Mundo multipolar

Con el estrepitoso fracaso de los Estados Unidos en una guerra que solo les convenía a los israelíes, termina de quedar enterrado el ordenamiento mundial unipolar que se había inaugurado en 1945 y se abre un capítulo nuevo de la historia. Ahora la multipolaridad propuesta por Rusia, China e Irán redefinirá las relaciones internacionales en el marco de un esquema que desde el prospecto se presenta mucho más equilibrado que el anterior. Lo único que queda por definir es precisamente el rol de Washington en este nuevo orden y este quedará resuelto cuando al contar los porotos se sepa bien cuál es la verdadera fuerza militar y económica de los Estados Unidos más allá de la propaganda de Hollywood que todo lo distorsiona.
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Mientras el mundo habla de guerra y se entretiene con una puesta en escena alternada entre periodos de tiros y de tratativas diplomáticas, un orden establecido se derrumba por el peso de sus propias contradicciones y otro emerge imponiendo sus condiciones de cara al futuro. Los tiros son como el espectáculo de pirotecnia y las negociaciones brindan la posibilidad de especular con la paz en el mediano plazo, aunque desde el punto de vista de la geopolítica grande, de lo que realmente determina la realidad, la guerra no ocurre ni en el campo de batalla ni en las mesas de negociación en las que enemigos irreconciliables simulan sus intenciones de llegar a un arreglo a todas luces inviable. La guerra como continuación natural de la política por otros medios, como diría un Carl von Clausewitz, corre por fuera de la vista de la opinión pública en el terreno de la economía, entendida esta en un sentido de lucha por el control de los recursos territoriales, en tierra y en el mar, con la finalidad de ordenar el mundo desde ese lugar de poder.

Eso equivale a decir que la guerra no es como algunos suelen pensar, no es una vulgar cuestión de destruir y matar, sino más bien de construir alternativas de poder real. Algo de esto se ha visto en los últimos años desde el inicio de la operación militar especial de Rusia sobre territorio ucraniano en febrero de 2022. Viene resultando difícil y hasta contradictorio para el observador poco ducho en asuntos bélicos explicarse por qué una potencia militar como Rusia no devasta simplemente la infraestructura de Ucrania hasta obligar al enemigo a rendirse. ¿Moscú podría hacer eso, podría lanzar cientos y hasta miles de misiles con gran precisión contra todo lo que hace funcionar como país a Ucrania? Está claro que sí y que, en realidad, no solo los rusos tienen la capacidad de devastar el territorio de un país enemigo. Ahora se sabe que todas las potencias militares son capaces de hacer una gran destrucción y sin apelar al uso de armas nucleares. La actual tecnología balística permite hacer la guerra a gran distancia imponiendo la destrucción de la guerra total llevada al sentido más extremo de su definición.

Ukrainian military woman with the Ukrainian flag in her hands on
Si bien no se priva de atacar los edificios desde donde operan las fuerzas ucranianas mimetizándose con los civiles, Rusia trata de no destruir la infraestructura que hace funcionar a Ucrania como país y la razón es que tiene previsto servirse de dichos recursos una vez que finalice el conflicto resultando Moscú el ganador. La guerra como destrucción y muerte indiscriminadas solo existe en la cabeza de los extremistas.

Pero Rusia no hace eso, no destruye por ejemplo las centrales de generación de electricidad de Ucrania ni las plantas de tratamiento y distribución de agua. Rusia permite que Ucrania siga funcionando como país. Los misiles de Moscú podrían caer fácilmente allí sin que los ucranianos pudieran hacer mucho al respecto y, no obstante, eso no ocurre. ¿Por qué? Pues porque si la guerra fuera una cuestión de destruir y matar la propia guerra no tendría sentido alguno. La idea de que la guerra es un crimen gratuito solo existe en las cabezas de los extremistas por izquierda y por derecha: por izquierda, entre los pacifistas a ultranza cuya utopía de que cualquier diferendo puede resolverse mediante el diálogo y la razón; por derecha, entre los llamados “halcones” que se asemejan muchísimo a los pirómanos en tanto y en cuanto solo están interesados en ver arder el mundo. Pero los extremistas siempre son una minoría y no suelen, por suerte, estar políticamente en posición de tomar decisiones. Los hombres que hacen la guerra normalmente la hacen pensando en qué van a construir después de la destrucción.

