La sociedad en Occidente tiende a creer que la moral es una herramienta ad hoc, individualizada, instintiva y basada en los sentimientos individuales del sujeto. Es por ello que entre los occidentales no es extraño oír máximas del orden de “sigue a tu corazón” o cosas por el estilo, que relativizan y reducen las nociones de bien y mal a la apreciación propia del individuo. Ese relativismo moral se enmarca en torno a la promoción de aquello que Occidente enaltece como la máxima prioridad y el principio moral más elevado: la libertad individual.
Claro que esa es tan solo una narrativa, hasta la noción de libertad en Occidente es relativa. En realidad, los occidentales no creen en la libertad, no promueven la libertad y no defienden la libertad prácticamente en ningún plano de la vida, aunque crean que creen en ella y que la defienden. Para ellos la libertad es un valor abstracto que su moral toma como valor supremo, pero en la práctica su margen de acción como sujetos es muy limitado.
Sin embargo, se jactan de todas las formas habidas y por haber del libertinaje autodestructivo, escudándose en afirmaciones como “nadie puede juzgarme”. Nadie tiene el derecho de imponer su moral por encima de nadie, el bien y el mal dependen de la valoración del sujeto.
En el mismo sentido, si un sujeto se toma su moral demasiado en serio —sin necesidad de que intente imponérsela a terceros— es visto como un individuo rígido, estrecho de mente, reprimido. “Debes abrir la cabeza”, le dicen. Porque en el imaginario occidental el bien y el mal son relativos, lo que significa que la verdad es relativa, no existen principios universales. La ética es una construcción arbitraria que no se fundamenta en la realidad efectiva ni en ninguna autoridad, porque no existe como variable en ese imaginario un Dios que regule la conducta humana. El único dios es la “libertad” y ser libre es supuestamente fundamental para alcanzar la felicidad.

Esta idea se remonta a la llamada Ilustración, que al mismo tiempo dio origen a la confusión entre el concepto de libertad en un sentido ético y determinados marcos legales y políticas gubernamentales que garantizan la libertad de expresión y cuestiones afines que en el tiempo derivaron en otras nociones, como la de consentimiento. En la actualidad el consentimiento es la idea principal que determina la moralidad en Occidente. Consentimiento entre adultos, consentimiento de parte del Estado, consentimiento de parte de los gobernados, etcétera: la afirmación de que nadie debería resultar perjudicado en contra de su voluntad por las acciones de un tercero.
Así, Occidente desplazó la moral al plano de los derechos, el contrato social y la autonomía de los individuos, aunque no debe olvidarse que ese desplazamiento tuvo su origen en una Europa cuyas sociedades venían de atravesar contextos altamente represivos donde la regla general tendía a ser el florecimiento de regímenes tiránicos. La exaltación de la libertad surgió como respuesta a una dinámica real que afectaba la vida de los individuos, pero a lo largo de los siglos terminó decantando en un relativismo moral que subordina todos los demás principios éticos a la libertad y la autonomía individual, incluso en desmedro de la comunidad.
Como consecuencia, desde sus mismos inicios el sistema no solo es secular, sino que ha sido constituido desde el principio como abiertamente amoral. Y ese rasgo determinó hasta nuestros días el escaso o nulo lugar que la moral ocupa en el imaginario occidental a nivel cultural, social y político en cada una de las sociedades occidentalizadas. Ahora bien: se supone que el resultado de esa amoralidad es que los individuos occidentales son más felices. Viven contentos, son felices y son dignos, porque nadie les manda lo que tienen que hacer, nadie les cercena la libertad. Eso es lo que ese enfoque amoral prometía, en contraste con los periodos históricos que le precedieron.
Entonces sería bueno empezar preguntándose si esa promesa se cumplió.

