Cuando Donald Trump anunció solemnemente que iba a hacer “América grande otra vez” —allí donde “América”, como se sabe, es la apropiación indebida del topónimo continental que los yanquis hacen para sí mismos— muchos creyeron en la restauración imperial de los Estados Unidos después de una década de desafío a esa hegemonía unipolar por parte de un grupo de naciones encabezado por China y Rusia. De alguna manera, decían, Trump pondría las cosas en su lugar terminando con los cuestionamientos de las potencias emergentes al orden mundial establecido al finalizar la II Guerra Mundial.
No quedaba claro, no obstante, cómo iba a hacerse eso. Con Rusia instalada nuevamente como potencia militar después de la debacle de la Unión Soviética y China constituida ya como el “taller del mundo”, como el centro industrial por antonomasia, el nuevo ordenamiento jurídico multipolar parecía ya definido como una hegemonía de tres polos entre Beijing, Moscú y, lógicamente, Washington, solo a la espera de un hecho político global que oficializara su advenimiento. Un Yalta o un Potsdam quizá sin guerra o algo por el estilo para poner a la vista de la humanidad el nuevo orden.
Entonces no quedaba muy claro qué pensaba hacer Trump para revertir lo que a todas luces es un hecho consumado: la quiebra de la hegemonía unipolar de Occidente con los Estados Unidos a la cabeza y como único polo real de poder político en el mundo. ¿Cómo disuadir a unos rusos y a unos chinos ya empoderados tras décadas de construcción contrahegemónica? ¿Qué podría hacer Trump desde el sillón de la Casa Blanca para que sus rivales prescindieran de su proyecto geopolítico de tipo multipolar aceptando la reinstalación de una subalternidad que ya habían superado?
Estas son controversias que históricamente la humanidad ha resuelto a los tiros. Cada vez que una hegemonía fue cuestionada la guerra fue la instancia para dirimir la divergencia y el comentarista más liviano diría que el mundo se encaminaba hacia una III Guerra Mundial en el caso de que los Estados Unidos se negaran a reconocerse como primus inter pares en un esquema de potencias regionales y ya no como emperador universal sentado en un trono. “Si los chinos y los rusos no retroceden y los yanquis tampoco aflojan, entonces el nuevo orden mundial va a tener que imponerse en el campo de batalla o no imponerse en absoluto”, decían los analistas.
Pero esa afirmación es temeraria en la práctica de la política después de 1945 y el advenimiento de la tecnología nuclear para hacer la guerra, de la bomba nuclear. Y sobre todo después de 1949, que es cuando la Unión Soviética desarrolla su propio arsenal nuclear y empieza a haber más de un país con la capacidad de arrojar una bomba atómica. A partir de allí se produjo un empate que se llamó también hegemónico, cuyo resultado práctico es la inviabilidad de una nueva guerra convencional a nivel mundial como las de 1914/1918 y 1939/1945. La diferencia entre el mundo de hoy y el de entonces puede resumirse en que ahora una guerra mundial probablemente no tendría ganadores.
¿Por qué? Básicamente porque Rusia y los Estados Unidos, sin siquiera tener en cuenta a las demás seis naciones que tienen armas nucleares, pueden destruirse mutuamente varias veces si empiezan a dispararse con sus misiles de largo alcance. Nada quedaría de ello y tal vez muy poco del resto del mundo, con escasas chances de supervivencia para lo que quedara de la humanidad sobre el planeta después de tal contienda. Nadie gana y todos pierden, razón por la que una III Guerra Mundial es inviable a menos que los contendientes se abstengan de usar armas nucleares, cosa que por su parte es ya directamente utópica.
El que tenga armamento nuclear lo va a usar si intuye la derrota y entonces Trump no iba a hacer “América grande otra vez” en el campo de batalla de lo bélico, ese camino está cerrado. La guerra ahora es comercial, es una guerra en el campo de los aranceles. Algo de eso ya se había visto durante el primer tiempo del régimen trumpista entre 2016 y 2020, pero con las hostilidades acotadas a China. En este segundo tiempo, como se ve, la conversión de los aranceles al comercio internacional como arma de guerra se extiende a otros países.
Parecería, por lo tanto, que Trump quiere “hacer América grande otra vez” mediante la extorsión económica con el fin de someter a todos los demás al ordenamiento jurídico hegemónico que estaría tratando de imponer. Trump querría detener la marcha de la historia amenazando a otros pueblos del mundo con la depresión económica en el caso de que no quieran someterse al poder absoluto de Washington. La III Guerra Mundial sería entonces una guerra comercial entre los Estados Unidos y básicamente cualquier país que se retobara y/o no hiciera lo que Washington quiere.
La imposición fallida de aranceles a Brasil en los primeros días de agosto indica que eso parecería ser así, aunque desde luego no lo es. Trump mostró la hilacha en Brasil, reveló que “hacer América grande otra vez” no es restaurar el imperialismo estadounidense —el que a esta altura ya es un imperialismo de mentirita, es más tigre de papel que nunca—, sino hacer el descenso suave a la condición de potencia regional reconociendo a China y a Rusia como pares, pero con un discurso que exprese todo lo contrario para que no se note.
Los Estados Unidos deben mucho, han dejado un tendal de víctimas a lo largo del camino y no pueden demostrar debilidad porque muchos tienen hambre y sed de venganza. El descenso tiene que ser suave como el de los británicos después de las guerras mundiales del siglo XX, no puede ser una caída brusca como la de Roma porque la invasión bárbara es un peligro. Y entonces Trump es el encargado de dar un discurso prepotente mientras por fuera de la vista de la opinión pública el nuevo orden multipolar va instalándose silenciosamente.
Esto es lo que verá el atento lector en las páginas de esta 90ª. edición de nuestra Revista Hegemonía, verá cómo las cosas no son lo que parecen ser y cómo el discurso es el instrumento de la política para hacer la del tero, la de cantar bien lejos de donde están los huevos. Verá, en fin, que para comprender la política hay que hacer caso omiso del discurso y observar el reverso de la trama en el orden de las cosas que se hacen y no se dicen.
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