Razón por la que, como se ve ahora, la destrucción tiene que ser controlada. Nadie o casi nadie —el caso de Israel es muy particular y debe analizarse de otra forma, puesto que allí existe una ideología mesiánica— hace realmente la guerra para ganarla y luego reinar sobre tierra arrasada. Esa no es la idea, el propósito de la guerra es hacerse del control de los recursos que en un momento dado están en manos de otros y no de destruir dichos recursos de un modo tal que nadie pueda posteriormente beneficiarse de ellos. Por este motivo hoy se sabe que la guerra en territorio iraní es inviable porque solo podría resolverse con una destrucción total que únicamente les interesa a los israelíes, es una guerra inviable para un imperialismo estadounidense que intenta sostener el statu quo o, en el peor de los casos, aterrizar más o menos entero en un lugar de poder distinto. Dicho de otro modo, los Estados Unidos como superpotencia dominante solo podrían triunfar militarmente sobre Irán mediante la devastación del territorio, pero de hacerlo perderían la guerra real en el terreno de la economía.

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La devastación total de Gaza, por otra parte, se debe precisamente a que los israelíes son extremistas guiados por una ideología mesiánica muy alejada del cálculo estratégico. Israel no quiere servirse de los recursos de Gaza, sino borrar del mapa a los palestinos en su delirante proyecto de supremacía. Casos como el de Israel no suelen ser frecuentes en la historia de la guerra.

De ahí esta definición de inviable para un conflicto en el que los Estados Unidos fueron a meterse a instancias de Israel. Washington no tenía nada que ganar y todo que perder en Irán, se metió en una trampa de la que no sabe salir y que fatalmente resultará en la caída de su sistema-mundo, el que por su parte ya venía funcionando precariamente al menos en los últimos treinta años. Desde lejos los Estados Unidos podrían efectivamente hacer de Irán un territorio inhabitable mediante la destrucción de todo aquello que permite la existencia del pueblo iraní sobre dicho territorio, podría hacerlo a control remoto con misiles de gran precisión y sin poner un solo soldado en el campo de batalla. Pero Irán no sería destruido sin que antes sus propios misiles impactasen sobre el territorio de sus vecinos árabes al otro lado del Golfo Pérsico, dando como resultado una región —la región del petróleo, del gas natural y de los fertilizantes— absolutamente devastada e inútil para todo lo que sea producir y generar riqueza. Pierden los iraníes y pierden los árabes, pero pierde todo el mundo empezando por los yanquis.

En realidad, el que más pierde en dicho escenario es Washington porque si bien las bombas van a caer en el Golfo Pérsico el que muere es el sistema económico global que ha sido instalado por los Estados Unidos después de la II Guerra Mundial. Un Golfo Pérsico devastado en ambas orillas provoca la supresión inmediata de alrededor de un tercio de todo el petróleo, del gas natural y de los fertilizantes a nivel global, resultando esto en una profunda depresión económica precedida de un estallido financiero en el mercado de capitales que automáticamente se lleva puesto todo el statu quo del mundo Occidental. No hay lugar para dicha destrucción, por lo tanto, la guerra como crimen gratuito o sin objetivo no existe y mucho menos como crimen en perjuicio del perpetrador. La única solución una vez iniciada una guerra que los yanquis jamás debieron iniciar es derrotar a Irán sin destruir en el proceso el botín de guerra, lo que únicamente puede lograrse mediante una invasión del territorio o bien con una revuelta interna cuyo resultado sea la instalación de un régimen cipayo al servicio del invasor.

