello. Si Massa opta por la segunda opción, Milei se encontrará con un triunfo electoral y con la responsabilidad de asumir la presidencia de un país al que, según sus propias palabras, quiere “reparar” con una motosierra. Y allí estará en un verdadero callejón sin salida, pues si cumpliera lo prometido que es el shock económico desencadenaría una crisis social cuyo único precedente está en diciembre de 2001 y si, por el contrario, intentara hacer un “gradualismo” por miedo a las consecuencias de la motosierra perdería automáticamente el favor de sus electores, quienes están deseosos de dicho shock aun sin comprender muy bien de qué se trata.

En cualquiera de los dos escenarios el pronóstico es el de un gobierno de muy corto aliento cuyo destino es el helicóptero y el consiguiente llamado a nuevas elecciones, en las que Massa aparecería no solo como jefe natural de la oposición al haber sido el candidato “derrotado” en el ballotage, sino además como un líder moral de la Nación al haber sido el que intentó disuadir al pueblo de votar al “loco” y no fue escuchado. Es el sueño de Daniel Scioli hecho realidad, el de surgir entre los escombros gritando que tenía la razón y que puede reparar el daño ocasionado por el salto electoral al vacío. En un escenario así, de un estallido y posterior renuncia de Javier Milei, lo más probable es una aclamación de Massa como profeta nacional y salvador de la patria entre sus ruinas.
Claro que no hay nada de eso, sino más bien todo lo contrario. Después del shock económico lo que habrá es un país vuelto a “default”, con toda la enorme deuda en pesos devaluada y licuada, con todos los indicadores por el piso y, por lo tanto, listo para rebotar. Si Massa opta por hacer de Milei un chivo expiatorio de toda una década de descalabro en la economía, lo que Massa logra es heredar totalmente resuelto el problema que él mismo creó y también el camino despejado para hacer un gobierno de reconstrucción al que nadie podrá cuestionar por muchos y muchos años, exactamente como fue el kirchnerismo después de Duhalde y la megadevaluación de Remes Lenicov. Esa sería una hegemonía muy sólida y además previsible en sus formas, puesto que ya se hizo anteriormente en nuestra historia reciente.

Pero eso supone también la apertura de una caja de Pandora de la que nadie sabe realmente qué puede salir. No es tan sencillo hacer un estallido para resetear la economía de un país porque allí lo que hay son millones de seres humanos en un orden social precario que podría perderse y no volver a recuperarse por un tiempo indeterminado. El problema de hacer un chivo expiatorio de Milei es para Massa el peligro de no ser capaz de controlar luego la situación, de ser arrastrado en el torbellino junto a todos los demás de la política. El plan de resetear la economía argentina con un estallido incluye una variable que puede descontrolarse y eso para la política no suele ser la mejor opción. A los dirigentes les gusta siempre mucho más aquello que pueden controlar y tratan de evitar las situaciones de caos que puedan conducir a un escenario anárquico.
En 2002 Remes Lenicov hizo la megadevaluación, se tomó un avión y no dio la cara en el país por las próximas dos décadas, pero quedó Duhalde para poner orden a los tiros y conducir el proceso posterior al shock. ¿Quién quedaría después del shock de Milei para imponer el orden haciendo una transición segura hacia un nuevo gobierno? ¿Victoria Villarruel? ¿O quizá un gobierno provisional surgido de la Asamblea Legislativa? De ser esto último, ¿en manos de quién quedaría la conducción de dicho gobierno provisorio? No existe hoy en la política argentina una autoridad como la que Duhalde tuvo tras la caída de Fernando de la Rúa, ningún dirigente de los que van a participar de la Asamblea Legislativa lo tiene. ¿Quién pondría orden en el caos resultante del estallido para garantizar las elecciones que Massa necesitaría para imponerse como salvador de la patria?
Para atar bien la vaca
La alternativa de la fabricación de un chivo expiatorio en Javier Milei es real y palpable, puede estar en los presupuestos del poder que quiere establecer una nueva hegemonía de larga duración en Argentina y la verdad se sabrá el próximo 19 de noviembre. Pero es asimismo una operación muy riesgosa cuyos resultados no pueden controlarse del todo y por eso la menos factible de las dos. Lo más probable es un triunfo electoral directo de Massa en el ballotage, su asunción el 10 de diciembre y a partir de ahí el desafío de hacer del actual estado de anomia una estabilidad que le permita al gobierno de Massa introducir las reformas que el poder fáctico global está exigiendo en la Argentina. Sin estabilidad económica para los de abajo peligrarán siempre el propio gobierno y esas reformas que viene a hacer.