Bueno, pues, para responder basta valerse de algunos ejemplos. La sociedad occidental en su conjunto registra un mayor número de suicidios y autolesiones que todas las sociedades del Sur Global, al igual que un mayor porcentaje de la población con diagnósticos de depresión, ansiedad, trastornos de la personalidad, emocionales y otros trastornos psicológicos en general. En términos relativos, las sociedades occidentalizadas encabezan las listas de sociedades con mayor número de habitantes muertos por sobredosis, mayor consumo de psicofármacos y mayor porcentaje poblacional de individuos con problemas de adicción. En lo atinente a las relaciones sociales, las sociedades occidentales cuentan con la mayor tasa de divorcio y el mayor índice de soltería.
En resumen, los individuos occidentales son mentalmente frágiles, dependen de sustancias para sobrellevar la realidad, no pueden sostener vínculos estables y en el peor de los casos terminan con su propia vida porque no ven una salida. Aparentemente el imperio de la felicidad y la dignidad se está haciendo de rogar. ¿O es que en realidad los individuos occidentales no están siendo capaces de soportar el peso de tanta felicidad, tanta libertad y tanta dignidad?
No, no es eso. Es que han sido adoctrinados durante tanto tiempo en el relativismo moral que viven en estado de disonancia cognitiva y les cuesta encontrar un cauce para sus vidas, les cuesta asumir que en realidad sí existe una moral objetiva, que no da lo mismo todo, que el bien y el mal existen objetivamente, se distinguen con facilidad y no dependen de la valoración subjetiva de cada uno. Y que toda la miseria que los propios individuos occidentales están sufriendo, que sufren sus sociedades, que sufren sus hogares y que albergan sus corazones emana directamente del hecho de haberse dedicado durante décadas sistemáticamente a renegar de la moral objetiva para practicar su relativismo pernicioso.
El individuo occidental fue criado para creer que si una persona sigue las reglas está siendo subyugada, es débil, tímida o está siendo dominada por una tiranía. Por lo tanto, pone en práctica su mentalidad revolucionaria y desafiante incluso en contra de su propio bienestar. De acuerdo con esa mentalidad, ser un individuo moral es un signo de opresión, cosa de “betas” y de simps. Significa que el individuo es cobarde, que tiene miedo de hacer lo que realmente quiere hacer y se reprime a sí mismo no porque privilegie sus principios morales sino porque en realidad teme enfrentar las consecuencias de sus actos.

Y una vez más, ese sesgo proviene directamente de la experiencia europea. En Europa las normas nunca se han impuesto para beneficio de la sociedad. Solo se han impuesto para controlar, subordinar y oprimir a las naciones. Pero esa es una desviación histórica, no es una verdad absoluta. Las reglas no deberían ser instrumentos de subordinación y la religión no debería constituir un instrumento de control. Que Occidente haya utilizado sus leyes y su religión para dominar a los individuos y conquistar espacios de poder no significa que eso sea lo correcto.
El punto es que, debido a esa experiencia histórica traumática, la cultura occidental ha marginado completamente la moralidad objetiva, exiliándola para reemplazarla por una moral impostora que es idéntica a la amoralidad. Eso es lo que significa el relativismo moral, nada más y nada menos: una forma elegante de amoralidad que no dista demasiado de la inmoralidad. Inmoralidad, sí, porque el relativismo moral es lo que ha convertido al occidental en un sujeto emocional y psicológicamente enfermo. Deprimido, ansioso, alcohólico, adicto, dependiente de medicamentos, solitario y suicida.
Lo irónico del caso es que a través de ese corrimiento artificial del eje propio de la moralidad Occidente cometió el acto más diabólico posible contra la libertad y autonomía que afirma a gritos defender, una profunda violación de la santidad del individuo del que tanto se habla. Porque cuando alguien afirma que la moral es relativa, lo que está diciendo en el fondo es que el carácter es relativo, las acciones son relativas, la verdad es relativa, los sujetos son relativos y esto no significa otra cosa que contingentes, sin importancia.
Un individuo relativo no tiene valor inherente, es desechable. Lo que cada uno es o elige ser como individuo, como ser humano, no tiene importancia. Es irrelevante. Y a eso se le llama en Occidente defender al individuo y su libertad como valores supremos. Al individuo occidental lo convencen de que nació “moralmente vacío”, como una tabula rasa. Y no importa con qué llene ese vacío, da lo mismo porque el bien y el mal son relativos. Puede elegir ser honesto o deshonesto y no habrá diferencia. Autocontrol o autocomplacencia, castidad o promiscuidad, solidaridad o egoísmo, para el occidental es todo lo mismo. No importa lo que cada uno haga con su vida, a la sociedad no le interesan las acciones. Lo que determina el valor del individuo es su posición en la escala social, el precio por el que vende su fuerza de trabajo, el saldo en su cuenta bancaria o el valor de mercado de sus posesiones.

La mala noticia es que esa visión es errónea. Sí existe la moral objetiva y todos somos buenos al nacer. El Islam lo define como fitrah, aunque puede entenderse en todas las culturas como la inclinación natural del ser humano hacia el bien, emanada de la semejanza con Dios. Los seres humanos somos nobles por naturaleza y por lo tanto no puede dar lo mismo todo. La inclinación natural del ser humano es a ser bueno, decente, honesto, fiel, justo. El ser humano, en tanto que hijo de Dios, siente una aversión natural a la suciedad, la crueldad, la avaricia, el egoísmo, el libertinaje, la obscenidad. Por naturaleza le repugnan la maldad, la calumnia, la mentira, el odio, la violencia y la lujuria.
Los seres humanos fuimos creados con una naturaleza regia, una naturaleza noble. No somos descendientes de simios ni de monos, somos descendientes de Adán. Y en ese sentido no somos libres, sino esclavos. Esclavos de la voluntad de Dios, esclavos de sus mandamientos. Fuimos designados por Él como califas, como custodios de la Tierra que Él creó con sus propias manos. No somos libres pero no tenemos por qué serlo, nuestra esclavitud frente a Dios define nuestra misión como especie.
Somos los legítimos cuidadores de la Tierra, sus curadores, sus guardianes, sus protectores. Somos los administradores de esta tierra, generación tras generación. La vida de cada hombre en esta tierra es su periodo de mandato asignado por Dios. Y esa tendencia natural a la moralidad constituye el valor individual de cada uno de los hombres y las mujeres, no la libertad para hacer de su vida un desastre. Somos necesarios, somos importantes, somos sagrados tan solo por esa naturaleza intrínsecamente moral, noble, que es reflejo de la naturaleza del Creador.
Pero eso no es lo que la sociedad occidental promueve, de ahí la disonancia cognitiva que afecta al individuo occidental. Por eso su corazón está siempre inquieto, por eso se despierta en mitad de la noche embargado por una desazón que solo puede aplacar con el uso de sustancias o consumiendo pornografía y por eso a duras penas logra ponerse en pie por la mañana. Por eso todo le parece inútil y sin sentido, la vida misma le parece un mal chiste.