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La infraestructura productiva del Golfo Pérsico, tanto en Irán como en sus vecinos árabes, es inmensa y esencial para el funcionamiento del sistema económico mundial. La destrucción de esto no está en los planes de nadie que esté pensando en cómo continuar con la existencia humana después de esta guerra. Desde Beijing a Washington todos están interesados en la preservación, no en la destrucción.

Estas últimas opciones parecen ser utópicas, fundamentalmente porque al iniciar la guerra con una perfidia y un crimen los yanquis imposibilitaron lo segundo y dificultaron así lo primero. El disenso político existió en Irán hasta el pasado 28 de febrero y fue bastante numeroso como para generar algún tipo de revuelta con cambio de régimen. No era nada fácil lograrlo y de hecho los Estados Unidos e Israel habían estado tratando de hacerlo en las últimas cuatro décadas sin mucho éxito, pero seguía siendo posible hasta la perfidia y el crimen. A partir del asesinato a traición del ayatolá Alí Jameneí mientras se celebraban negociaciones de paz en Suiza y más aún del bombardeo a una escuela primaria de Minab, donde murieron unas 170 niñas de entre 7 y 12 años, toda oposición en la política iraní se silenció. “En una fortaleza sitiada toda disidencia es traición”, solía decía Fidel Castro, citando a San Ignacio de Loyola. Ahora en Irán lo que hay es una especie de unidad nacional que no admite el disenso sin que este sea percibido como colaboracionismo y lógicamente rechazado de plano.

Unidad nacional alrededor del régimen que los Estados Unidos pretendían destruir para instalar otro régimen, uno más amistoso y dispuesto a entregar el control de los recursos del territorio en manos de Washington. Quedaría la posibilidad entonces de hacerlo a lo bruto, esto es, con una invasión armada al territorio iraní que ya de por sí siempre fue una misión imposible por las características geográficas de ese territorio que jamás en la historia pudo ser invadido. La única forma de llevar a cabo esa misión sería con el apoyo de una parte significativa del pueblo-nación iraní, de los disidentes dispuestos a facilitar una agresión contra el suelo patrio con la finalidad de destruir un régimen de gobierno al que se oponen. Casi siempre hay de estos cipayos en todos los países y ciertamente los había en Irán hasta el 28 de febrero, por lo que la puerta estaba un poco abierta y se cerró del todo, como se ve, por el crimen y la perfidia. Al entregar el control de su política exterior en manos de unos israelíes cuyo único interés es la muerte y la destrucción los Estados Unidos se quedaron sin opciones.

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Al iniciar la guerra con un crimen de lesa humanidad en perjuicio de unas 170 niñas en la escuela primaria de Minab, los Estados Unidos unieron al pueblo-nación iraní alrededor de su causa nacional y cerraron la puerta a la posibilidad de una invasión terrestre, ya que para hacerlo necesitarían un apoyo interno que ahora no van a tener.

Esa es la definición de la derrota estratégica allí donde solo queda lo malo y lo peor, Washington puede ahora reconocer una derrota que pondrá fin a su hegemonía unipolar o puede huir hacia delante imponiendo sobre Irán y sobre todo el Golfo Pérsico la destrucción material que también liquidará esa hegemonía, pero además en medio a una catástrofe global que no tiene precedentes. La guerra, por lo tanto, es inviable porque lo es económica y políticamente desde el punto de vista del que la hace y tiene más que perder. De aquí que, sin cuidado del resultado en el terreno de lo bélico, en la política los Estados Unidos están derrotados desde el primer día porque pase lo que pase el orden mundial inaugurado en 1945 termina sí o sí, queda enterrado en Irán para siempre. En realidad, bien mirada esta cosa desde un ángulo más elevado, la hegemonía unipolar de Washington duró ocho décadas y estaba liquidada de antemano. Para oficializar esta situación solo faltaba que el poder hegemónico se metiera en la trampa final, que pisara el palito de la guerra inviable y terminal.