¿Cómo hacerlo, cómo resolver el descalabro macroeconómico resultante de por lo menos diez años de endeudamiento, emisión monetaria sin control y destrucción del aparato productivo cuya consecuencia, entre otras, fue una inflación que amenaza con ser hiperinflación? Está claro que todo eso podría resolverse con un shock en la forma de megadevaluación, que es el implícito en la alternativa de darle el triunfo a Javier Milei. ¿Podrá hacer lo propio Massa sin que caiga su gobierno? ¿Será políticamente posible hacer una masacre contra los ingresos de las mayorías de un solo plumazo, de la noche a la mañana, desconocer la moneda nacional y volver a “default” a un país sin perder el control del proceso? Son muchas preguntas que hoy no tienen respuesta y que empezarán a develarse a la brevedad.
Claro que todo es posible en una Argentina donde el pueblo-nación parece haberse acostumbrado a vivir con una inflación de tres cifras y penurias de toda suerte como si se tratara de la normalidad. Massa puede ser Duhalde, Remes Lenicov y Néstor Kirchner todo en uno y, de hecho, al parecer, eso es lo que él quiere. Lo cierto es que si ese fuera el plan el shock tendría que venir de entrada, en las primeras horas del nuevo gobierno y todo de un solo saque. “Porque las ofensas deben inferirse de una sola vez para que, durando menos, hieran menos”, prescribía Maquiavelo al Príncipe. Massa sabe que esto es así y si su plan de estabilización se basara en un shock de devaluación y ajuste de tarifas y precios, eso tendría que darse ya en el primer día del nuevo gobierno. Y sería un verdadero “Rodrigazo” al que los historiadores del futuro llamarán ocurrentemente “Massazo”.
Después de dicho “Massazo” lo esperable es un corto periodo de profunda depresión económica, una cuestión de días y semanas hasta que empiece la reactivación natural que sobreviene a estos procesos. El asunto es sostener la estabilidad política en ese periodo, evitar que caiga el gobierno en medio a la locura de quienes serán desposeídos brutalmente por el shock. Duhalde logró hacerlo a los tiros, como veíamos, reprimiendo la protesta social y enviándole a la sociedad un mensaje muy claro: el Estado iba a imponer el orden por las buenas o por las malas más allá de la insatisfacción general por la megadevaluación que Jorge Remes Lenicov sacó de la galera como salida de la convertibilidad menemista. Los ahorristas perdieron entonces tres cuartos de sus ahorros y Duhalde no cayó: siguió, realizó nuevas elecciones e impuso en las urnas al sucesor que él había designado.

