Mientras el mundo habla de guerra y se entretiene con una puesta en escena alternada entre periodos de tiros y de tratativas diplomáticas, un orden establecido se derrumba por el peso de sus propias contradicciones y otro emerge imponiendo sus condiciones de cara al futuro. Los tiros son como el espectáculo de pirotecnia y las negociaciones brindan la posibilidad de especular con la paz en el mediano plazo, aunque desde el punto de vista de la geopolítica grande, de lo que realmente determina la realidad, la guerra no ocurre ni en el campo de batalla ni en las mesas de negociación en las que enemigos irreconciliables simulan sus intenciones de llegar a un arreglo a todas luces inviable. La guerra como continuación natural de la política por otros medios, como diría un Carl von Clausewitz, corre por fuera de la vista de la opinión pública en el terreno de la economía, entendida esta en un sentido de lucha por el control de los recursos territoriales, en tierra y en el mar, con la finalidad de ordenar el mundo desde ese lugar de poder.
Eso equivale a decir que la guerra no es como algunos suelen pensar, no es una vulgar cuestión de destruir y matar, sino más bien de construir alternativas de poder real. Algo de esto se ha visto en los últimos años desde el inicio de la operación militar especial de Rusia sobre territorio ucraniano en febrero de 2022. Viene resultando difícil y hasta contradictorio para el observador poco ducho en asuntos bélicos explicarse por qué una potencia militar como Rusia no devasta simplemente la infraestructura de Ucrania hasta obligar al enemigo a rendirse. ¿Moscú podría hacer eso, podría lanzar cientos y hasta miles de misiles con gran precisión contra todo lo que hace funcionar como país a Ucrania? Está claro que sí y que, en realidad, no solo los rusos tienen la capacidad de devastar el territorio de un país enemigo. Ahora se sabe que todas las potencias militares son capaces de hacer una gran destrucción y sin apelar al uso de armas nucleares. La actual tecnología balística permite hacer la guerra a gran distancia imponiendo la destrucción de la guerra total llevada al sentido más extremo de su definición.

Pero Rusia no hace eso, no destruye por ejemplo las centrales de generación de electricidad de Ucrania ni las plantas de tratamiento y distribución de agua. Rusia permite que Ucrania siga funcionando como país. Los misiles de Moscú podrían caer fácilmente allí sin que los ucranianos pudieran hacer mucho al respecto y, no obstante, eso no ocurre. ¿Por qué? Pues porque si la guerra fuera una cuestión de destruir y matar la propia guerra no tendría sentido alguno. La idea de que la guerra es un crimen gratuito solo existe en las cabezas de los extremistas por izquierda y por derecha: por izquierda, entre los pacifistas a ultranza cuya utopía de que cualquier diferendo puede resolverse mediante el diálogo y la razón; por derecha, entre los llamados “halcones” que se asemejan muchísimo a los pirómanos en tanto y en cuanto solo están interesados en ver arder el mundo. Pero los extremistas siempre son una minoría y no suelen, por suerte, estar políticamente en posición de tomar decisiones. Los hombres que hacen la guerra normalmente la hacen pensando en qué van a construir después de la destrucción.
Razón por la que, como se ve ahora, la destrucción tiene que ser controlada. Nadie o casi nadie —el caso de Israel es muy particular y debe analizarse de otra forma, puesto que allí existe una ideología mesiánica— hace realmente la guerra para ganarla y luego reinar sobre tierra arrasada. Esa no es la idea, el propósito de la guerra es hacerse del control de los recursos que en un momento dado están en manos de otros y no de destruir dichos recursos de un modo tal que nadie pueda posteriormente beneficiarse de ellos. Por este motivo hoy se sabe que la guerra en territorio iraní es inviable porque solo podría resolverse con una destrucción total que únicamente les interesa a los israelíes, es una guerra inviable para un imperialismo estadounidense que intenta sostener el statu quo o, en el peor de los casos, aterrizar más o menos entero en un lugar de poder distinto. Dicho de otro modo, los Estados Unidos como superpotencia dominante solo podrían triunfar militarmente sobre Irán mediante la devastación del territorio, pero de hacerlo perderían la guerra real en el terreno de la economía.