Todos los presidentes de los Estados Unidos desde los años 1980 estuvieron en plan de evitar meterse en esa trampa, todos desde Jimmy Carter lograron sortear la presión del lobby sionista que pedía a gritos una guerra total contra Irán en favor de los intereses regionales de Israel en Medio Oriente. Todos hasta Donald Trump, por supuesto, quien probablemente bajo la extorsión que suponen los archivos de Epstein cedió y les dio a los israelíes lo que estos querían. Israel no está interesado en la estabilidad del sistema, es un Estado marginal que solo puede subsistir avanzando constantemente sobre tierra arrasada y que necesita la destrucción de todos —incluso la de los Estados Unidos, aunque esto parezca contradictorio a primera vista— para lograr sus objetivos. Solo así es posible comprender por qué todos los presidentes estadounidenses desde Carter hasta Joe Biden enviaron miles de millones de dólares todos los años a Tel Aviv y se sometieron más o menos a los israelíes sin meterse asimismo en una guerra contra Irán: una cosa es aceptar un estatus colonial, otra muy distinta es cometer suicidio.

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Todos los presidentes estadounidenses desde Jimmy Carter en adelante han sido sujetos de la presión israelí por una guerra total contra Irán, aunque ninguno jamás mordió el anzuelo a sabiendas de que ese conflicto sería fatal para la hegemonía yanqui. Hasta que vino un Donald Trump enredado en extorsiones por el caso Epstein y los resultados están todos a la vista.

El estatus colonial de los Estados Unidos respecto a Israel o al sionismo en un sentido más ampliado ha sido una realidad irreversible para Washington desde que John Kennedy intentó cortar los lazos con Tel Aviv y por eso fue asesinado frente a las cámaras de televisión, a plena luz del día y a la vista de una multitud en Dallas, Texas. De allí en más el establishment político de los Estados Unidos, disciplinado por el ejemplo, aceptó la tutela sionista para evitar atentados en su contra por parte de un Mossad que suele suprimir físicamente a quienes no se someten. Hoy los Estados Unidos son una colonia sionista y lo son porque su clase dirigente, la que tiene la lapicera y toma las decisiones en la política, representa los intereses particulares del sionismo por encima de los intereses colectivos del pueblo-nación estadounidense, de forma tal que todo el aparato estatal de Washington existe hoy básicamente con la sola finalidad de servir a Israel y de satisfacer las demandas del lobby sionista enquistado en las estructuras de poder político de los Estados Unidos.

Los yanquis no debieron por lo tanto iniciar guerra alguna contra Irán si su propósito hubiera sido hacer la representación del interés nacional, cosa que no ocurre y por eso ahí está la guerra cuyo resultado será la destrucción del orden mundial unipolar inaugurado en los primeros días de agosto de 1945 con las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. Desde ese momento y hasta el presente los Estados Unidos han impuesto todo el ordenamiento jurídico que son las reglas del juego político internacional. Washington determinó el sistema-mundo para la última etapa de la modernidad y para la posmodernidad después de 1973, lo hizo prácticamente sin oposición aunque se hable de una bipolaridad en la que, durante la Guerra Fría, haya estado la Unión Soviética con su bloque socialista en Oriente del otro lado de la medianera. La medianera existió, la URSS planteó una alternativa, pero eso es todo. Después de Hiroshima y Nagasaki los Estados Unidos hicieron todo lo que quisieron con el sistema-mundo.

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John Kennedy —aquí saludando a su par soviético Nikita Jruschov— fue el último presidente de los Estados Unidos no disciplinado por el lobby sionista y, en consecuencia, sirvió de ejemplo para disciplinar a sus sucesores. Kennedy quiso desmantelar el programa nuclear clandestino de Israel y correr a los sionistas de posiciones de poder en los Estados Unidos. No llegó.