Massa necesita un poco más que eso, necesita desposeer a las mayorías sin caer, sostenerse y además no para llamar a nuevas elecciones en las que triunfe un tercero, sino continuar con su gobierno para favorecerse en el corto plazo de una cosecha que se anuncia récord al finalizar el fenómeno climático que provocó una sequía de tres años, del gasoducto que ya está terminado y probablemente de sendas ayudas externas que el poder fáctico global pondrá como inversión para sostener al títere que le posibilitará al imperialismo la exitosa apropiación de los ingentes recursos del territorio argentino, el octavo más extenso y el sexto más rico del mundo, como veíamos anteriormente. Massa debe hacer el “Massazo” y sostenerse hasta llegar al momento de la recuperación económica que se proyecta quizá para mediados del 2024.
O entonces no hay ningún shock y el massismo tiene bajo la manga esa carta desconocida para resolver “por las buenas” la situación económica de la Argentina, que es terminal. Es difícil ver de antemano cómo podría ser posible tal cosa y más aún en un escenario donde todo indica que no hay margen para el llamado gradualismo, los caminos del análisis conducen a la conclusión de que las medidas de shock económico son inevitables a esta altura de los acontecimientos. ¿Cómo resolver la “bola” de títulos del tesoro, que se multiplica exponencialmente todos los años tanto por la colocación constante de nuevos títulos como por los intereses descomunales que pagan esos papeles, sin desconocer de un golpe su valor nominal mediante una megadevaluación súbita? Ningún economista habla del tema y eso ya indica que ahí debe estar la papa, porque los economistas son como ese tero que nunca pone el huevo allí donde canta.
Sea como fuere, lo cierto es que Massa tiene hoy dos opciones para resolver el problema económico posterior a las elecciones y a la asunción del nuevo presidente el 10 de diciembre próximo, puede hacerse cargo de la situación que él mismo generó o puede mandar al frente (y al muere) al títere creado inicialmente con finalidades electorales para que allane el camino abriendo la caja de Pandora. Esa sería la parte de atar la vaca, pero solo después de haber conseguido una vaca que era la propia misión imposible: sin votos, sin carisma y sin deseabilidad electoral, Massa logró instalarse a sí mismo en el lugar de conductor de una fuerza política en la que se lo reputa como un traidor y agente de los intereses foráneos. Esa misión era a priori imposible y Massa la cumplió, está en un ballotage con el kirchnerismo y el mal llamado macrismo enterrados e históricamente superados. Le llegó el turno.

Sergio Massa es la materialización del Príncipe maquiavélico, un poco por su capacidad estratégica y otro tanto por su constancia en la representación de los intereses fundamentales de los poderosos, es un dirigente al que el sentido común califica como “veleta” y “traidor”, aunque erróneamente. Massa nunca cambió de bando ni traicionó a los que lo sostienen. Lo único que hizo fue jugar a la intriga en el reverso de la trama —esta categoría tan propia de Mariana Moyano, recientemente fallecida— induciendo alternativamente al error a los demás dirigentes hasta engrupirlos a todos imponiendo su voluntad contra la del pueblo-nación. Massa tejió su propia trama, una muy paciente trama, probablemente en los últimos 15 años y logró el objetivo inicialmente establecido: hacerse con la llave del poder político en el Estado para implementar desde allí un proyecto político.
Ese es el proyecto de las corporaciones y las élites globales, el proyecto de la recolonización definitiva de la Argentina en el marco de la reconfiguración geopolítica a nivel global para lo que queda de este siglo XXI. Durante dos décadas hubo en la Argentina una indefinición en la que el kirchnerismo no permitió esa recolonización, la cuestionó y en buena medida impuso sus políticas si se quiere contracíclicas para demorarla, pero ha llegado la hora de tomar una decisión. La Argentina quedó sin resistencia en la política al cumplir Massa su misión imposible y ahora el “Tigre” está a punto de atar la vaca, aunque desde luego los que van a atarla muy bien son otros. Se viene el nuevo estatuto legal del coloniaje, se viene con la venia de quienes han intentado impedirlo y ahora van a militarlo “para que no vuelva la derecha”.
Otra década infame se abre en el país gracias a la claudicación de los dirigentes, pero mucho más por la incomprensión por parte del pueblo de un juego quizá demasiado sofisticado que las mayorías no saben jugar y ni siquiera saben que existe. La política es hoy más que nunca un juego de pillos y entre estos Sergio Massa es el rey. Un rey cipayo, pero rey al fin.
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