De ahí esta definición de inviable para un conflicto en el que los Estados Unidos fueron a meterse a instancias de Israel. Washington no tenía nada que ganar y todo que perder en Irán, se metió en una trampa de la que no sabe salir y que fatalmente resultará en la caída de su sistema-mundo, el que por su parte ya venía funcionando precariamente al menos en los últimos treinta años. Desde lejos los Estados Unidos podrían efectivamente hacer de Irán un territorio inhabitable mediante la destrucción de todo aquello que permite la existencia del pueblo iraní sobre dicho territorio, podría hacerlo a control remoto con misiles de gran precisión y sin poner un solo soldado en el campo de batalla. Pero Irán no sería destruido sin que antes sus propios misiles impactasen sobre el territorio de sus vecinos árabes al otro lado del Golfo Pérsico, dando como resultado una región —la región del petróleo, del gas natural y de los fertilizantes— absolutamente devastada e inútil para todo lo que sea producir y generar riqueza. Pierden los iraníes y pierden los árabes, pero pierde todo el mundo empezando por los yanquis.
En realidad, el que más pierde en dicho escenario es Washington porque si bien las bombas van a caer en el Golfo Pérsico el que muere es el sistema económico global que ha sido instalado por los Estados Unidos después de la II Guerra Mundial. Un Golfo Pérsico devastado en ambas orillas provoca la supresión inmediata de alrededor de un tercio de todo el petróleo, del gas natural y de los fertilizantes a nivel global, resultando esto en una profunda depresión económica precedida de un estallido financiero en el mercado de capitales que automáticamente se lleva puesto todo el statu quo del mundo Occidental. No hay lugar para dicha destrucción, por lo tanto, la guerra como crimen gratuito o sin objetivo no existe y mucho menos como crimen en perjuicio del perpetrador. La única solución una vez iniciada una guerra que los yanquis jamás debieron iniciar es derrotar a Irán sin destruir en el proceso el botín de guerra, lo que únicamente puede lograrse mediante una invasión del territorio o bien con una revuelta interna cuyo resultado sea la instalación de un régimen cipayo al servicio del invasor.

Estas últimas opciones parecen ser utópicas, fundamentalmente porque al iniciar la guerra con una perfidia y un crimen los yanquis imposibilitaron lo segundo y dificultaron así lo primero. El disenso político existió en Irán hasta el pasado 28 de febrero y fue bastante numeroso como para generar algún tipo de revuelta con cambio de régimen. No era nada fácil lograrlo y de hecho los Estados Unidos e Israel habían estado tratando de hacerlo en las últimas cuatro décadas sin mucho éxito, pero seguía siendo posible hasta la perfidia y el crimen. A partir del asesinato a traición del ayatolá Alí Jameneí mientras se celebraban negociaciones de paz en Suiza y más aún del bombardeo a una escuela primaria de Minab, donde murieron unas 170 niñas de entre 7 y 12 años, toda oposición en la política iraní se silenció. “En una fortaleza sitiada toda disidencia es traición”, solía decía Fidel Castro, citando a San Ignacio de Loyola. Ahora en Irán lo que hay es una especie de unidad nacional que no admite el disenso sin que este sea percibido como colaboracionismo y lógicamente rechazado de plano.
Unidad nacional alrededor del régimen que los Estados Unidos pretendían destruir para instalar otro régimen, uno más amistoso y dispuesto a entregar el control de los recursos del territorio en manos de Washington. Quedaría la posibilidad entonces de hacerlo a lo bruto, esto es, con una invasión armada al territorio iraní que ya de por sí siempre fue una misión imposible por las características geográficas de ese territorio que jamás en la historia pudo ser invadido. La única forma de llevar a cabo esa misión sería con el apoyo de una parte significativa del pueblo-nación iraní, de los disidentes dispuestos a facilitar una agresión contra el suelo patrio con la finalidad de destruir un régimen de gobierno al que se oponen. Casi siempre hay de estos cipayos en todos los países y ciertamente los había en Irán hasta el 28 de febrero, por lo que la puerta estaba un poco abierta y se cerró del todo, como se ve, por el crimen y la perfidia. Al entregar el control de su política exterior en manos de unos israelíes cuyo único interés es la muerte y la destrucción los Estados Unidos se quedaron sin opciones.

Esa es la definición de la derrota estratégica allí donde solo queda lo malo y lo peor, Washington puede ahora reconocer una derrota que pondrá fin a su hegemonía unipolar o puede huir hacia delante imponiendo sobre Irán y sobre todo el Golfo Pérsico la destrucción material que también liquidará esa hegemonía, pero además en medio a una catástrofe global que no tiene precedentes. La guerra, por lo tanto, es inviable porque lo es económica y políticamente desde el punto de vista del que la hace y tiene más que perder. De aquí que, sin cuidado del resultado en el terreno de lo bélico, en la política los Estados Unidos están derrotados desde el primer día porque pase lo que pase el orden mundial inaugurado en 1945 termina sí o sí, queda enterrado en Irán para siempre. En realidad, bien mirada esta cosa desde un ángulo más elevado, la hegemonía unipolar de Washington duró ocho décadas y estaba liquidada de antemano. Para oficializar esta situación solo faltaba que el poder hegemónico se metiera en la trampa final, que pisara el palito de la guerra inviable y terminal.
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