Eso es lo que termina hoy, lo que queda enterrado en las montañas de Irán porque los Estados Unidos resolvieron abreviar el proceso de disolución de su hegemonía dejándose manipular por el sionismo, cuyos intereses son otros. De ahí que más allá del resultado en lo bélico —el que tampoco pinta muy bien para los yanquis, dicho sea de paso— el sistema-mundo que los Estados Unidos impusieron en 1945 está quebrado al quebrar asimismo el esquema económico que lo sostenía. Además de gastar millonadas diarias para sostener un conflicto inviable y para mantener a los israelíes, los yanquis están entre la cruz y la espada de una deuda externa que no puede pagarse, de un déficit fiscal irremontable y una dominación financiera en estado terminal por la caída del único sostén del dólar como moneda universal de intercambio comercial y reserva: el petrodólar. El resultado de la guerra puede presentarse como la propaganda lo quiera presentar y el hecho de que el sistema económico del liberalismo occidental quebró no cambia. Y finalmente determina la caída de la hegemonía.

¿Para qué? Para que otra hegemonía se instale en su lugar, que es lo natural en estos asuntos. Lo que algunos interpretan como una especie de interregno es, en realidad, la instalación inmediata de un nuevo orden mundial mientras los nostálgicos del viejo orden siguen simulando tener un poder que ya no tienen. No hay interregno alguno, el nuevo orden geopolítico de tipo multipolar ya está instalado mientras los yanquis simulan seguir siendo la única superpotencia para, desde ese lugar simbólico, ir negociando las condiciones del descenso. Con esta comprensión se llega a entender que la destrucción total de la infraestructura energética en ambos lados del Golfo Pérsico no les interesa a los protagonistas del nuevo orden mundial, pues estos necesitan de aquellos recursos para hacer funcionar su esquema económico como base material del proyecto geopolítico, pero tampoco les interesa a los yanquis del orden saliente porque estos están obligados a reposicionarse en el tablero ya en la condición de primus inter pares en una mesa de iguales al haber perdido la posición de emperador.

Moscow celebrates 80th Anniversary of Victory in the Great Patriotic War
Contrariamente a lo que suelen pensar los advenedizos, el orden unipolar de los Estados Unidos no estaba sano y se derrumba a partir de la derrota yanqui en Irán. En realidad, en casi tres décadas potencias emergentes como China y Rusia han venido socavando la hegemonía de Washington y la caída en Irán es tan solo un tiro de gracia.

Todo esto se explica con la definición de que la historia no termina, solo se renueva en su narrativa cíclica. El mismísimo Francis Fukuyama debió admitir que esto es así y, por lo tanto, la caída de la hegemonía unipolar no es para los Estados Unidos el fin del mundo, sino más bien el nacimiento de un mundo nuevo en el que Washington querrá retener cierto protagonismo, ciertos privilegios. Entonces los Estados Unidos y sus actuales rivales no pueden ser realmente antagonistas en una lucha existencial, tienen que ser socios. Rusia, China e Irán, las tres naciones que hoy se presentan como candidatas a sentarse en la mesa chica de las decisiones del ordenamiento multipolar instalado y recién oficializado, están en una relación de sociedad respecto a la superpotencia que pretenden derrotar para desalojar del puesto privilegiado de emperador. Rusos, chinos e iraníes no quieren la destrucción de los Estados Unidos, todo lo contrario. Lo que quieren es que los Estados Unidos conserven la suficiente fuerza para ser el interlocutor americano y occidental de un orden geopolítico cuyo centro de gravedad estará en Oriente.

También esa es una hegemonía, nadie debe equivocarse. Es una hegemonía de varios polos, multipolar, donde cada uno de esos polos se reserva el derecho a ser dominante en los límites naturales del equilibrio respecto a los demás polos. Es como en la metáfora de una empresa unipersonal, cuyo dueño es uno solo, frente a la sociedad de propietarios. Al pasar de aquello a esto, lo que ocurre es que los nuevos socios propietarios tienen interés en incorporar al directorio de la empresa al antiguo dueño. Lo único que le quitan a este es el control absoluto de la compañía, lo obligan a tomar las decisiones en un esquema colegiado. Y eso es todo, aunque no es poco. Lo que antes solía ser un despotismo cuyas consecuencias fueron nefastas para la humanidad (ninguno de los atropellos de los Estados Unidos desde Hiroshima y Nagasaki hubiera tenido lugar de haber habido otros países en condiciones de evitar esos atropellos) encuentran su oposición y, por lo tanto, alcanzan cierto equilibrio relativo. La hegemonía colegiada puede y va a cometer otros atropellos en el tiempo contra los subalternos, pero ya no con la misma liviandad.