Y por eso busca cualquier manera de huir, ya sea a través del entretenimiento sin contenido, de las drogas, el alcohol, los psicofármacos, el sexo sin vínculos o literalmente terminando con su propia vida. No tiene sentido advertir al individuo occidental que lo que está haciendo es una pérdida de tiempo, que ver series basura compulsivamente o navegar por internet no sirve para nada. Porque lo que el individuo occidental persigue es precisamente eso, perder el tiempo. Hacer que el reloj de su vida corra para que la muerte le llegue más rápido porque la existencia le pesa. Ser libre de pensar que da igual ser moral o inmoral y no estar sujeto, subordinado, esclavizado por la voluntad de Dios implica que el individuo occidental no tiene un propósito en la vida.
Esas son las consecuencias del extrañamiento ontológico que provoca en el sujeto renegar de su propia moralidad, de su naturaleza divina y de su misión en el mundo. Son las consecuencias de vivir una vida equivocada. La cultura occidental enseña a los sujetos que para ser exitosos deben ser ricos y famosos, no importa si los sujetos en cuestión son morales, amorales o inmorales. Pero esa definición abarca al 0,001% de los seres humanos. Así que por definición, el éxito en las sociedades occidentales es virtualmente inalcanzable. Lo que conlleva además que en la inmensa mayoría, quienes alcanzan el éxito lo hacen a través de medios inmorales, corrompiéndose y traicionándose a sí mismos.
En cambio, Occidente decidió eliminar de su definición de éxito aquello que es intrínseco a la naturaleza humana y que todos podemos alcanzar simplemente por ser hijos de Adán: nuestra inclinación hacia el bien. Y así ha mutilado al individuo, cercenándole el sentido a su existencia, impidiéndole por completo realizarse en su fitrah. Es por eso que el individuo occidental es tan miserable, se siente vacío y no puede ser feliz.
Está desorientado. Le han hecho creer que es lo mismo ir a la derecha que a la izquierda, que es lo mismo el arriba que el abajo, que es lo mismo el bien que el mal, lo moral y lo inmoral. Se confunde el norte, el sur, el este y el oeste. No es capaz de distinguir adelante de atrás, le da lo mismo todo y después se pregunta por qué nunca puede llegar a ninguna parte.

Porque las reglas existen para guiar la conducta. Si una mala actitud no recibe reprimenda y se repite, se naturaliza y eso corrompe al individuo. Ese principio se aplica a todas las ramas del conocimiento. Una receta es un listado de reglas, un instructivo es un listado de reglas. Para llegar a un resultado deben seguirse determinados pasos y eso responde a la práctica cotidiana tanto como al comportamiento humano. No se puede regar una planta con aceite de máquina en lugar de agua, no se puede cultivar dentro de un congelador. Simplemente no se puede, no todo es relativo, no da lo mismo todo.
Y no se puede pretender ser feliz haciendo daño, desnaturalizando al ser humano. Seguir las reglas asegura obtener un determinado resultado y no seguirlas asegura el caos. Es por eso que el individuo occidental es infeliz, porque ha permitido que lo convencieran de que las reglas no existen y que se puede cosechar frutos metiendo las semillas en el congelador y regándolas con petróleo. Pero es una falacia.
Lo han convertido en un rehén y a eso llaman libertad, pero es una falacia. Porque finalmente no tiene soberanía sobre sí mismo. Es un rehén de sus deseos, de sus impulsos, de su vanidad, de su avaricia, de su apetito, de su autocomplacencia. Está controlado, dominado, oprimido. No por la voluntad de Dios, sino por un sistema que garantiza su miseria. Ha renunciado a sus prerrogativas como individuo en nombre del individualismo, se ha dejado privar de sus derechos en nombre de sus derechos. Se ha esclavizado en nombre de la libertad. Y por eso es que está completamente desequilibrado y no puede ser feliz. No lo será mientras niegue la naturaleza divina del ser humano, no lo será mientras reniegue de su propia sacralidad.
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