No es lo que parece

Trump proclama su intención de “hacer América grande otra vez”, pero la realidad geopolítica actual le impide recurrir a las guerras convencionales de antaño. Con el equilibrio nuclear como freno a cualquier conflicto global, la disputa por la hegemonía se traslada al terreno económico: aranceles, presiones y extorsión comercial. Sin embargo, tras la retórica de restauración imperial se esconde un descenso calculado hacia el papel de potencia regional, aceptando de facto el nuevo orden multipolar encabezado también por China y Rusia. El discurso altisonante no busca reinar, sino disimular la transición, cantando lejos del verdadero nido donde se juega el poder.
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Cuando Donald Trump anunció solemnemente que iba a hacer “América grande otra vez” —allí donde “América”, como se sabe, es la apropiación indebida del topónimo continental que los yanquis hacen para sí mismos— muchos creyeron en la restauración imperial de los Estados Unidos después de una década de desafío a esa hegemonía unipolar por parte de un grupo de naciones encabezado por China y Rusia. De alguna manera, decían, Trump pondría las cosas en su lugar terminando con los cuestionamientos de las potencias emergentes al orden mundial establecido al finalizar la II Guerra Mundial.

No quedaba claro, no obstante, cómo iba a hacerse eso. Con Rusia instalada nuevamente como potencia militar después de la debacle de la Unión Soviética y China constituida ya como el “taller del mundo”, como el centro industrial por antonomasia, el nuevo ordenamiento jurídico multipolar parecía ya definido como una hegemonía de tres polos entre Beijing, Moscú y, lógicamente, Washington, solo a la espera de un hecho político global que oficializara su advenimiento. Un Yalta o un Potsdam quizá sin guerra o algo por el estilo para poner a la vista de la humanidad el nuevo orden.

Entonces no quedaba muy claro qué pensaba hacer Trump para revertir lo que a todas luces es un hecho consumado: la quiebra de la hegemonía unipolar de Occidente con los Estados Unidos a la cabeza y como único polo real de poder político en el mundo. ¿Cómo disuadir a unos rusos y a unos chinos ya empoderados tras décadas de construcción contrahegemónica? ¿Qué podría hacer Trump desde el sillón de la Casa Blanca para que sus rivales prescindieran de su proyecto geopolítico de tipo multipolar aceptando la reinstalación de una subalternidad que ya habían superado?

Estas son controversias que históricamente la humanidad ha resuelto a los tiros. Cada vez que una hegemonía fue cuestionada la guerra fue la instancia para dirimir la divergencia y el comentarista más liviano diría que el mundo se encaminaba hacia una III Guerra Mundial en el caso de que los Estados Unidos se negaran a reconocerse como primus inter pares en un esquema de potencias regionales y ya no como emperador universal sentado en un trono. “Si los chinos y los rusos no retroceden y los yanquis tampoco aflojan, entonces el nuevo orden mundial va a tener que imponerse en el campo de batalla o no imponerse en absoluto”, decían los analistas.

Pero esa afirmación es temeraria en la práctica de la política después de 1945 y el advenimiento de la tecnología nuclear para hacer la guerra, de la bomba nuclear. Y sobre todo después de 1949, que es cuando la Unión Soviética desarrolla su propio arsenal nuclear y empieza a haber más de un país con la capacidad de arrojar una bomba atómica. A partir de allí se produjo un empate que se llamó también hegemónico, cuyo resultado práctico es la inviabilidad de una nueva guerra convencional a nivel mundial como las de 1914/1918 y 1939/1945. La diferencia entre el mundo de hoy y el de entonces puede resumirse en que ahora una guerra mundial probablemente no tendría ganadores.


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