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Al calor de la disolución de la Unión Soviética y del socialismo en Oriente, el intelectual estadounidense Francis Fukuyama decretó el fin de la historia, tan solo para arrepentirse años más tarde al ver que la historia no termina. Lo que ocurre es una dinámica cíclica de quiebres y reconstrucciones, imperios caen y son sustituidos por otras hegemonías hasta el infinito.

A partir de ahora, en el nuevo esquema geopolítico multipolar, los socios propietarios de la empresa mundial tendrán que consensuar antes de tomar decisiones y el interés de uno de ellos encontrará su límite en los intereses de los demás. ¿Es posible que se pongan de acuerdo para explotar e incluso para saquear un país o región? Claramente sí, la naturaleza de la política no cambia al cambiar el orden en un momento dado. La diferencia está en que esa explotación y ese saqueo ya no dependen de las decisiones de uno solo, razón por la que tienden a relativizarse allí donde van a contradecirse los intereses regionales de cada uno de los socios. En concreto, por ejemplo, las barbaridades perpetradas por los Estados Unidos en América hispana a lo largo del siglo XX —invasiones militares, bombardeos, golpes de Estado y maldades varias— ya no serán posibles allí donde China, Rusia o Irán tengan puesto un pie, lo que hoy es prácticamente en todas partes. Lo opuesto también es verdadero con los Estados Unidos equilibrando el poder de los demás socios en otras regiones.

Desde el punto de vista de los que hoy son subalternos y seguirán siéndolo mañana, esto es, casi todos los demás, se agrega el beneficio de poder optar en cada momento por aquellas relaciones que sean más convenientes o menos dañinas respecto a las potencias hegemónicas. De nuevo el caso de América hispana, de este “patio trasero” de los Estados Unidos, es un buen ejemplo. Hasta aquí la opción por relaciones con Beijing, con Moscú y ni hablar con Teherán ha sido criminalizada, los países que han tratado de establecer vínculos con China, Rusia e Irán sufrieron duras consecuencias a manos de un Washington instalado en el lugar de potencia hegemónica única y, por lo tanto, convencido de que el mundo es un “patio trasero” suyo donde nadie puede poner el pie. En la multipolaridad esa percepción de omnipotencia no existe, no hay un poder hegemónico individual con la capacidad de prohibir relaciones comerciales, políticas y diplomáticas entre los subalternos y otros dominantes. La dominación en sí, nuevamente, no deja de existir. Pero se diversifica dándole al subalterno la posibilidad de al menos optar por la que mejor le convenga en cada momento.

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Barbaridades como el sangriento golpe de Estado contra Salvador Allende en 1973, un acto de guerra orquestado por la CIA en el marco del Plan Cóndor, solo fueron posibles porque los Estados Unidos no tenían quienes pudieran pararles el carro. En el nuevo ordenamiento multipolar las cosas no tienden a funcionar así.

Claro que nadie deja de ser perro por cambiar de collar, esto está fuera de discusión. El tránsito del orden unipolar al multipolar no implica que los subalternos van a liberarse para ser soberanos e independientes por fuera de la tutela extranjera. ¿Pero quién podría pretender este resultado de una pugna de poder entre gigantes? La idea de que uno puede liberarse por la acción de otros es otra idea equívoca, una ilusión muy difundida. Países subdesarrollados como los de nuestra región hispanoamericana no van a alcanzar el desarrollo si Rusia, China e Irán desplazan a los Estados Unidos del trono hegemónico global, básicamente porque Rusia, China e Irán no tienen por objetivo luchar las causas nacionales de los hispanoamericanos sino las suyas propias. Esto es lógico. Lo que es cierto es que ciertos países subalternos como Brasil, por ejemplo, tienden a beneficiarse más que los demás por haberse alineado tempranamente con el bando ganador y por lo tanto van en su estela. Brasil hizo esa alineación al adherir desde el lugar de fundador al BRICS y va a cosechar ahora los frutos de su apuesta.

Por haber hecho esa apuesta estratégica a principios de este siglo y por su propio peso específico de gigante americano, es probable que Brasil tenga facilitada de aquí en más la tarea de liberarse e incluso de sentarse en la mesa chica de las potencias que van a cortar el bacalao al menos en lo que respecta a los temas de ordenamiento de su propia región, esto es, ahora puede ocurrir que en la relación entre los polos hegemónicos del nuevo orden mundial y los subalternos americanos esté mediando y mellando Brasilia siempre, claro, en beneficio propio. Argentina pudo haber ocupado ese lugar de privilegio o, en todo caso, pudo haberse asignado cierto peso específico paralelo para gravitar junto a Brasil en las decisiones. Argentina también es un gigante americano, pero las decisiones estratégicas lamentables de su establishment político —profundamente cipayo este— alinearon a Buenos Aires con Washington y Tel Aviv, con el bando que desciende desde el lugar hegemónico unipolar. Y como se sabe, Washington y Tel Aviv tienen esclavos y no interlocutores.

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Al apostar de movida al BRICS como socio fundador, Brasil se hizo con una ventaja comparativa muy grande respecto a Argentina y los demás países de nuestra región de cara al nuevo orden multipolar que empieza. Ahora los brasileños son interlocutores directos de Moscú y Beijing en América y van a tener prioridad a la hora de tomar decisiones.

Sea como fuere y mucho más allá de lo que ocurra en nuestra región, en el mundo hay un nuevo orden plenamente instalado y oficializado, poca importancia tiene el humo discursivo que Washington hace para disimular esta derrota terminal que ya cosechó en Irán, en un conflicto donde no debió haberse metido si lo que quería era estirar unos años más la agonía de su proyecto hegemónico. Lo que está hecho, hecho está. Washington ya lanzó la provocación de la que no se vuelve, trastornó el precario equilibro del Golfo Pérsico y con ello dio el golpe de gracia a su propio ordenamiento internacional. Donald Trump lo hizo, es probable que haya venido a esto. Hoy toda la evidencia indica que Trump vino a hacer el descenso de los Estados Unidos desde la condición insostenible de emperador a la de primus inter pares, una que en el largo plazo es mucho más sustentable y más barata, que esto es lo esencial aquí: el rol de gendarme global les cuesta a los Estados Unidos lo que los Estados Unidos hace rato no pueden afrontar económicamente y por haberlo intentado sostener fueron a la quiebra.

Lo único que queda por resolver en este rompecabezas es precisamente la profundidad de la quiebra de los Estados Unidos como país y ya no como imperio, habrá que determinar cuál es la fuerza real de Washington en lo político, en lo militar y fundamentalmente en lo económico, puesto que la posición estadounidense en el nuevo orden mundial respecto a las demás potencias va a depender de ello. Nada está asegurado. Al participar Churchill de las conversaciones en Yalta junto a Roosevelt y Stalin muchos imaginaron que los ingleses serían pares de los estadounidenses en la construcción y en el manejo del orden de 1945, pero eso no ocurrió. No hubo pares y si bien Londres tuvo desde entonces un trato preferencial con Washington por los lazos históricos y culturales existentes, los ingleses quedaron relegados a un rol subalterno que no se corresponde con el de un socio hegemónico, no estuvieron nunca sentados a la mesa chica por no haber podido emerger de la II Guerra Mundial con la fuerza suficiente para hacerlo. El lugar de los Estados Unidos en el nuevo orden multipolar va a depender de su capacidad para no ser testimoniales como lo fueron los ingleses en 1945. Y de aquí, habiendo cuenta de que la laguna yanqui es poco profunda, cualquier cosa puede pasar.


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